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Ocurría el año 2004, una época nostálgica para muchos, pues pertenecía al inicio de la era digital. La música, las fechas, los videojuegos, todo es añorado por los corazones que desean sentirse jóvenes otra vez.
Un jóven argentino de tan solo 17 años de edad, Lionel Messi, no tenía la mejor vida pero era feliz, acompañado de su familia. Desde niño su pasión siempre fue el fútbol, apoyado de la mano de su padre, jugó en distintos clubes infantiles y juveniles donde conoció a personas maravillosas.
No sabía en qué momento la vida le hizo una mala jugada, tal vez se "hacía de la vista gorda", pero la situación en su país empeoraba y sus padres habían estado buscando prontas soluciones para no verse tan afectados.
—Recién me ofrecieron un buen puesto con una mejor paga —hablaba el hombre y sostén de la casa, el señor Jorge Messi.
—¿Y lo aceptaste? Sabés la situación en la que nos encontramos por lo que pasó hace dos años... —expresó con alivio y a la vez preocupación la señora Celia.
—Por eso quiero hablar con ustedes.
—¿Pasa algo, pá? —Lio se acercó a sus padres.
—Este nuevo puesto se escuentra en el centro de México... Será por un largo tiempo.
—Pá, si vos te vas, lleváme contigo —declaró Lionel.
—No, Lio, hijo. Si tu viejo va será solo, esta es nuestra casa. De aquí nadie moverá un pie —Celia tomó al joven del brazo.
—¿Lo decís en serio, hijo? —preguntó el señor, ignorando el comentario de su esposa.
—Sí.
Las esperanzas de estudiar una carrera en su país se reducían cada vez más; tenía que ver esto como una oportunidad de superarse. Recién había terminado el colegio y seguramente lo podían admitir sin problemas en cualquier universidad por sus buenas notas.
—Bien, porque tengo hasta mañana para darle una respuesta a mi jefe. El viaje será dentro de unos días.
—¿Tan pronto?
—Sabés que ellos no esperan.
Y así fue. Los primeros días de enero sus maletas ya habían sido empacadas con solamente lo necesario. La familia se dirigía al aeropuerto muy temprano en la madrugada, aunque solo serían Lio y Jorge quienes viajen, claro que el resto quería despedirse de ellos.
—Les deseo las mejores de las suertes —la señora Celia abrazaba con fuerza a su esposo y su hijo mientras caían lágrimas por sus mejillas—. Espero que cuando regreses seas todo un hombre, eh, Lio —acariciaba del rostro del chico mientras decía estas palabras.
—Gracias, má. Te juro que así será.
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No eran más de las 7 de la tarde cuando finalmente entraron al departamento que, con ayuda de los jefes de Jorge, habían rentado con facilidad. Habían comido cualquier cosa al salir del aeropuerto y solo deseaban descansar. Lionel quería explorar la ciudad pero no estaba seguro de cuándo sería, su viejo trabajando y él sin una sola idea del régimen céntrico, terminaría perdido por ahí.
El joven intentó levantar su maleta pero fue vencido por el peso de esta y se mareó, teniendo Jorge que ayudarlo a sostenerse para después quitarle el equipaje.
—Hijo, descansá un poco, yo voy a ordenar esto después.
—Perdón, me gustaría ayudarte pero siento que me muero.
—Normal, es la primera vez que viajamos tantas horas. Descansá un poco, yo también lo voy a hacer, que después tenemos que ver lo de tu inscripción en la UNAM.
—¿La "UNAM"?
El padre ya había contactado a ciertas personas para que le proporcionaran información, pues le había comentado a sus jefes acerca de que también le acompañaba su hijo. Según, la convocatoria se abriría el 16 de enero y por primera vez todo el trámite sería en línea, lo que beneficiaba a Lio quien no sabía moverse por sí solo en transporte público.
—Sí, luego te pasaré las carreras para que elijas la que te agrade. Ahora, a dormir.
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Domingo 27 de enero en la mañana, Lio salió de su casa en dirección al centro histórico, ahí tomaría el metro. Las calles estaban casi vacías, seguro todos estaban descansando en sus casas. Por lo poco que había aprendido en las dos semanas que llevaba viviendo en el Distrito Federal ahora sabía que línea tomar para llegar a la Universidad Latina Roma, donde le aplicarían el examen de ingreso a la Facultad.
Se encontraba enfrente de la estación del metro que se supone que lo llevaría a su destino, sin embargo no estaba para nada seguro. Eran demasiadas líneas, distintos nombres, distintos colores y muchas delegaciones; ya había olvidado todas las indicaciones que le había dado su viejo.
Se recargó un momento en un muro de la entrada, no tenía, de hecho, tiempo que perder, pero si cometía un error entonces le iría peor, así que lo mejor era esperar a que se acercara alguien de confianza y le guiara de buena manera.
A lo lejos vio a un tipo alto con cabello recogido en un nudo, este estaba de espaldas hacia él, pero tan solo con ver su figura Lio se sintió intimidado. Llevaba unos pantalones de mezclilla rectos y una chaqueta en un tono bajo de azul, además estaba acompañado de otro chico más bajo de cabellos rizados que iba vestido casi igual, con la diferencia de que este tenía puesta una camisa sin mangas. El Messi intentaba no prestarles tanta atención, tenían toda la pinta de ser unos malandros.
Veía a la gente pasar, casi quería que descifraran sus pensmientos para que supieran que necesitaba ayuda. Apretaba la correa de su mochila, que recorría su pecho y espalda y se sostenía en su hombro, intentando calmar sus nervios. Los segundos pasaban lentos, un nudo se formó en su estómago; comenzaba a considerar la idea de llamar a su viejo, que lo regrese a casa aunque esté a 10 minutos de distancia caminando y llorar en su pieza por sentirse un inútil.
—Oye, ¿estás bien? —el tipo alto ahora se encontraba enfrente de él, con sus manos en sus bolsillos y sus hombros levantados.
El timbre de su voz lo aturdió. Miró alrededor con la mirada perdida, sin poder concentrarse en la pregunta que le habían hecho. Al parecer el otro chico de cabellos rizados ya se había ido.
—No eres de aquí, ¿verdad? —Lio negó—. ¿Te puedo ayudar? ¿A dónde vas?
—¿Universidad Latina Roma...? —respondió inseguro.
—¡Ah! Está bien cerquita. Ni siquiera tienes que agarrar el metro, el 208 te deja enfrente, nomás que la parada está pa'llá —dijo el chico apuntando hacia su izquierda por encima de su hombro.
Lionel seguía teniendo esa mirada perdida, miedosa. No entendía las intenciones de la persona que estaba enfrente suyo, con esa amabilidad sobrehumana a pesar de su aspecto intimidante.
—¿Quieres que te acompañe? Me miras como si te estuviera hablando en chino.
—Disculpáme... Llevo dos semanas viviendo aquí y apenas me estoy acostumbrando a la gente.
—¡Sos argentino, boludo! —imitó el alto en un muy mal intento de su acento—. Perdón, eres el primer argentino que conozco... Soy Memo, ¿y tú?
—Lionel...
—Va, Lionel, me imagino que ya vas tarde a tu uni. Vámonos.
Memo se dio la media vuelta y comenzó a caminar hacia la dirección que antes había señalado, Lio le siguió después. Este se encontraba totalmente desconcertado, hace unos minutos creía que iba a morir de un ataque al corazón y ahora estaba caminando sin preocupaciones a la par de un chico, Memo, quien acababa de conocer y además se burló se su acento. ¿Dónde estaba su insinto de supervivencia?
Gracias al cielo llegó a tiempo a su cita, le agradeció al alto por su amabilidad y entró a la sede. Memo, antes de despedirse, le explicó el camino de regreso y le deseó suerte en su examen, pues le explicó que era aspirante a la UNAM. Al parecer él también estudiaba ahí y le dijo que cuando necesitara ayuda lo contactara.
Pero qué tonto, no le pidió el número de teléfono ni le preguntó la facultad en la que se encontraba, solo sabía su nombre y que ya se encontraba cursando el segundo semestre.
Ojalá encontrarse a Memo otra vez.
