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La puerta se abrió ligeramente, apenas unos centímetros, lo que fue suficiente para que se pueda percibir el tenue resplandor ámbar de la lámpara en la habitación de Gonzalo. Gustavo vaciló antes de pasar, sintiendo un peso de vergüenza al imaginar que su encuentro podría resultar ser espantoso y molesto en una hora tan inconveniente.
Con resignación, Gustavo se apoya en la pared lateral de la puerta y suspira. Pensó que hoy no, que ya era muy tarde, y que Gonzalo no tenía por qué soportar sus mambos existenciales todas las noches, a pesar de que había estado viviendo gratamente en su techo desde hace varias semanas.
Debía aceptar que con la presencia de Gonzalo se sentía más seguro. Ya no se preocupaba mucho por los sonidos provenientes del exterior, no temía la posibilidad de que entrara alguien desconocido, y en general, mermaron sus temores recurrentes en algunas de sus pesadillas que no le dejaban dormir tranquilo desde hace un tiempo. La casona burguesa de Montesano ahora contenía cierta vida nueva y ya no se sentía tan fría en las noches invernales. Y Gustavo no quería incomodar esa armonía.
En el momento en el bajista estaba por retirarse, escuchó un llamativo y breve siseo, casi burlista, pero que es emitido con la total confianza de un amigo. Gonzalo se había dado cuenta de su presencia...
—Shh shh, anda un gurí travieso por ahí?
Gustavo sonrió, sintiendo un subidón de alivio automáticamente. Vuelve a pararse sobre el umbral, metiendo un ojo hacia adentro de la pieza, un poco ruborizado.
—No, el dueño de la pensión —Gustavo entra sigiloso, su figura esbelta se recortaba por la luz del pasillo hasta que fue cubierta en su totalidad por la puerta, cerrándola sordamente tal cual la abrió—. Usted se retrasó un mes con el pago, yorugua. Y ahora vengo a reclamar algo más que su tiempo.
Gonzalo carcajeó suave, viendo como el bajista le seguía el juego y caminaba por su habitación con suspenso y sacando pecho teatralmente
—Señor, usted embarga mi tiempo, todas las noches.
—Mire, esto me gusta mucho —El bajista señaló un suéter de hilo que estaba tirado en una silla, color crema, de un estilo algo delicado para ser de Gonzalo. Lo agarró para llevárselo a la cara, riendo y oliendo el aroma ligero a Nag Champa que la suave tela tenía impregnada—. Huele a hippie con entradas.
El baterista le tiró un almohadón, divertido y riendo. Dejó el libro que llevaba en las manos sobre la mesita de luz, recostándose más cómodo en la cama y haciéndole lugar a su amigo.
—Tá... Sos un turro. Vení, fantasma —Gonzalo palmeó el colchón suavemente, con esa sonrisa tan suya esbozada en su rostro—. No te aparezcás así a esta hora por favor, un día me vas a pegar un susto.
Esa breve interacción fue precisa para calmarle el tormento que le duró varias horas. Gustavo, aliviado y notablemente hiperactivo, se tiró encima de Gonzalo. Abrazó una de sus piernas tapadas por la manta, aferrándose contento a ella sin intenciones de soltarse.
—Te quiero mucho, pelado. Sos el único que me saca la angustia, sabés... —Gustavo se rió entrecortadamente, en un estado similar al que tiene cuando sale eufórico del escenario—. ¡No te vayas nunca!
—Eh, estás agitado bo, relajate….
Gonzalo acarició el cabello sedoso de Gustavo, un gesto casi paternal y lento. Su ansiedad es un comportamiento que Gonzalo notó en las últimas noches, esta vez le sorprendió, positivamente, que ahora estaba en un modo afectivo y no huraño como ayer. El Montesano que estaba presenciando ahora no era nada parecido al que vio en el ensayo hace unas pocas horas; pulcro, elegante, serio y hasta algo arrogante. Era el que necesitaba un vinculo real y cero caretismo, una conexión genuina entre tanta superficialidad de contratos. Poco a poco, la respiración agitada y los nervios de Gustavo empezaron a calmarse, Gonzalo permaneció con su mano haciéndole pequeñas caricias en círculos.
Ambos saben que la experiencia de Crucis es mucho para soportar, la responsabilidad de liderar un trabajo tan complejo siendo tan joven le pesaba a Gustavo todos los días. El deseo de la fama se cumplió, pero Gustavo sentía que perdía más su identidad con ella, y a la vez el clima político de la nación no le ayudaba a calmar ese estado de persecución constante.
En sí, había una especie de desconexión emocional con los miembros. Nadie más notaba la inseguridad de Gustavo, la incertidumbre de Pino sobre su futuro o la falta de reconocimiento a Aníbal, que se encargaba de garantizar un buen sonido siempre. Gonzalo tampoco podía exigir que la haya, pero no podía dejarlo pasar sabiendo que el chico que llevaba abrazado a sus piernas era el más afectado a esta frialdad.
El bajista, lejos de estar pensando en aquello que indagaba Gonzalo en silencio (cosas que Gustavo ya sobrepiensa todo el día) estaba calmado. Sintió como Gonzalo rascaba suavemente su cuero cabelludo, y entonces sus cansados parpados cedieron, relajándose con el tacto y el seguro silencio.
En breve, ese silencio es interrumpido por el mismo que lo inició, con voz somnolienta.
—¿Soñaste algo feo, Gus?
Gustavo entreabrió los ojos. Se sentía algo incómodo —pero muy dulce— cuando Gonzalo demostraba preocuparse, de hecho, no era común en las conversaciones de la banda tratar estos asuntos entre ellos.
—No, sentí un ruido afuera... Capaz fue un gato, no sé, pero no puedo dormir. Hoy fue un día de mierda, Gonzo.
—Ya sé bo, ya sé. Pero seguís alterado, hoy se te subieron los humos y casi discutís con Aníbal. Sabés que él no tuvo la culpa.
—Bueeeno loco, ya pasó. Además, ¿eso qué tiene que ver? Ahora estoy relajado porque estoy sólo con vos y no con los otros.
Gonzalo bajó la mirada, levantando una ceja. Ambos se vieron brevemente, pero al cabo de un segundo Gustavo se apartó impetuoso al darse cuenta de lo que dijo. Intentó disimularlo, por supuesto, pero sus mejillas ya se tornaban rubicundas. Gustavo tapó ligeramente su rostro entre el suéter que había arrebatado momentos antes, amortiguando su voz avergonzada.
—Y, bueno... Mañana soluciono ese tema del sonido con Aníbal. Igual no me gusta que el tipo invite a cualquiera sólo por el hecho de que sean técnicos. Ya son muchos. Ya te he contado que la vez pasada uno de ellos casi...
—Tá, dejá de renegar. Descansá un poco— Gonzalo le sonrió tierno, esa sonrisa que le decía "sé lo que quisiste decirme"—. Subí, poné la cabeza en la almohada, que hay espacio.
Y por un momento, la máscara de músico creído que usaba Gustavo como armadura empezó a disiparse hasta no haber rastro. Cerró los ojos, ahí no necesitaba fingir ser otro, pero sentirse vulnerable era más digerible cuando no está viendo a los ojos a la persona a la que se somete.
Reposó la cabeza en la almohada compartida, no dijo nada, porque no sabía cómo agradecerle. Sólo se metió entre las mantas hasta ponerse cómodo, su nariz rozaba los pelos largos y lacios de Gonzalo, y él sentía la respiración de Gustavo más lenta al fin. Gonzalo no precisaba más que este simple gesto.
Se prolongó un silencio cómodo en la habitación. Cualquier ruido exterior, ya sea algo inofensivo como las hojas de los árboles siendo revoloteadas por el viento, en otro momento hubiera despertado a Gustavo y lo habría puesto en vigilia por largos minutos más. Pero ahora, no eran más que un sonido opacado por la respiración uniforme de Gonzalo.
El baterista respiró hondo, depositó un suave beso en la mejilla de Gustavo, apenas un roce tímido de labios, antes de apagar la luz del velador.
—Hasta mañana, Gus. Sos un chico valiente.
