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Luego de una mañana de entrenamiento, el joven príncipe decidió saltarse la siguiente clase. Sería un escape breve, solo un momento, o al menos… eso era lo que tenía planeado al inicio. Hacía un clima agradable: el sol brillaba en lo más alto del cielo, colándose entre las murallas hasta pintar los pastizales, mientras la brisa suave del mediodía envolvía con frescura el momento.
La salida no fue planeada; simplemente había caminado hasta sus dos amigos y, con una sonrisa de esas sinceras pero cargadas de picardía, presentó ante ellos el plan. Una pequeña canasta, envuelta en una manta gruesa y que guardaba bocadillos, había sido suficiente para convencer a Fēng Xìn que, con una sonrisa, caminando en silencio. Mù Qíng, por otro lado, interrumpió a los dos jóvenes emocionados:
──Nos meteremos en problemas ── dijo, con el habitual tono de indiferencia que tanto detestaba Fēng Xìn ──. Su Alteza no debería saltarse sus lecciones y, mucho menos, salir sin el permiso de Su Majestad.
──Eres un aguafiestas, Mù Qíng. No vengas con nosotros. De todas formas, Su Alteza no estará solo; lo acompañaré. Entonces estará una salvación. ── espetó el castaño, ocasionando una ligera risa tímida por parte del príncipe y un giro de ojos del pelinegro junto a ellos.
No importa cuánto tiempo pasara, esos dos siempre terminarían discutiendo por lo más mínimo. Algunas situaciones eran divertidas; Muchas otras podrían salirse de control. Así que Xiè Lián decidió intervenir.
──Mi padre no se enterará, y Gōushī no se dará cuenta si vamos rápidamente… ── el más bajo se excusaba tan naturalmente que resultaba sorprendente ──. No es necesario que nos acompañes, Mù Qíng. Puedes quedarte si es lo que deseas…
──No ── Mù Qíng volvió a interrumpir, su ceño fruncido y sus brazos sobre su pecho hacían bastante obvio la batalla contra su orgullo ──. Yo– Iré con ustedes.
Xiè Lián sonrió victorioso, acercándose y tomando a ambos para arrastrarlos hasta el pie de la montaña, donde un pequeño y frondoso bosque se abría en plenitud. El príncipe marcó el camino con una seguridad que hizo a Mù Qíng preguntarse cuántas veces había hecho ese recorrido antes.
Finalmente, cuando se detuvieron, la copa generosa de un árbol les brindó techo sobre un claro cubierto de bonitas hojas doradas. Admirando brevemente la vista maravillosa, Xiè Lián habló.
──Es hermoso, ¿no lo creen? ── Sin esperar verdadera respuesta, caminó más cerca del árbol tras dejar la cesta en el suelo. Fēng Xìn caminó a su lado.
Mù Qíng rodó los ojos, acercándose y tomando él mismo la manta y extendiéndola sobre el lugar, mientras acomodaba los bocadillos que Xiè Lián eligió. Al levantar la vista, no encontré a ninguno; sin rastro de Xiè Lián, ni de Fēng Xìn cerca, el pelinegro se levantó dispuesto a buscarlos.
Una punzada de preocupación le invadió el estómago, mientras caminaba a paso lento sobre las hojas secas. Rodeó el grueso tronco, y fue así como los encontró: acurrucados, con los ojos cerrados… demasiado adorables. Al estar lo suficientemente cerca, bufó –aunque quizás demasiado alto– y, como era de esperarse, Fēng Xìn abrió los ojos.
Se observaron por un par de segundos, antes de que los iris oscuros de Mù Qíng rodaran una vez más; giró su rostro, mirando a cualquier otro lado. Fēng Xìn frunció el ceño.
──¿No te han advertido ya sobre esa maña tuya? Quedarás ciego pronto ── Se burló el moreno, con esa risa honesta que Mù Qíng se encontraba tan encantadora como irritante a partes iguales ──. ¿Y bien?
El azabache volvió su mirada hacia el castaño, arqueando una ceja. Estaba a punto de cuestionarlo cuando una mano tiró de él; Fēng Xìn se había estirado lo suficiente para no despertar a Xiè Lián y alcanzar a Mù Qíng, tomando su muñeca. Bastó un ligero tirón, y Mù Qíng cayó a su lado.
──Estás demasiado testarudo. ── dijo, mientras lo abrazaba con cuidado, como si aquel fuera un animal que pudiera escapar pronto ──. Solo cierra los ojos… y duerme.
Mù Qíng, que había guardado silencio, solo giró para observar la serena expresión de Xiè Lián al dormir. Siempre había sido así. Etéreo y calmado.
Unos segundos después y sin opciones, se relajó y se acomodó junto a ellos, sobre el hombro de Fēng Xìn. Observó un poco más a su alrededor: el cielo brillante, las hojas que cubrían el suelo tal manto… Luego, con las mejillas tibias, cerró los ojos, exhalando lentamente. Ya se preocuparía después por llegar tarde.
