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Es la primera vez que te escucho decir eso. Una carcajada seca, pasos que se alejaban por el muelle hasta convertirse en gas y fricción de cuerdas. Gritos agrietados entre llanos inconsolables de los niños a su mando. Sus pies se fusionaban con el suelo, la idea de moverse y continuar con su misión haría real la pérdida de su alma gemela. Había algo más importante, siempre, pero solo por un momento quería escuchar su dolor y soltarlo tan pronto comenzara a ahogarlo. El hormigueo de su puño parecía saber lo que acababa de pasar, se estaba adaptando a ese tacto que dio y del que no volvería a disponer.
La nubla de sus recuerdos ganaba en esa ocasión y lo quería inerte en la época de su mayor agobio. Aunque el frío hierro de sus iris apuntaba hacia la valla del jardín, en su nueva realidad, necesitó de una sacudida para volver a sus cabales.
“¿Nostalgia de cumpleaños?” bromeó Hannes mientras se acercaba con una cerveza, trayéndolo de vuelta. “Me tengo que ir antes por lo que no podré estar para tu cumpleaños a la media noche.”
“Está bien, no me gusta de todos modos,” confesó Levi bebiendo largo de su botella. “¿Te verás con los Yeager?”
Hannes asintió. “Sí, ellos están dando una fiesta junto con la familia de Mikasa y la de Armin. Eso compensando esta fiesta de adultos a la que no fueron invitados.”
Compartieron una risa corta, aunque Levi no conectaba por completo, eso fue obvio. La agonía persistía en su cuerpo y como cada bucle de memorias, la sensación duraría varios días hasta que su propio trabajo lo abrumara lo suficiente como para olvidarse de que alguna vez existió otro como él. Entre todos los escenarios que se peleaban por un poco de protagonismo en su cabeza, siempre terminaba siendo ese el que le martillaba el pecho. La racha de pérdida tras pérdida, iniciando con la de su madre, culminaba ahí con la muerte de su comandante.
“Hange los invitó a todos mañana para la cena por mi cumpleaños, así que nos veremos de todos modos.”
Era 2025, una cantidad vasta de siglos después de esa cinta que se reproducía en colores vibrantes. El destino le hizo saber de algún modo que estaba destinado a encontrarse con cada persona por la que en esa época se hubiese sacrificado. Sus amigos, sus superiores, sus protegidos y sus enemigos. Aquellos que no les había puesto nombre hasta que los volvió a escuchar por primera vez.
“Quieres a esos niños, ¿no?”
“Mikasa es mi prima, los otros vienen agregados.”
Hannes negó al dejar salir una carcajada incrédula.
Haber dicho sí era más fácil, pero Levi Ackerman nunca hablaba de sus sentimientos. Nunca. Incluso cuando ya no estaba atravesado por la guerra y su infancia no había sido tan trágica. Sus amigos estaban vivos, sus manos limpias, pero su mente continuaba perturbada.
La ignorancia era una bendición, su vida antes de recibir ese destello era una bendición. Esos segundos antes de cumplir quince años, antes de que su mente se nublara de memorias que no tenía antes y la angustia se convirtiera en un fantasma cotidiano. Podía estar atravesando su mejor día en muchos meses, pero de pronto la lejana pérdida lo invadía y volvía al barco volador con el alma en sus manos deseando que todo fuera un sueño, anhelando que ella estuviese cuidando de ellos en el más allá y con el gran arrepentimiento de haber contenido sus sentimientos en palabras que nunca supo articular. El deber iba primero, ¿no?
Era una enfermedad. Tener memoria, ser consciente de la vida misma, incluso cuando sus estudiantes estaban haciendo preguntas inútiles y él quería reírse en su interior, el luto era mayor. Nunca se lo contó a nadie, era inútil. Ya de por sí su humor era complicado, si los demás se enteraban de que estaba loco, terminaría encerrado en una jaula.
Al percibir la partida de Hannes, trazó la ruta con sus ojos hacia el jardín de su casa y luego al carro viejo del rubio, en el que partiría pronto. Levi lo siguió por otro par de calles hasta que se perdió en un giro a la derecha. Soltó un suspiro pesado y siguió con su cerveza. El sabor no era de su particular gusto, pero que le quemara la garganta para sentir algo era mejor que nada.
Esas fechas eran un dolor de culo. No quería pecar de ser exageradamente oscuro y terminar arruinando las fiestas para sus seres queridos, pero el desorden en su cabeza no le podía permitir razonar el hecho de que la guerra había terminado y que tenía derecho a descansar, a ser feliz. No después de tantos años lidiando con esos escenarios en su cabeza que al final del día parecían solo un síntoma más de esquizofrenia. El concepto de celebrar su cumpleaños era amargo, pese a tener muchas cosas por las que estar agradecido y otras tantas que esperaba conservar año tras año. Simplemente no podía avanzar.
“Ya casi son las doce,” dijo sobre su hombro haciéndolo sobresaltarse. Hange sonrió victoriosa, pues había cumplido su capricho de asustarlo.
Y luego estaba ella, su nueva compañera de trabajo. La conocía desde hace siete meses y sí, claro que sabía exactamente quién era. La científica loca que había mutado años después en la profesora de biología de primaria. No era una copia o un calco, simplemente la perfecta reencarnación de esa presencia ruidosa y brillante que había llegado muy tarde a su vida. Dos veces.
Los primeros días fue incapaz de mirarla a los ojos. Su mera estampa adormecía los dedos de Levi y torcía su estómago como una alerta amarga de evacuación, la heterocromía de sus iris se clavaba con culpa en su pecho. Ni siquiera ella lograría salvarse de las sucias jugadas del destino que le recordaba de alguna manera el final que tuvo, pero al menos, al menos, no era su memoria.
Hange siempre fue alegre, increíblemente amable y parecía tener un don de energía infinita, eso nunca murió. Volvía a ser la persona que perdieron cuando su amigo rubio partió, con esa sonrisa que no creyó volver a ver y la calidez de alguien que estaba dispuesto a continuar cien vidas más. Un alma libre como la conoció, contrario a él que no podía tolerar otra piel después de esta.
“Y luego será la una de la madrugada,” respondió indiferente tras asegurar con disimulo que lo acompañaría en la otra viga del porche. Entonces su mirada continuaría fija al horizonte, sobre esa luna cercana que se destacaba en medio de las calles y el cielo despejado.
Al conocerla, meses después, rompió su burbuja progresivamente y eligió la amabilidad. Especialmente porque no quería repetir los patrones hirientes de cuando se conocieron siendo soldados. Le entristecía la idea de hacerla sentir minúscula por sus rasgos inusuales o rechazar su gentileza cuando esa era su naturaleza social. Podía que Hange no lo recordara, pero Levi sabía cada una de sus características particulares y quería ser alguien mejor en esa oportunidad, no dar por hecho su reencuentro creyendo correr con la suerte de que la vida sería gentil con ellos.
“¿No te gusta tu cumpleaños?” preguntó la castaña con precaución, para luego beber de su copa de vino. Era la cuarta de la noche, pero parecía apenas ser su primer sorbo pues Hange lucía intacta.
Levi dio un último sorbo a su cerveza, dejó la botella en el suelo y se giró con los brazos cruzados. “No me gustan las celebraciones, son abrumadoras,” una explicación que en él se veía cliché, por lo que no hacía alzar las cejas de aquel que lo escuchara, solo se mostraba como una pieza extra que encajar.
Ella asintió pensativa, una pequeña sonrisa se dibujaba entre sus labios presionados contra el borde de la copa. “¿Y por qué accedes a ellas?”
“Aprecio a mis amigos y la gente que me quiere. Si puedo darles un buen rato, incluso si es a mi nombre, no puedo negarme,” confesó con tal naturalidad que no fue consciente de esa verdad hasta que salió de sus propios labios. También era nuevo para él conectar con esa fibra interna que lo revelaba como alguien realmente detallista y cariñoso cuando los demás pasaban su filtro amargado.
“Gracias por invitarme, no pensé que me consideraras tu amiga,” Hange provocó con gracia. Se acercó a las escaleras del porche y ahí tomó asiento con sus piernas estiradas. Levi le siguió sin hesitar, como en los viejos tiempos, ocupando espacio sobra la madera recién pintada en una cercanía que solo se podía explicar como dos personas que llevaban conociéndose toda la vida.
“Eres pegajosa, no puedo perderte de vista porque siempre apareces en cada esquina.”
De ella brotó una carcajada ruidosa; demasiado escandalosa para llamar la atención de quienes estaban adentro de la casa, demasiado adorable para que Levi no tuviera quejas al respecto. “Eso es cierto.”
Ambos callaron con sus iris fijos en el cielo despejado. El azul que lo pintaba era simplemente bello y las estrellas que lo adornaban eran una distracción perfecta para contarlas o buscar figuras incoherentes al unirlas. Justo lo que los dos necesitaban. El silencio era una característica marcada en Levi, mientras que en Hange era un rasgo bastante impropio. Ella hablaba, él escuchaba. Pero en ese momento los dos callaban, sus voces internas eran más ruidosas de lo usual.
Levi le daba vueltas una y otra vez a esa risa distante, los pasos sobre madera, sus gritos desesperados.
Hange, por su lado, pensaba en ese puño sobre su pecho haciendo una promesa eterna. El rostro que fue incapaz de ver en el último adiós, las llamas que quemaron su piel y cómo se hacían reales con la concentración suficiente.
Su caso fue calcado: a los quince años. Estaba tan obsesionada con la ciencia que cuando trajo la idea de los viajes en el tiempo, la tildaron de demente. Por lo que si alguna vez tuvo la intención de contarle a alguien sobre el motivo detrás de su afición multidimensional, había muerto justo ahí, con los señalamientos externos.
Tomaba notas, dibujaba como mejor podía los rostros en sus recuerdos y rastreaba en los libros de física cuántica las posibilidades de aquello que maravillaba su conocimiento. Podían ser simples alucinaciones, así lo creyó años después cuando se rindió y aprendió a vivir con ese desastre en su cabeza. Terminó la universidad, enseñó en varias escuelas, conoció a algunos amigos que por mera coincidencia se parecían a esos de su cabeza.
Pero entonces volvió a creer.
Siete meses antes, cuando llegó como el reemplazo de otra profesora a la escuela pública de la ciudad; ahí lo vio. El profesor de trigonometría para secundaria. Era él, sin duda alguna. El carácter perfeccionista y quisquilloso, su mirada vacía que solo ella podía leer a través de vagos chispazos, el recelo con el que se protegía frente a personas nuevas, el cariño único que expresaba por esos niños traviesos. Su mejor amigo, su compañero de vida.
“¿Siempre quisiste ser profesor?” rompió el hielo Hange.
Aunque parecía una pregunta trampa, Levi se sentía muy cómodo ahí para dudar sobre otro de sus trucos. “En realidad me gustaba más la idea de estudiar ingeniería civil, pero durante la escuela para ganar un poco de dinero en vacaciones, le daba tutorías a mis compañeros de clases y a sus hermanos. Ahí se quedó el gusto. Descubrí que era bueno, eso elegí,” encogió los hombros. Torció su rostro hacia su colega. “¿Tú? Parece que la ciencia ha sido lo tuyo siempre, eres muy lista.”
Tal vez era su pobre intento por buscar en ella la sombra de su vieja amiga o quizá guardaba la ridícula ilusión de que, si tanteaba el territorio lo suficiente, podía por fin contarle a alguien eso que llevaba reteniendo en su cuerpo por años.
“La ciencia es lo mío,” reconoció con una sonrisa orgullosa. “No estoy tan segura sobre lo de enseñar, pero … siento que en esta vida, las que viví y viviré siempre estaré a disposición de la ciencia,” una expresión de nostalgia pintó sus facciones morenas tras perder la vista en el movimiento infantil de sus piernas.
En el pecho de Levi, su corazón dio un pequeño salto. Vidas. Anteriores, futuras. La actual. Aquella en la que magníficamente habían logrado coincidir con el otro luego de décadas, tal vez era esa la primera vez que se encontraban y por eso era en esa vida donde sus recuerdos habían aterrizado por fin.
Era un hombre escéptico y preciso, no creía en esas cosas de la vida después de la muerte, ni mierdas espirituales, y sabía que una persona de ciencias como Hange tampoco lo haría. Pero si esa era su chance, su oportunidad para sacar las imágenes de su cabeza y tener paz, ¿por qué no hacer el ridículo por esa noche? Intentar y falla era su lema de vida, y siempre podía cambiar de trabajo si la vergüenza era mayor.
“¿A qué te refieres con vidas?” infirió sin delatarse, buscando señales en la expresión distraídas de Hange. “¿Crees en esas cosas?”
Ella soltó una risa baja, insegura. “Lo que no te dicen los científicos es que a veces creemos en cosas que la ciencia niega porque no sabemos cómo explicarlas. Milagros, apariciones, psicofonías … diferentes vidas.”
Levi chasqueó la lengua decepcionado, pero cuando quiso hablar, Hange se adelantó de nuevo.
“¿Sueles tener pesadillas?” preguntó con curiosidad.
Ese fue el momento en que él rio. Ironía cubriendo su pura amargura. “Más de las que me gustaría tener … ¿Tú?”
“Igual,” susurró Hange. “¿Sabes guardar secretos?” finalmente los iris híbridos se encontraron con los del cumpleañero. Sus ojos escondían explosivos a punto de explotar con la chispa correcta, estaban tan cerca y tan lejos del otro, y ni siquiera sabían qué tanto.
“Intentaré,” bromeó Levi, aunque ninguna sonrisa perturbó su expresión ni llegó a sus ojos. Solo era su nerviosismo en defensa. Él también lo tenía en la punta de la lengua.
La profesora de ciencias aclaró su garganta y por un par de segundos desvió su mirada antes de volver a encontrarse en el azul que ansioso esperaba por ella. “Mis pesadillas se sientes reales, como sueños lúcidos … La ciencia dice que tus sueños son manifestaciones del subconsciente, pero …” dudó con el labio inferior entre sus dientes. Ya estaba ahí y acababa de abrir su bocota, entonces no había marcha atrás. “¿Por qué mi subconsciente estaría pensando en la guerra? En mi familia no hay veteranos y de niña nunca fui a campamentos. Puede ser gracioso, puedes reírte, pero intento descartar toda posibilidad de por qué me pasa esto … y—”
“¿Sabes guardar secretos?” interrumpió Levi, empezando a mostrarse alterado. Repetía la misma pregunta porque su cabeza necesitaba organizar lo demás.
Hange calló de golpe y sus ojos se abrieron levemente, sorprendida. El aliento le faltaba, pero no había ningún peligro cerca. Solo estaba contando su secreto más importante a alguien que parecía una tumba andante. “Claro …”
“Creo que estoy loco,” fue lo primero que salió de él tras ser incapaz de expresar con propiedad sus ideas, Hange tuvo la intención de intervenir, pero Levi siguió hablando. “¿Me creerías si te digo que estoy pasando por algo exactamente igual? Desde hace años, de hecho.”
La ternura de los ojos de Hange se encontró con tortura en los de Levi. La tensión en sus hombros se fue y pudo soltar el aire contenido en esos últimos minutos. La chispa necesaria, en lugar de explotar, conectó poco a poco las fichas del rompecabezas. Hange agarró la mano de Levi entre las suyas y buscó privacidad en la nueva cercanía que estableció entre ambos. Nadie más podría saber eso, era su nuevo secreto incluso si faltaban varias verdades que encajar.
“¿Quieres contarme?” preguntó ella, animándolo muy a pesar de su ánimo lúgubre.
Por unos instantes, Levi quedó congelado en su lugar. Su corazón iba a mil, una sensación familiar de los pocos recuerdos que disfrutaba repetir. Esa confesión latía más fuerte que la propia verdad de sus “pesadillas”, solo que de darlo por hecho tal vez arruinaría no solo el momento, sino también la comodidad que ambos habían encontrado allí.
“Es un muelle, parece ser el fin del mundo … literalmente. La persona a cargo, el comandante, decide sacrificarse para ganar tiempo. El comandante muere y yo no puedo hacer nada, nadie puede … pero para mí es diferente. Siento que pierdo mi otra mitad.”
Sus ojos de repente vieron borroso, su garganta ansiaba un poco de agua y la voz se le quebró por primera vez. Para su sorpresa, cuando se soltó del agarre de Hange para limpiar su rostro, escuchó un suave sollozo y ahí estaba ella, conmovida. Pero no. Era algo más.
“Yo vuelo mientras me quemo,” inicia ella, porque no quiere perder tiempo. “Minutos antes, mi mejor amigo me dice tres palabras demasiados graciosas viniendo de él. No soy capaz de ver su rostro, porque sé que si lo hago … me quedaré ahí con él, con ellos, … en el muelle y en ese momento hay algo más importante que las personas que amamos.”
Era ella. Era él.
Las dos mitades hechas una de nuevo.
La chispa explotó y la expresión que bañó a Levi no podía describirse con simples palabras. Un sentimiento trascendental que acababa de completarlo luego de años sintiendo que faltaba algo en su interior.
Sus labios temblaron en señal de un próximo llanto, pero antes de permitir que las lágrimas marcaran con felicidad sus mejillas, se lanzó a abrazar a Hange. Hundió su rostro en el cuello de la científica y allí, dos mil años después, parecía que estaban de regreso al muelle. Era otro escenario, era el día después del fin del mundo y nadie había muerto. Los sentimientos tenían cabida y el arrepentimiento salía por la puerta trasera.
Hange correspondió el abrazo con la misma rapidez que se le fue ofrecido, descansó una de sus manos en la cabeza de Levi en una manera de sostenerlo y dejó un pequeño beso ahí mismo. Su rostro no estuvo exento de mojarse con el alivio de finalmente terminar con ese bucle agobiante, porque por fin había encontrado a su persona.
“Lo siento,” susurró él.
Hange lo sostuvo con más fuerza, un reflejo para no permitir que se rompiera.
La última vez que lo había sostenido así, la lluvia los ahogaba y parecía que él no lo sobreviviría, pero al final lo hizo, porque el capitán era el soldado más fuerte de toda la humanidad.
“Ya estamos aquí de nuevo,” aseguró Hange con calma. “No hay nada que lamentar.”
Fue casi un minuto en silencio donde su abrazo era lo único que existía, escuchando sus respiraciones y siendo acobijados por el calor del otro. No era un sueño por primera vez en siglos. Levi ya no fantaseaba con reconstruir un pueblo en ruinas junto a la persona que los llevó con éxito al final de la guerra, ahora solo debía preocuparse por mantener a su lado a la profesora de biología y aprovechar el tiempo que se les fuese concedido.
Al momento de separarse, ambos limpiaron sus propios rostros y al juntar sus miradas, rieron con vergüenza. Levi miró el reloj en su muñeca, faltaban diez minutos para las doce.
“Si el destino decide que el día de mañana no existimos de nuevo, necesito decirte algo antes,” su voz era grave y algo agitada. La única oportunidad de enmendar su propio corazón desolado, permitir que sus sentimientos fluyeran con el viento y no solo en los ecos de su mente.
“Levi, no …”
“Hange, si algo nos pasara el día de mañana y yo perdiera la oportunidad, no podría perdonármelo nunca. Estás aquí, déjame hacerlo … por favor,” en ese momento fue él quien refugió una mano de Hange entre las suyas.
“… Está bien.”
El capitán cerró los ojos por un instante y trajo a ese momento todos los sentimientos que su antiguo ser decidió callar en nombre de la humanidad. Necesitaba recordar cada detalle de su amistad, su inusual relación luego de la muerte del otro comandante, cada palabra que no dijo y cada caricia que se contuvo de dar. Nunca vio tanta claridad como en ese momento y al alzar la vista, encontró el motivo de su valentía.
“Eres una increíble líder, incluso si ellos te retan y lo siguen mencionando a él en cada reunión. Eres fuerte y eres más capaz de lo que creías para ser comandante. La situación nos hace ver en desventaja, pero el futuro nunca se vio más brillante hasta que empezaste a ser tú quien nos guiaría. Donde antes había muerte, solo puedo ver fallos y nuevos intentos; y eso es más de lo que alguna vez tuvo la Legión.”
Sus ojos cristalinos se tornaron hacia el interior de la casa donde la luz cálida los separaba de la incertidumbre momentánea. Por el contrario, Hange no podía apartar su mirada de él, sorprendida y congelada con cada palabra que era pronunciada en su dirección. Nunca fue consciente de lo mucho que necesitaba escuchar esas palabras viniendo de Levi hasta que empezaron a llenar el silencio entre ambos.
“Ojalá haber sido más valiente,” continuó él. “Ojalá haberte hecho saber lo mucho que deseaba envejecer contigo, con palabras y no solo señales ambiguas,” sus ojos retornaron a Hange. A pesar de que se reencontraron, el arrepentimiento aún era palpable en las expresiones de Levi. “Si tan solo hubiese sido un poco egoísta y abusado de esa comodidad que me dabas cuando estábamos solos … Incluso si alguno de los dos moría antes de tiempo, las cartas hubiesen quedado sobre la mesa y te habrías enterado de lo mucho que te amaba, Hange. Habría escapado contigo esa noche y si el mundo se acababa, al menos estaríamos al lado del otro.”
Estaba hecho.
Ella sorbió por la nariz y puso su otra mano sobre el enlace con las de Levi, sonrió con lágrimas en sus ojos. “Creo que te demoraste un poco en decirme eso,” bromó en lo que su voz lograba componerse de un tono más vivo. Su colega no tardó en soltar una risa corta, típica de las que solo ella podía sacarle para hace la tensión más ligera. Estaban intactos.
“Unas cuantas vidas,” agregó él en busca de unirse al humor de la profesora. Sus manos encontraron la manera en entrelazar sus dedos.
“¿Me creerías si confieso que tú siempre me gustaste?” tras prensar los labios, Hange agachó la cabeza con la vista fija en el íntimo enlace de sus manos.
Levi entrecerró los ojos dudando. No cabía la mínima posibilidad de que algo le arruinara el humor o el momento que estaban compartiendo, pero la duda acababa de ser implantada. “Eso es imposible.”
Hange rio burlona. “Si te doy los detalles de cómo me deslumbraste, necesitarías un poco de espacio,” el brillo de sus ojos almendra enternecieron a Levi y de él brotó otra risa tonta. “Pero tienes que saber … que yo también me arrepiento de no haber huido contigo. Sabiendo cómo terminaron las cosas, el sacrificio fue la mejor decisión, pero mientras me alejaba de ti solo podía pensar en las cosas que no te dije, lo que fui incapaz de demostrar.”
Sus manos se tensionaron, como si estuvieran a poco de ser separados de nuevo.
“Siempre fuiste más que un amigo para mí,” retomó ella. “Pero si tomábamos la iniciativa, ellos lo utilizarían en contra y tú, Levi, … eres tan precioso para mí, intocable. No podía permitir que arruinaran eso,” tragó saliva para el momento en que su voz se transformó en una declaración firme. “Cada vez que dábamos dos pasos adelante, las miradas de advertencia me hacían retroceder cuatro. Prefería ser su objetivo por mala líder antes de hacerte parte de un escarnio que no merecías.”
Las reuniones largas e incómodas de pronto golpearon la memoria de Levi. La injusticia cada vez que pronunciaban su nombre con condescendencia y cómo ella le pedía con un apretón por debajo de la mesa que no rechistara, no valía la pena. Todos los caminos los llevaban al mismo pozo en donde por ser valiente con sus sentimientos, el fruto de su confesión era resentimiento. Tal vez considerar hacer reales sus propios deseos solo los hubiese llevado a un final peor.
“¡Ya empezará la cuenta regresiva!” gritó Erwin al interior de la casa, con un ceño fruncido que no tardó en cambiar cuando se percató de las manos entrelazadas de Levi y Hange.
Levi le hizo una señal para avisar que ya entrarían y así los dejó en paz un momento.
“Vamos,” se levantó él primero y ofreció su mano para que la profesora se pusiera en pie.
Ambos trazaron camino hacia el interior de la casa con un par de miradas íntimas que buscaban el bienestar del otro tras cada paso que daban, pero entonces Levi decidió que tan solo quizá podría ser un poco egoísta … tal como quiso serlo antes. Allí en la entrada, tomó a Hange por la manga de su suéter y la detuvo. El azul de su iris buscó la parte superior del marco de la puerta para asegurarse que el par de hojitas verdes seguían colgadas ahí.
“¿Pasa algo?” preguntó Hange.
Levi chasqueó la lengua y llevó su mano al posterior de su cuello, imposible de ocultar el cosquilleo ansioso que le recorría el cuerpo entero. “Quiero pedirte algo y puedes decir que no, pero no puedes burlarte.”
Hange sonrió con adoración al reconocer cómo Levi aún batallaba constantemente con sus sentimientos o el tan siquiera decir en voz alta cuando quería algo inofensivo. Recuerdos de él queriendo un poco más de pan en la cena sin decirlo explícitamente, las caminatas a la media noche cuando quería quedarse fuera un rato más.
“No es que me debas algo…” dijo aún avergonzado. “Pero es mi cumpleaños y quiero usarlo como cupón de cambio para un regalo.”
“¿Y eso qué es?” su ceño fruncido no encajaba con la risa nerviosa de Hange, que pintaba en su rostro un semblante incrédulo y confundido.
Tras un par de segundos reflexionando, volvió a chasquear la lengua mandando cualquier duda al demonio. “Un beso.”
Su boca se secó de golpe frente a lo inesperado de su petición. Pronto Hange se dio cuenta que aquel calor escalando por sus mejillas estaba siendo compartido en el dulce sonrojo en el rostro de Levi.
Ella miró a su rededor y sonrió a la imagen reconfortante de un vecindario silencioso con casas iluminadas de colores, en lugar de un pueblo pobre rodeado por altos muros sin poder sentir el sol propiamente. Observó el interior, donde sus amigos reían a carcajadas con un gran banquete a sus espaldas. Luego alzó la vista al marco de la puerta para asegurarse que el muérdago que Mike había puesto en la tarde seguía en su lugar. La última parada de sus iris fue su alma gemela, con el tierno sonrojo en sus mejillas y el brillo particular que tanto extrañaba ver en sus fríos ojos azules.
Al interior de la casa todos empezaron a contar de diez a uno.
Hange se inclinó a acunar el rostro de Levi entre sus manos y él, estirando su cuello en busca de una posición cómoda para ambos, colocó sus manos sobre las de ella. Sus labios se juntaron temerosos a probar aquello que se les fue prohibido, primero se rozaron y luego encajaron a la perfección en un dulce ritmo húmedo que solo hizo realidad lo que hasta hace minutos parecía una ilusión más.
“¡Feliz navidad!” gritaron todos al fondo sin disimular sus miradas curiosas sobre la verdadera escena a la entrada principal.
“Feliz cumpleaños,” susurró Hange para después darle un corto beso en los labios.
El calor parecía haber escalado, pero su teoría era que simplemente era un manojo de nervios que no había podido controlar sus sonrojo, así que lo dejó estar. Sin embargo, antes de poder agradecerle por hacer su deseo realidad, una mano más delgada lo haló por la chaqueta de cuero.
“Lamento interrumpirlos, tortolitos, pero la cena ya está servida,” Kuchel arrastró a Levi por la manga hacia el pasillo que eventualmente los llevaría al comedor. “¡Y debemos partir el pastel del cumpleañero!”
Todos, incluida Hange, animaron en unísono seguidos de risas burlonas por el gran niño de mamá que era Levi. Allí, sentados al lado del otro, pudieron contemplar su rededor y terminar una vez más en sus propios ojos. Esa era la buena.
