Chapter Text
—¿Sabes por qué no te maté, cariño?
La voz de Gojo llegó suave, casi acariciante, tan cálida que en cualquier otra circunstancia podría confundirse con ternura. Pero aquí, en medio de la noche, sonaba como una amenaza disfrazada de caricia.
Sus delgados dedos, largos y crueles como garras, se cerraban con pereza alrededor del cuello de Megumi, levantándolo del suelo como si no pesara nada. La presión era lo bastante firme para dejarle sin aire, pero no tanta como para matarlo... todavía. Gojo lo sostuvo a la altura de sus ojos, disfrutando de la resistencia muda en el rostro del muchacho.
Los iris azules del vampiro brillaban con una intensidad sobrenatural, un reflejo cortante contra la penumbra, como fragmentos de hielo iluminados por la luna. Megumi no se atrevió a mirarlos de frente. Cerró con fuerza los párpados, como si esa mínima barrera pudiera protegerlo del vértigo de ser devorado por aquella mirada infinita.
Sus manos se alzaron, arañando instintivamente el brazo que lo sujetaba, pero la piel de Gojo era dura, implacable, como una muralla viva. Sus uñas no dejaban más que trazos inútiles en la carne que ni siquiera se inmutaba. Gojo permanecía inquebrantable, casi sereno, observando cada espasmo de dolor en el rostro de Megumi como si fuera un espectáculo personal.
Qué encantadora era esa expresión de impotencia.
La otra mano de Gojo se alzó lentamente, con una delicadeza desconcertante, y rozó la mejilla de Megumi. Su pulgar trazó círculos perezosos en su piel húmeda por el sudor. Ese contacto, tan suave como helado, recorrió la espalda del chico con un escalofrío brutal, haciéndolo retroceder cuanto pudo... aunque no había escapatoria.
Megumi, con la tráquea comprimida, logró arrastrar aire suficiente para articular unas pocas sílabas. Su lengua se pegaba al paladar, su garganta ardía, y el sonido salió como un quejido rasposo.
—B-because... ¿porque eres estúpido?
El aire se congeló.
Los dedos alrededor de su cuello comenzaron a apretarse más, de forma gradual, hasta que toda palabra se volvió un gemido ahogado. El oxígeno escapaba de sus pulmones y una presión insoportable le llenaba la cabeza, como si su cráneo fuese a estallar. Su visión se nubló de inmediato; las sombras crecían en los bordes de sus ojos, robándole espacio a la realidad.
Gojo rió. Una risa baja, melodiosa, cargada de una alegría cruel que llenó el silencio nocturno como un eco distorsionado. Era el sonido de alguien que disfrutaba hasta el límite con la desesperación ajena.
—¡Eres una cosita tan adorable~! —canturreó, con un falso entusiasmo que helaba más que el frío de sus dedos.
El agarre se hizo más fuerte. Los pies de Megumi pateaban en el aire sin encontrar suelo, sus pulmones clamaban oxígeno, y cada espasmo era como un regalo para los ojos divertidos del vampiro. La oscuridad se tragaba todo a su alrededor, y el muchacho luchaba a ciegas, arañando el aire con la fuerza de quien teme desaparecer.
Gojo lo atrajo más cerca de su propio cuerpo, como si sostuviera a un muñeco de trapo. Inclinó su cabeza hasta que sus labios rozaron la oreja del chico, y un aliento cálido recorrió la piel sensible.
—Ah, esa lengua tuya... —murmuró, ronroneando—. Tan desafiante, tan insolente. La adoro.
El murmullo vibró en la oreja de Megumi, hundiéndose hasta sus huesos. Los colmillos del vampiro brillaron apenas bajo la luz mortecina, y el muchacho sintió el roce de la punta contra la piel de su cuello. El contacto húmedo lo hizo estremecerse como si lo hubiera quemado.
El pánico lo sacudió. Se debatió frenéticamente, arqueando la espalda, pataleando, intentando liberar sus muñecas del agarre que le aprisionaba. La sensación de ser devorado por completo lo invadió, mientras su tráquea ardía y el fuego se extendía por cada nervio de su cuerpo.
Y sin embargo, Gojo se limitó a disfrutar de su lucha, con una sonrisa distraída en los labios.
—Pero no, cariño... tu suposición es incorrecta. —Su voz era tan calmada que dolía—. Esa no es la razón por la que aún no te he matado.
Los colmillos se deslizaron sobre la piel de la clavícula, un roce lento, calculado, que lo hizo soltar un sonido estrangulado. Megumi se retorció en su abrazo, incapaz de escapar. El vampiro lo mantuvo firmemente en su sitio, deleitándose con cada jadeo entrecortado, con cada intento desesperado de huir.
Pasaron unos segundos eternos hasta que Gojo, casi con condescendencia, aflojó la presión en su cuello. El aire regresó de golpe, ardiendo en los pulmones de Megumi. Tosió con violencia, sacudiéndose en su agarre, aspirando bocanadas de aire como si fueran un regalo divino.
Gojo rió otra vez, pero ahora con un tono bajo, casi satisfecho. Lo sostuvo por la cintura, acercándolo a su pecho, obligándolo a que sus rostros quedaran tan cerca que Megumi apenas podía apartar la mirada.
Su aliento tibio recorrió la piel húmeda del chico, provocándole escalofríos involuntarios. Las garras del vampiro se clavaban suavemente en su espalda, dejando surcos que ardían. Era un cosquilleo desagradable, un recordatorio cruel de que estaba atrapado.
Gojo inclinó su cabeza y susurró contra su oído:
—La respuesta es bastante simple, ¿sabes?
Un brazo lo mantenía sujeto con fuerza, mientras con la otra mano jugaba distraídamente con su cabello oscuro. Enroscaba mechones entre sus dedos largos, los retorcía como si fueran cuerdas delicadas. Sus uñas rozaban el cuero cabelludo, arrancando estremecimientos involuntarios. El contraste entre el frío de sus yemas y el calor de su respiración era insoportable, como si cada caricia fuera un veneno lento.
Gojo tarareaba, absorto en la textura del cabello, hasta que de pronto su sonrisa se endureció.
El corazón de Megumi dio un vuelco. Intentó apartar el rostro, pero el vampiro sujetó su barbilla con firmeza y lo obligó a mirarlo.
—Verás... todos esos cazadores de vampiros que destrocé durante siglos... —sus palabras goteaban aburrimiento— eran tan insípidos, tan previsibles. Hormiguitas tontas. Sin gracia.
Sus dedos se cerraron más sobre la mandíbula de Megumi, obligándolo a levantar la cara.
—Pero tú...
Los ojos azules se clavaron en los suyos como cuchillas de cristal. Una fuerza hipnótica lo atravesó, drenándole la voluntad. Sus músculos dejaron de responder, su respiración se volvió pesada, y la lucha en su cuerpo se extinguió en un instante.
Gojo sonrió, complacido.
—Eres diferente.
Se inclinó hasta que sus narices casi se rozaron. Los labios del vampiro recorrieron la línea de la mandíbula de Megumi, dejando tras de sí un rastro húmedo que lo hizo temblar. Una mano grande le apartó el flequillo empapado de sudor, acariciándole la frente, bajando lentamente por su mejilla.
Megumi odió lo vulnerable que se sentía. Odió aún más lo mucho que anhelaba esas caricias.
Un gemido débil escapó de sus labios, y Gojo lo celebró con una sonrisa cargada de malicia, mostrando los colmillos relucientes.
El cuerpo del muchacho cedió, pesado, como si sus huesos se hubieran derretido. El abrazo de Gojo lo sostuvo firme, su voz lejana lo arrullaba en la penumbra.
Megumi apenas alcanzaba a distinguirlo. Era como si todo lo demás hubiera desaparecido bajo un mar oscuro y profundo.
Los párpados de Megumi pesaban como plomo. Cada intento por mantenerlos abiertos era una batalla perdida contra la marea oscura que lo arrastraba hacia abajo. Su mente flotaba en un espacio difuso, confusa, como si los pensamientos fueran pedazos de papel dispersos en un mar embravecido. Intentaba nadar, aferrarse a uno, pero se le escapaban de entre los dedos, resbaladizos e inalcanzables.
¿Por qué estaba despierto otra vez? ¿Por qué el mundo insistía en devolverlo a esta pesadilla?
Las facciones de Gojo apenas se distinguían frente a él. Todo se veía borroso, como un mal sueño entreabierto. Los contornos del vampiro se difuminaban, y sin embargo, el brillo azul de sus ojos lo mantenía sujeto como un ancla cruel. Megumi forcejeaba por concentrarse, por aferrarse a la realidad, pero el hechizo de la voz baja y sedosa de Gojo lo arrastraba más y más profundo.
Quiso responder, alzar un insulto o al menos una súplica, pero su garganta se negó. Ni una palabra salió. Y entonces ocurrió lo inesperado: una sonrisa, pequeña y temblorosa, se dibujó en sus labios contra su voluntad. Era como si aquella voz, tan cálida y envolvente, hubiera atravesado su cuerpo debilitado, obligándolo a sucumbir.
El aliento tibio de Gojo acarició su rostro, húmedo y dulce como el veneno más letal. Unas manos frías lo sujetaron con devoción: una en su brazo, la otra recorriendo suavemente la línea de su cara. Demasiado cansado para luchar, demasiado exhausto para pensar, Megumi permaneció inmóvil, dócil, un muñeco de carne atrapado en las manos del vampiro.
Gojo lo observaba con deleite, sus labios curvándose con un tono juguetón.
—Serías tan lindo si te convirtiera... —susurró, casi ronroneando—. Mi muñequita perfecta~.
Un dedo áspero, terminado en garras afiladas, se deslizó lentamente por la piel pálida de su cuello. Dibujó círculos con cruel lentitud, descendiendo hacia la clavícula para luego ascender, rozando la piel sensible bajo la mandíbula. Megumi parpadeó con aire perdido, sus ojos vidriosos, como un búho a punto de desplomarse.
Gojo se inclinó, y su voz bajó hasta convertirse en un roce sensual contra la piel expuesta:
—Pero por muy tentadora que suene esa idea... —dejó que la pausa se alargara, provocadora— tengo otros planes para ti, querida. Te cuidaré bien.
Y entonces, mordió.
El mundo estalló en rojo.
Antes siquiera de comprender lo que pasaba, un grito desgarrador escapó de la garganta de Megumi. El dolor lo atravesó como un rayo, brutal y punzante, tan violento que echó la cabeza hacia atrás con los ojos cerrados a la fuerza. La noche tembló con su alarido; cada fibra de su cuerpo se arqueaba convulsa bajo el abrazo de hierro de Gojo.
Los colmillos se hundieron sin piedad en su garganta, desgarrando la carne delicada. El vampiro lo sujetó con fuerza, presionando sus cuerpos juntos mientras las piernas del chico pataleaban frenéticas en un intento desesperado de escapar. El mundo giraba, borroso, mientras el dolor lo envolvía en oleadas insoportables.
Megumi gritó, pataleó, golpeó con sus puños débiles contra el pecho inamovible del vampiro. Sus súplicas eran ahogadas, estranguladas, ahogadas en sollozos rotos. Pero Gojo no cedió. Cada vez más profundo, cada vez más voraz, hundía sus colmillos como un amante cruel decidido a marcar para siempre su propiedad.
El ardor se expandió como fuego líquido por todo su cuerpo. Sus extremidades se agitaban con espasmos impotentes, su mente se nublaba entre el pánico y la desesperación. Gojo, satisfecho, apretó aún más, dejando escapar un gruñido gutural que resonó en el aire, animal y oscuro.
La sangre fluyó a borbotones.
Gojo lamía con avidez, tragaba con hambre insaciable. Cada gota que llegaba a su boca era un festín. La lengua recorría con ansia la herida, sorbiendo y succionando, eufórico ante el sabor inigualable. Megumi era un manantial divino, un elixir prohibido. El aroma dulzón de su sangre lo embriagaba, saturando sus sentidos hasta la locura.
—Más... —jadeó contra su piel, vibrando con placer—. Necesito más.
Cada trago era un escalofrío eléctrico recorriéndole la médula, un placer tan intenso que lo hacía temblar de deseo. Sus manos, incapaces de estarse quietas, recorrieron el cuerpo frágil del chico, acariciando, palpando, reclamando cada centímetro como suyo. Lo sostenía con fuerza, y a la vez lo exploraba con una ternura cruel.
Megumi lloraba. Sus sollozos quebraban el aire, su voz imploraba entrecortada que todo terminara.
Pero Gojo estaba perdido. Ahogado en el sabor, en la necesidad, en el frenesí. Era un depredador hundiendo sus colmillos en un manjar irrepetible.
Finalmente, cuando la lucha de Megumi comenzó a flaquear, cuando sus patadas se hicieron débiles y sus manos cayeron sin fuerzas, Gojo se detuvo. Con visible reticencia, extrajo sus colmillos de la carne ardiente.
El aire regresó al cuello del chico como un cuchillo frío. La sangre, roja y espesa, goteaba lentamente desde la herida abierta hasta manchar su camisa. Gojo, jadeante, lo observó con pupilas reducidas a un filo negro, hipnotizado por la visión de su obra: marcas profundas, cicatrizadas a medias por la saliva sanadora, un recuerdo eterno de su mordida.
—Hermoso... —susurró, lamiendo la herida una vez más, cerrándola con cuidado, dejando apenas una gota solitaria que descendió perezosa por la yugular hasta perderse bajo la tela.
Soltó lentamente la cintura del muchacho. Megumi se deslizó como un peso muerto hasta el suelo, temblando y gimiendo débilmente. Sus manos se aferraron al piso como si buscara anclarse, mientras jadeaba, aturdido, con el rostro bañado en lágrimas.
Gojo se arrodilló junto a él, sin apartar la sonrisa satisfecha de sus labios manchados de rojo.
Megumi, entre la niebla de náuseas y mareo, apenas podía enfocar. El rostro perfecto del vampiro se curvaba en una mueca de triunfo.
Y entonces, Gojo lo acarició.
Sus garras, que momentos antes habían desgarrado su cuello, ahora limpiaban con suavidad las lágrimas de sus mejillas. Una ironía grotesca: el verdugo transformado en cuidador. La piel fría rozó su cara, apartándole mechones húmedos de la frente con un gesto casi paternal.
Gojo lamió lentamente la sangre que aún decoraba sus labios, relamiéndose como quien saborea la última gota de vino.
—Delicioso... —murmuró, su voz ronca reverberando en la quietud.
El bosque parecía contener la respiración. El canto de los insectos, el murmullo de las hojas, todo quedó sepultado bajo esa palabra cargada de deseo.
El cuerpo de Megumi se estremeció, incapaz de resistir más. La piel de gallina se desplegó sobre sus brazos mientras sollozos nuevos lo sacudían. Gojo lo miraba con un brillo oscuro, satisfecho al ver la fragilidad expuesta ante sus ojos.
Con el pulgar, trazó lentamente la curva de los labios temblorosos del chico. Era un gesto delicado y posesivo, como si marcara un territorio.
Su impulso era besarlo, devorarlo, reclamarlo por completo. Pero se contuvo. El placer de la espera era un arte que solo él dominaba.
Megumi, roto, lloraba suavemente bajo la luna, como un pajarillo herido que ya no podía volar. Y Gojo, con ojos brillantes de hambre y deseo, se limitó a contemplar la belleza de su presa quebrada.
Pero Gojo no lo dejaría ir.
—Ay, Dios mío, puede que me haya pasado con la sangre. Estás temblando como un corderito recién nacido, pobrecito —entonó con falsa ternura, como si hablara a un niño, aunque ni una pizca de disculpa teñía su voz.
El eco de sus palabras todavía flotaba en la noche cuando una voz calmada, familiar, se alzó desde la penumbra.
—Estás de muy buen humor hoy, Satoru.
Geto Suguru había estado observándolo en silencio desde que apareció, como solía hacerlo, tarde, como siempre. Lo conocía demasiado bien: Gojo era un eterno espectáculo, el bufón arrogante que bostezaba en las reuniones, que se dejaba caer en su silla con desdén y se cubría los ojos con el brazo, fingiendo aburrimiento. Siempre había un gesto infantil: un bufido exagerado, un golpe ruidoso contra la mesa, una sonrisa insoportablemente confiada. Nadie osaba corregirlo, claro; todos sabían que esa actitud insolente no era más que el disfraz del monstruo más fuerte de todos.
Pero aquella noche era distinto.
Gojo no hacía escándalo. No había teatralidad, ni bostezos fingidos, ni quejas dramáticas. Solo estaba ahí, sentado con languidez felina, las manos apoyadas en las rodillas, su postura relajada y cómoda, como un depredador que acaba de alimentarse y reposa satisfecho. Sus ojos azul cielo, que solían irradiar frialdad distante, brillaban con un matiz extraño: diversión, expectación, una chispa que Suguru jamás le había visto.
Ese repentino cambio de actitud lo inquietó más que cualquiera de sus excentricidades.
El vampiro de cabellos blancos inclinó la cabeza hacia un lado, reconociendo apenas la observación de Suguru.
—¿Oh, soy yo?... —dijo con un canturreo burlón, encogiéndose de hombros—. Supongo que podría decirse que sí.
Ni siquiera lo miró al hablar. Estaba perdido en su propio mundo. Y eso era lo más peligroso: Gojo Satoru no era un vampiro como los demás, no se regía por las mismas reglas. Era otra cosa, una criatura cuya existencia rozaba lo divino. Para él, todo lo que los rodeaba eran piezas en un tablero insignificante.
Claro que, precisamente por eso, jugar con un dios resultaba tentador.
Suguru dejó que una sonrisa cruel se dibujara en sus labios, midiendo sus palabras con cautela, aunque incapaz de ocultar del todo la provocación:
—¿Y qué... o quién pudo haberte puesto de tan buen humor?
Fue apenas perceptible: un leve estrechamiento de los ojos de Gojo. No lo miró, pero la tensión invisible en el aire fue suficiente para que Geto supiera que había dado en el blanco.
—Eso lo tengo que saber yo~ —replicó Satoru con voz burlona. Sonaba como broma, pero el tono era tan falso, tan cargado de filo, que la piel de Suguru se erizó al instante.
A Gojo no le gustaba su curiosidad. Ni un poco.
Y sin embargo, la idea de seguir hurgando lo hacía estremecerse de emoción.
—Ya veo... Así que era alguien... —Suguru ladeó la cabeza, como si reflexionara—. ¿Era un humano? Pareces alguien que comió bien.
El leve arqueo de una ceja de Gojo bastó como invitación. Sigue, parecía decir. Atrévete a pisar más allá del límite.
El corazón de Suguru se aceleró como si estuviera al borde de un acantilado. El vértigo y la adrenalina eran un deleite imposible de resistir.
—Lo pasaste muy bien, ¿verdad? Quizás... si aún no está muerto, podría probarlo yo también.
El silencio fue mortal.
—Lo sabrías mejor que nadie —murmuró Gojo, tan bajo que apenas fue un susurro. Su voz no llevaba ni rastro de su tono juguetón habitual: era fría, mortal, como un filo contra la piel.
Un escalofrío helado recorrió la espalda de Geto.
Había cruzado la línea.
—Ni siquiera deberías pensar en poner tus sucias manos sobre lo que me pertenece.
En un parpadeo, Satoru se giró hacia él. Sus ojos azules, vacíos, carentes de emoción, se clavaron en los suyos como dos abismos insondables.
Geto sintió que el aire le abandonaba los pulmones. No había furia en esa mirada, ni fuego: solo un vacío absoluto. Una fuerza insondable que lo aplastaba sin moverse. El instinto asesino lo cubrió como una ola gélida, presionando su cuerpo contra el suelo hasta hacerlo temblar incontrolablemente.
No se juega con un dios.
Las rodillas de Suguru cedieron, su cuerpo se desplomó con un golpe seco, patético, contra el suelo. Apenas entonces se dio cuenta de que lágrimas calientes le rodaban por las mejillas, mezclándose con el terror que lo paralizaba.
Satoru lo miró de arriba abajo con un gesto de disgusto.
—Eres tan feo cuando lloras. Qué espectáculo tan lamentable.
Suguru apenas pudo ahogar un gemido. Sus sollozos lo traicionaban, ahogados, descompuestos, mientras el miedo lo hacía sacudirse como una hoja en el viento.
Gojo ya había desviado la mirada, dirigiéndola hacia la ventana. La luz de la luna bañaba su cabello blanco, haciéndolo brillar como plata viva. Chasqueó la lengua, irritado, y alzó la mano distraídamente, como si cortara el aire.
—Intenta algo así de nuevo y tu cabeza será la siguiente.
Suguru apenas tuvo tiempo de parpadear. Un dolor indescriptible estalló en sus brazos. Con precisión quirúrgica, en un solo movimiento, ambos fueron arrancados de su cuerpo.
La sangre brotó a borbotones, tiñendo el suelo de un rojo viscoso y espeso. Geto abrió la boca para gritar, pero no pudo. El dolor era tan desbordante que lo dejó sin aire, incapaz siquiera de procesar el horror de lo que acababa de suceder.
Gojo no lo miró de nuevo. Su voz, melosa y afilada, flotó en el aire como sentencia:
—No pienses más en poner a prueba mi paciencia~.
Y desapareció.
En un parpadeo, la habitación quedó vacía.
Suguru permaneció ahí, arrodillado en el suelo empapado de sangre, los muñones ardientes latiendo con cada espasmo. El tiempo se volvió irrelevante. Podían ser minutos, podían ser horas. No importaba. El eco de la mirada de Gojo seguía pesando sobre él, aplastándolo, incluso mucho después de que el dios monstruoso se hubiera ido.
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¿Tenía que matar a Geto del susto? No. ¿Quería hacerlo? ¡Claro que sí!
Más les vale recordar lo aterrador que es Gojo. 😆👍🏻
Continuara con el extra... ✨
