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Entrelazados

Summary:

El destino fue cruel con ellos, pero su historia aún no terminaba de escribirse. El encierro fue solo el principio de dos almas separadas, unidas por la misma tinta.

Chapter 1

Notes:

Disclaimer: Frankelda no me pertenece, propiedad de Cinema Fantasma y hermanos Ambriz.

(See the end of the chapter for more notes.)

Chapter Text

Capítulo 1

Su conciencia despierta en una oscuridad absoluta, sin comprender qué ha ocurrido. Se siente distinto; algo, en lo más profundo de su ser, ha cambiado.

Hace un esfuerzo por moverse, por escapar de aquella celda invisible que lo aprisiona. Se agita una y otra vez, hasta que, finalmente logra tomar control de sí mismo.

¿Qué es ese lugar?

Se siente elevarse, tan ligero como una hoja, tan pequeño como una piedra. Sus alas ya no pesan sobre su espalda; no hay rastro de ellas. La comprensión lo atraviesa como un golpe silencioso: ya no es aquel tecothia.

¿Qué le ha pasado?

Entonces lo recuerda todo. En un fragmento de segundo, un torbellino de imágenes vuelve a él. Sus lágrimas recorren su rostro; aquella última sonrisa amarga, el calor de sus suaves labios sobre los suyos en aquel dulce primer y último beso. Luego, la nada. El vacío. Una frialdad absoluta que lo devoró todo. Debía estar muerto… pero no lo estaba.

Despierta… despierta… ¡despierta!

Sus ojos se abren de golpe y la visión regresa poco a poco. La vieja mansión se materializa ante él, inmóvil, silenciosa. Vuela de un lado a otro, intentando asimilar aquella realidad imposible.

Se observa, reconociéndose en ese cuerpo extraño y ajeno. Ya no es el apuesto príncipe de antaño, sino un viejo y polvoriento libro. De algún modo, había logrado transferir su conciencia a ese objeto.

—¿Estoy… estoy vivo? —se cuestiona, incrédulo.

Su voz jovial había cambiado, tornándose áspera, más propia de un viejo gruñón. Pero nada de eso parecía importarle en ese momento…

Una existencia sin ella… ¿qué sentido tendría?

Frankelda

Se desplaza desesperado por cada rincón de la habitación, buscándola. Su amada escritora no está por ningún lado; poco a poco empieza a perder la cordura.

—¿Dónde estás?… —la llama, alterado, aferrándose a la esperanza de una respuesta.

—¿Dónde estás? —insiste una vez más, pero lo único que recibe es el peso insoportable de su soledad.

—¡¡FRANKELDA, ¿DÓNDE ESTÁS?!! —clama en un último gruñido, agitando violentamente sus páginas. No podía soportarlo. La sola idea de que algo le hubiera pasado lo devoraba por dentro.

Cuando está a punto de rendirse, lo escucha: el sonido de la pluma agitándose violentamente dentro del tintero.

Se gira hacia el escritorio y entonces la ve. Su cuerpo emerge de la tinta, materializándose frente a él, flotando por todo el salón. Ella no parece notar su presencia en un principio. 

No puede evitar sonreír al verla, aunque sus inseguridades pronto se apoderan de sus pensamientos.

Se acerca con cautela, temiendo su reacción. Ya no es el tecothia que conoció. Su forma es distinta. Su voz también.

¿Y si no lo reconoce?

¿Y si ya no lo quiere en esa forma?

—Hola —la llama por un costado. La joven fantasma se sobresalta, soltando un pequeño grito al verlo.

—¿Quién eres? —pregunta, observándolo con curiosidad, examinando cada detalle en él.

—¿Quién crees? —responde, conteniendo el aliento.

Por un instante teme no obtener la respuesta que anhela. Sin embargo, aquellos ojos se iluminan de pronto, y en su rostro florece la sonrisa más hermosa que ha visto jamás.

Lo sabe. No hay duda. Frankelda lo reconoció. Todo temor se desvanece.

Ella lo toma entre sus manos, y sus risas se entrelazan en una sola melodía, mientras danzan de un lado a otro en el aire, regocijándose en la felicidad que les causa su reencuentro.

—No puedo creerlo —suelta al fin la peliazul, recobrando el aliento—. Eres…

—Soy… —responde Herneval.

—Eres verdad —afirma ella, sobreponiéndose primero, confirmando su realidad.

—Y ficción —complementa él, dejando en claro su existencia.

Los ojos de Frankelda se llenan de asombro, llevando ambas manos a su rostro.

—¡Existimos! —exclama, extasiada.

No era una alucinación. Era real. Estaba ahí, y él también. Su amado Herneval, aquel que creyó que no vería nunca más, estaba justo a su lado. Su corazón latía con fuerza; no podía ignorarlo, no podía callarlo más.

—Siempre que cuentes nuestra historia, existiremos —su voz la saca del trance.

Ella se gira para verlo y ya no puede contenerse. Lo toma con delicadeza, acercándolo a su rostro, y con los ojos a punto de llorar deja escapar por fin esas dos palabras que había guardado por tanto tiempo:

—Te amo, Herneval… te amo.

Su confesión lo deja inmóvil, suspendiéndolo en un instante que jamás creyó vivir.

Frankelda lo amaba… y en ese momento, es todo lo que necesitaba saber.

¿Acaso alguien como él era merecedor de su amor?

Incluso después de todo el daño que le había causado… 

Ella lo presiona contra su mejilla, y toda culpa se desvanece, empapando sus amarillentas hojas con sus lágrimas. 

Como hubiera deseado secar su rostro con la dócil caricia de sus dedos. Abrazarla con dulzura y resguardarla bajo el cobijo de sus alas. Besarla una y otra vez hasta perder el aliento…

Pero nada de eso le importa ya.

Porque él estaría dispuesto a perder su cuerpo las veces que fuera necesario con tal de mantenerla a salvo. Sacrificaría su deseo de besar sus labios, de envolverla entre sus brazos, si a cambio pudiera permanecer a su lado, cuidándola, apoyándola, incluso si eso significaba quedar atrapado para siempre en un viejo libro.

Porque daría su vida cuantas veces hiciera falta. Porque la ama tanto que ni siquiera una eternidad bastaría para demostrarle todo su amor por ella.

—Yo también te amo, Frankelda… —sus palabras nacen suaves, impregnadas de devoción—. Y no me importa ser así ahora, si así puedo pasar una eternidad contigo —le confiesa con una entrega absoluta, permitiéndose sentir sin reservas.

Sus labios se curvan en una sonrisa; su cuerpo tiembla por la emoción contenida al comprender que ambos sienten lo mismo. Herneval la amaba, y esa certeza era suficiente para darle la fuerza necesaria para seguir adelante. Sin embargo, algo en sus palabras siembra una inquietud que no logra ignorar.

—Pero ¿cómo…? —clama, sorprendida, dándole la espalda—. ¿Una eternidad así? —reflexiona, mientras su semblante se ensombrece y su tono alegre se transforma en uno más serio.

—Eso depende de ti…

—¡¿De mí?! —se vuelve hacia él, elevando el tono de voz—. ¿Depende de mí después de todo lo que hemos pasado? —La idea la atraviesa como un golpe cruel; no podía aceptar que ese fuera su final. No era justo.

El aire a su alrededor parece volverse más denso, como si el mundo mismo contuviera la respiración. Herneval la observa en silencio por un instante, midiendo sus palabras, consciente del peso que cargaban ambos.

—Tú eres la escritora —trata de animarla, haciéndole notar que no todo estaba perdido.

Ella aparta la mirada, como si enfrentarse a esa verdad doliera más que negarla.

—Pues… la escritora de una triste historia —se cruza de brazos, frustrada por su anticipada conclusión.

Lo que dijo pesa sobre Herneval. Cada error suyo, cada decisión tomada, la había llevado hasta ese encierro. No podía permitir que todo terminara de ese modo.

—¿En serio te parece así? —la cuestiona con un dejo de tristeza, pues reconocía que todo aquello era su culpa.

—Pues sí… —reafirma en un hilo de voz, dejando caer los brazos, rendida—, pero la tristeza puede tener diferentes matices… —agrega pensativa. Su mirada se iluminó ligeramente… Quizá no todo estaba perdido. 

Ese pequeño destello no pasa desapercibido para Herneval. Se aferra a él como a una última chispa en la oscuridad.

—Cien autores pueden escribir el mismo suceso y crear cien historias distintas… —exclama, obteniendo su atención—. ¿Así acaba tu historia, Frankelda? —le pregunta una vez más, ansioso por saber qué dirá.

Algo cambia entonces. La duda comienza a resquebrajarse. Su cuerpo tiembla, sus manos se tensan. Sus ojos desbordan una determinación absoluta que no había mostrado jamás.

—¡No voy a permitir que termine así nuestra historia! —su mirada arde como el fuego. Sus mejillas se cubren de lágrimas.

—¡No me importa qué tan amarga sea mi situación, ni cuánto encierro haya aguantado mi alma!

Su pecho se oprime, su voz se rompe, liberándose de las cadenas invisibles que la mantenían prisionera de sus inseguridades.

—¡Porque yo soy la dueña de mi destino!

El grito brota desde lo más profundo de su ser, desgarrándole la garganta al liberar toda esa furia, dolor y desesperación contenida. Procustes no ganaría; ese no sería el final de su historia. Ellos serían libres. No le importaba cuánto tiempo le llevara. No se rendiría tan fácil.

No lo permitirá jamás…

—¡YO SOY LA ESCRITORA DE MI PROPIA VIDA!

 


 

¡Escríbeme!

¡Vivamos una vez más…!

Sus ojos se abren de golpe, ahogando el gemido en su garganta. Se despierta sobresaltada, incorporándose en la cama, con la respiración hecha un hilo entrecortado y el corazón a punto de salirse del pecho. Su frente estaba cubierta por pequeñas gotas de sudor y su diafragma se contraía de forma errática.

Toma aire, una y otra vez hasta regular sus palpitaciones. Confundida, se observa a sí misma y a su entorno. Fija la mirada en un rincón oscuro de su habitación, intentando asimilar lo ocurrido. 

Sus recuerdos son apenas destellos: imágenes borrosas, pequeños fragmentos.

¿Cómo había llegado hasta ahí?

 ¿Cuánto tiempo había dormido?

Un sinfín de incógnitas la empiezan a agobiar. Intenta ordenar sus pensamientos, pero todo sigue siendo difuso, como si faltaran piezas por hilar.

Poco a poco, empieza a recordar…

Su ida a la editorial. Su huida al cementerio tras el rechazo. El silencio espeso del lugar. El frío de la piedra de la lápida contra su espalda. Recuerda la ira, el dolor, la impotencia y las lágrimas resbalando por sus mejillas. 

Y después… nada.

Un corte seco. Un vacío imposible de llenar.

 Su mente estaba en blanco, pero aun así presentía que algo más había ocurrido durante ese lapso de tiempo. Un sentimiento persistente se aferraba a ella, negándose a desaparecer. No podía ignorarlo: algo en su interior había cambiado.

Comienza a divagar, dejándose arrastrar por sus agitadas emociones. Una chispa se enciende; la reconoce:

Necesitaba escribir.

Francisca se levanta de un salto, tirando alguna que otra almohada en el camino, y se dirige al pequeño buró para tomar su lámpara de aceite.

Impaciente, la enciende, para enseguida agacharse y mirar por debajo de su cama y tomar de allí su más preciada reliquia. Con pasos silenciosos, toma su pluma y camina al frente, donde se sienta en la fría loseta, dejando la lámpara a un costado junto al tintero, para finalmente descansar su amado libro sobre sus piernas.

Sin poder frenarlo, una idea tras otra brota de su mente. Inspirada, se deja llevar por las palabras que la bombardean sin descanso.

Sus dedos se mueven solos. Su tinta la obedece. Ella escribe:

«Soy Frankelda»

La frase queda trazada con una exquisita caligrafía. Tan propia de su talento.

Sin interrumpir su pulso, una nueva historia emerge de lo más profundo de su subconsciente. No puede parar, necesita plasmarla en el papel:

 

«Este es el relato de dos planos tan opuestos que a veces podrían llegar a parecerse. Dos planos inexistentes para las conciencias adormecidas. Dos planos solo visibles para quienes pueden adentrarse en su creatividad, guiados por la intuición».

 

Cuando al fin su mano se detiene, una calma envuelve a la castaña, como si el simple acto de escribir le hubiera dado la tranquilidad que necesitaba. Pero esa paz dura apenas un suspiro. En cuanto deja la pluma en el tintero, un vacío extraño se abre paso en su pecho, silencioso y profundo.

Sentía que algo le faltaba, una pieza perdida que ninguna palabra podía ofrecerle. Su conciencia parecía haber despertado incompleta de ese largo sueño, como si algo dentro de ella permaneciera dormido.

Era una mezcla de anhelo, nostalgia… una inquietud que no lograba descifrar, como si la sombra de algo “o alguien” aún se negara a desaparecer de su mente.

¿Quién o qué era? Se esfuerza en recordar…, pero es inútil…

“Basta”

Se reprocha a sí misma, presionando sus dedos contra su sien, dándose pequeños masajes, tratando de calmarse un poco. 

“Detente Francisca Imelda”

No logra concentrarse ya, no lo soporta, decidiendo mejor desistir de su escritura por ese momento.

Se gira a un costado para devolver el libro bajo la cama cuando entonces lo ve...

Allí, tirado junto a una de sus almohadas, se encontraba ese viejo peluche de forma de niño búho que no había visto en años.

Su corazón se encoge...

 ¿Cómo llegó hasta ahí?

Lo toma entre sus manos, observando detenidamente, cada detalle de su tela desgastada, cada costura, cada hilo.

Su mente viaja al pasado, esbozando una sonrisa nostálgica, apenas visible en su rostro. 

Cómo adoraba ese peluche. Le encantaba llevarlo a todas partes y crear historias sobre él. Ese misterioso susto, como ella solía llamarlo, que juraba ver, pero nadie le creía.

Sin fin de veces su abuela la regañó por decir que existía, obligándola a enmendar torres de calcetines sucios. Incluso sus hermanos la molestaban, diciéndole que estaba loca.

Al final, lo atribuyó a su gran imaginación, una simple ficción, aunque ella, convencida, juraba que era verdad.

 Sin embargo, si hubo alguien que nunca la juzgó y siempre le creyó.

Un leve suspiro escapa de sus labios, al recordarla…

“Mamá”

Aquel fragmento de recuerdo resuena en su memoria: el día en que le mostró su dibujo por primera vez a su querida madre y cómo ella, con sus propias manos, fue hilando cada costura de su creación.

Era tan feliz con su regalo, como pudo ser tan descuidada y haberlo perdido. 

—No me rendiré —susurra en un hilo de voz, dejando caer una de sus lágrimas sobre la tela desgastada de su cabecita. Era un juramento, una promesa silenciosa para quien siempre creyó en ella. Lo abraza contra su pecho, dándole la fortaleza que necesitaba en esos momentos.

Su mente se despeja, dejando fluir las ideas nuevamente. Su espíritu se llena de convicción.

Su ceño se frunce con determinación. Deja el peluche a un lado y toma su pluma, disponiéndose a volver a escribir. 

Esta vez no la rechazarán. El mundo la conocerá. Creará historias tan terroríficas que trascenderán el tiempo, espantando a generaciones.

Porque Frankelda lo logrará.

Sin detener su mano, en una de sus pulcras páginas, aquella criatura alada comienza a emerger ante sus ojos, bocetada con trazos ágiles de su tinta.  

Ya no lo dibujó como aquel ser infantil, sino como un joven de buen porte y mirada misteriosa. Su ilustración parecía cobrar vida, como si aquellos ojos la llamaran, haciéndola sonrojar. Algo en su mente punzó con fuerza, deteniendo su mano de golpe.

¿Qué es ese sentimiento que le evoca? 

Su pecho arde, pero decide proseguir, ignorando esa extraña sensación. Vuelve a humedecer la punta de la pluma en el tintero y sobre el pie de la página escribe:

 

«Y él volverá y romperá las cadenas del sueño eterno. Renacido entre cenizas, desplegará sus alas ardientes como el fuego y desatará su ira sobre aquellos que lo traicionaron, reclamando lo que le fue arrebatado».

 

—¡Francisca! —una voz agitada retumbó su habitación junto al rugir de su puerta al abrirse de golpe.

Ella se sobresaltó y empujó instintivamente su libro bajo la cama.

Era su padre, y junto a él estaban su hermano mayor y el joven Damastes. Sus rostros reflejaban cansancio y preocupación.

—Vimos la luz de tu lámpara traspasar tus cortinas…

—Al fin despertaste...

—¿Cómo te sientes? 

 —¿Qué haces sentada en el suelo? Estás débil, deberías estar en la cama...

 —Vas a resfriarte tontita...  

—¡Ay mijita! ¿En que estabas pensando? Nos tenías a todos preocupados, como se te ocurre…

Francisca solo se limitó a observarlos, pues cada vez que intentaba abrir la boca para hablar, tanto su padre como su hermano se lo impedían, ahogándola entre cuestionamientos y regaños. Podía percibir una angustia genuina en cada una de sus palabras, lo que le generaba aún más dudas sobre lo ocurrido aquel día.

¿De verdad duró tanto tiempo inconsciente? 

Necesitaba averiguarlo.

Se puso de pie, sin quedarle más remedio que bajar la mirada y recibir cada uno de sus reproches. Entonces lo vio: junto a ella, su tintero. En su descuido no había logrado ocultarlo. Intentó empujarlo detrás de su falda, pero su padre fue más rápido y de inmediato notó el pequeño objeto.

Sabía perfectamente qué opinaba al respecto; al igual que su abuela, nunca estuvo de acuerdo con su pasión por la escritura. Para él, no era más que una pérdida de tiempo, un pasatiempo banal que la apartaba de lo que consideraba sus verdaderas obligaciones como mujer. Aquel desinterés por comprometerse con alguien no hacía sino acrecentar su desaprobación, pues era algo severamente mal visto ante los ojos de la sociedad. La señalaban como una rebelde para su edad por negarse a sentar cabeza; una excéntrica por sus gustos impropios; y una mala influencia por atreverse a hablar de temas diabólicos, según murmuraban las ancianas, manchando con ello la reputación de su familia.

Su mirada se endureció. Una tensión silenciosa se instaló entre ambos.

—Francisca Imelda, no me digas que otra vez estás escribiendo.

—¿Cuántas veces te lo he dicho? —continuó sin darle oportunidad de defenderse—. No quiero verte perdiendo el tiempo con fantasías. Ya no eres una niña.

La joven apretó los dedos contra la falda. Sentía el peso de aquellas palabras clavarse en su pecho, como si cada una quisiera arrancarle su esencia.

—Mientras vivas bajo este techo —prosiguió él, dando un paso al frente—, harás lo que se espera de ti. 

El silencio que siguió fue sepulcral, casi asfixiante. Augusto intervino de inmediato, rompiendo con la tensión que se había apoderado del ambiente.

—Francisca —se abrió paso entre los dos hombres, dándole una amigable sonrisa—. Me da gusto ver que ya despertaste… yo…

—¿Sabes, mija? Este valiente jovencito no descansó hasta encontrarte —el señor Straffon lo interrumpió, dándole una palmada en el hombro, avergonzando al pobre muchacho—. Fue quien te trajo a salvo a casa, deberías estar en deuda con él.

La castaña entendió enseguida las intenciones de su padre.

—Papá… —lo llamó, pero su voz fue ignorada.

—Disculpa a mi hija… vive en su mundo de fantasías y a veces olvida aterrizar los pies en la tierra —suspiró—. Igual que su madre…

—¡Si no les molesta! —elevó el tono de su voz, ya enojada, haciéndose notar por primera vez y callando a todos en la habitación—. Quiero estar un momento a solas, por favor.

Su padre estuvo a punto de replicar, pero fue detenido por su hermano.

—Claro, Quica —interviene tomando el control de la situación, pidiéndole amablemente salir del lugar—. Ven, papá…

A regañadientes lo retiró de su habitación, quedando solo ella y el joven Damastes.

Sus miradas se cruzaron una última vez en la puerta. Él esperó a que dijera algo, pero ella permaneció callada.

—Me da gusto que regresaras. Bienvenida de nuevo, Francisca —expresó con una sonrisa tímida antes de cerrar la puerta tras de sí.

 


 

Su mundo vuelve a sumergirse en silencio, pero su mente no está en calma.

Frustrada por todo lo ocurrido, se lanza a la cama, tratando, aunque solo sea por un instante, cerrar los ojos y no pensar en nada.

Pero todo intento de ignorar sus pensamientos resulta inútil…

Nada parecía devolverle la tranquilidad a la joven escritora. Necesitaba respuestas y sabía perfectamente quién podría dárselas. Tal vez solo así volvería a estar en paz, llenando ese vacío que la carcomía desde que despertó.

Movida por el deseo de saber más, se escabulle de su casa, dándose prisa antes de que alguien notara su ausencia. Camina presurosa por los caminos de piedra, buscando al chico al que le debía una disculpa. Después de todo, fue él quien la puso a salvo, y ni siquiera fue capaz de agradecerle correctamente.

Tenía poco de haberse retirado de su casa y Real del Monte era un pueblo pequeño, así que no tardó en dar con él.

—¡Espera! — Su grito resonó en las calles vacías, tomando por sorpresa a Augusto.

—Fra-Francisca… —su corazón da un vuelco al verla; su presencia inesperada lo pone nervioso—. ¿Q-qué haces aquí? Regresa a casa, es tarde. Tu padre estará furioso.

—Necesito hablar contigo —dice entre jadeos, recuperando el aliento.

—¿Pasa algo?

No era común que Francisca iniciara conversaciones con él. Más allá de un saludo cortés o una sonrisa fugaz al cruzarse en la calle, casi nunca hablaban. Aun así, ella le hace una seña para que tome asiento a su lado, en la pequeña fuente de la plaza.

—Antes que nada… lo siento, Augusto —inicia ella la conversación, sintiéndose avergonzada por su actitud hace unos momentos—. Fui descortés y no te agradecí lo que hiciste por mí ese día. Así que… gracias.

Un rubor asciende a las mejillas del joven al recibir su sonrisa sincera; aliviado de que la oscuridad de la noche le permitiera ocultarlo.

—N-no tienes que hacerlo… yo solo…

—Y también gracias por el peluche —lo interrumpe—. Fuiste tú, ¿verdad?

Él la observa alzar la mirada al cielo, con un dejo de nostalgia. Sus ojos se iluminan bajo la luz de la luna; por un instante, su imagen le parece casi celestial.

—Aquella vez en la escuela, todos se burlaron de mi historia. Me enojé tanto, que en mi frustración y tristeza lo lancé al patio. Más tarde volví por él, pero ya no estaba por ninguna parte. Entonces tú lo encontraste, ¿cierto?

Augusto baja la mirada al volver a sentir el contacto visual.

—S-sí… —admite—. Aquella vez en la escuela…Lo vi tirado y lo tomé… pensé que querrías recuperarlo después.

—Lo guardaste todo este tiempo…

 —Sabía que era importante para ti —responde con rapidez, casi atropellándose—. Hace poco lo encontré en un viejo gabinete, quería devolvértelo cuando fuiste a la editorial, para… para desearte suerte.

—Ya veo…

 Francisca lo observa, sin notar las reacciones que provocaba en él.

—Entonces cuéntame… —dice ella, rompiendo la pausa para cambiar de tema— ¿Qué fue lo que pasó aquel día que me encontraste?

Él tarda un momento en responder. Su expresión se ensombrece al recordarlo. Libera un pequeño suspiro al aire antes de hablar.

—Todos nos preocupamos por ti —comienza—. Cuando no regresaste a casa y las horas siguieron pasando, muchos en el pueblo salimos a buscarte. Temíamos lo peor… que alguien, o algún animal, te hubiera lastimado.

Hace una breve pausa antes de continuar.

—Fue mi perro quien te encontró. Me llevó hasta ti… estabas tendida frente a la tumba de tu abuela. Temí lo peor, tu cuerpo estaba helado bajo la lluvia, me asusté tanto al ver que no reaccionabas a mis llamados, pero luego sentí alivio al percibir tu débil latido y entonces…

Su voz se apaga.

Augusto lo recuerda con una claridad inquietante: el crujido seco de la piedra al partirse, la sombra fugaz deslizándose entre las tumbas, apenas revelada por el destello de un relámpago. La noche era tan densa que la débil luz de su quinqué no alcanzaba a discernir si había algo más allí, pero los ladridos insistentes de su fiel compañero le indicaban lo contrario. Quizá fue solo sugestión; quizá la escultura se hizo añicos por el impacto de un rayo. Eso era, al menos, lo que él necesitaba creer.

—¿Qué pasa? —Francisca lo saca del trance, inquieta ante el silencio que comenzaba a formarse entre ambos.

—Nada —miente él, evitando mirarla—. Di aviso de inmediato a los demás y te llevé a tu casa. Permaneciste dormida durante casi una semana. Muchos juraban que no despertarías, incluso otros te dieron por muerta, pero yo siempre confié en que regresarías.

Algo en sus palabras la deja insatisfecha. Sentía que había algo más que no le estaba diciendo; aun así, debía aceptar que jamás sabría la respuesta a todas sus preguntas.

¿Por qué estaba inconsciente?

¿Qué lo provocó?

¿Por qué el vacío no desaparece?

Las respuestas yacían atrapadas en un rincón inaccesible de su mente, sepultadas entre memorias perdidas.

Augusto nota la frustración reflejarse en su rostro; le duele verla así, por lo que decide desviar el tema.

—Por cierto, no tuve oportunidad de decirlo antes, pero lamento mucho lo que pasó con mi padre —le expresa con dulzura, logrando captar su atención—. Su carácter es difícil y su mente… bueno… es muy cerrado. Es bastante terco cuando se trata de dar una oportunidad a escritos nuevos.

Hace una pausa, traga saliva y reúne el valor suficiente para continuar.

—¿Sabes? Desde niño siempre me fascinaron tus historias.

Su mirada se desvía hacia el suelo, incapaz de sostener la de ella.

—Cada vez que nos contabas una en la escuela, yo me veía dentro de tus mundos. Siempre he creído que llegarás lejos. No permitas que los comentarios de mi padre, ni los de nadie más, te afecten.

Alza apenas la vista, con una convicción serena.

—Porque sé que serás una gran escritora… y por favor, nunca dudes de tu talento.

Al verla de nuevo su corazón punza, nota de inmediato una tristeza reflejada en sus ojos, junta una pequeña lágrima escapar de ellos. Francisca no responde al instante.

Un sentimiento de culpa lo invade. ¿La habrá incomodado? Tal vez habló de más.

“Soy un estúpido”

 Se recrimina una y otra vez en su cabeza…

—Yo… yo lamento lo que dije…

—No, no, no. Para nada —lo interrumpe, volviendo en sí—. Es solo que… 

Su voz se desvanece en el aire. Algo en sus palabras le resulta inquietantemente familiar, como si ya las hubiera escuchado antes. Pero ¿quién? ¿Dónde? ¿Por qué de pronto le arde el pecho?

«Y, por favor, nunca dudes de tu talento».

 Déjà vu.

Sacude la cabeza, intentando recobrar la compostura, pero es inútil. Las lágrimas brotan de nuevo, sin control, deslizándose por sus mejillas.

¿Por qué está llorando?

¿Por qué duele tanto?

Nada tiene sentido ya.

—Discúlpame… tengo que irme.

Francisca se echa a correr sin mirar atrás. Escucha las súplicas del joven Damastes, rogándole que regrese, pero nunca se detiene, hasta que su voz se desvanece en el pesado silencio de la noche.

Sus pasos la llevan hasta la colina donde se encuentra el cementerio. Sin pensarlo, abre el pesado portón de metal y se introduce, ignorando cualquier peligro.

Se desliza entre las tumbas hasta topar con aquel imponente mausoleo. Su mirada se posa en la cima, contemplando a la majestuosa ave de piedra: inmóvil, vigilante. Sus ojos parecen brillar tenuemente bajo la luz de la luna.

Finalmente, agotada, se derrumba ante sus puertas. Recarga el cuerpo contra la piedra fría y permanece allí en silencio, inmóvil.

Necesitaba estar a solas, de algún modo, ese sitio le daba el consuelo, un lugar tan lúgubre a la vista de los demás, a ella le daba paz.

Después de un tiempo, escuchó ecos lejanos. La llamaban, pronunciaban su nombre.

La estaban buscando…

Pero no le importaba. Sus párpados pesaban, y su cuerpo se hundía en el abrazo del sueño profundo.

Sus labios se entreabrieron apenas, y, sin darse cuenta, ya inconsciente, un susurro se le escapó, pronunciando un nombre que se desvaneció con el viento:

—Herneval…

 

Notes:

Gracias por leer.

Después de tanto, finalmente pude publicar el primer capítulo de mi fic. ¡Soy tan feliz! Llevaba años sin escribir, y Frankelda me devolvió la inspiración.

Espero pronto traerles el siguiente capítulo.

Seré muy feliz leyendo sus comentarios.

Nos vemos pronto.