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Capítulo I: El despertar
<<Ellos no nos querrán juntos, pero tú nunca has seguido sus órdenes, así que, ¿A quién le importa?>>
─Ugh… ¿Qué me pasó?─murmuró. Su voz áspera por recién haber despertado.
“¿Por qué me duele tanto la cabeza?” fue lo siguiente que pensó Xeno antes de abrir los ojos y no reconocer el lugar en el que estaba.
─¿Dónde… dónde estoy?─ habló perdido en sus pensamientos mientras admiraba el techo de ese lugar. Tan único. De hecho, todo en ese lugar parecía único y digno de un integrante de la realeza.
El techo tenía una pintura de una hermosa mujer, “Estoy seguro de que será alguna diosa por cómo está pintada.” dedujo, ¿y quién no? La mujer estaba pintada sobre una nube, su mirada perdida en el horizonte, su pelo tan blanco como la nieve y su piel pálida como la de un vampiro. Lo que más llamaba la atención eran sus ojos de un verde profundo el cual parecía querer hipnotizar a cualquiera que mirara. “Es, extrañamente parecida a mí, exceptuando los ojos. Qué coincidencia.”.
Su mirada se dirigió a las ventanas del mismo techo. A los lados dejaban entrar luces de colores vibrantes por los vidrios pintados. Las ventanas de las paredes tenían la misma forma, solo que eran de un vidrio común para que la luz solar pudiera entrar con facilidad.
Las sábanas de seda rojas de la cama quedaron en el olvido cuando se levantó con dirección a las enormes cortinas de las ventanas. Su propio pijama de seda, de un color vino oscuro y digno de un rey victoriano, seguía sus movimientos con elegancia.
─¿De qué será esta tela tan suave?─ se preguntó acariciando la tela con delicadeza. ─¿En qué clase de lugar estoy?─ intentaba recordar pero le era imposible.
Giró lentamente la cabeza para admirar el resto de la habitación, la cual se excedia en tamaño para su rol. Vió dos enormes puertas frente a su cama, solo que a unos cuantos metros, y a su derecha lo mismo, solo que estas estaban abiertas y dirigían a un gran baño.
─Pero que elegancia…
Todo estaba en tonos negros y grises. Paseó la yema de sus dedos por el borde de la bañera. Junto a ella en una repisa descansaban botellas de distintos tamaños, colores y formas.
Dirigido por la curiosidad, Xeno empezó a examinar las botellas una por una. Encontró una que parecía un shampoo, otra un jabón con un olor a lavanda encantador. Luego, caminó de vuelta a la puerta.
A la derecha de la entrada había un lavamanos, al lado de este un pequeño mueble parecido a una biblioteca con más botellas, además de unos tarritos los cuales también examinó con cuidado y escepticismo. Por último, casi enfrente estaba el inodoro, limpio y reluciente, como si no hubiese sido usado en mucho tiempo.
“Todo está cuidadosamente arreglado y cuidado… ¿Qué es esta extraña sensación de haber estado en este lugar antes?”
Salió del baño a paso lento dando otra mirada alrededor de sí, y por primera vez notó las puertas de vidrio que dirigían a un balcón.
Se acercó y abrió las puertas, yendo directo a la mesa que había a su izquierda. Dos sillas reposaban juntas detrás de la mesa, en esta un jarrón con algunas flores y un cenicero vacío. Caminó hasta la barandilla y admiró el paisaje, “Tenía razón,…”.
─...estoy en un castillo─ terminó en voz alta. Un atisbo de asombro en su voz al observar el jardín bien cuidado debajo del balcón donde estaba.
Su mirada se dirigió lentamente hasta la pared detrás de él. El castillo era más que enorme, no llegaba a ver el final, y cuando volvió su vista al frente, divisó parte del reino del cual asumió que era parte.
Entonces, en los pasillos a la distancia, lo vió. Un hombre de cabellera dorada y bien peinada. Tarde, se percató de que lo estaba mirando muy fijamente ya que el rubio se giró en su dirección y asintió con la cabeza siguiendo su camino.
Xeno no correspondió de inmediato. Por la distancia no podía verlo bien, pero le era conocido, demasiado, al punto de empezar a sentirse un poco incómodo y frustrado por no reconocerlo.
─¿Qué me pasa? ¿Por qué… no recuerdo nada? ¿Quién es él?─ las dudas empezaron a invadir su mente y enredarse unas con otras hasta que su mente se volvió un verdadero lío.
Decidió volver dentro y alejarse de quien fuese ese rubio antes de terminar con un nudo de ideas. En cuanto lo hizo se encaminó a la pared que estaba al otro lado de la habitación, donde había una especie de armario incrustado en la pared.
─¿Por qué pareciera que cada vez que me giro hay algo nuevo que antes no estaba?
Comenzó a revolver todo en busca de algo que ponerse. Paró cuando encontró un traje negro lo suficientemente elegante para sí y se apresuró al baño a cambiarse.
Una vez se cambió dejó el pijama sobre la cama, se dirigió hacia la puerta y sin pensarlo mucho la abrió y se encaminó en su búsqueda de información.
En cuanto puso un pie fuera de la habitación se encontró con dos mujeres barriendo las cuales se alarmaron cuando escucharon el sonido de la puerta y se quedaron perplejas al ver a Xeno.
Él quiso acercarse, pero ellas le imploraron que esperara dentro de la habitación mientras iban a buscar a alguien, no logró entender a quién. Sin embargo, Xeno no estaba de humor para seguir peticiones y siguió caminando en dirección contraria a la de las empleadas.
Caminó por un pasillo bastante largo lleno de ventanas y cuadros de antiguos reyes y príncipes. Al final del pasillo había una gran puerta la cual abrió sin pensarlo, encontrándose de frente con una biblioteca.
Las estanterías iban del piso hasta el techo, y enormes escaleras estaban descansando en cada una. Todo estaba dividido por género, y sin dudarlo mucho se acercó a una titulada “Magia”, pero en cuanto tomó un libro y lo leyó se dio cuenta de que eso era ciencia.
“¿Ciencia? ¿Qué es eso? Me suena extrañamente familiar, como si lo conociera de toda la vida, pero en realidad nunca la he escuchado- no recuerdo nada, quizás… sí la escuché.”
Antes de que pudiera seguir buscando hipótesis, sintió el peso de una mano firme sobre su hombro. Giró, sorprendido ya que no se había percatado de nadie entrando. Su mirada oscura como la noche chocó con un par ámbar tan brillante como el mismo sol.
Ninguno se movió, solo se quedaron perdidos en la mirada del otro. Entonces el rubio sonrió, en realidad intentaba ocultar su sonrisa, y lo abrazó con fuerza, no la suficiente para lastimarlo.
El cuerpo de Xeno se puso rígido al instante. Él no era alguien de contacto físico, pero algo en ese abrazo, en el hombre rubio, alto y de ojos tan brillantes como el sol, “¡Por dios Xeno! ¿En qué estás pensando?”.
─Disculpa, Xeno. Sé que odias el contacto pero…─hizo una pausa pequeña, como si no supiera si decir algo. ─…pero, te he extrañado tanto. No sabes lo difícil que ha sido seguir adelante sin tí.
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─¿Perdona…?
