Work Text:
Rin batalló un poco con las llaves del apartamento, empecinado en únicamente usar la mano diestra mientras la otra sostenía una bolsa de la tienda de conveniencia que le quedaba de paso, y eventualmente logró abrir, entrando y sacándose los zapatos con movimientos descuidados.
El sitio estaba silencioso, así que el pelinegro cerró la puerta con cuidado y, después, caminó sigilosamente hacia la cama.
—Hey. ¿Cómo te sientes? —preguntó el hijo de Satán a Suguro quien yacía tendido en el colchón, cubierto hasta el cuello por los mantas, enrojecido por la fiebre y empapado de sudor.
—Como la mierda.
Ryūji se había enfermado de gripa la noche anterior, despertando en la madrugada por no poder respirar gracias a su nariz tapada y sintiendo todo el cuerpo pesado como si fuera una tonelada de metal, así que mandó un mensaje a Rin de que no podría verlo al día siguiente (no solo por lo mal que se sentía sino también para evitar más contagios) y aprovechó su día libre para dormir pasadas las 10 de la mañana.
A eso de las 11, luego de despertarse desganadamente, fue cuando el pelinegro leyó el mensaje donde se le avisaba de la situación, poco después preparándose para salir de casa mientras llamaba al otro muchacho con el celular entre la oreja y el hombro.
—De verdad no necesitas venir—logró decir en una exhalación gangosa Suguro.
Pero Okumura no podía simplemente dejarlo solo en ese estado; lo quería mucho y quería lo mejor para él, así que resultaba obvio que deseaba ir a verlo y cuidarlo. ¿Cómo podría no hacerlo? Ryūji podía ser muy terco en verdad, pero también era sumamente fiel, inteligente, responsable, y mucho más, sin olvidar mencionar que a Rin lo quería como a pocas personas se llega a querer, así que el nephilim gustaba mucho de él y de cómo lo trataba; todo en su relación era reciproco, como debía ser, así que el gemelo no podía dejar que Suguro fuera el único que le diera soporte, como en todas esas noches donde llegaba sin previo aviso a intentar dormir con él porque había tenido un terror nocturno (que con los años fueron disminuyendo en frecuencia) y Yukio no estaba en el apartamento por alguna misión para calmarlo, o cuando, a sabiendas de que no había tenido tiempo de prepararse el almuerzo, iba y le dejaba algo de la cafetería en su escritorio, cuando lo ayudaba con sus reportes aun teniendo él mismo muchísimo trabajo con el que lidiar, cuando lo regañaba por no cubrirse adecuadamente una vez llegaba el invierno, etc. Suguro siempre estaba ahí para Okumura (incluso en los detalles más pequeños) y, por lo tanto, éste quería hacer lo mismo por él.
El cómo el castaño se había enfermado seguía siendo un misterio, pues bien pudo haber sido algún contagio provocado por alguno de aquellos exorcistas que también estaban enfermos o algún tipo de descuido que empeoró sus niveles inmunológicos ya debilitados por el frío clima de invierno.
De todas formas, pensaba el nephilim, ya no tenía caso preguntárselo.
La bolsa se dejó sobre la mesita baja detrás de Rin que se hincó hasta quedar casi al mismo nivel que el de la cama, sus ojos azules encontrándose con los oscuros del otro que le miraban entre molestos y agradecidos.
—Estás hirviendo—dijo Okumura al colocar una mano sobre la frente bronceada.
—Sí—jadeaba Suguro, con aliento suficiente como para hablar entre pausas largas—. Tomé un baño a ver si bajaba un poco... Pero parece que no...
Sin decir nada, el más joven observó a su alrededor y notó el botiquín descansando sobre la mesa, ahí junto a la bolsa de sus más recientes compras, así que lo tomó e inspeccionó su interior, encontrando algunas cajas de medicamento para el dolor y las migrañas, pero ni una sola para la gripe.
—¿Qué tomaste?
—Paracetamol.
—¿Nada más? Con razón te ves horrible— aseguró Rin con la cara fruncida y mientras dejaba el botiquín donde antes—. ¿Has comido algo?
—Difícilmente he podido ir al baño.
A lo que el hijo de Satán suspiró.
—Te prepararé algo para que no tomes el medicamento con el estómago vacío.
Sin embargo, cuando el más joven hizo amago de retirarse a la pequeña cocina, apenas colocando un pie sobre el tatami, una mano grande y ardiente se cerró alrededor de su brazo; quizás era imaginación suya, pero el pelinegro pudo ver el rojo empeorando en las mejillas del otro.
—Te... —otro jadeo, uno vacilante—. Te preparé un pastel.
Un comentario sin duda inesperado, aunque no tanto teniendo en cuenta de que era el cumpleaños de los gemelos y, por primera vez, Rin pasaría el día solo con Ryūji (pues no siempre tenían días libres que coincidieran en esas fechas y el pelinegro a penas se hacía espacio suficiente como para estar con su hermano), así que éste había planeado toda una cita “perfecta” a su punto de vista porque el pelinegro se merecía tener un gran día y una celebración, y eso incluía un pastel que se trataba más bien de una sorpresa; anteriormente le había hecho pequeños regalos como ropa nueva, pero jamás un pastel.
—¿En serio? — los ojos azules se iluminaron.
—No es la gran cosa... Es de caja... Aunque traté de decorarlo.
—¿Está en el refrigerador?
—Mhm.
Rin no dijo nada más y en cuanto Ryūji lo liberó, corrió hacia el interior de la cocina, abriendo el electrodoméstico más grande de ahí y encontrando un pastel circular de tamaño mediano, blanco por la cubierta de crema que estaba parchosa en ciertos lugares y decorado con rebanadas de fresa encima. No se veía profesional, en lo absoluto, pero tampoco tenía un aspecto asqueroso, en realidad, lucía bien y al menor ya se le hacía agua la boca por la sola idea de probarlo.
—Gracias—dijo Okumura al reaparecer en el cuarto, el postre en las manos.
—No es nada.
Con una sonrisa enorme a pesar de que su novio estuviese muy enfermo, el pelinegro dejó el pastel sobre la mesa, dispuesto a comerlo en cuanto terminara con lo demás, se retiró la chaqueta gruesa y oscura como sus cabellos ébanos y la dejó en el perchero junto a la entrada para poder regresar a la cocina y maniobrar con todo lo que necesitaba para preparar gachas de arroz.
Por su parte, Suguro se revolvió en la cama, cansadísimo y sin poder hallar una posición que no le hiciera congestionar la nariz, solo cerrando los ojos cuando la encontró, pero no se quedó dormido por mucho que quisiera, sino que nada más reposó, escuchando lo cuidadoso que estaba siendo el otro muchacho mientras se movía por el pequeño cuarto.
¿Cuándo podría comprarse una casa o siquiera rentar un apartamento más grande? Se preguntó vagamente el más alto dentro de su cabeza.
Aun eran jóvenes, con Rin apenas habiendo cumplido los 21 años, pero si su relación seguía como estaba (lo que era bastante bien a decir verdad y aun con todas sus peleas) eventualmente tendrían que... vivir juntos.
—Ryūji—llamó cuidadosamente el menor y las pestañas del mencionado se alzaron, ojos oscuros encontrándose con la pared pegada al costado de la cama—. Listo.
Tras darse la vuelta, Suguro se incorporó de manera lánguida, pues su cuerpo continuaba sintiéndose muy pesado y sin fuerzas, y tomó el cuenco de gachas y una cuchara que Okumura, mirándole con ojos aun angustiados, le extendió.
—Gracias por la comida.
Luego de las gachas, fue tiempo de beber el antigripal que, según la caja y Yukio, haría efecto en aproximadamente 30 minutos y, por lo tanto, Ryūji se sentiría mucho mejor. Mientras tanto, Rin aprovechó para ayudar al más alto a lavarse el cuerpo con un trapo húmedo y a cambiar el pijama por otro limpio, pues el sudor empapaba todo hasta casi manchar las sábanas.
—Lamento haber cancelado lo de hoy— exhaló el más alto conforme se acurrucaba contra la almohada y observaba a su acompañante treparse a la cama junto suyo.
—Te perdono. Soy belevolente.
—Benevolente. Y no te subas.
—¿Por qué no? —preguntó Okumura, igualmente acomodándose contra la almohada libre y cubriendo a ambos correctamente con las cobijas, uno frente al otro.
—Te vas a enfermar.
—Nah. Soy medio demonio, ¿recuerdas? No suelo enfermarme y si lo hago, me curo bastante rápido.
—Bájate.
—Nop. Ahora, cállate y trata de dormir.
Con eso dicho, el ojiazul giró sobre sí mismo hasta darle la espalda al castaño que, suspirando en rendición, le imitó, rodando hasta quedar boca arriba.
Los segundos pasaron en un silencio tranquilo, pero ambos sabían que ninguno de los dos estaba dormido ni tampoco parecían realmente querer estarlo, quizás porque Ryūji se sentía mal tanto físicamente como por arruinar sus planes o quizás porque Rin estaba preocupado, de cualquier forma, ahí estaban los dos, quietos y acompasando sus respiraciones.
—Rin.
—¿Mn?
—Feliz cumpleaños—Suguro suspiró—. Creo que olvidé decírtelo.
—Gracias— Okumura sonrió, volviendo a girar hasta quedar panza arriba.
Otra pausa se formó, igual de tranquila y necesaria.
La luz del día se lograba colar alrededor de las cortinas, formando un ambiente cálido dentro de la pequeña habitación que conformaba gran parte del departamento.
Contrario a lo que uno pudiera pensar, Rin no estaba decepcionado por no poder hacer lo que tenían en mente, sea lo que fuere porque no sabía los planes exactos de su novio, sino que solo estaba preocupado, aunque estaba seguro de que el frágil chico de cabellos cafés no demoraría en mejorar, sobre todo ahora que estaba siendo cuidado por él; su cumpleaños siempre era celebrado animosamente en la parroquia durante el 25 de diciembre, así ahorraban dinero en juntar esta celebración con Navidad, por lo que el día exacto no era más que un día normal donde recibía un par de felicitaciones de parte de sus seres queridos, y ese día no se sentía tan diferente.
Para los Okumura su cumpleaños era un día tranquilo e igual a cualquier otro, pero su nacimiento era, sin duda alguna, el recuerdo horrido que hacía a muchos no poder conciliar el sueño, una pesadilla que trajo consigo la existencia del heredero directo de Satán.
—¿Estás feliz de que hubiera nacido? —preguntó repentinamente el más joven, ganándose una mirada precavida y de soslayo del otro varón.
El gemelo permanecía tranquilo sobre la cama, sus manos posando sobre su abdomen que se contraía y se distendía con cada respiración, ojos azules observando las líneas de luz que lograban formarse desde la ventana hacia el techo.
—Estoy feliz de haberte conocido.
No hubo contestación verbal, pero Ryūji pudo ver una suave sonrisa dibujarse en los labios rosados antes de colocar su atención en el techo una vez más.
—Me hubiera gustado que conocieras a mis padres.
—Bueno. Ya conocí a uno de ellos, aunque no fue la mejor de las reuniones.
—Sí... Mi primer encuentro con Satán no fue muy bueno tampoco. Pero el viejo y mamá te hubieran agradado. Solo te pediría que no te pusieras a hablar tanto de demonios con mamá.
—Pues si es verdad lo que dices, de que era una de las mejores Tamer que ha habido— Suguro tuvo que hacer una pausa para respirar y sorber la nariz—, probablemente me estarías pidiendo imposibles.
Y Rin hizo un puchero.
—Entonces preferirías estar con mi mamá que conmigo.
—Prefiero estar con cualquiera que contigo.
Un quejido escapó del más alto cuando el otro le dio un golpe en el pecho, moviendo a penas la mano antes de volverse a quedar quieto con ambas sobre el abdomen.
—Idiota.
Otro silencio se asentó, uno que duró más que los anteriores y que comenzaba a sentirse extraño, pues Suguro podía notar la repentina ansiedad que emanaba de su novio, pero que parecía querer contener cuanto tiempo le fuera posible; al girar suavemente la cabeza en su dirección, el castaño vio la boca del otro abrirse muy ligeramente y de manera vacilante, quedándose así durante unos instantes que se sintieron eternos.
—¿Soy difícil de amar? —susurró Okumura de una forma tan delicada que el más alto dudó haber escuchado correctamente.
En ese entretiempo en el que Ryūji procesaba la pregunta, como si no la entendiera del todo, el pelinegro volteó a mirarle lleno de congoja e interés.
—No—el castaño no tuvo que pensar dos veces en su respuesta porque lo amaba sin dudarlo.
Suguro pudo ver el alivio, agradecimiento y el amor que inundó los ojos azules conforme se volvían pequeños por culpa de una nueva sonrisa, pues Okumura siempre había pensado en sí mismo como un marginado, busca problemas que no era digno de recibir amor de nadie, sobre todo porque traía más mal que bien a las personas, y cuando supo que era el hijo de Satán, más sintió este rechazo de la gente, más se hizo a la idea de que no estaba hecho para ser el objeto de los afectos de nadie, ya fuesen románticos o fraternales, y que su destino no era más que el ser un monstruo temperamental odiado por el mundo. Saberse amado, saber que no era una ardua labor amarlo, le brindaba tranquilidad y un poco de contento, pero solo un poco porque las malas voces dentro de su cabeza le hacían seguir temiendo aunque fuese una pizca, pero, por el momento, Rin podía ignorarlas.
—Al menos para mí no es difícil hacerlo.
Un sonrojo los cubrió a ambos en la falta de palabras que solo se rompió cuando Rin comentó:
—Tú sí lo eres.
Claramente era una broma para romper la tensión cursi que se había formado entre ellos, pues ninguno sabía cómo manejarla adecuadamente por mucho que el tiempo pasara; ya tenían tres años de relación luego de un año entero donde estuvieron lidiando con un juego de estira y afloja que ninguno notó hasta que, en un impulso idiota, uno de ellos se confesó. No eran la pareja más romántica, pero, así como estaban, funcionaban.
Bajo la mirada severa de color oscuro, Rin soltó una risotada que a pesar de todo a Ryūji encantó, por supuesto, porque, así como decía, el ojiazul no era difícil de amar para él y lo seguiría haciendo incluso cuando estuviera molesto; era amable, era leal, era resiliente, aunque obviamente estúpido y terco, pero eso era el hijo de Satán, era todo eso, y era todavía más que eso, y Suguro podía lidiar con lo malo, la verdad es que no siempre tenía problemas con lo malo, mientras disfrutaba de lo bueno que a veces era mucho más que cualquier otra cosa, y no se imaginaba con nadie más que él, aunque siempre estaba esa posibilidad asentada en su cabeza de que Okumura volviera a gustar de una chica linda y de pechos grandes, mientras él se quedaba atrás, aferrado a un amor que debería olvidar...
El castaño trataba de no pensar en cosas deprimentes como esa. ¿De qué servía? Al final, era con él con quien Rin estaba.
—Arruinas el momento—reprendió el mayor.
—No pido perdón. Me puse nervioso.
Ahora fue el turno de Suguro de reír, aunque de forma más suave.
—No sé de qué te ríes, tú también te pones nervioso.
—¿Y? Eso no quita que sea gracioso.
—Ugh. Eres un jodido dolor de cabeza.
—Mira quién habla. El que me causa migrañas.
La cola negra danzó fieramente en el aire antes de golpear la cabeza del más alto cuyos labios dejaron salir otro quejido.
—Estoy enfermo. Tenme compasión—rugió Ryūji antes de toser con fuerza, cubriéndose la cara con un brazo.
—No.
Y para reafirmar lo dicho, otro golpe se le propicio a Suguro que volvió a quejarse y abrió la mano sobre su rostro como si intentara tomar la cola, evitando así otro golpe, pero ésta no hizo más que deslizarse lejos, reposando sobre las piernas de ambos que yacían cubiertas por las mantas, y en cambio Okumura colocó la suya ahí.
—Deberías dormir—dijo el ojiazul, posicionando las manos unidas de ambos sobre el pecho del más alto a la vez que movía su cuerpo hacia esa misma dirección—. No te preocupes. Luego me recompensas la cita.
—Te vas a aburrir de verme dormir.
—¿Crees que voy a verte dormir? ¡Já! Ryūji, también me voy a dormir. No es tan mala idea para una cita. Así que sh...—Rin chistó, pasando la mano libre por los ojos oscuros que pronto se cerraron.
Afortunadamente la cama era lo suficientemente grande para los dos, por lo que dormir no resultó muy complicado si se pasaba por alto el hecho de que el castaño tosía repetidas veces o que en múltiples ocasiones se despertó, provocando la misma reacción de su acompañante; la primera vez fue porque no podía respirar debido a lo congestionada que estaba su nariz, y usar la boca era cansado, así que se levantó espantado por la falta de aliento y Rin le imitó de manera más aletargada para después, tomar un envase en forma de gotero que tuvieron que emplear en la nariz del mayor, deshinchando así los senos nasales; la segunda ocasión fue porque Ryūji necesitaba sonarse los mocos urgentemente antes de que terminaran empapando toda la almohada en la que descansaba; y la última fue porque necesitaban usar el baño, volviendo poco después a la cama donde ahora Rin dormía contra la pared y Ryūji detrás de él, uno de sus brazos pasando alrededor del torso más delgado.
No fue hasta la noche que despertaron por completo, con Suguro sintiéndose mucho mejor que unas horas antes, tomaron té y comieron el pastel que tenía un sabor decente a pesar de su aspecto nada prolijo.
—Te dije que es de caja—había dicho el castaño mientras comían alrededor de la mesa—. No hay como equivocarse.
—Buen pastel de caja—rio Okumura en respuesta—. Aunque podrías mejorar con tu decorado. De este lado está pelón.
El pelinegro hablaba y hablaba conforme se llenaban con aquel dulce, y el más alto lo escuchaba y miraba con suma atención, buscando un indicio de que realmente estaba entristecido por pasar el día libre y de su cumpleaños encerrado en aquel pequeño departamento para cuidar de un enfermizo Suguro, pero no fue así, Okumura sonreía y charlaba tan animadamente como de costumbre, y aquel pastel parecía ser uno de los mejores que hubiese probado a pesar de saber que era uno simplón; era el primer pastel que alguien más, que no fuera los de la iglesia, le preparaba. Quizás era un gesto irrelevante para otros, pero para Rin era significativo.
Los ojos azules miraron la rebanada de pastel que descansaba en su pequeño plato y luego se alzaron, acompañados de una sonrisa, hacia el castaño.
—Gracias por amarme, Ryūji.
¿Cómo no podría hacerlo? Se preguntó el más alto.
