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Invisible

Summary:

Will Byers se siente invisible, inútil, roto y anormal.

Convencido de que es un estorbo para su familia y un estorbo para su mejor amigo, quien está cada vez más distante, utiliza la idea popular de que los números espejos pueden conceder deseos. Will desea desaparecer de la vida de todos.

El deseo funciona y el mundo, poco a poco, comienza a olvidarlo. Pero hay una excepción. Mike parece recordar cada detalle de él y el único que aún puede verlo.

 

O

Dónde Will desaparece para el resto del mundo, menos para Mike.

 

[This fanfic is written in spanish. If you don't speak the language feel free to use your browser's translation tool to read it]

Chapter 1: Espejo

Notes:

No creo que Byler vaya a ser endgame, pero acá estamos: resistiendo.

Hace años que no escribo un fanfic. Asi que espero no ser tan juzgada si no es lo que ustedes esperan.

(See the end of the chapter for more notes.)

Chapter Text

El ruido de las gotas de lluvia golpeando el pavimento era relajante para cualquiera que las oyera con una taza de café en una mano y un libro en la otra. El momento perfecto para cualquiera que no sea Will. El ruido sordo de la lluvia volvía más deprimente su encierro.

Soltó aire por la nariz mientras miraba la pintura que tenía delante, un retrato que había mantenido toda su atención los últimos días. Llevó el pincel hacia la paleta y lo sumergió en el óleo negro. Dudó unos segundos antes de colocar un poco más del óleo en los de cabello rebelde que dominaban ese espacio de la pintura. 

Su mano se movió con un gesto mecánico, totalmente acostumbrado a las curvas que hacían esos rulos. Los había visto durante mucho tiempo.

"No es mi culpa que no te gusten las chicas"

El pincel se desvió como si le hubieran dado un golpe en la mano. Una línea negra y fea manchó el fondo perfectamente pintado de azul. 

—Mierda —susurró. 

Bajó la paleta de colores con frustración y dejó el pincel en un vaso con agua que tenía en una pequeña mesa a su lado. Will se quedó mirando como el agua se teñía de un color más oscuro. Algún día tenía que superarlo. Habían pasado años y aún así seguía recordando aquella discusión. Debía olvidarse de ello de una buena vez, no podía pasar toda su vida sufriendo. Aunque la lluvia actual, con igual intensidad que aquel día, le hacían sentir un taladro en la cabeza.

Se dió la vuelta, dándole la espalda a la pintura arruinada y se sentó sobre la cama. Restregó sus ojos con la palma de su manos, apretando hasta ver estrellas. Buscaba paz o al menos un poco de calma en su mente. Ninguna de las dos llegó tan rápido como él quería. Solo llegaban todas las imágenes de un pasado que no quería seguir recordando. 

—¿Will?

Escuchó una voz femenina suave viniendo de su puerta. Se quitó las manos de los ojos, levantó la mirada y se encontró con Jane.

Su hermana estaba en el umbral de su puerta, insegura de algo que él no sabía. Tenía la mirada caída, parecía triste o desanimada. Era extraño en Jane. Desde que habían entrado en el último año de preparatoria, ella había cambiado. Dejó de preocuparse por todos los idiotas que los molestaban a menudo o por las chicas que la miraban mal en los baños. Jane se había superado, como la gran chica que era. 

Verla apagada otra vez lo llevó a la última vez que la había visto así, hacía un par de años, por culpa de Mike.

—¿Qué sucede, El? —preguntó con preocupación. Se levantó, tapó la pintura y se acercó a ella.

Jane se adentro un poco más en su habitación y se abrazó a sí misma. Levantó la mirada para verlo y Will noto preocupación en sus ojos castaños.

—Yo... Quería un consejo. Y tú eres el único que me ayuda siempre.

—Lo que sea, dime y te ayudaré —dijo él. Se sentía con el deber de abrazarla ahora, pero ella parecía necesitar más una charla que cariño.

—Es sobre un amigo, alguien del club de natación —comenzó ella.

Will asintió y se alejó para sentarse en su cama. Palmeó suavemente el lugar a su lado para que Jane se sentara también. Ella se acercó y se sentó. Él apoyó su mano sobre la de ella, ofreciéndole un ancla que sabía que debería necesitar ahora.

—Me contó que encontró unas cartas en la casa de su mejor amigo —dijo ella mirando el espacio que quedaba entre los pies de caballete y el suelo—. Eran de una universidad, en California.

El nombre “California” hizo temblar ligeramente el cuerpo de Will. Imperceptible para Jane, pero incómodo para él.

Tosió para que su voz no sonará mal.

—¿California?

—Si. Dijo que le parece genial que su amigo tenga la gran oportunidad de ir a la universidad que quiere. Pero cuando le preguntó… —la voz de Jane se apagó. Suspiro y volvió a hablar—. Su amigo le dijo que quiere irse de Hawkins y perder todo contacto con sus otros amigos. Empezar de cero. Alejado de todo y de todos.

—Eso es horrible —Will frunció el ceño, sintiendo una indignación que salía de sus miedos.

No podía entender cómo alguien querría dejar a sus amigos. La simple idea de alejarse de Lucas, Dustin... Mike, era simplemente terrible. Hawkins podía ser una cárcel a veces, si, pero no por eso quería abandonar las pocas cosas que tiene. Esa familia elegida que, junto a la que le tocó, le dan ganas de levantarse por las mañanas.

—¡Eso le dijo! —ella exclamó—. Le dijo que era feo. Que los amigos no se abandonan. Pero él solo lo ignoró y dijo que no entendía sus razones.

Will la miró fijamente. Había algo extraño en la historia que ella estaba contando. Era un tono demasiado personal, muy dolido. Cómo si le hubiera sucedido a ella y no a un “supuesto amigo”. ¿Por qué necesitaría el consejo ella? ¿Por qué preocuparse tanto por alguien que no era amigo suyo?

Su corazón se aceleró, el miedo recorrió su cuerpo como un cosquilleo desde las orejas hasta los dedos de los pies. Se apartó un poco de ella para poder mirarla mejor.

—¿Le dirá a sus otros amigos? —Temía la respuesta, pero aún así preguntó.

—Ese es el dilema... Él no sabe si contárselo a los demás —Jane jugó distraídamente con las mangas de su suéter—. Sería lo correcto, claro ¿Pero no sería mejor mantener la fantasía? ¿Que nadie tenga malos recuerdos cuando al fin se vaya?

—No —dijo Will. Demasiado rápido demasiado afectado, como para fingir que no estaba entendiendo la conversación de la forma en que ella quería que lo haga—. Digo… No creo que sea lo correcto. Tal vez… tal vez si hablan todos los problemas se solucionen. Seguramente haya una solución.

Jane se quedó en silencio durante unos segundos. Su mirada viajó por la habitación hasta detenerse en la pintura, ahora tapada por la manta gris que Will usaba cuando no quería que nadie vea su obra actual. 

—O tal vez puede intentar convencerlo de charlar con los demás. Así sabrán cuál es la razón por la cual quiere irse y si es posible una solución entre todos —agregó.

Una lamparita pareció prenderse en Jane luego de ese comentario. Ella se levantó rápido, se alisó el pantalón y lo miró con una sonrisa.

—¡Es una idea genial! —dijo con la emoción que la caracterizaba—. Iré a decirle eso.

Jane salió de su cuarto, decidida en una misión que había ideado en esos segundos, dejando atrás a Will. Él se quedó mirando la puerta, escuchando los pasos apresurados de su hermana en el pasillo. 

Cuando él silencio volvió a reinar en la habitación, solo perturbados por las gotas de lluvia en la ventana, se levantó despacio. Sentía una presión en el pecho, como si hubiera agarrado todos sus libros de ciencia y lo hubiera puesto sobre él.

Caminó lentamente hacia la pintura y, con los dedos temblorosos, sacó la tela fría que la cubría. 

Ahí estaba aquel rostro conocido bajo la luz que lograba entrar por la ventana. Pómulos altos y esa mandíbula que últimamente siempre estaba apretada, como si contuviera las palabras que quería decir. Ojos grandes y brillantes, oscuros y con toques de café igual que el cabello ondulado que caía de forma rebelde sobre su frente. Era el perfecto retrato de una persona que no se alcanza, pero que se ama con igual intensidad.

Ni un modelo de revista. Ni una invención de su cabeza. Era real. 

Jane no tenía amigos en el club de natación porque no había varones; era un club exclusivo para chicas, y Jane no se llevaba tan bien con ningúna. Mike quería ir a California. Había hablado muchas veces, durante el verano pasado, sobre lo “cool” que sería ir a una universidad de la Costa Oeste. Dónde la gente es “más libre”

Últimamente Mike había estado más alejado de lo usual. No venía a casa después de la escuela. Siempre tenía una excusa: tareas en casa, ayudar a su madre en algo, que Eddie quería que él hiciera algo para el club e incluso había puesto a Holly como excusa. Cuando iba a las salidas, si Will estaba ahí, la atmósfera era extraña y tensa, y siempre encontraba la razón más tonta para irse rápido.

Sintió ganas de romper el cuadro. De sacarlo del taburete y romperlo en tantos pedazos que en su habitación pareciera haber explotado una bolsa de confeti festivo. No valía la pena seguir perdiendo el tiempo. ¿Para qué? Mike lo odiaba. Estaba claro. Los gestos, las palabras, todo. Desde irse si él llegaba, preguntar si estaría en los planes para no asistir, no llamar, no acercarse y ahora… irse para iniciar una nueva vida lejos de ellos. Lejos de él.

Quizás Mike sabía quién era. Probablemente había notado como él lo miraba en ciertas ocasiones. Quizás sabía que Will estaba mal.

Que Will no es normal.

Un fenómeno que secuestraron de niño. A quien, a sus casi dieciocho años, siguen llamando “niño zombie” por sobrevivir. Un imbécil que le gustaba jugar D&D, del que todos siguen burlándose y teniendo de punto en la escuela, que pintaba retratos del chico que le... Del chico que supuestamente es su mejor amigo.

Es patético.

Will volvió a tomar la manta, está vez con menos rabia, y tapó la pintura. Destruir largos días de trabajo era una estupidez. No podía permitir que sentimientos sin sentido moldearán su comportamiento de esa manera. Podía simplemente abandonarlo en el cobertizo, si lo escondía bien, entre las herramientas abandonadas de Lonnie, probablemente nadie lo encontraría en años. 

Negó con la cabeza, tragando saliva para dejar de sentir el nudo en la garganta, y se alejó de la pintura. La dejaría allí por un tiempo. Quizás para siempre.

Salió de su cuarto arrastrando los pies. Con la garganta seca y la cabeza palpitandole bajo las escaleras con la intención de tomar un vaso con agua de la cocina. Necesitaba enfriar su mente, tal vez solo estaba sobreanalizando las cosas y no había razones para preocuparse tanto.

Pero la planta baja terminó de destruir la poca paz que había retenido.

—¡No, jovencita! —escuchó la voz de su madre. No gritaba, pero exclamaba con autoridad—. No te atrevas a tocar ese picaporte.

Will se detuvo en el último escalón. Su madre caminaba hacia Jane, quien estaba por abrir la puerta principal, con un plumero en una mano y un papel en la otra. Joyce tenía el cabello alborotado, como siempre que hace estallar su energía.

—Pero mamá… —comenzó Jane. 

Fue interrumpida por su madre, quien le extendió el plumero.

—Cualquier cosa puede esperar —Joyce movió el plumero en la cara de Jane, hasta que ella lo agarró—. Jonathan vendrá hoy a las cinco junto con Nancy, y quiero que está casa huela a limón y no a perro mojado. ¡Ya son las once y ni siquiera he comenzado a hacer el pastel!

Jane soltó un bufido y, derrotada, se alejó de la puerta. Al mirar por la ventana noto como la lluvia ya había cesado y con ella se iban sus oportunidades de salir ese día.

Will aprovechó el intercambio para pasar desapercibido. Tal como un ninja, intentó pasar por detrás de Joyce para llegar a la seguridad de la cocina. Pero, como todo últimamente, la suerte no estaba de su lado.

—Will, hijo —dijo ella, girándose con esos reflejos sobrenaturales que sólo parecen tener las madres.

Will se congeló en su lugar. Soltó el aire que tenía contenido para no hacer ruido y se giró, fingiendo la mejor de sus sonrisas.

—Gracias al cielo que bajaste. Necesito manos —dijo ella. Señaló hacia la cocina— por favor saca las sillas plegables del cobertizo. Hopper invitará a unos amigos de la comisaría. Las sillas que tenemos dentro no serán suficientes.

—Pero, mamá… —intentó quejarse. Salir al frío de la lluvia no era nada apetecible.

—Nada de peros, William. Tu hermano viene de visita hoy —ella lo miró y su expresión frenética se suavizó. Sonrió rió más tiernamente de lo usual, con un brillo especial en los ojos—. Además, hoy será una noche especial. Muy importante.

Joyce se alejó hacia la cocina tarareando “Footloose”, dejando su energía como una estela y a Will con esas palabras en la mente. 

“Una noche especial”. 

Especial para todos. ¿Para él? Últimamente nada se sentía especial.

Jane, quien había quedado junto al sofá, bufó con aburrimiento mientras pasaba el plumero por las decoraciones de cerámica que había en la sala. El polvo se levantó en motas que se notaron en la luz nublada que entraba por la ventana.

Se dió la vuelta hacia Will, probablemente para quejarse de las tareas que no quería hacer. Pero sus ojos se desviaron hacia detrás de él, justo por sobre el medio muro divisorio que separaba la sala de la cocina.

—¡Oh, mira Will! —Exclamó ella con emoción—. Mira la hora.

Wil se dió la vuelta para ver el microondas, un armatoste que Hopper había comprado hacía un año. Marcaba la hora con un color verde fluorescente.

11:11

Jane soltó el plumero y este cayó sobre el sofá. Juntó sus manos y cerró los ojos.

—Pide un deseo. Vamos

Hopper les había contado que cuando conoció a Jane, en el orfanato, había un reloj que marcaba las once y once de la mañana. Le dio gracia, ya que coincidía con la edad de ella. Luego, dos años después, cuando le notificaron que la adopción era oficial, miró el reloj de su casa y, otra vez, marcó exactamente ese horario. Comenzó a llamarla “Eleven” a veces, como un código entre ellos que luego escaló y se convirtió en el apodo cotidiano de Jane.

Jane creció creyendo que era una señal mística. Sumado a la creencia popular de que los números espejo son portales para la suerte, comenzó a esperar religiosamente esa hora para pedir un deseo. Durante años obligó a todos a hacerlo también.

Will miró el reloj detrás de él. El 11:11 estaba marcado en ese resplandor verde, esperando que él se sume al pedido de deseo. Podía hacerlo. Podía pedir que las cosas para él mejorarán.

Levantó sus manos para juntarlas, igual que Jane. Pero en el segundo en que iba a cerrar los ojos, el número perdió líneas y ganó otras.

11:12

—No llegué —dijo Will, dejando caer sus manos mientras miraba el número. 

Jane abrió los ojos e hizo una seña de descarte con la mano, restándole importancia.

—No importa, pedí por los dos —aseguro con la confianza ciega que cargaba siempre—. Seguramente funciona. Debe funcionar. 

Pero para Will sí importaba. 

No miro a Jane, mantuvo su mirada fija en el reloj que ya no marcaba la hora que necesitaba. Siempre tarde, siempre por detrás de todo lo que lo rodeaba. Fuera de lugar incluso para la magia tonta de un reloj de microondas. Si ni siquiera podía pedir un deseo a tiempo ¿Qué le quedaba para el resto de la vida?

—¡Will! ¡Las sillas! —gritó su madre desde la cocina, trayéndolo de vuelta a la realidad lluviosa.

—Ya voy —respondió con un tono cansado y arrastrando los pies para salir de la casa.

Miro el reloj por última vez, que ahora marcaba las once y trece, antes de salir por la puerta trasera que había en la cocina.

La lluvia había dejado un olor a tierra mojada que en un día normal le hubiera gustado, pero ahora se sentía pesado y molesto. Levantó la vista para mirar el cielo que ahora amenazaba con volver a desarmarse en esa lluvia aterradora.

Todo era insoportable.

Caminó con rapidez para llegar al cobertizo, ensuciando sus zapatillas con lodo y rogando no tener tanta mala suerte como para resbalarse y caer. Sería un colmo.

Mientras pensaba en eso, por no fijarse por dónde iba, se resbaló. No cayó, pudo mantenerse en pie, pero su corazón se aceleró como si lo hubiera hecho.

Ese día sería largo, y él solo quería que terminara de una buena vez.

 


 

Las horas pasaron tan lentamente, que Will sentía que agonizaba. Pero, por fin, la tarde cayó sobre Hawkins. 

Las nubes se dispersaron y el sol cálido de los inicios de primavera se hizo presente. Relajando el exterior e interior. Lla casa Byers/Hopper se encontraba en una paz que Will agradecía mucho más de lo que acostumbraba.

Will estaba sentado en su cama. Terminó de abrochar la camisa amarilla que le había regalado Jane en su último cumpleaños. No le quedaba bien, de hecho la odiaba, pero ver la sonrisa de su hermana cada vez que se la ponía era un abrazo al alma.

Se paró para enfrentarse al espejo de cuerpo entero que tenía colgado en la puerta. El reflejo no le gustó. Se veía rígido, incómodo. Patético. Abrochó el último botón de la camisa y lo volvió a desabrochar, inseguro de cómo dejarlo. Jonathan se ponía cualquier trapo y se veía genial. Will, en cambio, últimamente se sentía como si estuviera jugando a disfrazarse de algo que no era. Peor que la última vez que se disfrazó para jugar Dungeon & Dragons.

Justo cuando volvió a abrochar el botón, un toque en la puerta lo hizo sobresaltarse. Era suave y como si no quisiera molestar, podía reconocerlo en cualquier lado.

Abrió la puerta y su madre apareció detrás de esta. Lo miró con una sonrisa cálida.

—Oh, que guapo estás —dijo ella estirando las manos para abrochar ese botón con el cuál Will había estado luchando.

Will se quedó muy quieto, dejando que ella le acomodara el cuello de la camisa. Su tacto era cálido y a la vez reconfortante.

—Gracias, mamá —mirmuró con la primera sonrisa genuina que había dado en el día.

—Tu hermano va a estar muy contento de ver cuánto has crecido estos meses —ella sonrió apoyando sus manos en los hombros de él—. Llamó hace unos minutitos, en quince minutos llegan.

Will asintió, preparándose mentalmente para ver a su hermano después de meses. Era emocionante, lo había extrañado horriblemente.

Joyce se detuvo en el umbral de la puerta, justo antes de salir, como si se hubiera olvidado de algo.

—Ah, por cierto —dijo y se giró para mirarlo—. Eleven llamó a Mike hace un rato e insistió en invitarlo. Así que él también estará en la cena.

El corazón de Will dió un vuelco que sintió como náuseas. La emoción que tenía hace un momento se desparramó por el suelo, filtrándose por los tablones de madera de la habitación.

—¿Mike? —preguntó. Se odió por lo frágil que había sido su voz. Tosió para aclarar su garganta—. ¿Mike vendrá?

—Si, dijo algo sobre unos cassettes —Joyce se encogió de hombros—. Espero que no estén saliendo otra vez…. Bueno, tú sabes. Es un buen chico, lo queremos mucho en esta casa, pero lo de Jane no terminó muy bien.

Will se quedó sin palabras. Tragó saliva para pasar el nudo que tenía en la garganta.

Jane no quería volver con Mike, lo que ella quería era seguir el estúpido consejo que le dió Will esa mañana. Ella creía que podía arreglar las cosas si hablaba con él, una idea que sonaba muy bien para alguien que piensa con cariño. Pero no había nada que arreglar, porque Mike no está roto. Él quiere alejarse de ellos. De él.

Will no considera eso como estar roto.

—No creo que sea por eso —dijo él.

Joyce parecía aliviada. Confiaba en las palabras de él como una verdad absoluta.

—Bueno, es mejor así. Son mejores como amigos —le dió una palmadita en el hombro—. Termina de arreglarte ¿Si?

Cuando Will asintió, su madre salió de la habitación cerrando la puerta detrás de ella. De nuevo solo, el espejo otra vez reflejaba la incomodidad de su cuerpo. Se veía y se sentía ridículo. Se percibió como un payaso de circo que saldría sin un guión para pasar vergüenza delante del público. Pero no había tiempo para cambiarse y sentirse mal con otra cosa, y tampoco tenía ganas de evitar la sonrisa que Jane pondría cuando lo viera usando la camisa.

Apretó sus manos en un puño hasta que las uñas se clavaron en su palma y aflojó. Repito el proceso y respiro hondo. Segundos después salió de su habitación con pasos decididos. 

Will llegó al final de las escaleras justo cuando la puerta principal se abrió, dejando entrar la luz del sol que había logrado filtrarse entre las nubes oscuras. 

Nancy entró primera. Fue recibida con un abrazo por Joyce. Nancy se veía diferente: tenía el cabello más largo que la última vez que la vió, llevaba una gabardina sofisticada, claramente Hawkins ya le quedaba chico. Jonathan entró después de ella con una maleta, seguido por Hopper que traía otra. A diferencia de Nancy, él llevaba el cabello más corto, lo que lo hacía ver más maduro.

Joyce y Jane se lanzaron a Jonathan. Su madre lo apretó tanto que se ganó un quejido por parte de este. Cuando ellas le dieron un espacio él levantó la mirada, buscando.

—¡Ahí estás! —exclamó Jonathan, mirando hacia la dirección de Will. Abrió los brazos.

Will bajó los escalones que le quedaban de la escalera y se dejó envolver en los brazos de su hermano. Por un segundo Will se dejó cerrar los ojos y sentirse seguro. Jonathan era, es y siempre será su lugar seguro. La primera persona en el mundo al que le confiaría todo.

—Te extrañe, enano —dijo Jonathan, alejándose un poco para verlo mejor—. ¿Has crecido estos meses? Podría jurar que estás más alto

—Tal vez un poco —respondió Will, sintiendo que sus mejillas se calentaban.

Will miró hacia Nancy que se había acercado.

—Hola, Will —dijo ella, dándole un suave abrazo que no duró mucho—. Hace tanto que no nos vemos. Te queda bien el amarillo.

Will sonrió incómodo. Puso todo su esfuerzo en que no se notará.

—Gracias —dijo nervioso y se rasco la nuca.

Agradeció en su interior cuando Jane interrumpió la conversación, hablando sobre algo a lo que él no prestó atención. Su atención viajó a la puerta aún abierta, el frío típico post-tormenta entraba por esta e hizo que le de un escalofrío.

El auto de Nancy estaba estacionado fuera y dentro de él no había nadie más.

Según el itinerario de ese día que le había dicho Jonathan a su madre, ellos llegaron a Hawkins la noche anterior. Irían directo a la casa Wheeler donde dormirían allí, luego iban a desayunar y almorzar ahí con la familia de Nancy antes de ir a la casa Byers e instalarse allí hasta el domingo por la tarde que se irían.

Mike podría haber aprovechado el viaje y haber ido con ellos, pero no lo hizo. Tal vez no vendría.

—Hemos traído algo para ustedes dos —dijo Jonathan, trayendo a Will a la realidad otra vez.

Se giró para ver a su hermano, quien abría la maleta que tenía. Del interior sacó dos paquetes envueltos en un papel de fiesta. Le entrego el más grande a Jane.

—Este es para la señorita que me escribió una carta hablando del sufrimiento que es pedir prestado un reproductor a su madre.

Jane se rió y tomó el paquete. Lo abrió con delicadeza, sin romper mucho el papel. Era una radio que también servía como pasacassettes. El rostro de ella se iluminó como si estuviera viendo al fuego directamente.

—¡Muchísimas gracias! —dijo y se lanzó a abrazar a Jonathan y Nancy.

Cuando Jane lo soltó, Jonathan le extendió el otro paquete a Will. Era un poco más pequeño que el de Jane, más plano.

—Este es para ti —Will lo tomó despacio—. Nancy y yo encontramos una tienda de arte cerca del campus. Estoy seguro de que te gustará.

Will quitó el papel con la misma delicadeza que Jane hacía unos segundos. Era una caja de madera que tenía impreso un nombre en la tapa. Sintió que su presión bajó cuando lo leyó. La abrió rápido y se encontró con varios tubos de óleo enfilados. Era una marca profesional, cara para la mayoría. Solo los había leído de los libros que tomaba prestados de la biblioteca.

—Jonathan esto es muy caro —logró decir.

Su hermano sonrió y se encogió de hombros.

—No importa, son un regalo de cumpleaños adelantado —Jonathan metió sus manos en los bolsillos de su pantalón—. Sé que él 22 es dentro de poco, pero no estamos seguros de poder venir. Así que queríamos darles sus regalos de cumpleaños a los dos.

—Gracias —murmuró Will, bajando la vista otra vez hacia las pinturas. Jonathan pensaba en todo.

El 22 de marzo fue su cumpleaños durante once años. Los pasaba con Jonathan y su madre, algunos fueron con Lonnie. Pero cuando Jane llegó a la vida de Hopper, y por lo tanto a todo Hawkins, descubrieron el curioso hecho de que ella también había nacido esa fecha. Desde esa vez no había vuelto a estar solo, y siempre era un recordatorio de que estaban destinados a ser familia. Pero hoy ese recordatorio lo sentía más como el paso apresurado del tiempo.

El ambiente se volvió más ligero y feliz después de eso. Will rió y escuchó las anécdotas de su hermano en la universidad, y todo se volvió más acogedor cuando los oficiales Powell y Callahan llegaron. Con la casa llena de amigos y familia, voces y risas, Will se sintió tranquilo. 

Se sentó en la mesa cuando su madre lo llamó, al igual que todos. Pero el asiento vacío enfrente suyo lo hizo recordar. 

Se tensó durante un momento, pero luego se relajo. El que faltaba era Mike. Aún no había llegado y no parecía estar por hacerlo. El alivio lo recorrió. Mike no vendría, tal vez tenía cosas mejor que hacer o Jane no había logrado convencerlo en serio.

No tendría que soportar todas esas cosas que sentía pero aún no podía entender del todo. 

—Bueno, supongo que podemos comenzar —dijo Joyce, mientras traía a la mesa la comida.

Pero fue interrumpida por el timbre de la casa.

Todo el alivio de Will desapareció de su cuerpo y sus hombros se tensaron otra vez.

Hopper se levantó para abrir la puerta principal. Segundos después Mike Wheeler apareció en el comedor, agitado y colorado probablemente por lo apurado que había venido. Traía con él una bandeja cubierta con aluminio que emanaba un dulce aroma a chocolate.

—¡Lo siento mucho! —se disculpó y se acercó a Joyce—. Perdón por la demora señora Byers. Mi madre insistió en que no venga con las manos vacías y tuve que esperar hasta que esto estuviera listo.

Levantó la bandeja y se la entregó a Joyce.

—No te preocupes, cariño —dijo ella con una sonrisa y tomó la bandeja—. Huele delicioso, gracias Mike. Siéntate, estoy por servir la cena.

Mike asintió. Primero saludo a todos los que ya estaban en la mesa y luego se sentó justo enfrente de Will. Se quitó la chaqueta y justo en ese momento sus ojos se cruzaron.

—¿Cómo estás, Will? —le preguntó. Una voz monótona, como si hablara con un pariente lejano.

Will abrió la boca con ganas de decirle muchas cosas, como cada vez que lo veía. Pero nada de todo lo que pensaba salió. Como siempre.

—Estoy bien —dijo con una seguridad que no sabía de dónde sacó. Bajo la mirada—. Todo bien.

En su ingenuidad espero que Mike agregara algo más. Estaba por hacerle la misma pregunta, pero él lo interrumpió.

—cool.

Sin esperar más de la conversación Mike se dió la vuelta hacia la izquierda para hablar con Jane, quien estaba allí. Le dijo algo sobre que había traído el cassette que le pidió.

Will se quedó mirando las manos de Mike sobre la mesa, con el “¿Y tú?” Muriendo en sus labios. La incomodidad volvió, las lágrimas otra vez amenazaron sus ojos. Se regaño, era una estupidez ponerse así por eso.

Su madre comenzó a servir la cena con ayuda de Jane. Intentó poner toda su atención en la comida y las charlas que se daban en la mesa, pero cada vez que miraba a Mike, sin intención, se sentía horriblemente incómodo.

La cena transcurrió entre risas y charlas. El oficial se encargó de contar anécdotas graciosas con Hopper, haciendo reír a Jonathan y Nancy. El ambiente cálido, otra vez, y la comida deliciosa hizo que Will volviera a olvidarse de sus inseguridades por un momento. Empujando la presencia de alguno de sus problemas lejos.

—Pero, trayendo algo muy curioso que ví a la conversación… —comenzó el oficial Powell—. Debes vigilar un poco a este chico, Hopper —señaló a Will con su tenedor.

Will detuvo a su propio tenedor a medio camino. Lo bajó lentamente, sintiendo todas las miradas sobre él. No había posibilidad de que sepa algo mal de él, nunca había hecho algo.

—Lo ví el otro día con la hija de Richard Buckley. La tal Robin —dijo Powell levantando las dos cejas y con una sonrisa pícara—. Estaban muy cerca, diría que acaramelados. 

La sangre de Will se heló.

—¿Robin Buckley? —preguntó Nancy sorprendida—. No sabía que se llevaban bien.

—Es amiga de Steve —comentó Mike—. Siempre está alrededor. 

—¡Una chica muy guapa! —exclamó Powell—. Aunque bastante parlanchina, no está nada mal para ti chico. Aunque algo mayor. Todo un campeón, conquistando chicas grandes.

Hopper se rió, cargado de ese “orgullo masculino”. Las náuseas llegaron a Will como un rayo.

—No… no es nada de eso —se apresuró a decir. Su corazón latía rápido, desesperado por aclarar eso rápido—. Es solo una amiga. No otra cosa.

—Claro. Claro. “Una amiga” —dijo Callahan riéndose, haciendo unas comillas con los dedos de su mano izquierda y tomando una copa de vino con la otra.

Will bajó la mirada a su plato. Ya no le apetecía la comida. Nadie volvió a insistir, pero nada quitó de él esa incomodidad seguida del malestar de su cuerpo.

Fue horrible. Esto fue horrible. Se sentía asqueroso por solo dejar que hablarán de esa forma sobre algo que no existía, dejar que hablarán así de Robin. Ella era, probablemente, la única persona en todo Hawkins que lo entendía al cien por ciento. Era la única que sabía, igual que él, lo que es ser… diferente. Will sabía su secreto y ella el de él.

Era una ironía terrible. Ellos pensaban que había un romance, que Will era más hombre por conquistar a una chica mayor, pero la realidad era que la conexión de ambos era por un secreto prohibido. Una amistad que comprendía desde otro lado. Por eso no podía decir nada, solo le quedaba dejar que pensaran lo que querían.

Hopper tosió para aclararse la garganta.

—Dejen al chico en paz —dijo dándole una sonrisa comprensiva a Will. Cómo si hubiera notado su malestar.

Hopper se levantó de la mesa. Joyce, a su lado, lo miró e hizo lo mismo.

—Pero hablando de romance, hay algo que queremos anunciar —estiró su mano para rodear la cintura de Joyce con su brazo de forma cariñosa.

Joyce sonrió y miró a Hopper unos segundos antes de volver a mirar a todos en la mesa.

—¡Nos vamos a casar! —exclamó ella con una sonrisa.

Se instaló un pequeño silencio en la mesa, luego estalló.

—¡Si! —gritó Jane, levantándose de la mesa tan rápido que la silla casi se cae.

Jonathan también se levantó rápido, caminando hacia Hopper y su madre. Nancy y Mike aplaudieron emocionados desde la mesa, al igual que los oficiales.

Will sintió un golpe de felicidad genuina que barrió absolutamente todos los sentimientos anteriores. Se levantó, casi en shock, y se acercó también a ellos. Se abrazaron los cinco con fuerza.

Su madre se merecía esto. Merecía ser feliz al fin, después de Bob y Lonnie. Ella realmente merecía alguien que la amara y cuidara tanto como Hopper. 

—¡Felicidades! —dijo Will, con una felicidad que no cabía en su propio cuerpo, luego de que se separaron del abrazo.

—Gracias, mi amor —dijo Joyce tomándolo de las mejillas y bajando su cabeza para poder darle un beso en la frente.

Todo en la mesa era un caos otra vez. Risas, felicitaciones, una felicidad absoluta que sólo podría tener el final de una película.

Pero todo se arruinó cuando su madre dijo cuál sería la fecha aproximada de la boda.

Nancy, con una emoción incontrolada y tal vez algo de vino, se giró hacia Mike.

—Para ese momento ya estarás instalado allí ¿No? —le preguntó—. Debes venir si o si. No puedes perdértela.

Todos miraron con curiosidad a Mike. A excepción de Will, quien sintió que todo se rompía otra vez como un muñeco de cerámica que cae de un estante.

—¿Te irás? —preguntó Joyce con curiosidad.

Will levantó la vista para mirarlo. Le costó horrores, pero lo hizo. Sus ojos ardían, pero necesitaba ver la expresión de Mike. Saber si en esos ojos había al menos un dejo de duda.

Vio como Mike tragó saliva antes de hablar. No miró a nadie en particular, mantuvo la vista en un punto fijo de la mesa. Movió la comida con el tenedor y habló.

—Si, me han aceptado en la UCLA —dijo con un tono decidido, ahora levantando la vista y mirando a Joyce —. Estudiaré astrofísica.

Se instauró un silencio que duró unos segundos.

—¿La UCLA? ¿En serio? —preguntó Hopper asombrado—. Es una gran universidad, de las mejores del país. 

—¡Es maravilloso! —exclamó Joyce—. Un científico en la familia. Bueno, en la familia extendida. Tu madre debe estar muy feliz.

Mike asintió, volviendo su vista a la comida. 

—Y ustedes deben estar muy feliz por él también. Lo ocultaron bien —dijo Hopper en dirección a Jane y Will.

Will miró a su hermana. Ella sonrió y asintió. No era una sonrisa que llegara a sus ojos.

Miró a Mike otra vez.

—Mike es genial —dijo, mientras desviaba la mirada hacia Hopper.

No vio la reacción de Mike. Tampoco quería verla. Había utilizado un tono seco, para que al menos él notará lo mal que había estado en no decirle. A él. Su supuesto mejor amigo se enteraba de algo tan importante por una charla de mesa, aunque ya lo supiera por Jane.

¿Dustin lo sabía? ¿Lucas? ¿Max? Dustin seguramente, planeaban estudiar cosas similares. Apenas llegó la carta seguramente había corrido para llamarlo y contarle. Corrieron la bola hasta enterarse todos, menos él.

A su mente vino la imagen de su propio cajón. Con un sobre grande dentro de él. Una aceptación a la universidad de Indiana que ahora se sentía más pequeña. Más irrelevante. No era un secreto como el de Mike, todos sabían que quería ir a esa universidad. Tenía las cosas que más quería: el arte y cercanía a su casa, su familia. 

—Bueno, eso merece otro brindis —dijo Powell levantando su copa— ¡Por el amor y la universidad!

Will levantó su vaso también. Brindo por el amor.

Tomó el refrescó, pero el líquido no quería pasar por su garganta. Miró a Mike por última vez. Él no lo miraba. Como siempre.

La alegría en la mesa continuó pero Will no pudo contagiarse de ella aunque lo intentara una y otra vez. Se sentía en su propio funeral.

Entre risas y charlas fuertes la cena por fin llegó a su fin. Powell y Callahan fueron los primeros en retirarse de la casa, dejaron detrás de ellos un silencio inesperado.

Jonathan y Nancy, cansados del viaje, decidieron por fin instalarse en la habitación. Usarían la que antes era la de Jane, ya que ella se había cambiado hacia la de Jonathan cuando esté se fue a la universidad. Aunque la casa se sentía llena, Will se sentía asfixiado.

Al pasar por la sala Will vio por la ventana como Mike y Jane estaban afuera “tomando aire”. Estaban allí, bajo la luz del jardín, charlando en voz baja. Will no necesitaba escuchar para saber de qué estaban hablando, Jane seguía su consejo: hablar con Mike y encontrar una forma de que comprenda que Hawkins es un lugar que vale la pena recordar.

Will cerró las cortinas y se alejó hacia la cocina para ayudar a su madre con lo que quedaba de la cena. La ayudó a lavar los platos, secarlos y guardarlos dónde corresponden. Cuando terminaron ella le dedicó una sonrisa cálida.

—Sobre lo que dijo Powell. Lo de Robin —comenzó Joyce mientras se sacaba las manos—. No tienes que fingir conmigo, hijo. Sabes que puedes confiar.

Will se tensó y se detuvo momentáneamente con un plato en la mano. Suspiro y se giró para verla.

—Es solo una amiga. De verdad, no hay nada más —dijo con desespero. Buscando que ella le creyera. 

Joyce lo miró durante un par de segundos hasta que finalmente se acercó a él y lo envolvió en un cálido abrazo. Él se dejó llevar por ese pequeño momento de alivio.

—Recuerda que eres libre de hacer lo que quieras y de no hacer lo que no quieras —murmuró ella en el abrazo. Se separó y acarició su cabello—. Eres fuerte y no necesitas demostrar algo. Te amamos tal cual eres ¿Lo sabes?

—Lo sé, mamá —dijo bajando la cabeza, para dejar que ella le diera un beso en la frente.

Pero era tarde para creer lo que ella le decía. Will ya se sentía roto, alejado de la realidad del mundo que seguía girando y avanzando, pero él quedaba detrás.

Se excuso con que tenía sueño y subió a su habitación. Necesitaba silencio. Quería que su mente deje de girar en todas esas ideas que lo llevaban una y otra vez a autocompadecerse.

Abrió la caja de madera que Jonathan le había dado y, con el mejor pincel que tenía, pinto sobre un pequeño lienzo. Pintar era lo único que lo sacaba lo suficiente de la realidad como para hacerlo olvidar durante un rato. Pinto el lago de los enamorados. Utilizo los nuevos azules y verdes profundos. Se sentía bien como la pintura llenaba todos esos espacios en blanco.

No le molestaba que Mike se fuera a la UCLA, al contrario, le parecía algo hermoso. Mike siempre fue brillante, destinado a hacer cosas grandes. No era egoísta, quería que su amigo cumpliera todos los sueños que se le vinieran a la cabeza. 

Lo que a Will le molestaba era el olvido. La distancia que su amigo pondría. Tenía miedo a que Mike encontrará gente nueva, una nueva vida, y que el recuerdo de aquel chico raro del pueblo hoy escondido en Indiana se desvaneciera hasta no recordar nada.

Unas risas lo sacaron de su trance. Venían de afuera.

Dejó el pincel y se acercó a la ventana. Movió las cortinas para ver qué sucedía. Mike y Jane estaban allí afuera, tal y como los había visto antes. Ahora Mike tenía su mano sobre el manubrio de su bicicleta, listo para irse. Will no podía escuchar lo que decían, hablaban bajo. No oyó, pero si vio. Vio como Jane, con una determinación que él nunca tendría, lo tomó por la chaqueta y lo besó.

Cero la cortina de golpe y retrocedió como si hubiera presenciado un asesinato. No miró si Mike correspondía, si seguían o se separaban. No hacía falta. Sea lo que sea, ese era el punto final en las dudas de Will.

Se quedó parado en medio de la habitación, con el corazón latiendo y golpeando en su pecho. Caminó hacia su papelera y tiró el pequeño lienzo. 

Se acabó.

Todas esas esperanzas estúpidas, sus deseos que no comprendía del todo bien… todo debía desaparecer. 

Aún con el dolor golpeando su pecho como cientos de agujas, realmente deseo que Jane fuera suficiente. Esperaba que ella sea la razón por la que Mike no olvidará Hawkins. Si sus amigos no lo eran, al menos Jane podría ser un ancla para que Mike no dejará de llamar.

Se sentó en el borde de la cama y miró el reloj sobre su mesa de luz.

22:22

Los números brillando en un intenso rojo lo llevaron a la conversación con Jane aquella mañana. Cerró los ojos con fuerza, dejando que las lágrimas que contuvo todo el día por fin cayeran por sus mejillas. 

—Deseo no ser una carga —susurro con la voz quebrada—. Deseo que todos sean felices sin tener que preocuparse por mi. Que nadie tenga que cargar con el peso de mis secretos. Deseo… Deseo que Will Byers desaparezca de los recuerdos y la vida de todos.

Se dejó caer sobre la cama. Sintiendo que el silencio de la casa se había hecho más pesado que antes. Miro al techo, mientras el nudo de su garganta y el dolor en el pecho desaparecen por completo. Se sentía ligero, libre. 

Se sintió cansado. Probablemente por todas las emociones del día. Cerró los ojos y se acomodó, sin quitarse la camisa amarilla que ahora se sentía cómoda sobre su piel.

Completamente ajeno a que los números lo escuchaban.

 

Notes:

Me cuesta un toque entender el sistema educativo yankee, pero creo que pude atinarle a las fechas y el tema de las cartas universitarias.

Claramente basado en los errores constantes que hay el la serie sobre datos de Will, como si lo olvidarán. Además de los libros I'm not Jessica Chen y If you could see the sun, ambos de Ann Liang.