Chapter Text

En un mundo donde los poderes extraordinarios definían a héroes y villanos; Janet, Grom, Sam y Buster formaban un equipo legendario conocido como "Los Guardianes Estelares". Janet, con su agilidad aérea y ataques sónicos desde las alturas, era la líder carismática. Grom, un gigante protector con su poderoso megáfono explosivo, era el escudo del grupo. Sam, maestro del combate cuerpo a cuerpo con sus nudillos magnéticos, aportaba fuerza bruta y astucia. Y Buster, con su cámara de energía que proyectaba barreras y rayos cegadores, era el estratega brillante que mantenía al equipo unido.
Pero todo cambió una fatídica noche en Starr Park, el corazón de su ciudad. Los villanos Bibi, Carl y Chuck, un trío despiadado conocido como "La Triada del Caos", habían jurado destruir a los héroes y apoderarse del parque. Bibi, con su bate reforzado y actitud punk, lideraba con ferocidad. Carl, un genio maniático con su pico giratorio, planeaba cada movimiento con precisión letal. Y Chuck, el conductor espectral de un tren infernal, arrasaba todo a su paso con una risa macabra.
Esa noche, Stu, el padre adoptivo de Janet y Bonnie, intentó detener a la Triada cuando descubrió su plan para desatar el caos en la ciudad. Stu era un guerrero valiente, conocido por su destreza y su corazón generoso. Pero no tuvo oportunidad. En un acto cruel, Carl y Chuck torturaron a Stu mientras se reían, dejando su cuerpo sin vida en el suelo. Janet y Bonnie, escondidas tras una barricada, lo vieron todo. El grito desgarrador de Bonnie resonó en la noche, pero Janet solo sintió un fuego creciendo en su interior: justicia.
Huérfanas por segunda vez, Janet juró vengarse. Bonnie, aún demasiado joven para luchar, quedó al cuidado de su hermana mayor mientras Janet reunía a los Guardianes Estelares.
—No descansaré hasta que paguen —les dijo con su voz temblando de ira contenida.
Grom asintió con solemnidad, Sam apretó los puños y Buster ajustó su cámara, listo para grabar la caída de los villanos.
La batalla final tuvo lugar en las ruinas del antiguo estadio de Starr Park. La Triada del Caos había convertido el lugar en su fortaleza, con trampas y máquinas infernales. Janet voló alto, lanzando ondas sónicas que destrozaron las defensas de Bibi. Grom bloqueó el avance de Chuck, enfrentando su tren con explosiones ensordecedoras. Sam se lanzó contra Carl, intercambiando golpes mientras esquivaba el pico giratorio con agilidad felina. Buster, desde la retaguardia, usó su cámara para cegar a los villanos y proteger a sus compañeros con escudos de luz.
El clímax llegó cuando Janet enfrentó a Bibi cara a cara.
—Esto es por Stu —rugió, lanzando un ataque sónico tan potente que hizo temblar el suelo.
Bibi, aturdida, intentó responder, pero Janet fue más rápida, derribándola con un golpe final. Carl y Chuck, al ver a su líder caer, intentaron huir, pero Grom y Sam los atraparon, mientras Buster proyectaba una barrera para encerrarlos.
Con la Triada derrotada y entregada a las autoridades, Janet cayó de rodillas, exhausta pero aliviada. La justicia estaba hecha, aunque el dolor nunca desaparecería del todo. Los Guardianes Estelares se reunieron a su alrededor, prometiendo proteger a Bonnie y reconstruir lo que habían perdido. Janet miró al cielo, susurrando:
—Por ti, papá.
Y en ese momento, supo que seguiría luchando, no solo por venganza, sino por un futuro mejor.
Tras la derrota de la Triada del Caos, los Guardianes Estelares regresaron a su base secreta en las afueras de Starr Park. Janet, aún con el peso de la pérdida en su corazón, llevó a Bonnie a un rincón especial del taller: el lugar donde Stu solía repararse a sí mismo. Stu era un robot singular con una sola rueda, un ojo brillante y un carácter protector que había conquistado a las dos hermanas desde que las acogió tras su primer abandono. Su voz metálica resonaba en la memoria de Janet, siempre calmado, siempre sabio: "No dejes que el odio te consuma, hija mía".
Pero ahora Stu estaba destrozado. La Triada lo había reducido a un montón de piezas esparcidas por el estadio. Bibi había destrozado su carcasa con su bate, Carl había cortado sus circuitos con su pico, y Chuck había aplastado lo que quedaba bajo las ruedas de su tren espectral.
Janet recogió el ojo apagado de Stu entre sus manos, y una lágrima cayó sobre él. Bonnie, a su lado, sollozó:
—¿Podemos arreglarlo, Janet? ¿Podemos traerlo de vuelta?
Janet no respondió de inmediato. Miró a Buster, quien ya estaba analizando las piezas con su cámara de energía.
—Es complicado —dijo él, ajustando sus grandes gafas—. Stu era único. Su núcleo de memoria está dañado, pero… podría intentarlo.
Grom gruñó en aprobación, mientras Sam golpeaba un puño contra su palma:
—Si hay una chance, lo hacemos. Stu era familia.
Durante días, los Guardianes trabajaron sin descanso. Janet y Bonnie buscaron piezas raras por Starr Park, enfrentándose a saqueadores y restos de las trampas de la Triada. Grom soldó y reforzó el chasis con metal de su propio megáfono, mientras Sam ajustó los mecanismos de la rueda para que fuera más resistente. Buster, con su genio técnico, intentó reparar el núcleo de Stu, soldando cables diminutos bajo la luz de su cámara.
Pero no todo era esperanza. Una noche, mientras trabajaban, un mensaje llegó a través de un viejo comunicador de Stu: una grabación distorsionada de Bibi, Carl y Chuck. Habían escapado de su prisión, gracias a un misterioso aliado que prometía vengarse de los Guardianes.
—Esto no termina aquí, guardianes —se burló la voz de Bibi.
Janet apretó los puños, pero esta vez no dejó que la ira la cegara.
—Primero Stu —murmuró—. Luego ellos.
Finalmente, tras una semana de esfuerzo, Buster conectó el último cable. Un zumbido llenó el taller, y el ojo de Stu parpadeó. La rueda giró lentamente, y una voz débil pero familiar emergió:
—¿Hi-ijas?
Bonnie corrió a abrazarlo, mientras Janet sonreía por primera vez en días. Stu no estaba al 100%, pero estaba vivo.
—Gra-acias —dijo el robot, mirando a los Guardianes—. Sa-abía que no me a-abandonarían.
Con Stu de vuelta, aunque frágil, Janet reunió al equipo.
—La Triada sigue ahí fuera, y alguien los ayudó. Esto no es solo justicia ahora… es supervivencia.
Grom alzó su megáfono, Sam cargó sus nudillos, Buster ajustó su cámara, y Stu, desde su rueda reparada, añadió:
—Y fa-amilia.
Janet asintió, decidida. Los Guardianes Estelares estaban listos para la próxima batalla, con Stu a su lado y Bonnie como su inspiración. La guerra contra la Triada del Caos estaba lejos de terminar.
Los Guardianes Estelares apenas habían tenido tiempo de celebrar la recuperación de Stu cuando el cielo sobre Starr Park se oscureció. Una risa estridente resonó entre los edificios abandonados, seguida por el rugido de un motor y el chirrido de metal contra metal. La Triada del Caos había regresado, y esta vez no venían solos. Desde las sombras emergió una figura envuelta en una capa negra, con un bastón que emitía pulsos eléctricos: un nuevo villano, conocido solo como "El Amo de las Sombras", quien había liberado a Bibi, Carl y Chuck para cumplir sus propios planes oscuros.
Antes de que los Guardianes pudieran reaccionar, el ataque comenzó. Chuck lanzó su tren espectral contra la base, derribando una pared y forzando a Grom a bloquear los escombros con su megáfono. Carl giró su pico como un tornado, enfrentándose a Sam en un duelo brutal. Bibi, con una sonrisa sádica, apuntó directamente a Janet, pero su verdadero objetivo era otro. Mientras los héroes estaban distraídos, el Amo de las Sombras se deslizó hacia el taller y, con un pulso eléctrico, desactivó a Stu temporalmente. Bonnie, que estaba ayudando a su padre robot a ajustar su rueda, gritó cuando una red de energía la atrapó.
—¡Bonnie! —Janet se lanzó desde el aire, pero Bibi la interceptó con un golpe de su bate, haciéndola caer.
El Amo de las Sombras rio mientras subía a Bonnie, inconsciente, a un vehículo flotante.
—La pequeña será el cebo —dijo con voz grave antes de desaparecer con la Triada en una nube de humo negro.
El silencio que siguió fue desgarrador. Stu, reactivándose lentamente, murmuró:
—Mi cu-ulpa… no-o pude pro-otegerla.
Janet se levantó, ignorando el dolor en su cuerpo.
—No es tu culpa, papá. Es de ellos. Y van a pagar.
Los Guardianes se reunieron, determinados a rescatar a Bonnie y acabar con la Triada de una vez por todas. Gracias a las habilidades de rastreo de Buster, localizaron el escondite enemigo: una fábrica abandonada en el borde de Starr Park, convertida en una fortaleza electrificada por el Amo de las Sombras. El plan era simple pero arriesgado: Janet y Sam entrarían por el frente para distraer a la Triada, mientras Grom y Buster flanqueaban por detrás para desactivar las defensas y encontrar a Bonnie. Stu, aunque débil, insistió en ir como apoyo, su rueda modificada con un pequeño cañón sónico cortesía de Buster.
La batalla estalló con furia. Janet voló alto, lanzando ondas sónicas contra Bibi, quien respondió con golpes salvajes de su bate reforzado con energía oscura del Amo.
—¡Devuélveme a mi hermana! —gritó Janet, esquivando y contraatacando con precisión letal.
Sam chocó contra Carl, sus nudillos magnéticos chocando con el pico giratorio en una lluvia de chispas.
—Esto es personal, enano —gruñó Sam, derribando a Carl con un gancho devastador.
Mientras tanto, Grom y Buster avanzaron por los túneles de la fábrica. Grom destruyó drones de seguridad con explosiones, mientras Buster usó su cámara para hackear las puertas electrificadas. Encontraron a Bonnie en una celda, custodiada por Chuck y su tren infernal.
—¡Fuera de mi camino! —rugió Grom, lanzando una onda explosiva que desvió el tren.
Stu rodó hacia adelante, disparando un pulso sónico que aturdió a Chuck, y Buster liberó a Bonnie con un rayo de su cámara.
—¡Papá! ¡Buster! —exclamó ella, corriendo a abrazarlos.
Pero la pelea no había terminado. El Amo de las Sombras apareció, su bastón descargando rayos eléctricos contra los héroes. Janet, agotada pero furiosa, lideró el contraataque.
—¡Por Bonnie! ¡Por Stu! ¡Por todos nosotros! —gritó la joven heroína, combinando su ataque sónico con el cañón de Grom, los nudillos de Sam y la luz cegadora de Buster. Stu añadió un último disparo, y la explosión resultante derribó al Amo, dejándolo vulnerable.
Bibi, Carl y Chuck, al ver a su líder caer, intentaron huir, pero Bonnie, con una valentía inesperada, lanzó una pequeña bomba de humo que había guardado, desorientándolos para que los Guardianes Estelares los capturaran.
Mientras los héroes ataban a la Triada del Caos y aseguraban a Bonnie, el Amo de las Sombras yacía inmovilizado bajo los escombros de su propio bastón eléctrico, que había sido destruido en la explosión final. Su capa negra estaba rasgada, y su rostro aún oculto tras una máscara metálica que emitía chispas intermitentes.
Janet, con el corazón acelerado por la adrenalina y la furia, se acercó al villano caído.
—Se acabó —dijo con voz firme—. Muéstranos quién eres.
El Amo soltó una risa ronca, casi familiar, antes de que Buster usara su cámara para desactivar los cierres de la máscara. Con un chasquido, la pieza cayó al suelo, revelando un rostro que hizo que los Guardianes se congelaran. Bajo la máscara estaba Fang, el karateka carismático y estrella del cine de acción de Starr Park. Sus ojos, normalmente llenos de picardía y confianza, ahora brillaban con una mezcla de resentimiento y locura. Su cabello, antes impecable, estaba despeinado, y una cicatriz nueva cruzaba su mejilla.
—¿Fang? —exclamó Sam, bajando los nudillos magnéticos en shock—. ¡Tú eras nuestro amigo! ¿Qué demonios te pasó?
Bonnie se aferró a Stu, confundida, mientras Grom gruñía, su megáfono aún apuntando al traidor.
Fang tosió, escupiendo polvo, y se incorporó lo suficiente para mirarlos con desprecio.
—Amigos, dices… ¿Dónde estaban mis "amigos" cuando lo perdí todo? —su voz temblaba de ira contenida. Janet frunció el ceño, recordando los días en que Fang entrenaba con ellos, siempre sonriendo, siempre dispuesto a ayudar. Pero algo había cambiado.
—Explícate —exigió Janet en un tono cortante—. Tú nos enseñaste a pelear, a proteger Starr Park. ¿Por qué secuestrar a Bonnie? ¿Por qué aliarte con la Triada?
Fang se rio, un sonido amargo que resonó en la fábrica en ruinas.
—Starr Park me dio la espalda. Después de mi última película, cuando ese accidente destruyó el set y mi carrera, nadie me ayudó. El parque me reemplazó como si nada. Me dejaron en la oscuridad, literalmente, cuando un experimento fallido con energía eléctrica me dio estos poderes —entonces levantó una mano, y pequeñas chispas danzaron entre sus dedos—. Decidí tomar lo que me debían. La Triada era solo un medio para un fin: destruir a los héroes que me abandonaron y reconstruir este lugar a mi imagen.
Stu rodó hacia adelante, su ojo parpadeando mientras procesaba las palabras.
—Fang, no-osotros no te abandonamos. Intentamos bu-uscarte después del accidente, pero habías de-esaparecido —su voz metálica era suave, casi suplicante—. Po-odrías haber vu-uelto con nosotros.
—¡Demasiado tarde! —rugió Fang, golpeando el suelo con un puño electrificado—. Me convertí en el Amo de las Sombras porque ustedes no fueron suficientes. Bonnie era el cebo para atraerlos, para demostrar que puedo quebrarlos como me quebraron a mí.
Janet dio un paso adelante, su mirada dura pero llena de dolor.
—No eres el Fang que conocimos. Ese Fang luchaba por algo más grande que él mismo. Esto… esto es solo egoísmo —señaló a Bonnie, quien temblaba pero mantenía la cabeza alta—. Heriste a mi hermana, a mi familia, por una venganza que no tiene sentido. No eres un amo, eres un monstruo.
Las palabras golpearon a Fang como un puñetazo. Por un momento, su expresión vaciló, y la electricidad en sus manos se desvaneció. Pero antes de que pudiera responder, las sirenas de las autoridades de Starr Park resonaron en la distancia. Buster ajustó su cámara y dijo:
—Se acabó, Fang. No hay más sombras para ti.
Cuando los agentes llegaron y lo esposaron con grilletes antimagnéticos, Fang miró a Janet una última vez.
—Esto no termina aquí, estrellita —susurró—. El verdadero poder aún está por venir.
Mientras lo llevaban, un destello en sus ojos sugirió que había algo más, un plan mayor que aún no habían descubierto.
De vuelta en la base, los Guardianes intentaron procesar la traición. Stu, reparando su rueda dañada, murmuró:
—Fang si-iempre fue un luchador. Tal vez aún quede algo de él para sa-alvar.
Janet asintió, pero su mente estaba en la advertencia final del Amo de las Sombras. Bonnie, sentada junto a ella, dijo con voz firme:
—Si vuelve, estaremos listos.
Los Guardianes intercambiaron miradas decididas. Fang podía ser un enemigo ahora, pero no permitirían que su pasado destruyera su futuro.
La noche había caído sobre la base de los Guardianes Estelares, y el silencio reinaba tras el caos de la batalla. Bonnie dormía en una esquina, acurrucada junto a Stu, cuya rueda zumbaba suavemente mientras recargaba energía. Grom, Sam y Buster revisaban el equipo dañado, pero Janet no podía unirse a ellos. Se sentó sola en el tejado, mirando las luces parpadeantes de Starr Park a lo lejos. En sus manos sostenía un viejo llavero con forma de estrella que Fang le había regalado años atrás, un recuerdo de tiempos más simples.
Cerró los ojos y dejó que los recuerdos la inundaran. Fang había sido más que un compañero de equipo; había sido su primer amigo de verdad en Starr Park. Cuando Janet llegó, una joven temeraria con sueños de volar alto, fue Fang quien la acogió. Recordaba sus entrenamientos en el dojo improvisado: él, con su actitud pasional y su sonrisa confiada, enseñándole a canalizar su energía en golpes precisos.
—Tienes fuego, estrellita —le decía, riendo mientras esquivaba sus ataques torpes—. Solo necesitas dirección.
Esas sesiones se convirtieron en algo más con el tiempo. Las charlas después de entrenar, sentados en el borde del ring con latas de refresco, se volvieron momentos que Janet atesoraba. Fang le contaba historias de sus días como estrella de cine, exagerando sus hazañas hasta hacerla reír. Ella, a cambio, le confesaba sus miedos de no ser suficiente para proteger a Bonnie o a Stu.
Fang siempre la miraba con esos ojos brillantes y decía:
—Tú eres suficiente, Janet. Más de lo que crees.
No supo cuándo empezó a sentirlo: ese cosquilleo en el pecho cuando él le pasaba un brazo por los hombros, o la forma en que su corazón latía más rápido al verlo practicar sus patadas giratorias bajo el sol. Nunca lo dijo en voz alta, pero en su interior, Janet había comenzado a verlo como algo más que un amigo. Había imaginado un futuro donde no solo luchaban juntos, sino que construían algo más profundo. Una noche, bajo un cielo estrellado como este, casi se lo confesó. Sus manos se rozaron, y él la miró de una manera que la hizo pensar que tal vez él sentía lo mismo. Pero entonces llegó una llamada para una misión, y el momento se perdió.
Todo cambió tras el accidente. Fang había estado filmando una escena peligrosa con explosivos cuando algo salió mal. El set colapsó, y aunque sobrevivió, su carrera quedó en ruinas. Janet lo buscó desesperadamente después, pero él se había esfumado. Ella asumió que necesitaba tiempo, que volvería cuando estuviera listo. Nunca imaginó que el dolor y la soledad lo transformarían en el Amo de las Sombras.
Abrió los ojos, y una lágrima rodó por su mejilla.
—¿Cómo llegamos a esto, Fang? —le susurró al viento.
El llavero en su mano parecía burlarse de ella, un eco de un amor que nunca tuvo la oportunidad de florecer. Lo que más dolía no era solo la traición, sino el saber que el hombre al que había amado (porque ahora lo admitía, lo había amado) se había perdido en la oscuridad. Cada palabra cruel que le lanzó como el Amo de las Sombras era un puñal, pero también un recordatorio de lo que habían sido.
Se preguntó si alguna parte de ese Fang aún vivía bajo la máscara. Cuando sus ojos se encontraron tras quitarle la máscara, por un instante, juró ver un destello de arrepentimiento. ¿Era posible que él también recordara esos días? ¿Qué una parte de él aún la viera como su "estrellita"? La idea la llenaba de esperanza y tormento a la vez.
Stu rodó silenciosamente hasta el tejado, su ojo brillando en la penumbra.
—Hi-ija mía, estás pe-ensando en él, ¿verdad?
Janet asintió, sin apartar la vista del horizonte.
—Era mi mejor amigo, papá. Y… algo más. No sé cómo dejarlo ir.
Stu zumbó suavemente.
—No ti-ienes que dejarlo ir. Puedes luchar por él, como lu-uchaste por Bonnie. Pero primero, de-ebes sanar tú.
Janet apretó el llavero contra su pecho y respiró hondo. Fang era el Amo de las Sombras ahora, pero ella no renunciaría a la idea de traerlo de vuelta. No solo por justicia, sino por el amor que aún ardía en su corazón, aunque él lo hubiera enterrado bajo sombras y electricidad.
—Te recuperaré, Fang —murmuró—. Y te haré recordar quién eras.
Con esa promesa, bajó del tejado, lista para enfrentar lo que viniera, con los Guardianes a su lado y un propósito renovado en su alma.
Fang estaba encadenado en una celda de máxima seguridad en las entrañas de la prisión de Starr Park, sus manos inmovilizadas por grilletes antimagnéticos que chispeaban débilmente contra su piel. La máscara del Amo de las Sombras había sido confiscada, y su capa negra colgaba hecha jirones a su alrededor. Pero incluso en la penumbra, sus ojos brillaban con una mezcla de furia y determinación. No estaba acabado. No aún.
El sonido de pasos resonó en el corredor, seguido por el chirrido de una puerta metálica. Bibi entró primero, su bate golpeando rítmicamente contra el suelo, una sonrisa torcida en su rostro punk. Carl la seguía, girando su pico con una precisión inquietante, mientras Chuck cerraba la marcha, su risa grave reverberando como el eco de su tren espectral.
Habían escapado de sus propias celdas, gracias a un sabotaje interno que Fang había planeado antes de su captura. La Triada del Caos estaba de vuelta, y él los necesitaba.
—Bueno, mira quién sigue vivo —gruñó Bibi, apoyándose contra la pared de la celda—. Pensé que tus amiguitos te habían freído con sus truquitos de luz y sonido.
Fang la fulminó con la mirada, pero no respondió de inmediato. En su mente, aún resonaba el rostro de Janet, su voz cortante diciendo:
"No eres el Fang que conocimos"
Esas palabras lo habían herido más de lo que estaba dispuesto a admitir.
Carl se acercó, ajustando sus gafas con un aire de curiosidad malsana.
—¿Y ahora qué, "Amo"? Nos sacaste de esa ratonera, pero tus Guardianes nos dieron una paliza. ¿Cuál es el plan, o solo nos usaste como carnada?
Chuck soltó una carcajada, golpeando el suelo con un puño.
—¡Me gusta la carnada! Pero prefiero aplastar algo la próxima vez.
Fang se puso de pie lentamente, las cadenas tintineando. Con un movimiento rápido, canalizó una pequeña corriente residual de sus poderes eléctricos, suficiente para fundir los grilletes. Los guardias no habían contado con que aún le quedara algo de energía.
—No los usé como carnada —dijo con una voz baja y peligrosa—. Los usé para probarlos. Y ahora sé exactamente cómo destruirlos.
Bibi alzó una ceja, intrigada.
—¿Destruirlos? ¿No dijiste que querías reconstruir Starr Park a tu imagen? Suena a que te estás desviando, karateka.
Fang apretó los puños, las chispas danzando entre sus dedos. Ella tenía razón, y eso lo enfurecía. Su plan original había sido claro: derribar a los héroes, tomar el control del parque y demostrar que era más que un actor olvidado. Pero desde que vio a Janet cara a cara, algo se había torcido en su interior.
Recordó los días con ella: las risas, las miradas furtivas, la forma en que su corazón latía cuando sus manos se rozaban. Había sentido algo entonces, algo que nunca admitió porque el orgullo y la ambición siempre pesaban más. Pero ahora, ese sentimiento lo perseguía. Cuando Janet lo llamó monstruo, no solo lo enfureció; lo hizo dudar. ¿Y si ella tenía razón? ¿Y si el Fang que ella admiraba aún estaba ahí, enterrado bajo la ira y el dolor?
Sacudió la cabeza, apartando esos pensamientos. No podía permitirse esa debilidad.
—Starr Park será mío —dijo, mirando a la Triada—. Pero primero, los Guardianes tienen que caer. Janet… ella es el corazón del equipo. Si la quebramos, el resto se desmoronará —su voz vaciló al decir su nombre, y Bibi lo notó, entrecerrando los ojos.
—¿Qué pasa contigo y la voladora? —preguntó, golpeando el bate contra su palma—. Te vi titubear cuando te quitó la máscara. ¿Es personal o qué?
Fang la ignoró, pero Carl intervino con una risita.
—Oh, es personal. Lo vi en sus ojos. El gran Amo tiene un punto débil.
—¡Cállense! —rugió Fang, lanzando un arco eléctrico que chamuscó la pared.
La Triada retrocedió, pero no sin burlarse. Chuck murmuró:
—Amor o no, yo los aplastaré primero.
Fang respiró hondo, recuperando el control. No podían saber cuánto lo afectaba Janet. Ni siquiera él quería admitirlo.
—Escuchen —dijo con un tono frío y calculador—. Tengo un contacto en el exterior. Alguien que nos dará tecnología para superar sus defensas. La próxima vez, no será una pelea justa. Secuestramos a Bonnie para atraerlos, pero ahora iremos por todo: su base, su familia, su esperanza. Janet pagará por hacerme dudar.
Bibi sonrió, satisfecha.
—Eso suena más como el Amo que conocemos.
Carl asintió, y Chuck golpeó el suelo con entusiasmo.
Fang los miró, pero en su mente, una imagen persistía: Janet bajo las estrellas, sonriéndole como si él fuera su héroe. Apretó los dientes. Esa Janet tenía que morir, junto con los recuerdos que lo debilitaban. El Amo de las Sombras no podía permitirse amar. Con un gesto, señaló la salida.
—Muévanse. Tenemos trabajo que hacer.
La Triada lo siguió, pero mientras caminaban hacia la libertad, Fang sintió un nudo en el pecho. Destruir a Janet sería su victoria… o su ruina.
Fang se separó de la Triada del Caos tan pronto como salieron de la prisión. Les dio órdenes vagas ("Preparen el equipo, busquen al contacto") y se alejó hacia las ruinas de un viejo cine en las afueras de Starr Park, un lugar que una vez había sido su santuario. El edificio estaba medio derrumbado, con carteles descoloridos de sus antiguas películas colgando como fantasmas de un pasado glorioso. Entró por una ventana rota y se dejó caer en una butaca polvorienta, el único sonido era el crujido del viento entre las vigas.
En la penumbra, se quitó los restos de su capa y dejó que las chispas de sus manos iluminaran el espacio. Sus ojos se posaron en un póster rasgado: "Fang, el Dragón Volador", con él en una pose heroica, su sonrisa confiada dominando la imagen. Soltó una risa amarga que resonó en el vacío.
—¿Qué pasó contigo, idiota? —murmuró, hablando consigo mismo como si el Fang del póster pudiera responderle.
Apoyó la cabeza en las manos, y su mente se llenó de contradicciones. Había jurado destruir a los Guardianes, a Janet especialmente, pero cada vez que lo imaginaba, algo dentro de él se retorcía. Recordó el día del accidente: el set explotando, el fuego quemando su orgullo mientras los productores lo descartaban como un riesgo. Había jurado no volver a ser débil, no depender de nadie. Convertirse en el Amo de las Sombras era su manera de tomar el control, de ser invencible. Pero entonces, ¿por qué Janet seguía perforando esa armadura?
Cerró los ojos y la vio: su cabello ondeando mientras volaba, su risa llenando el aire durante sus entrenamientos, la forma en que lo miraba como si él fuera más que un actor, más que un luchador. Había sentido algo por ella entonces, algo que lo asustaba porque no encajaba con su ambición. "Estrellita", la había llamado, un apodo que empezó como broma pero que con el tiempo se volvió íntimo. Nunca se lo dijo, pero cada vez que ella estaba cerca, su mundo parecía más brillante.
Ahora, esa luz lo atormentaba. Cuando ella lo enfrentó en la fábrica, cuando le arrancó la máscara y lo llamó monstruo, no fue solo ira lo que sintió. Fue vergüenza. Vergüenza de que ella viera en qué se había convertido, de que la chica que una vez lo admiró ahora lo despreciara. Y, sin embargo, en ese momento, también había querido alcanzarla, pedirle que lo entendiera.
—¿Por qué no puedo simplemente odiarte? —gruñó, golpeando el brazo de la butaca con un puño electrificado. La madera se astilló, pero el dolor no lo calmó.
Se levantó y caminó hacia un espejo roto en la pared. Su reflejo lo miraba: cicatrices, ojos hundidos, un hombre que apenas reconocía.
—¿Qué quieres, Fang? —se preguntó en voz alta.
¿Poder? ¿Venganza? ¿O era algo más profundo, algo que no se atrevía a nombrar? Janet había sido su ancla, aunque nunca lo admitió. Perderla (perder su fe en él) era lo que realmente lo había quebrado, más que el accidente o el abandono de Starr Park.
Una parte de él quería volver atrás, arrojar la máscara del Amo de las Sombras y pedirle perdón. Imaginó su rostro suavizándose, sus manos encontrándose como en esos días bajo las estrellas. Pero otra parte, la que había alimentado con años de resentimiento, lo detenía.
—Ella te rechazaría —se dijo, apretando los dientes—. Te vio como un villano, y eso es lo que eres ahora. No hay vuelta atrás.
Las chispas en sus manos crecieron, reflejando su caos interno. Podía destruirla, destruirlos a todos, y reclamar Starr Park como el Amo. O podía intentar redimirse, arriesgarse a que Janet lo aceptara de nuevo, aunque fuera solo como amigo. La idea lo aterrorizaba más que cualquier pelea.
—¿Qué soy sin esta ira? —susurró al espejo.
El silencio fue su única respuesta.
Finalmente, recogió su capa y se la echó sobre los hombros. No había decidido aún. La Triada lo esperaba, y el próximo golpe contra los Guardianes estaba en marcha. Pero mientras salía del cine, una pequeña chispa de duda quedó en su pecho, una que llevaba el rostro de Janet.
El Amo de las Sombras avanzó hacia la noche, pero Fang, el hombre que había sido, aún luchaba por no desaparecer del todo.
El amanecer apenas despuntaba sobre Starr Park cuando un zumbido urgente rompió la calma en la base de los Guardianes Estelares. Buster, que había estado ajustando su cámara de energía toda la noche, corrió hacia el panel de comunicaciones, su rostro palideciendo al leer el mensaje entrante.
—¡Janet! ¡Todos, vengan rápido! —gritó, su voz resonando en el taller.
Janet bajó del tejado, donde había pasado la noche reflexionando sobre Fang, y se unió a los demás. Grom dejó caer una pieza de metal con un gruñido, Sam se limpió el sudor de la frente, y Bonnie rodó junto a Stu, cuyos circuitos zumbaban con inquietud.
—¿Qué pasa, Buster? —preguntó Janet, su tono firme pero cargado de preocupación.
Buster giró la pantalla hacia ellos. Era un informe de emergencia de las autoridades de Starr Park:
"Fuga masiva en la prisión central. Objetivos confirmados: Bibi, Carl, Chuck y el prisionero identificado como Fang, alias Amo de las Sombras. Se presume colaboración interna. Peligro extremo"
Un video granulado mostraba a la Triada destrozando guardias y a Fang liberándose con un destello eléctrico antes de desaparecer en la noche.
El silencio en la sala fue pesado.
Bonnie apretó la mano metálica de Stu, sus ojos llenos de miedo.
—Pensé que los habíamos detenido —susurró.
Sam golpeó una mesa con sus nudillos, haciendo temblar las herramientas.
—¡Maldita sea! Sabía que no se quedarían quietos.
Grom alzó su megáfono, listo para actuar, pero miró a Janet, esperando su liderazgo.
Janet respiró hondo, su mente girando entre la traición de Fang y la amenaza inmediata.
—No es solo que escaparon —dijo con voz tensa—. Fang los lidera. Y si lo conozco, no va a parar hasta venir por nosotros —sus ojos se encontraron con los de Stu, quien asintió lentamente.
—Él e-está herido, hija. Pero eso lo ha-ace más peligroso —murmuró el robot.
—¿Herido? —preguntó Buster, ajustando sus gafas—. ¿Te refieres a lo que pasó en la fábrica? Parecía furioso, pero también… dudoso.
Janet apretó el llavero de estrella en su bolsillo, un recordatorio de su conflicto interno.
—No importa lo que sienta —respondió—. Nos atacó. Secuestró a Bonnie. No podemos confiar en que dude la próxima vez.
—Entonces, ¿cuál es el plan? —preguntó Sam, cruzándose de brazos—. No podemos quedarnos esperando a que nos embosquen.
Janet asintió, su determinación endureciéndose.
—No lo haremos. Vamos a tomar la iniciativa. Si Fang y la Triada están libres, están planeando algo grande. Necesitamos encontrarlos antes de que golpeen.
Buster tecleó rápidamente en su consola.
—Puedo rastrear las señales eléctricas que Fang deja con sus poderes. No es mucho, pero podría darnos una pista.
Grom gruñó en aprobación.
—Y cuando los encontremos, los aplastaré.
Bonnie levantó la barbilla, valiente a pesar de su miedo.
—Yo también quiero ayudar. No dejaré que me atrapen otra vez.
Janet sonrió a su hermana, orgullosa, pero protectora.
—Tú te quedas con Stu, Bonnie. Necesitamos que él esté al 100% para esto.
Stu zumbó, su cañón sónico brillando.
—Esta-aré listo, mi-is queridas hi-ijas.
Luego, Janet se volvió al equipo.
—Buster, rastrea a Fang. Sam y Grom, completen los preparativos, revisen nuestras defensas y armas. Yo voy a buscar información en las calles. Conozco algunos viejos contactos de Fang que podrían saber algo.
—¿Contactos? —preguntó Sam, alzando una ceja.
Janet asintió con una expresión sombría.
—Antes de que todo se derrumbara, Fang y yo teníamos amigos en común. Algunos aún están en el bajo mundo de Starr Park. Si alguien sabe dónde se esconde, serán ellos.
El equipo se dispersó con un propósito renovado. Buster hackeó las redes de seguridad, detectando un rastro eléctrico débil hacia el distrito industrial abandonado. Sam y Grom reforzaron la base con trampas y barricadas, mientras Stu ayudó a Bonnie a construir pequeños drones de vigilancia. Janet, por su cuenta, se coló en un bar clandestino donde los excompañeros de Fang solían reunirse. Con una capucha ocultando su rostro, escuchó rumores: Fang había sido visto con un traficante de tecnología oscura, alguien que ofrecía armas experimentales. El nombre "El Forjador" surgió varias veces, un genio loco que operaba en las sombras.
De vuelta en la base, Janet compartió lo que descubrió.
—El Forjador está armando a Fang y la Triada. Si terminan lo que sea que están construyendo, no solo vendrán por nosotros, sino por todo Starr Park.
Buster mostró un mapa con el rastro eléctrico convergiendo en una vieja fundición.
—Ahí es donde están —dijo—. Y si mis cálculos son correctos, tienen menos de veinte horas para completar lo que sea que planean.
Janet miró a su equipo, su familia.
—Entonces no esperamos. Atacamos mañana al amanecer. Los sorprendemos antes de que estén listos.
Grom sonrió, Sam asintió, y Bonnie abrazó a Stu.
—Por Starr Park —dijo Janet—. Y por nosotros.
Los Guardianes Estelares se prepararon, sabiendo que esta batalla sería la más dura hasta ahora. Janet guardó el llavero de Fang en su chaqueta, un recordatorio de lo que estaba en juego, no solo la ciudad, sino el alma de alguien que aún amaba, aunque él lo negara.
La noche antes del asalto a la fundición era tensa y silenciosa en la base de los Guardianes Estelares. El aire estaba cargado de anticipación, cada miembro del equipo inmerso en sus propios preparativos y pensamientos. Las luces parpadeantes del taller iluminaban las figuras de los héroes mientras afilaban sus armas, revisaban sus planes y enfrentaban sus propios temores.
Janet estaba en un rincón, ajustando los propulsores de su traje aéreo. Sus manos trabajaban con precisión, pero su mente estaba en otra parte. Sacó el llavero de estrella de su bolsillo y lo giró entre sus dedos, perdida en recuerdos de Fang. No podía evitar preguntarse si esta batalla sería el punto final de lo que habían sido.
—¿Qué te hice para que me odiaras tanto? —murmuró, aunque sabía que la respuesta no era tan simple. Guardó el llavero y se levantó, decidida a no dejar que sus sentimientos nublaran su juicio. Esta vez, no solo luchaba por Bonnie o Starr Park, sino por la posibilidad de cerrar este capítulo de su vida.
Cerca de ella, Sam golpeaba un saco de boxeo improvisado, sus nudillos magnéticos zumbando con cada impacto.
—Ese Fang… siempre supe que era un engreído —gruñó entre golpes consecutivos—. Pero esto es otro nivel —se detuvo, respirando con fuerza, y miró a Janet—. ¿Estás bien con esto, jefa? Sé que él significaba algo para ti.
Janet le dio una media sonrisa, agradecida por su preocupación.
—Lo estaré cuando lo detengamos, Sam. No hay otra opción.
Grom, sentado en una mesa cercana, pulía su megáfono con una calma casi meditativa. El héroe de nombre el Protector rara vez hablaba de sus emociones, pero esta vez rompió el silencio.
—Él nos traicionó. Pero tú lo enfrentaste, Janet. Eso es fuerza —dijo con palabras simples pero sinceras, reconfortando a Janet más de lo que esperaba.
—Gracias, Grom —respondió—. Todos somos fuertes juntos.
Buster estaba encorvado sobre su consola, sus ojos rojos por la falta de sueño mientras analizaba datos del rastro eléctrico de Fang.
—He encontrado algo —anunció, girando la pantalla hacia los demás—. La fundición no es solo un escondite. Hay lecturas de energía masiva, como si estuvieran construyendo algo… una especie de arma o máquina. Si El Forjador está involucrado, podría ser catastrófico.
Bonnie, que ayudaba a Stu a cargar baterías para los drones, se acercó corriendo.
—¿Qué tan catastrófico? —preguntó la pequeña, su voz temblando ligeramente.
Stu rodó hacia ella, su ojo brillando con calma.
—No te pre-eocupes, pequeña. Lo detendremos a-antes de que lo a-activen.
Bonnie asintió, pero sus manos apretaron un pequeño destornillador.
—Quiero ir con ustedes —dijo de repente—. No pelear, pero estar cerca. No quiero quedarme atrás otra vez.
Janet se arrodilló frente a ella, poniéndole una mano en el hombro.
—Estarás con Stu en la retaguardia, manejando los drones. Eres parte de esto, Bonnie, pero te necesito a salvo.
El robot de una rueda zumbó en aprobación.
—Bonnie ti-iene tu mi-ismo fuego, Janet. La cuida-aré.
Janet sonrió, pero su mirada se endureció al pensar en lo que enfrentaban. Fang, la Triada, y ahora esta arma desconocida. Todo dependía de su próximo movimiento. Más tarde, el equipo se reunió alrededor de una mesa con un mapa de la fundición.
Buster señaló las entradas principales y las zonas de energía detectadas.
—Entramos en dos frentes —explicó Janet—. Sam y yo por el frente para distraerlos. Grom y Buster por el flanco oeste, directo al núcleo de energía. Stu y Bonnie se quedan a 500 metros, usando los drones para vigilarnos y alertarnos.
Sam asintió a su plan.
—Golpeamos rápido y fuerte. No les damos tiempo de reaccionar.
Grom gruñó y dijo:
—Y si Fang se interpone, lo aplasto.
Janet miró a cada uno, sintiendo el peso de su confianza en ella.
—Esto no es solo por Starr Park —dijo—. Es por lo que somos. Fang y la Triada quieren quebrarnos, pero no saben con quién se metieron.
Los Guardianes alzaron sus armas en un gesto silencioso de unidad.
Cuando la reunión terminó, Janet salió al exterior, el cielo aún oscuro antes del amanecer. Respiró el aire frío, dejando que calmara sus nervios. Pensó en Fang una última vez, no como el Amo de las Sombras, sino como el hombre que había sido.
—Si queda algo de ti ahí dentro —susurró al viento—. Lo encontraré mañana. Pero si no… te detendré de todos modos.
Con eso, volvió adentro, lista para liderar a su equipo hacia la batalla que definiría su destino.
El taller estaba en calma, con solo el zumbido ocasional de los drones de Bonnie rompiendo el silencio. Los demás se habían retirado a descansar o a ultimar detalles, pero Janet no podía dormir. Se encontraba revisando su equipo por tercera vez cuando Buster se acercó, su cámara de energía colgada al hombro y una expresión pensativa en el rostro.
—Janet —dijo en voz baja—. Necesito hablar contigo. A solas.
Ella lo miró, sorprendida por la seriedad en su tono.
—Claro, Buster. Vamos afuera.
Salieron al patio trasero de la base, donde la luz de la luna bañaba las ruinas de Starr Park en un brillo plateado. Se sentaron en un par de cajones viejos, y por un momento, ninguno habló.
Finalmente, Buster rompió el silencio.
—Esto de Fang… me está matando —admitió, quitándose las gafas para frotarse los ojos—. Sé que para ti es personal, pero para mí también lo es. Él era mi mejor amigo, Janet. Antes de todo esto, antes de que se convirtiera en… lo que sea que es ahora —su voz tembló, y Janet sintió un nudo en el pecho. Sabía que Buster y Fang habían sido cercanos, pero nunca habían hablado de ello en profundidad.
—Cuéntame —dijo suavemente, inclinándose hacia él—. Necesito entenderlo, Buster. Porque mañana voy a enfrentarlo, y no sé si estoy lista para lo que eso significa al verlo cara a cara.
Buster respiró hondo, mirando al cielo.
—Fang y yo éramos inseparables. Cuando llegué a Starr Park, era un nerd flacucho con ideas locas y una cámara rota. Él me vio potencial, me ayudó a construir mi primer proyector de energía. Pasábamos horas en su tráiler después de sus rodajes, hablando de inventos, de cómo haríamos este lugar mejor. Era un soñador, Janet, no solo un karateka con mucho ego —sonrió débilmente, perdido en el recuerdo—. Me decía que algún día seríamos héroes juntos, no solo en la pantalla.
Janet asintió, su propia memoria encajando con la de Buster.
—Lo recuerdo así también. Siempre tenía esa chispa inspiradora. Pero después del accidente… desapareció —sus dedos jugaron con el llavero en su bolsillo, un hábito nervioso.
Buster bajó la mirada.
—Intenté encontrarlo, sabes. Después de que el set explotara y lo echaran, fui a su apartamento, a los bares, a todos lados. Nada. Pensé que estaba muerto hasta que apareció como el Amo de las Sombras. Y cuando lo vi en la fábrica, con esa máscara… no era él, Janet. Pero al mismo tiempo, sí lo era. Sus ojos tenían esa misma intensidad, solo que retorcida.
Ella tragó saliva, sintiendo el peso de sus palabras.
—Yo también lo vi. Cuando le quité la máscara, por un segundo pensé que podía alcanzarlo, traerlo de vuelta. Pero luego me atacó, secuestró a Bonnie… ¿Cómo decides seguir adelante cuando alguien que amabas se convierte en eso?
Buster la miró, sus ojos brillantes con una mezcla de tristeza y resolución.
—Tú lo amabas, ¿verdad? No solo como amigo.
No era una acusación, sino una constatación. Janet se tensó, pero no lo negó.
—Sí —confesó, su voz apenas un susurro—. Nunca se lo dije. Y ahora no sé si lo que siento me hace débil o me da fuerza para enfrentarlo.
—No te hace débil —dijo Buster con firmeza—. Te hace humana. Mira, yo también quiero salvar a Fang. Una parte de mí cree que el tipo que me ayudó a construir esta cámara —golpeó su equipo—. Todavía está ahí. Pero si no lo está, si el Amo de las Sombras es todo lo que queda… entonces tenemos que detenerlo. Por Starr Park, por nosotros. Y por él, porque el Fang que conocimos no querría esto.
Janet respiró hondo, dejando que las palabras de Buster se asentaran.
—Entonces, ¿qué hago mañana? ¿Intento salvarlo o lo derribo sin mirar atrás? —sus ojos buscaron los de él, buscando una respuesta que sabía que no podía ser simple.
Buster se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas.
—Le das una oportunidad. Una sola. Hablas con él, lo enfrentas como Janet, no solo como líder de los Guardianes. Si responde, si hay un destello de arrepentimiento, lo traemos de vuelta. Pero si no… —hizo una pausa, endureciendo su expresión—. Si no, lo detengo yo mismo. Por el bien de todos. No dejaré que cargues con eso sola.
Ella lo miró, sorprendida por su determinación.
—Buster, no tienes que…
—Sí tengo —la interrumpió—. Era mi mejor amigo. Si alguien tiene que ponerle fin, que sea yo. Pero creo en ti, Janet. Si alguien puede llegar a él, eres tú. Siempre lo fuiste.
El silencio volvió, pero esta vez era reconfortante. Janet apretó el llavero con más fuerza, tomando una decisión.
—Mañana le hablaré —dijo finalmente—. Le daré esa oportunidad. Por lo que éramos, por lo que pudo haber sido. Pero si elige el caos, lo detendremos juntos.
Extendió una mano, y Buster la tomó, sellando un pacto tácito.
—Por Fang —dijo él.
—Por Fang —repitió ella.
Se levantaron y regresaron al taller, el amanecer acercándose rápidamente. Janet sintió una claridad nueva: enfrentaría a Fang con el corazón abierto, pero con los puños listos. Y con Buster a su lado, sabía que no estaría sola en esa elección.
El cielo sobre Starr Park apenas comenzaba a teñirse de naranja cuando los Guardianes Estelares llegaron a la fundición abandonada. El aire estaba cargado de humo y el zumbido de maquinaria, un presagio del caos que les esperaba. Janet lideraba desde el frente, sus propulsores zumbando mientras volaba bajo para evitar ser detectada. Sam estaba a su lado, sus nudillos magnéticos listos para el combate. A la izquierda, Grom y Buster avanzaban por el flanco oeste, el megáfono del gigante resonando con un eco intimidante y la cámara de Buster proyectando un brillo tenue. En la retaguardia, a 500 metros, Stu y Bonnie manejaban los drones, sus pantallas mostrando cada rincón del campo de batalla.
—Ahora —susurró Janet por el comunicador. Con un grito, lanzó una onda sónica hacia la entrada principal, destrozando las puertas metálicas y anunciando su llegada. Sam cargó tras ella, derribando a dos drones de seguridad con golpes precisos.
Del interior surgieron Bibi, Carl y Chuck, sus siluetas recortadas contra el resplandor de las forjas encendidas. Y detrás de ellos, Fang, el Amo de las Sombras, emergió con una calma inquietante, su cuerpo envuelto en electricidad chispeante.
—¡Vaya, los héroes llegaron temprano! —se burló Bibi, blandiendo su bate reforzado con energía oscura.
Carl giró su pico con una risa maniática, mientras Chuck invocó su tren espectral, que rugió hacia el frente. Janet esquivó un golpe de Bibi y respondió con un ataque sónico que la hizo retroceder. Sam chocó contra Carl, sus nudillos bloqueando el pico en un duelo de fuerza bruta.
Mientras tanto, Grom y Buster irrumpieron por el flanco oeste. Grom lanzó una explosión que derrumbó una torre de vigilancia, forzando a Chuck a girar su tren hacia ellos. Buster proyectó una barrera de luz, protegiendo a Grom mientras avanzaban hacia el núcleo de energía: una máquina gigantesca que pulsaba con un brillo rojo, claramente el arma de El Forjador.
—¡Tenemos que apagarla! —gritó Buster, hackeando un panel cercano con su cámara.
En la retaguardia, Bonnie manejaba los drones con destreza, enviando imágenes a Stu.
—¡Janet, Fang se mu-ueve hacia ti! —advirtió por el comunicador. Stu disparó un pulso sónico desde la distancia, aturdiendo a un grupo de drones enemigos que intentaban flanquearlos.
Fang avanzó entre el caos, sus ojos fijos en Janet. Ella voló hacia él, deteniéndose a pocos metros.
—¡Fang, para esto! —gritó la heroína con su voz cortando el ruido de la batalla—. No tiene que ser así. Podemos detenerlo juntos.
Por un instante, él vaciló, las chispas en sus manos titubeando. Pero luego su rostro se endureció.
—No hay vuelta atrás, estrellita —gruñó, lanzando un rayo eléctrico que ella esquivó por poco.
El combate se intensificó. Bibi golpeó a Sam con su bate, pero él respondió con un gancho que la lanzó contra una pared. Carl intentó emboscar a Grom, pero el Protector lo aplastó con una onda explosiva. Chuck cargó contra Buster, pero un dron de Bonnie lo distrajo, dándole a Buster tiempo para desactivar el primer circuito de la máquina.
—¡Está cediendo! —exclamó, aunque la energía seguía creciendo.
Janet y Fang se enfrentaron en el centro de la fundición. Ella lo atacó con ondas sónicas, él contraatacó con electricidad.
—Te di una oportunidad —dijo ella, bloqueando un golpe—. Por lo que éramos.
Fang rio, pero había dolor en su voz.
—Eso murió conmigo, Janet.
Sin embargo, sus movimientos eran menos precisos, como si dudara.
Buster gritó desde el núcleo:
—¡La máquina está sobrecargándose! ¡Si no la apagamos, explotará y se llevará medio Starr Park!
Janet miró a Fang, tomando una decisión final.
—Ayúdanos, Fang. Por favor.
Él la miró, y por un segundo, el Amo de las Sombras desapareció, dejando solo al hombre que había sido. Pero antes de que respondiera, Bibi se lanzó contra Janet, y Fang reaccionó instintivamente, bloqueándola con un arco eléctrico.
—¡Idiota! —rugió Bibi, pero Fang no la miró ya que sus ojos estaban en Janet.
—Apaga la máquina —dijo con voz ronca—. Yo los detengo.
Corrió hacia la Triada, enfrentándolos solo mientras Janet volaba hacia Buster. Juntos, desactivaron el núcleo justo cuando la energía alcanzaba su pico, provocando una explosión controlada que derrumbó la mitad de la fundición.
El polvo se asentó en la zona de combate. Los tres miembros de la Triada del Caos estaban inconscientes entre los escombros, y Fang, agotado, cayó de rodillas.
Janet se acercó, su corazón dividido entre su deber como heroína y su amor por aquel chico.
—¿Por qué? —preguntó ella.
Él sonrió débilmente.
—Porque tú nunca te rendiste conmigo, estrellita.
Los Guardianes lo rodearon, armas bajas pero alertas.
Entonces Janet le extendió una mano.
—Ven con nosotros.
Fang la tomó, tambaleándose, y por primera vez en mucho tiempo, la esperanza brilló entre ellos.
El sol ya había salido por completo sobre las ruinas de la fundición, bañando el campo de batalla en una luz dorada que contrastaba con el caos reciente. Los Guardianes Estelares estaban exhaustos pero victoriosos. La máquina de El Forjador era un montón de chatarra humeante, desactivada justo a tiempo para evitar una catástrofe en Starr Park.
Janet ayudó a Fang a ponerse de pie, su mano todavía temblando mientras él la miraba con una mezcla de alivio y arrepentimiento. Sam, Grom y Buster vigilaban a la Triada del Caos, mientras Stu y Bonnie se acercaban con los drones, listos para asistir.
—Gracias —murmuró Fang con voz ronca por el tremendo esfuerzo dado en su pelea—. No sé si merezco esto, pero… gracias, estrellita.
Janet le dio una sonrisa cansada.
—No es un final, Fang. Es un comienzo. Vamos a arreglar esto juntos.
Buster se acercó, ajustando sus grandes gafas, y puso una mano en el hombro de su viejo amigo.
—Bienvenido de vuelta, idiota —dijo en un tono ligero pero cargado de emoción.
Sin embargo, la paz duró poco. Un crujido entre los escombros hizo que todos se giraran. Bibi se levantó lentamente, su bate aún en mano, con una sonrisa torcida que no auguraba nada bueno. Carl y Chuck también comenzaron a moverse, sacudiéndose el polvo como si la derrota no los hubiera tocado del todo.
—Qué escena tan tierna —escupió Bibi, limpiándose sangre de la comisura de la boca—. Sabía que nos traicionarías, Fang. Siempre supe que eras débil.
Janet frunció el ceño, poniéndose frente a Fang en un gesto protector.
—¿De qué estás hablando? —exigió.
Bibi rio, un sonido áspero y burlón.
—Oh, por favor. Desde el momento en que este karateka se unió a nosotros, vi cómo te miraba en cada pelea. Esos ojitos de cachorro cuando hablabas de su "estrellita". Sabía que en el fondo no tenía las agallas para ir hasta el final.
Fang se tensó, pero no negó las palabras.
Carl se incorporó, girando su pico con una risita.
—Por eso teníamos un plan B, jefe. O debería decir, exjefe.
Chuck gruñó, invocando los restos de su tren espectral, que se alzaron como un esqueleto metálico.
—El Forjador no confiaba en ti tampoco —añadió, su voz resonando—. Nos dio algo extra, por si acaso.
Antes de que los Guardianes pudieran reaccionar, Bibi golpeó su bate contra el suelo, liberando una onda de energía oscura que no venía de la máquina destruida, sino de un dispositivo oculto en su arma. El suelo tembló, y de los escombros emergió una figura encapuchada: El Forjador en persona, un hombre delgado con una máscara de metal y un bastón que pulsaba con energía carmesí.
—Gracias por desactivar mi prototipo —dijo con una voz fría y mecánica—. Pero la verdadera arma siempre fui yo.
Los Guardianes se pusieron en guardia. Janet miró a Fang, quien apretó los puños, las chispas regresando a sus manos.
—Sabía que eran unos bastardos, pero no que tenían un as bajo la manga —gruñó él.
Bibi se rio de nuevo.
—Tú eras el débil, Fang. Nosotros nunca confiamos en tu pequeño drama romántico. El Forjador nos prometió poder real, no tus promesas vacías.
El Forjador alzó su bastón, y un campo de energía envolvió a la Triada, potenciando sus armas. Bibi cargó contra Janet con una velocidad inhumana, su bate chocando contra una onda sónica que apenas la detuvo. Carl lanzó su pico como un proyectil giratorio hacia Sam, quien lo bloqueó con sus nudillos en el último segundo. Chuck embistió a Grom con su tren reconstruido, mientras Buster disparaba rayos de luz para proteger a Bonnie y Stu.
Fang se lanzó contra El Forjador, electricidad contra energía carmesí en un choque cegador.
—¡Esto es por traicionarme! —rugió, pero el villano lo repelió con una risa.
—Tú nos traicionaste primero, Amo de las Sombras. Ellos solo fueron más listos.
Janet esquivó otro golpe de Bibi y gritó:
—¡Juntos, ahora!
Los Guardianes se reagruparon, formando un círculo alrededor de Bonnie y Stu. Janet lanzó una onda sónica masiva, amplificada por el megáfono de Grom, mientras Sam y Buster combinaban sus ataques en un asalto coordinado.
Fang, desde el centro, canalizó su electricidad hacia El Forjador, gritando:
—¡Por Starr Park!
La explosión resultante derribó a la Triada y al Forjador, dejando un cráter humeante.
Cuando el polvo se asentó, los villanos estaban derrotados de verdad esta vez, inconscientes y sin energía.
Fang cayó de rodillas, exhausto, y Janet lo sostuvo.
—Lo hicimos —susurró ella.
Él asintió, mirándola con algo nuevo en los ojos: gratitud.
—No los vi venir —admitió—. Pero tú sí me viste a mí.
Las autoridades llegaron poco después, llevándose a la Triada y al Forjador, quien juró vengarse entre maldiciones. Los Guardianes regresaron a su base, con Fang caminando entre ellos, no como prisionero, sino como uno más. Janet sabía que la redención de Fang sería un camino largo, pero por primera vez, sintió que valía la pena intentarlo.
El crepúsculo teñía el cielo de Starr Park con tonos púrpura y naranja cuando Janet y Fang se alejaron del bullicio de la base de los Guardianes Estelares. Los demás estaban ocupados: Buster reparando su cámara, Sam y Grom revisando el equipo dañado, y Bonnie ayudando a Stu con los drones. Nadie cuestionó cuando Janet dijo que necesitaba aire fresco, ni cuando Fang la siguió en silencio. Había un entendimiento tácito de que algo entre ellos aún estaba sin resolver.
Caminaron hasta un mirador en las afueras del parque, un lugar donde antes solían sentarse después de entrenar, mirando las luces de la ciudad. El banco estaba desgastado, pero aún resistía. Janet se sentó primero, y Fang, tras un momento de duda, se acomodó a su lado, manteniendo una distancia prudente. El silencio entre ellos era pesado, cargado de todo lo que no se habían dicho.
Finalmente, Janet habló, su voz suave pero firme.
—¿Por qué lo hiciste, Fang? Al final, cuando pudiste haberte ido con ellos, elegiste quedarte y pelear con nosotros —sus ojos buscaron los de él, tratando de descifrar al hombre que había sido su amigo, su amor no confesado, y ahora algo entre héroe y villano.
Fang miró al horizonte, sus manos apretadas sobre sus rodillas. Las chispas que solían danzar en sus dedos estaban ausentes, dejando solo la vulnerabilidad de un hombre agotado.
—No lo sé —admitió con una voz ronca—. Cuando Bibi dijo que siempre supe que te elegiría… me golpeó. Porque tenía razón. Incluso cuando estaba más perdido, cuando quería destruirte, una parte de mí no podía —se giró hacia ella, sus ojos oscuros encontrando los suyos—. Tú eras lo único que me mantenía humano, Janet.
Ella sintió un nudo en la garganta, pero no apartó la mirada.
—Entonces, ¿por qué me alejaste de ti? Después del accidente, desapareciste. Intenté encontrarte, Fang. Todos lo hicimos —sacó el llavero de estrella de su bolsillo y lo sostuvo entre ellos, un símbolo tangible de su pasado compartido—. Esto es todo lo que me quedó de ti.
Él miró el llavero, y una sombra de dolor cruzó su rostro. Extendió una mano temblorosa y lo tocó, sus dedos rozando los de ella por un instante.
—No quería que me vieras roto —confesó—. El accidente no solo destruyó mi carrera, Janet. Me destruyó a mí. Me convertí en alguien que no reconocía, y pensé que si te acercabas, me odiarías por eso. El Amo de las Sombras era mi escape, mi manera de no sentir… hasta que te enfrenté y me di cuenta de que no podía escapar de ti.
Janet cerró los dedos alrededor del llavero, su corazón latiendo con fuerza.
—No te habría odiado —dijo, su voz quebrándose—. Te amaba, Fang. No como un héroe de película o un compañero de equipo. Te amaba a ti, con tus defectos y todo. Y cuando te perdí, no supe cómo seguir adelante.
Las palabras colgaron entre ellos, desnudas y crudas.
Fang se quedó inmóvil, como si no pudiera procesarlas. Luego, lentamente, una sonrisa amarga curvó sus labios.
—Soy un idiota, ¿verdad? Siempre supe que sentías algo, estrellita. Esas miradas, esos momentos… yo también los sentía. Pero tenía tanto miedo de arruinarlo que me arruiné a mí mismo primero.
Ella se acercó, reduciendo la distancia entre ellos.
—No está arruinado —dijo con firmeza—. Estás aquí ahora. Elegiste volver. Eso significa algo.
En ese preciso momento sus manos se encontraron de nuevo, esta vez intencionalmente, y él no se apartó. Sus dedos se entrelazaron, cálidos y temblorosos, como si temieran romper el frágil puente que estaban reconstruyendo.
—¿Y si no puedo ser el que era? —preguntó Fang, su voz apenas un susurro—. El Amo de las Sombras no desaparece tan fácil. Hay oscuridad en mí, Janet. No quiero que te lastime.
Ella apretó su mano, su mirada decidida.
—No espero que seas el de antes. Quiero al Fang que está frente a mí, el que luchó por nosotros hoy. La oscuridad no me asusta. He volado en tormentas peores —le sonrió con dulzura, un destello de su vieja chispa regresando—. Además, soy una Guardiana Estelar. Puedo manejarte.
Él rio, un sonido genuino que rompió la tensión.
—Siempre fuiste más fuerte que yo, estrellita.
Luego, su expresión se suavizó, y se inclinó hacia ella, dudando solo un segundo antes de que sus frentes se tocaran.
—No sé cómo hacer esto bien —murmuró—. Pero quiero intentarlo. Por ti.
Janet cerró los ojos, dejando que el momento la envolviera.
—Entonces intentémoslo juntos —respondió.
No hubo besos ni promesas grandiosas, solo la quietud de dos almas que se habían encontrado de nuevo tras perderse. El camino hacia adelante sería complicado pero en ese instante, bajo el cielo de Starr Park, fue suficiente para los dos.
Permanecieron así hasta que la noche cayó, sus manos aún unidas, el llavero descansando entre ellos como un recordatorio de lo que habían sido y lo que podrían ser.
La tranquilidad del mirador se rompió abruptamente cuando el sonido de pasos metálicos y un zumbido eléctrico resonó desde el camino. Janet y Fang se separaron, poniéndose de pie al instante, sus manos soltándose mientras giraban hacia la fuente del ruido.
Dos figuras emergieron de las sombras: Larry y Lawrie, los hermanos robóticos encargados de la seguridad de Starr Park. Larry, con su cuerpo esbelto y su dispensador de tiques brillando bajo la luz de la luna, lideraba el avance. Lawrie, más robusto y con su pistola táser, lo seguía de cerca, su expresión mecánica fija en Fang.
—Janet, Fang —dijo Larry con su voz modulada y cortés, aunque firme—. Hemos sido enviados por las autoridades de Starr Park. La situación ha sido evaluada, y hay órdenes pendientes —su dispensador giró ligeramente, no como amenaza, sino como precaución.
Janet dio un paso adelante, colocándose entre Fang y los robots.
—Larry, él nos ayudó. Detuvimos a la Triada y al Forjador gracias a él. No es una amenaza ahora —su tono era firme, pero había una reacción de súplica en sus ojos. Sabía que las acciones de Fang como el Amo de las Sombras no podían borrarse tan fácilmente.
Lawrie inclinó la cabeza, su pistola sacando leves chispas eléctricas.
—Las acciones heroicas no eliminan los crímenes, Janet —respondió con una voz más grave y menos diplomática que la de su hermano—. Secuestro, destrucción de propiedad, conspiración contra Starr Park. La lista es larga. Las autoridades exigen justicia, y nosotros la ejecutamos —golpeó fuertemente el suelo con su pie robótico, enviando una pequeña onda de energía que hizo retroceder a Janet un paso.
Fang levantó las manos, las chispas ausentes por primera vez en mucho tiempo.
—Está bien, Janet —dijo con voz calmada pero a la vez resignada—. Sabía que esto vendría. No puedes pelear contra todo el sistema por mí —la miró con una sonrisa triste, como si quisiera grabar su rostro en su memoria antes de lo inevitable.
—No —protestó ella, girándose hacia él—. No voy a dejar que te lleven como si nada hubiera cambiado. Eres uno de nosotros ahora —se volvió hacia Larry, su determinación endureciéndose—. Hablaré con quien sea necesario. Fang merece una oportunidad de redimirse, no solo una celda.
Larry intercambió una mirada con Lawrie, sus ojos mecánicos parpadeando mientras procesaban la situación.
—Tu palabra tiene peso, Janet —dijo Larry finalmente—. Los Guardianes Estelares han salvado Starr Park más veces de las que podemos contar. Pero la ley es clara. Podemos llevarlo bajo custodia provisional, no a prisión directa. Tendrás 48 horas para presentar tu caso ante el Consejo de Starr Park. Después de eso, su destino será decidido.
Lawrie gruñó, claramente menos convencido.
—48 horas no cambian lo que hizo. Pero si el Consejo lo aprueba, que así sea —apuntó su pistola táser hacia Fang—. Sin trucos, karateka. Un movimiento en falso, y no habrá negociaciones.
Fang asintió, bajando las manos lentamente.
—No pelearé. He terminado con eso —miró a Janet, sus ojos suavizándose—. Haz lo que tengas que hacer, estrellita. Pero si no funciona, no te culpes. Ya me distes más de lo que merezco.
Janet apretó los puños, su mente ya trazando un plan.
—No voy a rendirme contigo —dijo, su voz temblando de determinación—. Hablaré con el Consejo. Buster, papá, todos testificarán. Mostraremos quién eres ahora, no quién fuiste.
Larry extendió un par de grilletes antimagnéticos, colocándolos en las muñecas de Fang con un clic.
—Vamos, entonces —dijo, su tono neutral pero no cruel.
Lawrie mantuvo su pistola táser listo, escoltando a Fang mientras comenzaban a caminar hacia un vehículo de contención que esperaba en el camino. Janet los siguió con la mirada, su corazón dividido entre la esperanza y el miedo.
Antes de subir al vehículo, Fang se giró hacia ella una última vez.
—Si no nos vemos de nuevo… gracias por creer en mí —dijo, su voz apenas audible sobre el zumbido de los motores.
Janet no respondió con palabras, solo con una mirada que prometía luchar hasta el final.
El vehículo se alejó, dejando a Janet sola en el mirador. Sacó el llavero de estrella y lo sostuvo con fuerza, sus pensamientos girando. Tenían 48 horas. Llamaría a los Guardianes, reuniría pruebas, enfrentaría al Consejo. Fang había vuelto a ella, y no lo perdería otra vez, no sin darlo todo.
Mientras el polvo se asentaba, Janet respiró hondo y regresó a la base, lista para la batalla más importante: no contra villanos, sino contra el sistema que podía decidir el destino del hombre que amaba.
Hora 1:
El reloj comenzó a correr en el momento en que Janet entró corriendo a la base de los Guardianes Estelares, el eco del vehículo de Larry y Lawrie aún resonando en su mente.
—¡Todos, ahora! —gritó, su voz cortando el aire.
Sam dejó caer una llave inglesa, Grom se levantó de su banco, y Buster salió de debajo de una consola, limpiándose las manos. Bonnie y Stu rodaron desde el taller, sus rostros llenos de preocupación.
—Fang está bajo custodia provisional —explicó Janet, respirando con dificultad—. Tenemos 48 horas para convencer al Consejo de Starr Park de que merece una oportunidad, no una sentencia. Si no lo hacemos, se lo llevarán para siempre.
Los Guardianes intercambiaron miradas, el peso de la situación asentándose sobre ellos.
Buster ajustó sus gafas, su mente ya trabajando.
—El Consejo no es fácil de persuadir. Necesitamos pruebas, testimonios, algo sólido.
Sam cruzó los brazos.
—Yo digo que les demos un puñetazo en la cara, pero supongo que eso no funciona aquí.
Grom gruñó en desacuerdo, pero Janet lo detuvo.
—No, esto es una pelea diferente. Vamos a dividirnos y reunir todo lo que podamos.
Hora 5:
Janet asignó tareas rápidamente. Buster y Stu se sumergieron en los registros digitales, buscando grabaciones de la batalla en la fundición que mostraran a Fang cambiando de bando.
—Aquí —exclamó Buster, reproduciendo un video granulado desde un dron de Bonnie. Mostraba a Fang bloqueando a Bibi para proteger a Janet y luego enfrentándose a El Forjador.
—Esto pru-ueba que nos a-ayudó —dijo Stu, su ojo parpadeando con esperanza.
Mientras tanto, Sam y Grom fueron al distrito industrial, interrogando a testigos que habían visto el caos. Un viejo mecánico, todavía temblando por la explosión, confirmó:
—Ese tipo de la electricidad peleó contra esos tres locos. Salvó mi taller.
Sam anotó el testimonio con un gruñido satisfecho.
—Eso es algo.
Janet, por su cuenta, regresó al bar clandestino donde había oído rumores sobre El Forjador. Encontró a un excompañero de Fang, un doble en escena peligrosa retirado llamado Rico, bebiendo en una esquina.
—Fang era un desastre después del accidente —admitió Rico tras un trago—. Pero siempre hablaba de ti, chica voladora. Si volvió contigo, tal vez no esté tan perdido.
Janet grabó sus palabras, un nudo formándose en su garganta.
Hora 20:
De vuelta en la base, los Guardianes se reunieron para organizar lo recolectado. Bonnie había creado un pequeño montaje con las imágenes de los drones, narrando con voz firme cómo Fang los salvó.
—Es bueno, ¿verdad? —preguntó, mirando a Janet.
Ella sonrió, acariciando el cabello de su hermana.
—Es perfecto, Bonnie.
Pero la fatiga comenzaba a pesar. Janet se apartó un momento, mirando el llavero de estrella en sus manos.
—¿Y si no es suficiente? —susurró para sí misma.
Buster, que la había seguido en silencio, se sentó a su lado.
—Lo será —dijo—. No solo por lo que hicimos, sino por lo que él hizo al final. El Consejo tiene que verlo.
Janet asintió, pero la duda persistía, un eco de su miedo a perder a Fang otra vez.
Hora 35:
Un golpe en la puerta de la base sorprendió a todos. Era Penny, una pirata renegada que había trabajado con Fang en sus días de cine.
—Oí lo que pasó —dijo, entrando con una caja de cintas viejas—. Fang me salvó de un lío una vez. Si lo quieren de vuelta, aquí hay grabaciones de él siendo un héroe antes de todo esto. Úsenlas.
Janet tomó las cintas, agradecida.
—Gracias, Penny. Esto podría cambiar las cosas.
Sam y Grom regresaron con más testimonios, incluyendo uno de un guardia de la prisión que admitió: El tipo no peleó cuando lo atrapamos. Se rindió tranquilo.
Cada pieza fortalecía el caso, pero el tiempo se agotaba.
Hora 47:
Con solo una hora restante, los Guardianes ultimaron su presentación. Janet practicó su discurso frente a Stu, quien la corrigió con suavidad:
—Ha-abla desde el co-orazón, hija mía. Eso es lo que lo trajo de vu-uelta.
Ella asintió, memorizando cada palabra.
Buster cargó los videos y testimonios en un dispositivo portátil, mientras Bonnie insistió en ir con ellos.
—Quiero que sepan que Fang me protegió —dijo, y Janet no pudo negarse.
El equipo partió hacia el edificio del Consejo, un rascacielos imponente en el corazón de Starr Park. Janet llevaba el llavero en su bolsillo, un talismán de esperanza. Sabía que enfrentarse al Consejo sería duro (eran conocidos por su rigidez) pero también sabía que Fang valía la pelea. Los Guardianes entraron juntos, listos para defender no solo a su amigo, sino la idea de que incluso los perdidos podían encontrar el camino de regreso.
Cuando las puertas del Consejo se abrieron, Janet respiró hondo, el reloj marcando los últimos minutos de las 48 horas.
—Por Fang —murmuró, y dio el primer paso hacia el juicio que decidiría su destino.
Las puertas del salón del Consejo de Starr Park se abrieron con un crujido solemne, revelando una cámara circular iluminada por luces frías. En el centro, una plataforma elevada albergaba a los miembros del Consejo, pero todos los ojos estaban puestos en R-T, el juez principal. Su cuerpo robótico, mitad humanoide y mitad máquina de vigilancia, giraba suavemente mientras procesaba datos, sus lentes ópticos brillando con un tono azul intenso.
Los Guardianes Estelares entraron en fila: Janet al frente, seguida por Sam, Grom, Buster, Bonnie y Stu, cada uno cargando el peso de las 48 horas de esfuerzo.
—Procedan —dijo R-T, su voz metálica resonando en la sala—. Janet, líder de los Guardianes Estelares, tienes la palabra para defender al prisionero Fang, alias Amo de las Sombras.
Janet dio un paso adelante, el llavero de estrella apretado en su bolsillo como ancla.
—Gracias, juez R-T —comenzó, su voz firme pero cargada de emoción—. Fang cometió crímenes, no lo negamos. Pero también arriesgó su vida para detener a la Triada del Caos y al Forjador. Salvó a mi hermana, a mi equipo, a Starr Park. Les pido que vean al hombre que eligió redimirse, no solo al villano que fue.
Luego señaló a Buster, quien proyectó las grabaciones: Fang bloqueando a Bibi, enfrentando a El Forjador, cayendo de rodillas tras la batalla.
Bonnie habló a continuación, su voz pequeña pero valiente.
—Él me protegió cuando estaba asustada. No es malo, solo estaba perdido.
Stu zumbó en apoyo, mientras Sam y Grom presentaban testimonios de testigos. Penny había enviado una cinta que R-T revisó, mostrando a Fang salvando civiles en sus días de héroe. Cada palabra, cada imagen, construía un caso sólido.
Los consejeros murmuraron entre sí, y R-T levantó una mano para silenciarlos.
—He analizado los datos —anunció—. Los crímenes de Fang son graves, pero sus acciones recientes demuestran un cambio. La justicia no es solo castigo, sino restauración. Estoy inclinado a otorgarle libertad condicional bajo la supervisión de los Guardianes Estelares, con un período de servicio comunitario para reparar el daño causado.
Janet sintió un alivio abrumador, sus ojos brillando con lágrimas contenidas.
—Gracias, juez R-T —dijo, girándose hacia sus compañeros con una sonrisa.
Sam gruñó un "bien hecho", mientras Buster y Bonnie se abrazaban. Pero antes de que R-T pudiera formalizar la sentencia, un estruendo sacudió la sala. Las luces parpadearon, y un grito colectivo llenó el aire cuando las ventanas explotaron en una lluvia de cristales.
Desde las sombras emergió la Triada del Caos. Bibi, Carl y Chuck habían escapado de nuevo, sus cuerpos potenciados con restos de la tecnología oscura de El Forjador. Habían estado ocultos, esperando el momento perfecto.
—¡Nadie nos encierra! —rugió Bibi, lanzando su bate hacia el Consejo. Carl giró su pico como un torbellino, y Chuck invocó un tren espectral que atravesó las paredes.
Los Guardianes reaccionaron al instante. Janet voló hacia Bonnie, protegiéndola con su cuerpo mientras Stu disparaba un pulso sónico. Sam chocó contra Carl, Grom enfrentó a Chuck, y Buster proyectó una barrera para resguardar a los consejeros. R-T activó sus defensas, disparando rayos de energía, pero la Triada era implacable.
Fang, aún esposado en un rincón bajo la custodia de Larry y Lawrie, forcejeó contra sus grilletes.
—¡Déjenme ayudar! —gritó.
Larry dudó, pero Lawrie, viendo el caos, los desactivó.
—No hagas que me arrepienta —gruñó el robot.
Fang asintió y corrió hacia Janet, que estaba esquivando un ataque de Bibi.
—¡Janet, atrás! —exclamó Fang, interponiéndose entre ella y el bate de Bibi, que brillaba con energía letal. Él canalizó su propia electricidad, bloqueando el golpe con un arco cegador—. No te tocará —prometió con su voz firme a pesar del esfuerzo.
Pero no vio a Carl acercarse por el flanco, su pico girando directo hacia Janet.
Fang reaccionó por instinto. Empujó a Janet fuera del camino y tomó el impacto completo. El pico atravesó su pecho con un sonido desgarrador, y él cayó al suelo, la sangre manchando el piso de mármol. Janet gritó su nombre, corriendo hacia él mientras los Guardianes redoblaban su ataque. Sam derribó a Carl con un golpe brutal, Grom aplastó a Chuck con una explosión, y Buster cegó a Bibi, permitiendo a R-T neutralizarla con un disparo preciso.
El silencio volvió, roto solo por los sollozos de Janet. Se arrodilló junto a Fang, sosteniendo su cabeza en su regazo.
—No, no, quédate conmigo —suplicó, sus manos temblando mientras intentaba detener la sangre.
Él sonrió débilmente, levantando una mano para tocar su rostro.
—Te dije… que intentaría hacerlo bien, estrellita —susurró—. Lo siento… por todo.
—Fang, no te vayas —lloró ella, pero noto como sus ojos ya se apagaban.
Fang con un último aliento, murmuró:
—Tú… siempre fuiste mi estrella —su mano cayó, y el silencio se volvió absoluto.
Los Guardianes se acercaron, devastados. Bonnie se aferró a Stu, llorando, mientras Sam golpeaba el suelo con furia. Buster se quitó las gafas, lágrimas rodando por su rostro.
R-T bajó la mirada, hablando con una voz suave por primera vez.
—Murió como héroe. Eso será registrado.
Janet no respondió. Sostuvo a Fang, el llavero cayendo de su bolsillo al suelo ensangrentado, un eco de lo que habían perdido. La Triada estaba derrotada, pero el costo había sido demasiado alto.
El aire en Starr Park estaba cargado de una quietud sombría cuando los Guardianes Estelares se reunieron en una colina apartada, un lugar que Fang había mencionado una vez como su favorito para ver el amanecer. El sol apenas despuntaba, tiñendo el cielo de un rojo suave que parecía reflejar el dolor de los presentes. En el centro, un montículo de tierra fresca marcaba la tumba de Fang, una lápida simple grabada con las palabras: Fang – Héroe de Starr Park.
No había cuerpo que enterrar (el Consejo había tomado los restos para un análisis final), pero los Guardianes habían insistido en este ritual, un adiós que sentían necesario.
Janet estaba de pie frente a la tumba, el llavero de estrella en su mano, su rostro pálido pero firme. Vestía su traje de combate, pero sin los propulsores, como si quisiera estar más cerca de la tierra que lo había reclamado. A su lado, Bonnie sostenía una flor silvestre, sus ojos rojos por el llanto. Stu rodó suavemente a su lado, su ojo apagado en señal de respeto. Sam, Grom y Buster formaban un semicírculo detrás, cada uno lidiando con su duelo a su manera: Sam con los puños apretados, Grom en un silencio estoico, y Buster ajustando sus gafas para ocultar las lágrimas.
Nadie habló al principio. El viento susurraba entre los árboles, llevando consigo el eco de la batalla en el Consejo.
Finalmente, Janet rompió el silencio, su voz temblorosa pero clara.
—Fang… no sé si me escuchas, donde quiera que estés. Siempre fuiste un desastre, pero también fuiste lo mejor de nosotros. Me salvaste, no solo ayer, sino tantas veces antes, incluso cuando no lo sabía —se arrodilló, colocando el llavero sobre la tierra—. Te prometí que te traería de vuelta, y lo hice… pero no así.
Bonnie dio un paso adelante, dejando la flor junto al llavero.
—Gracias por protegerme —susurró, su voz quebrándose—. Eras como un hermano.
Stu zumbó suavemente, añadiendo:
—Descansa, amigo. Tu luz no se apagará en nosotros —dijo con total claridad y sin el tartamudeo que lo caracteriza debido a una falla en su sistema verbal.
Sam gruñó, golpeando un puño contra su palma.
—Maldita sea, Fang. Eras un idiota, pero un buen idiota. Deberías estar aquí peleando con nosotros.
Grom asintió, su megáfono en el suelo como ofrenda.
—Luchaste bien. Eso cuenta.
Buster se acercó, dejando una pequeña pieza de su cámara junto a la tumba.
—Siempre fuiste mi héroe, antes y ahora —dijo, su voz apenas audible.
Janet se levantó, mirando a su equipo, su familia. El dolor era un peso aplastante, pero también una chispa que encendía algo dentro de ella.
—Él murió por mí —dijo, su tono endureciéndose—. Por nosotros. Por Starr Park. Y no voy a dejar que eso sea en vano —se giró hacia la tumba, sus ojos brillando con lágrimas y determinación—. Fang, te prometo que seguiré luchando por la justicia. Por la que creías cuando eras tú mismo, por la que diste tu vida al final. No me rendiré, no importa cuánto duela.
Los Guardianes la miraron, asintiendo en silencio.
Sam dio un paso adelante.
—Cuenta conmigo, jefa. Por Fang.
Grom alzó su megáfono.
—Por Fang.
Buster sonrió débilmente.
—Por Fang.
Bonnie tomó la mano de Janet, y Stu zumbó:
—Por Fang.
Janet respiró hondo, sintiendo el peso de la promesa asentarse en su alma. La justicia no era solo detener villanos; era honrar a los que caían, dar sentido a sus sacrificios. Miró la tumba una última vez, grabando la imagen en su memoria.
—Descansa, estrellita —murmuró, usando el apodo que él le había dado, un eco de su vínculo roto pero eterno.
El equipo comenzó a descender la colina, dejando la tumba en paz bajo el amanecer. Janet caminó al frente, el dolor aún fresco pero transformado en un propósito inquebrantable. La Triada estaba derrotada, El Forjador encarcelado, pero sabía que otros desafíos vendrían. Y cuando lo hicieran, los Guardianes Estelares estarían listos, con el espíritu de Fang guiándolos desde las sombras.
Mientras se alejaban, una brisa levantó el llavero de la tumba, haciéndolo brillar bajo el sol naciente, como si Fang, en algún lugar, respondiera a su promesa con una última sonrisa.
