Work Text:
La sala de estar está a oscuras; las únicas luces son las de la televisión, que reproduce la primera película de Cars en un volumen tan bajo que apenas llena el silencio de la madrugada. El resplandor azul ilumina a Lautaro por momentos, recortándole la cara cansada. Tiene los ojos entrecerrados del sueño, abraza su peluche favorito contra el pecho como si estuviera intentando mantenerse despierto a la fuerza, y aun así intenta seguir la trama. Pero está fundido.
Tuvo un día largo, lleno de boludeces que resolver, además de la primera noche de stream prácticamente solo. Es su segunda noche de casa sola; no están los chicos, que ya están en España preparando lo del partido youtuber. El departamento se siente demasiado grande cuando no hay voces, ni risas, ni nadie pasando por atrás a romperle las bolas. Está agotado, pero igual no puede dormir. Recién son las cuatro de la mañana y su cuerpo todavía pide esperar al amanecer, a que entre esa línea de luz por la ventana, para aflojar del todo.
El celular, casi olvidado al lado del muslo, vibra una vez. Él ni se inmuta. A esa hora, ¿quién va a escribirle? Y tampoco tiene demasiadas ganas de contestar a nadie. Twitter y Instagram estuvieron como locos, así que probablemente sea alguna notificación más que ya lo tienen podrido.
Pero el zumbido se repite, y se vuelve insistente. Una vibración larga, continua, de llamada. La pantalla se enciende y lo primero que ve, enorme, son los ojos verdes de Manuel en su foto de perfil de WhatsApp. Lautaro pega un salto interno. Abre bien grande los ojos y, en la urgencia por contestar, los dedos se le chocan entre sí antes de lograr deslizar el botón.
—¿Manu? —su voz sale ronca cuando atiende. El corazón le pega un golpe en el pecho, un golpe automático que le da cada vez que Manuel aparece de la nada. Endereza la espalda y se incorpora en el sofá como si hubiera estado haciendo algo importantísimo.
—¿Qué hacés, Moskita? —la voz de Manuel le llega con un ronquido suave de fondo, mitad sueño, mitad el tono que lo desarma siempre.
Lautaro siente un estremecimiento rápido, casi molesto. Odia que le pase eso. —¿Qué pasa, está todo bien? ¿Por qué me llamás?
—¿No te puedo llamar ahora? —pregunta Manuel, entre serio y divertido. Lautaro conoce todos sus tonos, los tiene estudiadísimos—. ¿No podés hablar? ¿Estás con alguien?
—Pará, enfermo —refunfuña Lautaro, poniendo los ojos en blanco aunque sabe que Manuel no lo ve—. Estoy solo en casa. Dijiste que ibas a dormir, pensé que pasó algo, por eso me llamás de repente.
Se escucha un roce leve al otro lado, sábanas moviéndose, un cuerpo acomodándose. Lautaro traga saliva y se le aprieta la garganta un segundo: puede imaginarse perfectamente a Manuel tirado en esa cama enorme del hotel, con las sábanas blancas arrugadas por su movimiento torpe.
—Está todo bien —dice Manuel, más tranquilo—, pero no puedo dormir.
—¿Nervioso por mañana? —pregunta Lautaro. Se deja caer de nuevo contra el respaldar, cierra los ojos para escuchar mejor la voz de Manuel, como si eso ayudara a calmarlo a él también.
—Nah, la vamos a romper —asegura Manuel con confianza—. Che, metiste re buen stream, eh gordo.
Una sonrisa automática le cruza la boca a Lautaro. —¿Sí? ¿Te gustó?
—Re. Me encantó —dice Manuel, ahora con una voz más baja, más suave, que le corre un escalofrío por la nuca—. ¿A vos te gustó?
Lautaro se queda pensando un par de segundos. Fue bien, realmente bien. Al principio estaba tan nervioso que temía quedar como un boludo y no saber ni cómo prender la pantalla. Pero salió todo perfecto. El chat estuvo amoroso, le tiraron buena onda, le preguntaron cosas copadas. Se sintió raro, pero lindo.
—Sí —admite—. Raro igual al principio, estaba re nervioso.
—Mmm —responde Manuel, el sonido le mueve todas las tripas a Lautaro—, si lo hiciste re bien, Moski. Hasta contestaste preguntas.
—Je, sí. Se copó el chat.
—Preguntas picantes, además.
Lautaro abre los ojos y frunce el ceño. ¿Qué carajo dice?
—¿Cómo picantes? ¿Qué dije? ¿Dije algo mal?
Hay un silencio. Un silencio incómodo que le mete un calor feo en el pecho. Puede imaginarse a Manuel apretando la mandíbula, esa cara que pone cuando algo no le gusta. Y Lautaro odia esa cara. La odia con toda el alma.
Manuel se aclara la garganta. —El ship conmigo no te molesta, dijiste.
La panza de Lautaro hace un movimiento raro, como si el sánguche de milanesa que comió un rato antes decidiera levantarse en protesta. Siente un calor feo subiéndole por la garganta. Se queda totalmente en blanco, el cerebro vacío como si alguien hubiera desenchufado todo.
—Huh —logra soltar, una onomatopeya triste—. Eh, lo dije sin pensar. Tipo… no leí… O sea, leí pero no pensé y… eh…
—Está todo bien, gordo, respirá —lo calma Manuel. Y Lautaro obedece sin discutir: mete aire hasta que le duele el pecho y lo larga entero cuando Manuel vuelve a hablar—. Me gustó.
El corazón de Lautaro pega un salto, uno de esos que lo dejan temblando. —¿Te gustó? ¿No era tema tabú?
—¿Cómo tabú? No... —responde Manuel, inseguro, como tanteando el terreno—. Pensé que te molestaba, no sé.
—¿Cómo me va a molestar? Si jodíamos siempre con eso —dice Lautaro, bajando la voz sin darse cuenta. Abraza su peluche tan fuerte que parece querer esconderse atrás. No sabe qué carajo está pasando, pero se siente expuesto de una manera que no esperaba esta madrugada—. Pensé que como nunca más dijiste nada y salieron todos esos clips…
—Bueno, yo pensé que a vos te molestaba porque yo hablé del tema siempre en stream, no sé.
Lautaro se muerde el labio con fuerza. Se imagina la cara de Manuel. Lo necesita ver. Él quería tener esta conversación desde que volvió, pero ninguno se animó. Una semana y media de silencios esquivados, de chistes tirados al aire sin profundizar nada.
—No sé, gordo. Dijiste tantas cosas en stream. Pero no me molestó nada.
—¿Seguro? —pregunta Manuel, y la voz le sale baja, ronca, íntima—. Porque dije muchas cosas.
—Dijiste que estabas enamorado —dice Lautaro, casi sin aire. Lo dice como si estuviera abriendo una caja que tuvo guardada debajo de la cama meses enteros—. Dijo uno en el chat.
Manuel suspira. Fuerte. Largo. Hace vibrar un poco el micrófono. Lautaro siente la piel erizarse como si Manuel le hubiera soplado en la nuca.
—Sí —susurra el pelinegro, con una sinceridad que lo deja tambaleando—, dije eso.
Lautaro se muerde fuerte el labio. Sabe que si sigue así se va a sacar sangre, pero ni registra el dolor. Aprieta los ojos, el estómago enroscado, las manos temblando. Le dan ganas de reír, vomitar, llorar y correr al mismo tiempo.
—¿Y eso… eso es verdad? —pregunta al fin. La pregunta que lo rompió en Dubai, la que lo hizo subirse a un avión para escaparse de sus propios sentimientos. Esa duda que le comió la cabeza por China, por Rusia, por Uzbekistán, por cada aeropuerto donde esperó sin dormir. La duda a la que nunca se animó a ponerle voz.
Manuel no responde enseguida. Cuando lo hace, es casi un murmullo.
—¿Te irías de nuevo a Dubai si fuera verdad?
Lautaro abre mucho los ojos. Se saca el celular de la oreja y se tapa la boca con la mano, como si de verdad pudiera evitar que se le escape un sonido patético. Está a un microsegundo de un ACV. Se obliga a respirar como si estuviera por parir a quintillizos, hiperventilándose pero intentando no colapsar.
Cuando vuelve el teléfono a la oreja, lo único que logra decir es:
—Manu… —como si estuviera pidiendo auxilio.
Escucha otro suspiro, esta vez quebrado, tenso. Manuel también está hecho mierda de los nervios, y eso lo mata.
—No importa —dice Manuel, bajito—. No tenía que haberlo dicho.
—No, pará —Lautaro se endereza de golpe, como si lo hubieran pinchado—, no, no. No me iría a ningún lado, no. Es que… ¿me estás jodiendo? Porque si me estás jodiendo capaz que sí me voy a Dubai de vuelta —intenta soltarlo como chiste, pero la voz le tiembla demasiado. No le sale.
Manuel deja escapar una risa breve, seca, con un borde amargo. Lautaro se imagina perfecto la escena: Manuel con la mano en la cara, los ojos cerrados, esa expresión frustrada que le aparece cuando no sabe cómo seguir.
—No es joda, Lautaro. Todo lo que dije es verdad.
Y ahí sí, lo mata. El uso del nombre. El “Lautaro”. Nada de “gordo”, nada de “Moski”. Lo llama como cuando le habla en serio, cuando está abriendo una puerta que ninguno de los dos pensó cruzar a esta hora.
El aire en la sala de estar se vuelve pesado. Lautaro se estira el cuello de la remera para respirar mejor, pero no sirve. Está caliente, sofocado, atrapado en su propio cuerpo.
¿Qué mierda se supone que diga? Nunca supo encarar. Con las minas es un desastre. Con todo el mundo es un desastre. ¿Y ahora se supone que encare al pibe del que está enamorado desde hace más de un año? ¿Al mismo con el que vive, el mismo con el que fantaseó todas las noches en Madrid antes de mudarse? ¿El mismo por el que huyó cuando pensó que jamás tendría una chance?
—Decí algo, por favor —pide Manuel, y esa petición lo parte al medio. Ya pasó demasiado tiempo en silencio.
Lautaro entra en pánico real. Siente que le tiemblan las piernas aunque esté sentado. No sabe cómo decirle que todo lo que él siente es exactamente eso multiplicado por mil. Que tiene miedo. Que lo quiere. Que no sabe cómo no quererlo.
Cierra los ojos fuerte. Respira. Y deja salir lo primero que se le forma en la garganta, torpe pero sincero.
—Yo… ojalá estuvieras acá ahora.
Lautaro escucha un “Dios” de Manuel, pero no le llega fuerte. Suena como si él también hubiera apartado el teléfono de la cara porque todo esto les queda grande, como si la conversación estuviera vibrando demasiado cerca del límite.
—¿Sí? —contesta Manuel enseguida, sin dejarlo respirar—. ¿Qué me harías si estuviera ahí con vos?
El tono le sale burlón, el típico tonito de Manu cuando quiere joder, y eso hace que Lautaro ponga los ojos en blanco con una mezcla de ternura y fastidio.
—Dale, Manu, no te pongas boludo ahora —responde, divertida la voz. Pero después se lo repite, más bajito, más serio—. No te pongas boludo ahora, por favor.
—Perdón —salta Manuel de inmediato—. Estoy nervioso, perdón.
—Yo también —admite Lautaro, como si no estuviera claro desde el primer segundo que abrió la boca.
El silencio que sigue no es el de siempre. Normalmente ellos dos podrían quedarse horas sin hablar, mirando una pantalla, compartiendo aire, y todo sería cómodo. Pero este silencio es espeso. Como si hubiera humo en la habitación. Como si cada segundo de quietud le apretara el pecho a Lautaro.
Hay palabras dando vueltas que ninguno sabe cómo agarrar. Y otras que Lautaro necesita escuchar para creer que esto es real y no una pesadilla al revés.
—Perdón —dice al fin, tragando saliva—. Soy pésimo encarando.
—¿Me querés encarar?
—Dale, boludo —se queja, como si Manuel acabara de preguntarle la tabla del siete.
—No, pero es que… —Manuel suspira, cansado—. Vos sabés lo que siento yo, pero yo… yo no tengo idea de lo que sentís vos.
—¿Cómo no? ¿No fui lo suficientemente obvio? —Lautaro se endereza de golpe. Espalda firme, mandíbula tensa, el puño cerrado como si necesitara pegarle a alguien—. ¿Irme a Dubai después de suspirar meses por vos no fue suficiente?
—Eh… —Manuel suena tan perdido que Lautaro lo quiere cagar a trompadas y abrazarlo al mismo tiempo—. Dijiste que te fuiste porque no estabas cómodo, gordo. Nunca me dijiste que era porque sentías cosas.
—Manuel —dice Lautaro poniéndose de pie, como si necesitara moverse para no explotar—, hay mil clips míos en internet mirándote como si colgaras la luna.
—También hay mil clips míos actuando como un enamorado con vos, Lauti —la voz de Manuel baja, suave, casi una caricia. Eso lo desarma. Lautaro vuelve a sentarse, sintiéndose un tarado por haberse parado en primer lugar.
—No sabía que te sentías así —susurra, escondiéndose detrás del peluche que había abandonado en el sillón—. Soy un boludo.
—No sos un boludo —responde Manuel sin pensarlo, rápido, un reflejo al escuchar a Lautaro hablarse mal—. Vos… vos cómo te sentís?
Ya está. No puede seguir haciéndose el pelotudo. No ahora.
Lautaro inhala profundo, llenándose los pulmones como si fuera a tirarse a una pileta helada. Intenta que no se le quiebre la voz, pero le tiembla igual, aunque lo disimula bastante bien.
—Yo estoy... yo también estoy enamorado de vos.
Se hace un silencio helado del otro lado. Y después la voz de Manuel aparece, pero comprimida, apretada, como si estuviera agarrándose la cara con la mano.
—Dios… ojalá de verdad estuviera ahí con vos.
La sonrisa de Lautaro es tan ridícula que siente que los cachetes le van a explotar. Está caliente, colorado, con las orejas ardiendo como brasas.
—¿Sí? ¿Qué me harías? —pregunta, devolviéndole la misma broma, apenas recuperando el aire.
—Te comería la boca como tantas ganas tengo desde hace meses —dice Manuel. Sin tartamudear. Sin reírse. Sin exagerar. Como un tiro directo al corazón.
Lautaro deja de respirar. Literal. Se queda boqueando, abriendo y cerrando la boca como si necesitara instrucciones para volver a vivir. Un desastre.
—Manu —le sale en un gemido que no puede controlar.
—No podés hablarme así cuando no te puedo comer a besos —dice Manuel, con una voz baja, ronca, casi desconocida. Una voz que Lautaro solo escuchó en sus fantasias más sensuales.
Las mariposas que sentía antes ahora son murciélagos gigantes. Le zumban en el estómago, en las piernas, en cualquier rincón del cuerpo que puede ponerse tenso. Toda su sangre baja de golpe al sur. Es criminal.
¿Así chamuya Manuel a las minas? ¿Así, con esa voz? Por Dios.
Lautaro suelta una risita desesperada, suena como una pibita enamorada. No lo puede frenar.
—Dios, dios, dios —responde, porque su cerebro no le da para otra cosa. Y porque es todo lo que puede decir cuando se está derritiendo en el sillón. Traga aire como si estuviera tratando de inflar un globo roto. No le entra nada. Se pasa la mano por la cara, por el pelo, por la nuca, cualquier cosa para hacer algo con las manos que no sea temblar como un enfermo.
—Decime algo —murmura Manuel, el tono cansado, honesto, medio lastimado que Lautaro escuchó contadas veces.
¿Qué mierda se supone que tiene que decir ahora? Lautaro abre la boca, pero lo único que sale es un ruido raro, algo entre un gallo afónico y un suspiro atragantado. Se pasa la mano por la cara, como si eso fuera a acomodarle el cerebro.
—Manuel… —dice de nuevo, pero no llega a completar nada. La voz le tiembla como si estuviera por declarar en un juicio.
Del otro lado, Manuel no habla. Y el silencio es peor que cualquier respuesta. Ese silencio es Manuel aguantando la respiración, esperando. Lautaro lo siente. Le late en los oídos.
—No te rías, ¿eh? —Lautaro dice de golpe, como si hubiera agarrado coraje de la nada, aunque está hecho un manojo de nervios—. Estoy… estoy tratando de no desmayarme ahora mismo.
Manuel suelta una risa suave. A Lautaro le pega directamente en el estómago. —No me estoy riendo, boludo. Te juro.
—Re te estás riendo —lo acusa, pero la voz le sale más dulce de lo que quería. Horrible. Asqueroso. Detestable.
—Estoy sonriendo. Que no es lo mismo —corrige Manuel, con esa seguridad irritante.
Lautaro se tapa los ojos con la mano libre, como si eso pudiera borrarle la vergüenza. —Dios mío. Sos un enfermo. ¿Por qué me decís estas cosas a las cuatro de la mañana? ¿No podías esperar a un horario decente, tipo… no sé… Navidad?
Manuel se ríe, esta vez un poco más. Y Lautaro lo siente en la columna vertebral.
—Porque si no te llamaba ahora no lo iba a hacer nunca —admite él en voz baja—. Y ya no quería seguir haciéndome el boludo.
El corazón de Lautaro late tan fuerte que parece que el peluche también vibra. Se lo aprieta contra el pecho como si fuera un salvavidas.
—¿Y qué… qué querés que diga? —pregunta al fin, con una sinceridad torpe, desarmada, que no le sale nunca con nadie—. Porque yo… yo no sé decir estas cosas como vos. No me sale. Me pongo idiota.
—Quiero que digas lo que estés sintiendo —responde Manuel, suave—. Aunque sea una palabra. Aunque sea que estás mareado. Aunque sea que querés cortar.
—No quiero cortar —dice Lautaro enseguida, casi atropellado, como si alguien le hubiera apretado un botón.
Y Manuel respira. Un sonido chiquito. Aliviado. Como si eso fuera lo único que necesitaba escuchar.
—Bien —murmura—. Entonces sigamos hablando.
Lautaro se hunde un poco más en el sillón, tragando saliva, intentando pensar. Pero su cabeza está hecha un licuado.
—Mirá… —empieza, con la voz muy baja—. Yo no… no sabía si lo que dijiste era joda, si era para el chat, si era show. Yo pensé que estabas ahí tirando fruta y ya, por las views.
Manuel responde sin dudar: —Nunca tiro fruta con vos, nunca es por las views.
Lautaro siente cómo se le aflojan las rodillas aunque está sentado. La respiración se le enreda en la garganta.
—Bueno, pero… yo no soy como vos —suelta—. Yo no digo estas cosas así tan… fácil.
—¿Quién te dijo que es fácil? —contesta Manuel, y ahora sí suena vulnerable, frágil, como si hablara desde adentro de una cueva—. Me re costó decirlo. Me venía comiendo la cabeza hace meses.
Lautaro cierra los ojos. De repente tiene ganas de reír y llorar al mismo tiempo. —¿Meses? ¿Desde cuándo?
—Desde Wisconsin —admite Manuel, sin anestesia.
Lautaro casi se atraganta con su propia saliva. —¿Qué?
—Cuando te vi en el aeropuerto —dice Manuel—. Estabas con esa campera toda arrugada, hecho un desastre, puteando porque no encontrabas la tarjeta del embarque. Y, dios, yo estaba tan embobado, dije “listo, cagamos”. Ahí me di cuenta.
Lautaro se lleva la mano al corazón, literal, como si necesitara sostenerlo para que no se le escape del pecho. La vergüenza le hunde las orejas en fuego.
—No… no digas eso… —balbucea—. Parecía un boludo ese día.
—Sí —dice Manuel, muy tranquilo—. Pero un boludo tan hermoso.
Lautaro hace un ruido extraño. Un quejido. Algo que jamás admitiría que salió de él.
—Basta. Te juro que me tiro del balcón —amenaza, hundido en el sillón.
Manuel se ríe, ahora sí un poco más confiado. —No te vas a tirar de ningún lado Lautaro.
Lautaro baja la cabeza. Mira el peluche. Respira hondo. Abre la boca. La cierra. La vuelve a abrir.
Y finalmente dice, muy bajito, pero firme:
—No sé qué estamos haciendo Manu… pero sé que no quiero perderte.
Del otro lado, Manuel tarda dos segundos en responder. Dos segundos que a Lautaro le parecen un año y medio.
—No me vas a perder, Moski —susurra él—. Pero necesito saber que no estoy hablando solo.
Lautaro aprieta los dientes. Se le llenan los ojos de un brillito que odia. —No estás hablando solo.
Silencio. Pero un silencio distinto. Uno lleno. Cálido. Como si los dos estuvieran respirando el mismo aire a pesar de estar a miles de kilómetros.
—Bueno —dice Manuel al final, bajito, casi contento—. Entonces mañana, cuando termine todo lo del partido… te llamo de nuevo. Pero más temprano. Y seguimos.
Lautaro traga saliva, suaviza la voz sin querer:
—Dale.
—Dormí un rato, bebote —murmura Manuel, afectuoso sin ocultarlo—. Te va a hacer bien.
—Vos también.
—Te extraño —se le escapa a Manuel, apenas un murmullo.
Lautaro aprieta el peluche con tanta fuerza que parece que va a explotar.
—Yo también.
Y ahí, recién ahí, Manuel corta. Como si confiara en que la conversación no terminó, solo puso pausa.
Lautaro queda mirando la pantalla negra del celular, sintiendo el corazón rebotarle en el esófago. Y por primera vez en semanas, cuando se deja caer en el sillón el sueño viene solo.
______
Ellos perdieron el partido. Les fue como el orto. Lautaro se pasó los noventa minutos mordiéndose las uñas, las yemas rojas y ásperas, con los ojos clavados en el celular, saltando de TikTok a Twitter a cualquier boludez que lo ayudara a no desarmarse por dentro. Cada vez que alguien se acercaba al área, él se encogía en la silla, tragando saliva como si le ardiera la garganta. Cada patada resonaba en su pecho, y la pierna le temblaba sola.
Manuel casi ni jugó. Pero igual, cada vez que la cámara lo mostraba aunque fuera dos segundos, Lautaro tenía que hacer fuerza para no quedarse viéndolo como un tarado enamorado. Se inclinaba hacia adelante, codos sobre las rodillas, mordiéndose la lengua para no suspirar en voz alta.
Le picaba mandar un “estás re lindo, boludo”, pero no se animó. No habían hablado desde que cortaron la llamada anoche, y aunque Manuel le mandó un “buenos días, bebote” al despertar, Lautaro seguía sin entender dónde estaban parados. O peor: qué se suponía que eran ahora.
Y la duda seguía ahí, horas después del partido. Santiago subió un video desde el boliche, sin ninguna mina en cuadro, Lautaro lo revisó cuadro por cuadro, como un obsesivo, pero igual se le retorcía el estómago. No saber qué carajo hacía Manuel lo consumía por dentro; los celos le subían como un calor feo, espeso, que le apretaba la garganta.
“Después de que termine todo lo del partido” le había dicho Manuel. ¿Después cuándo? ¿En el hotel? ¿En el aeropuerto? ¿En otro planeta? La incertidumbre lo dejaba con las manos temblando sobre el teclado.
Menos mal que no tenía que prender stream. No podía decir ni hola sin quebrarse. Balta lo invitó a salir, Ian Lucas lo llamó, Santutu quiso que se sumara a stream. A todos les dijo que no. Tampoco iba a admitir que estaba esperando una llamada como un idiota enamorado. Ni siquiera se lo admitía a sí mismo: le daba miedo que esa llamada no llegara nunca.
Cuando el reloj marca las once clavadas, abre Twitter para matar el tiempo. Pone una película de fondo, pero podría ser un documental de plantas o un video de un perro ladrando: no registra nada. Ya limpió el departamento entero, hasta el baño de Santiago, frotando las baldosas como si pudiera sacarse los nervios raspándose las manos. Ya no sabe qué hacer con su cuerpo.
Twitter tampoco ayuda. Aparecen fotos del boliche, y ninguna muestra a Manuel. Él stalkea como un profesional a todos los que están con él. Nada. Hasta que en la comunidad aparece una foto que le perfora el pecho.
Manuel abrazado a dos minas. Las dos hermosas. Él con sonrisa de borracho, pupilas dilatadas. El tuit dice que él se fue con ellas.
Lautaro siente que el alma se le cae a los pies. El estómago se le cierra, el pecho le arde. Las lágrimas le suben de golpe; un nudo le muerde la garganta. No quiere llorar por Manuel. Ya lloró demasiado cuando se fue a Dubái. Pero ahora duele distinto, más profundo, más humillante. Siempre supo que Manuel era un gatero, antes también dolía, pero antes Manuel aún no le había dicho sobre sus sentimientos, no había hecho que Lautaro le confesara los suyos. Le laten hasta los oídos.
Y ahí, justo cuando piensa que va a desmayarse, la pantalla vibra. Videollamada entrante. Atiende sin mirar.
La cara cansada de Manuel llena la pantalla. Lautaro parpadea como si lo hubieran cacheteado.
—¿Moski? ¿Qué pasa, amor? ¿Estás bien? —pregunta Manuel, acercándose a la cámara, los ojos verdes brillándole incluso en la penumbra, como si estuviera buscando su foco en él y en nadie más.
El “amor” le golpea en el pecho. Lautaro sorbe por la nariz, se frota un ojo. Se siente ridículo, expuesto, desarmado.
—Lautaro… —dice Manuel, con ese tono urgente que usa cuando algo lo preocupa de verdad.
—Nada —miente Lautaro, negando con la cabeza. La voz le traiciona—. Está todo bien.
Manuel frunce el ceño. —Dale, Moski. Estás todo lloroso. ¿Qué pasó?
Lautaro sabe que Manuel entiende sus celos mejor que nadie. Ya los vio mil veces. Sabe que Lautaro no banca que él tenga demasiada gente cerca, salvo Santiago. Y él también es consciente de que no debería ponerse así por una foto pedorra. Pero igual duele, le hace hervir la sangre.
—¿Dónde estás? —pregunta Lautaro, frunciendo el ceño, con ese tono que usa cuando está herido y quiere disimularlo atacando primero.
Manuel parpadea, sorprendido. —Afuera del boliche. Hay una fiesta, un embole total. Quería esperar al hotel para llamarte, pero ya no podía. Tenía ganas de escucharte.
—¿No estabas con dos minitas? —dispara Lautaro, directo, sin anestesia.
Manuel abre los ojos grande. Parece genuinamente perdido.
—¿Qué? ¿Cómo que con dos minas? ¿De dónde sacaste eso? Estoy solo, Moski —dice, girando la cámara para mostrar la vereda, el muro del bar detrás, la calle vacía, los faroles amarillos, los autos estacionados. Se pasa la mano por el pelo y suspira.
Lautaro siente cómo se le desarma la rabia y solo queda la vergüenza. Suspira también, tratando de recomponerse, despeinándose como si eso sirviera de algo.
—Había una foto —murmura, la voz rota—. En Twitter.
—La ví, es viejísima, amor —dice Manuel, con una sonrisita que intenta contenerle la angustia.
—Perdón… me puse medio loco.
—Está bien —responde Manuel, ladeando la cabeza, sonriendo suave. Ese gesto que lo mata—. ¿No viste que yo también me puse loco en Twitter cuando me preguntaron por vos?
Él vió el tuit, por supuesto. Le preguntaron a Manuel si Moski prendía stream con Ian Lucas y Santutu. Manuel los mandó a cerrar el ojete.
—Sos un tarado —contesta Moski, algo más aliviado—. Voy a invitar a Ian solo por la foto.
Manuel abre aún más los ojos, como si fuera posible. —¿Cómo?
—Y sí, vos te ves con minas, yo me veo con Ian Lucas.
—¡Pero si no me ví con ninguna mina! ¡Lautaro! —se indigna Manuel.
Lautaro deja que la sonrisa le curve los labios. Le encanta hacer que Manuel se alarme, es de sus actividades favoritas.
—Dale Moski, no juegues con eso —se enfurruña Manuel. Si Lautaro estuviera cerca le besaría el ceño fruncido. Así de mal lo tiene—. Es viejisima la foto, te juro. No hay una sola mina en el VIP del boliche, Santiago está bailando con Coker, imaginate.
—Vavava —Lautaro contesta. Sabe que los ojos le brillan divertidos.
Manuel resopla, entre divertido y aún ofendido. Él mira directamente a la pantalla y lo intenso de su mirada hace que Lautaro se estremezca, y los murciélagos en su estómago aleteen violentamente amenazando sus órganos.
—¿Qué me mirás así? —pregunta, sonriendo como un boludo y sintiendo que las mejillas se le enrojecen.
—Nada —dice Manuel, se pasa una mano por el pelo e intenta esconder la sonrisa de tonto que pone–. Estás muy lindo.
Lautaro suelta una risita vergonzosa y mira hacia los ventanales que muestran a Buenos Aires toda iluminada por las luces nocturnas.
—Che… —murmura, bajito, sin animarse a mirar la cámara—, vos te das cuenta que me re cagás la cabeza, ¿no?
—¿Yo? —Manuel frunce las cejas, pero con una sonrisa suave filtrándose igual—. ¿Vos te pensás que yo estoy bien? Me tenés totalmente boludo, Lauti, re trolo.
Ese tono, un poquito ronco, sincero de verdad, con Manuel teñido por la luz anaranjada de la calle, hace que a Lautaro se le encoja el estómago. Lo obliga a mirarlo. Lo obliga a sentir.
—Siempre fuiste un trolo boludo igual, no quieras echarme la culpa a mí ahora.
Manuel levanta las cejas, divertido. —Ah, mirá —dice, moviendo la cabeza con ese gesto insoportable que tiene—, así son las cosas.
Lautaro le devuelve la sonrisa, chiquita al principio, pero termina estirándose sola. Parecen dos pibes enamorados en cámara lenta, mirándose desde continentes distintos como si el otro fuera un descubrimiento astronómico. Si hace un par de meses le decían a Lautaro que iba a estar así, haciéndose ojitos con Manuel por videollamada, se hubiese muerto de la risa.
—Jugaste bien hoy —salta, cortando antes que el silencio los devore—, lástima que hayan perdido.
Manuel chasquea la lengua y se larga a hablar, gesticulando, acomodándose el pelo, explicando punto por punto por qué salió todo mal en el partido. Lautaro lo mira como si estuviera analizando la final de un Mundial. No registra el 80% de lo que Manuel dice, pero sí cómo lo dice, el ritmo de su voz, lo cálido que suena cuando se entusiasma. Asiente de vez en cuando, tratando de no delatar que su cabeza está a kilómetros, imaginándose cómo sería esa misma voz susurrándole porquerías al oído mientras lo deja sin aire sobre la cama.
—Estaban todos acalambrados hacia el final, terrible. Santiago tiene un estirón que todavía le duele, mañana no va a poder moverse.
—Mmm.
Manuel lo estudia con una ceja levantada, sonrisa de costado, como si detectara algo.
—¿A dónde fuiste, gordo?
El calor en la cara de Lautaro baja por el cuello como un rayo. Se muerde el labio, casi sin querer.
—A ningún lado —responde bajito, voz chiquita, toda tierna.
Manuel entrecierra los ojos, afilado, juguetón.
—¿Seguro? ¿Te estoy aburriendo, bebote? ¿En qué pensabas?
“En vos encima mío. En vos atrás mío. En vos adentro mío.” Pero claro, no lo puede decir.
A Lautaro le pasa a menudo. Se le va la cabeza. La voz de Manuel lo pone en órbita como un Fórmula 1 sin frenos, y su imaginación hace el resto. No tiene solución.
Por suerte, o desgracia, un ruido seco irrumpe desde el celular de Manuel. La cámara se mueve, cambia de ángulo, y de repente aparecen los amigos saliendo del boliche, riéndose como si el frío de noviembre de España no existiera.
—¡Emo! ¿Qué hacés acá cagándote de frío? —Santiago es el primero en gritar, tambaleándose mientras cruza la calle con los brazos abiertos.
—Totalmente en pedo la Baya —dice Manuel, provocando que Lautaro se le escape una carcajada.
—¿Con quién hablás? ¿Es una chichi? —pregunta Santiago, acercándose con la cara demasiado cerca de la cámara.
—Es Moski, tarado.
—La estás pasando bien, Santi, eh —saluda Lautaro, apenas pudiendo controlar la sonrisa.
—¡Moskita! Amigo no sabés… —empieza Santiago, lanzándose a contar una anécdota incoherente de su noche, moviendo las manos, tartamudeando de borracho. A la mitad del relato ya está exagerando todo, y Lautaro se ríe a carcajadas, con esa sospecha constante de que el 90% es mentira.
Y aun así, lo deja hablar, porque entre ese quilombo de fondo y la risa de Manuel mirándolo desde la pantalla, él se siente realmente bien, lo mejor que se ha sentido en meses.
Cuando Santiago ya no tiene nada de sentido, y Manuel está temblando de frío, Lautaro decide que lo mejor es cortar la llamada y dejarlos ir a su hotel. Le duele un poco no haber hablado tanto con Manuel, porque es así de dramático, pero lo vió y tiene material de sonrisa de sobra para pensar en él más tarde.
—¿Me llamás mañana de vuelta? —pregunta cuando Santiago está a unos metros de distancia con Coker y los otros chicos. No quiere poner voz suave y melosa a propósito, le sale natural y se odia un poco por eso.
La sonrisa ladeada de Manuel hace que Lautaro necesite morderlo, cerrar sus dientes en su piel para borrarle la cara de ganador.
—Sí, yo te llamo antes de que prendas stream, mi amor —Manuel dice, tono bajo y tan suave que es casi una caricia.
Hacerse un charco de baba en el piso no es una opción, por lo que Lautaro simplemente baja la vista y se muerde el labio, incapaz de esconder que está irremediablemente tarado por este otro tarado.
Escucha a Manuel reír, sabedor de que acaba de destrozar la mente de Lautaro, así que presa del pánico no se le ocurre otra cosa que ladrar. Porque ese siempre fue su manera de entenderse con su mejor amigo. Y porque ambos son dos boludos, o tal vez almas gemelas, Manuel responde con otro ladrido antes de cortar la llamada.
