Chapter Text
15 de diciembre, 1937; Lisboa, Portugal.
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Los cantos de los pájaros llegaban amortiguados a sus oídos.
Sus brazos y hombros se encontraban entumecidos, mecidos de forma sincrónica por aquella gélida masa que los rodeaba. Sus piernas se habían reducido un simple lastre, y el peso de sus párpados apenas le permitía apreciar más allá del intenso azul que teñía al cielo.
Con menor frecuencia, sus mechones, sometidos a la misma fuerza que su cuerpo, rozaban la piel de sus hombros, garganta y brazos. Aquellos que se quedaban pegados no tardaban en ser desplazados en sucesivas sacudidas, al igual que la fría cadena metálica que colgaba de su cuello, cuyo extremo terminaba por arañar su pecho cada cierto tiempo.
En esas circunstancias, a Portugal se le hacía muy difícil encontrar una razón para mantener los ojos abiertos durante un largo periodo de tiempo.
Sin embargo, los fuertes silbidos que lograban alcanzarlo a través de aquella densa barrera le hacían imposible no luchar por despegar sus párpados. Cuando por fin lo consiguió, se encontró con diversos parches grisáceos de diferentes tonalidades cubriendo el cielo. Los rizos de su flequillo se sacudían con vehemencia, haciendo arder sus ojos.
Apenas pudo contener un gañido.
Sus brazos removieron el agua a su alrededor, a la vez que intentaba flexionar sus rodillas. Por fortuna, sus pies no tardaron demasiado en enterrarse en la arena, y, con apenas flexionar sus dedos unas cuantas veces, fue capaz de recuperar la mayor parte de su sensibilidad.
De cuclillas, Portugal aprovechó para formar un cuenco con sus manos bajo el mar, levantarlas y enterrar su rostro en el agua entre ellas. Repitió el gesto sucesivas veces, hasta que el latigazo de sus mechones mojados contra su rostro le obligó a ponerse en pie y recorrer el corto trayecto hasta la orilla con la constante compañía de ligeros estremecimientos, que él procuró ignorar lo máximo posible.
Una vez salió por completo del agua, se agachó para recoger de entre la arena unos pantalones marrones con los bordes deshilachados y una camisa de tela fina y manga larga. Necesitó dejarse caer de culo sobre la arena con tal de conseguir ponerse los pantalones, a pesar de que la piel de su cadera terminó con más de un millar de granos pegados, y se impulsó sobre sus rodillas para colocarse la camiseta.
Aunque sí que se aseguró de que la cadena apenas fuese apreciable bajo la tela.
Tras sacudirse las piernas, Portugal se permitió peinarse el pelo con sus dedos y dejarlo caer sobre su pecho. Rebuscó en uno de los bolsillos del pantalón hasta encontrar una cinta suave al tacto, teñida de un suave turquesa, que extrajo con premura con tal de reunir la mayor parte de sus cabellos con ella.
Mientras sus dedos congelados luchaban por formar el nudo, sus ojos rondaron más allá de los límites de la playa, donde la ligera elevación de los rieles y la estrecha calzada dejaban a la vista una fachada de tono claro y tres pisos terminada en pico, con apenas dos escuetas ventanas por planta.
Frente a la verja, su atención no tardó en verse atraída hacia la silueta de un vehículo negro de morro largo, cuya carrocería relucía incluso bajo los débiles rayos del sol que lograban alcanzarla.
Portugal entrecerró los ojos.
Con sus cabellos ya asegurados, los guio hacia su espalda y apoyó una mano en la arena con tal de impulsarse sobre ella y terminar de ponerse en pie. Empezó a avanzar a pasos lentos gracias a la temprana debilidad de sus rodillas, aunque, en cuanto lograron afianzarse, Portugal tampoco empleó demasiado esfuerzo en acelerar su ritmo.
Procuró atravesar las pedregosas vías del tren por un lateral, y se detuvo al otro lado de la calzada, mucho más cerca de la vivienda de al lado. Una retahíla de murmullos enlatados llegó hasta su posición, y él apenas tuvo que dar una zancada más hacia la casa para que su volumen aumentase. Estiró entonces su cuello con tal de apreciar más allá de los delgados barrotes verdes que resguardaban el patio de la casa.
El hueco de la puerta ausente entre las verjas apenas le hizo arquear la ceja.
Y mucho menos las figuras de dos hombres de cabellos morenos y trajes oscuros, sentados en torno a una mesa redonda de metal verdoso, con un aparato rectangular de cubierta roja sobre ella. El más alto de ellos se encontraba reclinado sobre un lateral de la silla, con su brazo envuelto en torno al respaldo, sobre el que había colocado su chaqueta, mientras que el otro se cernía sobre el aparato, con sus dedos apoyados sobre la parte baja de la carcasa y el cuello de su chaqueta arrugado.
Desde su posición, Portugal no era capaz de captar más allá de algunos chasquidos, aunque no podía determinar si su fuente eran el hombre que manipulaba la radio o el mismo aparato.
Portugal clavó su talón sobre las piedrecillas de la calzada antes de introducir sus manos en sus bolsillos y decidirse a avanzar. Apenas tuvo que rodear el vehículo negro, cuyos cristales, aunque tintados, le permitieron apreciar la figura de otro hombre sentado junto al volante, para que el más alto alzase sus ojos en su dirección y se enderezase sobre la silla.
Su compañero se apresuró a girar su cabeza en su dirección, imitando el rostro pétreo que había adoptado su compañero. Sin embargo, este hizo el esfuerzo adicional de saltar de su silla y dar dos pasos en su dirección.
—El Primer Ministro lo está esperando.
El rostro de Portugal ni siquiera se inmutó, aunque rodeó al hombre y extendió su brazo hacia el aparato, que había interrumpido la melodía para dar paso a una voz que prometía noticias. Portugal apagó la radio antes de que este tuviese oportunidad de anunciar siquiera el evento.
Tampoco le hacía falta escucharlo.
El hombre que permanecía sentado se recogió la manga de la camisa, dejando a la vista un reloj de correa de cuero.
—Y llevamos más de una hora, por lo que no debe de estar demasiado contento. —Sacudió su brazo hacia el coche, justo al mismo tiempo que su compañero apoyaba su mano sobre la clavija metálica de la puerta—. Así que, si nos hace el favor…
Portugal suspiró y procedió a avanzar en dirección contraria; hacia la puerta de la casa, de un color azul mitigado en sus extremos.
Cuando puso su mano sobre la superficie rugosa del pomo, giró su cabeza hacia los dos policías, que lo miraban con sendos ceños fruncidos. De hecho, le pareció que incluso el conductor le dirigía el mismo gesto a través del cristal.
—Estoy seguro de que el Primer Ministro apreciará que me cambie —masculló.
Con apenas medio giro de muñeca, la puerta quedó abierta, y Portugal se apresuró a cruzar el umbral y apoyarse en su superficie para cerrarla tras de sí. Con las persianas bajadas, solo era capaz de atisbar las siluetas de los muebles del salón; en concreto, el de la mesa de baja altura que se interponía en su camino hacia la escalera que lo aguardaba en un lateral de la habitación. Una vez consiguió llegar al fondo, colocó su mano sobre la pared y la arrastró hasta alcanzar el principio del pasamanos de madera y utilizar su apoyo para girarse hacia las escaleras.
La memoria muscular de sus piernas le permitió subir los dos pisos hasta aquella pequeña buhardilla, con la intromisión de una puerta. Portugal apenas tuvo que apoyar sus manos en la superficie para desatrancarla y poder acceder a la estancia.
En su interior, el marco de la ventana difícilmente suponía impedimento para que la luz incidiese sobre un angosto colchón en el centro, con una densa manta de color azul cubriendo gran parte de su figura y con el cabezal y piecero que lo enmarcaban de madera barnizada oscura.
Sobre los pies de la cama colgaba una toalla, cuyo tono amarillento había empalidecido con los años, que Portugal se apresuró a recoger y colocar sobre su cabeza.
A continuación, se dejó caer sobre el borde del colchón y cerró sus ojos mientras se llevaba las manos a la cabeza y hacía fricción con el paño contra sus cabellos. Se mantuvo de esa forma hasta que un escalofrío recorrió su columna, obligándole a despegar sus párpados.
Su mirada se dirigió de inmediato hacia las puertas de madera, sumergidas en la pared, de un tono azul tan pálido que solo en las proximidades del marco podía distinguirlo del blanco. Luego, pasó a los alrededores del escritorio, a un costado de la cama, y a un pequeño cofre, oculto entre los guarecidos pies del mueble y la silla cobijada en el hueco.
A pesar de su posición, Portugal era incapaz de despegar sus ojos de aquel cubo, cuya superficie se encontraba recorrida por una serie de bandas rojas, decoloradas en las esquinas, rebordes dorados, siluetas oscuras y el pequeño candado que destacaba en el centro.
Tras retirar la toalla de su cabeza, se llevó una mano al cuello, y se sacó la cadena de debajo de la camisa, desplazándola hasta llegar al extremo, del que colgaba una pequeña llave de cuerpo rudimentario.
Sus dedos comenzaron a juguetear con la pieza, aunque se detuvieron al captar cómo una melodía enlatada volvía a resurgir en el exterior, irreconocible por la amortiguación de los muros que lo rodeaban.
Portugal la soltó al mismo tiempo que se impulsaba para ponerse en pie, y procedió a rodear la cama hacia las puertas empotradas. Enganchó las falanges en la clavija con tal de empujar el armazón en su dirección, y dejar a la vista dos trajes dispuestos en dos tristes perchas en el reducido espacio; uno beige y otro de un azul marino tan oscuro que podría confundirlo con negro, con la chaqueta larga.
No se permitió ni un mísero instante para dudar antes de sacar el segundo conjunto del cubículo.
A continuación, dejó que sus manos lo desvistiesen y, tras frotarse ligeramente con la toalla en la zona de sus muslos y torso, procedió a colocarse la camisa de un blanco nuclear y manga larga, asegurándose de esconder todo rastro de la cadena bajo el cuello; los pantalones, con especial atención en el cinturón; la corbata de un color más suave, que anudó con cierta premura; y la chaqueta, con forro de lana, sobre sus hombros.
Tras alisarse las solapas, ponerse un reloj de correas de cuero escondido bajo la manga y rehacerse la coleta, Portugal avanzó hacia la ventana. Su reflejo apenas le reveló que su corbata estaba ligeramente ladeada. Una vez colocada, no le quedó más remedio que calzarse los lustrosos zapatos negros junto a la puerta y dirigirse hacia el piso inferior.
Aunque, antes de cerrar la puerta, sus ojos se posaron sobre el pequeño cofre.
Un simple suspiro fue suficiente para desviar su atención.
Nada más cruzar el umbral de la entrada y cerrar la puerta, recorrió el patio de losetas anaranjadas hasta llegar a la radio y apagarla. El repentino silencio hizo que ambos policías diesen un pequeño bote y se levantasen de sus sillas. El hombre de menor altura fue el primero en recuperarse, en parte gracias a que ya tenía puesta la chaqueta, y volvió a señalar el vehículo con el brazo.
Portugal se aproximó a él y tiró de la clavija para abrir la puerta trasera. Se agachó con tal de introducirse en el reducido espacio para, una vez sentado, arrastrarse por la tapicería blanquecina hasta el lado opuesto. En el absoluto silencio que reinaba una vez que el hombre le cerró la puerta, cada crujido de los asientos le hacía, muy a su pesar, esbozar pequeñas muecas hasta quedar colocado, con su hombro apoyado sobre el cristal tintado.
Tras inspirar hondo, dirigió su rostro hacia el espejo retrovisor central, donde podía apreciar el reflejo de los ojos del conductor, ensombrecidos por la visera de su gorra, y asintió con la cabeza.
El motor empezó a rugir míseros segundos después.
Portugal procuró reprimir un estremecimiento cuando el coche comenzó a avanzar, y apoyó su frente en el cristal oscurecido. Por más que el cosquilleo de su nuca se estuviese volviendo insoportable, él se resistió a girar la cabeza hacia sus espaldas.
No le interesaba el modelo del coche que habrían elegido para seguirlo.
Sus párpados se tornaron pesados.
Sin embargo, la tensión que se acumulaba en su espalda le hizo imposible sucumbir a ellos.
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Tras indicarle que podía pasar a aquel extenso vestíbulo, con varios sofás de tapicería de colores apagados que se le antojaban mucho más mullidos que el asiento del que acababa de levantarse, la mujer permaneció frente a él.
De cabello oscuro recogido en un moño a la altura de su nuca y con un vestido negro austero, Maria lo barrió con sus ojos de pies a cabeza, con sus labios apretados y el resto de su gesto acompañándolos en acritud. A Portugal no se le escapó cómo hinchaba las fosas de su nariz y terminaba por arrugarla cada cierto tiempo.
En sus manos sostenía una taza de porcelana, en la que, por el rabillo del ojo, se podía vislumbrar que apenas quedaba el poso y la bolsita de hierba.
Él inspiró hondo, y despegó sus labios.
Maria interrumpió sus intenciones con un simple carraspeo.
—Si hace el favor de acompañarme.
Portugal se dispuso a dar el primer paso, aunque la mujer simplemente apoyó la taza en el mueble más cercano y llevó sus manos hacia su corbata. Él tuvo que clavar sus talones en el suelo para evitar retroceder mientras Maria deshacía el nudo, lo recomponía con gran agilidad y después procedía a recolocar los hombros de su chaqueta.
Para el momento en el que por fin se separó y le dio la espalda, la planta de los pies de Portugal se encontraba entumecida. Y, sin embargo, procedió a guardarse las manos en los bolsillos del abrigo y a seguir a la sombra de la mujer, que había desaparecido por el angosto pasillo que quedaba ante él.
Las paredes de la estancia estaban prácticamente desnudas, más allá de algún que otro marco colgado y estrechos muebles pegados a ellas, con apenas alguna que otra vasija de colores planos y apagados. Hasta las pocas flores que custodiaban tenían sus tallos inclinados hacia un lado, y sus pétalos carecían de los tonos que Portugal había contemplado multitud de veces a lo largo de su vida.
Tampoco le hacía falta pegar su mano a la superficie para percibir el frío que esta irradiaba.
Para el momento en el que alcanzó a Maria, esta se había detenido frente a una puerta que Portugal reconocía bien. Tras ella, le llegaban susurros entre los que podía distinguir dos voces diferentes, que le hicieron inconscientemente inclinarse hacia la superficie y mirar a la mujer con el ceño fruncido.
Esta apenas varió su pétrea expresión antes de acercar sus nudillos a la puerta.
—No debería hacerle esperar cuando se le llama por asuntos de Estado —musitó—. No debería ser yo quien le hiciese saber que es un hombre muy ocupado.
Portugal no pudo más que mantenerle la mirada.
Acto seguido, Maria dio una serie de golpes secos a la madera.
El interior de la habitación se quedó en silencio.
—Adelante.
La mujer depositó su mano sobre el pomo y, en menos de un parpadeo, la había separado de su marco. Más allá de su brazo, Portugal pudo apreciar el escritorio que reinaba en la estancia, que, más allá del taco de papeles que sospechaba que sería la edición del periódico de aquel día, estaba completamente vacío.
Maria le dirigió una mirada severa antes de apartar su brazo y permitirle adentrarse en la estancia. En cuanto fue capaz de dar dos pasos al interior y cerrar la puerta, localizó al hombre en cuestión sentado en una esquina, con su abrigo abultado puesto y sus dedos entrelazados sobre su regazo.
A sus pies, con una rodilla hincada, otro varón manipulaba una de sus botas de cuero, con una forma y tamaño claramente anormales en comparación con la que ya tenía puesta, y le ayudaba a introducir su pie en su interior.
António de Oliveira Salazar no tardó en posar sus ojos sobre Portugal, y asintió ligeramente con la cabeza mientras se removía en su silla.
—Gracias por venir.
El zapatero recogió los múltiples aparatos que había esparcidos por el suelo, guardándolos en aquel maletín de cuerpo holgado. Una vez que el patrón de la alfombra quedó completamente a la vista, él juntó los asideros de su maletín y se impulsó para ponerse en pie.
Con apenas un gesto de la cabeza, el hombre levantó la valija y se apresuró a salir de la habitación en sumo silencio.
Justo en el momento en el que la puerta volvió a descansar en su marco, Salazar puso sus manos en los puntos de apoyo y se levantó en dirección a su escritorio. En el camino, aprovechó para pasarse la mano por sus cabellos y recolocarse las solapas de su abrigo, a un ritmo tortuosamente lento, hasta que se dejó caer en la silla tras la mesa.
Sus ojos se detuvieron por unos cuantos segundos sobre el periódico que reposaba en su superficie, aunque no tardaron demasiado en dirigirse hacia él.
—¿Alguna razón de peso por la que has tardado tanto, Portugal? —cuestionó, con voz monótona. Él necesitó clavar sus talones en la alfombra mientras apretaba los dientes y se esforzaba por no apartar la mirada—. ¿Has decidido dejar ya atrás ese absurdo hábito y dedicar tus horas a algo más útil?
Portugal se mantuvo en silencio.
Salazar emitió un sonido gutural antes de devolver su atención hacia el periódico. Aquella vez, apoyó sus manos sobre el papel y llegó a pasar incluso la primera hoja. Sus ojos recorrieron las palabras impresas con agilidad, aunque él no tardó en suspirar, alzar su rostro en su dirección y dejar caer la página sobre el resto.
—No importa. Tal cómo avanza la situación en nuestro país vecino, he decidido que tomes una posición más activa.
Aunque Portugal se había esforzado por disimular el bote de su cuerpo ante aquella sutil referencia, le fue imposible evitar que sus ojos se abriesen de forma exagerada una vez pudo procesar la frase completa.
Salazar apenas asintió con la cabeza.
—Necesito a alguien que sea mis ojos y oídos. —Levantó una parte de su palma de la mesa, probablemente ante la ligera inclinación que el cuerpo de Portugal había adoptado sin él quererlo—. Y considero que Pedro Teotónio Pereira es la persona ideal. Él mismo se ha mostrado de acuerdo con la decisión. Saldrá hacia España a comienzos del año que viene.
Portugal estaba seguro de que las arrugas de su frente eran perfectamente apreciables bajo la atenta mirada del hombre. Sin embargo, le resultó imposible disimularlas.
No con el torbellino de pensamientos en su mente.
Casi estuvo tentado de manifestar una parte de ellos en palabras.
—Quiero que le acompañes.
El silencio que siguió a aquella oración nunca había sonado tan fuerte.
—¿Perdón? —masculló.
Salazar se removió en su silla.
—Que quiero que le acompañes —repitió.
Apenas podía sentir uno de sus talones por la presión que ejercía su suela contra la alfombra.
—Estoy bastante seguro de que Teotónio Pereira será perfectamente capaz de desenvolverse en cualquier situación que se encuentre. —A pesar de que había procurado mantener su voz serena, a Portugal le parecía que se había quedado sin aire sin siquiera poder terminar la oración.
Las cejas oscuras de Salazar se alzaron por un mísero instante antes de que la serenidad volviese a reinar en su rostro.
—Irás con él. Y, en la próxima misa que se celebre, espero verte a mi lado. —Sus manos se posaron de nuevo sobre la portada del periódico—. Ya puedes marcharte.
Portugal mantuvo su mirada sobre el hombre, aunque este tenía su atención completamente sobre el periódico. Él inspiró hondo, se irguió y le dio la espalda para dirigirse hacia la puerta. Con su mano sobre la fría superficie del pomo, sin embargo, fue incapaz de girar su muñeca sin voltear su cuerpo en dirección al hombre.
Este había levantado el periódico mientras no le miraba, ocultando su rostro tras el encabezado en el que se leía «Diário de Notícias». Los ojos de Portugal se posaron sobre el titular principal, y no tardaron en discernir la palabra «Teruel» a pesar de la distancia.
Muy a su pesar, su mente quería más de lo que ese periódico tenía que ofrecerle, y su vista intentó enfocarse sobre la portada.
Sin embargo, antes de que pudiese sacar nada en claro, la puerta impactó contra su hombro, sin dejarle otra opción más que retirarse y permitir que se abriese por completo.
El rostro de Maria no tardó en aparecer tras ella.
—Venga. Le acompaño a la salida.
—Y asegúrate de no partir hacia Salamanca con ese hedor a pescado, Portugal —comentó Salazar, con su cabeza aún tras las páginas del periódico—. Tienes que infundirles el respeto que le deben a la nación que tanto les ha ayudado desde el principio. Gracias, donna Maria.
Portugal ni siquiera se molestó en responderle antes de que Maria asintiese con la cabeza, le hiciese un gesto con el brazo hacia el exterior de la habitación y se asegurase de cerrar la puerta detrás de él.
No necesitó siquiera que la mujer comenzase a andar para recorrer el pasillo hacia la sala de estar. Durante el trayecto, puso sus manos sobre las proximidades de los bolsillos de la chaqueta, y sus dedos no tardaron en detectar, por debajo del derecho, un pequeño bulto con una forma rectangular. Portugal entonces dejó caer sus brazos a ambos costados y se dispuso a cruzar el último pasadizo que lo separaba de la entrada de la casa.
De alguna forma, Maria ya estaba junto a la pieza para dirigirle la última mirada férrea antes de abrirle el portón. El viento gélido que se abrió paso no pareció afectarla en lo más mínimo.
Y a Portugal no le arrebató la sensación de aridez que crecía en su garganta.
—Que tenga un buen día.
Él asintió con la cabeza, murmulló palabras similares y se dispuso a salir del edificio. Una de sus manos se alzó hacia los bordes de su chaqueta, aunque no fue hasta que escuchó el chasquido de las puertas cerrándose que permitió que se aventurase bajo el forro de lana, hasta encontrar la pequeña rendija hacia la pequeña caja metálica, que se apresuró a extraer mientras descendía por los tres escalones.
Ni siquiera la silueta de aquel coche negro al final del camino de losetas irregulares, incrustadas entre el barro, le impidió abrirla y tomar uno de los cigarrillos y el pequeño mechero que descansaba junto al montón de tabaco.
Tras situar el cigarrillo entre sus labios, cerrar la cajita y asegurarla bajo su hombro, acercó el pedernal al extremo y lo prendió.
De inmediato, Portugal inspiró hondo con tal de que el humo llegase lo más lejos posible. No tardó en sentir cómo la tensión abandonaba sus hombros, aunque la presión que había ido creciendo en su pecho era difícil de ignorar.
Guardó el mechero en la caja, y esta regresó a su escondite bajo el forro.
Y no fue hasta después de exhalar tres veces el humo del cigarrillo que empezó a construir la presa en su mente, una que le hizo mordisquear el extremo del palillo entre sus labios, por más que el amargor que alcanzaba su lengua le hiciese esbozar una pequeña mueca.
—Más te vale que esto merezca la pena —masculló.
A las seis caladas, llegó junto a la puerta trasera del vehículo y rodeó la clavija con sus dedos. En ese punto, se percató de que el chófer estaba apoyado en el costado opuesto, con el culo de un puro apenas apreciable entre sus labios. Por suerte, Portugal no tuvo que decir palabra para que el hombre girase su cabeza en su dirección, tirase el puro a un lado del asfalto y procediese a rodear la parte delantera del vehículo hasta abrir la puerta y acomodarse en el asiento junto al volante.
Portugal hizo lo propio, aunque la presencia del cigarro le permitió no prestarle atención al crujido de la tapicería.
Tampoco al arranque del motor o a los primeros kilómetros.
Inmerso en sus pensamientos, con una serie de reproches dirigidos hacia alguien al que no había visto en años, no fue hasta que su atención volvió más allá de la ventana que se percató de que aquellos coloridos edificios empezaban a aumentar la distancia entre ellos y disminuir en altura, con la vegetación creciendo en frondosidad, alejándose del casco urbano que debían cruzar hacia su casa.
Portugal entrecerró sus ojos mientras se sacaba el cigarrillo de entre los labios y se reclinaba sobre el asiento que tenía delante.
—¿Dónde se supone que está yendo? —cuestionó.
Además de poner sus dedos sobre la visera y bajarse la gorra, el hombre apenas hizo señales de haberle escuchado.
No fue hasta que Portugal repitió la pregunta, con otra calada incluida, que el chófer suspiró y cruzó sus ojos con los suyos a través del retrovisor central.
—Me limito a seguir indicaciones.
Portugal mantuvo su mirada en el reflejo, pero el hombre no tardó en desviar su atención hacia la carretera. Tras unos cuantos segundos, él no pudo hacer otra cosa que suspirar y volver a apoyar la mayor parte de su espalda sobre el asiento.
Sin embargo, no se atrevió a apartar sus ojos del cristal tintado.
O al menos, no hasta la aparición de un edificio de dos pisos, con un patio de piedra rectangular en sus alrededores, de fachada blanca y techo plano, aunque escalonado. En la superficie, podía apreciar una fila de paneles de cristal, separados por estrechas columnas de un tono más oscuro. Por más que hubiesen pasado prácticamente dos años desde la última vez que lo había tenido delante, Portugal detectó tres plataformas de andamios en una de las esquinas, y un cúmulo de manchas negras en torno a aquella zona. A su vez, este se encontraba rodeado de una serie de torres piramidales de un armazón de finas piezas de metal a una distancia considerable.
Cuando el coche se detuvo a varios metros de la escalinata circular de la entrada, Portugal dirigió sus ojos hacia el frente y recogió sus manos en su regazo.
Incluso si había podido atisbar una pequeña comitiva con una mezcolanza de hombres uniformados y de traje, entre los que había reconocido claramente a la persona que la presidía.
—¿Es completamente necesario? —le preguntó, con la mayor firmeza que le fue posible.
El hecho de que el motor del coche se apagase después de esas palabras fue respuesta suficiente.
¿Qué había hecho él en los últimos tiempos para merecerse eso?
Tras unos cuantos minutos de silencio, y ver por el rabillo del ojo cómo el grupo se hacía cada vez más próximo, Portugal giró su torso hacia la puerta y tiró de la clavija, acabando con su única protección respecto al exterior. Para el momento en el que puso el pie en el patio, un hombre de altura mediana, traje marrón, cabello oscuro y corto y poco mentón comparado con su prominente frente se había adelantado y lo miraba con fijeza.
Portugal volvió a inspirar del fin del cigarrillo antes de arrojarlo a un lado.
—Bienvenido, dom João. —Con una ligera curva de sus comisuras, Jorge Botelho Moniz extendió su mano, y él no tuvo más remedio que corresponder al gesto. Por más que la presión que hicieron sus dedos sobre los suyos provocase un revuelto en su estómago—. Es un verdadero honor que nos haya querido honrar con su presencia, por más que también hubiésemos deseado la del Primer Ministro.
Él se limitó a encogerse de hombros mientras se zafaba de su agarre de la forma más disimulada posible.
Procuró ignorar los murmullos que provenían de la comitiva, en un idioma claramente distinto al portugués. Sin embargo, hacer lo mismo con las miradas resultaba mucho más difícil.
Y más cuando implicaba mantener su atención en Botelho Moniz.
—Si no le importa, hay una serie de cosas que me gustaría enseñarle.
Este se recolocó ligeramente las solapas de su chaqueta antes de ponerse a su lado y hacerle un gesto hacia la entrada del edificio, que se presentaba como una extensión del bloque principal, con una única puerta flanqueada por dos ventanas. Sobre esta, destacaban las palabras «Radio Club Portugués». La comitiva no tardó en arremolinarse a su alrededor, obligando a Portugal a dirigir su rostro hacia la puerta de cristal para evitar cualquier posible confrontamiento.
Un silencio atronador se instaló entre ellos.
Sin embargo, Portugal tampoco quedó reconfortado una vez que Botelho Moniz le abrió la puerta y estalló el bullicio. Si no hubiese sido por los susurros que comenzaron a sus espaldas, como recordatorio constante de las personas que allí aguardaban, Portugal no habría tenido que acceder al vestíbulo, pasar más allá del mostrador hacia una de las esquinas, entre una puerta y la última de las ventanas de la fila (donde menos barullo parecía haber) y, en el proceso, quedar rodeado por una multitud igual de heterogénea que la comitiva, aunque mucho mayor en número.
Botelho Moniz no tardó en llegar a su altura mientras procuraba atravesar la marea de gentes.
Portugal comenzaba a sentir cómo un picor se iba arremolinando alrededor de la zona de su mentón y mejillas.
—Como le iba diciendo, dom João, por más que se haya preferido guardar silencio durante los últimos años, me gustaría que usted conociese de primera mano las acciones tan valerosas de nuestros voluntarios en el frente.
Él inspiró hondo antes de apartar los ojos del marco oscuro de la puerta que le había obligado a detenerse y dirigirlos hacia el hombre.
—No tiene por qué. Recibo cada cierto tiempo informes de Raul Augusto Esteves, que me permiten mantenerme al día —comentó Portugal. Al mismo tiempo, se permitió recordar cómo, aquella misma mañana, se había llevado consigo un montón de cartas y las había arrojado al mar, para después contemplar cómo el papel se deshacía en fragmentos irreconocibles.
Era una desgracia que no pudiese hacer lo mismo con todo.
Los labios de Botelho Moniz formaron una amplia sonrisa, a la misma vez que erguía los hombros y se ponía una mano en el pecho.
—Créame que aquí, la información que se le puede otorgar es igual de verídica que la del MMPOE. Yo mismo he llegado a remitirle informes. —El hombre se sacudió las solapas de su chaqueta mientras posaba su mano sobre el pomo de la puerta—. Es más, si me permite decirlo, considero probable que disfrute más de nuestros programas que de cualquier carta que le pueda escribir. Y, ahora mismo, se está produciendo la emisión de uno de ellos, del que espero que sea capaz de disfrutar.
Aunque la moqueta había cautivado su atención mucho más que las palabras del hombre, Portugal no pudo evitar fruncir el ceño y alzar su rostro de vuelta hacia él. Para ese entonces, Botelho Moniz había abierto la puerta lo suficiente para permitirle ver, en la habitación contigua, de mayor amplitud y altura, a otro grupo, principalmente formado por hombres uniformados, dándole la espalda.
Sin embargo, a Portugal no pudo importarle menos.
No cuando podía escuchar la voz de un hombre amplificada por el silencio que reinaba en la habitación, que, con tono vehemente y en un claro español, promulgaba la importancia de seguir aunando fuerzas para no permitir que el enemigo pudiese vencer en aquella contienda en la que tanto se estaba jugando el resto del mundo.
Una mano en su hombro lo sobresaltó ligeramente, y le hizo devolver su atención hacia Botelho Moniz. Este se limitó a hacer un gesto para indicarle que le siguiese antes de internarse entre las personas en la habitación.
Portugal giró su cabeza hacia el vestíbulo, aunque apenas necesitó unos cuantos segundos para inspirar hondo y devolver su atención hacia la estancia; hacia el hombre que, con su insistencia de que fuese detrás de él, había hecho que varios de los militares que lo rodeaban lo mirasen con sus frentes llenas de arrugas.
No tardó demasiado en seguirle a través de aquella marea, hasta que las palabras dejaron de estar acompañadas por aquel eco metálico y Portugal pudo percibir la fuerza con la que su voz se proyectaba entre aquellas cuatro paredes.
En el centro de la habitación, iluminado por varios flexos incrustados en las columnas, a su vez recorridas por una pareja de cables conectados a los altavoces negros que colgaban próximos al techo, había un hombre sobre una pequeña plataforma vestido con un uniforme militar de tonos oscuros. Este sacudía con insistencia los brazos ante el atril y el micrófono frente a él, en el que destacaban las siglas RCP en vertical.
Con el cabello peinado hacia su nuca, su ceño fruncido y su bigote, tenía la mirada fija en un punto aleatorio de los muros de la habitación.
Aunque las palabras utilizadas iban cambiando en cada oración, al igual que su estructura, Portugal permitió que sus pensamientos fluyesen hacia cualquier otro lugar para no tener que escuchar la misma idea en bucle.
No podía tomarse en serio la forma en la que todos los hombres a su alrededor lo miraban, con rostro serio e incluso altivo. Alguno que otro parecía echarle a Portugal un vistazo de forma fugaz, aunque él procuraba no cruzar sus ojos con los de aquellos curiosos.
Ni siquiera con aquel hombre calvo, con bigote, mejillas redondeadas y papada (sin duda, familiar) que lo observaba fijamente desde el otro lado de la plataforma, y que había podido percibir, por el rabillo del ojo, cómo en sus labios iba creciendo poco a poco una sonrisa.
Botelho Moniz se inclinó hacia él.
—Esto era lo que le decía, dom João. Don Jesús Suevos nos ha ofrecido información de primera mano sobre la urgencia de la situación durante los últimos días, después de que yo mismo decidiese que darle espacio para hablar era lo mejor con tal de aumentar las filas de nuestros valerosos viriatos —susurró, con el costado de su mano colocado sobre una de sus mejillas.
A Portugal le hubiese gustado que el ligero codazo cómplice a sus costillas hubiese sido parte de su imaginación.
—Desde luego.
—Aunque usted será capaz de comprobar la veracidad de las palabras de don Jesús una vez que llegue a Salamanca. Huelga decir que espero mantener una comunicación fluida. Hay muchas cosas que se ven mejor desde nuestra posición, al igual que hay otras que usted descubrirá en el seno del Gobierno al que apoyamos.
Portugal no pudo más que parpadear.
—Probablemente, con mantener correspondencia con Teotónio Pereira sea suficiente. —Dio un ligero paso hacia un lateral, con el fin de separarse ligeramente de Botelho Moniz. Aquello no impidió que los ojos de este se clavasen sobre él. Portugal hizo presión con sus talones sobre la moqueta—. Aunque tendré en cuenta su ofrecimiento.
El hombre se mantuvo en silencio durante unos cuantos segundos, y fue en ese intervalo de tiempo en el que Portugal se percató de que la voz del locutor se había disipado en los murmullos que podía escuchar desde los corrillos a su alrededor.
Portugal estaba comenzando a sentir cómo cada poro de su piel se secaba bajo los flexos.
Tras un par de minutos, Botelho Moniz volvió a llamar su atención con un simple suspiro, y se limitó a asentir con la cabeza.
Él aprovechó para posar sus ojos sobre la puerta de la habitación, por la que había comenzado a diluirse parte de la multitud, y se dispuso a dar el primer paso en dirección a la libertad. Sin embargo, apenas pudo siquiera levantar su pie del suelo antes de que Botelho Moniz lo reclamase de nuevo.
Portugal reprimió sus ganas de resoplar mientras devolvía su rostro hacia él.
Sin embargo, sus ojos primero coincidieron con los del hombre que lo había estado mirando antes a un costado de Botelho Moniz. Se encontraba vestido con un traje de tonos claros y una corbata azul marino. Ya de frente, a Portugal le vino la imagen de una foto que había vislumbrado en los periódicos, en la que, a pesar de la escasez de colores, podía reconocer la coincidencia entre ambos en la hinchazón de su rostro, la forma de su nariz, boca, ojos y cejas, además de la distribución de su pelo, escaso salvo en los laterales de su cabeza.
No pudo evitar arrepentirse de no haber sido lo suficientemente rápido.
—Dom João, me complace presentarle a Fernández de Ávila, otro de nuestros grandes invitados.
La sonrisa de Fernández de Ávila pareció crecer en su rostro ante su sola mención.
Portugal sintió cómo su estómago se retorcía sobre sí mismo.
Aun así, cuando él extendió su mano en su dirección, Portugal no tuvo otro remedio que corresponder al gesto, intentando tener el mínimo contacto con su palma sudorosa. Tras un par de sacudidas reglamentarias, él intentó zafarse de su agarre, pero Fernández de Ávila ejerció una ligera presión con sus dedos y lo mantuvo en el lugar. Portugal entrecerró los ojos antes de fijarlos sobre los orbes oscuros de su interlocutor, que había torcido sus labios.
—Es impresionante lo mucho que os parecéis —comentó, a la vez que asentía repetidas veces con la cabeza.
Un escalofrío recorrió la espalda de Portugal, aunque él intentó sacudirse lo menos posible. El sutil crecimiento de la sonrisa del contrario le hizo llegar a la conclusión de que no lo había conseguido. Y menos cuando su mano continuaba retenida por él.
Se abstuvo de comentar lo que gritaban sus pensamientos.
(Él también se parecía demasiado a su hermano como para ignorarlo).
Por suerte, no tardó en soltarle la mano y llevarla hacia su propio rostro, con tal de apoyar su dedo por encima de su mejilla derecha.
—Si no fuese por esa pequeña mancha… —Reposicionó sus nudillos por debajo de su mentón y asintió una vez más—. Pero sois idénticos. —Nicolás chasqueó su lengua mientras negaba y pasaba a apuntarle de pies a cabeza—. Es una pena. Ojalá os parecieseis más en lo importante.
Portugal no pudo evitar inspirar hondo de forma brusca.
Botelho Moniz interrumpió el silencio que se había asentado entre ellos en cuestión de segundos, reclamando la atención de Fernández de Ávila hacia sí antes de invitarle a alejarse junto a él. Portugal apenas fue capaz de escuchar la conversación debido al pitido en sus oídos, y, una vez fuera de su vista, se apresuró a cruzar entre la marea de gente hasta que estuvo fuera del edificio y el sonido se fue desvaneciendo poco a poco.
Se apresuró a meter su mano en el recoveco de su abrigo, sacar la caja metálica, el cigarro, colocarlo entre sus labios y encenderlo con un simple chasquido del pedernal.
La primera calada logró que los escalofríos dejasen de recorrer sus hombros.
La segunda que su suela dejase de golpetear constantemente el patio de piedra.
La tercera le hizo empezar a caminar hacia el coche, que permanecía aparcado a un costado de la entrada, y meterse las manos en los bolsillos de su chaqueta.
Sin embargo, por más que se restregase los nudillos contra las paredes del bolsillo, apenas era capaz de olvidar el tacto de la mano de Nicolás Franco contra la suya.
Y menos sus palabras.
—Más te vale que esto merezca la pena —masculló de nuevo, sin poder obviar la presión en su pecho.
