Chapter Text
La corriente estaba bastante agitada esa mañana. Lo que hizo que el marinero se despertara al caerse de la cama por los constantes movimientos del barco. A pesar del duro golpe no sé quejo, ni sé inmuto. Solo se levantó del ya viejo piso de madera y se puso a alistarse para comenzar su día.
Tendió las camas, que se encontraban casi todas llenas de polvo, a excepción de la que el mismo usaba. Y se fue a la cocine del barco para poder prepararse el desayuno. No necesitaba comer, pero lo hacía por costumbre, para no romper esa pequeña rutina que llevaba cumpliendo desde el día que zarpo a alta mar. Al principio, lo hizo solo para aparentar entre sus compañeros y capitán. Pero ahora, que ya ninguno de ellos se encontraba con vida, solo la seguía por nostalgia.
Los cubiertos de madera fueron dejaros de lado, mientras que sus manos, siempre limpias a pesar de su tiempo como pirata, cortaban el pan. Se aseguro que no cayeran migajas al piso, que estaba impoluto luego de haber sido limpiado más de un millón de veces. Y luego tomo un poco de té, sin azúcar, ni miel, eran lujos para un pirata, aunque si el los deseara, los podría conseguir en segundos.
Termino de comer, limpio la cocina y se fue a vestir. Aún llevaba el viejo camisón de "princesa" que le habían regalado una vez sus compañeros a manera de broma.
-Siempre luces tan bello que pareces una dama de alta cuna. -
Le habían dicho aquella vez mientras lo empujaban a uno de los almacenes para que pudiera cambiarse. Desde aquel lejano día había usado siempre que podía. Ellos se burlaban de él, él mismo respondía de manera sarcástica y eso aligeraba el ambiente en los malos días. A veces, hasta el capitán se unía. Pero esos tiempos eran pasado, no pisado, no aún, pero pronto lo serían.
Con una sonrisa triste doblo el camisón sobre la cama y se puso su traje de siempre. Una camisa blanca, unos pantalones negros, sus botas y un pañuelo verde para recoger su siempre demasiado largo cabello.
El barco hizo un movimiento repentino y él se tuvo que agarrar de uno de los pilares para no volver a caer al piso. Al parecer, la bestia ya estaba aquí, por lo que su tiempo de "paz" se había agotado. Como pudo, subió a cubierta, ni bien llego sintió como pequeñas gotas de agua lo mojaban. Los días de Iludía solían ser los más dramáticos para "morir" o bueno, más bien volver. Por lo que acepto las pequeñas gotas como si abrazara a una vieja conocida.
Limpiándose con poco cuidado el agua de los ojos miro el mar y cuando noto la sombra que se hacía cada vez más grande, se dignó a desenfundar su espada. Ya fuera de su funda, el ultimo vals del navegante podría comenzar.
Xiu ya tenía un resplandor propio que se notaba más en estos momentos. Cuando la hoja de metal era usada con el fin de acabar con el enemigo hacía parecer a su portador más delicado que un lirio en invierno. Aunque claramente una simple planta no puede parecerse en nada al hijo favorito de un Dios. Un hijo que danza bajo garua para matar a un leviatán con la gracia de un ángel.
Se movía sobre el océano mientras tarareaba una pequeña canción. Un paso a la derecha para esquivar una ola, dos atrás para evitar un golpe, levanta la espada, apunta al cuello y hace el primer tajo. El, Leviatán, no grita, no sentirá dolor con un tajo tan simple y poco profundo. Entonces, el sigue bailando, se mueve para un lado y para el otro, levanta su espada de vez en cuando y corta, una y otra y otra vez. Hasta que solo hará falta un golpe final y la temible criatura del mar acabará muerta.
Él sonríe, deja que la bestia se acerque, a pesar de que sabe que la intención de esta es comérselo. Le permitirá tener ese golpe, solo para sellar su camino a la tumba. El monstro lo traga y Xiu Ya realiza un tajo largo y circular alrededor de toda la garganta interna de esto. Y para cuando el ser se da cuenta, ya está cayendo muerto al fondo del océano. Donde los mismos peces que eran el plato principal en sus festines diarios de alimentación, lo consumirán hasta que no quede nada más de él, porque incluso sus huesos han sido hechos polvo por la arena del mar.
El marinero sonrió con algo de tristeza mientras volvía a subir de un solo salto al viejo barco. Un movimiento de la mano y la hoja de su espada ya se encontraba brillante como siempre, sin gota alguna de sangre. Con su sonrisa aún en el rostro, el marinero bajar a los camarones, y sentado al lado del camisón enfundo su espada. Aun sabiendo que todo lo que había vivido ya no serían solo sus memorias y de que ese camisón ahora le pertenecería a otro Shen Jau, que no sabe que no son la misma persona.
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Una pequeña luz apareció afuera del palacio de Shang. Y poco después de esa luz emergió Shen Jiu, su largo pelo se encontraba dividido en dos partes, una parte estaba atada con una trenza, y la otra mitad, la superior, estaba sostenida en un rodete. Sus pies, calzados con zapatitos blancos tocaron el piso con la gracia de un hada. Y cuando eso paso sus ojos verdes esmeralda se abrieron, un parpadeo, luego otro, hasta que se acostumbraron a la luz.
Soltando un pequeño suspiro resignado y acomodo su ropa. Luego, cuando considero que estaba lo suficientemente presentable levanto la vista para ver el palacio que se alzaba sobre el prado lleno de flores. Esta ya era una vista común para él, bueno, no tan común porque Shang acostumbraba cambiar la apariencia del castillo con tanta frecuencia como con la que Jiu viajaba entre mundos. Hoy en específico el castillo se asemejaba bastante a los palacios chinos que Shen conocía.
Acercándose lentamente pudo distinguir algunos detalles pequeños que hacían ver a la majestuosa estructura un poco más hogareña. Entre esos pequeños detalles se encontraban el tapete que tenía escrito "Bienvenidos" en latín. Era una cosa espantosa, pero que Shang siempre ponía en la entrada de su palacio. Otro de los detalles era el jarrón para flores que Shen mismo había pintado durante un momento total y absoluto de aburrimiento. Este contenía un pequeño árbol de buganvilla de un hermoso color lila. Y luego, estaba el objeto más molesto de todos, el buzón.
Esa cosa era de un color amarillo chillón. Insoportable a la vista de cualquier humano, ángel o ser vivo en general, a excepción, de claro está, el Dios dueño de este maldito palacio. Quien había decidido, contra cualquier criterio humanamente aceptable que ese debía de ser el color del maldito objeto. Lo peor de todo era que sin importar la estructura del palacio o el color de este, el maldito buzón nunca entonaba.
Shen se acercó a este y cruzando los dedos de la mano derecha, abrió el buzón con la mano izquierda. Rogaba internamente a su creador que este mismo se haya acordado de revisar el objeto del demonio mientras él estaba fuera. Pero claro que no fue el caso, pues cuando la puertecilla fue abierta por completo, cientos, si no es que miles de cartas salieron disparadas. Para suerte, o desgracia, de Jiu, este ya estaba mal acostumbrado a que esto pasara. Así que pegó un salto para el costado para evitar ser enterrado por el montón de cartas. Fue un milagro que no haya pisado ninguna de las flores del jardín delantero, pero tampoco es como que importara mucho.
Gruñendo bajo, Jiu se froto el ceño fruncido para tratar de calmarse un poco antes de ponerse a recoger las cartas. Una por una las fue agarrando y solo por el deseo de saber más comenzó a leer quien era el redactor de cada una de ellas. La mayoría, si no es que todas, pertenecían a "dioses" de diversos mundos bajo el gobierno de Shang que pedían una cosa u otra. En opinión de Shen, eran idiotas por pensar que él les iba a responder. Shang nunca interactúa personalmente con alguien que no fuera Jiu, el sistema (no la entidad usurpadora, si no el original) o los Dioses de otros planos. No le interesaban lo suficiente los mundos que él mismo había creado. Si pasaba algo que requiriera su atención inmediata, lo sabría cuando pitará la alarma. Pero mientras no lo hiciera, solo se dedicaría a ver los mundos que había creado como si fueran novelas.
Y bueno, también estaban las cartas de los "otros" dioses. Jiu aún no entendía porque algunos de ellos preferían comunicarse mediante cartas en lugar del claro sistema extraño de comunicación telepática que él sabía que tenían. Aunque bueno, tampoco es que importara mucho, mientras no acabara en mitad de todo el caos que les gustaba formar a las deidades, no tenía problema en entregar las cartas.
Hablando de cartas, ya había terminado de juntarlas todas. Así que por fin podía entrar en el palacio sin tener que volverá molestarse en salir cuando Shang le pregunte si las había traído con sigo.
Abriendo la puerta con la pierna y usando un poco de "magia" para que nada se le callera de las manos entro al palacio. Camino por el pasillo, que parecía casi infinito y a comparación de la fachada, era de un estilo francés. Shen realmente se preguntaba qué tipo de bebida alcohólica era tan fuerte como para poder emborrachar a la deidad y hacer que creara esta atrocidad de palacio.
Bueno, tampoco es que fuera feo, cada cuarto por separado era hermoso. Pero si lo mirabas todo junto era un collage de alta calidad, pero sin sentido alguno. Aparte de un maldito laberinto en él que Jiu se había perdido más de una vez cuando era recién llegado. Por suerte ahora ya conocía el castillo como si fuera la palma de su mano.
Probablemente hasta lo conocía mejor el palacio que su propia palma, pero eso era irrelevante.
Aunque si se debía de resaltar algo raro del palacio, eso eran las puertas. No había dos iguales, todas tenían diferentes tamaños, formas, colores, diseños. Y aún así sus diseños no eran estáticos, los dibujos que en ellas había se movían constantemente. Como una hermosa animación hecha a mano. Las estatuas que en algunos casos las rodeaban a veces cambiaban de forma, te bloqueaban la puerta o directamente se iban a pasear por el palacio. Y el pequeño cartel que indicaba que sala era cambiaba de idioma según quien lo estuviera leyendo. Algo que descubrió Jiu luego de aprender latín.
Y entre todas las puertas del palacio había una que era la más rara. Por suerte, siempre se mantenía en el mismo lugar. Pero eso no quería decir que su apariencia fuera siempre igual o al menos similar. No, no lo era, no lo sería y nunca lo fue. Esa puerta, era de la de la oficina de Shang. Su cartel era el único que se encontraba en enoquiano, o algo que se le asemejaba, y nunca cambiaba de idioma. La puerta, como tal, era una especie de espejo que reflejaba los mundos más bellos que la deidad había creado. Siempre cambiantes, un parpadeo y ya no te encontrabas estabas mirando el mismo paisaje. Y bueno, como cereza del pastel estaba que la puerta sólo se abría si Shang estaba adentro o si la deidad la abría.
Como era el caso ahora. La puerta estaba abierta, no de par en par, si no, más bien, una pequeña rendija que permitía ver su interior. Shen ni lo pensó al abrir la puerta con el pie e ir directo al escritorio de su creador para tirarle todas las cartas sobre el escritorio.
-Acordamos que las ibas a ir a buscar mientras yo no estaba. -
Le señalo el menor mientras se cruzaba de brazos. Su relación había llegado a un punto donde Jiu podía usar su lengua de plata como quisiera contra su creador. No es que a este le gustara que le hablaran así o fuera masoquista. Si no que le tenía un especial cariño a su "hijo". Lo que era de esperarse si conviven tanto tiempo como ellos dos lo hacen.
-Lo siento, Jiu-Jiu, pero me distraje creado una nueva dimensión. ¿Te parece si hablamos de ellos durante la cena? -
No era una invitación directa a compartir una comida. Eso era algo que, aunque a Jiu no le gustaba hacían siempre. Una rutina que impuso Shang desde el primer día, Shen aún no sabía si lo hizo para cuidarlo a él, cuidarse a sí mismo, establecer un tipo de rutina o simplemente evitar que ambos se volvieran locos. En todo caso, él ya sabía que la deidad estaba, como mínimo, un poco loca. Aunque, a comparación del resto de dioses que había conocido, lo podría llegar a llamar hasta cuerdo.
-Bien. Pero asegúrate de avisarme en la cena si tengo que llevar alguna respuesta a cualquiera de esas cartas. Sabes que me gusta estar preparado con antelación para mis entregas. Por cierto, las separe en "dioses" y Dioses. -
Ambos saben a qué hace referencia eso. Los "dioses" son las creaciones e Shang, quienes reinan sus mundos en su nombre o al menos, en la mayoría de casos, así es. Mientras que los Dioses son las deidades de otros universos, los únicos a los que Shang les presta atención. Más por su propia seguridad que porque le agraden dichas deidades.
-Y yo que tú me apuraría a enviar algunas de las cartas de respuesta -
Añadió el más joven. Conocía a alguno de esos Dioses y había sido víctima de sus iras tras recibir las respuestas tardías. No habían sido lindas experiencias y agradecería no tener que volverlas a vivirlas ni a corto, ni a largo plazo.
-Gracias Jiu-Jiu. Te veo en la cena. -
Y esa fue la señal de Shen para salir de la oficina del Dios. No cerró la puerta tras de sí, pues, en primer lugar, no era algo que pudiera hacer. Pero si la dejo como la había encontrado, levemente abierta, solo para que la luz del pasillo entrara a la oficina.
Jiu simplemente se dirigió a su dormitorio. Ya no tenía nada más que hacer hasta que fuera la hora de cenar. Y eso podía ser mucho más tarde que temprano. En especial teniendo en cuenta que Shang solía hacer que el tiempo pasara lentamente cuando tenía que terminar más trabajo. Ese era probablemente uno de los motivos por el cual vivía en una "dimensión" que no sé encontraba ligada a ninguna restricción. Después de todo, si el día se sintiera como si durara más tiempo los humanos tratarían de entender el porqué. Y los dioses que no saben a quién sirven se darían cuenta que hay algo sobre ellos.
Aunque ahora, todo eso no importa. Después de todo, Jiu ya había llegado a su cuarto y podía descansar un poco antes de que tener que ir a cenar. Miro la puerta, se veía como siempre. Pájaros hechos de tinta volaban sobre la madera, las montañas del fondo se movían, el cartel con letras chinas indicaba que era su habitación. Y bueno, los abanicos que estaban en el marco de la puerta, exactamente uno en cada Angulo de 90° le daban su toque.
Él acercó su mano y por arte de magia la manija de la puerta apareció. Era un pequeño toque que le había dado Shang a la habitación para que Jiu sintiera que tenía más privacidad. No es que la deidad no pudiera entrar al cuarto si quisiera hacerlo. Pero al menos le daba a Shen un sentimiento de propiedad que le calmaba, aunque sea un poquito su miedo. Aunque, por suerte, ya ha llegado a acostumbrarse a estar cerca de hombres y dormir a cuatro metros de ellos. Pero eso no quiere decir que le gusten, no, él aún los odia y los seguirá odiando por lo que queda de su larga existencia.
En fin, cuando giro la manija la puerta se abrió. Dándole paso al gran dormitorio en el que Jiu vivía cada que no estaba arreglando desastres en las dimensiones de su creador. Soltando la manija y entrando a su dormitorio a paso calmado, espero que la puerta se cerrara tras de sí para contemplar el cuarto. Este tranquilamente podía pasar podría hacerse pasar por una casa o departamento en planta baja si contara con cocina y baño. Pero como Jiu no necesitaba ninguna de las dos cosas (ni sé las pediría a Shang), el dormitorio era solo un gran espacio dividido en alas o sectores y que contaba con un gran patio privado.
Dejando sus zapatos en el piso, bien acomodados uno al lado del otro. Jiu subió el único escalón que había antes de entrar verdaderamente a la habitación. Esquivo el biombo que fungía una función decorativa, aparte de que llenaba el espacio en blanco, y se dirigió a su armario. Sus pies descalzos resonaban en el fino piso de madera carente de astillas y era el único sonido relativamente interesante en el lugar. No había aire, el agua del pequeño río que rodeaba todo el cuarto era estática, como si estuviera atrapada en el tiempo y no había pájaro alguno en los árboles que estuviera tarareando una cancioncilla con intención de atraer una hembra.
Pasando por el pequeño puente que cruzaba sobre el río que dividía su dormitorio se metió tras uno de los biombos y comenzó a desvestirse. Se quitó las capas y capas de túnica y los accesorios antes de comenzar a buscar uno de sus pijamas. Como esperaba, una réplica del camisón de princesa se encontraba colgada en la última fila de su armario. Se lo colocó sin más antes de acercarse a su tocador para tomar una pequeña toalla. Ya con ella en mano se agachó al lado del tocador y estirando un poco el brazo pudo mojarla. La pasó por su cara, el agua estaba fría, si no es que helada, pero era algo que Jiu esperaba.
Se levantó, dejó la toalla colgada de un pequeño gancho y de paso tomó un peine antes de irse a otra parte de su habitación. Específicamente donde estaba su cama, se veía como una cama china antigua. No de las que tenía el emperador, pero si la gente rica, había algunos almohadones y de las bisagras superiores colgaban pequeñas mariposas de diferentes colores hechas de vidrio. Jiu se sentó sobre el suave colchón y desató tu pelo, primero lo peino con los dedos, luego, ya si, con el peine.
Puede que hayan sido minutos, pueden que hayan sido horas o tal vez hasta un día. El tiempo pasa de manera extraña cuando uno está en la dimensión de Shang. El punto es que cuando Shen terminó de peinarse ya era hora de cenar. No es que alguien se lo tuviera que avisar o algo por el estilo, simplemente lo sabía. Por lo que se levantó de su cama, dejó el peine en su mesita de noche y se dirigió a la puerta de su dormitorio. Bajo el escalón y mientras se ponía las pantuflas salió de este, encaminados directamente al comedor.
El comedor era grande, pero acogedor, se podía decir que se parecía bastante a los lugares donde algunos humanos ricos y privilegiados festejaban navidad. Oh bueno, al menos se parecía al de las películas que Shang obligaba a Jiu a ver cuándo decidía que ya había pasado demasiado tiempo fuera del palacio. Hablando de Shang, este estaba sentado en la cabecera de la gran mesa hecha de roble. Su vista estaba fija en su plato, vacío, no levantó la cabeza, pero Jiu sabía que su creador sabía que estaba hay.
—Buenas noches. — Saludo de manera cortés mientras se iba a sentar del lado derecho de Shang. Este aún estaba distraído, pero el joven le restó importancia mientras acomodaba sus palillos de metal (con decoraciones grabadas finamente en ellos), mientras esperaba que apareciera la comida. No sabía que sería esta vez, siempre eran cosas raras, pero nunca sabían mal o eran asquerosas. Bueno, tampoco es como que algo pudiera ser más asqueroso que el pan mohoso y podrido que Jiu había considerado un lujo cuando era niño.
Los minutos pasaban, y Shang seguía perdido mirando fijamente su plato. Jiu ya se estaba comenzando a impacientar, golpeando sus palillos contra la madera en un ritmo constante y repetitivo. Para cualquier ser vivo esto sería insoportable, menos para Jiu, que tenía todo el tiempo del mundo para hacer esto. Una y otra y otra vez, los palitos golpeaban la madera con fuerza y no dejaban marcas. Una y otra vez la mesa temblaba por el constante golpeteo. Y una y otra vez los platos que estaban distribuidos a lo largo de toda la mesa temblaban levemente con cada golpe. Aun así, Shang no reaccionaba.
Jiu dejó los palillos sobre la mesa, ya harto de repetir el irritante sonido que taladro sus oídos por lo que parecieron horas. Se levantó de su silla, pero no pudo salir de la mesa cuando la mano de Shang lo agarró de golpe. —Siéntate. — Ordenó en ese idioma que Jiu aún no entendía del todo, porque el Dios solo lo usaba cuando estaba realmente metido en algo. En una de esas cosas que ponían los pelos de Jiu en punta de solo saber que existían y que hacía que Shang se comportara de manera paranoica por un largo tiempo.
El aliverde siguió la orden al instante y se sentó de nuevo en su asiento. Miró al Dios y espero que este no tuviera la vista fija en el plato, pero la tenía. Sea lo que sea que estuviera pasando, a Jiu no le gustaba ni un poco. —Estás pensando en traer a otra persona aquí. — Acuso, y no recibió respuesta alguna por ello, lo que solo lo estreso más. Su cerebro comenzó a trabajar más rápido de lo que le gustaría aceptar. Por lo mismo empezó a escupir palabras. —No puedes traer a alguien más aquí. Dijiste que yo era una excepción, que no volvería a pasar. Se supone que habías solucionado el problema. — Su voz se comenzó a elevar y Shang no decía nada, solo seguía sosteniendo su muñeca con fuerza. —¡Respóndeme, Shang, respóndeme! — Le gritó exasperado mientras comenzaba a hiperventilar, no quería a alguien más aquí. Nadie más que él debía de pasar por esto, nadie más, nadie más.
—¡Cállate! — Fue la respuesta que recibió Jiu cuando comenzó a sacudir al Dios en un desesperado intento de que reaccionara. —¡Entonces respóndeme! — Estaba exasperado, necesitaba una respuesta a una pregunta que ni siquiera había formulado directamente por el pánico que corría por sus venas. —No Jiu, nadie más. Ahora cállate. — Su tono de voz seguía siendo elevado, pero ya no estaba gritando. Sabía que si quería calmar a su hijo debía de bajar la voz o el chico solo se desesperaría más.
Con esas palabras dichas Jiu se calmó lo suficiente como para poder sentarse correctamente y volver a su juego con los palitos. Un golpe, dos golpes, tres y cuatro hasta que Shang volvió a hablar. —Detente, Jiu, necesito concentrarme. — Le ordenó, al contrario, ya no estaba mirando fijamente su plato vacío, si no que su vista estaba fija en la mesa. Específicamente, en los palitos que Shen estaba golpeando contra la mesa. —¿Por qué me llamaste si estás trabajando? — Pregunto, era raro o de por sí, inaudito que Shang le avisara que había que comer si no había comida. A menos de que quisiera que Jiu pusiera los platos, lo que no era el caso hoy.
—¿Qué quieres comer? — Preguntó el Dios, esquivando el tema de conversación por el cual había sido encarado directamente. —¿Ahora puedo elegir que comer? — Le pregunto sarcásticamente a la deidad. Jiu nunca podía elegir que iban a comer cuando estaba en el palacio. Aunque tampoco es como que alguna vez haya preguntado si podía. —Si. ¿Qué quieres comer? — Respondió secamente Shang mientras veía como Jiu dejaba los palillos quietos sobre una servilleta. —Angula. — Era el alimento favorito de Jiu y ambos lo sabían. —Eso no es una comida, es un postre, elige otra cosa. — Shang levantó la vista para ver a su creación y está la miró fijamente como si lo desafiara.
—¿Para qué me preguntas qué quiero comer si me vas a decir que no puedo comer eso? — Por su tono daba a entender que era más una pregunta retórica que una de verdad. Solo tenía el fin de molestar a Shang. —Sabes que eso no es comida, elige otra cosa. — Y Jiu volvió a tomar los palitos para golpearlos contra la mesa. Fue recibido por un ceño fruncido por parte de la deidad ante esto. —Me da igual, a los proyectos de ciencias no sé les da la opción de elegir. Simplemente se los alimenta según lo que el científico loco de turno considere necesario, aún si eso es dañino. —
El silencio cayó sobre el comedor durante demasiado tiempo. Shang sabía lo que pasaba por la mente de su creación y no es porque fuera un Dios todopoderoso. Si no, porque, al menos para sí mismo, era un padre. —Ya hemos hablado de esto, no eres un experimento para mí. — Ambos se miraron a los ojos y Jiu solo soltó una risa seca y sin gracia alguna. —¿Entonces qué soy? ¿Un juguete, un payaso con el que te puedes entretener o acaso soy un bufón? O acaso soy algo mejor que ello, tal vez un esclavo con el que te puedes divertir. Al que solo reparas para poder romperlo una y otra vez. Soy una pieza de decoración acaso o puede que un sirviente leal al que puedes mandar como quieras. — El volumen de su voz comenzó a subir poco a poco, mientras sus ojos se cristalizaban.
