Work Text:
Lorenzo pertenece a un clan costero, de aquellos que viven en arrecifes y manglares, señores del océano, de piel azul perlada con patrones que recuerdan las olas, como si estás se hubieran tatuado en su piel, marcando la para siempre. Sus adornos reflejan la riqueza de su cultura marina: decorado con tiras de perlas que brillan bajo la luz del sol, brazaletes hechos de conchas talladas, y una lanza decorado con coral que rara vez usa en batalla. Es conocido por su sonrisa permanente, aunque detrás de ella siempre hay un aire de despreocupación.
Barou, en cambio, es un desertor del clan Mangkwan, una tribu violenta de los desiertos que se enorgullece de su fuerza bruta y sus sangrientos rituales de caza. Abandonó ese lugar por razones que no comparte fácilmente, pero su carácter feroz y orgulloso sigue intacto. A pesar de ser un exiliado, se mueve con la seguridad de un rey, como si nada ni nadie estuviera por encima de él, y su arco es legendario por su precisión infalible.
Ambos se encuentran por accidente durante una emboscada a la "gente del cielo" (humanos), algo que estaba empezando a ser recurrente y molesto.
Barou lleva tiempo vagando por el planeta huyendo de los que una vez llamo su clan y de los enemigos que estos habían ganado en otros clanes, el mismo a veces es más hostil en acercamientos con otros, Pero ha pasado tanto tiempo lejos de compañía poco hostil que es difícil decir que se puede acostumbrar a cualquiera cercanía, Barou empezó últimamente a frecuentar las costas, está solo y aunque no es débil, sabe que cualquier ataque sería difícil de superar por su cuenta, no pensó encontrarse en esta situación, cerca de un clan costero y aún más cerca de la gente del cielo. No está herido, no realmente pero ya tiene cicatrices curadas, esto solo dejará unas nuevas que curar.
Lorenzo se queda atrás mientras el resto del grupo de su clan escapa hacia las aguas profundas, aunque no sin antes dar batalla. Saltan del barranco directo al mar y a las profundidades, saben que ahora mismo no están preparados para luchar, Pero eso no les impide contraatacar antes de desaparecer en el mar, como su única medida ahora que saben son superados. Su sonrisa no se borra, ni siquiera cuando las explosiones de los aviones humanos retumban en el cielo. Está acostumbrado a ser subestimado: no es el mejor luchador, pero es astuto. Su plan es emboscar a los rezagados humanos por su cuenta, aunque, en el fondo, sabe que Snuffy lo regañará por arriesgarse, simplemente le parece divertido, destruir lo que busca destruirlo primero.
Barou, mientras tanto, ni siquiera debería estar tan cerca de la costa, pero lo está y no huye, nunca lo hace, su filosofía es simple: si algo amenaza su vida, lo destruye, su arco tenso apunta al cielo, y con cada flecha derriba una de las maquinas voladoras, el estrepitoso chillido antes de la explosión le trae una sensación familiar, no le importa si está solo; no necesita a nadie, o al menos eso es lo que se repite desde que abandonó su clan. Pero su concentración se rompe por un instante cuando ve a un Na’vi diferente: Lorenzo.
El na'vi cian llama la atención con su extravagante decoración, sus perlas brillando como estrellas y una sonrisa dorada que le hace arquear la ceja. Barou nunca había visto a alguien así. En el clan Mangkwan, la belleza era considerada un lujo inútil, y nadie sonreía como Lorenzo lo hacía, como si no estuvieran rodeados de muerte. El aire salado estaba cargado de tensión, el cielo ardía con los resplandores de las explosiones de la gente del cielo, cuyas naves surcaban el aire como pájaros metálicos. Lorenzo, con los pies firmes en la arena húmeda, observaba la escena con una sonrisa que parecía fuera de lugar.
—¿Qué demonios haces sonriendo? —gruñó con una voz grave, Barou no distrajo su accionar mientras hablaba, alzando una flecha, un buen guerrero nunca deja de prestar atención a la batalla.
Lorenzo se giró y vio al otro Na’vi: alto, con una musculatura que parecía tallada en piedra y ojos dorados, casi rojos que brillaban con una mezcla de rabia y desconfianza. Su piel, más oscura y menos decorada, contrastaba con la suya. Incluso sin saber su nombre, Lorenzo podía adivinar que no era de los suyos. Era un extraño. Un peligro, pero eso no le impidió sonreír más ampliamente.
—¿Sonreír? Es gratuito. Deberías intentarlo alguna vez. — su tono burlón y despreocupado pareció molestar aún más al otro, en el cielo había menos máquinas ahora el zumbido de las máquinas voladoras había disminuido.
Barou chasqueó la lengua, irritado. Era un idiota. Un idiota hermoso, pensó fugazmente, porque, aunque no lo admitiría en voz alta, Lorenzo era... fascinante, tal vez simplemente Barou había pasado demasiado tiempo sin convivir con otro na'vi, talvez simplemente se estaba perdiendo demasiado en sus pensamientos más sentimentales. La piel azul perlada, casi cian, del otro parecía reflejar la luz de las explosiones, y las perlas y coral que decoraban su pecho brillaban como si fueran parte del océano mismo, pero su sonrisa, esa sonrisa fácil y despreocupada, le enfurecía, nadie debería estar tan tranquilo en una situación como esta.
Lorenzo se gira hacia él, aún despreocupado, y señala detrás de Barou.
Una explosión ilumina el cielo. Uno de los aviones cae. Barou había disparado al piloto sin darse cuenta, distraído por la sonrisa de Lorenzo. Chasquea la lengua, molesto consigo mismo, y decide ignorarlo. No hay tiempo para distracciones, pero claro que se distrajo de nuevo, claro que lo hizo, la falta de compañía poco hostil le había pasado factura, tanto así que además de distraerse como un novato se quedaba quieto por demasiado tiempo, cuando los estaban emboscando, ahora por tierra.
—Cuidado —dijo Lorenzo de repente, señalando detrás de el nuevamente, en algún punto Barou debería realmente empezar a actuar nuevamente con su velocidad de siempre y no como un niño que aún no pasaba todos los ritos de paso.
Barou giró la cabeza justo a tiempo para ver un pequeño grupo que se acercaba hacia ellos, eran parecidos en constitución a Barou, Pero algo que había aprendido con el tiempo es que no eran como él, en ningún aspecto. No lo dudó: tensó su arco, apuntó, y disparó, las veces necesarias, está seguro que vio al otro usar su lanza de reojo, Pero está vez no se distrajo. La flecha atravesó el vidrio y la piel, Lorenzo silbó, impresionado.
—Buena puntería, rey del desierto —Lorenzo parecía jovial mientras balanceaba su lanza en una especie de baile alegre.
—Cállate —gruñó Barou, sin molestarse en corregir el apodo.
Lorenzo no parecía ofendido, en cambio, su sonrisa se ensanchó. Eso solo irritó más al rey solitario.
La situación se complicó rápidamente, lograron escuchar a tiempo el zumbido apenas lejano de las máquinas voladoras que se unían a la persecución, y aunque Lorenzo y Barou habían logrado derribar a varios, como supuso terminó con nuevas heridas abiertas, nada grave Pero si molesto, Lorenzo sabía que no podían seguir así. Los demonios estaban demasiado cerca, y si los llevaban hasta su clan, sería un desastre.
—No podemos quedarnos aquí. —La voz de Lorenzo era firme, pero aún tenía ese tono ligero, como si no estuviera realmente preocupado.
—¿Ah, sí? ¿Y qué sugieres, genio? —Barou disparó otra flecha, derribando a un soldado que había saltado de una nave.
Lorenzo no respondió de inmediato. Miró hacia el agua, más allá del risco arenoso, hacia las olas que rompían contra las rocas cercanas, su mente trabajaba rápido, no podían regresar al clan; eso pondría a todos en peligro, pero había una cueva, una que estaba seguro, esos demonios no conocían, sumergida bajo el agua, accesible solo durante la marea alta. Sería un refugio seguro, al menos hasta que la marea bajara al día siguiente, cuando esperaba estos intrusos perdieran interés y se marcharan por dónde llegaron.
—Sígueme —dijo finalmente.
Barou lo miró con desconfianza.
—¿Por qué debería hacerlo?
—Al agua Tulkun—Lorenzo grito de forma casi juguetona, lo tomó de la muñeca y ampliando su sonrisa lo arrastró hacia el agua.
—¡Oye! —Barou intentó resistirse, pero Lorenzo era más fuerte de lo que parecía, o quizá Barou estaba demasiado sorprendido como para reaccionar. Antes de que pudiera quejarse de nuevo, Lorenzo saltó del risco al agua y lo llevo con él, lo sumergió, apenas le dió tiempo de contener la respiración, apenas capto el ardor de sus heridas abiertas.
El agua fría lo envolvió, y cuando Lorenzo lo miró, sus ojos brillando incluso bajo el agua, sintió algo extraño, fue aún más extraño el sentirse empujado por el otro que le guiaba bajo el agua aún mas profundo.
Esa mirada tenía algo... tranquilizador. Como si Lorenzo supiera exactamente lo que estaba haciendo. "Esto es una locura", pensó Barou. Pero se dejó guiar. Tal vez Lorenzo realmente sabía lo que hacía, por qué cuando Barou sentía quedarse sin oxígeno fue lanzado fuera del agua nuevamente.
Emergieron en una cueva oscura y húmeda, iluminada solo por la tenue bioluminiscencia de las algas que cubrían las paredes. Lorenzo salió primero, sacudiéndose el agua como si nada hubiera pasado. Barou, en cambio, estaba furioso. Pero está vez dentro de un hábitat rocoso, una cueva, apenas le prestó atención más concentrado en volver a respirar.
—¿Qué demonios fue eso? —gruñó, su voz resonando en la cueva.
—Una retirada táctica. —Lorenzo se encogió de hombros, como si fuera obvio—. Aquí estaremos a salvo hasta que la marea baje, esperemos para mañana ya no estén allí arriba.
Barou lo miró como si estuviera loco.
—¿Y qué pasa si nos encuentran aquí? Estaremos atrapados como presas.
—No nos encontrarán. —Lorenzo se sentó en una roca, apoyando la barbilla en la mano—. Y, además, ¿no confías en mí?
Barou bufó.
—¿Por qué debería hacerlo? Ni siquiera se quién eres
Lorenzo inclinó la cabeza, su sonrisa tan relajada como siempre, ignoro una de las dudas del otro de todas formas.
—Porque si no lo haces, morirás. Y, sinceramente, sería una pena. Eres demasiado guapo para morir tan joven.
Barou sintió que algo en su pecho se tensaba. "No puedo caer en algo tan estúpido", pensó. Pero había algo en la voz de Lorenzo, algo en su forma de mirarlo, que lo hizo bajar la guardia, aunque fuera un poco.
—Eres un idiota —murmuró, sentándose en el extremo opuesto de la cueva.
—Soy Lorenzo—Dijo y solo sonrió, haciendo una seña con sus manos que Barou no pudo descifrar correctamente.
—¿Por qué no te quedaste con tu gente? —Barou escupe las palabras como un desafío. Lo vio quedarse atrás, como si el enfrentamiento fuera lo más divertido que cualquier otra cosa.
Lorenzo se encoge de hombros, aún con su sonrisa de medio lado.
—¿Y por qué no te quedaste con la tuya?
El silencio que sigue es tenso. Barou no responde Lorenzo lo observa, apoyado contra la pared, con los brazos cruzados, sopesando sus opciones, no es tan hábil nadando como Lorenzo, así que se mueve un poco inquieto ante las limitantes.
—No vas a encontrar nada hasta que el agua baje. Relájate. —Le guiña un ojo, lo que irrita aún más a Barou.
—¿Relajarme? —Barou se gira bruscamente, señalándolo con un dedo—. No todos podemos permitirnos ser unos inútiles como tú. No sé cómo has sobrevivido tanto tiempo.
Lorenzo no se ofende. De hecho, se ríe.
—Oh, soy más útil de lo que crees, rey del desierto.
Esa última frase golpea a Barou como un eco de su pasado. Lorenzo no sabe que Barou era considerado un "rey" en su antiguo clan, un título que él mismo se dio, aunque ahora no significa nada, se planteo decir su nombre, pero ¿si quiera merecía tener un nombre ahora?
A medida que las horas pasan, Lorenzo intenta hablar con Barou, pero este le da respuestas cortas o lo ignora por completo. Sin embargo, no puede evitar fijarse en los pequeños detalles: la forma en que Barou siempre está alerta, como si esperara un ataque en cualquier momento; cómo su arco está siempre a su alcance, incluso cuando descansa; cómo sus ojos, llenos de rabia, a veces reflejan una profunda tristeza opacada solo por el enojo.
La noche pasó lentamente. Barou, acostumbrado al aire seco y abierto del desierto y las cenizas, se sentía incómodo en el espacio cerrado y húmedo de la cueva. Pero lo que más lo inquietaba era la presencia de Lorenzo. Había algo en él, en su facilidad para sonreír incluso en las peores situaciones, que lo descolocaba.
Lorenzo rompió el silencio.
—¿Sabes? Mi babbo siempre dice que una retirada no es una derrota. Es una oportunidad para luchar otro día.
—¿Babbo? —Barou frunció el ceño.
—Snuffy. Mi padre. —Lorenzo sonrió, pero esta vez había un toque de melancolía en su voz—. Es un poco sobreprotector, pero supongo que no puedo culparlo. Me quiere demasiado. —Habia algo parecido a un chiste en su tono, como una pequeña burla para ocultar su propio sentimentalismo.
Barou lo miró de reojo. Esa idea, la de un padre que realmente amaba a su hijo, le resultaba extraña. En su clan, los lazos familiares eran débiles, casi inexistentes. Pero por la forma en que Lorenzo hablaba de Snuffy, podía sentir que había algo genuino allí. Algo que él nunca había tenido.
—Te consiente demasiado —dijo finalmente, más como un reflejo que como una crítica real.
Lorenzo se rió.
—Lo sé. Pero no me quejo.
Barou lo observó en silencio, y por primera vez, permitió que una pequeña parte de él se relajara. Quizá, solo quizá, confiar en Lorenzo no era una idea tan terrible.
Lorenzo estaba sentado en el suelo, con las piernas cruzadas y la espalda relajada contra una roca, como si estuviera en la playa disfrutando del sol. Su lanza descansaba a su lado, olvidado por completo. Mientras tanto, Barou permanecía en el extremo opuesto, aún en el agua, con los músculos tensos y el arco aún en su mano, como si esperara que un enemigo apareciera de las sombras.
Era una imagen completamente opuesta: Barou, rígido y alerta, como un depredador listo para atacar, y Lorenzo, despreocupado y sereno, como si no estuvieran atrapados en una cueva sin salida, acechados por humanos y rodeados por un océano que los separaba de cualquier ayuda.
—Sube aquí, flotar y nadar solo te cansará más —dijo Lorenzo, estirándose como un felino. Incluso en la penumbra, su piel perlada parecía brillar. Los corales y las perlas decorando su pecho tintinearon suavemente con el movimiento. Barou lo fulminó con la mirada, pero Lorenzo no se inmutó, esa sonrisa suya, despreocupada y un poco tonta, seguía ahí.
—... — Barou sintió como su mandíbula se apretaba de forma inconsciente y con un gruñido bajo—. No confío en ti —Dijo media mentira, media verdad, por qué su salida de aquí dependía de Lorenzo ahora mismo.
Lorenzo se encogió de hombros, apoyando la barbilla en la mano mientras lo miraba con esos ojos grandes y brillantes.
—¿Qué puedo decir? Solo estás gastando energía de forma inútil por miedo —Lorenzo volvió a entrar a la laguna de la cueva acercándose de a poco a Barou quedando en el agua flontanfo justo frente a él —Además, ya te he dicho que estamos seguros aquí. Confía en mí.
Barou gruñó. Esa frase, "confía en mí", le ponía los pelos de punta, porque, en el fondo, sabía que estaba empezando a hacerlo. Y eso era peligroso, había algo en él que lo atraía, algo que no podía ignorar. La forma en que su piel parecía capturar la luz de la marea, la facilidad con la que sonreía incluso en las peores situaciones, la curva de sus labios...
Barou aparto la mirada, intentando apartar esos pensamientos. Sin embargo, era difícil mantener esa distancia emocional con tanta cercanía física. Lorenzo rompió el silencio nuevamente.
—¿Sabes? Creo que te pareces a Kaiser.
—¿Quién? —Barou frunció el ceño, irritado por el comentario.
—Kaiser. Es... bueno, alguien de mi clan. Es fuerte, arrogante y siempre actúa como si fuera el centro del mundo, es el hijo de Noa —responde, haciendo señas nuevamente como si también hablara con sus manos— Bueno, posible futuro Olo’eyktan. Aunque Kunigami también podría serlo, están parejos. —Se encoge de hombros disvariando un poco— Mi babbo dice que aún no es tiempo de decidir —Lorenzo sonrió de lado, como si estuviera recordando algo divertido—. Pero creo que tú eres más interesante.
Barou no respondió de inmediato, pero entonces, algo en las palabras de Lorenzo captó su atención Barou siente cómo el rompecabezas termina de cerrarse.
"De mi clan", había dicho. Y ahora que lo pensaba, Lorenzo había mencionado a varias personas importantes. Su "babbo", Snuffy, parecía ser alguien influyente, alguien que incluso un idiota como Lorenzo respetaba. Y si Lorenzo era hijo de alguien importante, eso significaba que él mismo ocupaba una posición alta en su clan.
Barou no quiso pensar mucho en eso así que paso a su lado en el agua donde Lorenzo antes estaba sentado, al salir del agua se sentía demasiado pesado, le sorprendió más la agilidad de Lorenzo parecía casi liviano al salir del agua. Era difícil de ignorar.
Lorenzo lo miró, ladeando la cabeza como si pudiera leer sus pensamientos.
—¿Qué? ¿Por qué me miras así? —preguntó, con una sonrisa juguetona.
Barou sintió un calor subiendo por su cuello. Apretó los dientes y desvió la mirada.
—No importa.
Lorenzo se rió suavemente y se levantó, caminando hacia él con una confianza que Barou no pudo evitar admirar. Se detuvo a un par de pasos de distancia, con las manos en las caderas y esa sonrisa imborrable en su rostro.
—Deberías confiar más en mí, ¿sabes? —dijo Lorenzo, inclinándose un poco hacia él.
—Barou —Le dio su nombre, ¿por qué seguir guardandolo como un secreto? Quería escuchar a alguien más pronunciarlo con algo que no fuera desprecio en el tono, esto mientras lo miró fijamente, sus ojos encontrándose con los de Lorenzo. Y por un momento, el mundo pareció detenerse. La cueva desapareció, junto con los peligros que los rodeaban. Todo lo que existía era Lorenzo: su piel brillante, sus ojos llenos de vida, sus labios, la forma en que su sonrisa dorada se ensancha.
"¿Qué demonios me está pasando?", pensó Barou, sintiendo cómo su corazón empezaba a latir con fuerza. No podía permitirse esto. No podía caer en algo tan fácil, tan estúpido, pero, al mismo tiempo, no podía apartar la vista.
Lorenzo dio un paso más cerca, su rostro a solo centímetros del suyo.
—¿Confías en mí ahora, Barou? —susurró, con una sonrisa que era a la vez tonta y peligrosamente encantadora.
Barou sintió que algo dentro de él se rompía. Por un momento, consideró inclinarse hacia adelante, cerrar la distancia entre ellos, pero se detuvo, no, no podía, esto era una debilidad, pero, maldita sea, Lorenzo lo hacía sentir más vivo que nunca, más vivo que en mucho tiempo, trago saliva de forma ruidosa, estaba siendo demasiado evidente, era absurdo, pero también inevitable. Lorenzo lo había atrapado, y ya no había forma de escapar. Finalmente, Barou apartó la mirada, intentando recuperar el control.
—Eres insoportable —murmuró.
Lorenzo solo rió, dando un paso hacia atrás, satisfecho.
Cuando la marea finalmente bajó, Lorenzo y Barou salieron de la cueva, buceando, más allá de las capacidades de Barou, la tensión entre ellos seguía presente, pero había cambiado. Ahora, Barou no podía mirar a Lorenzo sin sentir que algo en su interior se agitaba. Y Lorenzo, aunque seguía actuando como si nada hubiera pasado, parecía disfrutar de la atención sobre sí mismo, y por primera vez Barou se sentía extraño con la atención que recibía del otro.
No hay ruido alrededor, no el ruido metálico, ni las voces, ni los pasos, eso no los tranquiliza del todo, Pero saben que no hay nada cerca.
—Vas a necesitar ayuda con eso — Lorenzo señalo las heridas apenas cicatrizantes de Barou, si bien no eran graves si eran incómodas.
—Guía el camino —Fue más una orden que una petición y Barou no se molestó en suavizarlo más, realmente no tenía donde ir y estaba algo harto y cansado de todo, Lorenzo era la primera compañía casi agradable que tenía en mucho tiempo y no planeaba dejarla tan pronto.
