Actions

Work Header

Nido familiar

Summary:

Han pasado meses desde la reconstrucción de Casita, la familia Madrigal es más fuerte y más unida que nunca. Pero algunas cosas no son tan faciles de olvidar, especialmente cuando se es un niño de apenas cinco años.

Antonio todavía tiene pesadillas sobre ese día, pesadillas que lo atormentan y no lo dejan dormir. Por ese motivo decide buscar la compañía de Mirabel, quien no estaría sola

Notes:

(See the end of the work for notes.)

Work Text:

Antonio se despertó con el grito en la garganta. Su pequeño corazón palpitaba como si fuese un colibrí atrapado en sus costillas. Se limpió la frente empapada de sudor, y cuando sus ojos se acostumbraron a la penumbra, distinguió a varios de sus animales mirándolo con una mezcla de curiosidad y preocupación.

Sintió una cabeza grande y peluda rozando su brazo.

—Sí, Parce —le dijo a su jaguar—, otra vez tuve esa pesadilla.

Era un sueño recurrente, un terror nocturno, como lo llamaba su abuela. Cada noche, sin falta, Antonio soñaba con el día en que Mirabel cayó del techo tratando de salvar la vela. Lo recordaba como si hubiera ocurrido ayer: su prima desplomándose, la casa desmoronándose sobre ella. El estruendo ensordecedor, seguido del silencio. Para él esa había sido la peor parte. Aquel silencio sepulcral que no indicaba nada bueno.

En sueños nunca lograban encontrar a Mirabel, sin importar cuánto la buscasen o cuánto llamasen su nombre, la muchacha parecía haberse desvanecido en el aire, como si hubiera sido tragada por la casa en ruinas. Antonio se levantaba de esas pesadillas perturbado, con las extremidades rígidas por el pánico y transpirado.

Sus papás lo habían intentado todo para aliviarlo: leche tibia, nanas y cuentos antes de dormir, masajes, incluso sales aromáticas suministradas por tía Julieta, pero nada ayudaba.

Tico se posó suavemente sobre su rodilla. Antonio escuchó atentamente el suave gorjeo del tucan.

—¿Qué vaya a verla? Es muy tarde, seguramente está durmiendo. No quiero molestarla.

Parce ronroneó a su lado, apoyando la idea de Tico. La realidad era que Antonio lo había intentado casi todo, excepto hablar con Mirabel sobre sus sueños. Era como una norma tácita en la casa: no hablar de ello. Nadie quería recordarle a Mirabel sobre aquel día, porque si fue horrible para ellos, no podían imaginarse cómo habría sido para ella vivirlo en carne propia.

Aunque, pensándolo bien, ¿cuándo ignorar un problema había servido para algo? Habían ignorado las grietas, habían ignorado el descontento de la familia, y habían hecho la vista gorda ante la ausencia del tío Bruno. ¿Y a qué los llevo? Como un efecto bola de nieve, solo había hecho más grande el problema.

—¿Saben qué? —Antonio apartó las cobijas y se puso en pie—, creo que tienen razón, iré a hablar con Mirabel.

Cuando estaba a punto de salir de su habitación se dio cuenta de que todos sus animales se disponían a seguirlo.

—Eh, creo que mejor voy solo. Ya saben, la habitación de Mirabel es mucho más pequeña, no caben todos allí.

Los animales se quejaron y dieron media vuelta. Tico voló en círculos sobre la cabeza de Antonio y Parce le dio un lengüetazo para darle valor.

Solo los ratones lo acompañaron hasta el pasillo, correteando junto a sus pies. Antonio agradecía su presencia, pues todavía le tenía algo de miedo a la oscuridad.

De pronto los ratones se detuvieron. Antonio guardó silencio. No tenía tan buen oído como su hermana o los animales, pero sabia que los ratones habían escuchado algo.

Voces, dijeron.

—¿Dónde?

Los ratones se irguieron sobre sus patas traseras. En la habitación de Mirabel.

Así que Mirabel estaba levantada. Antonio dejó escapar un suspiro de alivio, al menos no tendría que despertarla. Echó a andar, más seguro que antes, sin caer en cuenta de que los ratones habían dicho voces, en plural.

Cuando estaba extendiendo la mano hacia el pomo de la puerta, esta se abrió de golpe y una figura oscura tropezó con él.

—¿Pero qué...?

—¿Camilo?

Su hermano mayor lo miraba desde arriba con una expresión que Antonio conocía muy bien, era la cara que ponía cuando se hallaba descubierto en medio de una de sus fechorías.

Camilo se frotó la nuca y miró a todos lados, como si buscara alguna vía de escape. Antonio era un niño muy perceptivo, y en cualquier otro momento habría notado que Camilo estaba profundamente sonrojado y que la camisa de su pijama estaba algo desordenada. Pero en su estado no notó esos detalles, y tampoco le habría importado. Solo sabía que su hermano mayor estaba ahí, así que actuó por instinto y lo abrazó.

—Ey, ey, tranquilo. ¿Qué ocurre, tuviste una pesadilla?

Antonio asintió con el rostro oculto en el torso de su hermano. Sintió como la actitud de Camilo cambiaba drásticamente. Toda vergüenza y culpa se desvanecieron y pasó en un instante a modo hermano mayor.

—Ya veo —dijo en tono calmado—. Y me imagino que venías a ver a Mirabel.

Antonio asintió de nuevo.Camilo sonrió a la vez que le revolvía los cabellos.

—Te entiendo, Mirabel es la persona indicada para hablar de esas cosas, ¿no?

—¿Tú también tuviste una pesadilla? ¿Por eso viniste a verla? —preguntó Antonio con inocencia.

—Eh... —los labios de Camilo se crisparon brevemente—. Sí, algo así. Entremos ya con ella, ¿quieres?

La encontraron sentada frente al tocador, desenredándose el cabello mientras tarareaba distraídamente.

—Si crees que voy a cambiar de opinión, te equivocas. Ya te dije que era suficiente por... Oh.

Mirabel miró el reflejo de los dos chicos, sus ojos pasaron de Camilo hasta Antonio, y con solo verle la cara supo que su primito, su hombrecito, la necesitaba. Dejó caer el cepillo a la vez que se levantaba de la silla para correr hacia Antonio. Ambos se encontraron en un fuerte abrazo.

Para Antonio se sintió como si el peso del mundo lo abandonara en cuanto se halló en los brazos de su prima.

—¿Qué ocurrió? —preguntó Mirabel.

—Me lo tropecé en el pasillo. Tuvo una pesadilla.

—Ay, mi niño bendito.

Una lluvia de besos cayó sobre Antonio, y con cada uno Mirabel fue borrando sus miedos infantiles. Ella estaba ahí, podía sentir su piel, su calor. Estaba sana y salva con su familia, no sepultada bajo la casa o desaparecida en la selva.

Camilo se unió al abrazo. Su tacto tenía el mismo efecto relajante que el de Mirabel.

—¿Buscamos algo en la cocina? Seguro que tía Julieta dejó algo delicioso por ahí.

—Siempre pensando en tu estómago —se burló Mirabel, incorporándose y tomando a Antonio de la mano.

—Ey, no recuerdo un día en que la comida no me hiciera sentir mejor —dijo Camilo mientras tomaba la otra mano de Antonio.

Los tres bajaron las escaleras, y esta vez Antonio no le tuvo miedo a la oscuridad. ¿Cómo podría tenerlo si estaba acompañado de las personas que más quería en el mundo?

Tal y como había dicho Camilo, encontraron los restos del postre servido después de la cena, y resultó que era de los favoritos de Antonio, natilla. Trataron de comer en silencio, sin hacer mucho ruido, aunque era difícil pues Camilo ya había comenzado a hacer boberías para hacer reír a su hermanito. Mirabel, aunque los mandaba a callar, tampoco podía evitar soltar risitas quedas con cada chiste.

Antonio se la estaba pasando tan bien que casi se había olvidado del motivo que lo había llevado hasta ahí, hasta que Mirabel, cuando los tres regresaron a su habitación, le preguntó por la pesadilla.

Estaban sentados en la cama, Camilo y Mirabel tan juntos y mirándolo con tanta preocupación que Antonio no pudo evitar pensar que parecían sus padres.

—Todas las noches sueño lo mismo —comenzó Antonio—. Con la casa cayéndose. Te veo correr hacia casita, tratando de salvar la vela. La casa se cae, y después... —Antonio sintió que se quedaba sin voz. Hablar en voz alta del sueño era como revivir esos momentos, esos instantes de angustia y confusión en los que su mundo se desmoronaba ante sus ojos. Casi podía sentir el polvo en la boca y los escombros bajo sus pies —. Y después no logramos encontrarte. No estás en la casa, tampoco en el pueblo o en la selva. Y no volvemos a verte.

Mirabel y Camilo intercambiaron una mirada. Antonio notó que Camilo palidecía y que sus manos se cerraban en puños, como si él también estuviera reviviendo ese día. Por un momento nadie dijo nada, y Antonio estaba arrepintiéndose de hablar de ello cuando sintió los brazos de Mirabel rodeándolo.

—Ay, Toñito. No me extraña que no puedas dormir. ¿Por qué no me dijiste?

—No quería que te sintieras mal —confesó Antonio entre hipidos. Había comenzado a llorar—. Pensé que si te contaba ibas a recordar todo eso. Debió ser horrible para ti.

—Pero también lo fue para ti. Para todos ustedes —Mirabel extendió una mano hacia Camilo. Acarició el puño del chico hasta lograr que se relajara y abriera la mano—. Lo que pasó ese día fue horrible para todos.

—Quería ser valiente, como tú—dice Antonio en un susurro. Mirabel le secó las lágrimas.

—Ser valiente no quiere decir que tienes que afrontarlo todo por tu cuenta. Podemos ser valientes todos juntos. Me tienes a mi... A nosotros.

—Mirabel tiene razón —dijo Camilo—. Tienes a tu familia que te ama y apoya en todo. Además —Camilo pasó un brazo sobre los hombros de su prima—. Mirabel está aquí, y no se irá a ningún lado. ¿Verdad?

Mirabel asintió.

—Ni en millón de años.

Antonio los abrazó a los dos. Ya no lloraba ni sentía miedo alguno. Y ahora que estaba en paz, el sueño cayó sobre él como una cobija pesada. Mirabel soltó una risa al verlo tratar de mantener los ojos abiertos.

—Creo que ya es hora de que vayas a la cama. ¿No crees?

—¿Puedo quedarme a dormir?

—¡Por su puesto!

Antonio se subió a la cama junto a Mirabel. Cuando vio que su hermano se disponía a marcharse lo agarró de la manga. Se volteó hacia Mirabel.

—¿Camilo puede quedarse también?

Ella sonrió.

—Claro.

—Será como una pijamada —dijo Camilo apagando la luz de la mesita y uniéndose a ellos.

—Sí, pero ya nos vamos todos a dormir. Están muertos de sueño, los dos.

Camilo resopló.

—Qué aguafiestas —se quejó tratando de disimular un bostezo.

Antonio se acomodó entre los dos cuerpos. Se sentía como en un nidito caliente y seguro, donde nada malo podía alcanzarlo, ni siquiera las pesadillas. Y si ellas regresaban, ya sabía que Mirabel y Camilo estaban para ayudarlo. Lanzó otro bostezo.

Antonio comenzó a quedarse dormido, pero antes de deslizarse hacia el mundo de los sueños, escuchó a Camilo hablando en voz baja.

—Eso estuvo muy bien.

—Tú tampoco estuviste nada mal —rio Mirabel.

—¿Qué te puedo decir? Tengo un don con los niños. Me adoran. Todos dicen que seré un gran papá.

—¿Ah sí? Nunca había escuchado eso. ¿Quién lo dice?

—Yo. Por si te interesa.

Se hizo el silencio. Éste duró tanto que Antonio casi se pierde el resto de la conversación.

—¿Acaso es una oferta?

—Solo para que lo tengas en mente. Ya sabes, por si en el futuro tienes que hacer una lista con posibles candidatos.

La voz de Mirabel era casi imperceptible.

—Si hiciera una lista, definitivamente te pondría en ella. ¿Te parece?

—Depende, ¿soy el primero?

—Eres el único.

Antonio finalmente se quedó dormido.

Notes:

Holiiis, qué más? Sé que me desaparecí por *revisa notas* más de un año, pero bueno, ser adulta no es nada fácil ಥ⁠‿⁠ಥ

Tuve un MEGA bloqueo agarrándome el cogote que no me dejaba escribir, así que les ofrezco una disculpa si el fic está medio raro. Aparte tengo mi laptop en coma y la escritura y corrección tuve que hacerlas desde el teléfono (cosa que no me gusta), también me disculpo si hay errores de ortografía o cosas por el estilo

Espero que les haya gustado 🩷☺️