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El día es especialmente frío esta ocasión, no ha parado de nevar desde el amanecer, lo que provocaba que salir de N109 sea más lento de lo normal, no me molesta en lo absoluto, un poco de soledad en el auto escuchando el ritmo de la música mientras conducía no es la peor manera de pasar el rato, a demás tenía que matar un poco de tiempo para que pudieras terminar de preparar tu sorpresa.
Usaste de pretexto que necesitabas algo urgente en Linkon y te llevaste a Luke y Kieran contigo a la ciudad desde hace 2 días. Mephisto se había negado rotundamente a enseñarme los videos de vigilancia, imagino que es una orden explicita tuya, como lograste que te obedeciera sigue siendo un misterio para mí. Así que solo tenía que esperar a ver esta sorpresa tuya que tan diligentemente planeaste.
Miro el reloj en mi muñeca, 8 de la noche, justo a tiempo para nuestra cita, esta vez la reunión es en mi Penthouse que tengo en la ciudad, recuerdo que fue uno de los primeros lugares que fuimos juntos cuando nos conocimos para una misión secreta, desde entonces no tenía motivo para estar en ese lugar, extraño que ahora quisieras que fuera ahí y no en la base de Onychinus, pero imagino que no es conveniente realizar una sorpresa si estoy la mayor parte del tiempo.
La recepcionista me saluda con entusiasmo, trae puesto un ridículo gorro de reno típico de esta fecha. Mientras estoy subiendo en el ascensor un pensamiento fugas me atraviesa, en realidad, jamás había celebrado Navidad o en realidad ninguna fecha, sé lo que la gente hace en esta celebración, pero nunca tuve el interés de celebrarlo, solo ahora que estoy contigo una extraña emoción me invade, quiero saber lo que sienten las personas al celebrar con sus seres queridos.
Cuando se abre la puerta del ascensor, un fuerte aroma a comida inunda mis sentidos.
-¡Jefe! ¡Por fin llego!- gritan los gemelos emocionados al verme en la puerta, escucho tus pasos caminando con rapidez hacia mí, veo tu rostro iluminarse, traes puesto el mismo gorro ridículo de reno que la recepcionista.
-llegaste justo a tiempo, a comida ya esta lista- siento tus brazos rodear mi cuello y besas gentilmente mi mejilla. -¿así que esta es la gran sorpresa que tenías planeada? ¿Una cena de Navidad?- te abrazo con delicadeza - sabes si quería una cena elegante, podría haberle dicho a mi chef que preparara todo para hoy-
-Tonterías, hoy es un día para celebrarlo con la familia, además Luke y Kieran me ayudaron durante estos dos días, estuvimos decorando y horneando todo, así que ser agradecido y disfruta Sylus- familia lo dijiste tan a la ligera, pero al escuchar esa palabra mi corazón se sobresaltó emocionado.
-¡es cierto jefe! Estuve decorando cada rincón del lugar- Kieran tenía el pecho hinchado de orgullo al admirar su trabajo, a decir verdad mi lujosa casa se había transformado en una villa navideña, era como ver el set de grabación de alguna película navideña de romance cursi, un enorme pino con esferas blancas, negras y rojas era el elemento más llamativo de toda la decoración.
-¡Yo me encargué de las compras de último minuto en el supermercado- Luke tenía una sonrisa perversa al recordar su hazaña -le gané el último pavo de la tienda a la jefa!- Al escuchar la declaración de victoria de Luke, corriste a tratar de taparte la boca para que no siguiera revelando más cosas. Apenas había llegado y ya había un coro de risas en todo el lugar, era extrañamente acogedor, incluso Mephisto estaba en su perchero graznando a algo parecido a una risa.
Tus manos calidad me arrastraron a la sala junto a la chimenea, que para ser honesto había olvidado que había instalado una, me diste una taza de chocolate caliente y me colocaste una diadema en forma de pino. -para entrar en modo navideño- te fuiste a la cocina junto con los chicos y rápidamente prepararon la mesa para el banquete. No pude evitar mirar divertido ante los acontecimientos, me sentía un niño pequeño al que le daban un caramelo para que los adultos pudieran trabar tranquilos, Mephisto se paró en mi hombro también disfrutando del momento. -Si tan solo todos los días fueran igual de diligentes, ¿no crees que mi vida sería más fácil Mephisto?- un graznido afirmativo y un ligero movimiento de alas fue su respuesta.
-Escuche lo que dijiste Sylus- me lanzaste una mirada desafiante. -disfrútalo mientras yo lo permita- Cuando todos los platillos estuvieron ordenados en la mesa, sonreíste con satisfacción. -Antes de empezar a comer, me gustaría que primero nos tomáramos unas fotos de recuerdo, ya que es la primera vez de que celebramos Navidad juntos- Los gemelos al instante empezaron a traer todo lo necesario para poder tomarnos unas fotos, colocaron el tripié enfrente del pino y me arrastraron junto a ellos para la sesión de fotos que ya sabía que iba a durar bastante tiempo.
No lo voy a negar, siempre es divertido pasar el tiempo en las interminables sesiones de fotos que solemos tomarnos en la ciudad. Pero esta vez, se sentía diferente. Al incluir a los gemelos se sentía todo más hogareño. Tú nos empezabas a indicar en como teníamos que posar y de alguna extraña manera, todos respondíamos a tus indicaciones como si hubiéramos hecho esto un millón de veces.
Las primeras fotos eran un poco más normales por decirlo de alguna manera, en donde todos los sonreíamos y hacíamos uno que otro gesto, pero mientras el tiempo avanzaba cada foto se hacía más ridícula, los gemelos empezaron a hacer poses cada vez más estrafalarias y tú los alentabas agarrándome para imitar sus gestos. Al inicio me negué porque no quería hacer el ridículo, pero mientras te veía sonreír más soltaba, esa fachada de seriedad y aceptaba poco a poco tus sugerencias cada vez más locas.
Habían pasado 40 minutos y decidí que ya era suficiente cuando ya estaban organizando una pirámide humana para la foto, algo así de que Mephisto tendría que estar en la cabeza de la pirámide con las alas levantadas y el pico abierto en señal de Victoria, mientras los gemelos te cargaban desde los pies y yo de alguna manera tenía que levantar a todos con mi Evol.
-Creo que ya es suficiente de fotos, la comida se enfriara y tendremos que calentar todo de nuevo- Los gemelos se sentaron en la mesa obedientemente, dejándome la cabeza de la mesa a mí, tú te sentaste a mi lado derecho, todos disfrutamos la comida, no era lo que usualmente consumo, pero la novedad en los sabores y la compañía hacían que fuera una de las cenas más deliciosas de mi vida. La conversación era ligera y el vino fluía con rapidez, tus mejillas se empezaron a enrojecer por el alcohol y reías con mucha más libertad.
-¿Te dije lo extremadamente guapo que te ves hoy Sylus?- dijiste en un tono juguetón. -¿Oh? No lo habías dicho, pero me alegra que te guste lo que vez gatita, pero debo agregar que tú estás especialmente encantadora hoy- me acerque a tu oído y dije con voz baja -en especial con esas astas de reno- te reíste por mi comentario y tomaste otro sorbo de vino. -¡Debe de ser la estrella en el pino lo que hace que te veas particularmente guapo- oh! Lo había olvidado, llevaba esa tonta diadema de pino durante todo este tiempo… en especial durante las fotos… No pude evitarlo, una ligera risa se escapó de mis labios. Voy a salir ridículo en esas fotos.
Las horas pasan con tranquilidad, después de comer a sugerencia de los gemelos jugamos varios juegos de mesa, para hacer las cosas más interesantes, apostamos, apostamos protocores de alto valor, pronto los inofensivos juegos se volvieron verdaderas batallas sin piedad, nunca había visto el lado ludópata de Kieran o como perdías la calma en los momentos de mayor estrés en el póquer, aunque siendo justos Luke y Kieran tenían bastante experiencia imitando mis tácticas de estoicismo cuando negociaba con los criminales en N109, así que comparados contigo que perdía el control de sus expresiones cuando te salía una carta, ellos eran todos unos expertos. Obviamente, yo gané la mayoría de los juegos hasta que te confabulaste con los gemelos para mi derrota en el Kitty Cards.
-¡Admite tu derrota Sylus! ¡Ahora tendrás que obedecernos en todo lo que te pidamos!- dijiste triunfal.
-ok lo admito, tuvieron que usar todo su ingenio para hacerme perder en el Kitty Cards, así que imagino que tendré que admitir que eres mejor que yo jugando- dije con falsa modestia.
-ahórrate tu falsa modestia Sylus, queremos algo diferente- Los gemelos se colocaron uno al lado del otro apoyando tus palabras.
-¿Oh? No recuerdo que el perdedor tuviera que hacer nada- levante una ceja escéptico por lo que me podrían pedir.
- son 2 cosas- levantaste dos de dos para ilustrar tus peticiones. -la primera que vayas a tu habitación y te pongas lo que está en la cama y la segunda es que grabemos un video-
-gatita, no esperaba que me pidieras esa clase de cosas y menos enfrente de los niños- dije con una falsa indignación, me cruce de brazos y continúe -aunque sí, no te da vergüenza decirme eso enfrente de los niños, quien soy yo para ser modesto- fue fascinante como tu rostro paso de confusión a realización y finalizar con vergüenza, tu rostro había pasado de una palidez por la sorpresa al rojo más intenso en cuestión de segundos. Los gemelos también sufrieron un ligero enrojecimiento, pero lo ocultaron mucho mejor que tú.
-¡No me refería a eso Sylus!!! Definitivamente, ¡no a eso!- tu voz sonó demasiado aguda, casi como un grito. -¡Solo ve a cambiarte!-
-Está bien, está bien… -dije mientras me dirigía hacia el pasillo -Pero si esto termina en chantaje, recordaré esta noche como el inicio de su traición colectiva- murmuré para mí mismo mientras cerraba la puerta de la habitación. La luz se encendió y, apenas di unos pasos, lo vi. Sobre la cama, perfectamente doblada, descansaba… eso.
Guardé silencio unos segundos, analizándolo como si se tratara de un artefacto peligroso. Era una pijama de cuerpo completo, negra, con una textura suave que imitaba plumas. En la capucha, un par de enormes ojos blancos bordados y un pico exagerado sobresalían con un dramatismo ridículo. Incluso había pequeñas alas cosidas a los costados. Suspiré profundamente. Mi dignidad ya había sufrido peores golpes… aunque no muchos.
Me cambié con lentitud, como si hacerlo más despacio pudiera cambiar el resultado. El cierre subió hasta el cuello y, cuando me miré al espejo, tuve que apartar la vista unos segundos. Sylus, el líder de Onychinus, reducido a un cuervo de felpa de tamaño humano.
-Esto no sale de estas paredes- me advertí a mí mismo. Tomé aire, abrí la puerta y regresé a la sala. El silencio duró exactamente medio segundo. Luego, la explosión.
-¡Es aún mejor de lo que imaginé! ¡Es perfecto!- Luke ya estaba doblado de risa. Te quedaste quieta un instante… y luego estallaste en carcajadas, de esas que te obligan a inclinarte hacia adelante, con lágrimas, acumulándose en las comisuras de los ojos. -¡Sylus!- lograste decir entre risas -¡Te ves increíble!-
-Si alguien llega a mencionar esta noche, habrá consecuencias- respondí con voz grave, aunque el pico cosido arruinaba cualquier intento de amenaza.
.-Oh, no- dijiste, secándote una lágrima, todavía con la risa, traicionándote. -Porque esto merece ser inmortalizado- Chasqueaste los dedos. -¡Muy bien, todos a cambiarse!- Minutos después, regresaron. Luke y Kieran llevaban pijamas idénticas a la mía, con las mismas alas torpemente adorables. Kieran incluso se había subido la capucha y agitaba los brazos como si fuera a despegar. Tú apareciste al final, usando la versión ligeramente más ajustada, con el pico ladeado y una sonrisa triunfante.
-Ahora sí- dijiste -todos listos- Colocaron el tripié frente al pino una vez más. -Sylus al centro- ordenaste -Tú eres la estrella-
Me colocaron en medio sin darme opción. Luke se inclinó exageradamente hacia un lado, Kieran levantó una pierna como si estuviera a punto de perder el equilibrio y tú te pegaste a mi costado, alzando una de las alas falsas en señal de victoria.
-¡Mephisto!- gritó Kieran -¡Ven aquí!- El cuervo, como si entendiera la importancia histórica del momento, voló y se posó justo sobre mi cabeza, desplegando ligeramente las alas reales.
-Nadie se mueva-. Dijiste, ajustando el temporizador. El destello iluminó la sala. Por un instante, todo quedó suspendido: las risas, el calor de tu hombro contra el mío, el peso familiar de Mephisto, y esa sensación extraña pero reconfortante de pertenecer. Cuando la cámara capturó la imagen, supe algo con absoluta certeza. Tal vez nunca había celebrado la Navidad antes… pero esta, sin duda, era la primera que quería recordar.
Después de algunas fotos más, la mayoría borrosas y completamente inutilizables, las risas comenzaron a apagarse solas. Luke fue el primero en bostezar, seguido de Kieran, que insistía en que aún podía ganar una última ronda de Kitty Cards sin siquiera abrir los ojos. Al final, ambos se rindieron y desaparecieron por el pasillo, arrastrando las alas de felpa.
El silencio que quedó después fue distinto, más espeso, más cálido. Tú no tardaste en sucumbir también. En menos de un minuto bostezaste tres veces seguidas, llevándote la mano a la boca con una expresión que mezclaba vergüenza y agotamiento.
-Creo que ya no doy para más…- susurraste, apoyándote ligeramente en mí.
-Eso se nota- respondí con una leve sonrisa.
Te tomé entre mis brazos con facilidad y nos dirigimos hacia la habitación. Mephisto volaba con calma detrás de nosotros, batiendo las alas con suavidad, como si incluso él respetara la quietud que se estaba instalando en la casa. Admití en silencio que la única ventaja real de esas espantosas pijamas era que no tendría que despertarte para que te cambiaras. Te acomodé con cuidado sobre la cama y te cubrí con las sábanas. Apenas apoyaste la cabeza en la almohada, soltaste un suspiro largo, satisfecho.
-Buenas noches, Sylus…- murmuraste, con la voz ya vencida por el sueño. -Buenas noches- respondí en voz baja.
La emoción acumulada de la noche también me había dejado drenado. Me aseguré de que todo estuviera en orden, de que las luces estuvieran apagadas y de que el silencio reinara por completo antes de acostarme a tu lado. Te abracé con naturalidad, tu espalda encajando contra mi pecho como si siempre hubiera sido así. Mi nariz se perdió en la fragancia familiar de tu cabello y, por primera vez en mucho tiempo, no sentí la necesidad de mantenerme alerta.
El sueño llegó rápido, profundo, sin resistencia alguna. No hubo transición, no hubo pensamientos finales; simplemente me hundí. Todo fue quietud, una calma espesa que no exigía nada de mí.
Hasta que escuché una melodía.
Al principio fue apenas un murmullo, una sucesión de notas flotando en la distancia, tan tenue que dudé si realmente estaba ahí o si mi mente la estaba inventando. Pero no tardó en volverse más clara, más insistente. Era una melodía terriblemente familiar, una que reconocía, incluso antes de poder nombrarla, como un recuerdo que se filtra sin permiso.
Abrí los ojos de golpe.
No estaba en una habitación oscura. No había paredes, ni techo, ni suelo. Era algo peor: un vacío absoluto, un negro profundo que no reflejaba luz alguna, como si el concepto mismo del espacio hubiera desaparecido. Sentí la extraña certeza de estar suspendido en la nada.
Entonces ocurrió.
Frente a mí comenzaron a aparecer imágenes. Una tras otra. Infinitas. Mi propio rostro multiplicándose sin fin, extendiéndose hacia adelante y hacia atrás como si alguien hubiera colocado dos espejos enfrentados, creando un bucle eterno de reflejos imposibles de contar.
Miré a mi alrededor, pero no había nada más. Solo yo o mejor dicho, versiones de mí.
Cada reflejo era distinto. Las edades variaban: algunos parecían más jóvenes, otros cargaban líneas de cansancio que aún no reconocía como propias. La ropa cambiaba de estilo y de época, desde prendas antiguas hasta atuendos que no sabía si pertenecían al pasado o a un futuro improbable. Incluso mi cabello era diferente en cada imagen: largo, corto, suelto, recogido. Sin embargo, los ojos… los ojos eran siempre los mismos.
La curiosidad me dominó con una fuerza inquietante. No podía apartar la mirada. Cada uno de esos reflejos parecía estar inmerso en su propio mundo, ajeno a mi presencia, realizando actividades distintas, viviendo fragmentos de vidas que no recordaba haber vivido… o que quizá aún no había vivido.
Fue entonces cuando, entre ese mar interminable de rostros, la melodía volvió a escucharse.
Más clara, más cercana.
Giré sobre mí mismo, buscando su origen, recorriendo los reflejos uno por uno, desesperado por encontrar de dónde provenía. El sonido parecía deslizarse entre las imágenes, escondiéndose justo fuera de mi alcance, hasta que, en una de las refracciones más lejanas, casi al final de aquel infinito imposible, logré percibirla con claridad.
Me concentré en ese punto específico y sentí el tirón.
Fue brusco, violento, como si algo invisible me hubiera sujetado desde el pecho y me arrancara de aquel lugar. El vacío se disolvió en un instante y el aire llenó mis pulmones de golpe.
Cuando abrí los ojos de nuevo, me encontraba al aire libre. Un campo se extendía frente a mí, cubierto de pequeñas florecillas rojas que se mecían suavemente con el viento. El cielo estaba abierto, inmenso, y la luz tenía una cualidad extraña, demasiado nítida para ser real. Mi corazón se aceleró al reconocerlas.
Conocía esas flores, conocía este lugar. La certeza me golpeó antes de que pudiera procesarla del todo y entonces te vi.
Estabas ahí, a unos pasos de distancia. Eras tú… y, al mismo tiempo, no lo eras.
Tu cabello era diferente, tu ropa no coincidía con nada que te hubiera visto usar antes. Había algo en tu postura, en la manera en que ocupabas el espacio, que se sentía ajeno, casi distante. Pero cuando levantaste la mirada y tus ojos se encontraron con los míos, todo lo demás dejó de importar.
Porque en ese instante sentí una soledad brutal apretándome el pecho. Una ausencia tan profunda que dolía. Como si, aun teniéndote frente a mí, ya te hubiera perdido.
Tu voz rompió el silencio con una suavidad inquietante.
-Mi querido dragón… ¿Eres feliz?- preguntaste con calma.
El mundo pareció detenerse. Antes de que pudiera responder, lo sentí. Un vórtice se abrió en mi mente, arrastrándome sin aviso. Recuerdos que no pedían permiso, imágenes que no respetaban el orden del tiempo, voces superpuestas chocando unas con otras. Cientos de fragmentos golpearon mi conciencia en cuestión de segundos: rostros, lugares, decisiones, errores. Momentos de poder y de soledad, de victorias huecas y silencios interminables.
Mi respiración se detuvo. Por un instante no supe dónde estaba, ni quién era exactamente, solo sentí el peso de todo aquello acumulándose en mi pecho, presionándome, exigiendo una respuesta que no estaba preparado para dar.
El torbellino se disipó tan abruptamente como había llegado, dejándome inmóvil, con el corazón desbocado y la garganta cerrada. Volviste a mirarme, tus ojos fijos en los míos, sin juicio, sin prisa.
-¿Eres feliz, Sylus?- preguntaste de nuevo, con la misma calma implacable. No había urgencia en tu voz, pero tampoco escapatoria. La pregunta quedó suspendida entre nosotros, más pesada que cualquier amenaza, esperando que yo tuviera el valor o la honestidad de responder.
Todo el dolor que habíamos vivido en esta vida lo recordaba con una claridad abrumadora. No como fragmentos dispersos, sino como una línea continua que conducía inevitablemente a este punto. Lo entendí entonces: este era el origen de todo. Todos los otros reflejos, todas esas versiones de mí mismo que había visto antes, nacían aquí, de este instante suspendido en el tiempo. Cada decisión, cada pérdida, cada silencio tenía su raíz en este campo de flores rojas.
Sentí tus manos posarse en mis mejillas con una suavidad que contrastaba cruelmente con el peso de los recuerdos. Uniste tú frente a la mía, acortando la distancia hasta que solo existíamos nosotros dos. Me miraste directamente a los ojos, como si buscaras algo más allá de lo visible, y repetiste la pregunta.
-¿Eres feliz?-
Me quedé atrapado en tu mirada. En ella convivían los recuerdos antiguos y los recientes, entrelazados sin distinguir pasado de presente. Recordé este mismo campo de flores, el momento en que te había sostenido entre mis brazos y me ofreciste, sin saberlo, el primer acto de verdadera bondad que había recibido en toda mi vida. Recordé también la cena de Navidad que había terminado hacía apenas unos minutos: las risas interminables, las bromas casuales, el calor compartido, la normalidad que jamás pensé que podría pertenecerme.
Todo coexistía dentro de mí.
Cuando finalmente encontré mi respuesta, alcé la mirada y correspondí la tuya. Ahora éramos dos voluntades enfrentadas, firmes, silenciosas.
-Sí… soy feliz.- Al escuchar mis palabras, sonreíste. No fue una sonrisa grandiosa ni exagerada, sino la misma calidez serena que ya conocía, la que siempre parecía decir más de lo que las palabras podían expresar.
-Me alegro tanto, mi querido dragón-
Te inclinaste apenas y besaste suavemente mi mejilla, un gesto sencillo, cargado de una ternura que me desarmó por completo.
-Te mereces toda la felicidad del mundo-
Estaba a punto de responder, de decir algo, cualquier cosa que pudiera retener ese momento un poco más, cuando sentí nuevamente el tirón. Esta vez fue más fuerte, más urgente. El campo, las flores, tu figura… todo se desdibujó en un instante.
Me desperté sobresaltado. El silencio me envolvió de inmediato. Estaba de vuelta en la habitación, exactamente como la había dejado: completamente a oscuras, quieta, inmóvil. Giré ligeramente la cabeza y ahí estabas tú, durmiendo a mi lado, con la respiración tranquila, ajena por completo a lo que acababa de ocurrir.
Me tomó unos segundos recordar dónde estaba. El corazón aún me latía con fuerza y tenía la extraña sensación de haber despertado de un sueño importante, de esos que dejan una huella invisible. Intenté aferrarme a los detalles, reconstruir lo que había visto, lo que había sentido… pero cuanto más lo intentaba, más se me escapaba, como agua deslizándose entre los dedos.
Las imágenes se disolvían, las palabras perdían forma.
Sin embargo, algo permanecía.
Una extraña y profunda sensación de paz se instaló en mi pecho, silenciosa, firme… como si, aun sin recordar el sueño, su respuesta hubiera decidido quedarse conmigo.
