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"Siempre fuiste tú"

Summary:

Hay un príncipe que desaparece cada noche de su alcoba para viajar a leer las historias de una humana. En el afán de querer ayudarla a escribir, descubre también que no solo disfruta de su creatividad; sino de su mera presencia, por lo que cuándo decide pedirle ayuda a su madre para hacerle un regalo, también descubre una nueva emoción.

Aquella que sin pensarlo, es de las primeras señales de la unión silenciosa que los acompaña hasta su adultez. Enlazando sus corazones para siempre.

Notes:

-Basado ligeramente en el corto de navidad-

Esta historia surge de la pregunta: ¿Cuándo fue que Herneval se dio cuenta que Frankelda le comenzaba a gustar? Los tecolotes son monógamos después de todo. Y tomando en cuenta que ambos se conocen desde niños, me gusta pensar que Frankeldita fue el primer y único crush de Hernevalito.

Chapter 1: ¿Mariposas en el estómago?

Summary:

La noche se ve interrumpida por una pequeña criatura con alas ¿Acaso se dirige a la hacienda de los Straffon?

Chapter Text

 


Se acercaba la época de invierno en Real del Monte, la neblina se deslizaba por los valles envolviendo al pueblo como una sábana delgada, acompañada del aire frío que amenazaba con meterse entre las rendijas de las puertas de cada hogar y a través de las ventanas que por descuido habrán quedado abiertas. La luna menguante era la única fuente de luz sobre el paisaje, una guardiana silenciosa que acompañaba a las sombras que se extendían a lo largo de las calles. 

La quietud de la noche se vio interrumpida por una pequeña figura alada que se deslizó entre la penumbra por la cornisa de una de las casas, entrando con sigilo por una de las ventanas, al final del pasillo se encontraba un cuarto que aún permanecía iluminado por una luz danzante, que parecía invitarlo a entrar.

Esto no lo asustó, formaba parte de una rutina que ya se había creado; sabía que a pesar de la luz, la dueña de aquella habitación seguramente se encontraría ya dormida. 

Las pisadas del pequeño intruso formaban un crujido contra el piso de madera desgastado, normalmente trataría de ser más silencioso, pero estaba inquieto por conocer el final de la historia que había comenzado a leer varias noches atrás.

Francamente estaba enganchado a la trama, iba de un susto que podía imitar las voces de los demás para engañarlos y robar sus verdades.

"Espero que hoy sí haya podido escribir" pensaba para sus adentros, mientras terminaba por escabullirse en el cuarto y cerraba la puerta con cuidado detrás de él.

Gracias a la luz proveniente de una lámpara de gas, los rasgos de la sombra por fin se hacían notar, un pequeño ser de apariencia monstruosa; un Tecotia de plumaje escarlata y ojos cuál ámbar, vestido en un traje de la nobleza que claramente pertenecía a otro plano más allá de la imaginación. 

Avanzó hasta el escritorio para tomar el cuadernillo de cuero que se encontraba ahí, junto a él estaba la autora de las historias que tanto lo hacían escapar de casa, a veces enfrentándose a una buena reprimenda por parte de sus padres cada vez que volvía y no lo encontraban por ningún lado. 

Francisca, como escuchaba que la llamaban todos; se había quedado dormida junto a su tintero con la pluma en mano, está escena ya también era normal para el pequeño príncipe. 

Antes de abrir el cuadernillo la observó por un momento, deseaba poder charlar con ella directamente para escuchar de su propia voz aquellos cuentos que le fascinaban, o poder simplemente acompañarla y pedirle jugar; pues también había captado su atención que los otros niños parecían huirle.

Herneval no entendía por qué alguien tan interesante como ella pudiera ser aislada por los demás, estaba seguro que si estuviera en el Topus Terrentus estaría rodeada de amigos y todos querrían jugar con ella. 

Decidió al final volver a su asunto, la noche avanzaba rápido y su tiempo para poder regresar a casa sin que sus padres lo descubrieran también.

Se subió encima de la cama de la niña como si fuese dueño del lugar y cruzó una patita mientras se preparaba para leer, acomodándose entre sus almohadas. Al abrir el cuaderno se topó con la misma situación desde hacía tres noches, la historia estaba a la mitad, con unos cuantos rayones de tinta donde un nuevo párrafo había tratado de ser escrito. 

Algo decepcionado se pasó sus garras por el rostro y se tapó con el cuaderno "uugh ¿Por qué no ha continuado? Seguro su abuela no la ha dejado respirar ni un momento" se decía a sí mismo con frustración.

Esto también le molestaba, ¿Por qué la trataban como una adulta en miniatura? Cómo si sus hermanos mayores no pudieran prepararse su propia comida.

"Tan siquiera podrían tratar de ser menos cochinos para que ella pudiera pasar más tiempo escribiendo y menos limpiando", pensaba mientras hacía muecas y se esponjaba como polluelo enfadado. 

Derrotado por no haber podido continuar con su lectura, devolvió el cuaderno al escritorio con cuidado, no sin antes dedicarle una mirada más a la niña, quien comenzó a tiritar un poco por el frío de la noche; Herneval tomó la colcha de su cama y se la colocó encima, dándole unas palmaditas suaves en la espalda, arrullándola. 

—No te preocupes Francisca, yo te ayudaré a que puedas volver a escribir.— Susurró procurando no despertarla.

Francisca por su parte, al sentir ese apapacho en su espalda no pudo evitar sonreír entre sus sueños, relajando su semblante; cosa que no pasó desapercibida para el pequeño susto. De pronto sintió que un cosquilleo le atravesó el estómago y le dio algo de pena seguir viéndola. 

Se apartó para marcharse de nuevo bajo el cobijo de la noche, hacía la fuente en el atrio de la iglesia del pueblo; una entrada que daba a la parte superior del Arparaña en el Topus Terrentus.

Cuidando que no lo viera ninguno de los guardias, volvió a entrar en su habitación y se acomodó en su propia cama, que asemejaba la forma de un nido a su medida. 

Antes de quedarse dormido, se quedó absorto en sus pensamientos. Ideando de qué manera ayudaría a que los quehaceres de la pequeña Francisca no le estorbaran.

No tenía problema en hacer labores si significaba que ella podría concentrarse en desahogar su creatividad entre las páginas. Realmente le fascinaba cómo poseía tanto conocimiento sobre la naturaleza de los sustos; a pesar de nunca haber vivido entre ellos.

Podría decirse que la admiraba, ella era una escritora y él se había convertido en su lector número uno. Su talento podría compararse con el del Pesadillero Real, Procustes. No... Francisca era mucho más talentosa que él, estaba seguro. 

Francisca. 

Recordó esa sensación extraña que le había dado en la habitación. ¿Por qué sintió esa pena tan repentina? Mientras se cubría con su propia sábana y se entregaba al sueño, trató de convencerse de su propia versión de la verdad.

—Seguro fue porque pensé que se despertaría. Sip, eso fue. 

Se repitió una y otra vez y a la par que se iba quedando dormido, también una imagen se quedó en la mente del príncipe de los sustos. 

La de la sonrisa que quería ver siempre en el rostro de la escritora. Y aunque no comprendía bien el por qué, le gustó mucho la forma en que lo hacía.