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Relationships:
Characters:
Additional Tags:
Language:
Español
Stats:
Published:
2025-12-09
Updated:
2025-12-09
Words:
2,090
Chapters:
1/?
Kudos:
13
Bookmarks:
1
Hits:
210

SKETCH OF LOVE ✶ MEICHAE

Summary:

En las bulliciosas calles de Seúl, donde el ajetreo diario se entreteje con sueños juveniles, Megan, una maestra de jardín de infantes con un corazón lleno de colores y un cuaderno siempre a mano, encuentra un destello de inspiración en el rostro sereno de YoonChae, una estudiante universitaria inmersa en sus libros y melodías.

Notes:

La historia es completamente FICCIÓN, creada con el único motivo de entretener al lector. No se tiene la intención de asumir algo incorrecto ni buscar ofender a las personas mencionadas en este escrito. Por favor, si no es de tu agrado solo ignóralo. Quiero evitar las denuncias y/o malos comentarios hacia mi trabajo puesto que está hecho bajo la visión de entretenimiento, así que agradecería, nuevamente, sea ignorado en caso de disgusto y desacuerdo.

© 𝗣𝗥𝗢𝗛𝗜𝗕𝗜𝗗𝗔 𝗦𝗨 𝗖𝗢𝗣𝗜𝗔 𝗬/𝗢 𝗔𝗗𝗔𝗣𝗧𝗔𝗖𝗜𝗢𝗡 𝗦𝗜𝗡 𝗣𝗘𝗥𝗠𝗜𝗦𝗢 𝗣𝗥𝗘𝗩𝗜𝗢, 𝗧𝗢𝗗𝗢𝗦 𝗟𝗢𝗦 𝗗𝗘𝗥𝗘𝗖𝗛𝗢𝗦 𝗥𝗘𝗦𝗘𝗥𝗩𝗔𝗗𝗢𝗦.

(P.D: También pueden leer esta y mis otras historias en mi perfil de Wattpad con el mismo usuario uwu)

Chapter 1: The initial stroke.

Chapter Text

El despertador de Megan sonó a las seis de la mañana, un pitido insistente que se colaba entre los sueños como un niño travieso pidiendo atención. Se incorporó en su pequeña cama desordenada, rodeada de lienzos a medio terminar y pilas de cuadernos que olían a lápiz y a sueños postergados. Su apartamento en un edificio modesto de Mapo-gu era un caos organizado; paredes salpicadas de post-its con ideas para clases, "¡Dibuja tu monstruo favorito!", y un caballete en la esquina que acumulaba polvo como un viejo amante olvidado. A sus veintitrés años, Megan se había mudado a Seúl dos años atrás, huyendo de la previsible de su vida en Los Ángeles, donde ser hija de inmigrantes chinos significaba equilibrar expectativas familiares con un alma que anhelaba colores vibrantes.

Se miró en el espejo del baño diminuto, donde el vapor del agua caliente empañaba los bordes. Su cabello, teñido de un naranja fuego que recordaba las puestas de sol de California, caía en ondas rebeldes hasta sus hombros. Ojos castaños, grandes y expresivos, enmarcados por pestañas que no necesitaban máscara. Labios carnosos que sonreían con facilidad, revelando un hoyuelo en la mejilla izquierda. Vestía un suéter oversized de lana gris, pantalones cargo verdes que guardaban bolígrafos y un cuaderno rayado en el bolsillo delantero. Era práctica, pero con un toque de artista; un collar de cuentas multicolores que había hecho con sus alumnos la semana pasada.

Mientras masticaba un pan de arroz tostado con mermelada de fresa —su desayuno ritual—, repasó mentalmente el día. Llegar al jardín de infantes a las ocho, preparar la actividad de collage con hojas de otoño, lidiar con el pequeño JiHoon que mordía los crayones como si fueran galletas. La rutina la anclaba, pero en las grietas de lo cotidiano, Megan buscaba chispas. Dibujar era su escape; retratos rápidos de extraños en cafés, paisajes urbanos que capturaban el pulso de la ciudad. "El mundo es un lienzo", le decía siempre a sus niños, y se lo repetía a sí misma como un mantra.

Salió a la calle a las siete y media de la noche, el aire fresco de octubre mordiendo sus mejillas. Seúl despertaba con su sinfonía habitual; vendedores ambulantes gritando ofertas de tteokbokki, salarymen apresurados con maletines, el zumbido de bicicletas eléctricas zigzagueando entre peatones. Caminó las tres cuadras hasta la parada del autobús setecientos uno, que la llevaría directo a Hongdae. Sacó su teléfono para revisar el clima —lluvioso por la tarde, genial para una sesión de pintura con agua— y subió al vehículo cuando llegó, jadeante y puntual.

El autobús estaba medio lleno, un mosaico de rostros matutinos; una madre con un bebé dormido en el regazo, un grupo de estudiantes de secundaria riendo por memes en sus pantallas, un anciano con periódico doblado. Megan encontró un asiento cerca de la ventana, en la fila del medio, y sacó su cuaderno. Hojeó las páginas: un esbozo de su vecina la señora Kim regando flores, un garabato abstracto inspirado en una tormenta la noche anterior. El lápiz en su mano era un amigo fiel, un Faber-Castell HB que había comprado en una papelería de Insadong por solo quinientos wones.

El autobús avanzó por avenidas anchas, pasando por el Han River que brillaba como una cinta de plata bajo el sol naciente. Megan garabateaba distraídamente, trazando las siluetas de edificios que se recortaban contra el cielo.

Y ahí fue entonces cuando la vio.

Estaba en los asientos de al lado en su paralela, de perfil perfecto contra la luz que se filtraba por la ventana. YoonChae —aunque Megan no lo sabía aún— era un enigma envuelto en serenidad. Vestía un abrigo beige holgado sobre un suéter crema, jeans ajustados y botas bajas de cuero que crujían suavemente cuando cruzaba las piernas. Su cabello negro, liso como seda, caía en una cortina que rozaba sus hombros, con un mechón rebelde que se curvaba detrás de la oreja, revelando un arete plateado en forma de pluma. En sus manos, un libro de tapa blanda; Cien años de soledad de García Márquez, en edición coreana, con las páginas marcadas por post-its de colores pastel. De sus oídos salían los cables blancos de unos auriculares inalámbricos, conectados a un teléfono que descansaba en su muslo. Sus labios se movían ligeramente, siguiendo las palabras en silencio, y un leve rubor teñía sus mejillas, quizá por el calor del autobús o por alguna escena emotiva en el texto.

Megan sintió un vuelco en el estómago, como si el mundo se hubiera detenido en esa curva de cuello, en esa forma en que la luz danzaba sobre su piel. No era solo belleza; era una quietud magnética, una vulnerabilidad que invitaba a ser capturada. "¿Quién eres?", murmuró Megan, su lápiz suspendido en el aire. YoonChae inclinó la cabeza, ajustando el volumen en su teléfono, y un mechón de cabello se deslizó, cubriendo uno de sus ojos almendrados, profundos como pozos de medianoche. Sus cejas, finas y arqueadas, se fruncieron levemente en concentración, y sus dedos delgados giraban una página con delicadeza, como si temiera romper el hechizo de las palabras.

Sin pensarlo dos veces, Megan arrancó una hoja limpia de su cuaderno —una que no tenía nada importante, solo un borde rayado para notas de clase—. El lápiz voló sobre el papel. Primero, el contorno del rostro; óvalo suave, mandíbula delicada. Luego, los ojos; grandes, con un toque de tristeza poética, las pestañas como aletas de mariposa. La nariz recta, los labios plenos en una curva sutil, casi una sonrisa soñadora. Añadió el cabello, ondas suaves que caían como cascadas de obsidiana. El abrigo, sugerido en líneas fluidas, y el libro en su regazo, un detalle que humanizaba la escena.

Mientras dibujaba, el autobús se llenaba. Gente subía y bajaba, empujones y excusas en coreano apresurado. Una señora con bolsas de mercado se sentó al lado de Megan, oliendo a kimchi fresco, y el vehículo se mecía en una curva pronunciada. Pero Megan estaba en su burbuja, el corazón latiéndole con un ritmo nuevo. "¿Por qué ahora? ¿Por qué ella?", se preguntaba. Recordó su propia juventud, a los dieciocho, cuando estudiaba arte en la universidad comunitaria de LA, soñando con galerías en Nueva York. Había roto con su novio de entonces por no poder dibujar libremente, por sentir que su pasión era un hobby en lugar de un destino. Ahora, a los veintitrés, enseñaba a niños a ver el mundo en colores, pero anhelaba algo más; una conexión que no se desvaneciera como acuarelas bajo la lluvia.

El dibujo tomaba forma. No era perfecto —el autobús temblaba, y su mano no era tan precisa como en su caballete—, pero capturaba la esencia; la paz etérea de la desconocida, como si el tiempo se hubiera detenido para ella sola. Al pie de la página, Megan vaciló. Su parada era en cinco cuadras, cerca del jardín, pero algo la impulsaba. Tomó un bolígrafo rojo del bolsillo —el mismo que usaba para calificar las obras de sus alumnos— y escribió, en letras cursivas temblorosas:

En tus ojos,
encontré el poema que nunca supe escribir.
Si quieres compartir versos,
llámame.
010-XXXX-XXXX
Megan.

El número era el suyo, el que había cambiado al mudarse a Corea para empezar de cero. Era una locura, un gesto impulsivo nacido de un vistazo. ¿Y si aquella joven lo veía como acoso? ¿Y si lo tiraba a la primera papelera? Pero el arte era riesgo, y el amor —si es que esto lo era— también.

El autobús anunció la parada de YoonChae por el altavoz; Yonsei University Station. Ella guardó el libro en una mochila de lona beige, se quitó los auriculares y se levantó con gracia felina. El cabello se agitó, liberando un aroma sutil a jazmín que flotó hasta Megan como una promesa. YoonChae se dirigió a la puerta, su figura esbelta navegando el pasillo abarrotado.

Megan actuó por instinto; ──¡Mi parada! ──mintió al corazón acelerado, y se levantó, cuaderno en mano. La señora a su lado murmuró algo sobre el tráfico, pero ella ya estaba en movimiento, el dibujo doblado en su bolsillo como un talismán.

El autobús frenó con un suspiro hidráulico, y la joven bajó los escalones, el viento otoñal revolviendo su falda ligera bajo el abrigo.

Fuera, la estación bullía; estudiantes con mochilas, vendedores de café en termos, el aroma de castanhas asadas en el aire. YoonChae ajustó su bufanda, un hilo de lana gris que acentuaba su cuello esbelto, y caminó hacia la entrada del campus, ajena al torbellino que la seguía. Megan, con las mejillas ardiendo, aceleró el paso. "¿Qué estoy haciendo?", murmuró, pero sus pies no obedecían. Era como si el dibujo la hubiera poseído, exigiendo ser entregado.

La alcanzó a unos metros de la puerta principal de la universidad, donde cerezos desnudos se erguían como guardianes silenciosos.

──¡Disculpa! ──dijo Megan en coreano, su acento americano tiñendo las sílabas con calidez extranjera. La joven se giró, sorpresa en sus ojos oscuros. De cerca, era aún más impactante; pecas sutiles en la nariz, una sonrisa tentativa que revelaba dientes perfectos.

──¿Sí? ──respondió YoonChae, su voz suave como el roce de páginas, con un leve titubeo. Miraba a Megan con curiosidad, no alarma. El cabello naranja de la desconocida contrastaba con el gris del día, como un faro en la niebla.

Megan sacó el dibujo, la hoja arrugada pero vibrante.

──Esto... lo hice en el autobús. De ti. Sé que suena loco, pero... eres inspiradora. Y escribí algo atrás. Si no te gusta, tíralo. Pero si quieres... hablamos.

Extendió la mano, el papel temblando ligeramente. YoonChae lo tomó, sus dedos rozando los de Megan en un contacto eléctrico, breve como un latido. Desdobló la hoja, y sus ojos se abrieron como flores al amanecer. Primero, el retrato; preciso, tierno, capturando no solo su semejanza, sino su alma en reposo. Luego, la frase y el número. Un rubor subió por su cuello, tiñendo sus orejas de rosa.

──Yo... Wow ──murmuró YoonChae, su inglés salpicando el coreano──. Es hermoso. Nadie me ha dibujado así antes ──sus labios se curvaron en una sonrisa genuina, tímida pero radiante──. El poema... me gusta. Soy YoonChae.

──Megan ──respondió ella, el alivio inundándola como lluvia cálida──. Encantada. Y... ¿vas a la universidad? Yo enseño cerca, en el jardín de infantes.

YoonChae asintió, guardando el dibujo en su mochila con cuidado, como un tesoro.

──Literatura. Clase en diez minutos. Pero... te escribiré. O llamaré. Gracias, Megan. Esto hizo mi día.

Se despidieron con una inclinación torpe, YoonChae desapareciendo entre la multitud de estudiantes. Megan se quedó allí, el corazón martilleando, el autobús de regreso olvidado. Caminó las cinco cuadras restantes a su trabajo, el sol filtrándose entre nubes, y por primera vez en meses, sintió que su vida —ese lienzo en blanco— había recibido su primer trazo verdadero.

En el jardín de infantes, los niños la recibieron con abrazos pegajosos y preguntas sobre "¡Maestra Megan, dibuja un dragón!". Ella sonrió, pero su mente vagaba a ojos almendrados y a un número que esperaba ser marcado. El día transcurrió en un borrón de risas y colores; pegamento en las manos, canciones sobre abecedarios, un pequeño llanto por un rompecabezas perdido. Pero en los momentos quietos, mientras supervisaba el recreo, Megan sacaba su teléfono, fingiendo chequear mensajes.

No llegó ninguno. Aún no. Pero el dibujo estaba allá afuera, un puente tendido sobre el abismo de lo desconocido. Al atardecer, cuando el sol pintaba el cielo de rosas y naranjas —colores que evocaban su cabello—, Megan caminó de regreso a casa, el peso de la anticipación en el pecho. Cenó ramen instantáneo con un huevo, hojeó su cuaderno y esbozó variaciones del retrato; YoonChae riendo, YoonChae bajo la lluvia, YoonChae con un micrófono, imaginando su voz en canciones.

La noche cayó suave, Seúl parpadeando con neones lejanos. En su cama, Megan se durmió con el teléfono en la mano, soñando con versos no escritos y una mano que no soltaba la suya.

Y al otro lado de la ciudad, en su dormitorio compartido en el campus, YoonChae desplegó el dibujo sobre su escritorio. Sus compañeras de cuarto charlaban sobre exámenes, pero ella estaba en otro mundo. Tocó el lápiz imaginario en el papel, trazando las líneas con la yema del dedo. El número brillaba como una estrella. "¿Llamar o escribir?", murmuró, el corazón un pájaro enjaulado. Apagó la luz, pero no antes de guardar el retrato bajo su almohada, donde los sueños lo custodiarían.

Así comenzó, con un trazo inicial. Un amor joven, frágil como papel, pero destinado a endurecerse en lienzo eterno.