Chapter Text
No sé cuánto tiempo había pasado.
No puedo ver dónde estoy.
Solo hay presión, calor... y algo que duele, aunque no sé cómo explicarlo.
Algo tembló a mi alrededor.
Húmedo.
Algo nuevo.
—¿Qué está pasando? —me pregunté.
Pero no tenía manera de saberlo.
Todo era demasiado brillante,
incluso antes de abrir los ojos...
Como si el mundo me estuviera empujando fuera de sí.
Y de pronto...
Aire.
Frío.
Ruido.
Un llanto —agudo, involuntario—se escapó de mi garganta sin permiso.
Un reflejo. Algo primitivo. Dolía mi pecho, como si mi cuerpo anunciara su existencia.
—Es una niña —dijo una voz. Profunda, cansada, masculina.
Me envolvieron en algo cálido. Unas manos firmes, que no sabían cómo sostenerme... pero al menos lo intentaban.
Después de un tiempo, otra voz habló:
—Alphard... no deberías quedártela.
Alphard.
Ese nombre flotó en mi mente, como si hubiera estado ahí desde antes.
Como si ya lo hubiera escuchado.
—No me la pueden quitar. Es mi hija.
Silencio.
—La niña no tiene la culpa. De nada que lo que han hecho Vinda.—añadió él,
con algo que sonaba a rencor contenido.
Y luego...
Un suspiro.
Y solo quedamos nosotros dos.
◇
Cuando logré abrir mis ojos, un hombre me miraba, no con dulzura, solo con melancolía.
Como si supiera algo que yo todavía no.
—Aradia —susurró.
Ese nombre se quedó flotando.
Aradia.
Ese era mi nombre ahora.
◇
Durante los días siguientes —¿o semanas?— todo fue una rutina de sonidos y sensaciones nuevas
El crujido de la madera antigua bajo pasos apresurados.
El sonido lejano de campanas que no sabía si eran reales.
Y una luz dorada que entraba por una ventana alta, como si el sol también estuviera atrapado en esa casa silenciosa.
Alphard Black, mi padre, no era un hombre cálido.
Pero era constante.
Cada día, sin falta, llegaba con una pequeña taza de porcelana en la mano.
La dejaba sobre una mesa al lado de mi cuna.
Se sentaba en una silla que crujía con años de uso.
No hablaba mucho, solo me miraba.
A veces, leía cosas en voz baja y aunque no entendía ni la mitad, sabía que era su forma de cuidarme.
◇
Había descubierto que vivía en Francia, aunque le había tomado un buen tiempo poder entender a su padre, a veces cuando estaban solos hablaba en inglés, pero cuando venía su abuela Vinda hablaban en francés.
A los tres años, ya había aprendido a hablar en francés e inglés.
Aunque, de vez en cuando, hacía reír a su abuela por sus ocurrencias al mezclar los idiomas cuando no sabía cómo decir una palabra.
A los cinco, ya estaba aprendiendo a leer. Le gustaba pasar horas en la biblioteca o sentarse en el jardín con un libro entre las manos.
Los cuentos de Beedle el Bardo se convirtieron en sus favoritos.
A los seis, ya empezaba a escribir con facilidad sobre pergaminos, imitando los gestos elegantes de su abuela mientras la observaba en silencio.
A los siete, su abuela dejó de visitarla.
Su padre le dijo que estaba ocupada, pero que volvería pronto .
Nunca le explicó más.
Y ella no volvió a preguntar.
Fue entonces cuando tuvo sus primeros incidentes mágicos.
— Las velas estallaban cuando se frustraba.
— Los espejos mostraban un rostro más viejo por unos segundos.
— Las páginas de los libros se giraban solas, como si supieran lo que necesitaba.
Una noche, mientras intentaba encontrar una constelación, la ventana estalló hacia adentro.
El aire vibró levemente.
Y su reflejo, en el vidrio roto, la miró y parpadeó antes que ella lo hiciera.
Pero ese no fue el único accidente.
Un día, mientras se observaba en el espejo del baño, su reflejo cambió.
Primero fueron los ojos: pasaron del gris como el acero, a un café oscuro.
Luego, el cabello: oscuro como la tinta, se volvió caoba brillante en un parpadeo.
Finalmente, su rostro... su rostro parecia no decidir qué forma tomar.
Gritó, asustada.
Alphard subió de inmediato, con prisa.
La encontró encogida frente al cristal, llorando.
—¿Qué me pasa? —balbuceó ella.
Él la observó durante un largo momento.No parecía sorprendido, solo... resignado.
—Eres metamorfomaga —dijo en voz baja, y soltando un suspiro agregó—Pensé que se saltaría una generación.
—¿Qué es eso?
—Un don. -dijo- Puedes cambiar tu apariencia... a voluntad
◇
Desde aquel día, Alphard le enseñó a estabilizar su forma original, a respirar con calma cuando sentía que su rostro se movía solo, a mirar su reflejo sin miedo...
Y a no cambiar frente a extraños.
Mientras lo controlaba, a veces amanecía con los ojos de su padre.
O con una marca en la mejilla que no recordaba haber tenido.
Una vez, sin saber cómo, copió la cara de una mujer que solo había visto en sueños.
