Actions

Work Header

MUJERCITAS: UN PEQUEÑO CUENTO DE NAVIDAD

Work Text:

La nieve caía silenciosa sobre Concord, cubriendo los tejados y los árboles desnudos con un manto tan suave que parecía un susurro del cielo. En la vieja casa de las March, la chimenea ardía desde temprano, encendiendo de tonos dorados las paredes donde colgaban guirnaldas hechas por Marmee, y dejando en el aire ese aroma a leña y especias que anunciaba, sin necesidad de palabras, que la Navidad había llegado. Jo había pasado la mañana entera moviéndose de un lado a otro, ajustando los lazos de las cortinas, probando la lámpara del recibidor, removiendo el ponche, y disimulando, sin mucho éxito, el pequeño temblor nervioso que siempre la embargaba cuando su familia iba a reunirse completa. O casi completa, pensó con un pellizco tierno en el corazón, porque una parte de ellas estaría siempre ausente y, al mismo tiempo, siempre presente. Mientras, el Sr. March estaba sentado cerca de la ventana, con su Biblia abierta sobre las rodillas. Levantaba la vista de vez en cuando para observar la nieve caer, con esa serenidad que siempre había traído paz a la casa.

La primera en llegar fue Meg, envuelta en un abrigo que no conseguía ocultar la energía de dos niños impacientes que saltaban alrededor de ella como petirrojos inquietos. Uno de ellos corrió hasta la puerta con tal entusiasmo que tropezó con la alfombra, y Meg, entre risas y suaves reprimendas, lo ayudó a levantarse. —No queremos empezar la Navidad con un chichón, querido mío —dijo, mientras el pequeño asentía solemnemente para, acto seguido, pedir una galleta como recompensa por su esfuerzo. El padre fue el primero en inclinarse para abrazarlos, maravillado del tamaño que habían alcanzado desde el último invierno. Uno de los pequeños se subió a sus rodillas entre carcajadas, y él comentó: —Creceréis tanto que pronto tendré que ponerme de puntillas para saludaros.

No tardaron en aparecer Amy y Laurie, los dos envueltos en un aire de elegancia y travesura que parecía imposible que el tiempo pudiera atenuarles. Él entró con los brazos cargados de paquetes que casi se le caen cuando resbaló levemente sobre un charquito de nieve derretida, y Amy soltó un suspiro que mezclaba amor y exasperación. —Laurie, por favor… —murmuró, mientras lo ayudaba a enderezarse. Él, por supuesto, se tomó la situación con gracia—. Es mi manera de asegurarme de que todos estáis despiertos —anunció, arrancando risas en la sala. Amy acercó entonces un pequeño adorno pintado por ella misma, fino como una miniatura y lleno de detalles; lo colocó en la repisa con un gesto ceremonioso, y Jo no pudo evitar comentar que incluso la Navidad parecía más refinada con Amy cerca.

La presencia de todos avivaba el hogar, pero fue al ver entrar al profesor Bhaer cuando Jo sintió ese calor especial que mezcla alegría con un pudor inesperado. Él saludó a Marmee con respeto genuino, a las hermanas con simpatía, y después le ofreció a Jo un pequeño paquete envuelto con sencillez. —No es nada extraordinario —dijo él, algo cohibido—, pero pensé que quizá te alegraría. Al abrirlo, Jo encontró un cuaderno de tapas sobrias, cuyo papel tenía la textura amable de lo antiguo y lo duradero. —Para que sigas escribiendo todo aquello que este mundo aún necesita —explicó él, mirándola con dulzura. Jo sintió cómo se le encendían las mejillas y bromeó con él para ocultar la emoción, aunque todos supieron leer en su expresión lo mucho que aquel gesto significaba.

Una vez estuvieron todos acomodados en la sala principal, el profesor propuso, con discreción, cantar un villancico que solían interpretar antiguamente, uno que había sido especial para Beth. Al mencionarla, la habitación pareció aquietarse con un respeto natural, y los corazones se alinearon en un mismo sentimiento. Los primeros acordes brotaron del piano, ese piano que Beth tocaba con manos suaves y alma pura. Nadie mencionó en voz alta cuánto la extrañaban; no hacía falta. Cantaron con voces reunidas, algunas firmes, otras temblorosas, y cuando terminaron, Marmee sugirió hacer una breve oración por ella: por la dulzura que dejó en ellos, por la música que todavía parecía flotar en cada rincón de la casa. Todos inclinaron la cabeza con recogimiento, y Jo sintió que, por un instante, Beth estaba allí, sonriendo con esa luminosidad silenciosa que siempre había tenido.

Los niños, sin poder contener su entusiasmo por mucho tiempo, rompieron la solemnidad con una risa inesperada, y Laurie aprovechó la oportunidad para iniciar una charla animada. Propuso, como en los viejos tiempos, montar una pequeña obra improvisada, cosa que generó protestas entre lo jocoso y lo indignado. —No tengo yo el vigor de antaño —dijo él teatralmente, llevándose la mano al pecho—, pero si alguien insiste en verme hacer el ridículo, haré un sacrificio por la familia. Sus ocurrencias desataron carcajadas que hicieron vibrar los cristales de las ventanas con un regocijo muy propio de aquellos encuentros.

Meg conversó un rato con Marmee, comentando lo rápido que crecían los niños, lo difícil que era seguirles el paso, y lo maravilloso que resultaba ver en ellos pequeños destellos de su propia infancia. Amaba ser madre, aunque a veces la sobrepasaran los nervios, y Marmee la escuchaba con paciencia y alegría, orgullosa del hogar que Meg había construido. Amy, por su parte, se sentó junto a Jo para mostrarle un pequeño dibujo: cuatro niñas alrededor de una chimenea, con trazos suaves que capturaban la inocencia de días idos. Jo bromeó diciendo que su peinado nunca había sido tan pulcro como aparecía en el dibujo, y Amy respondió que el arte, a veces, debía mejorar la realidad. Entre ambas surgió esa risa cómplice que solo las hermanas pueden compartir.

Mientras la tarde avanzaba, Jo y el profesor Bhaer se apartaron un momento del bullicio. Hablaron sobre el futuro, sobre los textos que Jo escribía a escondidas y sobre la confianza que él tenía en su talento. Ella admitió que a veces dudaba de sí misma, temiendo no estar a la altura de lo que la vida esperaba de ella. Él respondió con una suavidad firme: —Basta con que seas fiel a tu corazón; lo demás vendrá con tiempo, trabajo y bondad. Jo sintió una oleada de gratitud y afecto, casi tan cálida como el fuego que crepitaba a pocos pasos de ellos.

La cena fue un festín preparado con amor: platos caseros, dulces dorados y sabores que parecían reunir en un solo bocado todos los inviernos felices de la familia. Hubo risas por anécdotas del pasado, alguna discusión ligera sobre recetas, y una serenidad compartida que envolvía todo. Tras la comida, el profesor ofreció unas palabras de gratitud por la familia y por la fe sencilla que daba sentido a la Navidad. Jo, para evitar que la solemnidad los pusiera demasiado formales, añadió que también era motivo de celebración ver a Laurie sin haberse caído dos veces ese día, lo que provocó una nueva ronda de risas.

Ya entrada la noche, cuando la nieve seguía cayendo con esa quietud tan llena de belleza, se reagruparon en la sala. La luz del fuego se reflejaba en sus rostros, y el ambiente estaba lleno de esa mezcla de nostalgia y esperanza que solo la Navidad es capaz de despertar. Jo tomó la palabra, mirando a su familia con una emoción serena. —Este año —dijo— hemos vivido tanto juntos, y tanto cada uno por su lado, que me parece sólo justo brindar también por aquellos que, aunque no estén aquí en la sala, forman parte de nuestra historia. Y, ya que nuestras historias siguen vivas mientras alguien las escucha… brindemos también por quienes nos acompañan desde la distancia, por quienes leen, recuerdan y siguen este camino con nosotros.

Todos levantaron sus copas, y uno a uno fueron expresando pequeños deseos: salud, paz, creatividad, risas, tiempo para querer bien. Laurie dijo algo que hizo reír a los niños; Amy añadió un deseo artístico que sonó tan delicado como ella; Meg agradeció a Dios la dicha de su familia; Marmee habló de humildad y generosidad; Robert alzó una plegaría y cito un pasaje del Nuevo Testamento; y el profesor expresó su gratitud por el hogar que lo había acogido con tanta calidez. Al final, Jo, con voz clara y brillante, proclamó lo que todos sentían: —Que esta Navidad nos encuentre siempre así: unidos, agradecidos y dispuestos a amar.

Y entonces, como si la casa misma respirara en un ritmo común, todos dijeron al unísono:
—¡Feliz Navidad!

El viento afuera siguió su danza suave. La nieve descendió con la misma calma que una bendición. Y en la luz dorada de la chimenea, la familia March celebró no sólo una noche festiva, sino el hermoso regalo de seguir caminando juntos, año tras año, estación tras estación, sosteniéndose con la misma ternura con la que se sostiene un recuerdo querido.