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"Insisto, doña Margarita, es nochebuena, usted tiene una familia que la espera en casa. Estaré bien, he estado sola la mayoría de las noches, hay seguridad afuera de la hacienda".
La joven Francisca Imelda le sonríe con algo de timidez ante la insistencia de Margarita por no dejarla sola, ella es una de las pocas personas que ayudan en la hacienda de su familia. La mujer mira con algo de pena a Francisca, el señor Straffon les había ordenado y pagado unos cuantos pesos de más a todas las criadas para que acompañaran a su hija a cenar por la fiesta de nochebuena.
El padre de Francisca había sido invitado a un banquete de nochebuena en la ciudad de México, no podía dejar pasar esa oportunidad, ya que, ahí podía hacer muy buenas conexiones de trabajo para sus minas.
Francisca era muy inteligente al darse cuenta del plan de su padre para no dejarla tan sola, por las miradas irritadas de algunas de las muchachas por arruinar sus planes con sus familias o parejas y los suspiros cansados de las mujeres más mayores; no tuvo que decirles dos veces que no era necesario que se quedarán, pues, les había dicho lo mismo que a Margarita, todas le agradecieron su generosidad y prometieron ir temprano por la mañana para desearle una feliz navidad.
"No le diré a mi padre, aunque, tampoco es como que él pregunte por mí" dice con seguridad y Margarita se plantea nuevamente si debería quedarse a hacerle compañía a la pobre muchachita, había perdido a su madre a los diez años y ahora, con veinte años, también a su abuela, la señora María Imelda, tan solo unos meses atrás, la mujer se sentía algo culpable si la dejaba sola.
La chica noto la indecisión de la criada y le sonrió un poco más.
"En serio, han hecho la cena para mí, se lo agradezco pero mi mejor regalo que usted podría darme, es que vaya a disfrutar la fiesta con su familia"
Francisca tenía un corazón enorme, normalmente es juzgada por su fascinación a la escritura de cuentos de terror, por un momento, doña Margarita olvida las veces en que pensó en lo rara que era la hija de su patrón.
"Esta bien, mija, pero mañana tempranito vengo a verte. Te hice los pastes dulces que tanto te gustan, siguen en el horno para que estén calientitos cuando los comas" los ojos de Francisca se iluminan y abraza a la mujer mientras le agradece por preparar una de sus comidas favoritas, ella le devuelve el abrazo y se despiden nuevamente.
Después de que doña Margarita se va, la casa queda en un silencio total, los pasos de Francisca son el único ruido que la acompañan, el sol se ha metido y así que enciende un par de velas de la sala de estar. Ese año, el árbol de navidad no está decorado, su padre había ordenado a sus criados armar el árbol y decorarlo pero cuando se enteró que sus hijos, los hermanos mayores de Francisca, habían decidido no ir a la hacienda por las fiestas, ya que todos tenían esposas e hijos y prefirieron pasar ese tiempo por separado para después volver al trabajo en las minas el dos de enero, el señor Straffon se enojo demasiado con sus hijos por dejar a su hija menor sola, asi que; les exigió a sus criados retirar todos los adornos, el árbol era muy pesado (además de caro) así que no ordenó retirarlo, era como una simple planta haciendo de decoración en la sala de estar.
La joven mira el espacio que ocupa el árbol, es triste, un simple pino verde, sin velas, ni adornos... Solo. Cómo ella.
Una pequeña sonrisa tira de los labios de la chica.
La idea de romper las reglas de su padre por primera vez es tentadora... Sin darse cuenta, sus pies la llevan hacia la última habitación de la mansión Straffon, habitación que suelen usar como bodega, la puerta no tiene llave así que entra sin esfuerzo, encuentra las cajas con los adornos navideños y las figuras hechas de barro que representan el nacimiento del niño Jesús.
En dos viajes a la bodega, logra sacar todo lo que sea de navidad, limpia las figuras con ayuda de un trapo húmedo, siendo cuidadosa para no romperlas, cuelga las múltiples coronas de flores de noche buena por las paredes del pasillo y puertas de las habitaciones. Aún hay listón rojo y verde que sobraron el año pasado, con concentración hace unos cuantos moños, sonríe orgullosa al notar que son muy similares a los que su abuela solía hacer.
Amarra los moños entre los barrotes de las escaleras. Pasan las horas y ya es más tarde por la noche cuando termina de colocar la última esfera navideña en el árbol, Francisca sonríe y las velas que ha colocado en el árbol hacen que su rostro tenga un hermoso brillo dorado en su piel morena y realce sus pecas. Se sienta frente al árbol y sigue mirándolo con admiración para después jalar del sillón su libro y tintero.
Es una decoración muy simple y apresurada pero ella está orgullosa de haber logrado hacer que la casa se vea un poco más colorida en tan poco tiempo, escribe con velocidad una historia que se le acaba de venir a la mente, la luz de las velas es lo único que ilumina la habitación, solo se da una pequeña pausa para comer un paste relleno de papa y carne, apenas y toca la demás comida, ya que las criadas hicieron una variedad de guisos.
Francisca ya ha escrito la mitad de su nuevo cuento y ha comido su tercer y último paste relleno de cajeta. Se da una pausa para ir a la cocina a beber un poco de atole de guayaba, dejando la bebida caliente en la mesita frente a ella y sigue escribiendo en el suelo.
A lo lejos escucha a las personas comenzando a formar la última posada, escucha los cantos y rezos de los adultos y las risas emocionadas de los niños.
Suspira al saber que hay fiesta y dulces en la iglesia cercana a su casa, su padre le había prohibido salir de la casa esa noche, estaba sola y nadie podría acompañarla, además de que su padre no le hacía gracia dejar la casa sin ningun integrante de la familia, confiaba en sus piones pero prefería tener aunque sea a uno de sus hijos dentro de la hacienda.
Sin que Francisca se fuera cuenta, alguien la observaba desde una de las ventanas a sus espaldas...
Herneval se apoya en el marco de la ventana, mirando con curiosidad a la chica que le ha robado los suspiros desde que era un niño, él pensaba que Francisca estaría en la fiesta que los humanos hacen en la iglesia del pueblo, ha revisado algunas casas alrededor y todas están vacías y a oscuras. Salió del Topus Terrentus sin el permiso de sus padres para leer una nueva historia del libro donde escribe, que él mismo le había dado a Francisca cuando eran unos niños sin que ella lo supiera.
Además, de traer un pequeño presente para la hermosa señorita que hacia latir su corazón con fuerza.
Entra con cuidado y sin hacer ruido, se para detrás del sillón, aunque Francisca está sentada en el suelo, tiene una perfecta vista al cuento que está escribiendo velozmente, está tan embobado leyendo que no se da cuenta que su sombra comienza a hacerse más grande por las velas que hay en en la mesa a un lado de él, la escritora no lo nota enseguida hasta que levanta la vista por el dolor de cuello, se estira un poco y ahí es cuando nota la figura extraña detrás de ella...
Deja caer la pluma con la que estaba escribiendo por el asombro y se incorpora rápidamente, sin darle oportunidad a Herneval de ocultarse, intenta dormirla con su toque pero ella es más rápida y con todas sus fuerzas lo empuja hacia atrás, el tecotias se tambalea y Francisca está frente a frente de él. Su expresión es de sorpresa mal disimulada por intentar verse intimidante, sus bonitos ojos color avellana están fijos en la mirada dorada del Susto, aunque él le lleva algunos centímetros más de altura, ella se para sobre los dedos de sus pies para estar a su altura e intimidarlo.
La criarura que está frente a ella es magnífica. Sus son ropas elegantes; una camisa blanca con algunos botones desabotonados en la parte del pecho, haciendo lucir su pecho emplumado con gracia y galantería, justo en el cuello, lleva amarrado un paliacate rojo y encima de la camisa, lleva un chaleco marrón con dos tiras rojas, por ropa inferior, lleva unos pantalones cortos con botones de plata a cada lado de sus piernas que terminan en garras.
Francisca Imelda está fascinada pero debe ocultarlo por si aquel, hombre-tecolote es un demonio o alguien que quiere llevarse su alma.
Su boca está firmemente cerrada, casi en una línea, Herneval no puede evitar posar sus ojos en aquellos labios tan besables... ¿Sabrán a esos pastelitos extraños que ella comió antes? ¿O tal vez a la bebida de olor agradable que inunda la habitación?. Sus alas se erizan ligeramente por esos pensamientos.
"¿Qué eres y que estás haciendo en mi casa?" ella no le tiene no una pizca de miedo, Herneval lo sabe y también es consciente que Francisca podría golpearlo así que pone sus manos en sus hombros para empujarla un poco.
"Perdona, Francisca, no quería asustarte..." Intenta explicarse pero la morena se ríe de forma burlona y busca algo con que defenderse. ¿Dónde demonios estabas la escopeta de su padre cuando la necesitaba? La chica piensa con irritación.
Herneval rápidamente la rodea en un abrazo por detrás.
"No vine a hacerte daño. Soy Herneval, Príncipe de los Sustos, tal y como haz llamado a nuestra especie" habla muy cerca de su oreja, puede sentir el ligero temblor del cuerpo de Francisca, aún con la luz de las velas, nota el sonrojo de la chica desde las orejas hasta sus mejillas pecosas.
Herneval. Repite su nombre una y otra vez en su mente. Es como una palabra nueva, un nuevo descubrimiento. Una serendipia.
"Soy tu admirador... Adoro tus historias, desde niño, me he colado en tu habitación para leer estás magníficas obras literarias" la suelta poco a poco sabiendo que ella lo está escuchando, Francisca se gira hacia él y lo mira con curiosidad apesar de su sonrojo.
"¡Ah! ¡Eras tú!" dice con asombro, recordando muy vagamente las veces que cuando era niña, veía un niño mitad humano y mitad tecolote leer sus historias y ella quedarse dormida por el toque del dedo del niño en su frente.
También recuerda escribir varios cuentos con ese niño de protagonista.
Solía despertar por la mañana, buscando por todos lados a dónde se había ido aquel extraño niño, contándole a su abuela lo que había visto pero nunca le creyeron. Unos buenos jalones de orejas era lo que recibía cada vez que mencionaba al niño tecolote.
Herneval sonríe con ternura y asiente con la cabeza.
"Era yo, lo siento por nunca quedarme a saludar... La vida de un Susto... Es algo reservada y no puedo mostrarme" explica muy vagamente, Francisca lo mira con atención para después sonreír emocionada.
"Entonces... ¡Has leído todas mis historias!" Herneval asiente con la cabeza pero un fuerte estruendo se escucha por las calles antes de que pueda afirmar con palabras.
Los fuegos artificiales que se lanzan desde la iglesia para hacer la cuenta regresiva del nacimiento del niño Jesús, los gritos emocionados de niños por las calles los hacen sonreír mutuamente. Herneval nunca había visto algo así, se acerca con cuidado hacia una de las ventanas que dan hacia la calle.
Francisca lo sigue de cerca y se para a su lado, sus brazos chocan por la cercanía, ambos se ponen rojos pero no se alejan ni un centímetro.
"Creí que tú también estarías ahí..." señala con su dedo hacia la iglesia llena de gente. "Por eso... Umm, yo... Venía a leer tus historias y a... Dejar esto sin que me vieras" Francisca despega la mirada del cielo envuelto en colores por la pirotecnia y voltea a ver al tecotias.
El Príncipe de los Sustos lleva consigo un morral cruzado en su pecho, saca una pequeña caja de regalo en color plateado y con una expresión de vergüenza, saca una rosa roja, está algo maltratada por haber estado guardada pero Francisca siente su corazón latir con fuerza y piensa que es la rosa más hermosa que alguna vez haya visto en algún puesto del mercado o en los rosales de su casa.
"Yo..." a Herneval le tiembla la mano al entregarle la rosa, Francisca la toma con una sonrisa algo tímida, sus dedos se tocan y ambos ríen algo avergonzados.
Nuevamente, otros pares de juegos pirotécnicos estallan en el cielo, es casi media noche y los feligreses de la iglesia comienzan a danzar y a cantar, Francisca mira con ilusión los fuegos artificiales y Herneval la toma suavemente de la mano.
"¿No te dejan salir? Puedo llevarte a ver los fuegos artificiales si quieres" se ofrece rápidamente, Francisca piensa en que estaría rompiendo otra regla de su padre pero ¿que más daba? El señor Straffon no estaba ni cerca de Hidalgo, todos sus vecinos estaban en la iglesia y muy probablemente los peones que cuidan la hacienda estaban por ahí bebiendo ponche y resguardandose del frío.
"Bien, pero solo un rato, no puedo estar mucho tiempo afuera" dice sonriendo con emoción.
Toma el reboso que estaba en el respaldo del sillón y se pone rápidamente sus zapatos. Herneval se agacha para tomarla de la cintura y pasar sus brazos debajo de sus rodillas, la carga con cuidado y sale con ella al patio trasero, toma impulso y emprende el vuelo.
Francisca ríe con felicidad al sentir el aire frío golpeando contra sus mejillas y pone sus manos sobre el pecho del tecotias, sus plumas le brindan calidez y se aferra contra él mientras aprieta la rosa contra su propio pecho. Vuelan hasta la copa más frondosa de uno de los árboles que está frente a la iglesia, está oscuro y frío pero el cuerpo de Herneval se encarga de proporcionarle calor a Francisca y se quedan de pie sobre la gruesa rama del árbol.
Las campanas de la iglesia suenan para que la gente entre a esperar la misa de medianoche, adentro de la iglesia se escuchan cantos y ambos observan las piñatas de decoración, colgadas fuera de la iglesia, los adornos de papel picado y las mesas donde antes se sirvieron los vasos de café y atole para rezar el rosario.
El aire huele a ponche, dulces, comida y a celebración. La falda de Francisca ondea suavemente contra el viento, sonríe contenta mientras mantiene su rosa entre sus manos.
"Es una rosa del plano de los Sustos, es diferente a una flor humana. Hay una historia sobre el rosal de dónde corté la rosa..." Herneval habla casi en un susurro, el ruido de la pirotecnia es solo un ruido de fondo, ya que Francisca posa toda su atención en su relato.
"Se dice, que si le regalas una rosa roja por la noche, de aquel rosal mágico a tu compañera, la rosa se volverá blanca al amanecer si están destinados a estar juntos..." su mirada se posa en los ojos de Francisca.
"Tengo la corazonada de que eres mi compañera... Por favor, Francisca, déjame cortejarte con esta rosa, acepta mi regalo" le pide con tanta ternura que hasta el viento deja de ser frívolo y es reemplazado por calidez como si de un rayo de sol se tratará. El príncipe sube su mano hasta su mejilla para apretarla suavemente y hacer que lo mire también.
El latido del corazón de la escritora es como el de un tambor contra su pecho, sus mejillas pecosas están rojas pero aún así logra balbucear una respuesta.
"¿Cómo estás tan seguro de que la rosa se pondrá blanca al amanecer?" pregunta con una pequeña sonrisa pícara en sus labios.
Herneval también sonríe y se inclina un poco sobre ella, con sus rostros casi tocándose.
"Sé que será una rosa blanca al amanecer, estoy tan seguro porque los tecotias solo podemos enamorarnos una vez y yo te amo a ti, Francisca Imelda. Desde niños, me di cuenta que siento algo muy grande por ti. Nunca encontraría alguien tan especial y magnífica como tú... Mi talentosa y hermosa chica" suspira enamorado y Francisca siente su corazón latir contra su garganta.
"Tienes tanta confianza en ti, Herneval. Bueno, si la rosa se pone blanca, te avisaré" bromea con él y el Susto sonríe con coquetería, sabe que la bonita pecosa se estaba burlando ligeramente de él.
"Ah, preciosa, no solo traje una rosa como cortejo" sonríe con confianza y saca la misteriosa cajita de regalo de su morral, la hace tomar la caja y con cuidado la abre.
Dentro hay al menos una docena de plumas para escribir, pero el detalle no son las plumas para escribir, sino que literalmente son sus propias plumas de su plumaje, de un color rojizo oscuro. Francisca lo mira con la boca semi abierta, se ha quedado sin palabras. Herneval sonríe y su pecho se infla de orgullo por la reacción de su amada.
Francisca sacude un poco la cabeza y mira nuevamente al tecotias frente a ella.
"¿Eso no es demasiado personal?" pregunta con curiosidad. Herneval se encoge de hombros.
"Puede ser. Pero para mí... Significa que voy enserio contigo, bonita. Francisca, en mi última muda de plumaje, rescate las plumas más bonitas para ti, incluso, tome una que otra de mi nuevo plumaje, no podía darte plumas maltratadas y feas" dice con seguridad y baja un poco la camisa, donde hay pequeñas heridas ya casi curadas, donde se arrancó las plumas.
Lo hace ver como si fuera lo más normal para alguien humano que no es un tecotias o Susto, podría parecer muy raro y hasta aterrador, pero para Francisca, el gesto de Herneval es dulce y romántico.
Darle algo tan íntimo como sus propias plumas para que ella las use para escribir sus cuentos... La hace suspirar tontamente, acaricia con sus dedos las suaves plumas y sin que Herneval lo espere, Francisca lo abraza fuertemente con la caja en medio de ellos. El Susto tarda un segundo en captar que su preciosa escritora lo está abrazando, para después devolverle el abrazo, rodeando su cintura y acunando su rostro pecoso contra su pecho.
Siguen abrazados mientras los juegos pirotécnicos comienzan a estallar con más fuerza y las campanas de la iglesia suenan a la par, es medianoche y navidad. Ambos miran el cielo y las miles de luces de colores los envuelven en un ambiente festivo y romántico. Se quedan mirando el cielo durante unos minutos, hasta que el espectáculo de luces termina y el silencio reina nuevamente, solo para ser interrumpido ligeramente por los murmullos de rezos y el sermón del padre Ignacio en la iglesia.
"Vamos, Francisca, te llevaré a tu casa, hace mucho frío para que estés aquí afuera" Herneval toca las mejillas frías de la chica y ella asiente con la cabeza, vuelve a cargarla y envolverla contra su cuerpo para mantenerla caliente.
Llegan de nuevo a la hacienda Straffon y con cuidado entran por la ventana de su habitación, él ha estado ahí muchas veces cuando ella dormía. Herneval se recarga contra la ventana y mira a Francisca guardar con sumo cuidado la caja con sus plumas nuevas para escribir, en uno de sus cajones. También deja la rosa con delicadeza en su buró.
"La pondré en agua, lo prometo" sonríe hacía él y Herneval asiente con la cabeza, acercándose hasta ella nuevamente.
"Tengo un último obsequio para ti, espero que puedas aceptarlo, querida..." Herneval se quita del cuello, un relicario escapulario con un grabado extraño, Francisca lo recibe en sus manos y mira la figura grabada en la joya.
"Es mi emblema, mi familia tiene uno también y hace poco tuve el honor de tener el mío. Cómo Príncipe de los Sustos y futuro rey, tengo derecho a portar un emblema propio" le explica con evidente orgullo el significado del relicario.
Las mejillas de la joven se ponen rojas y una sonrisa emocionada se forma en sus labios.
"¿De verdad quieres que me quedé con esto?" Bien, ahora sabía, que no necesitaba confirmar si la rosa se volvería blanca al amanecer, ella ya estaba profundamente enamorada del Susto.
Herneval ríe con ternura por la pregunta tan inocente y la sonrisa tan adorable de Francisca.
Cierra su mano sobre la de Francisca, justo donde ella sostiene el relicario.
"Es tuyo, cariño, es tuyo" afirma y se inclina para besarle suavemente los nudillos de la mano de Francisca.
"Es tarde, debo volver antes de que mis padres se preocupen. Además, debo confesarles que acabo de contejar a la chica de mis sueños" dice sin vergüenza alguna mientras se acerca a la ventana, su comentario hace que el bochorno se apodere del rostro de Francisca.
"Espera... Herneval... Yo no te tengo un regalo..." la sonrisa de Francisca se desvanece y lo mira con pena. El tecotias sonríe y se acerca nuevamente a ella.
"Hay algo que puedes darme, princesa" dice acercando su rostro al de la chica, Francisca siente como si dejara de respirar y Herneval lo nota y ríe algo avergonzado por primera vez.
"¡Me refiero a que puedes darme un beso en la mejilla!" aclara con gracia y aún algo de vergüenza, no quería que Francisca tuviera una idea equivocada sobre él. Ella suelta el aire que retenía y se ríe algo abochornada.
"¿Un beso no sigue siendo demasiado íntimo para empezar a cortejarme?" pregunta con una risita timida. Herneval niega con la cabeza y se encoge de hombros.
"¿Los humanos avanzan muy lento en sus relaciones?" contesta con otra pregunta y ambos se ríen.
"De hecho, aquí somos demasiado conservadores, si mi abuela aún estuviera viva y se enterará que el hombre-tecolote que está pretendiendome, me besó antes de ser formalmente pareja, me mandaría a un convento después de darme una buena golpiza con la piedra del nixtamal y romperme un molcajete en la cabeza" intenta bromear pero Herneval abre los ojos con horror.
"¡¿Qué clase de personas son?! Solo es un beso, no estamos haciendo nada malo. Además, aunque tu abuela viviera, no le dirías sobre lo que hacemos y no hacemos, ¿o sí? ¿O a tu padre?" pregunta y toma la mano de Francisca, ella niega con la cabeza y sonríe.
"Además, jamás te faltaría al respeto, nunca haría algo que tú no quisieras", afirma llevándose una mano al corazón y con su mirada dorada mirándola fijamente.
Su palabra era lo más sagrado que tenía y nunca juraba en falso.
"De acuerdo, bonita, tengo que irme" ambos se miran con tristeza y Herneval abre la ventana de la habitación para salir, antes de que lo haga, Francisca lo jala suavemente del brazo, apenas gira su rostro hacia ella cuando la joven se lanza hacia él y con total inexperiencia, junta sus labios contra los del tecotias.
Herneval no lo duda y la toma de la cintura. Una de sus manos va hacia su mejilla y con total adoración, acaricia la suave piel de su rostro. Francisca por su parte, aferra sus puños contra la camisa del tecotias.
Es el primer beso de ambos. No hay prisas, sus labios se mueven de forma torpe pero sincronizada, la respiración del Susto y la chica son lo único que se escucha en la habitación. Algunos fuegos artificiales brillan a lo lejos en el cielo, iluminando por la ventana las siluetas del par de enamorados mientras se besan.
Solamente se separan cuando respirar es necesario. Herneval no deja que Francisca se aleje y la mantiene suavemente sujeta en sus brazos, se miran entre sí con una sonrisa boba en sus bocas.
"Gracias por ese regalo, mi bonita" susurra Herneval con una sonrisa radiante y vuelve a abrazarla contra su pecho. Francisca no puede evitar reírse tontamente y mantien su cara entre las plumas del tecotias.
"Me encantaría quedarme, Francisca, pero debo volver. Vendré a verte mañana para confirmar que la rosa se ha vuelto blanca" su seguridad hace sonreír ampliamente a la chica y asiente con la cabeza.
"¿Puedo usar el relicario en público?" pregunta mientras toma el collar que había dejado en su mesa. Herneval lo toma de sus manos y la ayuda a ponérselo alrededor del cuello.
El Príncipe sonríe con orgullo y amor al ver su preciado collar en el cuello de su amada, se inclina para besarle suavemente la mejilla y después robarle otro beso en los labios.
"Me harías el Susto más feliz del universo si usas este collar siempre" le asegura tomando sus manos contra las suyas.
Con algo de pesar, los enamorados se despiden con un último beso.
"Feliz navidad, Herneval" murmura suavemente la joven, el tecotias sonríe y le desea lo mismo antes de salir por la ventana.
Francisca suspira ilusionada mientras mira por la ventana, la noche oscura envuelve a Herneval en su vuelo hasta que lo pierde de vista, aprieta con sus dedos el relicario que reposa a lo largo de su cuello.
****
27 de diciembre por la tarde.
El señor Straffon había vuelto a Hidalgo el 25 de diciembre por la noche y paso el día 26 con su hija menor. Se había sentido algo culpable por haber dejado sola a su única hija en una fecha familiar como lo era la navidad, la compenso con muchos regalos que había traído de la ciudad de México; vestidos, broches para cabello, rebozos, un nuevo sombrero, dulces que no se conseguían en Hidalgo y hasta un par de zapatos.
Francisca acepto los regalos aunque le había asegurado a su padre que no eran necesarios, que su nochebuena había sido magnífica pero el señor Straffon estaba algo curioso por el comportamiento tan... Inusual de su hija, en esos días, la veía más sonriente, tarareaba mientras limpiaba, escribía muy celosamente en su libro y no dejaba que nadie se acercara ni por casualidad mientras escribía en el patio.
Además de haberla atrapado abrazando su pluma para escribir, una pluma de un color rojizo oscuro que él nunca había visto.
Mientras ella no estaba haciendo sus deberes y obligaciones, se encerraba en su habitación, Alfonso Straffon no era un hombre que se metiera en los asuntos de su hija, él prefería quedarse al margen mientras ella no hiciera algo incorrecto, pues, era la única mujer en casa y con tantos hijos varones, no sabía como conectar con su hija menor.
Decidió tocar la puerta de la habitación de Francisca, ella no tardó mucho en abrirle la puerta mientras lo miraba con curiosidad en sus ojos.
"¿Qué estás haciendo, mija? ¿Por qué estás aquí encerrada? Afuera hace un buen clima, supe que en nochebuena hizo mucho frío por la noche pero mira el cielo, hay un sol brillante y no sabemos cuánto durará, deberías salir un rato a la plaza. Estás muy pálida aquí" dice esto último con preocupación, Francisca muerde su labio inferior y asiente con la cabeza.
"No se preocupe, pá, estoy bien, solo... Tengo muchas ganas de escribir" se excusa pero finalmente cede a los deseos de su padre y en menos de diez minutos, ya está colocándose el sombrero en la cabeza y ajustando el relicario de Herneval en su cuello.
Su padre la observa ajustar aquel collar y frunce el entrecejo, antes de que pueda alcanzarla y preguntarle, la joven ya ha salido de la hacienda, caminando con su libro en mano y tintero con pluma en el bolsillo de la falda.
"¿Quién le habrá dado ese collar a mi hija?" se pregunta el hombre con algo de asombro, su hija rara vez usa joyería y el único collar que tiene, es una delgada cadena de oro heredada de su difunda esposa y madre de su hija que solamente usa en ocasiones muy especiales. No un relicario con un raro símbolo grabado.
¿Su hija tenía un pretendiente?
***
"¡Hola, Francisca!" la joven se detiene al oír su nombre, es Augusto Damastes quien la llama, el hijo del editor del pueblo, ella se acerca a las bancas de la plaza dónde está el muchacho descansando, para saludarlo.
Se percata que Augusto está con un grupo de muchachas y uno que otro joven que hablan animadamente sobre la fiesta de navidad que hubo en la casa de una de las familias más acomodadas del pueblo.
Paloma Rivas, parlotea alegremente y las demás chicas del pueblo la escuchan con envidia y admiración, mientras que los muchachos la miran embobados por su belleza.
"¡Y eso no es todo!" su sonrisa se hace más amplia y extiende su mano hacia las miradas curiosas de las muchachas.
"¡Gustavo Acosta me dio el anillo de compromiso!" exclama con una voz chillona y las demás sueltan suspiros de asombro al ver el enorme anillo en su dedo, Paloma sonríe con suficiencia al ver las reacciones de envidia de las muchachas del pueblo y las miradas decepcionadas de los chicos al saber que no tienen ni una oportunidad con ella, hasta que nota que hay dos personas que no parecen morirse de envidia por su compromiso.
"¡Querida Imelda!" dice en voz tan alta que las mujeres que la admiraban, dejan de mirarla para girarse hacia la recién nombrada, los jóvenes miran con burla a Francisca. Paloma se acerca a la muchacha y con arrogancia se planta frente a ella.
Por otro lado, hay una criatura escondida entre las sombras de un callejón cercano, escuchando y mirando todo el espectáculo, su mirada se torna pesada al ver a ese muchachito hablarle con nerviosismo y mirar con ilusión a su novia, aunque su expresión se suaviza levemente al ver a la otra chica interrumpir la charla entre ambos jóvenes.
"¡Querida! ¡Te perdiste la fiesta de navidad! ¿Dónde estuviste?" pregunta sin estar realmente interesada en saber la respuesta así que continúa hablando antes que Francisca responda. "Bueno, eso no importa. ¿Ya te enteraste que me comprometí con el joven más rico de Veracruz? Su padre es un viejo amigo del mío, vinieron a Hidalgo a visitar a algunos de sus familiares y no lo vas a creer... ¡Mi Gustavito no pudo contenerse al llegar a Real del Monte por mí! ¡Mira que regalo me dio!" se pavonea frente a Francisca y su mano envuelta en el anillo de compromiso está a tan solo unos centímetros de los ojos de la chica.
Herneval mira toda aquella escena con curiosidad.
Francisca se hace hacia atrás un poco para recuperar su espacio personal y parpadea un poco.
"Felicidades, Paloma, en hora buena" dice por cortesía, sin estar interesada en la próxima boda del pueblo. Probablemente no asistiría aunque fuera invitada.
Paloma Rivas se ofende por la nula emoción y envidia de "la chica rara del pueblo" como suele llamarla y burlarse de ella con sus amigas. Aunque de inmediato se ríe de forma fingida y pone su mano sobre el hombro de Francisca.
"¡Ay, querida! ¡Sé que te mueres de la envidia por mi boda! Todas esas muchachas desearían ser yo en este momento. Hasta tú". Francisca intenta no rodar los ojos por la estúpida arrogancia de Paloma. Los jóvenes se ríen de Francisca para quedar bien frente a la joven Rivas.
La joven la mira con superioridad al creer que la ha ofendido, mira el rostro pecoso de la chica y de inmediato nota aquella cadena bajar por su cuello. Su expresión se muestra curiosa al ver el símbolo raro en el relicario. La joven Straffon se lleva la mano hacia su collar, ocultandolo de la mirada chismosa de Paloma pero es muy tarde.
"¡Que feo collar, Francisca! ¿Dónde conseguiste esa porquería?" la voz burlona de Paloma hace enfadar por completo a la pecosa y aprieta el relicario con fuerza. Augusto intenta intervenir pero Francisca se adelanta.
"¡Mi collar no es feo! ¡Me lo dio mi novio!" dice con enojo, antes de que pueda arrepentirse de lo que acaba de revelar a medio pueblo, deja de ocultar su relicario y aprieta su libro contra su pecho. "¡Y me voy a casar con él!" confiesa de forma impulsiva y se abre paso entre los que ven la escena perplejos, el silencio es tanto que solamente se escuchan los pisotones de Francisca al caminar.
Augusto Damastes la mira con la boca abierta mientras ella desaparece de la vista de todos.
Herneval se queda de piedra por un momento. Su chica había dicho explícitamente que iba a casarse con él. Lo había llamado "novio" frente a Augusto. El Príncipe se apresura a salir de su asombro y seguir de forma disimulada a su futura esposa.
***
¡¿Que había hecho?! ¡Que tonta eres, Francisca Imelda!
La voz en la cabeza de Francisca la reprocha durante todo su camino a casa, por Dios, ¡Como se había dejado llevar tanto por una tonta provocación de Paloma!
¡¿Y sí aquel chisme llegaba a oídos de su padre?! ¡Tonta, tonta, tonta! Se repite una y otra vez mientras entra corriendo a su habitación y se encierra. Lanza su libro hacia la cama pero en lugar de oír el ruido sordo del pesado libro caer contra las sábanas, escucha un quejido.
"¡Ay! ¿Así saludas a tu novio?" Herneval se soba el estómago adolorido donde el libro lo golpeó y Francisca lo mira con su mejor cara de enojo, el tecotias levanta las manos en forma de rendición y vuelva hasta quedar frente a ella.
"¿Qué fue eso, princesa? Aún te estoy cortejando pero si ya estás pensando en el matrimonio... No estoy disgustado en la idea..." intenta molestarla un poco pero los puños de Francisca lo golpean en el brazo, se ríe mientras levita hasta estar fuera del alcance de la furia de su bonita novia.
"¡Si vienes a burlarte de mí... Vete a la fregada!" exclama furiosa pero Herneval solamente sonríe con diversión por oírla hablar de esa forma.
"¡Bien, bien, cálmate! No me burlare nunca, de ti, nunca jamás" Francisca suspira y se sienta en la cama con sus brazos cruzados sobre su pecho.
"Perdón por mandarte a la fregada, es algo muy grosero de mi parte" se disculpa y Herneval se sienta a su lado, tomando su mano y llevándola hasta sus labios, donde deja un beso sobre sus nudillos.
"Me lo merecía, no puedo hacer enojar a mi mujer sin ser reprendido" bromea mientras mira el rostro pecoso de Francisca ponerse rojo.
Ambos se quedan en silencio por un momento, sumidos en sus propios pensamientos hasta que Herneval aprieta la mano de la chica.
"Perdóname, bonita, por no haber venido a verte antes. Te prometí volver para saber sobre la rosa..." su mirada busca aquella flor y sonríe complacido al ver qué ya no hay una rosa roja en el florero de su amada, sino, una rosa blanca como el algodón.
Francisca sonríe con ilusión y asiente con la cabeza.
"Me emocioné mucho cuando desperté hace dos días y vi la rosa blanca, huele muy bien" dice con alegría mientras olvida por un momento el bochornoso momento que tuvo en la plaza.
"Aunque... Me pondré muy triste cuando la rosa se marchite o cuando sus pétalos caigan" admite con tristeza, Herneval aprieta su mano y la mira a los ojos.
"Eso no sucederá, Francisca. Aceptaste mi cortejo y mi rosa, eres mi compañera, la mujer que el universo puso para mí, está rosa jamás se marchitara mientras alguno de los dos este vivo y sigamos amándonos. Mi padre le regaló una rosa igual a mi madre, ella uso esa rosa en su ramo para su boda, todas las demás flores se marchitaron, excepto la rosa que le dio mi padre. Ella aún la mantiene en un florero que está junto a su trono en el palacio" dice con orgullo sobre el amor de sus padres.
Francisca escucha con una sonrisa en su rostro y se lanza a los brazos del tecotias.
Ambos enamorados se abrazan y Herneval retira algunos mechones sueltos del rostro de su amada, poniéndolos detrás de su oreja y acariciando la suave piel de su rostro. La observa y trata de memorizar todos las pecas que salpican la cara de Francisca, el bonito color chocolate de sus ojos, lo largas que son sus pestañas y las lindas ojeras que adornan debajo de sus ojos, sabiendo muy bien que estaban ahí por sus desvelos al escribir por las madrugadas.
Francisca no deja atrás sus manos y acaricia sutilmente la mejilla de Herneval, sus plumas le hacen cosquillas en la mano y sonríe mientras continúa tocando cada pluma.
"Te quiero, Francisca Imelda..." susurra Herneval con la voz llena de adoración hacia la chica que tiene frente a él. Él solamente piensa en amarla, adorarla, hacerla sentir la humana más dichosa del mundo.
"Yo también te quiero, Herneval" murmura con una sonrisa enorme en su rostro.
La pareja rompe la distancia entre ellos y juntan sus labios en un beso lleno de pasión y ternura. Las manos del Susto comienzan a descender por su cintura , apretándola suavemente, Francisca da un respingo y cierra los ojos con fuerza, avergonzada pero sin alejarse de Herneval...
"¡FRANCISCA IMELDA STRAFFON PAREDES!"
Francisca empuja con fuerza al tecotias, ambos se miran con terror al oír la voz furiosa del señor Straffon, padre de Francisca, acercarse por el pasillo.
Aunque la chica mantenía cerrada la puerta, empuja a Herneval hacia su clóset, el Susto apenas y tiene tiempo de ocultar sus alas en el estrecho armario, Francisca cierra la puerta del clóset con las manos temblorosas cuando su padre toca insistentemente la puerta de su habitación.
"¡Papá! ¡Qué tal! ¿Pasó algo?" habla torpemente mientras agarra con fuerza el pomo de la puerta y deja que su padre entre a la habitación.
El señor Straffon mira de arriba abajo a su hija, notando el nerviosismo en sus palabras y manos, Francisca quita de inmediato sus manos de la puerta y las pasa detrás de su espalda para pararse más derecha. El hombre mira la habitación como si supiera que hay algo o más bien... Alguien dentro de la habitación de su querida hija.
"Francisca..." el tono de voz de su padre es serio, ya algo más calmado después de haberle gritado por su nombre completo. "Hija... Hace unos minutos... La señora Juana, la que nos vende los quesos, vino a dejar el pedido que le hice y me dijo algo muy raro que escucho está tarde en la plaza..."
La chica traga saliva y su rostro se pone pálido hasta las pecas que adornan sus mejillas simulan desaparecer. Ella solamente asiente con la cabeza, dejando que su padre siga hablando, el hombre frunce el entrecejo con enfado y continúa hablando.
"Al parecer, doña Juanita te vio discutiendo con la señorita Paloma sobre tu collar y ella escucho como admitiste que ese collar" el señor Straffon señala con su dedo, el collar que su hija porta. "Te lo obsequio tu novio y que te vas a casar con ese muchachito que yo no conozco. Y claro está, señorita, que no me has dicho que tienes novio" Francisca siente sus mejillas arder de vergüenza y no se atreve a mirar a su señor padre a los ojos.
El señor pone sus brazos cruzados alrededor de su pecho y mira con intensidad a su hija.
"¿Y bien? ¿Quién es el irresponsable jovencito que no ha venido hablar conmigo sobre cortejarte? ¿Es el hijo del profesor González? ¿El sobrino del carnicero? ¿El nieto del comandante?" insiste su padre y Francisca suspira rendida.
No es fácil explicarle algo tan extraño, su padre escucha toda su historia con una expresión en blanco. Muchas veces había escuchado los murmuros de la gente del pueblo e incluso de su misma servidumbre, hablar sobre lo rara y chiflada que era su hija, en su infancia, asustando a los niños con sus cuentos de terror, ahora ya siendo una señorita, seguía escribiendo sus horribles cuentos y hablando sobre ser escritora.
La chica finaliza su relato (obviamente, omitiendo las partes de los besos) y mira a su padre con tristeza, sabe que el hombre frente a ella, la está juzgando y probablemente tachandola de loca.
"Por favor, papá... Estoy diciendo la verdad" insiste con sus ojos ya llenándose de lágrimas.
Su padre simplemente se lleva la mano a la cara y suspira profundamente.
"Ay, Francisca, no sé que voy a hacer contigo, hija, ¿qué disparates estás diciendo? ¿Un príncipe? ¿Tecotias? ¡¿Qué chingados es eso?! No hija, ¡nada de eso existe!" el hombre alza la voz, exasperado. "Creo que te afecto estar sola durante navidad pero ya eres una señorita, comportarte como tal y..." el señor Straffon deja de hablar al oír el crujido de la puerta del clóset abrirse.
Francisca deja de llorar por las hirientes palabras de su padre y contiene la respiración al ver a Herneval salir y pararse frente a su padre.
"Señor Straffon, permítame presentarme, soy Herneval, Príncipe de los Sustos. Soy real y estoy cortejando a su hija" dice sin una pizca de duda en su voz, sosteniendo la mirada del hombre que lo mira con evidente terror.
Alfonso Straffon siempre había sido un hombre valiente, lo que típicamente se le conoce como un hombre macho; nunca mostrar miedo o lágrimas, incluso cuando murió su esposa, no lloro frente a nadie, se reprimió aunque estuviera solo en su despacho, la cerveza fueron sus lágrimas que amargamente bebía durante las noches posteriores al fallecimiento de María Conchita.
¿Qué clase de padre de familia espera conocer al pretendiente de tu hija y que este sea una clase de humanoide búho?
Algo que claramente podría existir solamente en tus peores pesadillas. El hombre seguía mirandolo como si el Susto fuera el mismísimo diablo.
Herneval le ofrece su mano a su futuro suegro, con educación, pero el padre de Francisca está sin palabras así que el tecotias estrecha por si mismo la mano del hombre quien de inmediato se encoge ante el toque de Herneval. Francisca intenta no sonreír por el miedo que su padre le tiene a Herneval, aunque nadie la está mirando, se muerde el interior de la mejilla y mira hacia el suelo.
Herneval se aclara la garganta, algo incómodo por el silencio, no era así como quería presentarse alguna vez ante su suegro.
"Por favor, querido señor, permítame contarle sobre mí y mi reino..." aunque Herneval tuvo que usar un poco de sus poderes contra el hombre que estaba dispuesto a sacar la navaja que siempre llevaba consigo, Herneval fue más listo y cuando toco la mano del señor Straffon, hizo que este quedará algo manso y tranquilo, el hombre tomo asiento en la silla del escritorio de Francisca y aún mirando con miedo a la criatura, escucho todo lo que Herneval tenía que decirle.
"... Y mis propios padres ya están enterados sobre mi compromiso con Francisca. Están decididos a venir a hablar con usted si es necesario y usted está dispuesto"...
****
Un año después. 24 de diciembre.
En Real del Monte siempre hay chismes durante todo el año. Sobre lo que se le encontró haciendo a la hija de la costurera y al nieto del comandante, la infidelidad del señor Pérez a su esposa, el infeliz matrimonio de Paloma Rivas y Gustavo Acosta, etc. Aunque a veces eran chismes que se dejaban de hablar después de un par de días... Había un rumor que siempre salía a relucir aunque ya habían pasado muchos meses sobre el tema...
La boda de Francisca Imelda Straffon.
Nadie sabía cuándo y dónde fue aquella boda. La muchacha se había comprometido con un desconocido hombre extranjero, era lo que su padre decía de mala gana a quienes aún tenían el descaro de preguntar. Francisca se fue del pueblo a principios de febrero y solamente venía un día o dos al mes, solo para visitar a su padre y hermanos.
Siempre sola, sin su esposo.
La excusa era que su marido viajaba mucho y no podía acompañarla pero algún día lo haría.
Justo el día 24 de diciembre, se cumplió, muy entrada la noche, Francisca llegó en compañía de un extraño hombre envuelto en pesadas capas de ropa y un sombrero de charro tan grande que no se distinguía su rostro, entraron a la hacienda Straffon. Pasarían la nochebuena con su padre y se irían al día siguiente por la noche.
Se le había pedido a la servidumbre que se fueran a descansar temprano, la casa estaba perfectamente limpia y decorada para la fiesta navideña.
Pero una de las hijas de doña Margarita, Dolores, era una chamaca de 12 años muy entrometida y siempre estaba al pendiente de los chismes del pueblo. La joven se las había ingeniado para ocultarse en la habitación que la familia usaba como bodega y poder espirar por el pasillo. Hacia frío en la habitación, pues había una ventana abierta para que el aire secara el piso, ya que no hace mucho, antes de que la servidumbre se fuera, lavaron el piso y acomodaron las cajas con las cosas que el señor Straffon guardaba.
¿Quién era el esposo de la rara señora Francisca? Pensó mientras escuchaba las voces del señor Straffon saludar a su hija y yerno.
Escucho pasos hacia la sala de estar, la chica también se movió, saliendo del cuarto y con cuidado caminando por el pasillo, el sillón donde se sentaba la familia está en el centro de la sala de estar, a espaldas de la muchacha, así no podían verla. Vio a Francisca sentarse en el sillón aún vacío, unos minutos después, el señor Straffon se unió a ella con una copa de pulque en sus manos, sentándose en un sillón individual frente a ella, así que la muchacha se agachó...
Oia unos ¿Pasos? Extraños, sin duda, eran extraños, similar al sonido que hicieron las garras del pollo que se había entrado a la cocina esa tarde, ella se había encargado de corretearlo y atraparlo, las uñas del pollo hacían un ruido característico, pensó la joven y entorno bien los ojos al ver una sombra acercarse de la cocina...
Más bien, fue una enorme sombra alada. ¡Esa cosa era un animal, de eso estaba segura!
Las manos de Dolores temblaron y tuvo que agarrarse de la pared para no irse de boca hacia el suelo. ¡La señora Francisca se había casado con un nahual! Vio a ese extraño ser acercarse, vistiendo ropas como una hombre común y corriente, para después, sentarse en el sillón justo a su esposa, rodeándola con su brazo-garra y abrazarla mientras también sostenía una copa de pulque en su garra libre.
Dolores no podía con el miedo, se echó hacia atrás para esconderse pero el sonido de sus huaraches contra el piso hicieron que la familia se levantarán rápidamente. La muchacha no lo pensó dos veces y corrió pasando frente al patrón de su madre, saliendo corriendo por la puerta trasera de la cocina sin mirar atrás o detenerse por la voz fuerte de el señor Straffon llamándola.
"¡Vio a Herneval!" exclamó Francisca preocupada, el señor Straffon ya estaba yendo a buscar a la chamaca al patio si aún podía alcanzarla.
Herneval se rió un poco y negó con la cabeza, tranquilizando a su mujer.
"Tranquila, bonita, no te alteres, le hará daño al bebé" sonríe mientras deja su copa en la mesa y abraza a su esposa. Francisca suspira y se relaja en los cálidos brazos de su amado.
Su padre vuelve con una expresión de cansancio y niega con la cabeza.
"Ya se fue corriendo a su casa. Mañana por la mañana esto será un chisme del tamaño de milpa de don Carmelo" se lamenta el hombre.
Herneval tranquiliza a su suegro con una sonrisa algo pícara.
"No se preocupe, señor, me encargaré personalmente de esto..." su mujer y su suegro lo miran con curiosidad pero el simplemente se termina su copa de pulque con una expresión de calma...
****
Se despidieron del señor Straffon, quien se fue a dormir temprano y la pareja de casados entraron a la habitación que le pertenece a Francisca, la chica se sienta en la cama mientras se quita los zapatos, había sido un día largo y agotador. Herneval estira sus alas y mira a su esposa con una sonrisa.
"¿Recuerdas que sucedió aquí hace un año?" murmura en voz baja, acercándose a su esposa y se arrodilla frente a ella.
Su palma se dirige hacia su vientre, apenas un poco más abultado por el pequeño bebé que se gestaba ahí. Francisca llevaba apenas 13 semanas de embarazo.
Se habían casado en el mes de junio y en octubre se habían enterado del embarazo, fue una noticia muy bien recibida por los reyes Ficturo y Veritena, están rebosantes de alegría por su primer nieto que habían adaptado el palacio del Topus Terrentus, en un lugar más seguro para que Frankelda pudiera andar o volar sin lastimarse. Herneval siempre estaba al pendiente de ella a pesar de sus deberes como futuro rey.
Francisca soltó una risita y miro a Herneval mientras acunaba su mejilla.
"Si me acuerdo. También recuerdo que cierto pollito" dijo esto último con burla. "Me regalo una bonita rosa y un relicario con su emblema" la pecosa sonríe con ternura, Herneval desvía su mirada hacia el cuello de su esposa justo donde reposa aquel collar tan preciado para ambos. “Y una docena de las mejores pumas para que yo pudiera escribir mis cuentos” dice muy feliz.
Ella solo usaba esas plumas de forma muy selectiva y cuando Herneval se ausentaba por asuntos del reino, ella dormía abrazada a la caja con sus plumas.
"Pronto cambiaremos el emblema si quieres, por uno tuyo. Incluso nuestro hijo o hija tendrá su propio emblema" ambos sonríen con ilusión y funden sus labios en un beso lleno de amor y anhelo por el nuevo ser que crece en el vientre de Francisca.
"¿Me llamaste pollito?" pregunta Herneval apenas separándose de los labios de su amada.
Francisca sonríe con burla y se encoge de hombros.
"Tal vez..." ambos se ríen y vuelven a besarse.
****
A la mañana siguiente, Francisca no estaba muy segura del plan de Herneval.
"¿Estás seguro de querer ir conmigo al mercado? No quiero que te sientas reprimido por el collar que la Dama Coyote hizo para ti" Herneval niega con la cabeza y se encarga de besar la mejilla de su esposa en repetidas veces.
Justamente, en los meses anteriores, Herneval le había pedido ayuda a la Dama Coyote para poder pasar desapercibido entre los humanos del pueblo, pues, no quería que Francisca fuera sola en sus visitas mensuales al plano de los humanos, se sentía mal de que la vieran sola y tuviera que inventar que él estaba de viaje de trabajo cuando la verdad era que el se quedaban en el Topus Terrentus a cumplir con sus obligaciones.
La Dama Coyote había hecho un collar que podía usar y este, con su magia, ocultar sus patas de tecotias y sus alas, si algún humano lo miraba a la cara, no verían su cara emplumada, sino, un rostro totalmente normal con los rasgos más humanos de Herneval, aunque si le sugirió que por si las dudas, usará ropas holgadas.
"Va a funcionar, preciosa. Confía en mí" murmura antes de besarla en los labios y tomarla de mano para salir de la hacienda.
****
"Todos nos están mirando" Francisca dice entre dientes y aprieta con fuerza la mano de Herneval, el Susto ríe con gracia mientras continúa caminando, maravillado por todo lo que hay en el mercado, las frutas, panes deliciosos, el olor dulce a champurrado, las incontables piñatas que adornan los puestos...
Él estaba realmente entusiasmado por tantos colores y cosas que no conocía, disfrutaba el paseo bajo las miradas nada disimuladas de la gente pero no le importaban, podían mirarlo todo lo que quisieran ya que él no observaba a nadie más que a su esposa, quien lo sostenía de la mano con fuerza e incomodidad por la atención no deseada.
Era una mañana hermosa de navidad, el ligero frío colándose por sus ropas mientras caminaban, las risas de los niños jugando con sus juguetes nuevos por toda la plaza, hacían el lugar más cálido. Él Susto ya podía imaginar a su propio hijo o hija haciendo lo mismo en algunos años...
Cada vez que dejaban un puesto atrás, muchos murmuraban sobre si en verdad aquel hombre era un nahual. Buscaban encontrar algún extraño rasgo en su rostro; verle una pata de animal en lugar de pies, cuernos en la cabeza cada vez que se levantaba el sombrero para acomodarlo, algo para señalarlo pero solo veían a un hombre totalmente extranjero para ser de Hidalgo y realmente enamorado de Francisca Imelda Straffon.
"Que miren todo lo que quieran, eso no me va a separar de ti, ni de nuestro bebé. Nunca" murmura contra su oreja y deja un beso en su mejilla, sus miradas se encuentran y Francisca sonríe con timidez y sus mejillas ardiendo.
Ambos comenzaron a ignorar a las demás personas y se centraron en recorrer el pueblo, Francisca estaba feliz de enseñarle a Herneval los lugares que más le gustaban de niña.
Compraron pastes dulces para el desayuno, Herneval estaba tan curioso por el sabroso olor del champurrado que olvidó que podía quemarse la lengua, Francisca soltó una risota; llamando aún más la atención de los chismosos, pero aún así, le dio un besito en los labios a Herneval para consolarlo, la mujer del puesto de chocolate, sonrió un poco por la romántica escena de la pareja. Les obsequio un par de tabletas de chocolate y algunos dulces típicos que vendía en su puesto, pues la señora, había notado de inmediato la pequeña barriguita que se le empezaba a formar a Francisca por el embarazo, a pesar de insistir en pagar todo, la mujer se los regalo de todas formas.
Comenzaron a caminar por la plaza para descansar un poco en las bancas frente a la iglesia, Herneval cargaba con todas las cosas que habían comprado y dejo algunas bolsas en el suelo, Francisca de inmediato se acurrucó contra su costado y su marido la rodeo con su brazo.
"Creo que ya sé porque todos nos miran y no es por el rumor de Dolores sobre que tú eres un nahual" murmura con una risita mientras sostiene su mirada con la de Herneval. Su marido la miro con curiosidad, esperando su respuesta.
"Nadie esperaba que yo, la rara de los cuentos de terror, pudiera casarse alguna vez" explica con una sonrisa algo decaída. "Cuando cumplí la mayoría de edad, escuché a mi abuela, lamentarse con sus amigas sobre mí, mi abuela estaba tan triste porque ningún hombre estaba interesado en mí. Estaba segura que iba a ser una mujer "quedada" como normalmente se les llama a las que nunca contraen matrimonio. Meses antes de su muerte, tuvimos una pelea algo fuerte, porque me encontró escribiendo en lugar de haber asistido a una boda a la que fui invitada" su sonrisa desaparece y pequeñas lágrimas se forman en sus ojos. "Ella no tenía muchas fuerzas, pero aún así encontró la fuerza para darme un bofetada y romper mi escrito. Me dijo que era una estúpida por no salir a buscar marido. Me escape como pude de casa, pero mi padre me encontró antes del anochecer y volvimos a casa, él hablo con mi abuela pero su salud ya estaba delicada. Fue mi culpa por haberla hecho enojar, se enfermo mucho más después de eso hasta que falleció" sus lágrimas ya bajaban por sus mejillas.
Herneval la acuno más contra su pecho, sintiendo las calientes lágrimas contra su camisa, para alejar la mirada curiosa de las personas que pasaban, se quitó su sombrero y se lo puso a Francisca, la prenda le quedaba lo suficientemente grande para ocultarle la cara.
La dejo llorar hasta que comenzó a sentir la respiración de la chica regularse, le beso la sien en repetidas veces mientras murmuraban palabras de consuelo contra su oreja.
"No te culpes de algo que no es tu responsabilidad. Tú encontraste tu felicidad en la escritura antes que en un hombre. Los humanos son demasiado tradicionales, ¿verdad?" pregunta y Francisca asiente levemente con la cabeza. "¿Lo ves? Tú rompiste el molde tradicional de tu familia, decidiste hacer lo que tú corazón quería. Ahora eres una escritora y Pesadillera Real en el Topus Terrentus, ahí eres libre de pasar el día entero escribiendo si quieres. Sé que no es lo que alguna vez imaginaste, pero yo te apoyaré para que algún día, tu libro este en ese aparador de la editorial del pueblo" le sonríe de forma tierna y Francisca siente su corazón latir más fuerte.
"Herneval... Te amo" murmura con una sonrisa extendiéndose por sus labios, el tecotias sonríe de vuelta y ambos se abrazan fuertemente.
"Y yo a ti, mucho más de lo que puedes pensar" susurra mientras mantiene su barbilla contra la cabeza de Francisca.
Comen un último dulce antes de marcharse a la hacienda.
Mientras caminaban de vuelta a la casa, Herneval iba diciendo que era lo que más le había gustado del pueblo, Francisca lo escucha con atención y una sonrisa en su rostro.
"...¡A mí padre le encantará este dulce de calabaza! ¡Oh! ¡Y mí madre amará las palanquetas y la cajeta!..." el tecotias seguía hablando emocionado y su esposa no podía evitar sentir una calidez apoderarse de su pecho.
De una forma u otra, había cumplido con el deseo de su abuela. Casarse con un hombre de bien. Bueno, más o menos, se había casado con la criatura más amorosa, leal y valiente que había conocido. Su adorado Herneval, el Príncipe de los Sustos.
****
Apenas habían puesto un pie dentro de la hacienda y Francisca ya podía escuchar los murmullos de las criadas en la cocina y apretó el brazo de Herneval; mientras más se acercaban, escucho la voz temblorosa y fuerte de Dolores, además de la voz cansada y nerviosa de doña Margarita pidiéndole que guardara silencio.
"¡LO JURO!" exclama la chamaca con terquedad ante los regaños de su madre para que baje la voz.
"¡La seño Francisca está casada con un nahual!" dice exaltada hacia las demás mujeres que la miran con asombro.
"¡Ay niña! ¿Pero que dices? ¡Ahora sí, la seño y el patrón te van a correr a ti y a tu mami por chismosa!" doña Socorro se persigna con pesar y ahí es cuando Francisca abre la puerta, Herneval la rodea de la cintura mientras entran.
Todas se sobresaltan por el ruido de la puerta y miran sin disimulo aquel hombre que se había llevado a Francisca del pueblo. Dolores ahoga un grito y se esconde detrás de su madre. Nadie puede disimular su asombro por la presencia masculina del individuo parado a un lado de la chica.
Con un rostro similar al de un búho; cejas pobladas y oscuras, una mata de pelo pelirrojo oscuro, con una complexión alta y fuerte y por último, lo más intimidante del hombre, son sus ojos grises, una mirada que calaba los huesos si lo miras fijamente, las mujeres apartan la mirada casi enseguida, sonrojadas. Francisca intenta no reírse y sonríe con algo de satisfacción.
"¡Buenos días, señoras! ¡Feliz navidad!" dice muy contenta y todas las mujeres salen de su trance y la miran con nerviosismo. "¡Les presento a mi esposo!" exclama con una sonrisa algo burlona mientras Herneval la sostiene de la cintura, este sonríe con educación y trata de no reírse al igual que Francisca.
Herneval es tan carismático que doña Margarita se siente profundamente culpable de que su hija haya contado en todo el pueblo que la señora Francisca se había casado con el diablo, con un nahual, con un ave-diablo, en fin, su hija estaba en serios problemas y ella probablemente también. Su esposo se había lastimado la cadera en su trabajo de albañil, así que Margarita mantenía a su marido y a sus cuatro hijos con el trabajo que tenía en la hacienda Straffon.
La mujer se acerca con algo de rigidez hacia Francisca y se deja caer de rodillas, tomándola del borde de la falda, con todo el arrepentimiento que su cuerpo puede soportar.
"¡Señora Francisca! ¡Por favor perdone a mí hija por la tarugada que hizo anoche! ¡No me di cuenta que no estaba en la casa hasta que está chamaca babosa llegó gritando esas tonterías sobre su esposo!" la señora solloza y Francisca mira con preocupación a la mujer y niega con la cabeza.
Ella sabía que lo que había hecho Dolores fue muy imprudente y podía calificarlo como un delito por estar escondida en su casa.
"Calmese, doña Margarita, le hará mal" la muchacha la tranquiliza, ayudándola a levantarse y apretando suavemente las manos de la señora, que estaban temblando. "Estamos conscientes que su hija hizo algo que está muy mal, además, pudo haberle pasado algo por estar fuera de su casa tan tarde. Estoy segura que mi padre piensa lo mismo que yo" le asegura y la mujer sigue llorando.
Herneval se acerca y pone su mano en el hombro de doña Margarita.
"Por favor, señora, no es necesario que se disculpe de esa manera. Mi esposa tiene razón, su hija hizo algo muy malo" la mirada gris de Herneval van hacia Dolores, quien se encoge detrás de doña Socorro. Herneval suspira y continúa hablando.
"A veces, querer saber de más nos pone en peligro..." su voz se hace baja y grave. "Espero que no se vuelva a repetir. Mi Francisca y yo hablaremos con mi suegro sobre esto" dice y retira su mano con suavidad el hombro de doña Margarita para después salir de la cocina.
Francisca sonríe algo tímida y se aclara la garganta.
"Mi esposo a veces es algo serio. No lo dijo con malas intenciones, solo queremos que esto no vuelva a ocurrir, fue muy incómodo salir al mercado, que señalen y digan tonterías de mí marido" su voz dejo de ser amigable por un momento pero después vuelve a sonreír y caminar hacia fuera de la cocina.
Dolores corre detrás de su patrona y con mucha torpeza, le habla en voz baja.
"Perdóname, señito Francisca, no lo volveré hacer nunca más. Por favor, no le quiten el trabajo a mi mamita" la muchachita tenía los ojos bañados en lágrimas. "Nunca más volveré a decir algún chisme o participar en uno, aprendí mi lección. ¡Anoche tomé demasiado atole y dulces, creo que me imaginé todo! Su señor esposo tiene razón, puse en peligro el trabajo de mi mamá y los pesos usted me da cada mes que viene por ayudarla a cuidar el rosal de su abuela, usted es muy buena con nosotras y yo hice mi tarugada" Francisca sonríe y rodea con sus brazos a la niña, dándole un abrazo y acariciando su cabello.
"Esta bien, Dolores, no vamos a dejarte a ti y a tu mami en la calle. Estoy feliz de que reconozcas tu error. Gracias por disculparte, eres muy valiente por admitir tu falta". La chiquilla llora de alivio contra los brazos de Francisca mientras la acuna contra su pecho.
Herneval observa la escena y sonríe con ternura de ver a su esposa siendo tan maternal con aquella niña. Él imaginaba ya a Francisca abrazando de esa forma a una niña muy parecida a ella o a un niño parecido a él. O... Incluso más de un niño...
****
El resto del día fue de visitas en la mansión Straffon, pues los hermanos de Francisca y sus familias llegaron para saludar. Todos estaban asombrados e incrédulos por el embarazo de su hermana menor, incluso, los hermanos habían rodeado a Herneval para “amenazarlo” si llegaba a abandonar a la menor Straffon.
Herneval se tomó todo aquello con humor y prometió siempre estar ahí para su amada esposa. Los hermanos creyeron en él y lo invitaban a conversar y a beber, su atención estaba dividida entre los hombres que hablaban sobre el negocio de las minas de plata y sobre sus experiencias con la paternidad, su otra atención estaba puesta en Francisca, quién estaba en medio de sus cuñadas.
La mujeres la llenaban de consejos sobre un embarazo saludable, le preguntaban cosas y ella solo sonreía y contestaba muy contenta, siempre con su mano rodeando su vientre. Herneval sonrió al ver lo protectora que era su preciosa esposa.
Sus miradas se encontraron y ambos se sonrieron, Herneval se disculpó con sus cuñados y se acercó a dónde estaba Francisca.
“Disculpen, señoras, pero necesito robarme está mujer tan guapa un momento” las mujeres ríen por lo cariñoso que es Herneval con Francisca.
Las mejillas de la pecosa estaban sonrojadas, Herneval la ayudo a levantarse del sofá y le llevo hacia el jardín de la familia Straffon. Una vez que estuvieron solos, la abrazo con fuerza, rodeándola con sus brazos y dejándole pequeños besitos en sus labios, haciéndola reír.
“¿Tanto me extrañaste? Si solo han pasado dos horas que mis hermanos llegaron” Francisca se ríe pero se deja abrazar y besar, Herneval no responde enseguida hasta que siente que han sido suficientes besos por un momento.
“Siempre te extraño. A ti y a está cosita de aquí” dice rodeando con su grande mano el pequeño bulto en el vientre de Francisca.
“Feliz navidad, Herneval” Francisca murmura con ternura y pone su mano sobre la de Herneval.
“Feliz segunda navidad juntos, Francisca, mi amor. Y por todas las navidades que nos esperan en la vida” murmura y toma la mano de su amada para dejar un beso en sus nudillos.
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5 años después. Navidad en el Topus Terrentus.
El sonido de un débil aleteo inunda la habitación en silencio. Una risita despierta a Frankelda, quien abre con pesadez los ojos pero sonríe al ver a su pequeño hijo levitando a solo unos centímetros de su rostro. El niño sonríe enseñando sus pequeños colmillos y se lanza contra su mamá.
“¡Julián!” Frankelda trata de hablar en voz baja pero las risitas de su hijo contra su cuello la hacen reír también.
A su lado, Herneval se remueve y abre los ojos por el ruido. Una sonrisa cansada tira de sus labios mientras se frota los ojos, su hijo nota que su padre se ha despertado y suelta a su mamá para lanzarse contra el tecotias.
“¡Papá! ¡Papá! ¡El niño Jesús y Santa Claus encontraron el Topus Terrentus!” Exclama con felicidad el pequeño Susto, Herneval y Frankelda sonríen por la emoción del niño.
Bien, no pudo evitarlo. El señor Straffon había llevado el año pasado a Julián a una posada en la iglesia y el niño había quedado encantado con la historia sobre el nacimiento del niño Jesús y los reyes magos. Además de enterarse quien era Santa Claus.
La navidad anterior la habían pasado en el plano de los humanos junto al padre de Francisca y abuelo de Julián, pero justo en ese año, el señor Straffon fue invitado nuevamente a la ciudad de México. Frankelda noto la tristeza en el rostro de su hijo cuando le notificaron que no irían ese año a Real del Monte.
Así que con ayuda de su esposo y sus suegros propusieron traer la navidad al Topus Terrentus.
Con un árbol de navidad que Frankelda y Herneval montaron en la sala del trono de los reyes, junto al lado del arparaña, dejaron debajo del árbol, algunos regalos para su pequeño, quién estaba impaciente de abrirlos.
Herneval y Frankelda apenas tuvieron tiempo de ponerse las coronas de reyes al ser empujados por Julián hacia la sala del arparaña, el Susto gritaba emocionado y trataba de aletear más rápido de lo que sus pequeñas alas podían. Herneval lo atrapó y lo cargo mientras Frankelda se reía, Ficturo y Veritena ya los esperaban con sonrisas calidad al ver a la familia llegar.
“¡Abuelo! ¡Abuela!” el pequeño se soltó de su padre y corrió por último hacia debajo del árbol navideño, donde estaban todos sus regalos. “¡Miren mis regalos!” dice con felicidad hacia sus abuelos quienes le sonríen y se acercan a ver.
Herneval abraza por la cintura a Frankelda y besa sus labios, aprovechando que nadie los está observando.
“Feliz navidad, preciosa” murmura contra su boca y ella sonríe.
“Feliz navidad, mi amor” le responde con otro beso.
Se habían desvelado la noche anterior por envolver los regalos de Julián. Habían dejado ese último detalle hasta el final, un error que les costó horas de sueño, ya que Herneval había arruinado algunas de las cajas para los regalos y puesto el papel decorado de forma dispareja y arrugada. Pero todo valía por ver la enorme sonrisa en la cara de su pequeño.
“¡Mamá! ¡Papá! ¡Miren lo que me trajeron!” el niño sostenía en alto una caja de pastes dulces, en especial, de cajeta y de dulce de guayaba. Los favoritos del Susto. La pareja se separa para mirar.
Ficturo y Veritena felicitaban a su nieto por obtener aquella comida que tanto le gustaba (gusto heredado por su madre).
Frankelda se acerco hacia su hijo y besa su mejilla sonrojada, el niño rio con alegría, sentándose en el regazo de su madre mientras seguía abriendo sus regalos.
Un carrito de madera que Herneval le fabricó, dulces de parte de su abuelo materno, un libro de cuentos con dibujos por parte de Frankelda, una capa nueva de parte de sus abuelos paternos y había una caja misteriosa al fondo de todo, el niño miro aquel regalo envuelto en una envoltura café, estiró sus pequeñas manitas hacia el regalo y Frankelda y Herneval sonríen.
“¿Qué es eso, mi amor?” le pregunta Frankelda y Herneval se sienta con ellos, rodeandolos con su brazo. Julian agita la caja y escucha un objeto agitándose. Con ayuda de sus padres, abre aquel regalo.
Una pequeña guitarra. El pequeño mira el instrumento con duda pero luego sus recuerdos llegan a su mente, las veces que su padre le cantaba y tocaba su guitarra para que pudiera dormir... A su madre y padre tocando el arparaña para enviar las pesadillas al plano de los humanos...
El niño grita contento mientras abraza su instrumento, sus abuelos paternos contienen sus lágrimas, en sus memorias vuelven a ver a Herneval cuando era un pequeño Susto aprendiendo a tocar su arpa. Frankelda y Herneval sonríen y ayudan al niño a sostener la guitarra en una posición correcta.
Sus primeras notas no son una melodía agradable para sus oídos pero no les importo, ver la felicidad en la carita de aquel niño los hacía sentir los padres más dichosos del mundo.
Durante horas, la familia disfruto de un mini concierto improvisado por el integrante más pequeño.
Herneval sostenía a Frankelda por los hombros, se inclino suavemente contra su oreja sin dejar de sonreír.
“Ya te lo dije un millón de veces pero, gracias por darme este hijo tan precioso y perfecto” murmura y deja un beso en la mejilla de su esposa. La fantasma le sonríe e inclina sus labios hacia los de su amado Susto.
“Y yo ya te había agradecido por muchas cosas pero, gracias por aparecer en mi ventana y llevarme a ver los fuegos artificiales” ambos sonríen por el hermoso recuerdo y vuelven a besarse, con la melodía de la guitarra de dulce hijo como fondo.
Francisca nunca pensó que su vida cambiaría de esa forma, de pasar a estar sola la mayoría de las festividades y días comunes, ahora tenía una pequeña familia, su adorado hijo y su amado esposo, además de sus suegros, ella nunca estaría sola ninguna navidad de ahora en adelante.
Fin.
