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Secreto Navideño

Summary:

En Noche Buena la pequeña Catherine Holmes descubre algo inesperado al bajar las escaleras: ¡Santa Claus le estaba dando un beso a su papá!

Notes:

Felices fiestas, Missie querida, este pequeño fanfic va para ti con todo mi amor. Tú que amas mucho a William siendo un padre cariñoso

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:

La pequeña Catherine era una niña que había heredado la curiosidad y la habilidad de no poder quedarse quieta mucho tiempo de su padre Sherlock. Al igual que él, se aburría rápido de lo que no consideraba un reto mayor.

 

 Y para estos casos, William solía proponerle ir de paseo durante la tarde para distraerse un poco y estirar las piernas. Ella siempre aceptaba encantada. Sobre todo cuando eran los meses festivos. Como era el caso de Diciembre, cuando las casas estaban adornadas con luces de colores, el aroma a jengibre y chocolate caliente flotaban danzantes entre las personas, se escuchaban villancicos en cada esquina y en los escaparates brillaban millas de juguetes, árboles y pasteles deliciosos. A veces se detenían a mirar alguno durante un largo rato. Toby, el perro que había adoptado y que cuidaba de que la chiquilla no se le escapara a William, también recibió una porción de las croquetas de cerdo que solían comprar por si se les apetecía algo calentito. 

 

Era algo extraño de explicar pero incluso las relojerías o las librerías solían tener un aspecto diferente, más cálido y hogareño.

 

Cualquier tienda en Navidad se convertiría en un hogar donde te resguardabas de la nieve. Aunque por supuesto nunca se compararía con el departamento que, a pesar de ser algo pequeño, era el sitio ideal en cualquier tormenta. Mientras ella miraba por la ventana, acurrucada en una esquina, posando sus rosadas mejillas sobre las rodillas, buscando algo peculiar en los sombreros de las damas o el andar de los caballeros; William tarareaba pasando los dedos sobre la tela de tres mantas de colores y bordados distintos, intentando decidir cuál sería el adecuado para aquella noche invernal. Y una vez que lo encontraba, iba y ponía aquella manta suave y reconfortante sobre los hombros de Catherine y le contaba una pequeña historia ligada a los bordados de la cobija. Le hablaba de las estrellas y de un lobo solitario que debía emprender un viaje hasta la cima de la montaña congelada porque se había enamorado de la luna. Catherine se olvidaba de su aburrimiento y desviaba todo su pensar en las palabras de su padre, frunciendo el ceño de cuando en cuando ante las dificultades a las que se enfrentaba el leal canino. Cuando los cuentos no funcionaban, William le proponía prepararle un menú especial para ella.

 

-¿Menú? —preguntaba la chiquilla.

 

—Tengo varios —sonreía su padre—. Para sanar los corazones rotos, los amores no correspondidos, para reconfortar un corazón abrumador…. Mmh, pero creo que a ti te vendría mejor un menú para las criaturas que se encuentran aburridas.

 

A decir verdad, sí le apetecía comer algo. William siempre supo antes que ella cuando llegaba el hambre. Preparaba un cuenco con diferentes galletas: canela para los sueños, coco para las sonrisas, besos de nuez para la imaginación y pastas de chocolate para estar bien protegida en sus aventuras cuando fuese a dormir. El sonido de la cuchara haciendo contacto con la mezcla de flores y hierbas era tan relajante que a veces Catherine comenzaba a pensar en posponer los bocadillos y rendirse ante el sueño. Pero la idea de aquellos trineos espolvoreados con azúcar era demasiado tentadora como para abandonarla.

 

Así que se iba a buscar un libro para mantenerse despierto. Tenía muchos en una repisa personalizada para los suyos. No aceptaba ninguno que no tuviese ilustraciones. Cuando Sherlock estaba en casa, era él quién se los leía cada noche. Le gustaba porque siempre cambiaba la historia a la mitad y se inventaba el resto. El detective llegaba a estar fuera de casa durante tres semanas enteras, a veces incluso dos meses, dependiendo del trabajo que le hubieran encomendado.

 

Y cuando eso pasaba, una melancolía y añoranza llenaba todo el departamento. Aunque William intentaba no ponerlo en evidencia, Catherine solía atraparlo suspirando hacia la ventana, mirando más allá de los edificios y de todo en general, a algo que se encontraba lejos de su alcance, algo que Cathy aún no podía ver pero que parecía haber llevado la respiración y la sonrisa más alegre de su padre. A veces temía, por la nostalgia en el iris de sus ojos, que fuese a desaparecer. Desde que tenía memoria, Catherine pensaba que sus padres eran hechos del mismo material de constelaciones, y que si uno desaparecía, el otro lo acompañaría.

 

 Fue una carta con la firma de su amado padre lo que les hizo recuperar el ánimo a ambos. Finalmente iba a volver a casa.

 

La mañana del 24 de diciembre, salimos temprano en busca de un buen pavo, arándanos y pasas para los pudines de naranja. Y quizás algo de pescado. Algunas patatas para la sopa, zanahorias y repollo para la ensalada. No es que fuesen a preparar un gran banquete; a decir verdad, siempre celebraban solo ellos tres. Pocas veces solían venir sus tíos Albert y Louis al festejo, acompañados de amigos y traían muchos regalos. Pero últimamente estaban tan ocupados con el trabajo que se les hacía imposible viajar tan lejos. Este año mandaron un regalo para la pequeña Catherine acompañado de una carta escrita por cada uno donde le deseaban una bonita Navidad y decían que esperaban verla pronto. Pero ella no se sintió con el suficiente ánimo para abrirlo en ese momento. Siempre desenvolvía los regalos con Sherlock.

 

 La Navidad carecía de sentido si él no estaba.

 

Adornaron bien la casa, para poder darle una cálida bienvenida. Y el tiempo se les pasó volando cortando las zanahorias y horneando. Después de un buen baño, Cathy se puso su vestido dorado favorito, le pidió a su padre que le cepillara el cabello hasta que estuviera brillante y sedoso y bajó a esperar a Sherlock con ansias. Al ver que el reloj tocó las nueve, decidió tomar la cena, aunque un poco desanimados. Y al llegar a las diez, Catherine le insistió a William en que se quedaría despierta con él a esperar a su papá.

 

—Si no estás en tu habitación, Santa no podrás venir —murmuró William, mientras acariciaba su cabello cariñosamente.

 

Ella meneó la cabeza.

 

—No me importa si Santa no llega. Quiero que mi papá esté aquí —-respondió, acurrucando la cabeza sobre la rodilla de William.

 

Viendo que estaba en uno de esos momentos donde su terquedad era incluso más grande que la de él y Sherlock juntos, no objetó nada más. En su lugar, se dedicó a acariciarle la cabeza hasta que, inevitablemente, cayó dormida antes de la media noche. Le llevó en brazos hasta su habitación y le dio un beso de buenas noches que la pequeña apenas logró percibir estando muy en lo profundo del reino de los sueños, probablemente soñando con bailarinas de nueve, copos de azúcar, soldados de galleta y ratones malvados.

 

Sintió que había dormido dos noches enteras cuando le invadió el impulso de levantarse a tomar un vaso de agua. Y saliendo del cuarto incluso olvidó qué día era. Probablemente un sueño tan pesado había sido heredado de William que necesitaba de padre e hija para mantenerse en pie una vez que regresaba al mundo de los vivos, como solía decir Sherlock.

 

De todas formas, nada la preparó para lo que vio en la sala. Antes de terminar de bajar las escaleras, logró ver algunas sombras que se movían reflejadas en la pared, y recordó que su padre seguía despierto. Pero no parecía estar solo. Se escuchaban voces inentendibles, lo que le animó a acercarse más, con pequeñas pisadas de ratón. Un poco asustada, teniendo cuidado de no ser vista, se asomó a ver de qué se trataba. Y se encontró con algo que estaba seguro de que ningún otro niño había visto jamás:

 

¡Su padre se estaba besando con Santa Claus!

 

Parecían tan absortos en aquella pequeña pasión que crepitaba más fuerte y silenciosa que la chimenea. No supo bien cómo sentirse respecto a ello. Y la mirada que William le dirigió a aquel hombre terminó por hacerla presa del pánico. ¡Sus ojos eran más resplandecientes que las estrellas! Y la forma en la que lo abrazó... nunca antes había visto a su padre hacer algo tan familiar con alguien que no fuese Sherlock, ni siquiera con sus hermanos. Parecía sentirse tan seguro en aquellos brazos.

 

–…Quería un caballo, no hacía más que hablar de ello. Tiene tanta imaginación y es tan inquieta… –susurraba William muy cerca del hombro de barba blanca. Sus palabras y todo en su mirada estaban cargadas de un amor infinito que hizo temblar el corazón de la pequeña niña.

 

Se preguntó si debería intervenir y decirle a ese hombre que su padre ya se encontraba felizmente casado con un detective asombroso. Pero temió la reacción de ambos y decidió que no podía soportarlo más, de manera que regresar a su habitación fue la opción más confiable que encontró, sintiéndose inútil y muy mal por lo que había contemplado.

 

A la mañana siguiente encontró a Sherlock en la cama de su padre, dando por sentado que había llegado de madrugada. Pero no tuvo mucho valor al hablar con él sin sentir un nudo en la garganta. William parecía igual de cercano y dulce con su padre, claro que no le diría nada enfrente de él. Sería mejor contarle a solas, Sherlock lo entendería y sabría qué hacer. Siempre lo sabía.

 

—Papi, ¿está todo bien entre tú y papá?

 

–¿Por qué la pregunta? —le cuestionó, dejando el periódico de lado. Ya había sospechado que algo malo le pasaba a la niña, y esperaba pacientemente a que ella misma se lo comentara. Se encontraba disfrutando de su bebida caliente matutina cuando ella llegó con los dedos cruzados, buscando las palabras para confesar.

 

–Es que… ayer lo vi besándose con Santa Claus.

 

Sherlock casi se ahoga con su café en una carcajada que confundió a la niña.

 

—Lo más seguro es que hayas soñado eso, diablilla –le respondió, intentando recuperarse.

 

—¡No, papi! Lo que vi era real —insistió Cathy–. Santa le dio un beso a papá. Y él estaba muy feliz, hablándole de mí en el oído…. –Su padre tuvo que reírse entre dientes lo menos que pudo pues ella comenzaba a indignarse ante su expresión. –No te rías… –murmuró, casi al borde del llanto–. Te juro que lo vi.

 

Sherlock la tomó de la mano y el atrajo hacia su regazo. Ella se dejó pese a lo enfadada que comenzaba a estar por la falta de seriedad de su padre. Pero no se contentó en seguida. Se cruzó de brazos e hizo un puchero, desviando la vista lejos de los ojos amorosos de Sherlock que le suplicaba perdón.

 

—Y ¿cómo era este Santa, mi amor? –le preguntó, intentando recuperar su confianza.

 

—Pues… era raro, papi. Tenía tu pelo, tu voz, tu nariz -reflexiono la niña, intentando recordarlo en la oscuridad. Durante un momento se cuestionó si su padre tenía razón y solo lo había soñado. Jugueteó con sus dedos, tímidamente—. Y también…. Casi tenía tu ternura, ¿sabes? Por la manera en la que sostenía a mi papá de la cintura.

 

—¿Ah, sí?

 

—Tenía tu anillo de calavera y el reloj dorado en tu bolsillo. Si no fuese por la barba, papi, hubiera creído que eras tú.

 

Su padre volvió a reírse, intentando esconderlo en el hombro de Cathy alegando que tal vez debería acostumbrarse a tener un tercer padre al cual dirigirse como papá Noel, pero se calmó casi al instante por temor a que ella volviese a enfadarse y le pidió perdón de nuevo. Le acomodó un mechón suelto del cabello y depositó un beso en la frente de su hija.

 

 —No creo que debas preocuparte por ello, hermosa. Tu padre me ama demasiado como para abandonarme por un viejo barrigón –tomó sus manitas entre las suyas y comenzó a repartir más pequeños besos. Era algo que hacía incluso con William—. ¿Por qué no vas a buscar a Toby y juegas un rato con él antes de desayunar?

 

 A la niña le pareció una idea razonable. Ciertamente estar meditabunda en cosas de mayores la mantenía agotada y no era divertida. No debería sentirse mal en Navidad, fue lo que le dijo una vez uno de sus tíos. Se bajó de las piernas de su papá y, antes de irse, le hizo prometer que nada de esto se lo contaría a William, pues le daría mucha vergüenza y no quería ni imaginarse lo que diría al respecto.

 

—Es nuestro secreto, papá.

 

—Y está a salvo conmigo, puedes estar segura. 

 

 Ella le sonó y salió corriendo a buscar al perro que dormía una siesta debajo del árbol navideño. Sherlock se levantó del sillón y de puntillas se dirigió a la cocina en dónde su esposo estaba horneando algunas galletas y calentando la cena de la noche anterior. Envolvió su cintura por detrás y comenzó a repartirle millas de besos desde la nuca hasta su mejilla, gozando del exquisito y dulce aroma a vainilla que desprendía detrás de las orejas; percibiendo la sonrisa de su amado sin siquiera verlo todavía.

 

–¿Qué pasa? –preguntó William, en aquel tono amable y tentador.

 

–No sabes cuánto te extrañé –Sherlock ocultó su rostro en el hombro de su querido esposo y deseo nunca más volver a separarse de su lado.

 

–Y yo a ti, pero si este es otro de tus trucos para hacerte con las galletas antes de tiempo, puedes irte olvidando.

 

Sherlock se rio.

 

 –Oye, Liam, a que no adivinas lo que me ha contado nuestra hija.

 

-¿Oh? –William dibujó una sonrisa en sus labios. El ruido y las plásticas habían vuelto a casa.

 

No es que fuese un traidor. Pero Catherine, que tanto amor tenía por las promesas, había olvidado pedirle que lo jurara por el meñique, que era lo más sagrado de su mundo. Y sin eso, Sherlock se vio con completo libre albedrío de hacer lo que quisiera con la información que le brindó aquella mañana de navidad. Tal vez cuando fuese un poco más mayor le contaría la verdad y el cómo Santa Claus adivinó que quería un caballo de juguete sin necesidad de leer la carta que se había negado a escribir por estarlo esperando.

 

Aleta.

Notes:

¡Muchas gracias por leerme! Pasa una estupenda noche, comé muchas cosas sabrosas y ten un prospero año nuevo. ¡Te amo!