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CANT YOU HEAR ME

Summary:

Son varias historias en omegaverse centradas en los Betas por que creo que los Betas on lo máximo,y me gusta mucho okey ?,puedes traducirlo a tu idioma si quieres .gracias

Notes:

Puede ser delicado para algunos

Work Text:

Aprendí a contar el tiempo antes de aprender a leer.

Lo contaba en tardes de parque, en rodillas raspadas, en risas que se escapaban cuando nadie nos miraba. A los cinco años el mundo todavía no tenía jerarquías; solo tenía manos pequeñas que se buscaban para no caerse. Luis corría más rápido, Alan siempre inventaba juegos nuevos, Julia reía con una libertad que hoy me duele recordar.
Yo era pequeño. Tan pequeño que no alcanzaba la mesa, tan pequeño que aún creía que la palabra hogar significaba refugio.

En esas tardes, cuando el sol caía, yo olvidaba lo que me esperaba al volver a casa. Olvidaba el silencio tenso, las miradas cansadas, la forma en que mis padres se tocaban las manos como si tuvieran miedo de soltarse.
No los culpo. Ellos tampoco eligieron nacer.

Vivíamos dentro de una manada.
Todo lo que éramos estaba decidido antes de que respiráramos por primera vez.

El señor Alejandro era el alfa principal; su sola presencia bastaba para que el aire se volviera pesado. El señor Armando lo seguía, igual de temido, igual de intocable. A su alrededor orbitaban los omegas, bellos y protegidos, frágiles solo en apariencia.
Y debajo de todos ellos, casi invisibles, estábamos los Betas.

Mi madre, Isabel, era Beta. Tenía la piel morena y el cabello rizado, y cuando me abrazaba yo pensaba que así debía sentirse la paz. Olía a algo dulce, como chocolate caliente. Cuando lloraba, lo hacía en silencio, con una dignidad que ahora sé que le costaba la vida.
Mi padre, Nicolás, también era Beta. Tenía los ojos grises, apagados, como si hubiera visto demasiado para alguien tan joven. Cuando me miraba, nunca sonreía del todo. Me observaba como quien contempla una herida que aún no sangra, pero sangrará.

Ellos me amaban.
Y ese fue su mayor pecado.

Los Betas éramos llamados necesarios, pero nunca valiosos. Decían que éramos el equilibrio de la manada, la base silenciosa. Decían muchas cosas.
La verdad era más simple: servíamos mientras nuestros cuerpos resistieran.

Nuestra esperanza de vida era corta. Algunos decían que era por nuestra biología débil. Yo crecí escuchando esas palabras hasta entender que no era debilidad: era abandono. Nadie cuidaba lo que planeaba desechar.

Nunca entendí por qué mis padres me miraban con tanto miedo hasta que cumplí doce años.

La presentación llegó como llega todo en ese mundo: sin preguntar.

Mis amigos cambiaron primero. Alan y Julia se transformaron en omegas, hermosos de una forma que incluso a mí me asustó. Luis se volvió alfa; su carácter siempre había anunciado ese destino. Todos lo aceptaron como algo natural.
Yo esperé.

Esperé con una esperanza que ahora me avergüenza. Pensé que quizá podría protegerlos. Pensé que quizá no estaba escrito.
Pero mi cuerpo habló con la voz que ya estaba decidida.

Me presenté como Beta.

No hubo gritos. No hubo drama. Solo un silencio espeso que se tragó mi nombre. Desde ese día, ya no fui quien era. Fui lo que era.

Cuando regresé a casa, mis padres estaban afuera. No lloraban. No discutían. Me miraron con una tristeza tan profunda que me dolió más que cualquier castigo.
Tenían quince años cuando me tuvieron. Quince.
Eran casi niños criando a otro niño en un mundo que jamás perdona.

Ese mismo mes decidieron mi futuro.

Me casarían. Dijeron que era un honor. Dijeron que estaría cuidado. Dijeron que debía agradecer.
Mi madre suplicó. Dijo que yo aún no era nada, que todavía aprendía a dormir solo, que aún me despertaba por las noches.
Ese día aprendí que suplicar no salva a nadie.

Me llevaron sin despedidas largas. Mis padres me pidieron perdón solo con los ojos.
Un mes después dejaron de existir.

Dijeron que fue espontáneo.
Yo supe que simplemente se les acabó el aire.

En la nueva manada aprendí a no hacer ruido. A ocupar poco espacio. A existir solo cuando era requerido. El resto del tiempo era una sombra detrás de puertas cerradas.
A veces miraba por la ventana. Veía niños correr, ensuciarse, gritar. Me preguntaba en qué momento dejé de ser uno.

Cuando supe que mi cuerpo estaba cambiando otra vez, no sentí felicidad.
Sentí culpa.
Sentí vergüenza.
Sentí que algo se cerraba para siempre.

Dejé de salir. Evitaba espejos. Evitaba recuerdos. El mundo continuaba afuera mientras yo me quedaba quieto, esperando que el tiempo pasara rápido, o que no pasara en absoluto.

El 10 de marzo llovió.

Llovió como si el cielo estuviera cansado de mirar. Las gotas golpeaban el techo con una insistencia cruel. Mi cuerpo no resistía. Grité hasta quedarme vacío. Sentí cómo algo se rompía dentro de mí, no solo carne: esperanza.
Escuché voces. Manos. El miedo tenía sonido.

Vi a mi hijo solo un instante. Tenía ojos color avellana.
Eso fue suficiente.

Morí esa madrugada.

Dijeron que fue natural.

Pero nada fue natural.

No fue natural nacer en un mundo donde tu valor se mide por lo que puedes ofrecer a otros.
No fue natural que mis padres murieran de amor y culpa.
No fue natural que me llamaran humano solo cuando dejé de respirar.

Dicen que mi nombre se perdió con el tiempo.
Que nadie lo recuerda.

Pero a veces, cuando llueve en marzo, alguien jura escuchar pasos pequeños en el parque vacío.
Dicen que es solo el viento.