Work Text:
Garraty sentía un dolor punzante en los pies, cada paso que daba era como pisar clavos, esto era demasiado para él, pero no se podía rendir. Había pasado por tantas cosas en esta competencia, desde alegrías hasta tristezas, incluso llegó a perder amigos, no podía darse por vencido, no después de sobrevivir a tanto.
Hace solo unas horas los militares habían eliminado a Baker, ¿Por qué demonios había entrado a esta competencia? La muerte de Baker lo había traído de vuelta a la realidad. Si se rendía, terminaría como Baker; su cuerpo caería sin vida a la carretera, y a nadie le importaría. No tendría oportunidad de ver de nuevo a su madre y a Jan. Debió pensarlo mejor, debió hacerles caso.
Si trataba de imaginar escenarios positivos, ganaría. Si ganaba volvería a casa, volvería a escuchar la dulce voz de su madre despertarlo en las mañanas; volvería a pasar las tardes con Jan, sentados en el sofá, hablando de cualquier tontería que se les cruzará por la cabeza; pero para conseguir esa meta tiene que ganar la Larga marcha… pero ganar significaba ver morir a Stebbins y McVries. No quería perder a este último.
En el poco tiempo que había conocido a McVries se habían vuelto muy cercanos; hablar con él siempre lo calmaba, disfrutaba incluso de las conversaciones más estúpidas, era una extraña conexión, como si se conocieran de toda la vida. McVries había sido el único que estuvo a punto de sacrificar su vida solo para no ver morir a Garraty, incluso había roto el pacto que habían hecho al inicio, el de no ayudar a nadie, solo por salvarlo. Ganar significaba perder a McVries, y eso no lo podría soportar; de tan solo recordar como los militares habían apuntado directamente su armamento a la cabeza de McVries, le provocaba un gran escalofrío y un horrible estremecimiento en todo su cuerpo. No quería verlo morir.
No, no debería tener ese tipo de pensamientos. Jan todavía estaba en casa, esperándolo. No tenía derecho a traicionar a una chica tan bondadosa y amable como Jan.
—¡Hey! ¿Todo bien, Garraty? —preguntó Pete, con voz desgastada que intentaba sonar reconfortante, sin embargo, solo mostraba el deplorable estado en el que se encontraba.
Garraty estaba tan concentrado en sus pensamientos que solo pudo captar el tono de voz de su compañero, más no entendió lo que dijo. Lo miró de reojo, y McVries le devolvió la mirada con una sonrisa débil. No quería hablar en estos momentos con él, no en estos momentos, necesitaba seguir sumergido en sus pensamientos.
“Jan, no mereces esto”
McVries pareció no entender el silencio de su amigo, y señaló la cantimplora de Garraty.
—¿Necesitas beber agua?
Garraty continuó con su silencio, volviendo su mirada a la carretera.
"Jan, ¿crees que podrías volver a amar a alguien como yo?”
—¿No te parece hermoso el anochecer?
¿Realmente Jan merecía a un hombre como él, un hombre que estaba pensando en otro hombre de forma indebida? Miró hacia el firmamento, tratando de buscar una respuesta a su pregunta. El cielo se iba oscureciendo poco a poco, y al mirarlo pudo comprobar una cosa, McVries tenía razón. Este atardecer no era como los atardeceres pasados que había visto con los demás competidores, era mágico.
El cielo se estaba despejando poco a poco para dar paso al anochecer. Los cálidos colores del atardecer iban ahora oscureciendo, apagándose, para que la majestuosa luna, tan brillante y hermosa, sea la protagonista. Acompañando a la luna, las estrellas iban apareciendo, tan brillantes, pero no lo suficiente para opacar al astro que ahora reinaba en el cielo. Y otra vez recordó a Jan.
Este era el mismo atardecer que había visto con ella. Cuando estaban sentados en el porche de su casa, solo los dos. Jan estaba recostada su cabeza sobre su hombro sobre su hombro, y Garraty sentía que podía estar en esta posición por horas, jamás se aburriría de esto. Ahí, en ese mismo atardecer, se habían dado su primer beso.
Una gélida corriente de aire hizo que Garraty temblará, su mente empezó a borrar poco a poco la figura de Jan en su hombro, para reemplazarla con la figura de McVries.
—Es hermosa, ¿verdad? —Pete volvió a mirar a Garraty, en busca de una respuesta afirmativa.
El hecho que la imagen de Jan fuera reemplazada por McVries lo atormentó aún más. Tenía que ponerle fin a esto, Jan no merecía esto. Pero, ¿Podía ponerle fin a esto? Su mente solo se llenaba de McVries, y por un momento, ya no quería pensar más en Jan, solo quería disfrutar del momento. Y decidió contestar la pregunta de su “amigo”.
—Sí, Pete, es hermosa —contestó Garraty en lo que pareció ser un susurro.
Los ojos de McVries se agrandaron, marcando ojeras en su piel ya pálida, y sus labios se curvaron para formar una sonrisa, feliz de que Garraty al fin hablará.
—¿Sabes, Garraty? Cuando era niño me gustaba ver el anochecer, es algo que hasta ahora sigo encontrando fascinante. Cuando me peleaba con mis padres, siempre escapaba de casa para poder ver esto. Es una afición que ni siquiera Priscilla pudo entender de mí, ella siempre rompía mis ilusiones contestando siempre con la explicación científica detrás de este fenómeno llamado “anochecer”—Pete quiso soltar una risa, pero de sus labios solo salió un suspiro desganado, como si el acto reír requiriera más energía de la que tenía—. Ahora quisiera volver a ser ese niño inocente que no tenía idea del horrible final que va a tener. Si te soy sincero, Garraty, hubiera querido que Priscilla me matará en vez de dejarme esto—McVries señaló ahora su cicatriz—. Prefiero ahora morir a manos de ella a qué mi cerebro salga desplomado en la carretera por uno de esos malditos fusiles.
Y volvió a recordar a Baker. Todos terminarían como él. Nadie sobreviviría, jamás volvería y tampoco podría disculparse con Jan por tener todos esos pensamientos acerca de su “amigo”. Y la culpa volvió a él.
En un inicio Garraty se había planteado no entablar conversación y mucho menos una amistad con los participantes al ser todos su competencia. Aun así, en el fondo sabía que era algo que tarde o temprano iba a ocurrir, aunque aquella decisión trajo consigo consecuencias aterradoras. Sin embargo, también estaba agradecido por su decisión, ya que así pudo conocer a Pete.
“Jan, mereces a alguien mejor que yo”.
Pete se había convertido en una persona muy especial en el poco tiempo que se conocieron y que sin muchos esfuerzos se había asegurado un lugar en su corazón. La forma en cómo hablaba, las tontas bromas que hacía, y su sonrisa, tan radiante y brillante que iluminaba los pensamientos de Garraty, hacían que su mente solo pensará en McVries. Y eso lo hacía sentir tan culpable.
“Jan no merece esto”
Y por fin había caído en cuenta que es lo que sentía por Pete. Estaba enamorado y eso significa que también estaba engañando a su novia con el pensamiento, solo por un chico que conoció en unos días. Era un desastre de persona.
“Jan no merece esto”
—Pero no me arrepiento de estar aquí —McVries volvió a hablar, interrumpiendo los pensamientos de Garraty—. Porque los conocí a ustedes, y en especial a ti, Garraty —Pete tocó el hombro de Garraty mientras seguía corriendo—. Había entrado a esta competencia sin un propósito claro, solo con la idea de ganar el premio. No me importaban mucho los demás, los veía a todos como simples obstáculos que iba a superar —Pete bajó la mirada y sonrió para sí mismo, para luego volver a mirar a Garraty—. Pero luego te conocí a ti. Llamaste mi atención desde la primera vez que te vi. Y a pesar de haber entablado un tipo raro de amistad con varios de los competidores, tú, Garraty, eres especial.
Garraty escuchó todo claramente, sin saber qué contestar. Sintió como su cara poco a poco se iba calentando. No quería que Pete lo viera en ese estado. La culpa lo estaba matando.
“Jan deberías matarme en estos momentos. Peter, si tan solo nos hubiéramos conocido antes… No merezco el cariño de ninguno de ustedes”.
Pete pareció no darse cuenta del conflicto interno de su acompañante, o tal vez lo ignoró, y continuó hablando, sosteniendo con más fuerza el hombro de su compañero.
—Garraty, realmente me hubiera encantado conocerte en otras circunstancias. Sin esta estúpida competencia en las que estamos poniendo nuestras vidas en juego —Pete ahora soltó suavemente el hombro de Garraty, dirigiendo su mirada a la carretera —. Me hubiera gustado invitarte a comer un helado… Jugar hasta tarde en los arcades y pasar un buen rato, para al final alejarnos de la ciudad. Nos tiraríamos en el fresco césped, y veríamos las estrellas en el cielo hasta quedarnos dormidos. Sería un buen plan, ¿No?
Pensar en pasar toda una tarde con Pete, solo los dos, disfrutando mutuamente la compañía del otro…era un sentimiento extraño.
“Jan no merece esto”.
Pensar en Pete lo hacía tan feliz como pensar en Jan, no, estaba mintiendo, Pete había vuelto a reemplazar por completo la imagen de Jan, y eso lo hacía volver a su dilema inicial. Jan era una chica fantástica, y su imagen lo había acompañado en sus peores momentos en esta competencia. Pero también estaba Pete, y Dios, se sentía tan mal.
“Jan, mátame”.
Estuvo a punto de caer. Estaba tan metido en sus pensamientos que no se percató de una pequeña piedra en la carretera. Todos sus pensamientos se detuvieron. Todavía seguía aquí, en esta inútil competencia. Realmente no quería morir y mucho menos pensar en la muerte de McVries.
Garraty busco con la mirada a McVries; quería sentir que no estaba solo. Cuando levantó la mirada, en vez de ver la cálida mirada de su amigo, observó la viva imagen de la persona que lo hacía sentir tan mal.
Jan. Ahora ella estaba reemplazando a McVries.
—Garraty, yo… —McVries miró a Garraty. Garraty estaba temblando, pálido y confundido, sus ojos brillaban, en cualquier momento lloraría.
Garraty sintió como un brazo pasaba por su hombro, tan cálido y reconfortante, sin embargo, la dueña de esta solo mostraba una mirada de completa decepción.
—Jan… —fue lo único que respondió Garraty. Estaba llorando.
Garraty sintió como el brazo en su hombro temblaba, pero se quedó ahí. Sin hacer nada.
—Olvidalo-o, Garraty, no es nada —musitó Pete, con un tono que voz que Garraty no comprendió en ese momento.
Y todo lo mágico había acabado, Pete se quedó ahí, con él, pero no soltó ninguna palabra.
En algún hospital de Massachusetts, Garraty se estaba recuperando de las lesiones ocasionadas en la competencia. Un doctor había entrado al hospital felicitándolo por los grandes avances en su recuperación en tan poco tiempo. Podía escuchar a su madre hablar con el médico, pero no entendía nada de lo que hablaban. Miro de reojo a la ventana, estaba atardeciendo, y recordó esa conversación que tuvo con McVries. Las lagrimas volvieron a surcar su rostro.
