Actions

Work Header

My advice is always ruin the friendship

Summary:

Amar a tu mejor amigo es fácil. Decírselo puede arruinarlo todo. No hacerlo también.

Notes:

Holi, esta es mi primera vez escribiendo angst; acepto críticas. También se van a tocar temas serios como el suicidio, depresión, ataques de pánico y sobredosis; lean si se sienten cómodos de hacerlo. Disfruten.

Work Text:

Todos sabían de la amistad que tenían Tsukishima y Yamaguchi, una íntima; se tenían una confianza envidiable. Solo que Kei no supo en qué momento la admiración que sentía por su amigo comenzó a ser cariño romántico. Desde ese momento, se ponía nervioso con su cercanía, anhelaba su toque, a pesar de que Tadashi siempre fue muy de contacto físico; su estómago se retorcía cada que lo veía interactuar con otros hombres. Pero nunca se animó a decirle lo que sentía, aun cuando Kageyama y Yachi le decían que Yamaguchi también estaba enamorado de él. Él siempre prefirió asegurar su amistad, aunque lo amara tanto que dolía.

Actualmente ambos están en sus veinte años. Estaban comenzando a vivir su juventud, su edad dorada. Y puede que muchos de su edad la estuvieran viviendo, solo que Tadashi no lo hacía; hace años no lo hacía, desde que aceptó que Kei jamás correspondería sus sentimientos, esos que oculta desde que tienen trece. El pecoso, por su propio bienestar, al terminar el colegio se alejó de él: dejó de escribirle, dejó de llamarle, dejó de responderle. Cuando el rubio lo visitaba, se sentía incómodo y no demoraba en echarlo educadamente. A Tsukishima le dolió su distancia, pero podía entenderlo. Quiero decir, si te enteras de que tu mejor amigo está enamorado de ti en secreto, lo lógico es incomodarse y alejarlo.

Yamaguchi lo intentó con más hombres, mujeres incluso, pero siempre terminaba sintiéndose miserable. Hinata era el único que aún se comunicaba con él, y con el tiempo se volvió su mejor amigo, al cual le contaba cómo se sentía. Al pelinaranja le preocupaba cómo le estaba yendo a su amigo en los últimos meses: casi no comía, siempre que lo visitaba tenía ojeras, le costaba pararse de la cama; las pocas veces que iba a la universidad no prestaba atención y por eso estaba a punto de perder el semestre. Shoyo sabía las razones del porqué se encontraba así; por eso le recomendó múltiples veces que visitara un psicólogo. El peliverde siempre se negaba, diciendo que estaba bien, que no se preocupara, que solo era un bajón, “ya se le pasaría”. Mentira: fue empeorando.

Tsukishima sabía vagamente del estado de su enamorado, ya que Tobio le contaba debido a que se enteraba por su novio. Le preocupaba su estado; sabía que enterrar a sus padres a una temprana edad no era fácil. Fue al funeral y lo acompañó lo más que pudo; incluso cree que esa fue la última vez que compartieron algún tipo de contacto físico.

Diez de noviembre, el cumpleaños número veintiuno de Tadashi. No supo si llegaron felicitaciones, no supo si él lo felicitó. Shoyo le había dicho a Yachi para que lo acompañara al apartamento de Yamaguchi, sabiendo que ese día estaría algo triste. Desde hace mucho dejó de importarle su cumpleaños, pero el más bajo no quería dejarlo solo. No invitó al rubio, ya que sabía que eso le dolería más, por lo que solo fue con Yachi y Kageyama.

—¿Dónde está el cumpleañero? —gritó Shoyo mientras entraba al departamento con su llave de repuesto y dejaba a los demás pasar.

Dentro, Kageyama dejaba el pudín de vainilla que compraron en el camino sobre el comedor. Hinata se preocupó por tanto silencio; normalmente escuchaba un quejido por parte del pecoso, pero no escuchaba nada. Un escalofrío recorrió su espalda.

—Siéntense, seguro está durmiendo. Lo voy a levantar.

Dicho eso, se dirigió hacia el cuarto de Yamaguchi. Primero tocó; al no recibir respuestas, simplemente entró. Vio la cama desordenada (en realidad, todo el cuarto era un desastre), pero la respiración de Hinata se detuvo cuando pudo observar un cuerpo hecho bola en una esquina, sin moverse. No podía hacer más nada que ver el cuerpo fijamente sin querer creer que ese era su amigo.

Como Shoyo se estaba demorando, los otros chicos fueron a buscarlo. Fue una sorpresa verlo parado, temblando visiblemente.

—¿Amor? —preguntó Tobio. Como vio que no se movía, lo apartó de la puerta, permitiéndoles a él y a la chica observar lo que paralizó a Hinata.

El primer instinto de Yachi fue gritar. Tobio quedó estupefacto. El grito ayudó a ambos chicos a salir del ensueño. Hinata soltó un sollozo y limpió las lágrimas que no supo en qué momento comenzó a derramar. Kageyama pudo reaccionar, atrayéndolo para consolarlo y llevar a ambos chicos hacia la sala. Allí, Yachi estaba con las manos en la boca, con lágrimas visibles en los ojos; Hinata balbuceaba al tiempo que sollozaba. Tobio, que fue el que más mente fría tenía en el momento, abrazó a su novio y tomó su teléfono para marcar al 123.

Veinte minutos después, llegó la ambulancia. Evacuaron rápidamente a los tres jóvenes. Hinata, mucho más calmado, seguía en shock. Tenía la esperanza de que algún paramédico le dijera que Tadashi no estaba muerto, que aún tenía una posibilidad de seguir viviendo. Se derrumbó aún más por dentro al escuchar la palabra “sobredosis” y ver cómo llevaban en una bolsa una cantidad de tabletas de pastillas vacías. Su mente estaba en blanco.

Kageyama, al ser quien más calmado estaba y haber hecho la llamada, respondía las preguntas de protocolo. Como él no era cercano a Tadashi y lo poco que sabía lo sabía por Shoyo, les dijo que mejor le preguntaran a él.

Con cuidado, ambos hombres se acercaron al más bajo. Este abrazó fuertemente a su pareja y oyó:

—Disculpe, sabemos que está pasando por un momento difícil, pero necesitamos que nos responda algunas preguntas. ¿Se siente capaz de hacerlo?

—Puedes negarte —apoyó rápidamente Tobio.

—No, está bien —respondió Hinata—. ¿Qué necesita saber?

—¿El joven tenía algún tipo de pastillas recetadas?

—No, señor. Nunca accedió a un tratamiento psicológico.

—Cuénteme sobre eso.

—Tad venía mal desde hace meses… año y tanto, diría yo —sorbió la nariz—, pero nunca me hacía caso cuando le decía que fuera a un psicólogo.

—¿Por qué no quería?

—Decía que no lo veía necesario. Eh… ¿puedo preguntarle qué pastillas encontraron?

—Cinco tabletas de morfina, dos de clonazepam y tres de ciprofloxacina. Todas son de alto riesgo si se consumen sin ser recetadas y en gran cantidad.

Shoyo tragó un sollozo.

—¿Cuáles eran las razones por las cuales usted le recomendaba ir al psicólogo?

Y, como esa pregunta, Shoyo tuvo que responder muchas mientras tenía el corazón roto.

༘⋆

Al siguiente día, Tsukishima revisó su teléfono por si Yamaguchi había leído su mensaje de cumpleaños, con la pequeña esperanza de que lo hubiera respondido. La decepción creció en él cuando vio que ni siquiera lo había leído. Decidió no darle mucha mente a eso y se fue a bañar. Su próxima clase sería en dos horas y media, por lo que quiso aprovechar para adelantar un trabajo pendiente… cosa que no pudo hacer, ya que tuvo la inesperada visita de unos de sus amigos: Kuroo, acompañado de Bokuto. Ambos pensaron que sería buena idea ir con el rubio, ya que sabían quién cumplió el día anterior y lo querían animar por si estaba triste. Kei no les prestó mucha atención y los recibió.

Eran las 09:36 cuando sonó el teléfono de Tsukishima. Su ceño se frunció al ver que era Hinata; no entendía para qué lo llamaba. Tal vez le preguntaría por Tobio. Sin importancia, contestó.

—¿Aló?

—Kei —dijo Hinata con la voz ronca de tanto llorar—, ¿cómo estás?

—Yo bien. ¿Por qué me llamas? ¿Pasó algo con Kageyama?

—No, no. Tobio está conmigo —sorbió la nariz, tomando un respiro—. Lo que pasa es que… necesitas saber algo.

—Ajá.

—Ayer fuimos al apartamento de Tadashi por su cumpleaños, pero lo encontré…

A medida que hablaba, su voz se rompía más, al punto de soltar un sollozo leve. Tsuki, al escuchar el nombre, se tensó rápidamente.

—¿Lo encontraste cómo? —No respondía. El de gafas comenzaba a desesperarse—. Hinata, ¿cómo encontraste a Yamaguchi?

Los otros jóvenes presentes se preguntaron por qué el cambio de actitud de su amigo… y lo entendieron cuando escucharon ese nombre.

—¡Hinata, contéstame!

—Muerto. Lo encontró muerto —fue Tobio quien contestó—. Al parecer tuvo una sobredosis.

Kei no terminó de escuchar a Kageyama. Quedó paralizado. De la impresión dejó caer su celular. El corazón le comenzó a latir demasiado rápido; su respiración empezaba a ser irregular; sentía náuseas. Bokuto fue el primero en reaccionar: se acercó rápidamente a Tsukishima, reconociendo que comenzaba a tener un ataque de pánico. Le hizo señas a Kuroo para que cogiera el celular y él se encargó de tranquilizar al rubio.

—¿Hinata? —dijo el pelinegro al recoger el teléfono—. Habla Kuroo. ¿Pasó algo con Yamaguchi? Es que Kei se alteró demasiado.

—Hola, Kuroo. Soy Kageyama. Lo que pasa es que… —agarró aire— ayer encontramos a Yamaguchi en su apartamento con una sobredosis.

Kuroo, al escuchar eso, se tapó la boca, impresionado, soltando un insulto por lo bajo.

—Lo siento tanto.

—No te preocupes. Dile a Kei que le avisamos cualquier cosa.

—Está bien.

Dicho eso, colgaron. Al darse la vuelta, Tsukishima lloraba en el hombro de Bokuto mientras intentaba decirle qué lo tenía así. Kuroo se unió al abrazo y el rubio los apretó fuerte.

—Necesito ir a verlo. No puede ser real —dijo Kei mientras se ponía de pie abruptamente y buscaba sus cosas.

—Ey, primero respira —le dijo Kuroo—. En ese estado no puedes ir.

Bokuto los miraba confundido.

—¡Tú no lo entiendes! Necesito comprobar que está bien. Él no está… —le tembló la voz.

—Necesito que te calmes —Kuroo le tomó la cara—. Lo vas a ir a ver, pero no así. En una hora, cuando estés más calmado, le escribimos a Shoyo para que nos diga dónde podemos ir.

Lo guio al sillón, donde lo abrazó de nuevo mientras seguía soltando lágrimas. Mandó a Bokuto a buscarle un vaso de agua; se lo tendió y lo tomó. Media hora después, Tsukishima se había calmado. Tenía la mirada perdida; se sentía destrozado por dentro. Para él, había muerto junto a Tadashi… solo que su corazón seguía bombeando sangre. Tenía los ojos rojos y le dolía la cabeza.

Bokuto le entregó su teléfono a Kuroo con las notas abiertas con un mensaje que decía “¿Qué fue lo que pasó?”. El pelinegro tecleó algo rápido y le devolvió el teléfono: “Yamaguchi tuvo una sobredosis”. Bokuto, al leer eso, jadeó del asombro y sintió algo de pena por su amigo.

༘⋆

Pasaron cuatro días desde el cumpleaños de Yamaguchi. Se le haría un funeral digno. Hinata, al ser el más cercano a Tadashi, se encargó de todo al respecto con la ayuda de Kageyama.

“Autorizaron el funeral. Va a cuenta del gobierno. Se hará mañana a las tres de la tarde”, fue el mensaje que le llegó a Tsukishima por parte de Hinata. Ese día se preparó mentalmente por lo que venía. Tenía que despedirse.

Llegó el día. A las 15:00, el rubio entró por la iglesia. Pudo reconocer varias caras, incluso familiares de Yamaguchi que hacía años no veía. No saludó a nadie. Al parecer todos sabían del enamoramiento del rubio, pero este no necesitaba palabras de lástima; bastante tenía con su propia miseria. Cinco minutos antes de que comenzara la ceremonia, Shoyo se le acercó a Tsukishima.

—Toma —le tendió un sobre que decía “Tsuki”, con la letra de Yamaguchi—. Limpiando su habitación encontraron un montón de sobres. Este es el tuyo.

Kei lo tomó suavemente y analizó al pelinaranja: no tenía mejor aspecto que él. Apenas el sobre desapareció de sus manos, se retiró para ir de nuevo con Kageyama. Una campana sonó y el padre comenzó a hablar. Ya leería la carta después.

Eran las seis y pico cuando Tsuki regresó a su departamento. Estaba destrozado; se devolvió tan rápido como pudo. Con dolor, se sentó en su sillón, sacó el sobre y delicadamente lo abrió. Se sorprendió al ver una hoja completa, rellenada por delante y atrás; el pecoso nunca fue bueno escribiendo. No demoró mucho en comenzar a leer:

“Hola, Tsuki. Si estás leyendo esto, es que tomé la decisión que viene rondando en mi mente desde hace semanas. Antes de decirte por qué hice lo que hice, necesitas saber algo: estoy enamorado de ti; creo que siempre lo estuve. Nunca me animé a decírtelo porque siempre tuve miedo de tu rechazo. Preferí mantener la linda amistad que teníamos, aunque eso mismo me llevó al abismo.

No pienses que esto lo hice por miedo a tu rechazo; simplemente tengo el cúmulo de varias cosas. Siento que no tengo razones por las cuales seguir respirando, y me siento algo hipócrita por pensarlo, ya que sé que Hinata se esfuerza por acompañarme aun cuando yo ya acepté que estoy perdido. Se lo agradezco igual; gracias a él pude sentirme menos solo.

A lo que iba: desde que acepté que nunca me corresponderías, parte de mí se rompió. Intenté que mi vida no girara en torno a un amor no correspondido. Lo intenté con todo lo que pude, pero aun así vivía triste. Lo intenté con más personas, pero ninguna eras tú; sin quererlo, terminaba buscándote o comparándote con ellos.

El accidente de mis padres solo empeoró todo. Recibí apoyo momentáneo, pero al tener diecinueve y que dejaran el dinero suficiente depositado para mi universidad, nadie me buscó; nadie me consoló cuando, meses después, seguía sufriendo su pérdida.

A pesar de todo, quiero pedirte perdón por habernos distanciado. Fue algo egoísta de mi parte, pero mi corazón no soportaba estar junto a ti y que me vieras solo como tu mejor amigo.

Te amo, Tsuki. Te amé y te amaré. Todo se me vino encima y no supe manejarlo. Tal vez tomé la decisión más cobarde, pero no podía soportarlo más. Vivir me dolía; cada respiración lo hacía. Y llorar todas las noches, preguntándome si valgo la pena, no es sano. Shoyo me dijo muchas veces que visitara a un psicólogo, pero sabía que no serviría para nada. Ya estaba roto; nada podría “arreglarme”… o, ahora que lo pienso, sí, pero igual ya es tarde y esto es irreversible.

Creo que ya te dije lo que mantuve guardado todos estos años. Por favor, no pauses tu vida por mí. Si aún me guardas cariño, vive tu juventud como siempre soñaste. Siempre te acompañaré, solo no me olvides. Puedo vivir con el desprecio y el olvido de todos, menos con el tuyo.

Hasta pronto, Kei. Fuiste mi primer, único y trágico amor.

—Con cariño, Tadashi.”.

Las lágrimas salían sin control de los ojos del rubio. Tuvo que sacarse los lentes. Se abrazó a sí mismo mientras sollozaba, buscando algún tipo de consuelo. Se sentía una horrible persona: pudo haber sido feliz con el chico que amaba, pero por cobarde no lo hizo. Pudo haberlo salvado de su trágico final, pero su miedo al rechazo fue más fuerte. Esa noche Tsukishima se sintió drenado de lo tanto que había llorado esos días. Sentía que no podría recuperarse.

༘⋆

Ha pasado casi un año desde ese suceso. Kei comenzó terapia alentado por sus amigos; iba sin muchas ganas, hasta que por fin entendió que no podía vivir su vida miserablemente. Tadashi no hubiera permitido que lo hiciera; le pidió que no lo hiciera. Por lo que se tomó más en serio sus sesiones y, poco a poco, comenzó a sanar, perdonándose por sus errores del pasado.

En ese año nunca visitó su tumba. Sabía en qué cementerio estaba, pero nunca se sintió preparado para ir. En una de sus sesiones, su doctora le recomendó una manera de cerrar ese capítulo de su vida y poder seguir adelante, tal como Tadashi le pidió: escribirle una carta contándole todo lo que quisiera que él oyera, y leérsela el diez de noviembre; al terminar, quemarla. A Kei le pareció una buena idea, y estuvo escribiendo lo que para él era la carta de despedida perfecta por una semana.

Y llegó el día. Se había cumplido un año. Con el corazón apretado se dirigió a la entrada del lugar, encontrándose a Kageyama.

—Tsukishima.

—Kageyama. ¿Hinata está dentro?

—Sí, no debe demorar.

—Claro. Lo espero acá.

Pasaron cuatro minutos y Shoyo salía limpiándose las lágrimas. Se sorprendió al ver a Tsukishima ahí. Ninguno dijo nada y cada uno fue por su camino. El rubio caminó con paciencia hasta encontrar la lápida que buscaba, que dijera: “Tadashi Yamaguchi 2004-2025”. La visualizó y no pudo evitar que sus ojos se llenaran de lágrimas. Rápidamente las limpió y sacó el papel que tenía guardado.

“Hola, Tadashi. Soy Kei. Primero que nada, feliz cumpleaños número veintidós. Lamento no haber venido antes; tuve que sanar mucho para tener el valor de hacerlo. Y, por eso mismo, por recomendación de mi doctora, voy a decirte por este medio todo lo que no pude en el pasado.

De lo que más me arrepiento es de nunca haberte comentado mis sentimientos, los cuales siempre han sido correspondidos. Fui un cobarde al no arriesgarme nunca, y hoy más que nunca deseo habértelo dicho. Tuve mil ocasiones.

Recuerdo ese día del partido del Junior contra el DIM. Nos reunimos todos y me pusieron a manejar a mí porque Akiteru accedió a prestarme su carro para estrenar mi licencia. Parqueamos por la Ochenta y Cinco y, en el pasto, nos acomodamos para terminar de ver el juego, haciendo apuestas entre nosotros. Nunca te lo dije, pero te veías hermoso. Siempre te viste hermoso, de hecho. Y cada vez que sonreías por algo que te hacía gracia o porque el equipo que apoyabas hacía punto —o hacía un gol y tapaba uno mientras mantenían una buena defensa—, lo único que podía pensar era: “Necesito besarlo.” Debí haberlo hecho. A fin de cuentas, el tonto de Kyotani fue a buscar lo de tomar junto a Kageyama; estaba lejos. Ahora veo, y definitivamente debí haberte besado.

También recuerdo nuestro día de la graduación, la tan esperada fiesta de prom. Estuviste tan emocionado por ella. Alquilar una cabaña para alrededor de doscientas personas no era buena idea, pero el piso de madera brillante, las bolas de disco que parecían compradas en el Centro, las pulseras que nos pusieron para entrar y ambientar el espacio… todo valió la pena cuando, al llegar, vi tu cara iluminada por la emoción y un destello de tu sonrisa asomarse. Pasaron las canciones; fue una buena noche, pero siempre me duermo pensando en la forma en que me mirabas cuando sonó “Todo de cabeza”. Ahí también supe que debí haberte besado. Hubiera sido mi mejor error; mi error favorito, de hecho.

Ambos pensamos lo mismo: mejor no arriesgar la amistad. Y ahora pagamos las consecuencias de nuestra cobardía: tú, el dolor; y yo, tu pérdida. Te felicité el año pasado. Tenía la leve esperanza de que me respondieras y, de la nada, fuéramos inseparables nuevamente. Pero al día siguiente, cuando Hinata me llamó y me dio las malas noticias, no podía creerlo; mi mente y corazón no podían. No juzgo tu decisión; aun así, me hubiera gustado estar allí para demostrarte que no estabas solo, que tenías una razón por la cual luchar.

Me faltaron muchas cosas que decirte mientras aún vivías, pero hice lo que me pediste: intenté seguir adelante. Dolió como no te imaginas, pero, como te dije al principio, esto es para cerrar tu herida.

Jamás te olvidaré. Nunca podría, aunque quisiera, pero tal vez aprenda a las malas a vivir sin tu presencia. Espero que te encuentres bien y no te haya molestado toda la palabrería. Nunca fui tan risueño y espontáneo como tú… como sea.

Descansa en paz, Tadashi. Te amé, te amo y te amaré por siempre.

—Con amor, tu Tsuki.”.

Con un suspiro, agarró un mechero y quemó la hoja. Se quedó mirando cómo el papel se desvanecía, pensando en todos los “qué hubiera pasado”.

—Te prometo venir más seguido. Que pases un buen cumpleaños allá arriba —dijo Kei en voz baja una vez que el papel se quemó en su totalidad.

Con paso lento salió del lugar, permitiéndose, después de un año, avanzar.