Work Text:
Takahiro miró a su celular por enésima vez aquella fría noche. La soledad le consumía tanto como sus pensamientos.
Nada.
Ni un mensaje nuevo de nadie.
Siendo las 3 a. m., hasta la pequeña Sushi estaba plácidamente dormida, al igual que él debería estarlo.
Pero no podía. Cerraba los ojos y daba vueltas en su cama; trató de hacer de todo: contar, ejercicios de respiración, poner música relajante, tomar té… Todo, absolutamente todo. Aun así, sus pensamientos eran más fuertes que él y siempre ganaban. Le carcomían el alma, le resonaban hasta la última célula del cuerpo.
El arrepentimiento, los errores del pasado y el remordimiento eran cargas tan pesadas como el plomo, y él ya no sabía cómo lidiar con eso.
Tan solo pensar que alguna vez pudo haberlo tenido todo, pero sus miedos, desconfianza y el maldito trauma del pasado jugaron en su contra como siempre, y esta vez no tuvo tanta suerte. Nadie llegó a su rescate.
El confiable y leal guitarrista, quien siempre se mantuvo a su lado sin objeción alguna, finalmente llegó a su límite y, por única y dolorosa vez, soltó su mano.
Taka rió fríamente.
¿Realmente pensó que nunca lo cansaría?
Moriuchi Takahiro siempre se caracterizó por llevar al límite a las personas que quería; su familia sabe muy bien eso.
Siempre fue difícil de amar.
Tontamente creyó que Yamashita aceptó todo de él, hasta lo malo. Muy egoísta de su parte, pero realmente lo creyó.
Todo comenzó como un tonto juego de adolescentes que compartían demasiado tiempo juntos y, naturalmente, desarrollaron cierta atracción hacia el otro.
Taka nunca olvidará ese primer beso en el pequeño departamento que rentaba y compartía la mayoría del tiempo con Toru: muy torpe y corto al inicio. Miradas curiosas y con algo de miedo se cruzaron, tan solo para entregarse al deseo sin importar las consecuencias.
Los años pasaron y la pasión, los besos, caricias y muestras de afecto crecieron, pero algo seguía sin cambiar: qué es lo que realmente eran. Su relación no tenía ningún título oficial, y eso empezó a molestar al alto.
Mil veces le dijo, le pidió, prácticamente le rogó por una oportunidad, por hacer las cosas bien. Toru le prometió que siempre estaría a su lado, que le defendería y protegería de todo y todos, mas Taka siempre le daba respuestas vagas, a medias o simplemente evitaba el tema como si su vida dependiera de ello.
Takahiro pecó de confiado, de eso no hay duda alguna, pero ¿cómo se le iba a ocurrir? Nunca pasó por su cabeza. Él siempre se sintió —y fue— el centro del afecto y las atenciones del alto porque, sin importar qué, Toru se mantendría a su lado.
Hasta que apareció ella.
Lindo rostro, atractivo cuerpo, con una facilidad para encantar a todos solo con unas palabras y, sobre todo, libre y sin miedo para amar a Toru.
Era perfecta.
—¿Y qué hay de nosotros? —el pelinegro casi gritó. Estaba perdiendo la compostura; sentía que la cabeza le daba vueltas y le costaba respirar.
¡Esto no podía estar pasando!
—¿Es en serio? ¿Tú me estás preguntando eso? —el alto no podía ocultar la indignación en sus palabras. Pasó una mano por sus rubios cabellos y resopló con frustración, caminando de un lado a otro como león enjaulado en la gran casa en Los Ángeles del pelinegro.
—¡No puedes casarte!
—¿Ahora tengo que pedirte permiso para tomar decisiones sobre mi vida? —soltó Toru con burla.
—Digo… no aún —agregó Taka, esquivando la mirada—. Tenemos planes. ¿Qué hay de la banda, de todo lo que hemos pasado juntos?
—La banda va a estar bien como siempre. No sé si recuerdas, pero no soy el primero en casarme.
Taka sintió el peso de las siguientes palabras y trató de buscar compasión a través de sus ojos. Ambas miradas se volvieron a encontrar; el ambiente era pesado, casi no se podía respirar. La ansiedad les comía vivos, pero no había marcha atrás: uno de ellos ya había tomado su decisión.
—Y sobre nosotros, seguiremos como siempre. Yo nunca dejaré de ser tu amigo, de estar a tu lado; tú eres mi vocalista.
—¿Solo soy eso, Toru-san? ¿Un vocalista? —Taka sentía las lágrimas acumularse en sus ojos; la sensación de soledad y pérdida iba llenando su corazón poco a poco.
Y solo el cielo sabe cuánto odiaba ese sentimiento que le apretaba la garganta, le revolvía el estómago y le hacía pellizcarse los muslos en búsqueda de cualquier otro dolor o distracción para olvidar el más grande, el que le perseguía desde siempre.
—Tuvimos muchas oportunidades para hablar de eso y tú lo sabes; no tiene caso ahora.
Toru, cansado, miró la hora en su celular. Se hacía tarde; debía salir ahora. Giró para buscar sus maletas y salir de esa casa que alguna vez sintió como hogar también.
Una mano le detuvo, sujetando con fuerza y con todo de sí la manga de su chaqueta.
—¿Y si…?
Pero, como si sus labios se sellaran cuando se trataba de sus sentimientos hacia Toru, Taka no pudo terminar la oración.
—Ni siquiera puedes decirlo —Toru rió amargamente, sacudió su brazo liberándose del agarre del pelinegro y siguió en dirección a sus pertenencias en la entrada de la casa—. Se me hace tarde y no quiero perder el vuelo. Adiós.
Y, con una última mirada a quien pensó era el amor de su vida, cerró la puerta.
Toru lo dejó y se fue tras ella.
Taka secó sus lágrimas desordenadamente con las mangas de su pijama, abrazó sus rodillas contra su pecho en búsqueda de calor, de afecto, de la sensación cálida y acogedora que solo el amor te puede dar.
La soledad le arrullaba y él, cansado de todo, iba cediendo poco a poco.
Hasta que lo escuchó.
El sonido de la clave siendo marcada, la puerta arrastrándose mientras era abierta, siendo cerrada otra vez, y de nuevo silencio.
Con rapidez giró mirando hacia la entrada y la boca se le secó; las piernas le temblaron y pensó que su mente le estaba haciendo una mala jugada.
El rubio estaba parado en la entrada, con una mirada indescifrable, manos hechas puños y respiración agitada.
Uno.
Dos.
Tres.
Nada.
Todas a buzón de voz.
Ni siquiera sabía por qué hacía eso. ¿Estaba loco acaso? Él debía estar durmiendo con su esposa, en su casa.
Pero escuchó cuando Toru le contaba a Ryota que ella había salido de viaje con una amiga.
Era su oportunidad, por más egoísta que sonara.
—¿Aló?
Su respiración se cortó.
Las manos le temblaron.
¿Por qué había llamado?
—¿Taka, tienes una idea de la hora que es? —preguntó el guitarrista con una voz mezclada con molestia y cansancio.
—Te extraño.
No hubo respuesta, solo la respiración pausada del otro a través de la línea.
—Te necesito.
Silencio.
—Por favor, Toru-san —la voz se le quebró en un susurro de súplica, solo por él, solo para él—. Estoy en mi casa, la clave es la de siempre.
Sin esperar respuesta alguna, quizá por el miedo de una negativa, simplemente colgó.
Realmente pensó que la llamada hecha hace un par de horas no iba a tener resultado alguno.
Quizá sí: un Toru muy enojado al siguiente día en la sala de ensayo.
Pero no esto, no Toru llegando a su llamado.
Como antes, como los viejos tiempos, cuando solo eran ellos dos y nadie más.
—¿Qué pretendes? —Toru caminó en su dirección con pasos firmes, decidido a enfrentarlo ante tal descarada llamada. No era justo. Él había hecho todo de su parte para alejarse de Taka, para ser un buen esposo, formar una admirable familia y hacer feliz a su esposa. ¿Y sin más Taka llamaba pidiendo tirar todo a la basura? Porque él muy bien sabía lo que significaba esa llamada—. ¿Sigues siendo tan egoísta como siempre, Mori?
Taka, al escuchar el diminutivo que tanto amaba salir de los labios del guitarrista, se quedó como hechizado ante la voz del otro.
No le importó el reclamo, la molestia ni el cansancio; lo único que importaba ahora era que Toru estaba ahí, en su casa, junto a él, y no iba a desperdiciar esta oportunidad tan fácilmente.
—Te quería ver, te extraño —el más bajo, con miedo y cuidado, casi como acariciando a un gato, rozó la yema de sus dedos contra la tela del saco que cubría los brazos del guitarrista.
Poco a poco sintió la calidez que emanaba del cuerpo del alto, el olor característico de su perfume.
—Nos vimos en el ensayo de la mañana. ¿De qué hablas? —Toru quiso alejarse, poner distancia entre ambos y mantener la compostura; mas le era imposible. El toque de Taka, incluso a través de la tela, le hacía estremecer.
—Tú sabes a lo que me refiero, Toru-san —recorrió toda la extensión hasta llegar a los hombros del rubio, dio un paso más cerca, alzó la cabeza y, por fin, sus miradas se conectaron.
Pudo ver un destello en los ojos del alto y supo que iba por buen camino. Solo un poco más.
—No he podido olvidarte —se alzó apoyándose en la punta de sus pies, cada vez más cerca, sus narices rozándose lentamente en un cálido e íntimo toque—. Todo iba a volver a como era antes; Taka estaba seguro—. Y estoy seguro de que nunca podré hacerlo.
Y finalmente lo besó.
Después de tanto, de tantas noches solas, otra vez los dos se encontraban. Taka aseguró su agarre en el cuello de Toru; cerrando los ojos, se dejó hundir en los labios del otro, buscando saciar su sed, el deseo que le consumía cada centímetro de su cuerpo.
Toru era suyo y de nadie más.
—No —el rubio agarró de las caderas al vocalista, tratando de alejarlo de su cuerpo. Tomó respiraciones profundas para calmar su acelerado corazón. ¿Qué es lo que estaba haciendo?—. ¿Por qué haces esto? —susurró, casi derrotado.
Taka se acercó de vuelta a él, esta vez incluso más que antes. Dejó que Toru se envolviera con su esencia y calor, que recordara a dónde pertenecía, de dónde nunca debió irse.
—Porque te amo y esta vez haré todo para mantenerte a mi lado. No me importa lo que cueste, Toru-san.
Y le miró con esos hermosos ojos, esos ojos que le encantaban, que tantas noches fueron lo último que vio y lo primero que le saludaba a la mañana siguiente.
Entonces, esta vez fue Toru quien le besó, profunda e intensamente, casi queriendo recuperar el sabor de los labios de Taka que tanto tiempo habían estado ausentes en él. Sus manos bajaron hasta su cintura, subiendo la delgada tela del pijama, sintiendo directamente la tersa piel que reaccionaba ante su toque, haciendo que el más bajo soltara suspiros entre besos.
Le tomó fuerte de la cintura, casi marcando sus dedos en la piel, y ambos cayeron en el gran sofá del pelinegro.
Porque Toru… Toru tampoco había podido olvidarle.
