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La nieve golpeaba con suavidad la ventana de la casa de Severus. Todo estaba en silencio, y eso lo estaba agobiando.
Era víspera de navidad y, como cada año después de la muerte de sus padres, estaba solo.
La sala casi permanecía casi a oscuras, apenas siendo iluminada por una vela que estaba sobre la mesa. Severus estaba sentado en uno de los sillones, envuelto en una manta vieja que ya no abrigaba lo suficiente. En una mano sostenía su cena de navidad que consistía en un té que ya llevaba minutos frío y en la otra sostenía su celular.
Esperando.
Anhelando.
Deseando recibir aunque sea una llamada de James.
Deseando escuchar su voz.
Había imaginado que esta navidad sería diferente, que no la pasaría solo. Que, por primera vez en su vida podría disfrutar de esa fecha sin sentir que faltaba algo. Que esta navidad la pasaría junto a la persona que amaba.
El celular vibró y Severus rápido dirigió su mirada hacia él.
“Hola, mi Verus. Feliz Navidad. Te escribo después para ver cuando nos podemos encontrar”.
Cortante, distante y cruel.
Habría querido que James estuviera ahí. Compartiendo una cena sencilla juntos, hablando de cualquier cosa, riéndose solo por que si. Hablando de todos los sueños que tenían, permitiéndose ser ellos mismos sin miedo.
Y aunque James al principio accedió, dos días atrás le había dicho:
“No puedo”.
Severus miró al techo, respirando hondo e intentando no pensar demasiado en ello.
Pero ya era tarde
….
Estaban en su cama, cubiertos hasta la cintura, compartiendo y sintiendo la calidez del otro. La habitación estaba a oscuras y el ambiente se sentía tranquilo, seguro. Severus hablaba en voz baja.
—Podríamos cocinar algo sencillo—decía con ilusión mal camuflada—. No tiene que ser algo ostentoso… solo nosotros. Después de cenar podemos ver una de esas películas malas, de esas que tanto te gustan.
James sonrió, apoyando la barbilla sobre su pecho—. ¿Y luego?
—Luego… nada, no lo sé— respondió Severus, encogiéndose de hombros—. La noche será nuestra podremos hacer lo que queramos, incluso, solo quedarnos así. Sin pensar en nada más.
James guardó silencio.
—Verus… — lo llamó en un tono de voz bajo que Severus conocía demasiado bien.
Severus apretó los ojos, antes incluso de que terminara la frase.
—No voy a poder estar contigo esta Navidad.
Con que eso era....
Severus abrió los ojos despacio y lo miró.
—¿Por qué no?— preguntó, intentando sonar tranquilo.
James tragó saliva—. Mamá está enferma, lo sabes. Ella quiere que pase la navidad con ellos y… no puedo negarme. No tengo una excusa válida para negarme a asistir— desvió la mirada—. No hay algo que explique que pasaré la Navidad a tu lado sin que ellos no pregunten… sin que ellos sospechen. Además es mi mamá la que me lo está pidiendo, no le negaré nada a ella y menos en su estado.
—Pero lo prometiste— murmuró—. No te estoy pidiendo que le cuentes a todos sobre lo nuestro. Solo te estoy pidiendo que no me dejes solo. Solo eso.
James cerró los ojos con fuerza.
—Lo sé, mi vida. Y me duele pero no puedo. No está Navidad.
Severus sintió un vacío en su pecho.
—Entiendo, James—. Severus siempre entendía—. Ve con tu familia. Es lo correcto.
James respiró hondo y abrazó fuerte a Severus.
—Prometo que no siempre será así.
Severus solo asintió.
Fingiendo que no dolía.
….
Su teléfono vibró, sacándolo del recuerdo.
—Peter— murmuró viendo la pantalla para luego responder la llamada—. ¿Hola?
—¡Severus!— exclamó Peter con emoción—. ¡Feliz casi Navidad!
Severus negó con su cabeza.
—Gracias… igualmente.
—¿Qué haces?— preguntó con curiosidad.
—Nada. Aquí. En casa.
Hubo un silencio breve, muy incómodo.
—¿Crees que este solo?— Se escuchó otra voz, más baja. Remus.
Severus cerró los ojos. Sí claro que estaba solo.
—Oye— dijo en un tono suave Peter— estamos en casa de Sirius… ¿por qué no vienes?
—No creo ser bienvenido en la casa del idiota de Sirius— respondió, tratando de sonar indiferente.
—No digas eso Severus— dijo Remus—. Vamos, ven. Solo faltas tú.
—¡Si! ven, por favor. Estamos todos: Remus, Lily, James…
James.
James estaba ahí.
—James… ¿Está ahí con ustedes?— preguntó, odiándose por el temblor en su voz.
—Claro— respondió Peter—. Está aquí desde la mañana, como todas las navidades.
Las manos de Severus comenzaron a temblar.
James le había dicho que pasaría Navidad junto a su familia.
Había dicho que su madre lo necesitaba.
Que no podía dejarla.
Que no podía.
Y sin embargo estaba en casa de Sirius desde la mañana.
Un silencio incómodo se formó en la línea.
Entonces Remus hablo:
—Severus— hablo Remus con suavidad—. No tienes porque pasar esta Navidad solo. Te aseguro que eres bienvenido. Ven, por favor.
Severus no quería estar solo.
Pero tampoco quería ver a un mentiroso.
Aún así...
—Está bien— susurro— iré.
….
La nieve golpeaba su rostro mientras caminaba a casa de Sirius. El viento frío entraba sin permiso por el cuello de su abrigo, helándole la piel, y aunque sabía que estaba mal abrigado, el frío que sentía en su pecho poco y nada tenía que ver con eso. Ardía como nunca.
James le había mentido…. Esta vez ¿Cuántas veces más lo había hecho?
No.
Debía ser una confusión.
Cuando James lo viera entrar, se alegraría. Sonreiría. Y le explicaría este malentendido.
Se aferró a esa idea mientras tocaba la puerta.
Peter fue el que abrió la puerta, y apenas lo vio se lanzó sobre él dándole un abrazo que desestabilizó a Severus.
—¡Llegaste! Que bueno que si vinieras Severus.
—Hola— respondió Severus, devolviéndole el abrazo con rigidez.
Detrás de Peter apareció Remus, que se apoyó en el marco de la puerta, levantando una mano con una sonrisa cálida en su rostro.
—Me alegro de que estés aquí.
Desde el pasillo, Sirius lo miraba con los brazos cruzados. No estaba sonriendo, pero tampoco lucía incómodo.
—Pasa adelante— dijo simplemente—. Hace frío afuera.
Severus asintió. Entre ellos siempre había existido una tensión silenciosa. No eran amigos, nunca lo serían, pero se toleraban. Y aunque ambos jamás estarían dispuestos a admitirlo se preocupaban por el otro.
La casa lo envolvió de inmediato con su calidez.
Demasiado cálida.
No como su hogar que era demasiado frío.
Demasiado solitario.
—¿Y James? ¿Y Lily?— preguntó, tratando de sonar tranquilo.
—Están ahí— respondió Peter con emoción señalando la sala.
Severus avanzó hasta quedar detenido en el marco de la puerta de la sala.
En cuanto Severus vio a James, se arrepintió de haber preguntado por ellos. Se arrepintió de acercarse a la sala. Se arrepintió de haber ido.
James estaba junto a Lily.
Hablando en un tono suave.
Estando cerca.
No demasiado cerca como para que fuera obvio. Pero lo suficiente como para que cualquiera se diera cuenta de lo que ahí estaba sucediendo.
Era un lenguaje silencioso que Severus conocía muy bien.
James reía.
Su risa era suave, baja, una risa tan sincera que dejaba ver que estaba cómodo.
Lily hablaba, inclinándose sutilmente hacia él, James la escuchaba con atención genuina, como si no existiera nada más alrededor.
En ese momento Severus sintió como su cuerpo se volvió pesado.
James se acercó un poco más.
Demasiado.
Lily sonrió, halagada, y James no se apartó. Al contrario; levantó una mano y la posó en su cintura, un gesto que desprendía tanta naturalidad, como si no hubiera sido la primera vez, como si ya lo hubiera hecho mil veces.
Severus dejó de respirar.
James se inclinó.
No había prisa, ni duda en su actuar.
Y la beso. Uno de esos besos que no se dan por error o impulsividad. Una acción decidida y segura, como si no existiera nada más a su alrededor. Como si nadie pudiera verlo… o más bien como si la intención fuera que todos lo vieran.
Al principio los labios se encontraron con un suave rose, probándose, solo para tantear el terreno. Luego hubo más intención. James sostuvo el rostro de Lily con una mano, con tanta suavidad y ternura, para asegurarse que el momento fuera perfecto. Para asegurarse que todos lo vieran.
Severus dejó de respirar.
El beso se profundizó. No fue torpe; fue lento y deliberado. James inclinó un poco más la cabeza, encajandola con precisión. No era la primera vez que se besaban, se notaba.
Cuando se separaron James no se alejó.
Apoyó su frente en la de ella durante unos segundos, cerrando los ojos. Lily sonrió, y James respondió con una risa baja, cómplice e íntima.
Esa risa.
Severus sintió el golpe entonces.
No hubo rabia. si no comprensión.
James no estaba actuando demasiado bien… no estaba actuando en lo absoluto.
Nadie sabía de la relación entre Severus y James. Era su secreto, construido a base de noches de devoción, puertas cerradas y promesas susurradas en la oscuridad. James le decía que algún día tendría el valor. Que algún día les diría la verdad a sus amigos, a su familia, a todos; “porque el mundo merece saber quien se robo todo mi amor”. Eso es lo que James le decía siempre.
Y sin embargo ahora Severus estaba ahí, viendo como ese amor se le era mostrado a otra persona. Viendo como James besaba a Lily para encajar, para ser aceptado.
Para Severus todo estaba claro, él no era el sacrificio más grande… era el más fácil.
El dolor en su pecho se volvió insoportable.
Dio un paso hacia atrás y luego otro mientras su mente trataba de idear una excusa coherente para salir de ahí.
Pero no lo necesito, nadie lo notó. Todos estaban concentrados en reír y celebrar.
James fue el primero en darse cuenta.
Levantó la cabeza y en ese momento sus ojos se encontraron. Por un segundo.
Un segundo le bastó a James para percatarse de todo.
Vio el abrigo oscuro.
La rigidez en su cuerpo.
Vio una mirada cansada.
Severus no lloraba.
No reclamaba.
Solo estaba ahí parado, viéndolo a él. Luciendo tan roto.
James abrió la boca, dio un paso hacia adelante, con la intención de llamar a Severus. De explicarle todo. Pero Lily le habló y lo tomó del brazo, ajena a todo. Y James se quedó ahí, quieto, atrapado entre lo que quería y lo que ya había elegido.
Severus fue el primero en desviar la mirada. Acomodó su abrigo con dignidad, giró sobre sus talones y caminó hacia la puerta sin mirar atrás. La abrió y salió.
James no lo siguió.
Afuera el frío lo recibió con los brazos abiertos. Los copos de nieve golpeaban su rostro conforme avanzaba sin rumbo, se abrazó a sí mismo tratando de sostenerse porque sentía que se estaba cayendo a pedazos.
Y entonces los recuerdos volvieron a colarse en su mente.
James besándolo en la oscuridad de su habitación, como si su existencia dependiera de ello. James sosteniendo su rostro con ambas manos, besándolo lento, profundo. Con la certeza de que en ese momento solo ellos dos importaban.
“Contigo puedo ser yo”
“Contigo no tengo que fingir ser algo que no soy”
Los besos que James le daba se sentían, suaves, sinceros y llenos de amor. Pero eran besos que solo existían porque nadie más estaba para verlos.
Severus apretó los puños.
Porque James no titubeo en besar a Lily frente a todos. Porque con ella no tuvo miedo.
Eso es lo que más dolió.
No el beso.
No la mentira.
Sino la certeza de saber que él siempre fue el lugar donde James se escondía. Mientras que Lily era el lugar donde James podía pertenecer.
El aire frío le quemó sus pulmones cuando respiró hondo, se sentía como si lo estuvieran apuñalando una y otra vez, haciendo que cada vez le costará más moverse, debilitándose con cada paso que daba.
—Claro…— murmuró, con una risa rota—. Claro que no podías pasar tu Navidad conmigo.
Siguió caminando, sin importar que cada paso fuera más pesado y doloroso hasta que una recordó una frase.
“Siempre voy a estar contigo mi Verus, siempre”
Severus se detuvo en seco.
—Siempre— repitió con la voz quebrada.
Siempre, pero no está conmigo.
Siempre, mientras nadie esté cerca.
Una risa rota se les escapó.
—Mentiroso…
Tenía ganas de gritar pero no tenía fuerzas para ello. Así que simplemente volvió a caminar pero por cada paso se le venía a la mente las promesas rotas que James le había hecho creer:
“Ten paciencia”.
“Algún día”.
“Siempre”
“Te amo”.
Todas esas promesas que ya no eran más que palabras sin ninguna validez.
Severus escuchó pasos apresurados detrás de él. Alguien corría y lo llamaba. Pero él no se detuvo y siguió caminando sin mirar atrás.
—¡Severus!
Apretó los puños y aceleró su paso. No quería verlo, ni escucharlo. No quería volver a ver esos labios a los que les fue tan fácil traicionarlo.
—¡Verus, por favor espera!—
La nieve crujía bajo las botas de James. Cuando logró alcanzarlo, le sujetó el brazo, obligándolo a detenerse.
—Verus, mi amor, mírame— rogó James—. Por favor.
Severus se soltó con brusquedad.
—Déjame en paz, James— espetó, con la voz quebrada.
—No sabía que vendrías, mi vida esto no es lo que parece, yo—
—¿Cómo está Effie, James?— lo interrumpió Severus, mirándolo con recelo.
James se tensó.
—¿No qué estarías ocupado con tu familia? ¿No que no podías dejar a tu madre sola?
James abrió la boca, pero no dijo nada.
—¿Hasta cuándo, James? ¿Cuántas mentiras más planeabas decirme?— continuó Severus con la voz temblorosa.
James parpadeó, su pecho subía y bajaba, estaba visiblemente alterado.
—No sabía cómo decírtelo— murmuró desviando la mirada.
—¿Decirme qué exactamente?— Severus alzó la voz, incapaz de contener todo lo que sentía. — ¿Qué usaste a tu madre enferma como excusa para poder pasar la navidad aquí? ¿Qué estás jugando con Lily y conmigo al mismo tiempo? ¿O lo que yo siento siempre será menos importante que lo que los demás piensen de ti?
James desvió la mirada, avergonzado—. No debías enterarte, no así.
—Entonces ¿cómo debía haberme enterado, James?— Severus soltó una risa amarga— Dime, ¿cuándo planeabas decírmelo? ¿Después de otra mentira? ¿Cuando te cansaras de decirme “ten paciencia”?
James tragó saliva— Lily no significa nada. No somos nada.
Severus lo miró confirmando lo que ya sabía.
—¿Es así?— Severus lo miró con reproche— Entonces dime por qué la mirabas así. Por qué la besaste de esa manera. Porque no besas a alguien de esa manera si no significa nada.
—Estaban empezando a sospechar… y yo— James cerró los ojos por un momento y suspiro—, yo necesitaba que ellos creyeran que soy normal.
La palabra “Normal” le causó náuseas.
—Normal…—repitió Severus—. Así que decidiste engañarme, todo con tal de no parecer un fenómeno ante ellos— dijo con la voz rota—. Por favor, haznos un favor a ambos y vuelve con ellos. Con ella. Vuelve al lugar donde puedes ser normal.
—Verus en serio, perdóname. No quería lastimarte— la desesperación era palpable en la voz de James.
—¿Y eso que hubiera cambiado?— Severus lo miró a los ojos—. ¿No la habrías besado igual?— se burló— No querías lastimarme, pero lo hiciste, James. Y no dudaste ni un segundo en hacerlo.
—No, no entiendes…
Severus volvió a reírse—. ¿No? James lo entiendo perfectamente. Te vi coqueteando con ella, te vi besándola y tocándola como el ser más delicado. Te vi actuando como si yo simplemente no existiera.
—Lily no… —James respiró hondo— ella no significa nada para mi. Ya te lo expliqué, no es lo que parece.
—No es lo que parece—repitió Severus, con receló y dolor—. James ¿de verdad crees que soy idiota?
Ambos guardaron silencio, se sentía pesado. Se miraron sin decir nada observando cómo el cuerpo del otro temblaba.
James dio un paso hacia adelante.
—Severus, yo quería pasar la navidad contigo. Lo anhelaba— dijo con la voz quebrada—. Pero no podía dejar que todos sospecharan. No podía pasar la navidad contigo porque…— James llevó sus manos a su cabello con frustración— mis familia, mis amigos. Si ellos se enteran….
—¿Por miedo?— susurró Severus con una mezcla de rabia y tristeza—. Dime algo James. ¿Te da miedo que se enteren de que sales con otro hombre… o te da miedo que se enteren que estás saliendo conmigo?
James abrió la boca, pero Severus no lo dejó hablar.
—Porque está bien si somos solo amigos, ¿verdad?— sus labios temblaron—. Pero que asco sería admitir que estás conmigo.
—¡No!— James se apresuró a hablar— No es eso. Es que… todavía no se como explicarles lo nuestro. Todavía no logró reunir el valor para decirles que tú y yo—
—¿Qué tú y yo qué?— Severus lo interrumpió—. ¿Que tú y yo somos más que amigos? ¿Qué tú y yo dormimos juntos? ¿Que nos besamos cuando nadie nos ve?— se acercó un poco, evitando tocarlo—. Porque somos más que amigos, James. Todas las noches que hemos pasado juntos, todos los besos que nos hemos dado son prueba de eso.
James parpadeó tratando de asimilar todo, esas palabras pesaban demasiado— No digas eso.
—¿Qué quieres de mi James?— preguntó Severus en un susurro—. Llevamos casi dos años y sigues ocultándome como si te avergonzaras de lo nuestro. No— corrigió, con la voz temblorosa—. Te avergüenza lo nuestro. Y me duele tanto lo poco que te importo— Se cruzó de brazos para tratar de sostenerse—. Me estás soltando James.
La nieve seguía cayendo, ajena a la discusión, mientras James se quedaba quieto, viendo como la nieve caía. Las palabras de Severus le habían dolido más de lo que él quería admitir.
—No te estoy soltando— dijo al fin, mientras daba otro paso más— Me importas mucho. No quiero perderte.
Severus cerró los ojos y respiró hondo. Cuando los abrió, estaban vidriosos.
—Entonces no seas un cobarde y demuéstralo— le pidió o más bien le rogó—. Porque en todo lo que llevamos de relación solo has demostrado lo contrario. Ya no quiero ser tu secreto James.
— Severus…. mi Verus— murmuró James—. Entiendeme. Esto es muy difícil para mi.
—¿Tu crees que es fácil para mí?— Severus se señaló el pecho—. Yo tengo que fingir que no pasa nada entre nosotros. Que no existe un tú y yo.
—Es que no es fácil… antes lo entendías. El meter esto en mi vida sin que todo…
—¡Me canse de entenderte James!— estalló Severus, su respiración se agitó— Yo no pedí esto. Yo no pedí enamorarme de ti. De hecho— su voz fue disminuyendo—, es algo que repudio con toda mi alma. Lo único que te pido es que me elijas. Que dejes de esconderme.
—Te amo, Severus— la desesperación se notaba en la voz de James—. Te amo con cada partícula de mi ser, pero yo no puedo darte eso.
—¿Me amas?— Severus soltó una risa sin gracia—. En ese caso yo te odio. Te odio tanto.
—Eso es mentira.
Severus guardó silencio unos segundos.
—Hoy, cuando la besaste ¿qué sentiste?— preguntó en voz baja.
—Nada—respondió James demasiado rápido.
—¿Sabes qué sentí yo?— Severus apretó sus labios— Me sentí usado. Roto. Hoy me destruiste por completo— alzó su mirada, clavándola en James—. La besaste con tanta intensidad. La besaste como si yo no existiera. Me estas usando James. Y tu maldito plan era seguir haciendolo: usarme a mí y usar a Lily para que nadie sospeche lo que eres, para que no descubran tu secretito
Su cuerpo no paraba de temblar
—Porque los prefieres a ellos. Porque aunque digas que “me amas con cada partícula de tu ser” ¡ellos son tu prioridad! Yo no. Yo nunca lo seré.
—Severus no entiendes…
—No— respondió Severus respirando hondo—. Tú eres el que no entiende. Si te importará no me hubieras destruido.
James abrió la boca para decir algo. Quería responderle. Quería decirle cuán arrepentido estaba. Pero un grito lo hizo callar.
La voz de Sirius resonó por toda la calle:
—¡James, ¡¿Ya lo encontraste?!— gritó Sirius desde la casa—. ¡Lily te está esperando!
La frase les cayó a ambos como un balde de agua fría.
Y James por instinto dio un paso atrás, casi sin querer. Fue un movimiento pequeño. Pero para Severus fue suficiente. Fue esa respuesta que no quería pero que no podía ignorar.
Severus sintió como se le hacía añicos el corazón.
—Ve— pidió Severus tratando de sonar tranquilo.
James negó con la cabeza desesperado—. No…no quiero irme así. No sin ti.
—Esa es la Navidad que escogiste. La escogiste a ella— respondió Severus—. Ve con ellos.
—Severus no quiero dejarte mi amor.
—Pero eso ya lo hiciste— Severus se encogió de hombros—. Me dejaste desde el momento en el que decidiste que yo era algo que debías esconder.
James lo miró desesperado, no quería irse.
Sirius volvió a gritar, se escuchaba hastiado:
—¡James! ¡Vamos, tu y Severus dense prisa! ¡Sobre todo tu, mi galán!
Y eso… fue el pequeño empujón que James necesitaba, lo que terminó de destruir todo. James bajó la mirada y suspiró. Cuando volvió a alzar la mirada, Severus supo lo que pasaría. James se dio la vuelta.
No dijo adiós. No explicó nada. Simplemente se dio vuelta y caminó hacia la casa, hacia el lugar en donde había decidido permanecer.
Severus lo vio alejarse hasta que la silueta se perdió en la nieve.
Quería ir detrás de él, quería creer que aún había algo que salvar. Pero no lo hizo, no porque no quisiera. Sino porque sabía que no valía la pena. Nada cambiaría. El perseguirlo era condenarse otra vez, y ya estaba cansado. Tan cansado.
Severus siempre era la última opción. Él nunca fue la elección de nadie, ni siquiera la suya. Así que con el poco amor propio que se tenía, por primera vez decidió elegirse a sí mismo.
—Siempre— susurró, recordando esa promesa—. Siempre, mientras nadie esté mirando.
Una risa rota se le escapó del pecho, hueca y quebrada.
—Feliz Navidad, James— susurró, mientras una lágrima se escapaba de uno de sus ojos.
Ahora Severus confirmó lo que desde hace tiempo pensaba.
James no era una persona cruel o malvada. No, James era un maldito cobarde. Y los cobardes siempre evitan elegir; los cobardes se esconden.
Severus había sido eso para James: su refugio, su escondite.
Pero para Severus, James había sido su hogar.
Severus no se movió. No podía. Su respiración temblorosa se transformaba en pequeñas nubes blancas que se deshacían al contacto con el aire helado, igual que él. Bajó sus mirada para ver sus manos: estaban rojas, entumecidas y le ardían por el frío. Pero ese dolor no era nada comparado con el dolor que sentía al haber sido dejado atrás. Otra vez.
Y por la misma persona.
Dejó escapar otra risa, una sin gracia y tan débil que sonó más como un sollozo.
—Eres un idiota Severus— se dijo a sí mismo—. Siempre lo supiste. Sabías que esto pasaría, sabías cómo esto iba a terminar.
El viento cambió de dirección y sopló con más fuerza, como si quisiera arrancarle la poca calidez que le quedaba a su cuerpo.
—Es patético— se pasa una mano por el rostro, intentando ahogar un sollozo—. No puedo competir contra alguien que ni siquiera sabe que compito. No puedo ganar si él no quiere que yo logre ganar.
Dejó caer la cabeza hacia adelante, apoyando la cabeza en sus manos. Ya no pudo contener las lágrimas que tanto se había negado a dejar salir. Calientes al principio, pero se enfriaban rápido sobre su piel.
A Severus le dolía amar a alguien como James, que era un cobarde que a pesar de jurarle amor jamás lucharía por ese amor. Porque James no luchaba por lo que amaba. No. James sí peleaba. Pero no por él. No por el amor que tanto le profesaba. Peleaba por ellos…. porque ellos sí valían la pena.
Se quedó unos segundos más ahí, mirando a la nada, sintiendo que su pecho subía y bajaba con dificultad. Cuando tuvo el valor se movió despacio. Las piernas le temblaban tanto que tuvo que apoyarse en uno de los postes de luz antes de comenzar a caminar.
No quería regresar a su casa.
No quería estar solo.
James ya no estaba. Había elegido otro lugar, otra compañía con la que compartir su vida. Y hoy Severus, había hecho algo que nunca antes había tenido la oportunidad de hacer: elegirse a sí mismo.
Siguió caminando, alejándose de esa casa sin mirar atrás. No porque no los quisiera, sino porque necesitaba protegerse. Cada paso que daba se quedaba marcado en la nieve formando un rastro que nadie estaba dispuesto a seguir. Y eso dolía.
Se detuvo un momento para descansar y recuperar el aliento. La única luz venía del interior de las casas: cálidas, ruidosas, llenas risas que él no tenía derecho a experimentar. Miró por una ventana cercana; pudo ver como esas personas compartían, como se tocaban y se sonreían con una felicidad que a él le resultaba tan ajena.
—No debí haber venido— murmuró, abrazándose a sí mismo, con los dedos entumecidos aferrándose al abrigo que llevaba puesto.
Las lágrimas volvieron a salir. Sintiéndose cálidas al nacer, pero se enfriaban rápido al contacto con su piel.
Suspiró y reanudó el camino. De nada servía quedarse ahí, castigándose más. Ya era suficiente sufrimiento por esa noche. Así que siguió caminando, perdiéndose entre la nieve, con el corazón hecho pedazos, pero firme con su decisión. No volvería a ser la segunda opción de nadie.
