Chapter Text
Ira.
El único sentimiento que me sostuvo minutos antes de mi muerte y el único que me arrastró fuera de mi propia tumba. Guio cada uno de mis pasos, cada disparo y cada golpe, todo dirigido hacia un único propósito. Pero ahora, en el momento final, la furia me había abandonado, tal como hicieron todos. Esta vez, estaba verdaderamente solo. Completamente vacío.
La sangre brotaba en hileras de mi cuello, tiñendo mi cuerpo de un carmesí pegajoso, pero no me importaba. Ya nada lo hacía. Me limité a observar cómo Batman, el hombre al que alguna vez aspiré a convertirme, el hombre al que llamé "padre", luchaba desesperadamente por quitarse de encima al monstruo que él mismo ayudó a crear; ese mismo monstruo que, por consecuencia, me terminó creando a mí.
Lo peor de todo era la ironía: hoy el único ganador sería el payaso. La bomba estallaría en segundos y nos arrastraría a los tres al infierno al que pertenecemos. Todo porque Bruce no pudo elegir ninguna de las opciones que le di. Como siempre, se inventó una tercera salida, y esa salida era él mismo. Lo sé, estoy seguro de que él nunca elegiría al Guasón por encima de mí, pero la pelea nunca fue contra el payaso. Era entre Bruce y yo.
¿Quién era su prioridad?
¿Su misión sagrada o su hijo?
Ja…
Perdí.
Perdí de nuevo, igual que aquel día en el almacén de Etiopía. Nada cambió. Nada mejoró. Él no cambió. Y yo... qué estúpido fui al creer que si moría, la matanza se detendría, el sufrimiento de inocentes cedería. Me dejé consumir por las llamas, esperando ingenuamente que él apagaría el fuego con mi sacrificio. Pero no… no fui nada, solo una huella mal puesta en la arena que la primera ola borró sin esfuerzo. Un desliz. Un fracaso. Un error.
Mi mente empezó a nublarse. Genial. Era simplemente perfecto. La primera señal de que, tal vez, moriría por la mano de Batman. Qué giro tan poético: el hombre que juró no matar jamás al asesino de su hijo, terminaría acabando con ese mismo hijo. Él no tiró a matar, pero yo ya no quería vivir después de esto, debió de haberlo supuesto antes de dejarme un corte en el cuello que no me tomaría la molestia de tapar.
Pero ya estaba hecho.
Me recosté contra la pared, sintiendo el frío del concreto contra mi espalda. Intenté tomar aire, pero solo logré producir un gorgoteo ahogado que escupió más sangre sobre mi pecho. Esto no era nuevo. La herida puede que sí, pero no esa sensación de estar al borde del abismo y dar un paso más. Para mí, la muerte no era una extraña, era más como un déjà vu. Todo se repetía: el tic-tac incesante del cronómetro, la risa histérica del Guasón rebotando en mi cabeza y, finalmente, Batman intentando alcanzarme. Corría, estiraba el brazo, forzaba cada músculo para llegar a tiempo... pero, como la última vez, llegaba tarde.
Observé su ceño fruncido, más marcado que nunca bajo la máscara. Vi sus piernas correr hacia mí y sus manos extenderse para sujetarme, para salvar lo insalvable. Todo era igual. Incluso yo, demacrado y exhausto, esperando el final con los ojos abiertos pero la mirada perdida en el vacío.
Enfoqué su rostro una última vez, no sabría el porqué. El Jason que murió años atrás habría visto en ese hombre una salvación, una chispa de esperanza. Pero aquel Jason nunca lo vio llegar. Ahora, frente a frente, yo sí podía verlo, y sin embargo, no sentía nada. Él ya no significaba nada para mí.
Su mano apenas llegó a rozarme cuando su figura se desvaneció en una luz cegadora.
El mundo se fragmentó en una danza caótica de colores superpuestos que giraban con una locura violenta y, de repente...
¿Metal?
No...
NONONO
Yo conozco la muerte. La muerte es el negro absoluto. No hay metal, no hay frío, no hay murmullos ni dolor. Solo el silencio. La nada misma.
¿¡Dónde mierda estaba!?
¿¡Batman lo había logrado!?
¿Bruce me había salvado…?
No, era imposible. Y aunque fuera cierto, ya no quedaba nada del Jason que él recordaba, ni del Jason en el que me convertí después. O eso creía.
Pero entonces, la ira regresó. Esa rabia incandescente, ese verde toxico que me devoró en el instante en que Batman me dio la espalda y que se desvaneció cuando tomo su decisión, volvió a encenderse en mis venas. Esta vez, mi ira no era por su ignorancia, sino por el hecho de seguir aquí.
Debería estar muerto. Calcinado. Debería ser ceniza esparcida por el viento. Pero no. Estaba de vuelta.
Y algo me decía que no en un lugar conocido.
Bueno, alguien.
— Atención, espectadores — la voz sensual de una mujer, que obviamente no reconocí, llego a mis oídos. — Competidor 3-57. Su estado: Consiente. —podía ver la sonrisa en su rostro hasta con los ojos cerrados.
— ¿Q…kh…?— Intenté articular, pero las palabras se deshicieron antes de llegar a mi boca. El corte en mi cuello ardió, recordándome con un pulso de dolor que la hoja del batarang había sido profunda. Demasiado profunda.
— Iniciando batalla en Tres.
¿Quién mierda...? ¿Dónde estaba esa voz? ¿Dónde estaba él? La estática en mi cerebro me impedía pensar. No sabía quiénes eran estos imbéciles, pero ya estaban en mi lista negra. Y de ahí solo se salía con el nombre tachado en sangre.
Intenté forzar la vista, pero mis párpados pesaban como si estuvieran sellados con plomo. El mundo de fondo era una mancha de luces blancas, sombras y el mismo verde de siempre.
— Tres…
Hijos de puta…
Contraje cada músculo, ignorando el grito de protesta de mis huesos. ¿Por qué me pesaban tanto? ¿Cuánto tiempo estuve inconsciente? Intenté levantarme, pero fue inútil. Mis piernas estaban ancladas, mis brazos inmovilizados por abrazaderas de acero que no cedían. Estaba expuesto. Indefenso.
Y entonces, lo sentí. Un pinchazo en el brazo. Luego otro en la espalda. Otro en el muslo. Y otro. Otro. OTRO.
Eran agujas entrando una tras otra, inyectándome algo. Al principio intenté racionalizarlo; esto no era nada para mí, he pasado por peores tormentos. Pero no, era distinto. El líquido se esparcía como lava por mis venas, quemándome desde adentro, devorando cada célula que el Pozo de Lázaro intentaba reconstruir, contrarrestar. Era una guerra de control en mi interior.
— Dos…
Me retorcí. El metal crujía bajo mi peso muerto. Era insoportable. Quería sacarlo. Pararlo. Arrancarme la piel si era necesario para detener esa agonía que me estaba fundiendo.
Un sonido ahogado, una vibración rota y húmeda, fue lo único que logré pronunciar. No podía gritar; no tenía voz, solo una ira que se inflaba en mi pecho. Estaba por explotar.
La rabia. No. No otra vez. No de esta manera.
Levántate… Jason, levántate.
— Uno.
LEVANTATE CARAJO.
— ¡Comiencen!
Las esposas que me sostenían se abrieron. Mis pies golpearon el suelo con un eco metálico que retumbó por mis huesos hasta llegar a mi cabeza. Gritaba. Todo en mi me gritaba. No era solo dolor físico; era una marea de recuerdos, de sentidos y de odio que subía por mi garganta como bilis.
Un ruido llamo mi atención, un chillido agudo.
De ahí, una luz se asomaba, incrementaba.
Di un paso, otro más…
Y luego corrí.
Las puertas se abrían, una invitación demasiado perfecta, pero mi mente, nublada por la guerra en mi cuerpo, no pudo ver la red hasta que estuve dentro.
Llegué a una sala circular, amplia y sumida en una penumbra rojiza mezclada con verde, eran el pozo y esa mierda luchando por dominarme. En el centro, otro hombre me esperaba. Estaba tan desnudo como yo -¿Yo estaba desnudo?- Pero su mirada estaba pérdida, sus pupilas dilatadas, era imposible ver el color de sus ojos. Él temblaba y movía frenéticamente la cabeza. Era obvio. Él también estaba bajo el efecto de esa mierda, pero peor. Mucho peor. Quizás el pozo del Lázaro si sirve de algo.
— Competidor 3-57 V/S Competidor 2-10 — resonó la misma voz, venia de altavoces, pero la dirección era indescifrable—. Batalla de supervivencia: Iniciada.
Desvié la mirada. ¿Supervivencia? ¿Querían que peleáramos? ¿A muerte?
— Espero que disfruten del espectáculo. —su risa fría me saco de mis pensamientos.
Abrí los ojos. Algo frío me recorrió la espalda.
No por miedo.
Por comprensión.
Esto es una pelea de perros. Nos están tratando como perros.
El hombre obtuvo toda mi atención, y, al parecer, yo la suya. Sus ojos estaban fijos en mí. Sus pupilas carmesí, su respiración agitada.
¿Qué le pasaba?
— No…k… — intenté decir, pero el rojo golpeó mi visión. El verde desapareció.
De repente, ya no veía a un prisionero frente a mí. Veía al Joker riéndose mientras sostenía la palanca. Veía a Bruce dándome la espalda en aquel callejón, en nuestro primer encuentro. Pero eso no había pasado, eso no había sido así. El químico estaba amplificando mi paranoia, retorciendo mi percepción hasta que todo lo que no fuera yo se sentía como una amenaza mortal.
Y el hombre… ahora era una.
El Sujeto rugió y se lanzó hacia mí. No como un luchador, no tenía estrategia alguna, era una bestia impulsada por el mismo fuego que estaba intentando ignorar. Me alcanzó en el pecho, lanzándome contra la pared. No pude reaccionar. El dolor en las costillas hizo que por segundos el rojo nublara por completo mi mente. Ya no podía ver nada.
Mátalo. La voz en mi cabeza no era mía, era el instinto puro. Si no lo mataba, él me mataría a mí. Si no lo destruía, el ganaba. Si no lo borraba de la existencia, yo nunca saldría de esta tumba.
—¡¡AGH!! —el sonido salió de mi garganta, roto y salvaje. Un rugido feroz.
Me puse en pie y lo envestí contra el suelo. Mis manos se cerraron alrededor de su cuello con una fuerza que no sabía que tenía. El hombre luchó desesperado, sus dedos arañando mi piel como un animal, pero yo no sentía nada. El líquido había anestesiado no solo el dolor, sino también mi empatía. Lo quería muerto.
Mis brazos lo tenían contra el suelo. El soltaba gritos ahogados por mis manos que se apretaban cada vez con más fuerza. Pude ver el miedo en sus ojos, el rojo de los dos se había aclarado para ello. Pero un rodillazo en el abdomen me devolvió a ese infinito carmesí. Levanté el puño, listo para dar el golpe final, para terminar el trabajo que quería hacer.
¿Qué yo quería hacer?
Ese pensamiento, esa pregunta en la marea de sangre de mi mente hizo que la estática se despejara. El verde gano. Vi las cámaras en las paredes. Vi los cristales oscuros detrás de los cuales nos observaban sombras, nos vigilaban, esperando.
Ellos quieren que yo lo haga.
Lo que me inyectaron era una maldita droga. Si la dejaba ganar, no podría parar. Se terminaría volviendo parte de mí. Al igual que lo hizo el maldito pozo, aunque ahora pareciera estar salvándome de perder la cabeza.
Apreté los dientes hasta sentir el sabor metálico en mi lengua. El puño tembló en el aire, mi vista fija en él. Mi cuerpo exigía sangre. Esta droga exigía sangre.
No.
No les daría el gusto.
No soy el perro de nadie.
Pero el hombre ya estaba fuera de sí hace tiempo, ya había sido consumido. Aprovechó mi duda y clavó sus dedos en la herida de mi cuello. Solté un grito que me desgarro la garganta. El dolor fue como un rayo blanco. La rabia regresó, y con ella, el dolor desapareció.
Y entonces, el mundo se volvió rojo de verdad.
Desperté de golpe. Mareado. Confundido. Solo con el verde en el fondo de mi mente.
No sabía que pensar. No podía pensar.
Tardé en darme cuenta. Tarde en observar mí alrededor.
Pero ahí estaba. En el suelo.
Un cuerpo. El hombre.
Pero era imposible reconocerlo, aunque lo intentara. Estaba destrozado.
Solo sabía que era él porque era el único que estaba conmigo antes de que, simplemente, me desvaneciera.
Mis brazos. Mi cara. Mi cuerpo. Todo, manchado de sangre. De su sangre.
Me mire más de una vez. Desviando la mirada al cadáver del otro y luego volviendo a mí. A mis manos en específico. Las levante con cautela. Pesadas. Hinchadas. Con los nudillos destrozados, en carne viva. Era lo único que ardía. Lo único que todavía sentía.
No era tonto. Lo había matado a golpes, a puño limpio.
El silencio duró apenas unos segundos.
Después, aplausos.
No venían de una sola dirección. Eran secos, desordenados, amortiguados por el vidrio grueso que rodeaba la sala. Palmas chocando entre sí como si acabaran de presenciar un espectáculo digno de repetirse.
Levanté la cabeza.
Las sombras detrás de los cristales se movían. Algunas saltaban emocionadas. Otras hablaban entre ellas. Nadie miraba al cuerpo en el suelo. Todos me miraban a mí. Asombrados.
— Competidor 3-57 —dijo la voz—. Campeón.
Le siguieron aplausos, vitoreos.
Gruñí. La furia me quemaba el pecho. Los haría pagar. Uno por uno. El no tendría que haber muerto.
— Competidor 2-10. Eliminado. —añadió con tono burlón.
Tense la mandíbula.
Van a hacerme pelear de nuevo. Ahora era su perro. Alguien me había hecho su perro y esta maldita droga que me dieron me hizo perder la razón. Me volví un animal, su animal.
— Traslado a contención. —ordeno, su tono divertido se esfumo.
No.
En dos segundos estaba frente al vidrio. Mi puño impactó seco. Una grieta se abrió paso hasta el techo, y al llegar, las sirenas estallaron. Lo volví a levantar mientras la sangre caía por mi codo. Golpe una y otra vez, con la mirada fija en las sombras que se movían desesperadas detrás. Retrocedían horrorizadas, perfecto, deberían estarlo. Este vidrio desaparecía, y piedad, seria volarle los sesos de un golpe.
El gas llegó antes de que pudiera reaccionar. Dulce. Pesado. Mis músculos se aflojaron sin permiso, me aleje del vidrio tapándome la cara con las manos. Intenté mantenerme consciente, pero las luces se estiraron y el ruido se apagó. Solo pude caer al suelo con una maldición.
No pude escapar…
Me desperté encadenado a una silla.
No fue brusco. No fue un sobresalto.
Abrí los ojos despacio. No estaban pesados como la última vez; no dolían. Estaban… dormidos. Entumecidos. Igual que el resto de mi cuerpo. Todo era una masa lenta, torpe, como si hubiera pasado horas —o días— sin moverme, clavado en la misma postura.
Respiré hondo.
El aire entró… y salió. Eso ya era algo.
Los recuerdos llegaron después, desordenados pero claros: las inyecciones, una tras otra; la pelea; la sangre ajena mezclada con la mía; los aplausos; mi puño estrellándose contra el cristal; el gas; y finalmente la nada. La inconsciencia absoluta.
Forcé la vista hasta lograr enfocar.
El lugar no era el mismo. Eso lo supe enseguida.
Este cuarto era más chico. Más… limpio. Elegante, incluso. No veía puertas, ni ventanas, ni un solo objeto fuera de lugar. Nada que sobrara. Nada que pudiera usar a mi favor. La luz no venía de lámparas: salía de tubos incrustados en el techo, demasiado altos para alcanzarlos incluso si estuviera de pie.
Estaba solo.
Solo, sentado, desnudo y encadenado a una maldita silla de metal.
Y por cómo se sentía mi cuerpo, probablemente, anestesiado.
No necesité mucho para atar los cabos. La idea ya estaba ahí, esperándome. Después de la explosión, alguien me había sacado de entre los restos. No un héroe. No un rescatista. Trata de personas. Mis heridas no estaban abiertas, no ardían; habían sanado. Así que estuve en manos de estos hijos de puta durante bastante tiempo. El suficiente, para que algún idiota —o algún suicida— decidiera usarme para ganar dinero en peleas a muerte.
Como a un perro.
Mal negocio.
Hubiera sido mejor conseguir un oso.
Miré las cadenas en mis brazos. Probé tirar. Una vez. Dos. Nada. No tenía fuerzas. O mejor dicho, mi cuerpo no respondía. Pesaba como nunca, como si alguien hubiese duplicado la gravedad solo para mí. Dejé caer la cabeza hacia adelante, solté el aire despacio y relajé los hombros.
La fuerza no iba a ser la respuesta esta vez.
Tenía que pensar.
— Despertaste.
Alcé la vista de golpe. Los músculos se me tensaron por reflejo.
No lo había notado.
¿Cómo mierda no lo había notado?
Un hombre estaba de pie frente a mí.
Un médico, o algo que se le parecía.
La postura recta. El guardapolvo impecable. El rostro inexpresivo, frío, distante. La clase de cara que se entrena para no revelar nada. Pero a mí no me engañaba. Conocía a este tipo de personas desde antes de aprender a caminar. Gotham te enseña rápido a distinguir la máscara del rostro real.
Y detrás de la suya había emoción.
Me miraba como si fuera un tesoro. Como un hallazgo irrepetible. Sus ojos brillaban con una avaricia apenas contenida.
Gruñí.
Lo sostuve con la mirada, fija, pesada. Lo habría insultado, mandado a la mierda, pero no sentía la lengua. Ni la cara. Nada cooperaba. No pude articular ni una palabra.
Inclinó la cabeza apenas, sin dejar de mirarme.
— Fue una locura… ¿sabés? —dijo en voz baja, suave, casi amable. Como si quisiera convencerme de que estaba a salvo. De que bajara la guardia.
¿En serio cree que soy estúpido?
No respondí. El silencio era lo único que tenía a favor. Él iba a seguir hablando. Iba a intentar que reaccionara, que dijera algo. Y mientras tanto, el que iba a aprender sería yo.
Esperó unos segundos. Luego hizo una seña mínima con la mano.
Detrás de él, una parte de la pared se abrió sin ruido alguno. Una puerta, camuflada a la perfección.
Entraron dos hombres armados cargando una silla.
Soldados. O eso pretendían. Equipados de pies a cabeza, rostros cubiertos salvo por la boca. Pero lo que me llamó la atención no fueron las armas, ni la postura, ni la vestimenta.
Fue el símbolo en sus hombros.
Una calavera roja. Seis tentáculos del mismo color extendiéndose desde ella.
No lo conocía.
Y yo conocía a la mayoría de las más importantes organizaciones criminales, terroristas o de trata de personas del mundo. Había trabajado con algunas. Había borrado a otras del mapa. Pero ese símbolo… no me decía nada.
O era un grupo nuevo.
O se habían escondido demasiado bien.
Lo segundo era lo más probable. El equipo, la infraestructura, la cantidad de gente dispuesta a pagar por su “espectáculo”… eso no se construye de la noche a la mañana. Tenían influencia. Tenían recursos. Y eran lo suficientemente cuidadosos como para que solo las personas correctas supieran de su existencia.
Y aun así, algo no cerraba.
Algo estaba mal.
O tal vez solo me dolía el orgullo de no conocerlos. Yo debería saber de una organización de este nivel. Debería.
— Parece que esto va a tardar un poco más de lo previsto… —dijo el médico, interrumpiendo mis pensamientos, mientras se sentaba en la silla frente a mí.
Cruzó las piernas con calma y apoyó las manos sobre ellas. Los soldados quedaron detrás, inmóviles, observando en silencio.
Fijé la mirada en ellos, apretando la mandíbula. Era una demostración de poder. No iban a dejarme jugar.
Volví los ojos al hombre. Ahora su expresión era más seria, aunque los ojos seguían divertidos.
No tenía nada de gracioso.
— Mira… Competidor 3-57, vam-
Lo interrumpí con un gruñido bajo, directo. Una advertencia. Tiré un poco de las esposas. Sentía cómo la anestesia empezaba a disiparse.
No me llamarían así. No lo permitiría.
— Así que sí entendés… —continuó, como si nada —. Tranquilo. Ese apodo ya no se va a usar más. Ya no vas a ser parte de esas peleas sin sentido.
Sonrió de lado. Torcido. No me gustó.
— Ahora sos parte de algo más grande. Un objetivo mayor. Digno de un soldado como vos. — Esas palabras me descolocaron de la conversación. —Deberías estar agradecido. Sorprendiste a muchos. En la pelea… y cuando casi atravesás un vidrio laminado con tus propios puños. Por eso fuiste elegido para un nuevo proyecto exclusivo. Del que ahora sos… el eje central.
No dije nada. Porque, por primera vez, no sabía qué decir.
Él lo notó.
— No te preocupes por los detalles —agregó, restándole importancia con un gesto—. Estoy acá para hablar de algo puntual.
Se inclinó hacia mí.
— Como el hecho de que… moriste.
Mis ojos se afilaron por instinto. La mandíbula se me tensó. La rigidez volvió a mi cuerpo de golpe.
Lo observé en silencio. Mi respiración se aceleró apenas, controlada.
No era el tema. Mi muerte ya no era novedad para mí. Además, literalmente tenia las cicatrices, muy notorias, de mi autopsia.
Lo que me revolvió el estómago fue su sonrisa. Ancha. Satisfecha. Como un científico frente a la rata perfecta. Como el maldito payaso.
— Pensé que no lo habías notado —dijo, animado—. Pero por tu reacción… lo sabías.
Se levantó de un salto. Gire rápidamente la cabeza, siguiéndolo con la mirada. Cauteloso.
— Así que vamos a ir directo al ello. Hacelo fácil. No te muevas.
Tocó la pared. Esta se contrajo bajo su tacto.
Un botón.
Mala señal.
Intenté tirar de las esposas, pero otras dos emergieron de la silla. Me sujetaron del cuello y la espalda. Inmovilizándome por completo. Me sacudí con violencia mientras la silla se reclinaba hasta transformarse en una camilla.
El médico volvió a mi campo de visión, ajustándose los guantes.
— Quiero saber cómo volviste a la vida.
No era una pregunta, ni una propuesta. Era una orden.
Gruñí. Fulminándolo con la mirada.
Ya tenía al primero de la lista. Tendría que conseguirme un cuaderno de notas.
Él se limitó a tocar el borde de la camilla, así, emergieron pantallas, herramientas, monitores. Tecnología médica avanzada. Observe cada una de ellos. Me centre en una, una pantalla en específico, donde se veía un holograma de mí, con mis datos físicos de un lado y, del otro, de mi mente.
Seguí su mirada. Observaba una pantalla. Imágenes de la pelea. De mis golpes. Del vidrio.
— Contrarrestaste la X-255 en minutos. Un humano normal tardaría días, tal vez semanas, pero con secuelas. Y vos saliste ileso. Tu capacidad física, tu factor de curativo… algo, una droga, un líquido radiactivo quizás, te devolvió a la vida. Y, a la vez, te mejoró.
Recién cuando el video se cortó. Volvió a centrarse en mí, y, de forma forzada, sonrió.
— Te habrás preguntado: ¿Por qué desperté tan débil? Bueno, irónicamente, la respuesta es la misma a él porque de mi falta de paciencia en estos momentos. — dijo, secamente. — Intentamos replicar eso tan especial que tienes. Tomamos sangre, analizamos, experimentamos, pero cada sujeto, sin excepción, terminaba perdiendo la cabeza,
Lo observe por unos segundos en silencio absoluto. No pensé mucho en el hecho de que me sacaron, y analizaron, mi sangre. Sino que intentaron experimentar con el pozo, o lo que tengo de él.
— Porque, tristemente, el único aspecto que falla en tu perfección es tu mente. —resoplo apenas. — Es como si la base de datos emocional se multiplicara, lo que provoca que la maquina se sobrecaliente y, finalmente, explote.
Ignore cualquier estupidez que salió de su boca.
Estaban locos. Totalmente zafados. Unos idiotas. Imbéciles.
Ya ni insultos me quedaban.
Mentira. RETRASADOS. Eso sonó a viejo…
¿Intentar replicar el pozo del lázaro? ¿Qué clase de estupidez es esa?
Mi sangre es un veneno. Bueno, eso es exagerado. Pero el punto es que está totalmente contaminada. El pozo solo sana cuando estas, pues, en el pozo, en mí, solo es un desecho toxico.
No pude contener la risa. No fue tierna, ni tranquila. Era entrecortada y ronca. Eso dejo confundido al hombre, que solo arqueo una ceja y se alejó unos pasos.
— Mira, doctor. Lo único, y poco, que tengo, y quiero, decir es que: Lo que sea que estén intentando hacer, no se lograra.
El me observo seriamente. Un tic en el ojo, leve, pero visible.
Obviamente, me dio mil años de vida.
— Es simplemente, metafóricamente y físicamente, imposible—recalque, mi voz salió pesada, me picaba la garganta, hace bastante que no hablaba. Hasta desconocí mi propia voz.
Una sonrisa apareció en su rostro. La mía se esfumo en cuanto la note.
— Queríamos la posibilidad de tener variedad, pero, si ese es el caso… lamentablemente, tendremos que jugar con un solo juguete. — Sonrió de oreja a oreja y se giró hacia los soldados. Les dio una simple seña, estos asintieron, y salieron de la sala con la silla en mano. El los siguió por detrás.
¿Juguete...?
Como si hubiera escuchado mis pensamientos, freno a centímetros de la puerta. Giro apenas el rostro, pero aun así note la sonrisa.
— Bienvenido a Hydra… proyecto SSH, o, para nosotros: Super-Soldier Hunter. —
Desapareció de mi vista. No pude procesar sus palabras hasta que las puertas se cerraron, y con ellas, mis ojos. Otra vez ese gas de mierd-
