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None of it was accidental

Summary:

Abriendo despacio la puerta de las cocinas para no asustar de golpe a los elfos —cosa que hizo una vez y terminó llorando con ellos por eso— quedó paralizado al ver la escena que tenía adelante. Nada más y nada menos que el más guapo, más amable y más guapo cazador estrella de Hufflepuff —y para colmo, capitán de dicho equipo— Iannis Biblos ; quien, con ese carisma que tanto lo identifica, no paraba de hablar con los elfos de la cocina, con una taza de chocolate caliente con especias en una mano y con una tostada en la otra, articulando salvajemente y soltando carcajadas con las respuestas de las pequeñas criaturas.

Dichas criaturas, acostumbradas a la calidez del estudiante, bromeaban con él, ofreciéndole más y más chocolate caliente, hasta que vieron al Gryffindor en la puerta, soltando gritos y corriendo a atenderlo. El pelinegro detuvo su cháchara, volteando a ver al joven de lentes en la puerta. Mostró una sonrisa radiante y agitó la mano —la misma con la tostada— a modo de saludo.

— ¡Mira quién tenemos acá! Pensé que era el único en la escuela.

Notes:

Mi colaboración para la Alennis Week en twitter y mi intento de mantener el alennismo vivo después de todo, disfruten y dejen sus cometarios!

Work Text:

Alejandro despertó ese día con un inusual silencio, acostumbrado al desorden y alboroto que su habitación compartida solía tener a estas horas. Y como no, teniendo de compañeros a otros tres revoltosos Gryffindors —los cuales habían partido el día anterior rumbo a Londres para pasar sus vacaciones navideñas en casa— aprovechando los minutos extra de sueño, se acurrucó más en las mantas y cerró delicadamente los párpados.

Hasta que un peso extra le saltó al pecho.

—¡Chester! —exclamó, levantando a la bola de pelos que Leo decía tener por gato—. ¡No puedes saltar así encima de la gente! ¿Es que tu papá no te ha educado bien?

El gatito le dirigió una mirada aburrida y maulló.

—Olvídalo, entre Pablo y Leo no sé quién te tiene más malcriado.

En ese preciso momento, su estómago sonó de manera sonora. El peli claro suspiró y se levantó de la cama; adiós a su día de dormir hasta tarde. Con el gatito alzado, procedió a bajar las escaleras de la torre, añorando rápidamente el caos habitual a esas horas de la mañana. El castillo entero estaba vacío.

—Creo que solo seremos tú y yo estas navidades —le dijo a Chester, acurrucándolo en su pecho.

“Debería bajar a las cocinas directamente”, pensó. No debería haber nadie en el Gran Comedor, ni siquiera el antipático casero. Con algo de tristeza por el prospecto de pasar el resto del día solo, decidió tomar los atajos en el castillo para llegar más rápido. “Vamos Ale, puedes pedirle a los elfitos que te preparen chocolatito caliente. El día apenas está iniciando, sé positivo”.

Abriendo despacio la puerta de las cocinas para no asustar de golpe a los elfos —cosa que hizo una vez y terminó llorando con ellos por eso— quedó paralizado al ver la escena que tenía adelante.

Nada más y nada menos que el más guapo, más amable y más alto de todos en su año, el cazador estrella de Hufflepuff —y para colmo, capitán de dicho equipo—: Iannis Biblos. Él, con ese carisma que tanto lo identificaba, no paraba de hablar con los elfos de la cocina, con una taza de chocolate caliente con especias en una mano y una tostada en la otra, articulando salvajemente y soltando carcajadas con las respuestas de las pequeñas criaturas.

Dichas criaturas, acostumbradas a la calidez del estudiante, bromeaban con él, ofreciéndole más y más chocolate, hasta que vieron al Gryffindor en la puerta, soltando gritos y corriendo a atenderlo. El pelinegro detuvo su cháchara, volteando a ver al joven de lentes en la puerta. Mostró una sonrisa radiante y agitó la mano —la misma con la tostada— a modo de saludo.

—¡Mira a quién tenemos acá! Pensé que era el único en la escuela.

Alejandro, pasando la sorpresa inicial y con las orejas un tanto coloradas, le sonrió tímidamente.

—Pensé exactamente lo mismo, pero me alegro de no estar solo —se acercó lentamente, con el gatito bufando levemente—. Bueno, solo no; acá el guapo Chester sería mi única compañía.

—¡Qué tierno! No sabía que tenías gatito.

—En realidad es de Leonardo, no mío. Y bueno, igual no pensé que te darías cuenta, casi no hablamos.

La sonrisa de Iannis flaqueó levemente y una mirada de pánico asomó a sus ojos, pero se compuso rápido.

—No, no... digo, de repente me hubiera enterado porque... bueno, ya sabes, con lo de las reglas de prefectos y eso —comenzó a divagar—. Mira, ¿querés un poco de chocolate? Justo terminaba de preparar con los elfos.

Señaló la olla con la bebida, la cual desprendía un suave aroma especiado. Alejandro sonrió y asintió levemente, volteándose para alcanzar otra de las tazas, dándole chance al pelinegro de componerse un poco. “Vos y tu bocota, Iannis; casi lo espantás”.

Mientras Alejandro se servía una buena taza de chocolate caliente, una de las elfinas se acercó tímidamente con un plato de tostadas y mermelada, sabiendo que eran de los desayunos predilectos del chico de lentes. Se lo extendió a Iannis —ya que le tenía más confianza, dadas sus visitas habituales— y señaló con su pequeña cabeza al otro. Iannis rápidamente tomó el platito y le mostró una gran sonrisa a la criatura.

—Mira, alguien te ha prestado atención.

La pequeña elfo dio un chillido y se escondió detrás de sus orejas. El más bajo se agachó, poniéndose a su altura.

—¡Muchas gracias! Qué detalle tan lindo has tenido conmigo.

Se divirtió con la reacción, ya que la elfo se sonrojó y salió corriendo.

—Eres todo un galán, eh, conquistando a las criaturas del castillo.

—No a todas, hay varios tejones voladores por ahí —Iannis guio un ojo en un arrebato de bravuconería—. He escuchado que aún quedan muchas más por descubrir.

Dejando al gatito en el suelo y tomando su desayuno, se giró hacia Iannis:

—¿Me quieres acompañar al Gran Comedor? Pensé que como estaría solo no valdría la pena, pero tu compañía es bienvenida. Me gustaría que nos conociéramos más, casi no hablamos.

La cara del Hufflepuff se iluminó.

—Me parece un buen plan.

Poniéndose de pie de un salto, tomó su desayuno, bollitos con mantequilla y otra taza de chocolate, y caminó hacia las puertas con Alejandro, aún sin creer su suerte. Ambos chicos entablaron una conversación ligera, hablando del clima, de sus planes y del porqué se quedaron en la escuela. Alejandro, porque sus padres tuvieron que viajar de improviso; Iannis, porque se comprometió a cuidar de las mandrágoras como un favor a la jefa de su casa. Se sentaron en la mesa de Gryffindor, ya que no tenía sentido sentarse alejados siendo los únicos allí.

—¿Querés acompañarme a patinar en el lago más tarde? —invitó Iannis—. Me gusta aprovechar cuando está así. Aunque cuando está descongelado también aprovecho para echar siestas en la orilla, el sonido del agua me relaja.

—¡Claro que sí! Adoro patinar ahí, siempre lo hacemos con los chicos. Es más una tradición a estas alturas. Una vez Leo chocó con un grupito de Slytherins de tercer año y le lanzaron un conjuro con el que no podía dejar de dar saltos. Tardamos como tres días en eliminarlo; tuvo que esconderse en la habitación porque Pablo era voluntario en la enfermería y no quería avergonzarse delante de él.

El pelinegro soltó una carcajada.

—¡No puede ser! Dios, las veces que a Pablo le pasaba algo vergonzoso y nos prohibía estar cerca de tu amigo porque sentía que lo íbamos a avergonzar igual.

—Cuenta una, igual no se enterarán.

Alejandro apoyó su cabeza en una mano para mirar fijamente al otro. Se sintió rápidamente cómodo con él; le parecía muy fácil conectar y hablar.

—Bueno, pero no se lo digas luego —se rio Iannis—. Una vez, en clase de Encantamientos, mi amigo Lucas hizo mal el movimiento de muñeca. El ejercicio consistía en cambiarle el color de pelaje a dos conejos, alternando entre verde fosforescente y azul marino. Ya te imaginarás qué terminó pasando.

—No me digas que el hechizo cayó en el pobre Pablo.

—Sí, Pablito estuvo con ese pelo verde moco por un buen rato. Igual no le quedaba tan mal, eh, un poco de color en su época emo no le fue mal. Capaz llamaba la atención de Leonardo de una vez por todas.

—¡Iann, qué malo eres! —Alejandro lo golpeó en el hombro mientras se carcajeaba, olvidando por completo el resto de su desayuno—. Pobrecitos, no entiendo por qué duraron tanto en confesarse si eran tan obvios.

—Sí, yo tampoco. Yo nunca lo había visto así a Pablo, y eso que lo conozco de toda la vida. Y... eh, me gustó ese apodo. Puedes decirme así más seguido si gustas.

Sus orejas se tornaron de un rosa tenue. Alejandro se dio cuenta tarde de que se le había escapado la manera en la que lo nombraba en su mente hace meses. Se avergonzó también, solo que su sonrojo abarcó todo su rostro y bajó hasta el cuello bajo el uniforme. Iannis se aclaró la garganta.

—Y bueno, ¿quieres ir afuera un rato? Podemos pasear por los terrenos.

—Está bien, Iann.

Y así fue el resto de su mañana, hablando y conociéndose más. Algo que al Alejandro de hace dos días le hubiera parecido una locura. “Es como hacer click”, pensaron al mismo tiempo.

Mientras las historias vergonzosas de sus amigos salían, compartieron pequeños datos: que Iannis tenía herencia vampira por parte de su madre —de ahí los colmillos prominentes—; que Alejandro, aunque sangre pura, creció en un barrio muggle y jugaba fútbol; su pasión conjunta por la música y cómo ambos se habían hecho cercanos a un estudiante menor de Ravenclaw.

—¿Kenneth también te trata como su papá? —preguntaron entre risas.

A eso de las tres de la tarde, terminaron en el lago congelado. El frío calaba en los huesos, pero ninguno parecía notarlo. El lago era una vasta planicie de cristal bajo el cielo gris, rodeada por la silueta imponente del castillo. Alejandro, que siempre había sido un poco distraído, encontraba muy fácil perderse en la presencia del chico alto a pocos metros.

—¡Mira esto, Ale! —exclamó Iannis, deslizándose con una elegancia que solo se veía en la escoba. Hizo un giro rápido, sus ojos chocolate brillando de una manera que le robaba el aliento al de lentes.

—¡Presumido! —rio Alejandro, intentando ganar velocidad para alcanzarlo.

Pero el destino tenía otros planes. Alejandro perdió el equilibrio justo cuando Iannis frenaba para esperarlo. El choque fue inevitable. El Gryffindor impactó de lleno contra el pecho del buscador de Hufflepuff y ambos terminaron enredados en una maraña de bufandas y extremidades sobre el hielo.

El silencio fue roto solo por sus respiraciones agitadas, creando pequeñas nubes de vapor entre sus rostros. Alejandro estaba sentado sobre el regazo de Iannis, con las manos en sus hombros.

—Lo siento de verdad, qué vergüenza, déjame levantarme —susurró Alejandro con las mejillas rojas.

Iannis no se movió. Sus manos se posaron en la cintura de Alejandro, impidiéndole levantarse. La mirada de pánico regresó, pero esta vez mezclada con una determinación feroz.

—Alejandro —la voz de Iannis sonó más grave, casi como un ruego—. Tengo que decirte algo antes de que me acobarde. No me quedé en el castillo solo por las mandrágoras.

Alejandro parpadeó, confundido.

—¿A qué te refieres? Dijiste que la profesora...

—Le supliqué que me dejara quedarme —confesó Iannis, y el rubor en sus orejas se intensificó—. Sabía que tus amigos se iban a Londres, ellos se lo dijeron a los míos. Llevo meses... no, llevo casi un año inventando excusas para pasar por la torre de Gryffindor solo para verte pasar en tus guardias de prefecto. He bajado a las cocinas cada mañana esperando que hoy fuera el día en que tuvieras hambre al mismo tiempo que yo.

Alejandro sintió que el corazón le daba un vuelco.

—¿Tú me estabas buscando?

—Realmente me gustas mucho, creo que desde que te vi en el tren cuando comenzamos el colegio —admitió Iannis con una risa nerviosa—. Y hoy ha sido el mejor día de mi vida. Por eso... —se detuvo, tragando saliva—, quería preguntarte si te gustaría ir conmigo a Hogsmeade el próximo fin de semana, como una cita.

Alejandro se quedó mudo. El jugador estrella de Hufflepuff, el chico más guapo y sonriente del castillo, acababa de confesar que lo acechaba románticamente por los pasillos. Una sonrisa lenta y radiante se extendió por su rostro.

—¿Sabes cuánto tiempo llevo pensando que no tenía ninguna oportunidad contigo? —preguntó Alejandro, inclinándose un poco más hacia él—. Leo y Luigi siempre se burlaban porque decían que mi enamoramiento era tan grande que toda la torre lo sabía. Iannis, he estado enamorado de ti hace más tiempo del que puedo recordar. Eres brillante y destacas en todo. ¡Hasta los elfos te adoran!

Iannis soltó un suspiro de alivio tan profundo que sus hombros se relajaron contra el hielo.

—Entonces... ¿eso es un sí a la cita?

—Es un sí rotundo —respondió Alejandro.

Iannis sonrió, mostrando sus colmillos prominentes. Sin soltar su cintura, lo atrajo un poco más hacia sí.

—En ese caso, espero que te guste el café nuevo que abrieron cerca de Zonko, porque pienso pedir la mesa más apartada para que nadie nos interrumpa.

—Mientras sea contigo, Iann, como si me llevas al Bosque Prohibido —bromeó Alejandro.

Iannis lo ayudó a levantarse, sellando la promesa con un apretón de manos que duró mucho más de lo necesario mientras el sol de invierno comenzaba a ocultarse tras las montañas.