Actions

Work Header

Still cathing feelings (for you)

Summary:

Después de cincuenta años juntos y una vida construida junto al mar, Trin y Tanwa celebran el simple milagro de poder seguir eligiéndose el uno al otro.

O: cuando Tailandia legaliza el matrimonio igualitario, Trin y Tanwa por fin pueden oficializar su matrimonio.

Notes:

Work Text:

Siempre volvían al mismo hotel donde se habían visto por primera vez para celebrar su aniversario.

El suelo de mármol relucía bajo la luz artificial de la vieja sala de piano. El tenue zumbido del gramófono en el rincón reproducía la misma melodía que habían bailado cuando eran jóvenes, en las sombras de su apartamento en París.

Tanwa se levantó del piano al escuchar la música y extendió su mano, una sonrisa dibujándose en las comisuras de sus labios.

—Vamos —dijo con voz suave—. Un baile más, Dr. Trin, antes de que las rodillas no te dejen.

Trin rió entre dientes y negó con la cabeza.

—Ya estamos demasiado viejos para esto —murmuró.

Pero su mano encontró la de Tanwa de todos modos, como siempre.

Se movieron lentamente por la sala, sus cuerpos balanceándose al ritmo. La palma de Tanwa reposó sobre la curva de la espalda de Trin, firme y familiar. Trin se inclinó hacia él, aspirando el suave aroma a jazmín que aún se aferraba a la camisa de Tanwa.

El silencio de la sala junto al murmullo del gramófono los envolvió en una pequeña burbuja. El guardia de seguridad en la puerta levantó la vista una vez, luego sonrió y se dio la vuelta, dándoles privacidad.

—¿Recuerdas la primera vez que bailamos juntos? —murmuró Tanwa, con la sonrisa que siempre acompañaba ese recuerdo.

—Aquí en Bangkok —respondió Trin—. Tenía miedo de que alguien nos viera. Pero no pude aguantarme. Quería bailar contigo.

Tanwa apoyó su frente contra la de Trin.

—Y todavía lo haces, después de todos estos años.

Giraron lentamente, el mármol reflejando sus figuras: dos ancianos de cabello plateado, moviéndose como si el tiempo no hubiera pasado. Sus pasos eran ahora más cuidadosos, pero sus risas —mientras Trin hacía girar a Tanwa— seguían siendo jóvenes.

 


 

Una tarde calurosa, la radio anunció algo que habían estado esperando durante años: Tailandia legalizaba el matrimonio igualitario.

Trin dejó la taza de té sobre la mesa cuando Tanwa lo miró con los ojos húmedos.

—Hemos estado casados de corazón toda la vida —murmuró Tanwa—. Pero ahora nuestro país lo reconocerá.

Trin le tomó la mano y dejó un pequeño beso en su palma.

La oficina del distrito no era romántica.

Las luces fluorescentes zumbaban en el techo y una pequeña fila de parejas esperaba con tickets numerados en la mano. Pero para Trin y Tanwa, era algo que jamás imaginaron vivir.

Habían traído dos testigos: Sucha y su nieto May, que insistió en tomarse el día libre para acompañarlos.

—¿Estás nervioso? —preguntó Tanwa, mientras Trin le ajustaba el cuello de la camisa.

Trin resopló.

—Llevo cincuenta años viviendo contigo. Ya nada me asusta.

Su número apareció en la pantalla: A‑042.

Caminaron juntos hacia el mostrador, rozándose los dedos. La empleada levantó la vista y sonrió mientras les deslizaba un fajo de formularios. Debían llenar sus nombres, direcciones y firmas.

Simples líneas en un papel que, de alguna manera, cargaban con el peso de décadas.

La mano de Trin tembló levemente al firmar. Tanwa puso su mano sobre la suya por un momento, estabilizándolo.

Sucha se secó los ojos discretamente. May sonreía de par en par sosteniendo la cámara del teléfono.

—Eso es todo —dijo la empleada con cariño mientras sellaba la última página—. Ya están legalmente casados.

Eso era todo. Solo un sello, una sonrisa y cincuenta años finalmente reconocidos.

Se apartaron para las fotos, como todos hacían.

May levantó su teléfono.

—Ahora acérquense. Finjan que se gustan.

Tanwa rodeó la cintura de Trin con un brazo, riendo. Trin se inclinó hacia él, suave y natural, con la práctica de toda una vida.

La cámara sonaba con un click cada vez que tomaba una foto tras otra. Una con los testigos. Otra con el certificado en alto, sosteniéndolo con orgullo.

Cuando salieron del edificio, el sol brillaba y el aire olía a comida callejera de un vendedor cercano.

Tanwa exhaló, larga y lentamente. Trin le tomó la mano abiertamente, algo que todavía no hacía a menudo en público, incluso después de tantos años.

—Vamos a casa —dijo suavemente.

Y lo hicieron. Dos ancianos, caminando uno al lado del otro, casados por fin.

 


 

La playa frente a su casa se había convertido en un lugar seguro desde que decidieron volver a Tailandia.

El mar siempre había sido su testigo, desde aquella vez que Trin se atrevió a besarlo y apartó el cabello largo de Tanwa detrás de su oreja. Lo que alguna vez fue un enigma al que Trin no podía resistirse, ahora era su compañero de vida.

Descalzos, caminaron por la cálida arena. La brisa marina alborotaba el cabello plateado de Tanwa, y Trin rió suavemente, recordando al chico de cabello largo del que se había enamorado.

Luego se sentaron en el porche, a la orilla del mar. El oleaje susurraba y el horizonte brillaba con los últimos destellos del atardecer.

Trin tomó la mano de Tanwa sobre la mesilla que los separaba.

—Esperamos cincuenta años —murmuró Trin.

Tanwa le besó la mano.

—Y esperaría cincuenta años más si eso significa terminar aquí, contigo.

La marea subía y bajaba, inmutable, llevándose su amor mientras traía la noche.

Por un instante, las décadas se desvanecieron. Eran jóvenes de nuevo en sus recuerdos, desafiando al mundo a cambiar, cada uno a su manera, desafiándolo a permitirles amar. Pensaron en todas las personas que habían conocido y que nunca tuvieron esa oportunidad.

Siguieron tomados de la mano hasta que las estrellas aparecieron en el cielo, frente a la casa que habían construido con amor. Sus corazones latiendo a un mismo ritmo.