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La rueda de repuesto cayó por el acantilado. En medio de ese desolado lugar, la mente de Sae solo pudo rebobinar sus decisiones de la semana pasada mientras una de sus manos acariciaba su entrecejo fruncido.
Su porte orgulloso y digno fue lo más elogiado aquel día, algo usual para la cantidad de ineptos que eran parte de la Academia Postal. Sus padres habían dejado unas cuantas medallas sobre la mesa, pero los elogios a su habilidad no le satisfacían; de hecho, le hastiaban. ¿Realmente valía la pena vanagloriarse de ser mejor que un montón de mediocres? Cómo se suponía que sabría que era realmente bueno, cuando no existía un oponente digno.
Mientras Sae era parte de aquella innecesaria reunión, también llamada agasajo para él, sus dedos hacían bailar una de las figuras que se usaban para marcar las oficinas postales en el mapa. Sus vibrantes ojos como joyas turcas siendo clavados en cada lugar del mapa, ninguno parecía digno de su esfuerzo. Por mera casualidad terminó observando la parte superior del mapa, aunque había un nombre allí no existía ninguna ficha que marcara una oficina postal.
—¿Y allí? —había preguntado.
—¿Eso? —Su madre, gran oficial de correos, solo elevó la quijada con desdén—. Oh, ese lugar no importa.
—Nadie ha podido poner una oficina allí, no es más que un pueblucho de mala muerte.
Añadió su padre, alto oficial y segundo al mando. Ambos estaban más concentrados en la ceremonia que se estaba llevando a cabo que en seguir tomando interés en su diálogo, por lo que cuando Sae colocó la figura que tenía entre los dedos justo en aquel abandonado sitio tuvo unos buenos minutos para sopesar lo que estaba por declarar.
—Pues yo lo haré.
Así había sido.
Ahora, mientras la rueda se perdía a la lejanía, Sae repasaba las miradas de angustia de sus padres quienes habían terminado casi suplicándole que no se fuera. Pero lo tenían harto, quizá parte de sí sólo quería alejarse de aquel condenado lugar y ya. ¿Y tenía que escoger el sitio más alejado de la mano de Dios? Eso ya era cosa de su propio ego, algunas veces no le ayudaba.
Echó un suspiro antes de volver a colocar la vieja rueda en su sitio, la carreta debía soportar hasta llegar al puerto. ¿Quién diablos había diseñado esos caminos? a duras penas pasaba el caballo y él detrás, una pisada en falso y ambos irían directo al abismo.
Cuando al fin llegó a donde se suponía que debería haber un puerto solo encontró un destartalado embarcadero cubierto de nieve y un puesto de vigilancia pequeño, parecía abandonado. Se acercó para cerciorarse de que funcionara.
Allí, desparramado en el asiento y despreocupado de la vida se encontraba un hombre de piel tostada y brillante cabellos rubios. Sae carraspeó la garganta para hacer notar su presencia.
—Regresa a la intersección y te vas a la izquierda en el árbol muerto —le respondieron, sin siquiera mirarlo.
Sae enarcó una ceja.
—No estoy perdido.
—Créeme, lo estás.
Ya que el hombre parecía querer seguir durmiendo Sae sintió una de las venas de su cabeza punzar, antes de que el sujeto comenzara a roncar dio una fuerte patada a su puestucho de vigilancia que sacudió todo e incluso hizo caer la nieve acumulada sobre la puerta.
—Eres un barquero. ¿Acaso no sabes hacer tu maldito trabajo?
Ante el repentino despertar, el hombre perdió el sueño pero lejos de enfadarse pareció verlo con una sonrisa afilada de oreja a oreja. El uniforme que Sae llevaba era inconfundible.
—Ah, pero si es un cartero.
—Vaya, no me había dado cuenta.
—¡Vamos! ¡Vamos!
Con repentino entusiasmo el barquero saltó del puesto, y lideró el trecho hasta su embarcación fría y nada acogedora. El metal estaba tan helado que Sae prefirió no sentarse en ningún lado, habría sido igual que hacerlo sobre un bloque de hielo.
Lo cierto es que mientras más avanzaba, más frío se encontraba el entorno y comenzaron a haber verdaderos bloques de hielo flotando entre las aguas. El barquero canturreaba contento por esa repentina expedición y Sae agradecía mentalmente haberse traído consigo el abrigo doble, después de todo esa ciudad estaba ubicada cerca del polo norte en el mapa. Mientras se acercaban más a su destino entre la espesa niebla Sae se acomodó los guantes.
—No es la etapa más fría del año —habló Sae, más para sí mismo, calculando el tiempo estacionario en su mente.
—No, estamos en una ola de calor.
El barquero, que se tomaba con muchísimo humor su llegada encontraba la más mínima cosa para hacerla hilarante. Cuando la vieja ciudad apareció a la lejanía, entre la niebla espesa y gris y los esqueletos aún colgados de las ballenas, rastros de su sustento primario primitivo, Sae observó con real sorpresa.
—Es más horrendo de lo que pensaba.
—Deberías verla en primavera, es cuando resaltan todos los grises.
La embarcación arribó. No había atisbos de algún alma en el entorno y el silencio hacía aparentar que estaban llegando en alguna madrugada aún cuando era apenas medio día. Sae observó el entorno deteriorado, de no ser por el frío estaba seguro que todo estaría aún peor conservado; pero aún así las casonas antiguas tenían aspecto de haber soportado tempestades. ¿Serían las tormentas de nieve? Todo en esas viviendas… No, el poblado entero parecía asemejarse a un poblado fantasma. No ruidos, no gente… ni siquiera se escuchaba el sonido de algún animal. Cuando terminaron en el medio del pueblo, Sae conducía el carro que a duras penas parecía haber soportado todo el trayecto. El barquero sin duda habría querido acompañarlo, pero no se lo permitió alegando que él encontraría su ruta, algo que pareció decepcionarlo.
De cualquier forma, Sae había terminado solo y en medio de lo que parecía una plaza común completamente descuidada. De hecho, lo que estaba en medio no parecía un estrado usual… sino uno donde antaño se hubiera utilizado para realizar castigos comunales; los arcos con cuerdas aún seguían por allí.
Su mente solo podía pensar que en aquel sitio la gente o debía ser realmente descuidada de su entorno o simplemente no vivir más. ¿Cuánta gente estaría merodeando por allí? Quizá unas diez pequeñas familias a lo mucho.
Sin ánimo de seguir husmeando volvió a la carreta y tiró de las riendas del caballo, y siguió su camino hasta lo que debía ser una alcaldía. Pero estaba vacía, ni las alimañas parecían visitar aquel lugar. Al menos pudo observar un mapa del lugar, de acuerdo a la distribución existían… o existieron puestos de cartas alguna vez. Sae se acercó a ver más de cerca, limpiando la superficie del mapa y observando minuciosamente dónde se encontraba la oficina de correos y otros lugares. Sin embargo, aunque terminó hallando la dichosa oficina ésta se estaba cayendo a pedazos y en definitiva, no iba a permanecer allí en ese estado. Con la información que manejaba se las arregló para hallar una escuela, abandonada. Pero aún así parecía encontrarse en mejor estado que la oficina de correos. Allí, Sae tuvo un momento para sentarse entre el polvo y el silencio, repasando el qué tenía que hacer allí. Pues en primer lugar debía reparar la oficina, pero no parecía que fuera a encontrar apoyo en el entorno. Además; debía repartir cartas en ese desierto de hielo.
¿Realmente vivía gente allí? No vio ni rastro de vida aparte del barquero, pero sentía que desde que había llegado habían miradas sobre sí. En fin, por esa noche… suponía que debía al menos intentar acoplarse al sitio donde se estaba quedando, pero mientras sacudía la polvorienta cama solo podía pensar que en casa podría tener todas las comodidades, no pasaría frío ni el hambre que allí comenzaba a tener…
Pero no podía ser así de débil, si volvía a su hogar sin haber logrado su meta solo sería un mediocre. No podía permitirse aquello.
Con la idea fija nuevamente en su mente y acomodado en la vieja cama, Sae cerró los ojos y se preparó para dormir. Pero aunque el sueño no venía con rapidez en algún punto logró caer presa del cansancio.
Y entonces lo vio.
