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Cuentos de Medianoche

Summary:

Derrotados y casi sin esperanza, la familia Haddock se ve obligada a viajar una vez más tras el enésimo sabotaje de su primogénito a su propio compromiso matrimonial.

En busca de un pretendiente aceptable, Stoick logra concretar un nuevo acuerdo con la familia Saint, residentes del pequeño pueblo de Burgess: un lugar envuelto en historias antiguas y leyendas que ninguno de los Haddock conoce.

Mientras pasan los días hasta la tan temida primera visita entre ambas familias, Hiccup intenta mimetizarse como el nuevo maestro de la escuela local, sin más alternativa que aceptar su destino... o al menos fingir que lo hace.

 

|| Basado en "Las aventuras de Ichabod Crane" de Disney ||

Notes:

(See the end of the work for notes.)

Work Text:

Allá cuando las grandes ciudades aún no dejaban huella, en un pequeño lugar de frondosos bosques, estaba la aldea de Burgess. Y más allá hacía el norte, yacía rodeada de flora un pacífico sitio de tierra santa, que bajo las tinieblas de la noche se volvía en un lugar macabro lleno leyendas y superstición.

 

Nos situamos en ese pintoresco pueblo, que tan bien recibió a una familia especial. ¿Quiénes eran? Bueno, eso es parte de historia por contar. 

 

 

A lo lejos se podía escuchar el galope de los caballos acercándose a la peculiar Burgess. Junto a un carruaje que deslumbraba estatus, un par de corceles galopaban a la par de los otros dos que tiraban del transporte. A la vista y disfrutando del tenue sol, dos mujeres veían desde la comodidad de sus asientos como padre e hijo parecían tener una charla.

 

— ¿Crees que se lleven bien, Astrid? — Preguntó la mujer de cabello ondulado y castaño, observando con algo más que preocupación a ese pueblo que se hacía más grande. — Nos costó tanto encontrar otro pretendiente...

 

— No se preocupe, Valka. Ya está amenazado, es este compromiso o patitas para la calle. — La respuesta de la joven no pareció tranquilizar a la mujer, quien solo pudo soltar un suspiro por la franqueza de su consejera. 

 

La fuerte risa del chófer atrajo sus miradas, la rubia solo soltó un pequeño resoplido mientras reprimía una risa y volvía a anotar sobre la pequeña libreta que llevaba. — ¿Ahora que es tan gracioso, Goober?

 

— ¡Oh, nada, Astrid! Solo me divierte ver cuanto desconfían de Hiccup. — Dijo el rubio mientras mantenía el ritmo en sus caballos. 

 

— Rechazó a la joven Elsa de Arendelle e hizo el ridículo con la señorita Anna. — Astrid le recordó al hombre, fijando su azul mirada en su nuca con tanta fuerza que podría degollarlo. — Lo mismo sucedió con la familia Hamada, los Corona, los Dumbroch, lo... — El carraspeo de Valka detuvo de golpe la lista de rechazados que tenía anotada y cada vez se hacía más grande.

 

— ¡Está en la etapa más rebelde de nuestros ancestros! Tenganle un poco de paciencia, por Thor. Pronto encontrará a alguien que lo complemente.

 

— No tenemos tiempo para eso, Goober — Le recordó Valka, haciendo que el hombre soltara un suspiro de pena por su querido ahijado. A veces olvidaba como eran esas extrañas normas de la alta sociedad. — Los matrimonios son solo para beneficio de las familias y de los herederos...Que se amen es lo último, con el tiempo se acostumbrarán.

 

— Pero tú y Stoick se enamoraron, aunque eso haya sido sin que supieran que ya estaban comprometidos.

 

Uff...Me gustaría que Hiccup tuviera la misma suerte que nosotros — Astrid apoyó suavemente su mano sobre el brazo de la mujer, mostrándole apoyo ante esa agotada expresión en su rostro.

 

Y tan imprevisto como para quitarle el dolor de cabeza, una fuerte brisa pasó por el lado de ambas, llevando consigo lo arreglado del peinado de la joven consejera. 

 

— ¡Hiccup! — Pudo escuchar gritar a su esposo, el cual no intentó seguir al chico en su corcel. Tampoco le reprochó nada, tanto hombre como caballo compartían el agotamiento. Aunque Skullcrusher fuera rápido, no lo era tanto como Toothless. — Este chico me está sacando canas verdes...

 

— ¡Son los 20! ¡Nosotros también fuimos así! — Les recordó Goober sin dejar de mirar al camino.

 

— Puedo seguirlo si así desean, jefes — Propuso rápidamente Astrid, poniéndose de pie de un salto para desatar a Stormfly del carruaje, aunque al final fue detenida en seco.

 

— Esta bien, querida...No hay nada que podamos hacer — Dijo Stoick, ordenandole a tomar asiento nuevamente, a lo que ella no pudo negarse.

 

Aunque Hiccup se había salvado de una regañada por parte de sus padres, no lo haría con ella. Que se cuidara ese imprudente chico, por que ni bien lo atrapara necesitaría, como mínimo, una semana de descanso de la golpiza que le iba a dar.

 

___________________

 

 

 De cabellos rebeldes y castaños cual otoño, la mirada frustrada del primogénito de la familia se mantenía fija en lo que sería su futuro hogar. Yendo al compás del viento, tanto él como Toothless parecían ser un halcón volando en picada a pesar de estar en tierra firme.

 

Aunque tampoco le gustara, inevitablemente atrajo las miradas de los pueblerinos cuando aquel imponente caballo de pelaje y crin negra pasaron a una velocidad increíble, levantando todo lo liviano a su paso.

 

— ¡Que me tengo que casar! ¡¿Puedes creerlo, Tooth?! — Dijo al aire el de pecas, recibiendo un relincho de su fiel amigo, que estaba igual de estupefacto que él por aquella obligación que debía cumplir como primogénito y futuro heredero.

 

Tras recorrer los distintos senderos rodeados de casas y negocios, algo más apartados de los demás, Hiccup finalmente se detuvo en aquella gran casa que se veía claramente vacía y con un establo junto al gigantesco jardín trasero.

 

— Momento de descansar, amigo... — Tuvo que aceptar al ver el sol ocultándose lentamente. A pesar de las quejas de Toothless, tiró suavemente de sus riendas para guiarlo a su lugar de descanso no sin antes quitarle su silla y revisar cuidadosamente que aquella prótesis en su pierna izquierda siguiera en buen estado.

 

— Todo en orden. A los dos nos falta la misma pierna, si uno la pierde, el otro también — Bromeó con algo de amargura el muchacho, dándole un abrazo a su compañero. Si por el fuera, se quedaría a dormir en el establo aunque muchos se quejaran del olor.

 

Pero a pesar de su odioso destino y obligación, al menos podía disfrutar algo más que la compañía de Toothless. Un pequeño trabajo le esperaba en la escuela del pueblo, donde – con mucha suerte – no levantaría atención alguna al ser solo un profesor. Podría huír de ese fastidioso trato preferensial que tanto tenían hacia los nobles. En los anteriores pueblos antes de Burgess siempre fue un martirio. Al menos hasta que se le dio por rechazar deliberadamente a su pretendiente de turno.

A regañadientes y sabiendo que un regaño le esperaba cuando el carruaje llegara, Hiccup solo se tumbó en el césped, viendo el anaranjado cielo poco a poco dejar a la vista las estrellas y a la espera del regaño de Astrid para que ayudara a desempacar.

 

Mañana sería otro día, con suerte uno bueno.

 

___________________

 

 

Esta vez a pie y sin querer llamar la atención, Hiccup caminaba a su ritmo mientras observaba lo encantador que era el paisaje. Con maleta en mano e intentando lucir presentable, mas no impecable, el joven lentamente se acercaba a la ajetreada aldea por la que había pasado el día anterior.

Para ser tan temprano en la mañana, la gente ya había iniciado su día antes del amanacer y los sonidos de una vida provincial se volvían más vivos a cada paso.

 

Las mujeres con niños pequeños en brazos caminaban de un lado a otro haciendo las compras del día y las personas trabajadoras anunciaban sus productos frescos con tanto entusiasmo que, por poco, lo dejaban sordo al pasar cerca de una pescadería.

A pesar de contar con servidumbre que ayudaran en casa, siempre le había agradado fingir que tenía una vida donde él se encargaba de hacer las compras e intentaba ayudar en la cocina cada que tenía oportunidad.

 

Pasando frente a una panadería, pensó dos veces antes de animarse en comprar algo de levadura y así preparar algún postre para su familia.

 

— ¿En qué te puedo ayudar...? Ehm...tú — Un chico de cara alargada, cabello rubio mal atado, cubierto en harina y con delantal, había aparecido de manera espontánea frente suyo. 

 

— ¿Eres nuevo aquí? No me suena tu cara.

 

Hiccup se iba a limitar a evadir la respuesta con su pedido, pero un inesperado grito provino dentro del lugar y — en un pestañeo — el muchacho fue mandado a volar del mostrador al suelo. Entonces, una chica que era la copia exacta a él tomaba dominio de su puesto.

 

— Hola guapo ¿Y tu nombre? No eres de aquí, ¿Verdad? — 

 

— ¡Fuera de aquí, Bruta! ¡Es mi cliente! — Dijo el rubio desde el suelo, levantándose de golpe para jalar de la frondosa trenza de la muchacha para apartarla.

 

— ¡¿Ah sí?! ¡Pues no veo tu nombre en él!

 

En menos de lo previsto, ambos gemelos iniciaron una discusión que ni siquiera el fuerte regaño de la mujer encargándose de los hornos pudo detener. Dejando el trabajo un rato a su esposo, la señora — cabellos igual de rubios y muy parecida a ambos hermanos — se colocó en el mostrador.

Con una mirada incluso más ruda que la de sus hijos, la mujer tomó rápidamente el pedido del joven, trayendolo más rápido de lo que sus hijos podrían hacerlo.

 

— Serían 3 monedas — Dijo ella, escaneando de arriba a abajo al chico. — Tú eres el nuevo profesor .

 

Hiccup se quedó helado, aun así intento extender su mano para actuar con naturalidad. — Ehm...Sí, ¿Cómo lo supo? — Preguntó entre pequeñas risas en un intento de disipar sus nervios y amistar la conversación.

 

— Haz sido la sensación del pueblo cuando se supo de tu llegada, ¡Suerte con esos demonios! Ni sus madres los quieren en casa. — Dijo ella, entregándole una risa sarcástica mientras limpiaba sus manos con un trapo húmedo para quitar los restos de ollín.

 

— Sigrid Thorston — Aquel nombre llamó su atención en un chispazo. Goober siempre decía "Los vikingos reconocen a su gente", cosa que no creía cierta. Al menos hasta que conoció a Astrid y, ahora, a la Sra. Thorston.

 

Claro que no podía ser mal educado con los suyos, por más que le gustaría mantenerse en el anonimato, un trabajo como profesor era sumamente contraproducente.

 

Aceptando sin más ese hecho, Hiccup sonrió con gusto a la mujer antes de estrechar su mano firmemente. A pesar de querer mostrarse fuerte, la mujer tenía más fuerza que él, cosa que demostró al casi dejarlo sin mano.

 

— Hiccup Haddock. Mucho gusto.

 

Al igual que él, la mujer abrió los ojos sorprendida y empezó a sacudir el apretón ni bien reconoció la procedencia tan antigua del apellido.

 

— ¡Vaya, otro descendiente de vikingos en el pueblo! ¡Que gusto tenerte aquí! — Dando por finalizado ese saludo, la entusiasmada mujer llamó tanto a su esposo como a sus dos hijos para presentarles formalmente al muchacho, siendo amigablemente recibido por aquellos que algún día los unieron sus antepasados.

 

— ¡Un Haddock! Directo de la realeza. Que suerte la tuya, muchacho. Espero te guste Burgess, es un increíble lugar para vivir. — Dijo el hombre de familia, finalmente dejándolo libre de más preguntas para que siguiera con su día.

 

Sin esperarlo, la Sra. Thorston terminó devolviéndole dos de sus monedas a pesar de su insistencia, también llevándose consigo los nombres de los gemelos Tuffnut y Ruffnut, quienes desearon poder verlo más seguido por el pueblo.

 

Finalmente frente a la rustica estructura, Hiccup contemplaba lo que a partir de ahora sería su segundo hogar. Aunque tradicionalmente los maestros podían vivir en una habitación extra dentro de las mismas escuelas, podía aprovechar aquel espacio para sus proyectos como el aficionado inventor que era.

Con las escandalosas voces de los niños traspasando las paredes, Hiccup soltó un profundo suspiro mientras tomaba algo de fuerza para adentrarse en ese lugar lleno de miradas y niños que podrían ser difíciles de manejar. Sus ancestros peleaban contra dragones a puño limpio, un grupo de niños no podía ser gran cosa mientras jugara todas sus cartas a su favor.

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Como era de esperarse, los niños acabaron con él. A pesar de la buena actitud que había mantenido casi todo el día, en algunos punto perdió el mandato en ese lugar, desencadenando un golpe de estado.

Los recuerdos de esos tutores que estuvieron con él hasta su tardía adolescencia, traían a colación un detalle que tampoco le gustaba del todo. Él era el adulto dentro de toda esa jungla. Si él quisiera, con un solo golpe podría calmar todo y a todos.

Aquella regla de madera parecía llamarlo en silencio, cosa que le dio escalofríos al recordar todas las veces que fue víctima de la misma, ¿Esos golpes habían funcionado? Claro que sí, le enseñaron lo que era el miedo a cometer un simple error.

 

Dejando de lado esa alternativa atroz, intentó una vez más llamar la atención de todos alzando la voz y palmeando un par de veces. Por lo menos logró devolver la atención a él unos segundos.

 

A nada de perder toda esperanza, el inesperado retumbar del metal al ser golpeado cayó la estancia entera. Habiendo sentido un pequeño temblor en – lo que quedaba – de su pierna izquierda, bajó la mirada con tal de verificar si había sido su prótesis el lugar de impacto. Un pequeño lápiz se encontraba a sus pies. Eso sí que había sido muy irrespetuoso.

Antes de poder lanzar un debido regaño, la mano levantada de una alumna se llevó su atención. "Pipa" Recordaba.

 

— ¿Si, Srita. Pipa?

—...¿Fue su pierna? — Los cuchicheos empezaron a rondar por todos lados y aunque tenía la idea de responder la pregunta y seguir como si nada, su mente aprovechó el momento.

 

Los niños eran curiosos por naturaleza, ¿Por qué no aprovechar eso para retener su atención en clase?

 

Sonriendo con nueva confianza, Hiccup no perdió la oportunidad de explicarles una pequeña historia sobre un niño y un corcel en un encuentro con delincuentes. Cuando finalmente tuvo la oportunidad, la tela que cubría su prótesis fue ligeramente alzada con tal de demostrar la marca eterna que llevaría por el resto de su vida. Algo que le enseñó sobre lo malo que podía ser la imprudencia.

Expresiones tanto de sorpresa como de horror eran muy comunes cuando conocían ese pequeño detalle que, en cualquier otro estatus social más bajo, lo haría un inútil. Lamentablemente, el apodo de fenómeno siempre estaría ahí incluso si fuera de la realeza.

Siendo ensordecido por todas esas preguntas en unísono, Hiccup intentaba pedirles que se turnaran para hacer sus preguntas de forma más clara. Pero a pesar de sus esfuerzos, ninguno parecía dispuesto a escuchar o siquiera a obedecerlo.

Sin embargo, entre tanto caos hubo alguien que seguía manteniendo una actitud serena. Destacando por ser el único que levantó la mano, Hiccup vio a ese pequeño quien no dudo en hacer contacto visual directo.

 

— ¿Cuál es tu pregunta, Jamie? 

 

— ¿Ese accidente fue un momento de inflexión en su vida? ¿Te detuvo de lograr algún sueño?

 

Y después de eso, Hiccup entendió por qué una especie de aura peculiar emanaba de ese niño. Esos ojos brillantes y llenos con curiosidad y una ambición, sutil pero creciente, no eran de un niño cualquiera. Para todos esos años siendo profesor, una mirada así nunca la había visto. 

Pero aunque esas preguntas lo hicieron tambalear, tuvo que fingir calma mientras reflexionaba un poco (o al menos fingía hacerlo). En definitiva, desde ese momento todo había dado un giro enorme.

 

Sus padres, temerosos por no encontrarle prometido por su defecto, empezaron con esas insufribles búsquedas para así "asegurarle una buena vida" con tan solo 15 años. Si eso no fuera poco, su deseo tan sólido de querer viajar por el mundo había quedado hecho trizas.

Ni su prótesis ni la de Toothless eran perfectas. Mucho tiempo en uso era doloroso, aún tenía cosas que mejorar. Aquello no podía ser parte de un viajero herrante. No podría defenderse ni del más mínimo peligro.

 

— Claro que sí.

 

El silencio volvió a llenar el pequeño lugar y la garganta le ardía de tan solo recordar el momento donde ocurrió la tragedia. 

 

— Siempre quise viajar, pero ahora no puedo caminar sin verme como un anciano. — Las inocentes risas refrescaron un poco el ardor de hablar sobre sus sueños inconclusos.— Toothless tampoco puede correr por mucho tiempo. Debo estar pendiente a que su prótesis esté lo mejor posible. 

 

— ¿Por qué se llama Toothless su caballo? — Preguntó otro niño en la fila del fondo.

 

— Porque no tiene dientes, ¡duh! — dijo Caleb, uno de los gemelos McFallen. 

 

Aunque quisiera, fue inevitable soltar una pequeña risa ante las ideas tan ocurrentes. Ahora con toda la atención sobre él, con solo toser suavemente las miradas volvían a su figura. 

 

— Buen intento, joven McFallen. Los potros suelen nacer con dos dientes de leche, sin embargo, Toothless no tuvo ninguno en su nacimiento. De hecho, no tuvo dientes de leche, cuando alcanzó la adolescencia empezaron a crecer los permanentes.

 

Para suerte de Hiccup, tantas preguntas le dieron pase libre a cambiar de manera armónica hacia el tema inicial, casi olvidado hasta por él mismo.

Cuando la campana de la iglesia resonó desde la distancia, todos los pequeños ya habían guardado sus cosas con tal de ser los primeros en salir. Todos, menos aquel peculiar chiquillo que había rechazado la invitación de sus amigos y seguía leyendo de lo más tranquilo en su pupitre.

Hiccup intentó hacerse el loco por unos momentos, pensando que Jamie solo quería terminar la página que leía. Se dio cuenta de lo equivocado que estaba cuando Jamie pasó a la siguiente hoja, y a la siguiente, y a la siguiente.

Finalmente, aclaró su garganta de forma incómoda para hacer notar su presencia.

— Ya es algo tarde, Jamie. Tus padres deben estar preocupados de que no has llegado a casa — Habló tranquilamente, conforme tomaba nuevamente su maletín. 

 

Para su suerte, Jamie entendió de inmediato el sutil mensaje; guardando enseguida su libro para ponerse de pie.

— No es gran cosa. Mi escolta suele venir cuando me tardo demasiado — Esa pequeña aclaración provocó un tic en los ojos verdes.

Hace no mucho había logrado que sus padres cambiaran el rol de Astrid de escolta a consejera. No era muy cómodo recordar esos momentos de la adolescencia donde ella — por orden de sus padres — prohibía que cualquiera se acercara a él.

Pero dejando de lado su peculiar vida, su mente trajo un pensamiento más normal.

— ¿Escolta? ¿Eres de la burguesía? — Salió antes de siquiera pasar por su filtro tan bien construido que sus padres se habían encargado de formar. Internamente y para este punto, Hiccup solo aceptaba que nunca podría ser bien visto por los ojos de lo que, se suponía, era su misma clase.

Ese par de ojos llenos de estrellas lo observaron con notoria duda y temor. Hiccup lo entendía. Era ese miedo inminente de ser odiado por nacer en una de las partes más altas de la cadena alimenticia.

— No — respondió de inmediato Jamie, apretando con fuerza su mochila.

Cerrando bajo candado la puerta de madera, tardó unos segundos en encontrar las palabras correctas. O al menos las que le hubieran gustado escuchar cuando era niño.

— Que lo seas no cambiará que eres mi alumno y que sigues siendo tú.

Sin permitir que Jamie respondiera, una tercera voz apareció desde la lejanía. En segundos, una figura femenina emergió de los arbustos cercanos entre risas joviales y balbuceos imperceptibles, muy probable para ella misma.

— ¡Joven Bennett! — exclamó con una gran sonrisa mientras se limpiaba las hojas enredadas en su cabellera oscura.

De tez morena e iris de un extraño violeta, aquella chica de prendas verdes y rejillas metálicas, se arrodilló sobre una rodilla mientras tomaba de los hombros al chiquillo.

— ¿Por qué siempre tiene que tardar tanto? ¡Su padre estaba preocupado por su ausencia! — dijo conforme ordenaba de manera casi automática las prendas del menor.

— Lo siento mucho, Thiana.

Con esa sonrisa amable, Thiana dejó en claro que no había necesidad de disculparse, así volviendo a ponerse de pie para encarar al inmóvil Hiccup, quien había luchado por lucir de piedra y no interrumpir nada.

Si esto no era ya lo suficientemente incómodo, la clara diferencia de altura obligó a Thiana a levantar demasiado la vista y a Hiccup a que el cuello le doliera por estar tanto tiempo viendo hacia abajo.

 

— Hiccup Haddock, maestro del joven Jamie — se presentó con un incómodo apretón de manos, el cual fue devuelto con vehemencia y una fuerza tan cercana a la de Astrid que por poco temió perder la mano.

 

— Thiana Farry. Escolta del joven Bennett.

 

Tampoco hubo mucho que decir. Un par de reverencias y un "Hasta mañana" fue suficiente para finalizar la interacción, mientras escolta y niño se alejaban del lugar poco a poco.

Fue un poco difícil para Hiccup olvidar ese sentimiento de incomodidad masticando su columna. Soltando un largo suspiro y palmeando sus piernas para darse valor, dio media vuelta, caminando lentamente hacia su hogar.

Al menos podría tomar una pequeña siesta junto a Toothless antes de tener que cenar con sus padres.

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Cuando ambos cruzaron la puerta de entrada, una multitud de sirvientes se acercaba genuinamente preocupada al pequeño Jamie, quien con once años, no se acostumbraba a tanta atención.

Entre tantas preguntas sobre el porqué de su tardanza, la presencia del mayordomo en jefe disolvió el grupo de mujeres en menos de un instante.

 

— Otra vez tarde, joven Overland — sentenció el hombre, extendiendo la mano para tomar tanto el abrigo como las pertenencias de Jamie. — Por suerte, su padre está ocupado regañando a su hermano.

 

— ¿Volvió a jugar con la dignidad de sus pretendientes? — preguntó sin más, recibiendo una respuesta afirmativa de Easter y la risa de Thiana. — Me prometió que los haría conseguirme libros nuevos.

 

— Y no lo olvidó, señorito. — Dejando las cosas en la estantería personal de Jamie, Easter tomó un par de libros que su hermano mayor le había entregado antes de ser arrastrado hacia la oficina de su padre.

 

Ese rostro apagado se iluminó de inmediato al observar las nuevas adquisiciones que su hermano mayor había conseguido solo para él. En definitiva, era muy mimado por él. Ni siquiera su padre — consentidor por naturaleza — lo dejaba tener todo lo que pedía.

 

Agradeciendo con un abrazo a escolta y mayordomo, Jamie subió las escaleras entre saltitos, entrando sin previo aviso a la oficina del Sr. Overland e interrumpiendo a propósito el regaño a su hermano.

 

— ¡Buenas tardes, padre! — Saludó Jamie con una sonrisa tan hermosa y llena de ternura que hizo desaparecer el enojo de su progenitor.

 

— Pequeño, ¿Qué te dije de tocar la puerta antes de entrar? — Habló el viejo hombre aceptando con una fuerte risa el abrazo de su hijo menor y dejando un exagerado beso sobre esos mechones castaños.

 

Aunque no lo hubiera escuchado pedirlo, Jamie finalmente fue a abrazar con total alegría al que había conseguido ese par de libros para él, siendo aceptado gratamente.

 

— ¿Cómo te fue en la escuela, principito? — preguntó su hermano con esa reconfortante y blanca sonrisa. Haciendo un espacio en la espaciosa silla, Jamie saltó de inmediato a ocupar su lugar.

 

— ¡Increíble! ¡El nuevo profesor es genial!

 

— ¿Nuevo profesor, dices? — Aunque era una pregunta común a la vista de Jamie, North rápidamente detectó ese ligero cambio en su tono de voz, sin mencionar esa mirada tan conocida por iniciar todos sus dolores de cabeza.

 

— Te prohíbo acercarte a esa escuela, Jackson — Sentenció North.

 

Y de repente, aquella conversación ya no era más sobre el comportamiento problemático del primogénito Overland. Escuchando con atención las palabras de su hermanito, Jack agradecía que hubiera aparecido en el momento más oportuno para detener los regaños de su padre.

 Aquella conversación fue llevada a la gran mesa del comedor familiar. El chef personal de la familia, Sandy Mann, había cocinado los platos más exquisitos que nunca dejarían de encantar a los Overland.

 

Al mismo tiempo, a varios metros de distancia, el silencio del comedor Haddock contrastaba ferozmente con la calidez del de los Overland. Aunque hubo miradas fugaces, ninguno se atrevía a pronunciar ni la cosa más casual.

Valka sabía que el único interés de Stoick era poner sobre la mesa el tema del compromiso, Stoick empezaría a darle por millonésima vez aquella charla que solo enfurecía a Hiccup, y Hiccup simplemente nunca fue de hablar sobre su día.

 

— Muy buena sopa, Goober — Elogió Astrid en medio del silencio, recibiendo un suave "hmm" desde el otro lado de la enorme mesa.

 

Eran cinco en ella y, por alguna razón, se sentía más inmensa de lo que ya era.

Casi al mismo tiempo, ambos primogénitos se levantaban de su lugar una vez acabadas sus cenas y se dirigían a sus cuartos. Jack, siendo seguido por Jamie, como de costumbre; Hiccup en silencio y sin compañía alguna.

 

Pero por más que la soledad era lo más usual en la vida del joven Haddock, era su mejor compañera cuando se trataba de llevar al papel las ideas que volaban en su mente, buscando captar su atención y ser plasmadas con tinta y pluma.

Inundando las hojas de su libreta, acaparando el espacio que debía ser para sus próximas clases, un nuevo prototipo de pierna para Toothless estaba siendo perfeccionado poco a poco. Su meta era devolverle una vida normal a su amado compañero, haciendo oídos sordos a los miles de estudios y anécdotas donde daban pocas esperanzas de vida a aquellos desafortunados que perdían una extremidad.

 

Lo que era un momento de inspiración se volvió en fastidio al ver cómo una de sus mayores inquietudes lo interrumpía durante los picos de creatividad. Escenarios donde sus padres lo forzaban a contraer matrimonio lograba que la pluma en su mano temblara; manchando sin remedio los trazos limpios.

De manera automática, tocó con sus nudillos tres veces la mesa de noche. No dejaría que su mente lo volviera a estrangular en medio de un momento relajante.

 

Dejando el cuadernillo sobre el mueble, Hiccup arregló el pequeño atrapa sueños que descansaba sobre la cabecera. Por último, apagó con suma delicadeza la farola que lo iluminaba, acurrucandose bajo las cobijas para dormir.

 

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Con una semana en la escuela, una fama inesperada había llegado a su vida. Se decía que tenía un encanto peculiar, pero hasta ahora ni el mismo Hiccup entendía a lo que se referían los demás.

Ordenando un par de papeles en su habitación, charlaba casualmente con Astrid, la cual se mantenía vigilante tras las elegantes cortinas cubriendo el ventanal. Manteniéndose a una distancia prudente para evitar ser vista, analizaba con suma atención a las curiosas personas que pasaban frente los jardines principales.

Aunque intentaran lucir despistados, la Hofferson ya había deducido sus curiosas miradas. Madres e hijas de buen porte pasaban frecuentemente, tentando al destino para cruzarse con el apuesto profesor.

 

— Actúas como mi mamá — bromeó Hiccup, observando cómo Astrid se cruzaba de brazos mientras seguía analizando a tantas pretendientes emergentes.

 

— Me pagan por ser así — Por más que sus palabras no fueran en son de broma, Hiccup soltó una carcajada. Con ese rostro enojado y ese tono apático, lo encontró cómico.

 

Tomando aire, Hiccup siguió añadiendo eventos a su agenda. Con tantas invitaciones a cenar en casa de sus alumnos, tendría que empezar a declinarlas para poder descansar.

 

Ya sea por buena o mala suerte, al menos no tendría que lidiar con sus padres sobre el tema del compromiso por seis cenas consecutivas. Ordenando sus pensamientos y, sobre todo, sus notas, se levantó del asiento para dirigirse hacia la salida.

 

— Hoy tienes el día libre. Goober ya sabe que puedo ir a la librería sin escolta — recordó Hiccup a Astrid, quien ya tenía el hacha en mano.

 

— ¿Estás loco? La mitad de la población femenina está esperando a que salgas por esa puerta — señaló Astrid, incrédula por la estupidez que acababa de decir el joven amo.

 

Para nada convencido, Hiccup se aproximó sin cautela al borde de la ventana. Moviendo las blancas cortinas, dio un vistazo hacia la entrada principal de la casa.

Al instante que los mechones castaños se asomaron por el cristal, las risillas y saludos de varias damas se escucharon sobre el bullicio del día. Saludando por educación, Hiccup — avergonzado por tanta atención repentina — intensificó el saludo cuando divisó a algunos de sus alumnos jugando detrás de las coquetas damas.

 

— También quedé con algunos de mis alumnos para tutorias privadas. Se nota que la mayoría de profesores que pasaron por aquí no fueron los mejores — "Vaya observación. Ni me había dado cuenta" pensó Astrid, conforme el Haddock se retiraba de la habitación. Con ese nuevo dato en mente, no sabía si advertir a los señores Haddock. 

 

En cuestión de segundos, la idea fue descartada de inmediato. Chismearía de ello junto a Goober antes de la cena.

 

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Apelando a la educación, Hiccup pidió espacio con amabilidad. Para fortuna suya, todas las presentes accedieron de inmediato a despejar las mesas donde varios alumnos esperaban impacientes a que sus madres y/o hermanas se callaran para prestar atención al maestro.

Aun siendo una clase de matemáticas bastante aburrida, de alguna manera Hiccup lograba mantener a las dispersas mentes en orden. Al menos así fue hasta que el galope descontrolado de un caballo irrumpió la lección.

Relinchos frenéticos se acercaban en la distancia, trayendo consigo las quejas y gritos de sorpresa de algunos transeúntes desafortunados. Siendo dueño de un caballo, entendió perfectamente el escenario en el que se encontraban: algo había asustado al animal y ahora estaba corriendo descontrolado hasta sentirse seguro.

 

— Muy bien, ¡momento de huir! — Anunció Hiccup, guiando a que los más ágiles se apartaran del posible lugar de impacto. Alzando a los más pequeños y entregándolos a sus madres, quienes no tardaron en correr.

 

Haciendo lo que se consideraría un acto suicida, Hiccup se plantó frente al camino del nervioso corcel, extendiendo brazos y piernas mientras luchaba por mantener al animal en ese lugar. Y cuando tuvo la oportunidad, tomó con ambas manos las riendas abandonadas hasta lograr que el equino parara de encabritarse.

Tomó su tiempo, pero finalmente pudo acariciar con cuidado aquel pelaje gris con negro, reconfortándolo tal como lo hacía con Toothless desde que era un potrillo.

 

¿Qué te asustó, muchacho? — preguntó en voz baja, observando los oscuros ojos del equino, casi sintiendo el miedo que lo había arrastrado al pánico.

 

Un peculiar brillo atrajo su mirada hacia la pechera en la que recién había reparado. Un dije bastante reconocible de los burgueses — Toothless tenía uno igual —, con la insignia de la luna y el nombre grabado en plata.

 

"¿Bunny?" — preguntó al viento. Como obra del destino, una infantil voz llamaba aquel nombre desde la lejanía.

 

Sobre otro caballo de crin blanca como la nieve, cierto alumno saltaba desesperado de la silla de montar, corriendo a toda velocidad hacia aquel corcel. Abrazando las delgadas patas — pues era hasta donde llegaba con su pequeña altura —, sollozó de angustia por lo sucedido hace unos momentos.

 

¡Tuve tanto miedo de que te lastimaras, tonto! — gimoteaba Jamie a su compañero, quien, atento al tono de voz de su jinete, rodeaba con su cuello el delgado cuerpo del niño, como si se estuviera disculpando por sus acciones.

 

Aquella escena tan conmovedora removió ciertas memorias del estupefacto profesor. ¿Cómo era posible que se viera reflejado en un niño? ¿Qué le pasaba?

 

— ¡Por la luna, Jamie! — Escuchó decir de un tercero que saltaba del albino equino. — ¡¿Cuántas veces te he dicho que no saltes de esa manera?!...

 

El regaño quedó por los aires al observar los ojos miel cristalizados a causa de las lágrimas. Limpiando con dulzura sus húmedas mejillas, el muchacho dejó que el pequeño siguiera siendo consolado por su caballo.

De cabello y piel blanca cual copo de nieve, Hiccup no pudo evitar quedarse estupefacto ante lo bien que se complementaban jinete y corcel. Ahora entendía por qué había tardado tanto en darse cuenta de que había alguien más montando aquel caballo.

Esos ojos azules que lo barrían de arriba abajo sin pena. "Oh, wow... wow" era lo único que sonaba en la cabeza de Hiccup mientras estaba siendo juzgado en silencio.

 

Ese es mi... mi... profesor — Aunque era un balbuceo inteligible para Hiccup, Jackson captó de inmediato el mensaje, dejando completamente de lado su riguroso análisis.

 

Rompiendo de inmediato esa imagen prepotente, el agradecimiento genuino se apoderó de él por completo; tomando entre sus manos la contraria y agitándola en un fuerte apretón de manos, repitiendo mil y un veces lo agradecido que estaba por ser tan bueno con su hermanito.

 

— ¡El Sr. Hiccup detuvo a Bunny! — Dijo Claude, amigo de Jamie, quien había esperado a que la angustia se disipara para así acercarse tanto a su amigo como a los adultos.

 

Nuevamente esa azul mirada volvió a estar sobre Hiccup. No analítica ni juzgadora como al inicio, sino incrédula. Era inverosímil que alguien desconocido para Bunny haya logrado calmarlo. Se trataba de un caballo ciertamente cobarde; desensibilizarlo hacia los extraños estaba siendo un trabajo difícil.

 

— ¿Hiccup? — murmuró Jack, intrigado por ese nuevo personaje dentro del pueblo. Para ser honesto, esperaba que el nuevo profesor fuera un viejo amargado y solitario como los anteriores que pisaron Burgess.

 

Sin embargo, su intuición había fallado espantosamente. El maestro del pueblo era un joven de (muy probable) su edad, delgado y aparentemente popular entre todos. Ver cómo Jamie soltaba a Bunny para ir a abrazar con tanta fuerza al chico hizo que se replanteara varias cosas. Sobre todo, las bromas planeadas que tenía para él.

Aun con tantas preguntas en mente y sin respuesta alguna, una pequeña carcajada escapó de sus labios, siendo cubierta de inmediato con su mano para evitar ser descortés. Recuperando una postura recta y confiada, Jack volvió a agradecer por tan increíble acción.

 

— ¿Le gustaría venir a cenar con nosotros esta noche? Estoy seguro de que tanto Jamie como mi padre estarían encantados.

 

Tan repentina invitación despertó del trance a Hiccup. Un segundo más de silencio y juraba que su mente se adormecería tanto que empezaría a decir que sí a todo.

 

— ¿Esta noche? Yo... — Intentando buscar las palabras para hacer saber que tenía otro compromiso, esos ojos enormes y llenos de esperanza lo estaban haciendo dudar.

 

— Mi familia lo invitó a cenar hoy, Jamie — Aclaró Pipa a su rescate (un rescate que solo él sabía).

 

La enorme sonrisa se desvaneció ligeramente, sin embargo, volvió a tomar fuerza para traer otra fecha posible para el encuentro. Un evento anual en el pueblo que incluso atraía a turistas y gente de pueblos aledaños: la Fiesta anual de Día de Muertos de los Overland.

 

— Bueno, día concertado. Esperamos verlo más seguido, Maestro — Sentenció Jack mucho antes de que Hiccup siquiera pudiera dar alternativa alguna.

— ¡Nos vemos mañana, Sr. Haddock! — se despidió con alegría el pequeño Jamie, arriba de Bunny y esta vez siendo firmemente vigilado por Jack y su corcel.

 

Después de eso, Hiccup realmente no recordaba lo que había pasado. La clase siguió por unos minutos más hasta que su mente se dispersó lo suficiente como para recobrar conciencia dentro de la concurrida librería.

 

— Las noticias vuelan, ¿Lo sabías? — informó Fishlegs, bibliotecario encargado de la tienda familiar y con quien Hiccup ya había hablado las suficientes veces como para tener confianza mutua.

 

— ¿Noticias? — replicó Hiccup, aún confundido por el encuentro de hace rato, pero absorbiendo (de alguna manera) el libro en manos.

 

— Parece que ya conociste a Jackson. Tu comportamiento te delata — Añadió Fishlegs, burlándose de los torpes movimientos del chico.

 

— ¿Así se llama? — cuestionó al rubio, quizás con un poco más de emoción de la que esperaba. Aclarando su garganta, intentó mantener la compostura que no tenía y parecer desinteresado. — ¿Jackson, dices?

 

— Un chico encantador y de aspecto invernal, ¡Un muñequito de porcelana sin duda! — Habló la Sra. Ingerman, quien había escuchado la conversación desde el almacén mientras acomodaba las nuevas llegadas.

 

Sin poder reprocharla, pues se trataba de su amada madre, Fishlegs solo la miró con cierto fastidio. El muchacho ya estaba embrujado por el encanto arrasador del Overland y esa descripción, aunque cierta, solo lo dejaría peor.

Y no se equivocaba, Hiccup se retiró del lugar como un muerto viviente. Con sonrisa boba y, por poco, veía a Cupido jugar cruel con él, apuñalándolo con su flecha mágica sin descanso en la cabeza.

 

Una vez conocías a Jackson, no podías olvidarlo. Al menos eso era lo que muchos de los pretendientes rechazados decían.

 

Cuando pasaron los días, Hiccup intentaba racionalizar tantas ideas acarameladas que su cabeza generaba. Era consciente de que solo estaba idealizando al muchacho por su evidente belleza. Ni siquiera lo conocía, por los dioses.

Con aquello en mente fue que se dirigió a hacer un par de compras para Goober. Perseguido por un terco Toothless, tomaba con cuidado sus riendas para guiarlo suavemente por el hacendado.

 

Un día tranquilo, hasta que apareció aquel que lo mantenía despierto por las noches (para bien o para mal). La escena fue teatral a su parecer: siendo transportado por un carruaje personal, varios jóvenes y damiselas ya estaban a su espera con regalos o dispuestos a ayudarlo en lo que fuera.

No hubo palabras, solo una sonrisa cordial y entre varios hombres se habían distribuido los paquetes que Jackson había estado comprando. Las chicas eran más atentas a los detalles: acomodaban fugazmente cualquier arruga o mechón (clara excusa para solo acercarse) y mantenían su admiración con prudencia.

La intensa respiración de Toothless junto a su oreja provocó un escalofrío en su espalda. Había estado tan sumido en admirar la escena que había olvidado el porqué había salido de casa. Ignorando con mucha voluntad, evitó un par de veces que su cuello no girara en dirección al Overland. Eso era un progreso.

 

Fue en el momento que decidió descansar en un lugar apartado cuando perdió la guerra.

 

— ¿También tienes un caballo?

 

Aun con esa voz melodiosa, Hiccup saltó cual gato asustado, aferrándose a Toothless quien ni siquiera le importaba las reacciones de su jinete; él solo quería seguir comiendo el césped.

 

— ¡¿De dónde saliste?! — cuestionó Hiccup, sintiendo su latido acelerarse de tan solo tener esa mirada azul encima suyo.

 

— Te vi aquí y pensé que sería divertido acompañarte... ¿Cómo se llama? — Sin miedo alguno, Jack se acercó al corcel de pelaje y crin oscura, acariciando con suavidad aquellos puntos que más les gustaban a los caballos. La felicidad de Toothless ante su interacción era evidente.

 

Toothless... — murmuró, nervioso ante una reacción negativa. Para su sorpresa, la expresión del muchacho pareció iluminarse al escuchar ese extraño nombre.

 

— Raro... — contestó Jack. A pesar de lo que podría ser un rechazo, la gigantesca sonrisa en su rostro tranquilizó los nervios tambaleantes de Hiccup. — La mía se llama Gummy.

 

En ese instante, algo pareció explotar dentro de su pecho. Literalmente.

 

Tosiendo por el fuerte pinchazo en su corazón, ahogó una risa algo estentórea. Con ambas manos cubriendo su rostro, Hiccup reía ante la enorme coincidencia y lo malos que eran escogiendo nombres.

 

— ¿De dónde salió Gummy? — cuestionó entre carcajadas Hiccup, limpiando con sus muñecas esas pequeñas lágrimas que caían ante el esfuerzo.

 

Jack no lucía distinto a él; masajeando sus mejillas para amenizar el dolor de sonreír por tanto tiempo, intentaba regular su respiración con tal de responder de manera clara cualquier pregunta.

 

— Nació sin dientes, ¿Cómo no iba a llamarla así? ¡¿A ti cómo se te ocurrió Toothless?!

 

— ¡Toothless también nació sin dientes!

 

— ¡No puede ser! — A pesar de lo doloroso y difícil que podía ser comunicarse mientras se reía, de alguna manera funcionó para ellos.

 

Lo que en un momento fue escepticismo para Jackson, ahora entendía perfectamente por qué medio pueblo no dejaba de hablar sobre ese chico. De encantador carisma y atrayente aspecto, conocedor de mucho y amaba tanto enseñar que contagiaba a los más pequeños.

Sonaría tonto, sin embargo, Jack tenía ganas de ver cara a cara a ese que logró sacar a su hermanito de su caparazón hasta volverlo tan hablador como cuando recién aprendió a hablar. La estrella que dejó de brillar tras la muerte de su madre estaba resplandeciendo más fuerte que nunca.

 

Jack estaría eternamente agradecido con Hiccup... solo que su ego no lo dejaría decirlo en voz alta.

 

Antes de que cambiaran de tema, la estampida de pretendientes finalmente había encontrado al fugitivo albino. Aunque acostumbrado a la atención masiva (no podía quejarse de las consecuencias de sus caprichos), Jack pensó en lo agobiante que lograban ser todos ellos.

Pero para todo problema había solución. Sobre todo cuando existían autoproclamados héroes que aprovechaban cada mínima oportunidad. Interrumpiendo el almuerzo de Toothless y asustando a Hiccup y a los pretendientes, un extraño tomó por la cintura al Overland, golpeando a los presentes con una ráfaga inmensa.

Cuando Hiccup logró limpiar la tierra de sus ojos, las quejas del albino se escucharon por encima de tanto bullicio y la imagen de Jackson sobre un corcel marrón se hizo más clara. Intentando librarse del agarre ajeno, un chico de creciente barba y cabello negro lo tenía sobre la montura.

 

— ¡Por amor a la luna, suéltame, Snoutloud! — se quejó Jack, mientras intentaba librarse de la situación.

 

— ¡Vamos, precioso! ¡Estoy siendo tu príncipe azul! — Decía el arrogante joven.

 

Escapando como fuera posible, Jack saltó de la montura, siendo rápidamente amortiguado por varios, pero aun con veinte de ellos, la mirada amenazante del Jorgerson consiguió que todos se apartaran instantáneamente del chico.

 

Todos, menos Hiccup.

 

Lo que Snotlout había interpretado como una declaración de guerra, solo era la forma de ser de Hiccup: no se enteraba de nada cuando se trataba de indirectas. Incluso sus acompañantes observaban con incredulidad la nula reacción del castaño.

 

"¿Acaso se hace el tonto?", preguntaba entre bufidos Hookfang, caballo del Jorgerson.

"No, no se hace, así nació", respondió Toothless, acostumbrado a esa clase de preguntas.

 

Actuando rápido, atrapó con firmeza el delgado cuerpo entre sus brazos. "¿Estás bien?", preguntó mientras veía a Jackson refunfuñar entre dientes por la nueva presencia. 

Entre todos los que competían por su atención, Jack se arrepentía de haber llamado la atención de Snotlout Jorgerson. Hijo del dueño de un enorme viñedo y fundador de la única taberna en todos esos acres. Ese ego inflado venía con razones y, aun así, Jack no soportaba que Snotlout lo comparara con un trofeo e incluso se proclamara dueño suyo.

Hiccup no parecía procesar la mirada fulminante que le regalaba Snotlout, quien le ordenaba en silencio alejar sus manos de Jackson.

 

Dando un pequeño chiflido, llamó la atención de Toothless. Apuntando a las cosas que habían quedado regadas por el suelo, el inteligente corcel de inmediato se puso de pie para tomar entre dientes bolsa por bolsa, entregándolas a su jinete y al dueño de las mismas.

Lo único que estaban haciendo era llevar las compras hacia el carruaje del chico y, extrañamente, se podía sentir la tensión creciendo como una burbuja.

 

— ¿Hola? ¡Príncipe encantador aquí! ¿Recuerdan? — Decía Snotlout al darse cuenta de lo ignorado que estaba siendo.

 

Ofendido ante ese acto tan deleznable, Snotlout no era de las personas que callaba ante la mínima molestia. Sin siquiera dejar al Overland decidir, por segunda vez, el muchacho lo alejó de Hiccup, así adelantándose a trote rápido con tal de dejar atrás a lo que él veía como un obstáculo.

 

— ¡¿Es en serio?! — protestaba el albino, indignado consigo mismo, ¿Cómo era posible que pudiera ser alzado con tanta facilidad? ¡Si incluso era mucho más alto que él!

 

Con tanta prisa, llegaron en tiempo récord a la residencia Overland. Ahora despojado de ese aspecto prolijo que había estado cuidando desde que salió de casa y sus admiradores habían ayudado.

 

— ¿Me puedo bajar o vas a volver a subirme en contra de mi voluntad?

 

"Oh si, claro" contestó Snot, dándole unas cuantas palmadas a Hookfang para que se arrodillara y permitiera que el muchacho pisara finalmente tierra. 

Agradeciendo por costumbre, intentó mantener la compostura. Ya no se encontraban en el pueblo, y por más que quisiera bromear o aprovecharse de sus admiradores, no era posible. Ahora estaba en territorio familiar y —tanto por dar ejemplo a Jamie como por tener grabada toda una vida de educación— debía conservar la imagen del heredero ideal.

 

— Usted primero, su majestad —anunció Snotlout, abriendo la pequeña valla que separaba el exterior de la casa principal.

Jackson lo meditó unos segundos. Estaba fastidiado por esa actitud de patán, pero, a pesar de todo, seguía siendo Snotlout. No estaba enojado con él.

 

Aceptando el gesto, Jack entró al terreno y se dirigió automáticamente hacia su vivienda. Tenía que pensar en alguna manera de explicarle a Easter que las compras habían desaparecido a causa de un tornado o algo por el estilo.

Antes de poder tocar el picaporte, la puerta se abrió por sí sola. Y, hablando del rey de Roma, fue precisamente la mirada antipática del jefe de mayordomos la que se interpuso en su camino.

 

— ¡Easter! ¡Mi amigaso! —saludó con exagerado entusiasmo. Ante eso, Easter ya sabía que algo había pasado con el mandado.

 

— Supongo que viene con compañía —comentó al notar la presencia del joven Jorgerson. Analizando un poco más la situación, definitivamente algo había sucedido. Sin embargo, un detalle particular le devolvió la esperanza.— ¿Y él quién es?

 

— ¿Quién? Pues Snot... —Jack giró para confirmar a quién se refería, pero se quedó sin palabras al ver que Hiccup venía en el olvidado carruaje. Toothless ayudaba a Baby fairy —el caballo de Thiana— a moverlo, y juntos ya habían cruzado la valla para estacionarse y descargar las compras.

 

— Bien... ese no es Snot —respondió después de un rato, sintiendo cómo su temperatura subía ante la mirada inquisitiva de Easter. ¿Desde cuándo se avergonzaba por ser visto con extraños?

 

— Lo puedo ver, joven Overland. Al fin trae a alguien con educación.

 

Pasando al lado del muchacho, el mayordomo se acercó a Hiccup, agradeciendo su ayuda y llamando al resto de sirvientes para que transportaran los objetos. Lo que empezó como un leve calor se transformó en un rubor evidente cuando los sirvientes pasaron junto a él, dedicándole guiños y gestos que entendía demasiado bien: “¡Ajaja! ¡Picaron! ¡Buen ojo!”

 

Estaba perdido. Su padre se enteraría del escándalo.

 

Ahogando una explicación que de todos modos no sería entendida, Jack soltó un suspiro, resignado a su destino y tratando de encontrar la mejor forma de no empeorar el malentendido.

 

— ¿Supongo que estas son tuyas?

 

— ¿Qué...? —Nunca imaginó que, con solo girarse un poco, quedaría cara a cara —a escasos centímetros— con Hiccup.

 

Entre todas las cosas en las que Hiccup carecía, también estaba el reconocer el espacio personal. Por tantos regaños y por haber tenido que memorizarlo, sabía que estar demasiado cerca era incómodo para todos. Pero, a pesar del esfuerzo, aún le tomaba unos segundos entender si la situación realmente lo ameritaba.

Y aun con la advertencia resonando al fondo de su mente, el deseo de acercarse al Overland parecía ser más fuerte. No iba a mentir: amaba ver sus ojos y estaba aprovechando la cercanía para admirarlos todo lo posible.

 

Eh... ¿Son tus bolsas? Son las únicas que no son víveres —repitió Hiccup.

 

Finalmente, dio un paso hacia atrás, disculpándose por la incomodidad. Ante la falta de respuesta, pensó que tal vez se trataba de eso: el dichoso espacio personal. Demonios.

 

Ah... sí, sí. Gracias —contestó Jack, intentando no verse alterado por lo sucedido.

 

Por pura inercia, echó un vistazo hacia la entrada de la casa. Todos los que se habían percatado de aquel simpático muchacho observaban atentamente la escena, aunque rápidamente fingieron demencia en cuanto el albino los descubrió. 

El rojo se apoderó de su pálida piel mientras su mente rogaba por una manera de escapar.

 

— ¡Y es buen momento para que se vayan! —exigió con tanta amabilidad como pudo reunir en ese instante. Empujando suavemente a Hiccup y tomando las riendas de Hookfang, condujo a ambos chicos lejos de las vallas protectoras de la vivienda.

 

A pesar de las quejas de Snotlout, no se detuvo hasta asegurarse de que estuvieran lo bastante lejos de miradas ajenas. Entonces, tomando las riendas de Toothless para entregárselas a Hiccup, soltó un fuerte suspiro al sentirse por fin libre de vigilancia. Sus ojos azules se habían vuelto sombríos.

 

— Vuelves a hacer eso y haré que Phil no te deje pisar mi hogar nunca más —amenazó a Snotlout. El joven abrió la boca para replicar, pero calló al instante al notar que solo empeoraría la situación.

 

Cruzar los brazos y refunfuñar fue su única protesta, acompañada de un ininteligible “Bien”.

A Jack le tomó varios minutos calmar su fastidio. Por último, dirigió la mirada hacia Hiccup, quien esperaba atento, preparado para algún regaño o, por lo menos, una explicación. Algo.

 

— Gracias, Hiccup... Easter me hubiera matado si llegaba con las manos vacías —dijo con un tono mucho más suave que el de minutos atrás; aquella apariencia amenazante había desaparecido por completo—. ¿Supongo que te debo…?

 

No logró terminar la frase. Una ola de lodo bañó al castaño de pies a cabeza.

Estupefacto, Jackson frunció el ceño y giró lentamente hacia el responsable, que no era otro que Snotlout, riéndose a carcajadas temblorosas.

Vaya… ni siquiera Hookfang se reía.

 

La mirada fulminante de Jackson atravesó de inmediato a Snotlout, y este dejó de reír al instante, consciente de que —un poco más— y Jack habría sido capaz de declararlo muerto en ese mismo lugar.

 

—¡Lo siento muchísimo! —se lamentó el albino, buscando con desesperación una forma de quitar toda aquella suciedad del chico.

 

Era inadmisible que, después de haber hecho algo tan amable, Hiccup terminara en esa situación. No podía creer que Snotlout se comportara como un patán solo por culpa de un par de ineptos.

Rebuscó entre sus prendas hasta encontrar esos dichosos pañuelos que llevaba años cargando “por si acaso”. En sus veintiún años de vida, jamás pensó que realmente los usaría.

 

—Déjeme ayudarlo —dijo Jack, intentando retirar la mayor cantidad posible de lodo.

 

A pesar de las negativas de Hiccup, continuó hasta que el rostro del castaño volvió a ser visible. Cuando Jack le ofreció el pañuelo, Hiccup no pudo evitar sonreír: ahora tenía una excusa perfecta para volver a buscarlo.

Toothless también quiso colaborar; de quién sabe dónde, sacó una enorme manta y la dejó caer encima de su jinete.

 

—Gracias, amigo… —murmuró Hiccup, acariciando a ciegas la cabeza del equino mientras Jackson contenía una carcajada detrás de una amplia sonrisa que el castaño no alcanzó a ver.

 

Jack observó con curiosidad la escena. Cada pregunta que Hiccup hacía recibía una respuesta en relinchos o bufidos, y por primera vez comprendió lo expresivos que podían ser ambos. Nunca había visto a un jinete comunicarse tan claramente con su caballo.

A su lado, Snotlout murmuraba a Hookfang, indignado:

—¿Ves? ¡¿Por qué no puedes ser así?! —le reprochó, frustrado al ver lo interesado que Jackson parecía con esa extraña dinámica. Vamos, no era su culpa ser… normal.

 

Luego de subir con cuidado a Toothless, Hiccup agradeció toda la ayuda y esperó a que el Overland entrara sano y salvo a casa antes de reemprender camino.

Pero aún había alguien merodeando la vivienda. Pasados unos segundos, Jack asomó la cabeza por la ventana de su habitación.

 

—¿Qué quieres ahora? —preguntó, cansado.

 

—¿Al menos no me vas a dejar pasar?

 

—No. —La respuesta fue tan seca que provocó una mueca de incredulidad en Snotlout.

 

—¡Ay, por favor! ¡Tu padre me adora! —intentó convencerlo, sin suerte.

 

—Anda a casa, Snot. Y deja de fingir que te gusto, porque ambos sabemos que no es así.

 

La ventana se cerró y las cortinas bloquearon toda vista al interior. A pesar de su terquedad, el Jorgerson sabía que Jack tenía razón, así que no quedó más que retirarse.

Una vez que jinete y corcel se alejaron, Jack dejó escapar un largo suspiro. Había estado tensando los hombros todo ese tiempo. Era triste ver cuánto podían arruinar el estatus y las ansias de poder.

 

Lo que alguna vez fue una linda amistad había terminado despedazado por la idea absurda de obtener riqueza y asegurar la herencia del jefe Overland.

Snotlout ignoraba que Jack estaba perfectamente enterado de los deseos de su padre, Spitelout. En su interior, Jack solo añoraba seguir compitiendo en bromas pesadas con su mejor amigo… pero la ambición de ese hombre lo arruinaba todo.

Más de una vez lo había escuchado intentar convencer a North de organizar un matrimonio entre ellos, ofreciéndole riqueza y ventajas a cambio de unir familias. Pero incluso con todas las tentadoras promesas, North lo rechazó sin dudar.

 

'Aún son muy jóvenes, Spitelout. Y si algún día debo comprometer a mi hijo, será con alguien igual o más adinerado que nosotros. Quiero que Jack viva sin preocupaciones" dijo North, suspirando ante la reacción colérica del hombre.

 

Después de aquello, el Snotlout que alguna vez llamó amigo simplemente desapareció, dando paso al patán que era hasta el día de hoy. Aunque ya estaba acostumbrado a ese comportamiento, las constantes insinuaciones y su insistencia por cortejarlo lo volvían insoportable.

A ojos de Jack, Snotlout había dejado de verlo como amigo y ahora solo lo trataba como un premio que debía conquistar. Ni siquiera resultaba divertido aprovecharse de él como hacía con otros pretendientes.

 

La puerta de su habitación fue golpeada un par de veces antes de que Sandy se asomara. Tras unos segundos de contacto visual, fue el cocinero quien se movió primero, entrando con su típica sonrisa y una porción de helado de durazno recién servido.

Algo le decía que Sandy también estaba muy bien informado de lo que había ocurrido hace unos momentos con Hiccup, así que Jack solo sonrió, reprochándole en silencio esa actitud tan suya. Al menos agradecía que aún lo mimara como cuando era un niño.

 

—Gracias, Sandy —dijo al ver cómo el pequeño hombre dejaba el postre sobre el escritorio.

 

Mediante señas, el cocinero le indicó que la cena estaba lista y que tanto Jamie como North lo estaban esperando para empezar a comer.

 

“Termina rápido y bajas con nosotros”, logró entender entre los gestos.

 

—De acuerdo, voy de inmediato.

 

Cuando Sandy cerró la puerta, Jack devoró el helado con rapidez. Obediente al chef, en cuestión de segundos ya bajaba las escaleras y tomaba asiento frente a su hermanito.

 

—¿Y cómo te fue hoy, principito? —preguntó al notar la enorme sonrisa en el rostro del niño.

 

Pero antes de poder dar el primer bocado, percibió la sonrisa contenida de su padre. Ambos parecían compartir un secreto y, sin poder evitarlo, Jack detuvo sus movimientos para intentar comprender la situación.

 

—¿Ocurre algo? —indagó, sonriendo del mismo modo que ellos.

 

North aclaró la garganta.

 

—Tengo noticias, copito —anunció el monarca con una seriedad que, a pesar de ello, no ocultaba cierta emoción. Jack entendió de inmediato que lo que venía era importante… aunque no sabía por qué parecían tan felices.

 

—Como recordarás de nuestra última conversación, Jack, es momento de que des el siguiente paso en asuntos de familia.

 

Oh… ¿sobre empezar a tomarme en serio el cortejo? Lo recuerdo —resopló, consciente de que ese tema era inevitable. Sabía que su padre había sido muy flexible al dejarlo divertirse todo ese tiempo, y también que no lo obligaría a escoger a alguien que no le convenciera.

 

—No. Me refiero a la posibilidad de que busques una pareja —corrigió North.

 

El rostro de Jack mostró sorpresa, aunque no tanta como cabría esperar. Era el primogénito; sabía perfectamente qué expectativas debía cumplir, y la idea de encontrar pareja no era nueva para él.

 

—Pero ya me encargué de eso yo mismo —continuó el de barba—. Te he comprometido con alguien de buen estirpe y clase. Estoy seguro de que se llevarán de maravilla.

 

El cubierto cayó ruidosamente de su mano.

 

Jack giró enseguida hacia Jamie, quien, para colmo, seguía sonriendo con picardía. Estupefacto, con la mandíbula abierta, intentaba articular una respuesta. Sí, sabía qué obligaciones acompañaban su posición, ¡pero eso no justificaba soltar una noticia así tan tranquilamente! ¡Como si anunciaran que habían encontrado un nuevo sirviente!

Y entre tantas ideas desordenadas, una logró apretarle el pecho: Hiccup.

Peculiar, encantador, educado e increíblemente inteligente. Un chico que, sin embargo, estaba lejos de ser quien North tendría en mente. Hiccup era un simple maestro, y su padre siempre había sido claro: para Jack solo aceptaría a alguien con riqueza.

Ni siquiera lo conocía realmente, pero algo en su interior le decía que el castaño era sobresaliente entre todos los habitantes del pueblo. Quizás, si lo hubiera conocido desde hacía tanto como a Snotlout… North lo consideraría.

 

—¿Y al menos me vas a decir el nombre? —preguntó por fin, con una voz tambaleante que intentó camuflar entre risas y carraspeos.

 

—Lo conocerás en la fiesta del Día de Muertos. Ya pacté con sus padres. ¡Gente admirable, sin duda!

 

Jack sonrió débilmente al ver lo emocionado que estaba Jamie. No quería saber más, no por ahora. Solo quería tragar el mal trago de la noticia y fingir que no le importaba.

 

Al mismo tiempo, en una casa ya conocida, Hiccup había sido retenido por Astrid en su intento de escapar por la ventana justo cuando Stoick mencionó lo que los había traído desde un inicio.

Sonriendo al caballo —que, preocupado, asomó la cabeza por la ventana para comprobar el estado de su jinete— Astrid lo acarició sin aflojar ni un poco el agarre con el que mantenía a Hiccup inmóvil gracias a la llave.

 

— ¡Al menos dime el nombre! — exigió Hiccup al fornido hombre, que lo observaba todo menos sorprendido.

 

— ¿Para qué? ¿Para que puedas ahuyentarlo como a los demás? Ni lo sueñes. Cuando sea el momento de verlo, lo harás — sentenció Stoick, pidiéndole amablemente a Astrid que lo escoltara a su habitación al ver que no iba a cenar.

 

Hiccup forcejeaba con todo lo que tenía, pero para Astrid no era más que un pequeño gato feral intentando huir.

 

— Ventanas cerradas y vigilancia toda la noche — anunció ella cuando por fin lo soltó.

 

Hiccup recuperó la compostura por apenas unos segundos antes de derrumbarse. No llegó ni a la cama: simplemente se dejó caer sobre el suelo de madera, derrotado por la vida.

Astrid lo observó con detenimiento. Esa actitud no era la misma de las otras veces, cuando le anunciaban un nuevo compromiso. Esto era distinto; algo en él parecía a punto de quebrarse. Como si quisiera confesar algo, pero su cabeza le arrojara cientos de escenarios terribles una y otra vez.

Rompiendo las reglas que había seguido por tantos años con orgullo, echó un vistazo al pasillo para asegurarse de que nadie escuchaba y cerró la puerta con suavidad.

 

— ¿Qué te sucede, Hiccup?... — preguntó, genuinamente preocupada. — Desde hace días estás más raro de lo normal… y hoy vuelves a casa cubierto de lodo.

 

Se sentó a su lado, de piernas cruzadas, como cuando eran niños. Le dolía verlo así: atrapado entre deberes y decisiones que no eran suyas.

 

— Antes que escolta y joven amo… somos mejores amigos. ¿Verdad?

 

Un suspiro tembloroso escapó de los labios del castaño. Dudaba. Se notaba. Pero al final elevó la mirada. Ambos ojos verdes encontraron los azules pálidos de Astrid. Esa mirada, siempre tan brillante, ahora estaba empañada por lágrimas que pronto rodaron por sus pecosas mejillas.

 

— Me gusta alguien, Astrid. De verdad me gusta.

 

El ceño fruncido de la rubia se suavizó al instante. Ahí estaba: el primer corazón roto de su amigo.

Sin pensarlo, lo rodeó con fuerza, atrayéndolo contra su pecho como una hermana mayor protectora. Hiccup se aferró a ella mientras el llanto le recorría el cuerpo en oleadas. Un buen rato pasaron así: ella reconfortándolo; él dejando que la verdad por fin saliera.

 

— Se apellida Saint... Es lo único que sé, ¿bien? No le digas a tu padre — murmuró Astrid con voz aireada. Las palmadas en la espalda de Hiccup se volvieron más frecuentes, más firmes.

 

Entre balbuceos, el chico agradeció como pudo. Astrid permaneció a su lado hasta que sus sollozos se calmaron y su respiración volvió a un ritmo más parejo.

Sería una noche larga.

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.

 

.

 

.

 

Tras las noticias, tristemente Hiccup no logró cruzarse nuevamente con Jackson por el pueblo. No por uno, sino por cinco días enteros.

Aún conservaba el pañuelo cuidadosamente guardado entre las capas de su traje. Pero no se sentía capaz de ir hasta la casa del chico para devolvérselo.

 

¿Y si aparecía en mal momento?

 

Una mañana, mientras pasaba por la panadería de los Thorston para recoger el pedido habitual de sus padres, un corcel de pelaje blanco lo acorralo justo frente a la entrada, bloqueándole el paso y llamando la atención inmediata de los siempre caóticos gemelos.

 

— ¿Qué sucede, Hiccy? ¿Te metiste en problemas? — preguntó Tuffnut, con quien últimamente había entablado cierta amistad de tanto frecuentar el local.

 

— ¡Problemas a la vista! Preparen la hoguera — añadió Ruffnut, divertida.

 

Hiccup entrecerró los ojos por el reflejo del sol sobre el pelaje blanco… y su corazón dio un vuelco al reconocer ese cabello aún más blanco sobre la montura.

 

¿Jack? — murmuró. Pero algo no cuadraba: no sonreía, no irradiaba esa energía habitual. Lucía apagado.

 

El albino no dijo mucho. Aflojó apenas las riendas de Gummy, se inclinó hacia él y extendió una mano firme al estupefacto muchacho.

 

— Sube — ordenó, sin espacio para discusión.

 

Hiccup no quiso preguntar; temía empeorar lo que fuera que estuviera ocurriendo. Y aunque la orden fue seca, no sonó molesta, sino… urgente. Así que tomó la mano pálida y delgada para impulsarse hasta el asiento detrás de Jack en la yegua.

Apenas estuvo acomodado, Jack espoleó a Gummy, acelerando inmediatamente para evitar llamar más atención. Cabalgaron hacia lo profundo del bosque, donde la privacidad estaba garantizada.

 

— ¿Sucede algo? — preguntó Hiccup cuando lo único que obtuvo durante todo el trayecto fue silencio.

 

Cuando el pueblo desapareció del todo entre los árboles, Gummy redujo el trote hasta caminar con tranquilidad bajo la sombra del bosque.

Jack exhaló apenas y soltó la bomba.

 

— Me han comprometido.

 

No una explicación. No un “lo siento por desaparecer”. Nada. Solo eso.

Y la primera persona que se le vino a la mente a Hiccup fue Snotlout. Aunque no lo conociera, tanta familiaridad entre ellos dos lo empujó a suposiciones que no quería tener.

 

Vaya… — murmuró, esforzándose por mantener la fachada tranquila e incluso fingir alegría. — Felicidades.

 

Gummy se detuvo en seco.

Jack giró de inmediato para encararlo, casi trastabillando sobre el asiento. Hiccup se quedó sin aire: esos ojos azules estaban al borde del llanto, el ceño fruncido con tanta fuerza que parecía apretar los dientes para no gritar lo primero que cruzara por su mente.

 

— ¿Felicidades?… ¿¡FELICIDADES!? — estalló Jack.

 

— ¡Lo siento! ¡L-lo siento! — tartamudeó Hiccup, cubriéndose con los brazos mientras el albino comenzaba a golpear su costado con codazos rápidos y desesperados.

 

Hiccup no se apartó. Aunque doliera, sabía que esos golpes le estaban doliendo más a Jack que a él.

 

— ¡Es terrible! — se quejaba Jack, sin dejar de atacarlo con esos codazos débiles pero furiosos. — ¡¿Cómo puedes decir eso?! ¡¡Entre todas las personas, tú!!

 

Hiccup quería responder, pero verlo así… con la voz quebrada, los ojos húmedos y la mandíbula tensada para no soltar un sollozo… lo dejó sin palabras.

Sosteniendo con firmeza el brazo del muchacho, Jack fue frenando sus propios golpes hasta que, exhausto, se detuvo. Su pecho subía y bajaba con violencia; había demasiado contenido ahí dentro.

 

—Yo no quería esto, ¿sabes? —murmuró, apenas audible—. Al menos no me importaba... hasta que llegaste tú.

 

Hiccup sintió como si algo se desgarrara dentro de él. Y aun así, no dijo nada.

Jack dio media vuelta, bajó de Gummy sin mirar atrás y comenzó a caminar con pasos tensos, casi temblorosos.

Confundido—y con el corazón encogiéndose más por cada segundo—Hiccup bajó también. Tomó las riendas de la yegua y lo siguió.

 

—Te entiendo perfectamente —dijo al fin, rompiendo ese silencio que lo asfixiaba—. A mí también me han comprometido con alguien que ni siquiera conozco. Y lo detesto.

 

Las palabras se quedaron flotando entre ellos. Jack aminoró la marcha, pero no respondió.

Solo siguió avanzando hasta que encontraron un pequeño claro con una vista preciosa: la mezcla perfecta de luz, sombra y brisa que parecía hecha para dos corazones rotos.

 

Se sentaron juntos en la hierba mientras Gummy, con un curioso instinto, se alejó un poco para dejarlos solos.

Era absurdo cuánto dolía. ¿Dos encuentros? ¿Tres? No importaba. Había algo ahí que no encajaba con ninguna regla social que ambos habían memorizado y obedecido durante toda la vida.

Y, aun así, ninguno se atrevía a preguntar el nombre de la persona con quien el otro estaba comprometido.

No querían saberlo. No podían.

Jack fue quien, con un destello de su antigua astucia, rompió el hilo del pensamiento.

 

—Aunque… supongo que nada de esto nos prohíbe conocernos mejor, ¿cierto? —preguntó con una insinuación tan clara que habría sonrojado a cualquiera.

 

Hiccup procesó la pregunta literalmente —como siempre— repasando mentalmente normas y códigos sociales, como si necesitara permiso para respirar.

 

—Supongo… que no —concedió—. Al menos no hasta que lo hagan oficial.

 

El viento jugaba con el cabello de ambos, llenando el silencio de un suave murmullo.

Y entonces, poco a poco, el brillo regresó a los ojos azules de Jack. No el brillo coqueto, ni el juguetón; uno más suave, más íntimo.

Con una sonrisa encantadora, levantó una mano y acomodó con delicadeza un par de mechones castaños despeinados.

 

—Entonces… ¿qué haces normalmente después de clases?

 

Hiccup, incapaz de contener una sonrisa, atrapó aquella mano fina entre las suyas, como si temiera romperla. De alguna forma, ese simple gesto los conectó más que cualquier palabra. La tensión, el miedo, la angustia: todo comenzó a disiparse.

Jack, en un arranque de confianza que no sabía de dónde venía, se permitió recostar la cabeza en el torso del castaño.

 

Y aunque Hiccup se sobresaltó al principio, su cuerpo reaccionó antes que su mente: rodeó al albino con un brazo protector, sosteniéndolo con una ternura que casi le dolió.

Allí, entre historias torpes, anécdotas y risas tímidas, ambos encontraron un pequeño refugio en el otro. Incluso conociendo detalles que muy pocos podían saber: la prótesis de Hiccup, el por qué fue inventada o el origen de los hermanos Overland y que realmente no eran hijos de sangre de North.

Sino hubiera sido por el aviso de Gummy, ninguno de los dos hubiera dejado de abrazarse mientras estaban recostados en el césped y viendo las nubes.

Ayudándose mutuamente a ponerse de pie, Jack permitió que Hiccup fuera el primero en subir a Gummy con tal de buscar más contacto físico. Nunca se había dado cuenta de lo empalagoso que podía ser hasta ahora.

Solo para evitar malos entendidos, Hiccup fue dejado a pasos de la escuela para después caminar por su cuenta a casa. Él, recordando aquel pañuelo en su posesión, intentó devolvérselo al albino, quien se negó de inmediato.

 

— De esa manera tendremos una excusa para volvernos a ver.

 

Dejándolo sin palabras, de alguna manera, Jack logró tomarlo del cuello de su traje para acercarlo de un tirón para dejar un beso sobre esas mejillas pecosas.

Sin poder respirar apropiadamente y razonando la situación, Hiccup observaba como el muchacho se alejaba a trote veloz mientras su rostro tomaba la tonalidad de un tomate.

 

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Tambaleante de alegría, Hiccup regresó al ajetreado pueblo. 

 

El reloj marcaba ya el mediodía del domingo y podía ver a todos realizando sus mandados habituales, llenando el lugar con un bullicio ensordecedor.

En cualquier otro día, aquello lo habría irritado. Pero el hechizo de ese beso aún no se disipaba, y hasta el caos le parecía encantador.

 

Sus autocríticas matutinas, tan rutinarias como respirar, se habían transformado en un impulso optimista tras aquel encuentro. Entre todos los pensamientos que le zumbaban en la cabeza, el más insistente era ir en contra del compromiso que sus padres habían pactado. Esa idea era habitual en él… pero esta vez había surgido otra más arriesgada: convencerlos de cambiar de prometido.

Si tenía que casarse, que fuera con alguien que conocía, que le atraía, y que claramente era mejor que cualquier otra opción.

Por supuesto, lo más improbable era convencer al padre de Jackson de cancelar el compromiso actual y aceptar a un Haddock en su lugar. Pero ya pensaría en eso después. 

 

Primero debía enfrentarse al terco de su propio padre.

Un peso repentino sobre sus hombros lo arrancó de sus pensamientos. Soltó un pequeño grito ahogado al intentar recuperar el equilibrio, mientras giraba para identificar quién estaba apretándolo con tanta familiaridad.

 

— ¡Hiccy! ¿Cuándo pensabas darnos la noticia?

 

No alcanzó a preguntar —ni a procesar— nada. Ruffnut había aparecido por su derecha como un huracán, mientras Tuffnut surgía por la izquierda, encajonándolo entre ambos sin dejarle espacio para escapar.

Sujetándolo por los hombros y apropiándose del control del camino, los gemelos lo arrastraron mientras lo bombardeaban con preguntas.

 

— ¡Esperen un minuto! ¿De qué demonios están hablando? — logró decir Hiccup finalmente, aunque sus palabras se hundieron entre las carcajadas emocionadas de ambos.

 

— Pues de que Jack está interesado en ti, claro está — respondió Tuffnut con total naturalidad.

 

Si Hiccup hubiera estado bebiendo algo, habría muerto ahogado.

 

— ¡Interesado es poco! Te está rogando que empieces a cortejarlo ASAP — añadió Ruffnut con dramatismo.

 

La confusión ya era su estado natural. No necesitó decir nada para que quedara evidente; Ruffnut soltó un quejido exasperado y masculló: — ¡Hombres!

 

Tuffnut empujó a su hermana para tomar la delantera, apartando a Hiccup de ella como si lo estuviera salvando, y le dedicó una sonrisa pícara, casi conspiratoria.

 

— No te preocupes, Hic. Para eso estoy yo. ¡El gran Tuffnut Thorston te va a ayudar con el incomprendido arte del amor!

 

— ¿Huh?

 

Antes de que siquiera pudiera resistirse, Tuffnut abrió la puerta de la taberna de un portazo tan fuerte que hizo temblar las bisagras, anunciando su llegada —y la de su “protegido”— con orgullo.

 

Los hombres del lugar, todos fornidos y de aspecto intimidante —bribones ante cualquiera que no los conociera— levantaron sus tarros de cerveza en un gran vítores de bienvenida para los dos muchachos.

Entre risas de fondo y el olor a alcohol, Hiccup apenas alcanzó a procesar nada. Tuffnut lo arrastró directamente a la barra y lo sentó de golpe antes de que pudiera siquiera intentar huir.

 

— ¡Snotty, dame dos de tus mejores tragos! — gritó el Thorston con teatralidad absoluta.

 

— Espera… ¿Snotty?

 

La mirada de Hiccup se cruzó de inmediato con la de Snotlout. Ambos quedaron igual de atónitos. De todas las personas que esperaba ver detrás de la barra, él era definitivamente la última.

Tras la conversación con Jack, sabía que eran amigos de la infancia y que su padre era dueño del local, sin embargo, no esperaba encontrarlo trabajando ahí, limpiando vasos y recibiendo órdenes de Tuffnut como si fuera lo más normal del mundo.

 

El silencio cayó de golpe en la taberna.

 

Snotlout dejó caer un tarro vacío sobre el estante con más fuerza de la necesaria. Hiccup casi saltó del susto. Con los dientes apretados —como si se estuviera tragando un insulto—, Snotlout forzó una sonrisa apenas decente y se colocó el trapo sobre el hombro.

 

— En seguida — dijo con una voz que dejaba claro que no estaba “en seguida” para nada.

 

Mientras se alejaba mascullando quejidos ininteligibles, el estómago de Hiccup dio un vuelco. Según todo lo que había deducido, Snotlout era el prometido de Jack. ¿Cómo demonios iba a hablar de cortejar a Jackson frente a él?

 

— Tuff, no entiendes la situación. No puedo…

— Shhhh.

 

El dedo índice de Tuffnut aterrizó sobre los labios de Hiccup, callándolo de inmediato.

 

— No debes tener miedo de amar, Hiccup — dijo con tono solemne, como si estuviera impartiendo la más profunda de las lecciones. — Mucho menos cuando eres el afortunado que ha conseguido su atención.

 

Acallando cualquier intento de Hiccup por explicarse, dos enormes tarros de cerveza cayeron frente a los muchachos con un golpe seco. Tuffnut tomó el suyo con entusiasmo inmediato, mientras Hiccup solo observaba al tabernero con una mezcla de miedo y desconcierto.

 

— ¿Y bien? — gruñó Snotlout mientras apoyaba los codos en la barra. — Debes estar muy desesperado para aceptar consejos de ese idiota.

 

Hiccup tragó saliva. Intentó hablar. Intentó. Pero solo produjo un balbuceo patético que lo hizo parecer aún más perdido. Incluso su boca se sentía absurdamente seca.

Rindiéndose, tomó el tarro con manos temblorosas y dio un par de tragos rápidos, esperando —como tantos borrachos juraban— que la valentía apareciera por arte de magia.

 

— Idiota no — corrigió Tuffnut, señalándose a sí mismo con el pulgar. — Genio incomprendido es la palabra correcta.

 

Deslizó su vaso vacío y, demostrando años de práctica sincronizada, Snotlout lo llenó sin siquiera mirarlo.

El Jorgenson, sin embargo, sí observó de arriba abajo a Hiccup. Muy claramente podía ver que ese muchacho no había tocado alcohol… probablemente nunca. Suspira, limpiando un vaso con ese trapo eternamente sucio, como si cargara el peso de alguna verdad que nadie más aquí entendía.

 

— Felicidades, Ji-cup. — Pronunció su nombre mal a propósito. — Ganaste la atención de Jackson. ¿Y ahora qué sigue?

 

Hiccup abrió la boca.

 

— ¿Pero ustedes no…?

 

No pudo terminar. Otra vez.

 

— ¡El cortejo es lo primordial! — proclamó Tuffnut, interrumpiendo con una palmada estruendosa en la espalda del pobre muchacho, casi haciéndolo escupir el trago. — Somos descendientes de vikingos. ¡Hay que honrar nuestro linaje con cada acción!

 

— Yo solo veo que a tu “aprendiz” le falta demasiado para ser descendiente de vikingos — intervino Snotlout, flexionando exageradamente los brazos para remarcar su punto. — Yo, en cambio, soy el arquetipo perfecto.

 

Y, siendo objetivos, tenía razón: al lado de Hiccup, Snotlout parecía haber sido creado por el mismo Völundr en medio de un ataque de inspiración.

 

— ¡Como sea, rey patán! — replicó Tuffnut sin perder positivismo. — Fue mi muchacho quien llamó la atención de Jack, no tú.

 

Silencio. Hiccup parpadeó. Una, dos veces.

No solo Snotlout sabía que Jack estaba interesado en él, tampoco parecía molesto…Sino que estaba permitiendo —¿alentando?— que Tuffnut hablara abiertamente del tema.

 

¿Qué estaba pasando?

 

Otra persona cualquiera habría preguntado antes de asumir. Pero Hiccup, por alguna razón que ni él entendía, prefirió ver hacia dónde iba todo mientras intentaba aplacar sus dudas con tragos enormes de cerveza.

Y en cualquier otra situación, habría ignorado por completo aquellos “consejos” que sonaban más a sabotaje que a ayuda. Pero lo cierto era que no tenía la menor idea de cómo proceder.

 

Todas esas incómodas charlas sobre el amor que su padre había intentado darle… Hiccup las había evitado con éxito durante años. Nunca pensó que necesitaría realmente escuchar consejos para cortejar a alguien.

Ahora, con alguien que de verdad le hacía latir el corazón, se sentía como perdido en medio del bosque sin brújula ni señal de humo.

 

— Primero: a las chicas les encanta un hombre fuerte que pueda resolver lo que sea necesario — comenzó Tuffnut, golpeando la barra con el dedo como si estuviera impartiendo sabiduría ancestral.

 

Pero algo en ese consejo le hizo ruido. Por suerte, Snotlout lo verbalizó antes que él.

 

— Jack no es una chica, ¿o se te olvidó? — refunfuñó el Jorgenson, apartando el vaso de Tuffnut cada que este intentaba tomarlo.

 

— Chica o no — insistió el rubio, recuperando el vaso con terquedad — no está mal tener a alguien que sepa resolver y no empeorar las cosas.

 

Snotlout resopló y, sin aviso previo, le lanzó el trapo sucio a la cara. Aprovechando los quejidos indignados de Tuffnut, saltó ágilmente sobre la barra, aterrizando en el taburete vacío junto a Hiccup.

Sin pedir permiso —como si ese concepto le fuera desconocido— rodeó los hombros de Hiccup con uno de sus fornidos brazos y le arrebató el tarro para asegurarse de que lo escuchara.

 

— Más bien — dijo con tono serio, aunque no lograba ocultar cierta burla — deberías derrochar más masculinidad. Así podrás demostrarle que eres capaz de proteger a tu futura familia.

 

— ¿F-Familia? — tartamudeó Hiccup, dando otro trago para sobrevivir a la idea. Su cara estaba ya peligrosamente roja y no solo por el alcohol.

 

Snotlout lo examinó de arriba a abajo con una mezcla de lástima y resignación. Luego suspiró, lo empujó de regreso hacia Tuffnut —que por fin había logrado quitarse el trapo de la cabeza— y regresó a su lugar tras la barra.

 

— Es un caso perdido, Tuff — dictaminó, tomando otro vaso que necesitaba lavar. — Mejor que se retire antes de que termine con el corazón roto.

 

Refunfuñando por las pocas esperanzas que tenía en él, Tuffnut continuó enumerando consejos desde el dos hasta el mil. Ninguno resonaba con Hiccup; es más, todos sonaban demasiado ajenos a su persona. Pero con tanto alcohol corriéndole por la sangre —considerando que nunca bebía—, era como si estuviera escuchando las palabras sagradas del mismo Odín.

Cuando las risas empezaron a nacer sólo por inercia y obvio exceso de cerveza, los tres ya ni siquiera podían mantenerse derechos en los taburetes. Cada tanto alguien resbalaba, se tambaleaba o casi caía, y entonces comenzaban los retos: quién aguantaba más dolor, quién gritaba menos ante un golpe, quién podía levantar barriles con un brazo… Azañas gloriosas, según Tuffnut.

 

Y justo cuando Snotlout aprovechaba el estado semi–inconsciente de Hiccup para atestarle un golpe en la cabeza — “tradición vikinga”—, la salvavidas del Haddock entró en escena: Astrid.

La taberna entera se tensó por un instante, pues no sólo era hermosa, sino que emanaba una presencia tan imponente que hasta los más borrachos enderezaban la espalda. 

Su suspiro fue profundo al ver el panorama: Hiccup tambaleándose con un casco abollado, Snotlout con puño alzado, Tuffnut llorando de risa sobre la barra.

Snotlout había golpeado el casco vikingo de Hiccup con tal fuerza que el sonido retumbó en toda la taberna.

 

— ¡No me dolió! — declaró Hiccup, levantando un dedo acusador, tambaleante pero orgulloso, listo para devolver el ataque como si aquello fuera un duelo de honor.

 

— ¡Ese es mi muchacho! ¡No te dejes ganar por ese tonto! — lo animaba Tuffnut, que claramente estaba peor de ebrio que él. Su voz resonaba como si estuviera presenciando una increíble batalla.

 

Un momento le tomó a Astrid hacer una foto mental de la escena. Goober se reiría tanto de esto.

 

—¡Oigan, idiotas! —vociferó, avanzando a paso firme hasta colocarse justo detrás del Haddock.

 

Con solo clavarles la mirada, Snotlout ya estaba lamentando profundamente haber levantado el puño una segunda vez. Incluso Tuffnut, que normalmente no distinguía entre amenazas reales e imaginarias, se encogió un poco.

Hiccup, por su parte, ya había reconocido esa voz desde el instante en que entró.

Liberado de golpe por Snotlout, intentó acomodarse el casco que el otro le había encasquetado.

 

—¿Está detrás de mí, no es así?

 

Astrid no respondió. En un movimiento tan rápido como humillante, tomó a Hiccup por el brazo y lo levantó sobre su hombro como si fuera un saco de harina.

El castaño aceptó su destino con sorprendente dignidad, quedando cabeza abajo, con el casco en la mano, tarareando algo que solo los dioses sabían si pretendía ser una canción.

 

—Me llevo a este enclenque a casa. Ni una palabra, ¿me oyeron?

 

Ante tal demostración de autoridad, todos en la taberna respondieron al unísono: —¡Sí, madam!

 

El silencio que siguió fue tan absoluto que por un momento parecían estatuas.

Definitivamente, la suerte había besado la vida de ese muchacho. Para ser apenas las seis de la tarde, las calles estaban completamente vacías. Astrid aprovechó la tranquilidad para acomodar a Hiccup sobre la montura de Stormfly, ajustar las riendas y comenzar el camino de regreso.

 

—Primero el lodo y ahora te encuentro en la taberna. Wow. ¿En serio estás bien? —preguntó, con molestia evidente en la voz. Aun así, la preocupación teníala delantera.

 

Entre murmullos incoherentes, apenas una frase llegó clara:

 

—Estoy enamorado, Astrid.

 

Ella soltó un bufido exasperado.

 

—Eso no es excusa para emborracharte así, Hiccup.

 

Y aunque la idea de aprovechar aquel “suero de la verdad” era tentadora — muy tentadora—, sabía que sería injusto. Él no estaba en condiciones de comprender ni controlar sus palabras. Y Astrid jamás jugaría con eso.

Al llegar a la casa familiar, tuvo que entrar por la puerta trasera para evitar cruzarse con el servicio. Ya adentro, preparó un remedio para la resaca con la eficiencia de alguien que lo había hecho demasiadas veces para los demás. Lo dejó en la mesita de noche, junto a un vaso de agua.

Más le valía a Hiccup no despertar demasiado obvio en la mañana.

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La mañana siguiente fue un caos con piernas. No hubo desayuno familiar; Hiccup salió disparado de casa hecho un lío, medio vestido y con la resaca mordiéndole el cráneo.

En la escuela, los niños notaron al instante que algo andaba muy mal con su maestro. Aun así, eso no detuvo a la mitad más revoltosa: lo que en segundos ya estaban en plena guerra de libros, mientras la otra mitad intentaba adelantar tareas en medio de la batalla.

Jamie fue quien, arrastrándose como un soldado en plena trinchera, logró llegar al escritorio del profesor.

 

¿Maestro? ¿Necesita descansar? ¿O está enfermo? —susurró con preocupación.

 

Hiccup le dedicó una sonrisa débil y le pidió que se levantara antes de que se ensuciara el uniforme.

Aguantó como pudo toda la clase, apoyándose en el escritorio cada vez que el dolor punzante le atravesaba las sienes. Cuando ya pensaba que iba a desmayarse, la campana sonó. Milagrosamente.

En cuestión de segundos, los alumnos salieron corriendo del salón como cervatillos espantados, dejando el desastre a su paso. Como siempre, solo Jamie y él permanecieron en el aula destruida.

 

—Vete temprano a casa, Jamie. Mañana prometo estar como nuevo —aseguró Hiccup, aunque su tono decía todo lo contrario.

 

El niño apretó los labios, intentando pensar en algo útil qué decirle. Pero era solo un niño; ¿qué se supone que debía recomendarle a un adulto?

Por suerte, alguien llamó a la puerta.

Los ojos de Jamie se iluminaron de inmediato al reconocer la figura en el marco.

 

Lo que Hiccup asumió que sería la señorita Thiana resultó ser nada menos que Jackson, que había logrado escaparse de la seguridad de su hogar para recoger a su hermanito… y, casualmente, ver al joven maestro.

 

—Vaya, me alegra encontrarlos a ambos —saludó Jack, como quien no va con segundas intenciones. Aunque claramente sí las llevaba.

 

—¡Jack! El profesor tiene dolor de cabeza. ¿Qué toma papá cuando le pasa eso? —preguntó Jamie sin perder el tiempo.

Jack dirigió una mirada rápida a Hiccup, como preguntando ¿te estás muriendo?

 

—A-ah, no es nada. Solo… dormí tarde —mintió Hiccup, ocultando que una cerveza había sido suficiente para mandarlo al Valhalla.

 

Jack se arrodilló para quedar a la altura de Jamie.

 

—¿Puedes ir a buscar un poco de agua al pozo? —pidió con esa amabilidad que siempre convencía al menor.

 

Jamie asintió y salió disparado con la cantimplora.

Apenas quedaron solos, Jack tomó a Hiccup del brazo y lo arrastró hacia una de las bancas frente a la escuela, donde los padres solían sentarse a ver a los niños jugar en los recreos.

Hiccup intentó restar importancia a su estado, pero Jack ignoró cada palabra. Lo tomó del cuello del traje y, sin ceremonias, acomodó su cabeza sobre sus piernas, como si fuera una almohada hecha a medida.

 

—¡Ya lo tengo, Jack! —gritó Jamie al regresar, entregando el agua sin cuestionar la escena frente a él.

 

Aacostumbrado a ver cosas extrañas en su familia, se sentó a su lado, abrió un libro y se sumergió en la parte más interesante de la historia, ignorando por completo lo que fuera que estuviera ocurriendo entre su hermano y su maestro. Era excelente que se llevaran tan bien. Excelentísimo, de hecho.

Jack empapó un pañuelo con el agua fresca y lo colocó con cuidado sobre la frente de Hiccup. Luego, casi sin pensarlo, deslizó los dedos entre su cabello, ordenando mechones rebeldes.

 

Oh… dioses —murmuró Hiccup, demasiado consciente de cada caricia.

 

No sabía si el método realmente servía o si era puro placebo, amplificado por el hecho de que Jackson — que lo traía mal desde hacía días— tenía sus dedos entre su cabello. Y aunque el día anterior habían estado incluso más cerca, su rostro todavía se teñía de rojo ante el más mínimo toque.

Jugando con los botones de su chaleco como adolescente avergonzado, Hiccup no podía creer la naturalidad con la que los dos hermanos vivían aquella escena. Ahí estaba él, prácticamente derritiéndose con cada mimo, mientras Jack conversaba de lo más normal con Jamie y el pequeño asentía alegremente sin apartar la vista de su libro. Como si su maestro no estuviera agonizando de amor y resaca sobre el regazo de su hermano.

Finalmente, rindiéndose a la comodidad —y siendo un poco descarado— Hiccup se acurrucó mejor contra los muslos ajenos y cerró los ojos, dispuesto a tomar una siesta breve que lo ayudara a calmar la tortura que tenía por cefalea.

 

Los “consejos” de Snotlout y Tuffnut retumbaban entre sus recuerdos junto a frases vergonzosas que prefería no traer de vuelta. Aun así, pensó que podría intentar aplicar alguno… si lo moldeaba hasta hacerlo sonar mínimamente natural (si es que eso era posible).

Pasado un rato, Jamie anunció que se adelantaría a casa junto a Gummy. Jack le dio instrucciones rápidas a la yegua, asegurándose de que llegaran sin problema.

Cuando quedaron solos, Hiccup abandonó a regañadientes ese regazo tan cómodo y se reincorporó en la banca. Sosteniendo torpemente el pañuelo frío contra su frente, trató de iniciar una conversación con el clásico: ¿Cómo te ha ido hoy?

Jack, encantado de que el otro quisiera hablar, comenzó a responder de inmediato. Incluso extendió la mano para ayudarle con el pañuelo, pero Hiccup se lo impidió. Jack arqueó una ceja, sorprendido, y Hiccup —sin saber de dónde sacaba ese valor improvisado— soltó: — Alguien tan precioso y delicado no debería… eh- realizar esfuerzos innecesarios. Yo me encargo.

 

Jack lo miró como si acabara de escuchar a un extraterrestre, pero acabó riendo ante semejante frase salida de la nada. No insistió más.

La tarde transcurrió entre pláticas suaves, risas cortas y silencios cómodos, hasta que el sol empezó a deslizarse detrás de los tejados. Fue entonces cuando Hiccup tomó la iniciativa: se puso de pie rápidamente, ofreciendo su mano para ayudarlo a levantarse.

 

— Es peligroso volver a casa a estas horas sin compañía —dijo con un tono extraño, mezcla de seguridad y nervios.

 

— Eh… nunca ha sido realmente un problema —respondió Jack, sin entender del todo la actitud del Haddock, pero feliz de que existiera una excusa para prolongar el tiempo juntos. — ¿Regresaremos caminando? —preguntó, curioso.

 

Pero Hiccup ya se adelantaba. Se llevó dos dedos a la boca y dejó escapar un silbido contundente. Al bajar la mano, le dirigió una sonrisa ladeada.

Un silencio incómodo se extendió entre ambos, hasta que el retumbar de cascos se escuchó a lo lejos. Toothless apareció galopando con una entrada heroica que, para orgullo de Hiccup, él mismo había entrenado años atrás “por diversión”. 

 

Y pensar que realmente acabaría usándolo.

 

Tras darle dos palmadas en el lomo, Toothless se arrodilló como los corceles de los cuentos, invitando al Overland a subir primero.

Un genuino “Wow” escapó de los labios del albino, claramente impresionado. Siguiendo la corriente, tomó la mano de Hiccup al apoyarse para subir a la montura. Intentando lucir como un príncipe encantador —aunque temblara un poco— Hiccup tardó dos intentos en montarse detrás de él. Normalmente habría subido de un salto, pero los nervios tenían otros planes.

 

— Muy bien. A casa de Jack, amigo — pidió suavemente al corcel, iniciando la marcha en un trote lento y relajante. Lo ideal para alargar el tiempo juntos todo lo posible.

 

— ¿Desde hace cuánto sabe hacer eso? — preguntó Jack, aún maravillado por la entrada heroica de Toothless.

 

Lo que un Hiccup pre-brainwashing habría respondido era algo real como “Hace años, por diversión”. Pero el Hiccup actual, con más malos consejos que neuronas disponibles, soltó:

 

— No lo sé. Supongo que será por tu belleza.

 

Jack soltó un desconcertado “Oh…” 

Toothless bufó. Bufó fuerte. Traducción: yo no firmé para esto.

 

Si no tuviera ambas manos clavadas en las riendas, Hiccup ya estaría golpeándose la cabeza contra la grupa del caballo. En cambio, solo apretó los dientes y dejó que su alma abandonara su cuerpo durante unos segundos.

Mientras Hiccup se hundía en su propia vergüenza, Jack intentaba recordar dónde había escuchado esa frase. Le sonaba familiar y no por buenos motivos. Algo dentro de él decía que no era una frase muy “Hiccup”.

El resto del trayecto transcurrió bajo un silencio incómodo, pesadísimo; un contraste doloroso con lo cómodos que habían estado hacía apenas unas horas.

Al bajar del corcel frente a la casa, Jack dudó un momento antes de hablar. Miró al Haddock con cautela.

 

— ¿Estás bien, Hiccup? Actúas… diferente. — “Extraño” era la palabra que quería usar, pero no quería ser maleducado.

 

— ¿En qué sentido? Sigo siendo yo — mintió descaradamente Hiccup, reuniendo valor para tomar su mano y besar el dorso de esta con gesto torpemente galante.

 

El atardecer salvó a ambos: si no fuera por esa luz, el rubor explosivo en las mejillas de Jack habría sido delatado de inmediato.

 

— Descansa — se despidió Hiccup, sonriendo con una mezcla trágica de encanto y pánico.

 

Esperó paciente a que Jack entrara. Y, apenas la puerta se cerró, Hiccup se desplomó de rodillas en el suelo.

 

— Se honesto, ¡¿Soné como un patán, verdad?! — imploró mirando a Toothless como si este fuera un sabio. — ¡Golpéame si de verdad quedé como un idiota!

 

Toothless, que tomaba las órdenes muy literalmente (de tal dueño, tal mascota), levantó una pata y le dio un golpe seco en el abdomen con el casco frontal.

 

¡AGH! — chilló Hiccup, retorciéndose en la tierra mientras Toothless lo observaba como si solo estuviera actuando dramático.

 

Finalmente, el caballo suspiró, tomó el traje del muchacho con los dientes y comenzó a arrastrarlo de vuelta a casa cual saco de papas arrepentido.

Dentro de la mansión Overland, Jack apenas había avanzado dos pasos cuando soltó un pequeño grito, sobresaltado.

Ahí estaban.

TODOS los miembros del servicio. De pie. Amontonados. Mirándolo como si acabara de protagonizar la obra teatral más esperada del año.

 

Chismosos profesionales eran esos. Cada uno de ellos.

 

— Joven Overland… — empezó Easter.

 

— ¡Ap! ¡Ap! ¡Ap! — lo calló Jack de inmediato, rojo como un tomate. — ¡Ni una sola palabra!

 

— Pero, señorito…

 

— ¡Ni una! — dijo, acelerando hacia las escaleras. — ¡NADA! — se escuchó antes de que su puerta se cerrara con un portazo.

 

Easter suspiró. Lo único que quería decirle era que su padre había estado presente. Muy presente.

Desde la ventana de su oficina, North —acompañado de un Jamie alegre y una bandeja de galletas— había visto absolutamente todo.

 

— ¿Ves? ¡Te dije que se llevaban bien! — celebró Jamie.

North asintió, dándole palmaditas en la cabeza mientras el pequeño devoraba otra galleta.

 

— Sí, Dingle. Le ganaste a este viejo una vez más.

 

Llevando una de las galletas a su boca, padre e hijo disfrutaron de aquella pequeña merienda mientras acordaban qué decir en caso que Jack sospechara de que ellos sabían.

 

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Con los días pasando más rápido de lo usual, todos los intentos de cortejo parecían no funcionar en lo absoluto. Al menos, eso aseguraban Snotlout y Tuffnut. Habían tomado la taberna como punto de reunión —esta vez sobrios— y seguían inundando la cabeza del Haddock con consejos nada prácticos.

 

Aunque para cualquier tercero era evidente que esos consejos hacían más daño que bien, entre esos dos cabezas huecas realmente creían estar enseñándole las runas sagradas al muchacho. No era por malicia; ellos tampoco habían crecido con las historias de amor más convencionales del mundo.

Ahora, camino a la mansión Overland, con Tuffnut sentado detrás suyo sobre Toothless y Snotlout cabalgando a un lado sobre Hookfang, el Thorston tenía el favor de sostener el ramo de flores que Hiccup había preparado.

 

—¡Debes hacerle creer que saliste victorioso de varias luchas! —recomendaba Tuffnut, empuñando el ramo como si fuera una espada y no un conjunto de delicadas flores.

 

Hiccup soltó las riendas —Toothless siguió avanzando sin necesidad de guía, conocía el trayecto de memoria— y le arrebató el ramo de las manos a Tuffnut, asegurándose de que ni un solo pétalo hubiera sido perdido.

Les había mentido a ambos diciendo que gastó miles de monedas en aquel detalle, pero en realidad las había cosechado él mismo para poder controlar hasta el más mínimo detalle.

 

Frunció el ceño ante la imprudencia del Thorston y resignado escuchó las molestas burlas de Snotlout por cuidar tanto unas simples plantas. Ya estaban a escasos metros de la residencia y no iba a permitir que arruinaran sus planes.

Chifló a su corcel, y Tuffnut fue eyectado de su lugar; convenientemente, Hookfang imitó a Toothless, deshaciéndose también de su propio jinete.

 

— ¡¿Acaso estás poniendo a mi caballo en mi contra?! —gruñó Snotlout desde el suelo, cubierto de tierra.

 

Ignorando las quejas y con Hookfang a la par, Hiccup llegó finalmente a esas pintorescas vallas de piedra que separaban la naturaleza de la modernidad Overland.

Usando a su amigo como apoyo emocional, pensó una y otra vez cuál sería la mejor manera de llamar la atención de Jack. Estaba seguro de que habría más gente mirando: no solo el servicio, también Jamie y —aún peor— su padre.

 

Entró en un bloqueo mental, lo suficientemente largo para que sus dos espectadores desde los arbustos empezaran a hartarse.

Snotlout fue el primero en salir de entre las hojas y, lanzándole una piedrita a la cabezota del Haddock, gritó sin el menor pudor:

 

—¡VINE POR TI, PRINCESA! ¡ASÓMATE POR LA VENTANA!

 

—¡¿Oye, qué?!

 

Hiccup apenas tuvo tiempo de devolverle la piedra directo a la cara, pero el daño ya estaba hecho: los gritos habían llamado la atención de todos los que siempre tenían una oreja levantada en la propiedad Overland.

Mientras tanto, Jackson se asomó a la ventana, preparado para enfrentar lo que —él pensaba— era otro drama de Snotlout. Pero al ver a Hiccup ahí de pie, con las flores en las manos, su rostro tomó un rosado fuerte.

Hiccup sonrió de forma incómoda y torcida —aunque inexplicablemente encantadora—. Le dieron ganas de explicar que él no había sido quien gritó tal mafufada, pero eso solo haría todo más raro.

 

—Hola… —saludó entre risillas patéticas. Aclaró su garganta e intentó reunir valor para seguir con lo que tenía planeado—. Ehm… ¿No deseas bajar?

 

Sin siquiera poner excusa, Jackson tomó aquella ruta que siempre usaba en su adolescencia cuando era confinado a la soledad de sus cuatro paredes por alguna travesura. 

Saliendo por la ventana, se deslizó por el tejado hasta alcanzar el borde y dejarse caer hacia la tierra; aterrizó con la destreza de esos justicieros de cuentos de hadas. Arreglando sus prendas como si no hubiera hecho una acrobacia increíble, soltó una risa nerviosa al notar que definitivamente había creado una escena. ¡Y claro que lo había hecho!

Sabiendo —con descaro— que esas flores eran para él, las tomó entre sus brazos entre risas ridículas, dándose cuenta de que el ramo era incluso más grande visto de cerca.

Sin exagerar, por primera vez entendía por qué las chicas se emocionaban hasta gritar cuando les regalaban flores.

 

—¡Gracias! —cantó alegre, abrazando el ramo como si fuera un cachorro.

 

Hiccup por fin pudo respirar. La tensión en sus hombros desapareció al concentrarse en lo tierno que se veía aquel muchacho apreciando un detalle que él pensó que no le importaría, pero que —para su sorpresa— le alegraba enormemente.

Por un momento, Hiccup se perdió simplemente en admirarlo, reconociendo poco a poco que todas aquellas flores las había mencionado Jackson en conversaciones previas. Era simplemente adorable.

Y si por él fuera, así hubiera pasado toda la tarde: convertido en estatua mientras admiraba la simple presencia del chico. Pero los colados querían otro show que no fuera solo amor cursi y nubes rosas.

 

Recibiendo otra piedra en el cogote —venganza de Snot—, escuchó a Tuff susurrar, para nada disimulado: '¡Vamos, tigre, demuestra de qué estás hecho!"

Intentando ignorar a aquel charlatán, esa azul mirada volvía a fijarse en él. Aun siendo de un color frío, la energía que emanaba era tan cálida que Hiccup viviría por tener su atención y solo suya.

 

— ¿De verdad te acordaste de mis flores favoritas?

 

— ¿Por qué no lo haría? Es algo importante para ti. No podría olvidarlo.

 

Por fuera Jack simplemente sonreía, pero por dentro... ¡Oh, dioses! Estaba pataleando cual adolescente emocionada por haber sido invitada al baile de sociedad por su crush de la infancia. ¡Así de intenso estaba sintiendo todo!

Simplemente quedarse a hablar era una rutina que ambos estaban creando sin darse cuenta. Tomando asiento en la silla colgante del porche, una cómoda conversación volvió a tomar lugar mientras Toothless y Hookfang aprovechaban para descansar y pedir caricias cual perro.

 

Entretenido para Hiccup y Jack, tierno para los chismosos y aburrido para cierto par aún entre los arbustos.

 

Nuevamente una lluvia de ramas y piedrillas atacaba cruelmente las botas de Hiccup. Podía imaginar claramente las quejas de esos dos, exigiendo que aplicara sus infalibles consejos.

Tal como una prueba del destino, la conversación cambió en torno a cierta anécdota que quedó a medias hace un par de días: aquella vez donde una notoria cicatriz apareció en su barbilla y con ella, jinete y corcel perdieron una pierna.

Una historia por demás triste, que a día de hoy todavía recordaba el dolor en ocasiones de desbordante estrés o de forma esporádica solo para arruinar su vida.

 

Como en todas esas veces donde los nervios lo poseían hasta quemarle neuronas, una respuesta más propia de Tuffnut que suya salió de sus labios: —¿Puedes creer que fueron cinco contra nosotros dos y salimos ganando?

 

Una sonrisa torcida por los nervios surcó su rostro al ver cómo la expresión neutra de Jackson se convertía en incomodidad y confusión.

 

—¿De verdad? —preguntó él, sin creer ni por un segundo lo que acababa de escuchar.

 

Era un caso perdido. Especialmente si tomaba en cuenta lo rápido que Jackson había perdido el interés. Todo por repetir aquellas frases egocéntricas de Snotlout, esas mismas que juró haber ignorado.

Jackson, por su parte, oyó la explicación a medias. Había notado cierto movimiento peculiar en los arbustos frente a Hiccup. Intentaba fingir que no, dando tiempo para que eso saliera y confirmar sus sospechas.

 

—¡Entonces Toothless se encargó de retenerlos entre sus riendas y…!

 

—Hiccup, ¿qué piensas sobre tener amantes?

 

Una pregunta escandalosa, por supuesto. Pero lo suficientemente impactante como para generar una reacción de proporciones épicas en cualquier oyente.

Celebrando por dentro al oír dos voces sofocadas salir del arbusto, Jackson finalmente giró a mirar al atónito Hiccup, quien seguía intentando comprender por qué demonios había salido semejante pregunta.

Ya no parecía tan arrogante, ¿eh?

 

—Vaya pregunta… —tartamudeó el Haddock mientras su rostro adquiría un tono rojizo. De repente, el cuello de su camisa lo sofocaba.

 

—Después de todo, estaremos comprometidos en quién sabe cuánto… No me gustaría que perdiéramos cercanía.

 

Aquella declaración podría volver loco a cualquiera; sin embargo, para ellos dos y historia, tenía una tonalidad triste. Recordarlo dolía.

Pero Hiccup era testarudo. Y, al menos dentro de todos los planes y rutas alternas que había considerado, Jackson sería su prometido y, eventualmente, su único esposo. No permitiría que pasara las penurias de un amante ni nada parecido.

 

—Hey… —lo llamó suavemente mientras reunía el valor para sujetar su mano—. Tomará tiempo, pero me encargaré de que suceda. Si debo desposar a alguien, te escogería una y mil veces.

 

Ese era el Hiccup que Jackson conocía.

 

—Nada de amantes. Solo nosotros dos.

 

Jack intentó ocultarlo, pero su corazón revoloteaba con tanta fuerza que una amplia sonrisa escapó inevitablemente por sus comisuras.

 

—Suena bien.

 

Mandando al demonio normas, temores y los ojos expectantes de quienes estaban escondidos, Jackson tomó el pulcro pañuelo y tiró de él hasta unir sus labios en un beso fugaz.

 

Lo suficientemente corto como para no escandalizar, pero lo bastante largo como para grabarse en la memoria de ambos—una sensación capaz de despertarles el corazón y difícil de olvidar.

 

—Si así va a ser siempre… —reclamó atontado Hiccup, la respiración agitada, el pañuelo hecho un desastre y el rostro cada vez más rojo al ver la sonrisa socarrona del Overland—. Me puedo acostumbrar.

 

Aceptando un segundo e incluso un tercer beso, Jackson ocultó astuto ambos rostros tras el pomposo ramo de flores. Por último —y a regañadientes— colocó con suavidad su palma sobre los labios ajenos; sonrió, enternecido, al ver la molestia arder en esos ojos verdes.

 

—Mejor en otra ocasión… Algo me dice que nos espían.

 

En realidad, era un guiño para dejar claro que sabía perfectamente de la presencia de Snotlout y Tuffnut, aunque también podía entenderse como un comentario dirigido al servicio, que había retomado su labor de observación desde las ventanas.

Hiccup murmuró un “Tienes toda la razón” resignado, y los labios quedaron liberados mientras ambos se apresuraban a arreglar su apariencia, intentando recuperar dignidad.

 

—Gracias por venir, Hiccup —agradeció el albino mientras se ponía de pie, encaminándose a la entrada de la casa.

 

—Siempre es un placer.

 

Como en ocasiones previas, el muchacho esperó a que Jackson estuviera bajo la seguridad de su hogar antes de emprender el regreso.

Al cerrar la puerta de madera con delicadeza, esta vez ignoró las miradas curiosas del servicio y se acercó a una de las ventanas que mejor le permitían vigilar discretamente al Haddock.

 

—¿Qué estamos haciendo exactamente? —escuchó la voz de Thiana a su lado. No tenía ganas de explicar los detalles, así que solo hizo un gesto con la mano para que ambos observaran al objetivo.

 

Acompañado por Toothless y Hookfang, Hiccup tardó un rato en atreverse a dar los primeros pasos hasta que encontró algo en el suelo. Algo lo bastante llamativo como para obligarlo a detenerse y recogerlo.

 

—¡También cree en las herraduras de la suerte! —celebró 

 

Thiana al notar que sostenía una herradura sorprendentemente brillante para ser de segunda mano.

 

—Conque es un soquete… Y yo que tenía tanta fe en él —se unió Easter al espionaje.

 

Sandy, tirando suavemente del impecable uniforme de Easter, llamó su atención para recalcar un detalle que —a su parecer— era importante. Con señas indicó: “Thiana también cree en cosas de la suerte”.

 

—¿Y cuándo dije que ella no lo era?

 

Ofendida por la insinuación, Thiana empujó a Easter fuera del pequeño tumulto con tal fuerza que el hombre desapareció quién sabe dónde dentro de la amplia sala. Con suerte, habría aterrizado sobre la alfombra.

Exigiendo silencio con un exasperado “¡YA CIERREN LA BOCA!”, Jackson confirmó sus sospechas cuando vio, desde la ventana, cómo Thorston y Jorgerson salían de los arbustos para felicitar a Hiccup. El pobre, aún intentando evitar que lo alzaran, no pudo huir de la euforia de esos dos.

 

Por más divertida que pareciera aquella escena, la simple presencia de esos dos ya le daba una idea bastante clara de por qué ese comportamiento tan extraño había comenzado a filtrarse en sus conversaciones con Hiccup.

No podía creer que incluso Snotlout tuviera influencia sobre la única persona interesante de todo el pueblo.

Pero, aunque durante un instante pensó que aquello era un obstáculo para que Hiccup pudiera comportarse como él mismo, una solución bastante llamativa —incluso para sus estándares— apareció frente a sus ojos.

 

—¿El maestro Hiccup nos visitó y no me avisaste? —se quejó Jamie, indignado. Pese a dejar pasar la grave traición de que alguien se hubiera comido sus galletas, observaba cómo su maestro favorito se alejaba de la casa en compañía de Snotlout y Tuffnut.

 

Lo que realmente lo desconcertó fue ver a su hermano girarse hacia él muy lentamente, de manera casi tétrica, para después dedicarle esa sonrisa que usaba siempre que un plan empezaba a tomar forma en su cabeza. Jamie había vivido demasiados momentos así —siendo víctima o cómplice— como para no reconocerlo. Para él, era tan obvio como sentir el viento cambiar de rumbo.

 

—¿Estás pensando lo que estoy pensando? —preguntó, con una mezcla de curiosidad y resignación. Un sexto sentido le decía que esta vez le tocaría ser cómplice.

 

—No tienes ni idea.

 

Primero, Jackson dio prioridad a acomodar todas las flores, colocándolas en un florero digno de presumirse en la sala. Luego, ya libre, tomó a su hermanito en brazos y comenzó a explicarle en murmullos lo que tenía en mente. Para su sorpresa, Jamie añadió incluso mejores ideas para perfeccionar el plan.

Uno tenía habilidad nata, y el otro, creatividad infinita. El joven Haddock no podría olvidar lo que le esperaba.

 

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.

 

¿Cuánto tiempo había pasado desde el último intento por cancelar su compromiso con el dichoso Overland? La verdad es que no tenia ni idea. Ya era del día a día que durante la cena Hiccup intentara hablar del tema y Stoick se negara rotundamente, temiendo por un sabotaje.

Ayudando a Goober con la limpieza de los caballos y sus establos, era como la quinta vez que se quejaba por la actitud de su padre. Astrid también los acompañaba, no haciendo ningún esfuerzo además de afilar su amada hacha, pero siempre atenta a escuchar el drama de vida de Hiccup.

 

— El nunca me escucha — refunfuñaba conforme recortaba los cascos de Toothless.

 

— Es de familia — contestó el herrero, como si se tratara de un buzón de voz cansado.

 

Dándole forma a las nuevas herraduras, intentaba comprobar si las quejas del chico eran más fuertes que los martillazos contra la forja. Había intentado por tantos años que ganara el metal, pero de alguna manera Hiccup lograba resaltar sin siquiera intentarlo.

 

— Y cuándo lo hace, se escucha como si le hubieran dado poca carne en su sandwich.

 

Soltando cuchillo y martillo, infló el pecho conforme adquiría una actitud heroica y testaruda. Una imitación perfecta de su padre, sin duda.

 

— ¡Disculpa moza! ¡Yo pedí un primogénito fuerte, con dos piernas y obediencia de guarnición! ¡Esto es un pescado cojo y parlanchin!  

 

Astrid no pudo evitar estallar en carcajadas conforme Goober resoplaba al unísono de Grump, quien solo estaba concentrado en tomar una siesta.

 

— ¡Lo estás viendo del lado equivocado! Él solo quiere que tengas una buena vida cuando muera, hijo — intentó razonar, pero como había dicho antes: el no escuchar era de familia.

 

— ¡Y-Y no me opongo! Solo quiero poder escoger con quién...

 

La mirada de Gobber solo derrochaba lástima. Sabía que era injusto, pero en todos esos años no había logrado cambiar la opinión de su mejor amigo. Con Valka apoyándolo, no podría ganarle ni con mil personas a favor.

Analizó a Hiccup de pies a cabeza. Ese tono triste pero lleno de ideas decisivas le dejaba claro que el asunto no era tan superficial como había pensado. ¿Qué demonios había sido lo suficientemente fuerte para cambiar por completo a alguien tan testarudo?

Le tomó un par de minutos encontrar la respuesta. Con Hiccup, lo más obvio nunca solía ser lo correcto. Sin embargo, al buscar silenciosamente confirmación en la mirada de Astrid, entendió que esta vez lo convencional también era lo acertado.

 

"No te creo…", decía Gobber con el ceño fruncido y cansado de sus bromas. Sin embargo, Astrid asintió rotundamente.

 

Al mirar de reojo a Hiccup, confirmaron que este ni se había enterado del intercambio silencioso. Estaba demasiado ocupado atendiendo los suspiros cansados de Toothless por tardarse tanto en una simple tarea.

 

—Además… ¿Saint? ¡¿Saint?! ¡Háganme el maldito favor! —rechistaba Hiccup, cegado por la impotencia y la frustración—. ¡Se escucha como un patán total! ¡Sir Hiccup de Saint! ¡Vaya imbécil!

 

—Hiccup… ¿de quién se trata? —inició Gobber, logrando captar su atención al instante.

 

—¿Qué?

 

—Estás enamorado, ¿verdad? …

 

El rojo furioso se tornó en rojo vergonzoso de inmediato. Era sorpresa, nervios y pánico por haber sido descubierto tan rápido. Según él, había sido discretísimo. Según todos los demás, ni en otras mil vidas.

Fingiendo seguir enojado, terminó a toda prisa el recorte de los cascos de Toothless e intentó huir de la inminente interrogación masiva, solo para ser interceptado por el pulido filo del hacha de Astrid. Incluso cuando le rogó con ojos de perro triste que lo dejara pasar, la muchacha acercó más la hoja a su cuello.

 

— ¡Estoy intentando salvar tu pellejo! —lo reprendió Gobber, sujetándolo firme por los hombros para que lo mirara de frente—. Si tu padre se entera de esto, no me sorprendería que te enviara fuera del país con ese dichoso Overland que tanto detestas.

 

—Ten por seguro que se asegurará de que el compromiso no se vea alterado por ningún motivo —añadió Astrid, clavando su mirada azul en los ojos verdes que, poco a poco, se llenaban de angustia.

 

Tragó duro, sintiendo su boca secarse en un instante conforme la tensión crecía.

 

—Papá no llegaría a esos extremos… ¿verdad? —intentó razonar, buscando un rayo de esperanza.

 

Lo único que obtuvo fue silencio y miradas absolutamente escépticas.

Esa noche no insistió sobre el matrimonio. Fue directo a su cama hasta quedarse durante altas horas de la noche sin poder dormir. Por un momento pensó en la propuesta de Jack, si quiera hacerlo le daban ganas de vomitar.

Entonces, harto de escuchar las advertencias de Goober y Astrid sin cesar en su cabeza; abrió la ventana, intentando imitar aquella proeza de Jack días atrás. Aunque con mucha valentía pero nula destreza, Hiccup se deslizó por el tejado e intentó caer grácil sobre el césped.

 

Muy en contra de sus expectativas, un arbusto salvó posibles fracturas y no pudo evitar ahogar un grito al sentir varias ramas clavarse por todas partes.

Limpiando la tierra y hojas de su ropa, cojeó — más de lo normal — hacia el establo. Toothless, nada sorprendido de ver a su jinete despierto a esas horas, intentó ayudarlo en quitarse las hojas atrapadas en su cabello mientras Hiccup lo liberaba y colocaba la silla de montar.

 

Sin tiempo que perder, ambos emprendieron camino hacia la casa de cierto albino. Aún teniendo que pasar por el cementerio que volvía su piel de gallina, tanta velocidad les ayudó a ignorarlo con facilidad.

Toothless saltó con destreza las vallas de piedra e intentó ser lo más silencioso posible conforme Hiccup lo utilizaba de soporte para alcanzar las tejas que daban acceso a la habitación de Jack.

Una vez sobre el tejado, no fue difícil acercarse a la ventana del chico para tocar dos veces el cristal con los nudillos, ¿Perturbador? ¿Extraño? Por supuesto.

 

Tres toques.

 

— Jack...

 

Otros tres.

 

— Jackson...

 

Antes de que fueran nueve, las cortinas se abrieron y dejaron ver a Jack. Despeinado y claramente en pijama, intentaba comprender por qué rayos Hiccup estaba afuera de su ventana a las tres de la mañana.

Abriendola de golpe, ambos muchachos se quedaron en silencio observándose en silencio, intentando sin éxito encontrarle un significado a sus expresiones.

 

— ¿Te puedo ayudar? — Jack preguntó sarcástico. Se alegraba por ver una vez más ese rostro lleno de pecas, pero eso no quitaba que interrumpió su sueño.

 

— Estuve pensando en lo que dijiste... — Inició Hiccup, sin poder evitar mirar solo un poco más abajo de la mirada azul. 

 

Al parecer ambos compartían el dormir con ropa tan holgada como sea posible, era cómodo, lo comprendía. Pero ni Odín seria capaz de negar que Jack se veía más atractivo de lo usual.

Su piel ya era blanca por naturaleza y era increíble poder apreciarlo, pero nunca pensó que el resto de su cuerpo fuera incluso más pálido. Como si fuera hijo de luna y bendecido por ella desde el nacimiento.

 

— Hey...Mis ojos están arriba — Arrastrando con pesar su mirada hasta volver al contacto visual, sonrió avergonzado al notar el ceño fruncido del chico. — ¿Qué decías?

 

Intentó un par de veces mencionar el único motivo que lo llevó ahí: mencionar lo riesgoso que iba a ser todo si su padre se enteraba. Pero el arrepentimiento empezó a llegar con fuerza, pesando sobre sus palabras y llevándolo al borde de querer huír.

 

— ¿Estás seguro de ser...pues..."eso"? 

 

Realmente era un caso perdido.

Jack se tomó un tiempo para entender a lo que se refería con tanta cautela, así tomando asiento en el umbral de la ventana. Lo pensó, por la luna que lo hizo. Aunque había pensado en esa alternativa para escandalizar a los chismosos, era la única opción viable además de huir juntos.

Sin embargo, había mucho en juego. Ni corcel ni jinete podían estar lejos por el constante mantenimiento de las prótesis de ambos y Jack, caprichoso pero leal a quienes amaba, no podía dejar atrás a Jamie.

 

Me gustas...En serio me gustas — Declaró Hiccup en casi un susurro imperceptible. Nunca había sido capaz de imaginarse en una situación del estilo ni dentro de sus mejores sueños. — Y no quiero que te cases con un idiota, pero no se me ocurre nada que podamos hacer...

 

Quería buscar una manera posible de que todo fuera bien para todos, pero aquello era inverosímil y hasta un niño pequeño se daria cuenta de ello. Si escogía uno, los demás por consecuencia tendrían que cargar con el futuro incierto.

Apretando los labios en una fina línea, Jackson había perdido el camino dentro de su propia mente. Casi de inmediato, Hiccup se dio cuenta de algo a lo que estaba más que acostumbrado con su propio cerebro.

 

Tomándose el atrevimiento de sujetar la delgada mano del muchacho, pudo sentir el contraste entre ambas pieles; el delicado frío en ellas y lo cálidas que podía tener las propias. 

Logrando conectar miradas una vez más, volvió a hacer un movimiento al entrelazar sus dedos; convirtiendo en algo más íntimo una interacción tan inocente.

 

— Quizás deberíamos tomarnos un tiempo.

 

Cualquier palabra o idea murieron en ese mismo instante. Ese firme agarre se debilitó y ambas pupilas se achicaron ante el impacto de haber escuchado la oración.

Había quedado de hielo sin ser capaz de siquiera respirar, ¿Acaso era una broma?, ¿Si quiera eran algo para "darse un tiempo"? ¡Daba igual! ¡NO IBA A DEJAR QUE ESO...!

 

— Me refiero a dejar que las cosas pasen — Aclaró Jack. Sin siquiera ver su reacción, pues podía imaginarlo. — Una vez tengamos conocimiento del terreno todo será diferente y sabremos qué hacer...

 

Ya veo...

 

Nuevamente el silencio y lo único que hablaba por ellos era ese suave toque que calmaban sus latidos desbocados por el miedo. 

Cualquier oposición o idea no fueron dichas esa noche. La amargura permaneció en sus gargantas, siendo un simple abrazo lo que pudieron decirse como despedida; sin ser capaces de procesar en su totalidad que probablemente esa era la despedida.

Un fugaz encuentro de miradas fue la manera de que ambos dijeran "Hasta pronto", siendo que jinete y corcel se alejaban del lugar.

 

Recostandose en el umbral de la ventana, Jack dejó que el frío aire de otoño lo envolviera con sutileza, congelando tan rápido sus lágrimas que agradecía lo afín que podía ser con el gélido y temido frío.

Las suaves pisadas de Jamie hicieron rechinar las viejas tablas del suelo; delatando su ubicación y que se dirigía a la habitación de Jackson. 

El suave rechinar de las bisagras fue su alarma para arreglar su apariencia e intentar disimular su dolor con solo cansancio. Lo malo es que Jamie era tan chismoso como el servicio, por lo tanto, tenía noción parcial de lo que había acontecido hace unos minutos.

 

— ¿Qué haces despierto a estas horas, enano? ¿Otra pesadilla? — bromeó Jack, riendo débil y esperando respuesta de su hermanito, pero lo más sorprende fue ver que no hubo ninguna. Al menos no por unos segundos.

 

¿Qué haremos ahora? — Balbuceó Jamie, restregando sus ojos con el puño y sujetando a su conejo de peluche con la otra.

 

Observando su semblante somnoliento, el albino abandonó su puesto con tal de tomar en brazos al castañito, asegurándose que su peluche favorito no resbalara de sus manos.

Tarareando la canción que North solía cantarle cuando era pequeño, aseguró un sueño profundo en el pequeño y se dirigió a su respectiva habitación sin hacer ruido alguno.

 

 

Para aquellos que observaban desde la lejanía, todo parecía haber quedado en una extraña pausa de la noche a la mañana.

Miradas curiosas analizaban al joven Overland cuando era acompañado a hacer las compras, no pudiendo evitar sentir lástima al darse cuenta de esa sombría aura rodeándolo y la obvia ausencia de aquel joven que logró sacar un par de risas a los sirvientes.

Había cuchicheos por donde pasaba, y aun con los ánimos en negativo, Jackson tuvo que escribir las invitaciones a la fiesta de su padre.

El trabajo que desde siempre había sido de North, ahora parecía ser suyo este año. Al menos lo único positivo era que podía escribir más que una invitación en el pergamino para Hiccup.

 

A comparación con otras invitaciones, hechas con un mensaje automático y simple, no se podían comparar con el largo testamento hecho para el Haddock.

La mañana siguiente, manejando el carruaje para ir de puerta en puerta, Phil fue quien tocó la vivienda Haddock y fue cordialmente saludado por la sirvienta de aquel momento.

 

— ¿De quién se trata, Phlegma? — resonó la grave voz del patriarca desde la cocina, donde todos se encontraban compartiendo el desayuno.

 

Sin rodeos, Phlegma dejó cada pergamino en manos de sus destinatarios, provocando que varias cejas se alzaran al ver cómo Hiccup — quien no escribía para nadie más que a su caballo — recibía correspondencia.

Evitando preguntar y dejar a la vista su curiosidad, Stoick abrió el mensaje. Primero leyendo para sí, después se preparó para que el mensaje llegara a oídos de todos los presentes.

 

Me complace invitarlos a la fiesta tradicional de la familia Saint, donde podremos presentar gustosos a nuestros primogénitos. Son bienvenidos a disfrutar de la mejor música y comida del condado, mientras compartimos el ameno ambiente para conocernos mejor.

 Por favor, no falten.

 

 Atte. Nicolas Saint N.

 

— ¡Tenemos luz verde! — Celebró Stoick, recibiendo risas y aplausos de alegría al saber que finalmente podrían iniciar con los preparativos.

 

— Siempre es agradable tener a un hombre con una redacción impecable como consuegro — Elogió Valka, quien también se veía complacida por la educación que transmitía la carta.

 

Dando un par de ojeadas curiosas a la dirección del castaño, Stoick no pudo contener — por esta vez — la curiosidad que picaba en su mente, realmente asombrado por la concentración de su hijo al mensaje entre sus manos.

 

— Hijo... ¿Serías tan amable de compartir tu mensaje? Si no es molestia — Aclaró Stoick de inmediato. Conocía perfecto a su hijo y una pregunta como aquella lo sacaría de sus casillas.

 

Sin embargo, el silencio volvió acompañar a los cubiertos chocando entre ellos mientras cada uno seguía con su cena, a la espera de la respuesta de Hiccup.

 

Un murmullo escapó de sus labios, llamando así la atención de los únicos que conocían pinceladas del drama en la vida del muchacho. Compartiendo una mirada preocupada, la tristeza se apoderó de los gestos de Astrid, quien para nada despistada, pudo darse cuenta de esas pequeñas lágrimas queriendo caer por las mejillas pecosas, conforme apretaba con valentía ambos extremos del papel.

 

— Más de lo mismo — Anunció Hiccup, cerrando el pergamino y volviendo a tomar otro bocado de su abandonada cena.

 

Mentía.

 

Lo único que compartían ambas cartas era un "Por favor, no falte", en tonos totalmente distintos.

Mientras sus padres recibieron una invitación, Hiccup había recibido una devota carta de amor, donde se lamentaba en cada respiro haber tomado la decisión de esperar a lo que el destino traía, en lugar de luchar en contra del mismo.

Al parecer, su vida era una tragicomedia que los dioses amaban alimentar.

 

La cena llegó a su fin y dio inicio a una semana llena de carreras entre el servicio, buscando los últimos detalles para preparar el primer encuentro de ambos prometidos.

Sin embargo, completamente cegado por su miseria, Hiccup no prestó ni la más mínima de las atenciones durante todo ese tiempo. Hacía su rutina con tanta naturalidad que espantaba, sin siquiera darse cuenta de que el tiempo límite se acercaba.

 

Al mismo tiempo, Jackson era arrastrado de una boutique a otra por todos sus estilistas, quienes encaprichados en hacerlo lucir perfecto, buscaban las mejores prendas para la fiesta de Día de Muertos.

 

— ¿Cómo es que no se cansan? — preguntó al aire, conforme tomaba asiento dentro del carruaje, con el techo repleto de cajas y compras.

 

— Dicen que es el día más importante de tu vida, pero ni idea de por qué...

 

La repentina respuesta de su hermanito logró que sus nervios llegaran al extremo, soltando un pequeño grito al pensar que el transporte estaba vacío como siempre.

 

— ¿Y tú qué haces aquí? — Un poco hostil, pero desde aquella charla con Hiccup no podía fingir felicidad que ni sentía.

 

— Papá me dijo que podía acompañarte — Indiferente al extraño humor de su hermano, Jamie le entregó una preciosa sonrisa conforme se hundía una vez más en sus libros recién comprados.

 

Antes de poder responder, una nueva presencia se unió dentro. Acomodando más cajas en los asientos vacíos, dio la orden para emprender regreso a casa.

De cabellos negros y hermosos ojos verdes, la muchacha acomodó su elegante vestido antes de empezar a tomar nota de todo lo adquirido esa mañana.

 

— Llegando a casa sus sirvientas se encargarán de prepararle un baño de rosas y un nuevo tratamiento capilar, joven Jackson.

 

— Gracias, Heather...

 

Consejera de su padre, pero temporalmente su institutriz de etiqueta, Heather había estado haciéndole compañía esa última semana. Según Jamie, no lo dejaría hasta el día de la fiesta.

Correcciones amables al hablar, caminar — y no tan amables al no aplicar lo básico — empezó aquella tortura que había dado por terminada desde que fue su baile de sociedad a los quince años.

 

Y siempre acompañado de la curiosa mirada de su hermanito, no tenía más opción que dar su mejor esfuerzo.

 

 

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Según Hiccup, era un día normal. Para los demás, era el día definitivo donde todo su esfuerzo y práctica debía dejar impresionado a medio mundo.

Tras haber acabado de dar clases, intentó usar el poco optimismo que le sobraba para escoger un buen traje. Arreglándose frente al mini espejo que sostenía Toothless con los dientes, intentaba que su pañoleta se viera decente.

Su intención era mantener su cabello como siempre, mas Toothless cambió sus planes al lamer sin compasión sus mechones hasta dejarlo completamente peinado "como todo un caballero".

 

— Gracias, amigo... — dudó en siquiera agradecer, pues ahora su cabello estaba lleno de baba.

 

Tomando las riendas de su corcel y guardando la invitación de Jackson entre sus bolsillos, Hiccup planeaba encaminarse hacia la tan ansiada fiesta. Al menos, eso intentó hasta que la mitad del servicio apareció buscándolo y evitando su partida.

 

— ¡Oigan! ¿Qué sucede? — preguntó confundido, sin entender por qué tantas manos arreglaban lo arreglado y cepillaban incontables veces su cabello hasta dejarlo igual.

 

Astrid — completamente arreglada y casi irreconocible a su rudo aspecto de siempre — se abrió paso entre las mujeres para tomar las riendas de Toothless y guiarlo lejos de ahí, en camino al jardín frontal.

 

— ¡¿Hola?! ¡¿Alguien me puede explicar?!

 

— El primer encuentro entre tu prometido y tú es hoy, Hiccup, ¿Qué acaso no escuchas cuando se te habla?

 

Aunque pareciera una pregunta genuina, el claro sarcasmo desbordaba de la simple presencia de Goober. Riendo con amargura por lo obvio, Goober intentaba tranquilizar al muchacho.

En contra de sus planes, fue alzado por el mismo herrero, quien fingía sordera ante sus quejas o pataletas para ser devuelto al suelo.

El único lugar al que fue devuelto fue el interior de la carroza familiar, un transporte por demás elegante y que transmitía un estatus que no le gustaba aparentar. Ni siquiera era precisamente "modesta" la apariencia de sus padres.

 

— ¿Y tu capa? ¡¿Dónde han dejado la capa de mi muchacho?! — demandaba su padre, quien acorde a sus raíces y tradiciones, lucía tal como un descendiente de vikingos.

 

Sobre sus hombros había una gruesa capa de piel — muy probable oso pardo —. A quien siempre había visto vistiendo típicos trajes de paño, como buen empresario que era, ahora tenía un atuendo — elegante, claro — pero derrochando fuerza.

 

Su madre, quien también lucía cual reina escandinava, vestía un hermoso vestido predominante en rojo granate y una peculiar banda de oro que hacía juego con las miles de joyas doradas adornando su cinturón y muñequeras de piel.

La diferencia entre ellos y él era demasiada. Al menos así fue hasta que en un pestañeo sus botas fueron cambiadas y habían intercambiado el chaleco de su traje por uno color granate, el mismo color que las prendas ceremoniales de sus padres.

Finalmente, la tan demandada capa fue puesta sobre sus hombros y sellada con un broche dorado que reconocía como el emblema familiar. Una corona de muérdago y detalles dorados también decoró su — extremadamente — arreglado peinado.

 

Estaba odiando todo en tan poco tiempo que podría romper un récord Guinness.

 

— ¡Tengo a otro lugar a donde ir...! — Interrumpiendo que siquiera se moviera de su lugar, el hacha de Astrid atravesó la elegante madera sobre sus suelas, logrando que volviera a encogerse en su lugar sin escapatoria.

 

— Hoy no, joven amo — Dijo la rubia entre lo sarcástico y el límite de su paciencia. — Esta noche serás un buen hijo y escucharás a tus padres.

 

Volviendo a tomar su arma mientras acomodaba sus prendas, acercó lo suficiente el filo a ese pulido peinado, fingiendo acomodar el pelaje de la capa y arreglar los broches dorados que lo decoraban.

"O ya verás" eran las palabras ocultas que podía traducir de esa mirada tan deslumbrante como la hoja del hacha. Algo le decía que Astrid estaba emocionada por corregir cualquier error que pudiera realizar.

 

— Todos nos divertiremos un poco hoy. Ya verás que no extrañarás nada de esos planes — Aseguró Valka, ignorando como era usual el dolor en los ojos de su hijo, quien callaba impotente el no poder delatar sus intenciones.

 

Aferrándose con disimulo a esa carta, cubría su rostro con ambas manos. Tenía boca, pero no podía gritar ni quejarse. Estaba condenado a mantenerse como un muñeco de trapo hasta el retorno a casa.

Entre tanto disgusto, lo único que le daba un poco de fuerza era recordar al muchacho, a quien creía haber defraudado con su ausencia a pesar de recibir una invitación personalizada, intentando evitar que no asistiera.

¡Por todos los demonios! ¡Ni siquiera sería capaz de interrumpir el odioso encuentro entre Jack y ese idiota con quien lo iban a casar!

Un completo desconocido — seguramente el imbécil más grande del condado —, sería tan afortunado como para tomar su mano y no poder negarse a contraer matrimonio con el ser humano más precioso que había visto en su vida, ¡El amor de su vida!

 

— Sin masticar tu traje. Costó mucho poder plancharlo — Le reprochó Goober, quien arrebatando la tela de sus puños de sus dientes, intentó arreglarlo como era posible antes de dejar al muchacho hundirse en su miseria y así continuar siendo parte de la amena conversación.

 

Haciendo un inconsciente puchero, Hiccup volvió a restregar ambas manos por todo su rostro, de alguna manera logrando que su cabello — rebelde como él — regresara a su forma original.

 

— Despeinado, pero le da ese aspecto vikingo — escuchó decir a Astrid, en un intento de que sus padres dejaran su apariencia en paz por esta vez.

 

Perdió la noción del tiempo cuando las ruedas empezaron a girar. Dejando que su cabeza rebotara sin piedad contra las paredes del transporte, en algún punto todo movimiento se detuvo y los trotes del exterior se volvieron el bullicio de una multitud.

Las brillantes luces iluminaron de inmediato el sombrío interior cuando uno de los sirvientes abrió la puerta del carruaje.

 

— Hemos llegado, mis señores — Anunció él, provocando así que todos (excepto Hiccup) arreglaran por última ocasión prendas y peinados, abriéndose paso hacia el exterior.

 

Hiccup esperó y esperó. Si rogaba lo suficiente, quizás podría quedarse solo dentro del transporte y buscar alguna manera de huir.

Pero eso no sucedió. Cierta rubia maniobraba con destreza su hacha, mostrándole una apretada sonrisa conforme esperaba junto a Goober que el muchacho saliera.

 

— Tenemos todo el día, hijo — advirtió Goober, acabando así con todas sus esperanzas de ejecutar un plan B.

 

— Damas primero — señaló Astrid, invitando así afuera al Haddock.

 

A regañadientes por la indicación, Hiccup finalmente se deslizó con tal de salir de ese pequeño lugar.

Y la sorpresa no se dejó esperar cuando pudo divisar de dónde provenían las voces y esos juegos de luces que parecían dulces para los ojos.

 

— ¿Qué mierda...?

 

— Lenguaje, Hiccup — advirtió Valka, dándole un pequeño golpe con el dorso de su mano sobre los cubiertos hombros.

 

Enderezando una vez más la espalda, Hiccup intentó seguir el ritmo de aquellos que no pensaba ni en mil vidas usar para aclarar sus dudas. No solo porque no tenía ni la menor idea de cómo formularlas, también por lo extrañísimo que era todo.

Allá a lo lejos, aquella mansión que no había visto en buen tiempo estaba a más no poder. La música resonaba por sus paredes y ventanas, viéndose a los miles de invitados concurrir todas las zonas conjuntas, pasando como sombras tras los cristales.

 

— ¿Qué hacemos aquí? — preguntó al aire, recibiendo un suspiro cansado de ambos padres.

 

Observó movimiento. Sutiles, miles de ojos observándolos desde la entrada y rápidamente iniciando una alarma cual efecto dominó.

Así, evitando que su padre siquiera pudiera tocar el picaporte, cierto mayordomo abrió la blanca puerta, dejando que el bullicio dominara por unos segundos antes de dar la señal y que las notas fueran más bajas que su propia voz.

 

— Un gusto tenerlos esta noche, señores Haddock. Permítanos ayudarlos con eso...

 

Un chasquido y otro par de sirvientes se aproximaron a los cinco, tomando entre manos abrigos innecesarios o accesorios particulares.

Esa era la eficiencia del servicio Saint, ¿eh?

 

Ambas miradas conocidas chocaron por unos segundos. La más joven pedía a gritos explicaciones, mientras Easter no estaba sorprendido de ver tanta confusión en esos ojos verdes. Aun así, no dudó en seguir su protocolo, invitándoles a pasar conforme esperaban la llegada de los anfitriones estelares.

Fueron ubicados en la parte exclusiva del salón: ni tan cerca de la música como para volverse ensordecedor, pero manteniendo distancia de los demás presentes para evitar a terceros metiendo sus orejas.

Tanto Stoick como Valka susurraban entre sí, asintiendo y sonriendo ante los más pequeños detalles tomados en cuenta, tal como las apetitosas tapas que habían sido recién servidas en brillantes bandejas de plata.

 

— ¿No habrá problema si vamos a convivir un rato, verdad? — escuchó preguntar Goober a una analítica Astrid, quien de inmediato estuvo de acuerdo.

 

— Dejemos que lleguen los Saint y escapamos — contestó Astrid, riendo con tanta malicia como lo hacía Goober, intentando que ninguno de sus patrones los oyera e ignorando al muchacho que debían resguardar.

 

Hiccup simplemente estaba sacando conclusiones y uniendo hilos en completo silencio. Lo que antes hubiera sonado como la teoría más descabellada creada por él mismo, ahora estaba haciéndose realidad justo frente a sus ojos.

Se encontraban en la casa de Jackson, a la espera del tan aclamado primogénito Saint, con quien debía contraer matrimonio y conocerlo esa misma noche.

Por más que las cosas estuvieran bien organizadas frente suyo, para Hiccup fue más fácil concluir que se trataba de una amarga coincidencia. Donde aquella fiesta era tan importante como para llevar a cabo eventos de tal calibre en casa ajena.

Lo más prioritario en su mente seguía siendo ir a rogar por perdón a Jackson. Si debía ponerse sobre sus rodillas, lo haría sin duda alguna. Todo con tal de complacer a ese chico y quitarle el disgusto de tener que casarse con un idiota.

Como si los dioses se burlaran de él, el hecho de estar viendo su reflejo en las bandejas mientras pensaba todo, hacía el momento más estúpido.

 

— Y recuerda, Hiccup: Sé todo lo que quieras, excepto tú — bromeaba Goober, quien no había dejado de burlarse en su cara desde el primer sorbo de cerveza.

 

— Finge tener fuerza sobrehumana o algo, con eso lo tendrás completamente conquistado — secundaba Astrid, a quien se le hacía divertidísimo estar hablando con una aparente estatua viviente.

 

Entre el escándalo, alguien cerca a ellos carraspeó de forma exagerada y firme para llamar su atención.

Con una simple mirada, había dejado en claro a quiénes buscaba, siendo así como Goober y Astrid se pusieron de pie para transformarse en estándares ideales de sus roles, saludando con una cortés sonrisa a la muchacha.

 

— Perdón por la interrupción. Suele ser tradición que solo los consuegros y el prometido estén en la primera reunión — Como intentando no sonar descortés por el claro "Ustedes no deberían estar ahí", la muchacha incentivó a que ambos le siguieran el paso. — Por aquí, por favor. Déjenme servirles de nuestros mejores postres.

 

Ni bien aquella muchacha se dio la vuelta mientras marcaba el paso, Astrid no pudo evitar darle una mirada sorprendida al herrero. ¿Estaban siquiera viendo lo mismo?

 

— ¿Consejera? — preguntó cuidadosa Astrid, sin querer verse solo como una cotilla.

 

Heather la observó por un rato, ambas compartían esa mirada analítica que intimida hasta a los guardianes más fuertes. En todo el trayecto no habían intercambiado palabra alguna, mas el mensaje era claro: estaban ciertamente emocionadas de encontrar a alguien tan similar.

Finalmente, un digno oponente.

 

— Claro... Aunque usualmente me desempeñaba como escolta — Aclaró Heather, mostrando una sonrisa conforme entregaba un pequeño aperitivo a cada uno.

 

— ¡Vaya! Parece que la Sra. Valka me llama, ¡Hasta ahora, chicas! — Excusándose de la mejor manera que tenía en ese momento, Goober soltó una pequeña sonrisa al dar unas pequeñas ojeadas a las miradas intercambiadas entre esas dos.

 

En "el mejor momento" para Hiccup — quien se aferraba a su cordura, al borde de una crisis —, fue escuchar cómo la penetrante música disminuía en intensidad hasta simplemente dejar una suave balada.

Aunque por un momento le sentó bien la tranquilidad, volvió al pánico casi de inmediato al darse cuenta de su significado. Aguantando la respiración, por un momento dejó de sentir sus latidos conforme la conocida escolta de Jamie se colocaba frente a las enormes escaleras principales.

Otro aparente guardia, incluso más grande que Easter y casi igual de robusto que Stoick, se colocó escalones arriba a la espera del anfitrión principal.

 

Vestido con un enorme abrigo rojo de invierno, Nicolas St. North bajó los escalones mientras intercambiaba palabras con el hombre, quien nunca cambiaba su monótona expresión.

Detrás de él, Jack y Jamie compartían trajes parecidos a los del hombre, aunque un poco más simples y con la ausencia de un esponjoso gorro como el de North.

 

Con tan solo reconocer esos ojos azules, su cuerpo olvidó cómo respirar, quedándose sin aliento de inmediato conforme ambos hermanos se encaminaban hacia ellos. Podría arrancarse el cabello en ese momento ante el revoltijo de sentimientos desangrando su corazón.

Claro que los primeros en saludarse fueron sus padres. A causa de su marcado acento, lo volvía igual de imponente que Stoick; si no fuera por el abrigo de North, no podría diferenciarlos de espaldas.

 

— Estos son mis dos grandes orgullos — anunció North, conforme alentaba a que ambos chicos se colocaran frente a él. — Jackson Мороз y Jamie Bennett

 

Cumpliendo con sus expectativas, el matrimonio quedó deslumbrado por el aspecto tan peculiar de su primogénito. Aunque prefería cuando entendían que su niño era incluso más inteligente y astuto que cualquiera en la línea Saint Overland, nunca se cansaría de escuchar los infinitos halagos, pues sus hijos merecían eso y mucho más.

 

— Es un placer conocerte por fin, Jackson — Saludó Valka, con una voz tan dulce como la miel y sonriendo encantada al ver cómo el albino tomaba con dulzura su mano hasta dirigirla a sus labios y dejar un fugaz beso en ella.

 

— El placer es mío, Sra. Haddock — Contestó Jack, suspirando satisfecho cuando North soltó una carcajada y le dio un par de palmadas en el hombro cuando volvió a su posición original.

 

Imitando al hombre, Stoick no dudó en atrapar a Hiccup de aquella pomposa capa, evitando su huida y colocándolo delante suyo cual ficha de ajedrez.

Ambas miradas estaban conectadas, importándoles poco o nada la presencia de los demás. Tenían tantas cosas por aclarar que esta presentación les arrebataba tiempo útil.

Hiccup sudaba como si su vida estuviera a punto de ser arrebatada. Podía jurar que todos escuchaban su corazón retumbar sin cesar cual tambor, la ropa lo sofocaba y la cabeza le humeaba igual que una locomotora.

 

— Este es Hiccup, mi único y querido hijo...

 

"Que no diga el nombre completo" Rogaba para sus adentros.

 

Hiccup Haddock Horrendous III, ¡Qué no te engañe esa apariencia inofensiva! Es un increíble guerrero como su viejo padre.

 

"¡CARAJO!"

 

Aunque mezclando la verdad con una pequeña mentira piadosa, Stoick realmente estaba orgulloso de Hiccup. Mostrando amor a su manera y como le habían enseñado con una educación anticuada, velaba por su bienestar e incluso cumplía casi todos sus caprichos sin queja, siempre y cuando fueran lo suficiente razonables para él.

Pero aun siendo alguien racional, Hiccup pensaba que en ese preciso momento su padre lo odiaba.

 

Una pequeña carcajada escapó de Jack, lo suficiente alta como para romper los pensamientos de Hiccup y volverlo a hipnotizar con una simple sonrisa, como era de costumbre.

Con el rostro rojo cual tomate, Hiccup no pudo evitar quedar pasmado al ver esa hermosa sonrisa después de tanto tiempo.

 

Oh, dioses... cuánto lo había extrañado.

 

Habrán sido dos segundos, tal vez diez; estaba seguro de que había dejado de pensar solo un instante para centrarse en el sonido de su risa y así tatuarlo a fuego en lo profundo de su corazón.

Mas un molesto zumbido en su oído derecho lo interrumpía de perderse a gusto ante su presencia.

 

"Hiccup" Podía escuchar entre toda esa neblina auditiva, devolviéndole la sonrisa al albino, quien claramente le preguntaba telepáticamente si todo estaba bien.

 

"¡Hiccup!" Se hacía más fuerte ese fastidioso sonido.

 

— ¡HICCUP! — Estalló la voz de su padre como si fuera el claxon de un camión.

 

"¡¿QUÉ?! ¡¿AHORA QUÉ?!" Resonó la respuesta en su cabeza fuerte y clara, sin embargo, sus labios permanecieron sellados. Tantos años de práctica servían de algo.

Un suave "¿Hmm?" Salió de sus labios conforme analizaba el entorno e intentaba fingir que su compostura no había sido completamente destruida.

 

— Oh, sí... claro. Una disculpa por mi falta de modales, Sr. Saint — Por suerte, North no mostró molestia ante el estado de Hiccup. 

 

Estrechando su mano con entusiasmo, lo tomó de ambos hombros y saludó de la misma forma que lo harían entre familia: dando un beso en ambas mejillas, dejándolo así completamente confundido.

 

— ¡Bienvenido a la familia, hijo! — Felicitó el hombre como si Jack hubiera dado el sí frente al altar.

 

La política sonrisa que mantenía con esfuerzo desapareció de inmediato cuando el mismo North imitó a su padre al moverlo cual pieza de ajedrez hasta estar frente a sus dos hijos.

 

— ¡Hola, profesor! — saludó entusiasmado Jamie, quien claramente ya estaba enterado de todo mucho antes que los dos implicados.

 

¿Su maestro favorito ahora sería parte de su familia? ¿Cómo no iba a estar feliz?

 

— Ven aquí, pequeño dingle. Dejémoslos solos un momento — Sugirió North al pequeño, quien sin quejarse, tomó la mano que le extendía su padre con tal de acompañar a los adultos.

 

Ambos chicos observaron en silencio cómo ambas familias parecían conversar cual amigos de toda la vida, disfrutando los aperitivos e intercambiando bebidas mediante esporádicos brindis.

 

— ¿No habías dicho algo como: "No puedo dejar que te cases con un idiota"? — Cuestionó Jackson de forma burlesca, haciendo una pobre y ridícula imitación del chico.

 

Por más que se sintiera aludido por traer a colación sus palabras previas, tampoco había mucho que corregir, pues definitivamente era un idiota.

 

— Bueno... no estaba equivocado.

 

Esta vez siendo ambos quienes reían, intentaron actuar con la normalidad de quien conocía una cita a ciegas por primera vez, así fingiendo no querer devorarse hasta las entrañas.

 

— ¿Horrendous III? ¿Hubieron tres antes de ti? — preguntó incrédulo el albino, conforme la distancia se acortaba hasta quedar poco más de hombro a hombro conforme observaban a los invitados disfrutar de la fiesta.

 

— Antepasados muy lejanos... creían que nombres horribles ayudaban a alejar a los trolls.

 

Los exagerados movimientos de manos y hombros siguiendo sus palabras solo aumentaban las ganas de Jack por callar a los músicos con tal de poder centrarse en su voz. Amaba esa forma tan peculiar que tenía al hablar.

 

— Nunca mencionaste que tu segundo nombre era Мороз... — Fue turno de Hiccup para preguntar.

 

— Sí, bueno... Me gusta más decirlo en inglés. Frost suena mejor, ¿No crees?

 

— Es precioso — Aunque Jack pensó que se refería al nombre, la mirada del muchacho no descansaba de admirar cada pequeño detalle de su ser y cómo ese nombre le quedaba como anillo al dedo.

 

No hubo palabras de por medio, solo un pequeño contacto visual antes de que Jack guiara el camino a la pista de baile y Hiccup lo siguiera sin dudar.

Fueron varias piezas en las que pudieron divertirse siendo compañero del otro. Jack estaba más que feliz por poder ver esa actitud un tanto nerd e incómoda de Hiccup, donde una sonrisa peculiar decoraba su rostro ante cada error durante el baile o cuando soltaba datos curiosos sobre la especie de Gummy o Toothless durante los vals.

Ese era el chico que lo había enamorado en cada cita, no el patán que parecía apoderarse de él por consejos como los de Tuffnut o Snotlout.

No quería un galán de cuentos o el estereotipo de "hombre proveedor" y fuerte. Le gustaba ese delgaducho y tierno chico.

 

— ¿No tienes sed? — preguntó Jack tras haber finalizado otra canción más enérgica que las anteriores. Soltando la mano del castaño, no pudo evitar abanicarse con ambas manos conforme recobraba energía.

 

— Te traeré algo de beber, ¿sí?

 

Tomando la delantera antes de escuchar cualquier oposición, Hiccup besó con normalidad esos albinos mechones antes de emprender la búsqueda de esa dichosa mesa con los aperitivos, completamente ajeno a las reacciones que había causado ese gesto tan casual para ambos.

Girando lentamente hacia donde se encontraban su padre y los de Hiccup, Jackson sintió sus mejillas encenderse cuando el de blanca barba lo observaba con una gigante sonrisa, felicitándolo en silencio por esa interacción tan "inesperada".

 

Jack rió nervioso, esta vez volteando a ver a quienes serían sus suegros, quienes le sonreían con la misma aprobación que North.

Mientras tanto, ni bien Hiccup pudo servir algo de ponche en dos vasos de vidrio, dos presencias en particular se prendieron en él cual garrapatas, casi logrando volcar ambas bebidas y causándole un infarto.

 

— ¡¿Por qué no nos dijiste que te habían comprometido con Jack?! ¡¿Dónde quedó la amistad?! — cuestionaba Snotlout mientras afianzaba uno de sus brazos sobre sus hombros. Debido a la diferencia en alturas, prácticamente estaba siendo doblado en dos con tal de mantener el abrazo.

 

— ¡Ese es mi campeón! ¡Apuntaste a lo grande y lo conseguiste! — lo felicitaba al mismo tiempo Tuffnut, quien, ni corto ni perezoso, lo soltó del agarre de Snotlout para atraparlo en otro incluso más incómodo, hundiendo su rostro sobre su pecho.

 

Por alguna razón llevaba una barba hecha de su propio cabello, haciendo más difícil el hablar y ni mencionemos el respirar.

 

— Puedes llorar de la alegría en mi grande y tupida barba. Te lo mereces, campeón — Decía conforme acariciaba los cabellos ajenos.

 

Solo quejidos salieron de Hiccup hasta que fue liberado por el rubio, tomándose un tiempo para poder respirar como era debido.

 

Yo... no sabía que... estábamos... — Intentaba explicar entre jadeos Hiccup, rindiéndose al final ante la realización de que no debía dar explicaciones.

 

Esos dos siguieron con las felicitaciones por un rato más, demasiado como para llamar la atención de cierto Haddock que estaba atento a cada acción que daba su hijo. Se sentía mal verse tan desconfiado, mas los anteriores compromisos fallidos resonaban con temor en su cabeza.

Dándose cuenta de que Jack se encontraba solo, rápidamente su mirada viajó por todo el lugar en busca de Hiccup, encontrándose así con Tuffnut y Snotlout distrayéndolo — sin querer — entre bromas y charlas.

 

— Discúlpenme un momento, por favor — anunció a su esposa y consuegro antes de encaminarse en dirección a esos tres.

 

Su presencia no pasó desapercibida; antes de siquiera llamar por su nombre al castaño, el trío ya había volteado, preguntándose de quién se trataba ese intimidante aura aproximándose.

 

— ¿Qué haces aquí, Hiccup? ¡No puedes dejar a Jackson solo! — murmuró conforme lo tomaba de los hombros para guiarlo de regreso con Jack, disculpándose en el acto con ambos jóvenes por tener que interrumpir la charla.

 

— Cuando estás en una cita, es de mala educación dejar a la persona sola esperando, ¿Qué estabas haciendo? — Aunque últimamente ambos solían tener tonos y conversaciones algo ariscas, la alegría era un sentimiento en común esa noche.

 

Después de mucho tiempo, Hiccup podía escuchar a su padre hablarle con un tono alegre y aun si utilizaba ese tono cansado de siempre, él respondería manteniendo una sonrisa real.

 

— Fui por algo de beber. Jack dijo que tenía sed — Aquella declaración llenó de orgullo al pelirrojo, riendo conforme afianzaba el medio abrazo que le daba a su hijo mientras caminaban.

 

— Recuerda que un Haddock siempre busca la felicidad de su compañero.

 

Cuidando de no chocar con los demás invitados, Hiccup no podía evitar observar la mirada nostálgica de su padre conforme decretaba las costumbres familiares; gestos de amor o aprecio que pasaron por generaciones sin darse cuenta.

Antes de dejarlo ir y a metros del albino que continuaba esperando sin problema alguno, Stoick colocó ambas manos sobre los hombros ajenos conforme tomaba lugar detrás de él, así ambos podían ver simultáneamente al muchacho que los había notado e incluso saludado a la distancia.

 

— Ahora ambos podrán ser parte de un nuevo comienzo. Es tu deber protegerlo y asegurar su felicidad en cada momento.

 

Después de tantas disputas, Hiccup al fin entendía a lo que se refería.

 

— Nunca olvides de dónde vienes, porque nosotros los Haddock siempre dejamos nuestro clan en alto — Decía con una gran sonrisa Stoick conforme palmeaba la espalda de su hijo, lo suficientemente emocionado como para sacarle un par de quejidos por la fuerza inconsciente que utilizaba.

 

— ¡Ahora prepárate para mostrarle el gran guerrero que eres! — Lo animó por último, liberándolo y viendo con una sonrisa cuánto había crecido su pequeño.

 

Hiccup dudó, volteando un par de veces solo para encontrar el rostro entusiasmado de su padre que esperaba verlo actuar como sus ancestros.

Confundido, Hiccup finalmente regresó con Jack, devolviéndole una sonrisa un tanto estrecha ante lo tenso que ahora se sentía de tener otra vez las expectativas de su padre sobre sus hombros y no entender a qué se refería en esa última oración. Entregándole su vaso correspondiente, intentó un par de veces desviar la conversación con tal de no contar todo el monólogo que había dado su padre.

 

Sin embargo, cuando la música cesó y la atención fue dirigida a Stoick para anunciar algo, Hiccup palideció al comprender a lo que se refería minutos atrás.

Dejando su vaso donde podía, Hiccup tomó rápidamente de la mano a Jackson.

 

— Jack, tenemos que irnos. ¡Ahora! — intentó advertir conforme guiaba al confundido muchacho entre la multitud de la gente.

 

— ¿Y eso por qué?

 

— Confía en mí...

 

— ¡Su atención, por favor! — Ayudó North, a quien ahora consideraba amigo del alma. — ¡Como tradición por parte de los Haddock, hemos decidido llevar a cabo una entretenida tradición!

 

— ¡Verðleikur! — Vociferó eufórico Stoick, recibiendo así un mar de aplausos y vitoreos por aquellos que compartían antepasados.

 

Una antigua tradición vikinga o escandinava, no lo recordaba bien, pero tanto sus padres como Goober solían contar su anécdota de aquel momento donde Stoick había demostrado sus habilidades como guerrero para conquistar a Valka.

Verðleikur o "Prueba de Valor", una antigua tradición donde la destreza física solía ser parte del cortejo en la era vikinga. Lanzamiento de hachas, levantamiento de ovejas o batallas "amistosas" entre el prometido y miembros de la familia de la novia.

 

— ¡Y quien estará a prueba esta noche será el grandioso Hiccup! ¡Mi futuro yerno! — Señaló North, provocando así que entre todos los invitados buscaran con la mirada al mencionado.

 

Y como si se tratara de un hechizo, todo ese tumulto de gente se abrió con tal de dejar a la vista a esos dos que quedaron a segundos de abrir la puerta principal en una huida perfecta.

Sin ser capaz de soltar la pálida mano — pues era su única ancla en ese momento de desdicha —, Hiccup cerró los ojos mientras pedía a cualquier dios misericordioso que se apiadara de su ser, al mismo tiempo que Jack no podía evitar sonrojarse por la muestra de afecto pública que estaban dando.

 

— ¡Qué empiece el Verðleikur! 

 

Aquel anuncio fue el inicio de su perdición.

 

Ni siquiera fue su padre quien lo arrastró a la primera competencia, sino cierto dúo que había puesto sus ojos en él, autoproclamados "futuros caballeros de honor".

Hiccup se preguntaba si aquello era espontáneo o algo planeado por ambos hombres, pues en unos minutos todo el personal se movilizó hasta dejar a la vista un enorme tiro al blanco en medio de la sala.

Entonces cierta presencia, a la que había perdido el rastro por buena parte de la fiesta, apareció cual espectro a un lado suyo con un pequeño cuenco de porcelana repleto de palomitas de maíz.

 

— ¿La prueba de valor? Esperaba todo menos eso — admitió Astrid, quien lucía demasiado feliz para ser ella.

 

— ¿Qué te puedo decir? Amo el dolor — Sarcástico, pero no lo suficiente como era usual. En ese momento temía por defraudar las expectativas inhumanas de su padre y que Jack se diera cuenta de su poca capacidad física.

 

— Para comprometerte con el joven Overland debes ser masoquista — Añadió una tercera voz que nunca había escuchado en su vida.

 

Algo oculta por la figura de Astrid, una muchacha de cabellos negros también disfrutaba unos cuantos aperitivos que sostenía sobre una servilleta.

"¿Y ella quién es?", preguntaba con la mirada, frunciendo el ceño al ver cómo la rubia — conocida por nunca quedarse callada — optaba por el silencio conforme se encogía de hombros con tal de restarle importancia.

 

— Heather, consejera de los Saint, ¿Qué no te enteras de nada? — respondió al mismo tiempo que interrumpía las quejas del castaño. — Tendrás que enfrentarte a ella para el combate cuerpo a cuerpo.

 

Volviendo a observarla, con más temor que escepticismo, esta vez la muchacha lo saludó mientras agitaba los dedos como toda una dama. Por tantos años conviviendo con Astrid, sabía que ese aspecto elegante la hacía más peligrosa, barrería el piso con él y lo dejaría en completo ridículo frente al chico que le gustaba.

 

De eso no tenía duda.

 

Devolviendo el saludo con una sonrisa nerviosa, Hiccup sintió la boca seca conforme la sala era convertida en un ring de entretenimiento, siendo él obligado a colocarse a metros de las dianas.

Para consuelo — o castigo —, Astrid había extendido su plato de palomitas a la muchacha, así haciendo una señal a Goober para que sostuviera una vez más su hacha favorita.

 

— ¿Recuerdas las clases que tuvimos? — cuestionó Astrid a Hiccup, mientras usaba parte de su brazal para pulir la ya reluciente hoja.

 

— Ehh... Claro que no. Teníamos quince — Destacó Hiccup con clara molestia. Esa era su estrategia para ocultar su obvio pánico.

 

Astrid rodó los ojos conforme soltaba un golpe en la mollera del castaño. Obligándolo a verla con atención, dio un pequeño ejemplo de cómo debía lanzar apropiadamente el arma; claro que saltándose la parte más importante: soltarla.

 

— ¿Ves que no es difícil? — Manteniendo su sonrisa, Astrid corrigió un par de veces la mala postura de Hiccup con mano firme y uno que otro puño, tal como lo hacía desde pequeños. — ¡Muy bien! Ya estás listo.

 

Distraído a causa del dolor punzante en sus brazos, Hiccup no se dio cuenta del gesto tan grande que la muchacha le estaba mostrando. Tras un par de quejas al sobar sus futuros moretones, Hiccup pudo divisar el brazo extendido de Astrid, la cual sostenía frente a él ese tesoro familiar que nunca había visto en manos de otras personas.

 

— ¿Qué estás esperando? — Esa mirada que le entregaba le hacía saber que se había dado cuenta del significado del ofrecimiento.

 

Refunfuñando por verse descubierta, tomó la muñeca del muchacho con tal de dejar entre sus manos el arma. Hiccup tambaleó; no era alguien atlético y mucho menos con la misma fuerza de la Hofferson. Esa hacha que lucía liviana era incluso más pesada que una docena de ladrillos.

Luchando un poco por mantenerla levantada, dejó que la rubia corrigiera una vez más su postura conforme ambos anfitriones volvían a pedir la atención de todos.

 

Ante cualquier pronóstico, North llamó a su más confiada ayudante para ser la primera contrincante: Heather.

 

Habiendo arreglado su largo cabello en una frondosa trenza, se alejó de la multitud con tal de tomar en manos una de las miles de hachas que había dentro de un barril. ¿Cuándo es que pusieron eso ahí?

No dijo nada. Acomodando un rebelde mechón que cubría su visión, en un solo movimiento aquella hacha sacó una segunda hoja retráctil y cual flecha, la muchacha soltó un feroz gruñido antes de soltar el mango.

En un instante, el filo aterrizó cerca del centro de la diana, aumentando los alaridos de la multitud mientras la muchacha recuperaba su arma de un fuerte tirón que hizo tambalear el material.

 

A comparación de Astrid, quien lucía totalmente orgullosa y fascinada, Hiccup rezaba a todos los dioses nórdicos por un poco de suerte y que perdonaran a su débil ser por haber nacido. Eso había sido increíblemente intimidante; si así de fácil le era lanzar un hacha, no quería imaginarse un posible enfrenfrentamiento.

Era su turno. North ya le había dado luz verde para prepararse y no había vuelta atrás.

 

Dando un paso al frente, Hiccup se aferró al mango de madera mientras sentía sobre sí todos esos ojos ansiosos por entretenimiento; fijos en él, a la espera de un pequeño error con el cual pudieran entretenerse hasta destruirlo y luego desecharlo cuando se aburrieran.

A metros de esa diana, Hiccup, por alguna razón, se sintió pequeño. Aquella ropa ceremonial derepente eran las típicas prendas que usaba a los quince años y sus brazos parecían perder fuerza, luchando por mantener esa hacha levantada.

 

Su mirada viajó atrás suyo, viendo a Astrid observarlo. Muy en contra de lo que pensaba, esos ojos azules que siempre lo veían expectantes ahora estaban llenos de seguridad.

De la misma forma que se sentía un adolescente, podía ver a su mejor amiga como esa niña amargada y testaruda que era durante su adolescencia, esta vez dándole ánimos en silencio y no burlándose de él por su falta de fuerza.

Al mismo tiempo, la presencia —para nada invisible— de cierto dúo le hizo preguntarse si había sido buena idea volverse amigo de esos dos; sin embargo, ahí estaban, haciendo el ridículo conforme le daban señales de ánimo.

 

Vaya giro había dado su vida.

 

Antes de siquiera poder tomar fuerzas al ver por unos segundos los ojos de Jack, una profunda voz se escuchó desde el tumulto:

 

— ¡YA LANZA ESA MALDITA HACHA!

 

Por pura inercia y completo miedo ante el repentino grito, Hiccup lanzó el hacha como si sostenerla quemara sus manos; sin poder apuntar de manera correcta y usando toda la fuerza que la descarga de adrenalina le permitió.

La forma curva del filo hacía que fuera más fácil hacer trucos al girar el arma; lo había visto varias veces con Astrid practicando su puntería. Justo en ese momento, aquella característica no favoreció mucho a los presentes.

Aquella hacha voló justo por encima de las cabezas de todos, cambiando de dirección en un instante y dejando cortes masivos por todo el lugar antes de aterrizar justo en el límite de la diana.

 

— ¡Hiccup Haddock, gente! — festejó Tuffnut, levantando los brazos.

 

Aquel intento por despertar el entusiasmo de la gente funcionó de maravilla, pues el silencio fue roto por los estruendosos vítores de los hombres que festejaban no haber sido decapitados.

Extrañado por todo ese positivismo, Hiccup finalmente pudo cruzar miradas con Jackson, quien, al lado de North y un entusiasmado Jamie, aplaudía al mismo tiempo que los demás.

 

Sin querer mostrarse soberbio, Hiccup solo sonrió con cierta incomodidad conforme Snotlout se unía al abrazo grupal. Mas la mirada atenta de su padre atravesando su nuca le hizo recordar la actitud que se esperaba de él.

Dando un último vistazo para confirmar cualquier pensamiento, Stoick infló el pecho en demostración antes de indicarle con una sonrisa que lo imitara.

 

Tras un buen rato negándose al quedarse estático, rodó los ojos al no tener otra elección que la de obedecer. Hiccup cambió su postura tímida por una de supuesta confianza —falsa soberbia, en realidad—, levantando la barbilla tal como su padre le indicaba, y esa sonrisa nerviosa cambió a una arrogante.

A veces los ojos podían hablar más que las palabras. Jack se había dado cuenta de ello tras todas esas mentiras fallidas de Jamie para ocultar una travesura y también lo reafirmaba al observar el grito de ayuda tras la (casi) impecable actuación de Hiccup.

 

Sonriendo cada vez más, Jack entrecerraba los ojos por cada nuevo gesto que sabía era ajeno al muchacho. Riendo para sus adentros, aquel plan que había dado por muerto volvía a ir viento en popa y ahora no habría manera de sentir lástima ante las consecuencias.

Todavía siendo guiado por su padre cual marioneta, Hiccup tuvo que acercarse al Overland con esa actitud egocéntrica y repelente. No era posible que los vikingos pensaran que esa actitud atraía a sus pretendientes.

 

— Juraba que ni siquiera darías a la diana — bromeó Jack, intentando derribarlo como mejor sabía: fastidiando.

 

— ¿Cómo podías esperar menos de mí? Yo nunca pierdo — alardeó mientras guiñaba un ojo al albino, que no hacía más que seguirle la corriente.

 

Pero incluso Hiccup era consciente de que se había escupido a sus propios zapatos; nunca en su vida hubo una ocasión en la que venciera a Astrid durante las tortuosas sesiones de entrenamiento que su padre le hacía tomar.

Ni siquiera eran necesarias, ¡al menos no para estos tiempos! Sin embargo, Stoick no escuchaba razones. La pérdida de su pierna no fue razón suficiente para dejar de entrenar el manejo de espadas y defensa cuerpo a cuerpo; incluso podía recordar que todo se volvió infernal tras quedarse medio cojo.

 

— ¡Oh! ¡Claro que no esperaba menos de ti! — Tanto entusiasmo en sus palabras no podía dejar más en claro sus ganas de burlarse. — Tu padre dijo que eran descendientes de vikingos, ¿debería suponer lo mejor?

 

Tomando una inspiración profunda, Hiccup asintió rotundamente, sujetando la pálida mano y acercando sus labios a la tersa piel con tal de dejar un beso sobre el dorso.

Aun con el ruido de la multitud ante tal osado coqueteo, milagrosamente Hiccup no estaba sintiendo la vergüenza que se esperaría por una situación de tal tipo.

 

Sintiendo las repentinas palmaditas de su padre sobre su hombro, se mantuvo erguido, sintiendo una ligera satisfacción —además de alivio— al escuchar las estruendosas risas de ambos padres.

Al parecer con la suerte de su lado, el lanzamiento de hachas finalizó para dar lugar a un duelo. Según Valka, solo quedaba una prueba más y sería completamente libre (o eso esperaba).

 

Arrepintiéndose de la actitud que había tomado momentos antes, Hiccup aún sostenía con fuerza aquella hacha prestada, preguntándose qué delito debió cometer en una vida pasada para estar en una situación como esa.

La multitud había sido trasladada al enorme pastizal que tenían los Overland como patio trasero. En uno de los acres, North había construido un ring de guerra provisional al puro estilo vikingo. ¡En definitiva, esto no había sido pensado de un día para el otro!

 

Manteniéndose tras las enormes rejas de hierro que lo separaban de la arena, Hiccup observaba atónito cómo North y Stoick compartían una batalla "amistosa"; pero muy a pesar de etiquetarla así, ambos hombres parecían pelear como si la vida de sus familias estuviera en juego.

Un espadazo tras otro y el incesante "chis-chás" retumbaba en su cabeza, provocando que se aferrara con más ganas al arma y acomodara ese casco vikingo que su padre le había puesto antes de ponerse a pelear.

 

Astrid se mantenía a su lado, observando en silencio la pelea y dando cortos vistazos al manojo de nervios en el que se estaba convirtiendo. La incertidumbre de junto a quién debería pelear parecía haberlo afectado.

 

— Sabes que es posible retirarse, ¿verdad? —señaló la rubia al darse cuenta de que, con una suave brisa, ese muchacho se desplomaría de inmediato.

 

— ¿Y defraudar a mi padre? ¡¿Has visto lo orgulloso que se veía hace unos minutos?! No puedo decepcionarlo... no otra vez.

 

La postura inflexible de Astrid disminuyó considerablemente al entender sus palabras. Aunque debía admitir que el castaño no se equivocaba sobre el notorio entusiasmo de Stoick, no estaba bien que se presionara tanto en algo como una anticuada prueba.

 

— Hiccup... —lo llamó con tristeza—. Eras un niño, ¿cómo ibas a saber que te estaban vigilando por semanas y planeaban secuestrarte? Perdiste la pierna, ¡pero fue un milagro que pudieras huir!

 

— Exacto, fue un milagro. Era tan débil que ni siquiera fui capaz de defenderme y mucho menos de proteger a Toothless. Era, soy y seré un completo inútil. ¿Cómo se supone que pueda proteger a Jack o incluso a una posible familia? —Escupió las palabras entre dientes, con un sonido bajo y áspero.

 

El dolor seguía tan latente como el día de los hechos e Hiccup no parecía ser capaz de perdonarse así pasaran treinta años.

Astrid guardó silencio, realmente sorprendida ante esa frustración contenida por años manifestándose en uno de los peores momentos. Aun sintiendo lástima por ver a Hiccup sentirse de tal manera, tampoco dejaría que se hundiera en su miseria; no lo había hecho cuando dio todo por perdido y mucho menos ahora.

Hubo un rato de silencio donde ambos se perdieron brevemente en sus propios pensamientos. Sin dar explicación alguna, Astrid hincó su índice justo bajo las costillas del muchacho, recibiendo un fuerte y hostil quejido.

 

— ¡¿Qué mierda te pasa, Astrid?! —espetó él, claramente al borde de perder los estribos a causa de su propia mente.

 

Indiferente a la advertencia, Astrid volvió a hacer lo mismo con una mueca monótona. Una y otra vez, ignorando los casi insultos de Hiccup, repitió —hasta con más agresividad— aquel irritante ataque en distintos lugares de su torso.

 

— ¡Ya, basta! —se quejaba Hiccup ante cada nuevo punto de dolor y la actitud poco cooperativa de la rubia.

 

Sin saber qué más hacer ante sus fallidas súplicas y amenazas, instintivamente intentó empujarla sin éxito; era como intentar mover una inmensa roca a pesar de la clara diferencia de altura.

Desesperado y totalmente enfurecido por esa repentina actitud de su amiga, sintiendo la frustración hervir en su sangre cual olla a presión a punto de explotar, el débil agarre al hacha se volvió uno tan fuerte que su piel se tornaba blanca hasta dejar de sentir la sangre fluir.

 

— ¡YA FUE SUFICIENTE!

 

Movido por la ira, el arma fue empuñada sin dudar con una fuerza que solo las emociones eran capaces de liberar. Previendo una posible maniobra para esquivar el ataque, Hiccup le segó las piernas hasta hacerla caer de un golpe seco contra la tierra.

Antes de siquiera asestar la hoja en su rostro, un escudo de madera fue la barrera que protegió a la chica, dejando el arma completamente enganchada a pesar de los miles de intentos de Hiccup por liberarla.

 

Devolviendo el ataque, Astrid no dudó en usar el escudo para empujar con toda su fuerza al chico hasta que perdiera el equilibrio. Volteando por completo los papeles, el hacha pudo volver a las manos de su dueña sin mucho esfuerzo.

Conteniendo un gruñido furioso, Hiccup observó atentamente cómo la rubia tomaba impulso para dirigirse a él. A pesar de lo intimidante que podría ser la escena, su ceño nunca dejó de estar fruncido y mantuvo una actitud inamovible conforme veía la hoja del hacha acercarse rápidamente a su rostro.

Mas lo que no se esperaba Astrid fue el repentino sonido del metal chocando entre sí, dándose cuenta de que Hiccup había utilizado ese casco como escudo y —por más fuerza que pusiera— no había manera de atravesarlo.

 

— ¿Tú crees que alguien débil e inútil podría bloquear un ataque así de directo? —preguntó ella sin romper ni un segundo el contacto visual. Ahora esos ojos verdes no parecían tan encolerizados como antes.

 

Jadeante, Astrid dejó de forcejear con tal de recobrar la compostura. Lanzando aquel escudo, empezó a arreglar su peinado y ropas antes de extenderle una mano al Haddock para ayudarlo a levantarse.

 

Lo siento... —musitó Hiccup, ahora más consciente de lo que pudo haber causado si Astrid no hubiera reaccionado rápido. Aunque estaba seguro de que nunca hubiera podido hacerle daño alguno, pues ella era demasiado buena peleando.

 

— Sin rencores —aclaró con una sonrisa conforme volvía a limpiar su hacha—. ¿No te sientes mejor ahora?

 

Asintiendo con algo de vergüenza, Hiccup se ganó un amistoso puñetazo directo en el pecho, además de una estruendosa risa.

 

— Déjame mostrarte un pequeño truco, así te verás "vikinguesco" al entrar en combate —sugirió ella, antes de obligar a que el castaño le prestara atención mientras aún se recuperaba con dificultad de aquel golpe.

 

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.

 

.

 

Cuando aquella batalla de titanes concluyó con un merecido empate, ambos hombres se retiraron del ring por la misma entrada donde los esperaban los jóvenes.

 

— ¡Buena suerte, Hiccup! La competencia parece estar difícil — animó North mientras palmeaba amistoso la espalda del chico.

 

— Gracias... Sr. North — agradeció él, intentando no mostrar sus claros nervios.

 

Aun con su padre cuestionando el porqué su casco parecía magullado y le faltaba la mitad de un cuerno, North se encargó de salvar a Hiccup de un posible interrogatorio al insistir en que mejor fueran a tomar asiento junto a los demás.

 

"Siguiente competidor: ¡Hiccup Haddock Horrendous III!", escuchó la voz de Goober resonar por un antiguo amplificador, alimentando así el entusiasmo de la multitud.

 

— ¡No pierdas la otra pierna! — intentó animarlo Astrid, quien, sin perder el tiempo y con tal de evitar su huida, activó la polea para cerrar esas pesadas rejas detrás del Haddock.

 

Observando indignado cómo ella levantaba los pulgares tras la seguridad del hierro, Hiccup no tuvo más alternativa que acomodar su casco conforme avanzaba en el ring hasta quedar a la vista del entusiasmado público. Aprovechando el gran arsenal del que disponían a un lado de la arena, tomó un nuevo escudo antes de posicionarse en su lugar.

 

— Estoy listo — dijo más para sí mismo que como señal para los árbitros.

 

Practicando el truco que le enseñó Astrid, empezó a girar el hacha entre sus dedos. Aunque lo hacía como un intento por tranquilizarse, la multitud lo interpretaba como una provocación para el oponente. De repente, las enormes rejas a metros de él se abrieron lenta y tortuosamente, hasta dejar suficiente espacio para que una figura misteriosa saliera de entre la oscuridad.

 

Le tomó un tiempo reconocerlo por la considerable distancia; pero a pesar de esa larga capa y la capucha que tapaba su rostro, esos ojos destellando entre la sombra lo hicieron tambalear. Solo para asegurar que no estaba volviéndose loco, levantó el rostro para observar el lugar donde desde un inicio había estado sentado Jack. Ahora solo estaban Jamie junto a sus amigos ocupando esos asientos.

 

— Solo para que sepas: yo nunca pierdo, cariño.

 

Dejando a la multitud enloquecer, aquella capa fue removida para dejar a simple vista esos característicos mechones blancos relucir con la luz del atardecer. Desenvainando su espada, el albino sonrió divertido al ver cómo los colores del chico parecían desaparecer de forma gradual.

 

— Que sea una pelea justa, ¿de acuerdo?

 

Escuchando a Goober iniciar la cuenta regresiva, Hiccup no pudo reaccionar al primer ataque que Jackson lanzó directo a su cabeza, mandando a volar ese antiguo casco en un pestañeo. Con mucha suerte, no soltó el hacha cuando bloqueó con el escudo una segunda estocada.

¡No sabía qué decir, ni siquiera cómo reaccionar! Tantos alaridos externos lo aturdían y, aunque estaba embelesado con la agilidad y velocidad que poseía Jack, realmente no sabía cómo atacar; su mente se había quedado en blanco desde el segundo en que identificó de quién se trataba.

Sin darse por vencido, el albino siguió intentando provocarlo durante varios minutos. Hiccup solo se limitaba a bloquear por completo, algo que resultaba sorprendente pero también irritante para el atacante.

 

— ¿Qué? ¿Acaso no vas a contraatacar solo porque soy tu prometido?

 

— ¡N-No! ¡Claro que no, Jack! ¡Es que...!

 

— ¡ENTONCES, HAZ ALGO!

 

Evitando una estocada, Hiccup utilizó toda su fuerza disponible para empujar a Jack lo suficiente como para tomar una posición más de ataque que de defensa. 

Lanzando aquel escudo lo más lejos posible, intentó imitar de la mejor forma la típica postura de Astrid.

 

— Adelante, bonito — incentivó al albino, devolviéndole la sonrisa que este le mostraba al ver ese cambio de actitud.

 

Algunos podrían decir que fue casi equiparable a la confrontación entre Stoick y North; otros enfatizaban más las distintas formas de pelea entre hijos y padres. Casi como un baile bien sincronizado, ambas hojas chocaban incesantes como una lluvia torrencial.

Aunque no poseyeran la fuerza desmesurada de sus progenitores, Jack tenía una velocidad envidiable e Hiccup el ingenio que solo un prodigio tendría.

 

Para el momento en que la resistencia empezó a flaquear, Jack no dudó en desarmar al muchacho. Clavando su espada en el suelo, la utilizó como impulso para lanzarse y patear la muñeca contraria. Recuperando su arma en un santiamén, el albino segó las piernas del Haddock con facilidad gracias a la prótesis del castaño, haciendo así más fácil el reclamar la victoria al apuntar la espada directo al corazón.

Aunque no pensaba hacerle daño, le sorprendió encontrar resistencia en su ataque final. Observando con atención, pudo notar que una pequeña daga había funcionado como enganche contra su arma.

 

— ¿Aún quieres seguir? —cuestionó Jack, sonriendo satisfecho y detectando una pequeña chispa de ambición todavía encendida en los ojos del castaño.

 

— Nah... solo me gusta tenerte cerca.

 

Totalmente desprevenido por esa confesión, esas pálidas mejillas tomaron un suave color rosa mientras el forcejeo entre ambos disminuía hasta quedar en nada. Escuchando las carcajadas de Jack, Hiccup no pudo evitar sonreír bobamente al verlo reír.

Conforme el ganador era anunciado y la multitud enloquecía por el veredicto, Jackson se tomó el descaro de aprovechar el punto ciego que les daba su capucha, inclinándose lo suficiente hacia el muchacho como para dejar un suave beso sobre esos finos labios antes de tomar su mano y ayudarlo a ponerse de pie una vez más.

 

Sonriendo en complicidad por esa pequeña muestra de afecto, ambos dejaron que sus respectivos familiares entraran a la arena. Aguantando una risa, Hiccup observó cómo North levantaba sobre su hombro a Jackson mientras Thiana, Heather y Jamie vitoreaban ante la victoria del albino.

Sintiendo un fuerte golpe en el hombro, Hiccup no se sorprendió al ver a Astrid llegar detrás suyo para felicitarlo por el uso de todas esas técnicas que, en un inicio, pensó que nunca dominaría.

 

— Te falta practicar más tus marometas y ejercitar los brazos. Así será más fácil cuando tengas que atacar.

Ante todo pronóstico, Fishlegs, los gemelos y Snotlout también se unieron al grupo para felicitar esa pelea que nunca pensaron que podría equipararse a la de sus padres. 

Admitiendo que tanto Tuffnut como Snotlout habían apostado por Jack, Ruffnut y Astrid no perdieron la oportunidad para señalar que ellas siempre creyeron en él.

El único inteligente que no se unió a aquellas apuestas fue Fishlegs, quien, entregándole a Hiccup ese casco perdido en batalla, lo felicitó sin ningún tipo de consejo para mejorar; solo un buen amigo mostrando su apoyo y lo feliz que se sentía por su desempeño.

 

— ¿Estás listo para la siguiente prueba? —preguntó el Ingerman conforme ambos iniciaban una conversación aparte del resto de los chicos.

 

— Supongo... No me han querido decir qué es —contestó Hiccup, caminando al lado del rubio mientras seguían a la multitud que se movilizaba otra vez.

 

— Creo que tiene que ver con carreras. Nos preguntaron si queríamos participar —reveló él, pero fue interrumpido antes de soltar más información vital.

 

Encogiéndose de hombros y deseándole suerte otra vez, Fishlegs, junto a Tuff, Ruff, Snotlout y Astrid, obedecieron al llamado de Goober.

 

— Ustedes vienen conmigo —se adelantó Thiana, atrapando el brazo del Haddock y del Overland a la vez; llevándolos lejos de la multitud hacia alguna parte del enorme establo que había en la propiedad.

 

Antes de siquiera preguntar, Hiccup reconoció un característico relincho que lo hizo adentrarse más en el lugar. En uno de los cubículos se encontraba Toothless, quien también se mostraba alegre de reconocer a su jinete.

 

— ¡Toothless! —dijo sorprendido de verlo ahí, corriendo rápidamente hacia él para darle un corto abrazo.

 

Analizando cómo estaba su amado corcel, notó los restos de avena, zanahorias y sal en un comedero cercano, sintiéndose incluso más feliz al saber que habían tratado como a un rey a su caballo.

 

— ¿Y esto? ¿Vas a una competición? —Alejándose unos pasos para admirar la manta roja debajo de la montura que llevaba puesto el animal, Hiccup se preguntó si esa era la carrera que había mencionado Fishlegs.

 

¿Una carrera de caballos? No quería presumir, pero definitivamente ganarían.

 

— Te ves bien, amigo — halagó finalmente a su compañero, recibiendo un bufido contento conforme acariciaba su pelaje.

 

La emocionada presencia de Thiana se hizo notar tras aconsejar a ambos jinetes que se alistaran para lo que viniera.

 

— ¿Cómo se supone que hagamos eso? — cuestionó Jack, quien, igual de alegre por ver a Gummy, se encontraba tirado sobre una pila de heno para servir de almohada a su yegua, que intentaba tomar una siesta.

 

— Primero, sería bueno que se limpiara el heno del cabello, joven Jackson.

 

Rodando los ojos ante ese subliminal "Arréglate un poco, que pareces un pordiosero", un pequeño bote de pintura azul fue lanzado cerca suyo mientras a Hiccup le entregaban uno rojo. No hubo más indicaciones además de un: "¡Prepárense para la guerra!", antes de que la mujer se retirara del lugar.

 

Tomando literales las palabras de Thiana, Hiccup sumergió dos dedos en la espesa pintura; tomó lo suficiente como para dibujar sobre sus pómulos esas típicas dos líneas que algunos soldados solían utilizar. Claro que no iba a dejar a su compañero excluido, por lo que dibujó esas mismas líneas bajo los ojos del corcel; así harían juego.

Mientras tanto, Jackson solo los observaba desde aquella montaña de heno con una cálida sonrisa. Acariciando la crin de Gummy, intentó estirarse hasta el límite de su flexibilidad para tomar el bote que le había dado Thiana.

 

— También deberíamos usar la "pintura de guerra", ¿qué dices, linda? — Aun con un bufido como obvia negativa, Jack no era de los que aceptan un "no" por respuesta, así que de inmediato se puso manos a la obra para dibujar un copo de nieve que rodeara todo el ojo derecho de Gummy, evitando, claro, que cualquier gota de pintura cayera en su visión.

 

Justo a tiempo antes de ser llamados, Jack logró dibujar el mismo copo sobre su propio ojo derecho. Arreglando sus prendas una vez más y dejando su capa en el cubículo de su yegua, el albino montó para tomar la delantera y ser el primero en salir del establo. Hiccup, sobre Toothless, le siguió el ritmo en menos de nada, llegando ambos al peculiar escenario donde los estaban esperando.

Toda la multitud se encontraba tomando asiento en cómodas y largas bancas de madera. Aunque algo confundidos, no dejaron de cabalgar hasta alcanzar a Goober, quien les daba señales con los brazos desde la lejanía para que se acercaran.

 

— ¡Justo a tiempo! Pueden colocarse en la línea de partida junto a los demás — indicó Goober, señalando con el dedo índice cierto lugar delimitado por cinta de color rojo.

 

Mientras más se acercaban, ambos jóvenes pudieron notar la presencia de los otros chicos, quienes hacían sus rituales personales antes de la carrera.

 

— ¡Chicos! Pensamos que nunca aparecerían — bromeó Heather, quien, al igual que el resto, también tenía una particular marca de pintura en el rostro que compartía con su yegua.

 

— Goober no nos dio mucha información, pero parece que habrá puntos o algo así — intentó explicar Fishlegs, pues cepillar a Meatlug y hablar al mismo tiempo no era tan fácil.

 

— Quizás nos hubiera dicho más si no le hubieras soplado al cojo cuál era la siguiente prueba — sentenció Snotlout, mientras intentaba que Hookfang no se comiera su traje.

 

A pesar de la risa contenida de varios —incluyendo a Jack—, Hiccup soltó un suspiro al saber que, por más amigos que fueran, Snotlout no dejaría de molestarlo a la mínima oportunidad.

 

— ¡Competidores a la línea! — La voz de Goober fue la alerta para que todos subieran a sus monturas y escucharan las instrucciones.

 

— El lugar de juego está delimitado por los grandes árboles que separan el prado del bosque. ¡Tenemos ojos por todos lados, así que sabremos si alguien pisa fuera del área! — explicaba el herrero conforme el anochecer amenazaba con apresurar su llegada.

 

Si Jack afilaba un poco más la vista, podría distinguir a los sirvientes distribuidos a lo largo del límite del área, listos para avisar sobre cualquier descalificado.

 

— Esto consiste en una carrera sin pista. Hay obstáculos y trampas que sus caballos deberán esquivar para atrapar a las ovejas perdidas. ¡Las blancas valen un punto y la oveja negra vale diez! Sin embargo, esta última será liberada casi al final para decidir a un único ganador.

 

— ¿Ovejas? ¿Cuáles ovejas? — preguntó Ruffnut. Sin perder el tiempo, Goober chasqueó los dedos para que Easter y Thiana abrieran el corral. Las asustadas ovejas huyeron de inmediato hasta esparcirse por todo el lugar.

 

— ¡Las canastas de cada uno se encuentran justo al otro extremo del campo, así que deberán evitar ser saboteados hasta asegurar el punto!

 

Antes de que otro de los competidores pudiera preguntar, el sonido de madera y poleas levantándose se escuchó a la distancia. Aunque era difícil de ver por la lejanía, cada uno pudo distinguir que los colores que llevaban en la piel eran los mismos que diferenciaban cada canasta.

 

— ¡El juego sucio o las trampas están totalmente permitidos, siempre y cuando no utilicen armas blancas o de fuego! ¿Quedó claro?

 

A pesar de los espantados "¡¿Qué?!" de Fishlegs, Goober dio la señal entre risas. El sonido de una corneta desató los vítores emocionados de los espectadores y alertó tanto a los corceles que, por poco, sus jinetes salen volando ante el repentino arranque de las bestias.

Los primeros minutos fueron ver a los siete jóvenes intentar tranquilizar a sus respectivos caballos, hasta que Astrid tomó la delantera calmando a Stormfly en tiempo récord y, apretando el agarre de sus riendas, guió el camino hacia una de las ovejas dispersas.

 

Confiando totalmente en su compañera, se aferró con ambas piernas a la montura para impulsarse en un peligroso movimiento hasta poder levantar al animal con una eufórica carcajada, guiando a Stormfly hasta las canastas; fue la primera en reclamar un punto en esa competencia.

 

— ¡JA! ¡TOMEN ESO, IDIOTAS! — celebró ella al pasar a un lado de los demás, quienes finalmente lograban tomar dominio de las riendas.

 

Para gusto del público, esa burla encendió aún más el fuego hasta desatar el máximo potencial competitivo que tenían. Saltando vallas y esquivando enormes barriles, cada jinete intentaba perder a sus perseguidores cada vez que lograban evitar ser casi decapitados al atrapar una oveja.

 

— ¡Lo siento mucho! — anunció Snotlout a un desprevenido Jack, quien no pudo evitar un ataque por sorpresa desde atrás que le hizo perder su oveja.

 

— ¡Hijo de...! — Acordándose de aquellos accesorios innecesarios que llevaba en su vestimenta, rápidamente arrancó un medallón de su traje para lanzarlo a la cabeza del Jorgerson.

 

Una puntería sin duda impecable, pues ese pesado dije dio de lleno en la mollera de Snotlout, logrando que perdiera el equilibrio hasta caer de la montura sobre un enorme charco de lodo.

Aunque no fue descalificado, desde el suelo Snotlout no pudo evitar el robo de su oveja recién adquirida. Volviendo a manos del dueño original, finalmente el punto fue para Jackson.

 

Levantándose con dificultad por el lodo, una nueva ola lo cubrió de pies a cabeza mientras intentaba limpiar sus prendas como le era posible.

Esta vez no hubo ninguna disculpa; el jinete que lo había cubierto de suciedad estaba totalmente centrado en dejar la oveja dentro de su canasta. A una velocidad fenomenal, Hiccup y Toothless esquivaban los obstáculos necesarios para acorralar a las demás e intentar atrapar alguna.

 

— ¡Yo me encargo, amigo! —decía Hiccup para tranquilizar a su caballo y que no bajara el ritmo. Aun con la montura amenazando con resbalarse por el peso, el Haddock logró hacerse con otra oveja en menos de nada.

 

Gracias al aviso de Toothless con un relincho, pudo esquivar fácilmente a uno de los gemelos que intentaba robarle. 

Usando su prótesis como escudo, logró evitar un posible golpe a Toothless mientras Ruffnut intentaba pegarle con una vara.

 

— ¡Las armas están prohibidas! —intentaba convencer a la rubia.

 

— ¡Esto no es un arma, guapo!

 

Como última bendición de los dioses, Belch pareció asustarse con algo cerca de su visión, por lo que el intento de quitarle la oveja fue un fracaso. Dejándola en la canasta junto a las otras tres, Hiccup se sintió aliviado de tener las manos libres una vez más.

Sin embargo, la corneta volvió a sonar para llamar la atención de todos. Entre la larga hierba y algunos charcos de lodo, una oveja negra corría enloquecida por todo el área.

 

— ¡Ahí está! —escuchó la voz lejana de Heather antes de ser opacada por una estampida de cascos chocando contra el césped.

 

Merodeando la escena para ver cómo podía hacerse con ella, una gran sonrisa decoró su rostro cuando vio a cierto dúo albino escapar victorioso del tumulto, sosteniendo al animal con ambos brazos e intentando cubrirlo con su cuerpo. Pero si eso había sido impresionante, no se esperaba para nada ver a Heather ponerse de pie sobre la montura de Windshear y tener el equilibrio suficiente como para saltar a la espalda de Gummy, forcejear con el albino y volver a su caballo sosteniendo ahora a la oveja negra.

 

Al igual que el eufórico público, estaba completamente anonadado con lo que había presenciado; mas el fastidio se hacía más fuerte al darse cuenta de que todos planeaban ir contra Jack. Azotando con firmeza las riendas, apresuró el trote hasta quedar a la par de la muchacha, que lo veía escéptica. Yendo cabeza con cabeza, Hiccup forcejeaba con ella para recuperar al animal.

 

Finalmente, en un truco algo sucio, intentó poner a prueba qué tan desensibilizada se encontraba Windshear; fue un completo éxito al dejar que Toothless relinchara tan fuerte que asustó a la yegua. Sonriendo para sus adentros al tener a la oveja, ahora la prioridad de Toothless era perder de vista a esos molestos perseguidores, incluyendo a Jack.

 

Usando toda esa velocidad a su favor, el rumbo del corcel empezó a ser en zigzag hasta llegar casi al límite del área permitida. Al último segundo, Hiccup cambió la dirección con tanta habilidad que, para los contrincantes, desapareció en un pestañeo. Antes de que pudieran preguntar a dónde rayos había ido, cada quien intentó detener a sus corceles como pudo, fallando en el intento.

El único que logró sobrevivir por una cabeza había sido Jackson, el cual rápidamente giró todo lo posible para alcanzar al castaño; mas la corneta volvió a sonar e incluso Gummy bajó el ritmo hasta detenerse al saber que el juego había terminado.

 

— Qué injusto... ¿Puedes creer que "esos" nos ganaron, linda? —rechistó el albino.

 

"Tenían que ganar con trampas, sin duda", fue su respuesta, mas su amigo no podría entenderla. Pero a pesar de las quejas, una sonrisa se asomaba por su rostro conforme limpiaba el sudor de su frente y bajaba de la montura para que su compañera descansara.

 

— ¡La oveja negra fue encestada! ¡Los ganadores de la carrera son Jackson y Gummy, señoras y señores! —anunció Goober para alentar a la multitud y, sin saberlo, levantó de golpe las orejas de todos los jinetes.

 

Escuchando las expresiones sorprendidas del resto, el mismo Jack se preguntaba qué rayos había sucedido. Por más que fuera claro, su cerebro no parecía procesarlo. Sin palabras, el muchacho fijó su mirada en el dúo que, después de un rato, bajaba la velocidad para dejar que el jinete pisara tierra. Sintiendo sus mejillas encenderse, ambas miradas volvieron a encontrarse.

 

Cual caballero de cuentos, el castaño hizo una reverencia en forma de un silencioso "no hay de qué", gesto que imitó Toothless al mismo tiempo, sacando risas y aplausos de la multitud. Apoyándose casi en su totalidad contra Gummy, Jack sintió su compostura desvanecerse conforme jinete y corcel se acercaban con una sonrisa tan hermosa que podría cegar al mismo sol.

 

— Era tu oveja desde un inicio, no podía permitir que ganara alguien más —confesó Hiccup una vez estuvieron frente a frente.

 

Jack podía escuchar que hablaba algo más, pero no prestaba atención por concentrarse en esos ojos verdes, las pecas destellando por el sol y lo bien que le quedaba el cabello empapado de sudor y peinado hacia atrás. Pasaron unos buenos minutos en ese estado, pues solo pudo reaccionar cuando su cerebro captó que la conversación terminaba.

 

— ... Como sea, deberíamos entrar. Easter tiene cara de querernos matar —remarcó Hiccup mientras extendía con sutileza una mano al muchacho, quien, recién salido del trance, la tomó de inmediato para caminar juntos hacia el interior de la casa.

 

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Ya con el anochecer abrazando la fiesta, el ruido ni la euforia habían disminuido a pesar de la presencia de la luna en lo más alto; los músicos parecían incluso más inspirados que en un inicio.

En un rincón donde ambos podían hablar sin tener que gritar, Hiccup intentaba ser el maestro de baile del Overland. Ante la insistencia —más parecida a una amenaza— de Stoick por enseñarle sus tradiciones, lo guiaba con paciencia y dulzura, animando cada paso con una sonrisa.

 

— Entonces, yo me arrodillo y tienes que dar una vuelta alrededor de mí. Sostendré tu mano para guiarte, ¿está bien? —indicaba Hiccup, procediendo a extender su mano desde el suelo.

 

— No me molesta —respondió Jack. Aunque intentaba mantener un tono sutil, su emoción desbordaba conforme el castaño silbaba aquella canción para marcarle el ritmo.

 

Así se habrían mantenido unas dos o tres canciones, pues entre risas, esa melodía que usaban como práctica empezó a ser entonada por los violinistas.

 

¡Psst, hijo! —escuchó Hiccup entre la gente. Al voltear, observó a su padre, quien entre ademanes le indicaba que mostrara todo lo aprendido en la pista de baile para que North y Jamie pudieran verlos.

 

Oh, no... —murmuró al ver la emoción de su progenitor. El problema era volver a tener la atención de todos encima, especialmente en algo en lo que se sentía tan torpe como el baile. Claro, le había enseñado con toda la actitud a Jackson, pero porque le tenía la confianza suficiente para dejarlo verlo hacer el ridículo.

 

Al mismo tiempo, North también invitaba al albino a que sacara a bailar a Hiccup. A diferencia del Haddock, Jack le mostró un pulgar levantado con una gran sonrisa a su padre; luego, tomó al más alto por los hombros y lo arrastró a la pista sin previo aviso.

 

— Yo tendré que hacer tu parte si sigues así de tieso —bromeó Jack, adelantándose a Hiccup y levantando ligeramente el brazo de este para hacer una cruz al chocar ambos antebrazos.

 

Lo que Hiccup ignoraba era que Stoick y Valka le habían enseñado a Jack el significado y la letra original de la melodía con la intención de regalarles un recuerdo lindo que pudieran hacer suyo.

 

I'll swim and sail on savage seas with never fear of drowning...

 

And gladly ride the waves of life, if you would marry me.

 

Era de esperar que la reacción del castaño fuera de absoluta sorpresa. Jack no pudo contener una carcajada al observar esa mueca de shock total; el muchacho no podía disimular su asombro al preguntar en voz alta —y sin pausar la coreografía— hacia su padre: "¡¿Cuándo pasó esto?!".

 

No scorching sun nor freezing cold will stop me on my journey...

 

If you will promise me your heart and love me for eternity.

 

Aun con la emoción y el nerviosismo latiendo fuerte en su pecho, Hiccup no podía negarse a seguir la letra. Aunque su voz tambaleara o desentonara, quería, ansiaba seguir el dueto.

 

My dearest one, my darling dear, your mighty words astound me.

 

But I would keep you from all harm if you would stay beside me.

 

Aquella letra podría haber sido creada por sus padres durante su juventud al pensar en sus propios votos, pero tal como ellos querían, ambos muchachos decidieron hacerla suya.

Sin romper ni un segundo el contacto de sus manos, los invitados reían y disfrutaban del pequeño espectáculo. Con el "rechazo" de Jack ante la mención de traer oro y poemas para cortejarlo, la multitud estalló en risas, encantada.

 

I have no use for rings of gold, I care not for your poetry

 

I only want your hand to hold, I only want you near me!

 

Hubo una mezcla entre la coreografía vikinga y ciertos pasos del folclore ruso que North reconoció al instante, como las vueltas energéticas en las cuales Hiccup guiaba a Jack. Al igual que Stoick con el albino, North le había "robado" a Hiccup unos segundos antes para enseñarle aquellos pasos, ¡y qué bien había hecho!

 

I'll swim and sail on savage seas with ne'er a fear of drowning...

 

And gladly ride the waves of life, and you will marry me!

 

Sin esperar mucho de sí mismo, Hiccup intentó recrear aquel recuerdo guardado en su memoria, donde en cada aniversario sus padres practicaban ese baile y Stoick solía alzar a Valka en un último giro. Fue la euforia del momento la que le permitió alzar por un milisegundo al muchacho conforme las partituras llegaban a su fin.

 

— No pesas nada —le dijo Hiccup mientras Jack intentaba controlar su sorpresa ante el repentino movimiento.

 

Esas fueron sus últimas palabras antes de sentir que sus brazos fallaban, dejando que ambos cayeran al suelo. Por fortuna, él amortiguó la caída de Jack.

Sus carcajadas no tardaron en sonar al compás de los infinitos vítores, risas y aplausos de todos aquellos que habían sido partícipes del espectáculo.

 

 

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​Más entrada la noche, los aperitivos más fuertes empezaron a llegar y, con ello, la tranquilidad empezaba a reinar entre los invitados, quienes ahora solo conversaban entre suaves risas y pequeños brindis.

De regreso en ese lugar solo para los Haddock, Hiccup saciaba su hambre entre bocados de la mejor carne que había probado. Ahora Astrid y Goober podían acompañarlos, cada uno disfrutando de su cena mientras esperaban la aparición de Jack. North reía con Valka y Stoick; Astrid y Goober entre ellos, así que a Hiccup no le molestó empezar una pequeña conversación con Jamie sobre posibles temas que ver en la clase y —para su sorpresa— empezar a opinar sobre libros.

Aun con aquella interesante conversación, de vez en cuando la atención del castaño inspeccionaba visualmente el lugar en busca de su prometido. Vaya, ese título le gustaba.

— ¿Por qué se tarda tanto? —murmuró para sí mismo, mas Jamie ya lo había escuchado.

En lugar de sentirse ofendido o afligido, el pequeño sonrió para sus adentros, ocultando con agilidad lo que traía entre manos.

— Debe estar preparándose para su presentación estelar donde hace de cuentacuentos —aclaró, remarcando intencionalmente sus palabras para asegurarse de que su padre pudiera oírlo.

— ¡Ah! ¿Le estás contando a Hiccup sobre nuestra tradición, Dingle? —Ante su pregunta, Jamie asintió fervientemente, dejando que North fuera quien explicara todo mientras él disfrutaba de su carne.

Al parecer, desde pequeño Jack era algo egocéntrico y egoísta sobre la atención de su padre para con otros. Gracias a la increíble idea de uno de sus tutores, durante las fiestas Jack podría tener un pequeño momento en donde mostraría a los invitados su talento nato en algo que amaba: contar historias.

— Y... ¿qué clase de historias suele contar? —preguntó Hiccup, totalmente ajeno a esa sonrisa traviesa que se asomaba por los labios del chiquillo.

— ¡Fantasmas! —contestó con una gran sonrisa el hombre, sin percatarse del cambio drástico en el color de la piel de Hiccup—. Historias de culto sobre viejos fantasmas o entes famosos del lugar; ¡es muy divertido, ya lo verás!

Hiccup no se caracterizaba por ser el más escéptico de su familia. Desde pequeño creía que pasar debajo de una escalera era la causa de una racha interminable de catastróficos eventos en tu vida y su superstición solo se alimentó cuando un pequeño gatito negro caminó frente a él y Toothless horas antes del accidente.

Oh, vaya... —murmuró Hiccup en un fuerte intento por no demostrar que estaba aterrado—. Se escucha encantador.

Forzando una sonrisa, Hiccup intentó mostrarse estoico ante el claro miedo que estaba invadiendo su pecho. Llevando otra cucharada de flan a su boca, intentaba seguir escuchando la conversación que los adultos tenían. 

Tanto Astrid como Goober se percataron de aquel súbito cambio de tema a uno que intentaban evitar para no causar pesadillas a Hiccup, a menos que se lo buscara. Al mismo tiempo, ambos voltearon a ver con los ojos afilados al chiquillo que mantenía esa fachada angelical e inocente con una sonrisa traviesa.

Aunque en un momento cualquiera se hubieran encargado de que recibiera un escarmiento, ambos entendieron el plan que se tenía entre manos, muy probablemente junto a Jack.

Y no podían estar más de acuerdo.

Cuando finalmente el muchacho había logrado seguir comiendo algo más que no fuera cosas blandas para no morderse la lengua, las luces fueron apagadas hasta solo dejar el tenue resplandecer de algunas velas. La excéntrica presencia del albino se hizo presente como un ente en plena madrugada, siendo iluminado por un pequeño farol que él mismo sostenía. Usando con gracia aquella capa azul que había abandonado tras la pelea, su figura se veía más intimidante y espectral.

Este sin duda era el momento más esperado por los invitados e incluso los músicos, pues las tonadas se volvieron tenebrosas conforme todos se acomodaban para disfrutar del espectáculo.

— ¡Voy a contar lo que sé que es verdad, y que esta misma noche sucederá! —empezó el albino con una voz fuera de lo usual y que los nuevos residentes no pensaron fuera capaz de generar—. Los fantasmas y brujas a medianoche, de sus mil maleficios hacen derroche. Los hay con cuernos y otros hay de más allá de los infiernos...

Si de por sí ya era espeluznante tener que escuchar esa linda voz convertirse en una áspera y grave, con la multitud siguiéndole el juego al acompañar la letra lo hacía peor para Hiccup.

— Hoy, en noche de difuntos, salen a espantar; a los que están vivos quieren embrujar...

De repente, aquella ventana justo atrás suyo se abrió de golpe de par en par, cortando la respiración del castaño y causando que un escalofrío corriera con fuerza por su espalda conforme se aferraba a sus propias rodillas ante el repentino grito desgarrador de alguna chica en el lugar. Pero antes de siquiera poder alertarse por algún accidente, todos estallaron en risas al saber que era parte del espectáculo.

— En la noche de difuntos no hay que andar ni hay que salir a caminar; fantasmas hay que nos dan horror, pero el sin cabeza... ¡ése es el peor!

Sin previo aviso, una calabaza fue lanzada por encima de la multitud hasta ser atrapada por el Overland, quien exhibía una sonrisa maliciosa conforme se colocaba esa calabaza tallada de forma macabra. Hiccup no tenía ni la menor idea de qué mecanismo tenía esa cosa, pero solo incrementaba su temor el ver cómo esos ojos azules eran cubiertos por una fuerte luz naranja que desprendía de entre los tajos.

— Cuando en su caballo va a buscar una cabeza que cortar, ¡tiembla el mismo Lucifer! No le quiere hablar ni lo quiere ver.

"¡Al sin cabeza hay que temer!", decían los demás mientras el muchacho se movía por todo el lugar desprendiendo un aura tenebrosa. Sabía que la intención era asustar, pero él no estaba tan dispuesto a dejar que Jack se le acercara a menos de diez metros con esa cosa puesta.

— Perdió su cabeza y quiere hallar una que le quede regular. Una cabeza que degolló, se la probó, no le ajustó.

Los dioses parecían divertirse junto a los demás, pues justo en ese momento, entre todas las personas que Jack podría escoger para espantar, tuvo que ser él. Girando la cabeza como alguien bajo posesión, ahora Hiccup intentaba respirar hondo al ver que se estaba acercando a la mesa. Intentó excusarse y decir que iba al lavabo, mas la pequeña mano de Jamie y el fuerte agarre de Astrid —cada uno en un brazo— lo regresaron de inmediato a la "comodidad" de su silla. 

Gracias a ellos es que ahora tenía a esa cosa a centímetros de su cara y no creía que encogerse de hombros mientras intentaba mantener la distancia estaba funcionando.

— Dijo que otra cortaría, de cuello largo, y le ajustaría. Le gusta cortar todas las que ve...

"Busca cabezas y tiene fe de encontrar a algún mortal a quien poder decapitar."

Hiccup no tenía idea de cómo logró contener semejante grito que escuchó retumbar muy en sus adentros cuando "Jack" desenvainó la espada que había tenido desde el principio, acercando el filo peligrosamente cerca de su cuello.

— Por las noches se le ve galopar tras las gentes que ha de degollar.

"Corta las cabezas por montón, ya llenó de muertos un panteón."

Lo único bueno fue cuando el muchacho finalmente se alejó para tomar lugar cerca de su padre y encarando a los demás presentes. Finalmente, aquella espantosa calabaza fue removida cual máscara, sosteniéndola bajo el brazo conforme mantenía una actitud sincera.

— ¡A mí me consta lo que conté! Hoy, hace un año, me lo encontré. —Esa declaración, que Hiccup no identificaba si era parte del acto o algo real, encendió aún más las alarmas del pecoso conforme tomaba un trago de su bebida—. Y mi cabeza no la perdí, ¡porque hacia el puente veloz corrí! Hay que cruzar ese puente, ¡sí!

"Pues su poder termina ahí."

— Hoy por la noche al regresar, crucen el puente sin tardar. Yo sé que hoy se aparece allí, por el panteón, ¡cuidado, yo ahí lo vi!

"Por las noches se le ve galopar tras las gentes que ha de degollar."

 

"Corta las cabezas por montón, ya llenó de muertos un panteón."

Para que la gente fuera quien terminara la melodía mientras el dramático chico hacía una desaparición digna de película, era claro que esa historia no era desconocida para los locales. Con el lugar llenándose de aplausos mientras la iluminación volvía a su antigua gloria e Hiccup agradecía de corazón que esa maldita ventana fuera cerrada otra vez, el suave toque de su madre por poco lo hace voltear la mesa cuando se estremeció del susto.

— ¿Te asustó el relato, tesoro? Nunca has sido fan de los fantasmas. —Ante la preocupación de Valka, el chico no sabía si también se estaba burlando o qué—. Te veo... algo pálido.

— ¿Yo? ¡Puff! Ya soy un adulto, esas cosas inexistentes ya no me aterran —intentó despistarlos conforme acomodaba sus prendas al no querer mostrar lo desaliñado que había quedado por los temblores a causa del frío aire, claro.

— ¿A quién no le gustan los fantasmas? —La inesperada pregunta a un lado suyo fue suficiente motivo para arrancarle un pequeño grito que cubrió con habilidad con un: "¡Ahí está la estrella de la noche!".

Agradeciendo al cielo que finalmente podía apreciar el hermoso rostro del albino, Hiccup —quien, asustado, no estaba de ánimos para seguir etiquetas— no se contuvo en abrazar con fuerte anhelo al muchacho antes de dejarlo hablar con los demás bajo las curiosas miradas de terceros.

 

Obviamente se arrepintió de haber dejado a sus padres interactuar con él al percatarse de que empezaron a hablar sobre sus momentos más humildes durante la infancia y adolescencia, pero no los detenía porque al menos bajo la mesa podía sostener la mano del chico mientras aceptaba su destino con una apretada sonrisa y admirando a la nada.

Habrían pasado un par de horas en las que todo se volvió anécdotas, mas la mayoría de los invitados empezaba a retirarse antes de la medianoche. Cuando Jamie trajo a colación jugar uno de sus juegos de mesa favoritos, su madre ya bostezaba un par de veces sin poder evitarlo.

 

— Niños... tienen más energía que su propio viejo —decía North al ver con qué emoción el pequeño ordenaba el tablero y sus piezas—. Valka, Stoick; fue un gusto tenerlos hoy. No los detendremos si quieren ir a casa.

 

Con el cansancio cayendo sobre ellos, no fue sorpresa para North que ambos esposos no insistieran en quedarse unos minutos más; sin embargo, Hiccup parecía más interesado en la conversación que mantenía junto a Jackson a unos metros de todos los adultos.

 

— ¡Hiccup! —lo llamó Valka, agitando suavemente la mano para hacerse notar—. Ya es tarde, hijo. Nos vamos.

Antes de que Hiccup pudiera siquiera tomar una decisión, ambos hermanos vieron su plan tambalearse, pues el primer paso era separar a los señores Haddock —o cualquier miembro de la familia, sobre todo a Astrid— de Hiccup.

 

— ¡NO! —protestaron ambos al unísono, siendo Jamie quien dio la cara para excusar a ambos, ya que si Jack lo hacía quedaría muy mal parado socialmente.

 

— Señores Haddock, ¿no hay problema si el maestro Hiccup se queda unos minutos más? —preguntó el pequeño, intentando recordar todas esas lecciones de cómo actuar tierno para los ojos adultos—. Al menos solo para una partida de "Vampiros y Cazadores", ¿sí?

 

Por unos segundos, ambos esposos vieron la imagen de su hijo reflejada en Jamie; con esos tiernos ojos y cabello castaño, de repente se veían incapaces de negarse a esa pequeña petición. Sin embargo, el cansancio les estaba pasando factura e incluso North se encargó de hablar con cariño al menor, recordándole que no siempre se podía tener lo que quería.

 

Hiccup solo observaba sin saber qué decir. Astrid y Goober simplemente esperaban indicaciones y él no quería defraudar a uno de sus mejores alumnos que —por si fuera poco— era hermano de Jackson. Solo un segundo le tomó chocar miradas con el albino, siendo totalmente atrapado al notar una pizca de decepción en ellas.

 

— ¿No te importaría quedarte un rato más? Entendemos si no es posible, claro —esa pequeña petición fue suficiente para acelerar un largo proceso de reflexión en el Haddock.

 

— ¡No me molesta quedarme! —dijo directamente a los tres adultos que lo voltearon a ver de inmediato—. Ustedes pueden volver a casa, volveré junto a Toothless cuando termine el juego.

 

Si no hubiera sido por la complicidad de Goober y Astrid, Stoick habría gastado otra media hora convenciendo a su hijo de que lo mejor era siempre tener a alguien asegurándose de su integridad.

 

— ¿No te acuerdas del desempeño que tuvo durante el enfrentamiento? ¡El chico ya no tiene quince, Stoick! —decía Goober conforme escoltaba a la pareja a la salida del hogar.

 

— Cuídense de él —aconsejó Astrid a ambos hermanos, pero sobre todo a cierta chica que se encontraba cerca del Sr. North.

 

— Debería ser "Cuiden de él", ¿cierto? —preguntó Heather a la rubia que poco a poco ya estaba al otro lado del umbral.

 

— No lo creo, preciosa. ¡Buenas noches! —Antes de que la puerta fuera cerrada por Easter, la muchacha guiñó sin pena a la consejera como despedida. Tampoco era necesario despedirse, pues tenía la certeza de que no sería la última vez que se verían.

 

Ignorando con habilidad todas esas miradas sobre ella, la consejera se excusó para poder desaparecer en la comodidad de su habitación con tal de huir de la inquisitiva mirada de Jack e Hiccup pidiendo más explicaciones al respecto.

Todo volvió a la normalidad tras eso. North no dudó en invitar al muchacho a pasar la noche en una de sus varias habitaciones para huéspedes, mas por educación (y sobre todo vergüenza) él declinó cortésmente la invitación. 

Despidiéndose con un fraternal beso en la cabeza de ambos chicos y con dos besos de su futuro yerno, el hombre deseó buenas noches a todos antes de ir escaleras arriba.

 

Aun con la presencia de un par de mucamas, Jack finalmente se sentía lo suficientemente cómodo como para tener todo el contacto que quisiera con Hiccup durante toda la partida de "Vampiros y Cazadores". Fue al final de esta cuando la energía del menor finalmente llegó a su límite, mostrándose somnoliento y bostezando continuamente a pesar de haber ganado el juego.

Jack se apresuró a tomarlo en brazos con tal de evitar un golpe certero contra el tablero, sonriendo tímido al castaño que no sabía exactamente cómo reaccionar, pero se encargó de guardar todo.

 

— ¿Me acompañas a dejarlo en su habitación? Ahí es donde guarda sus juguetes —aclaró Jackson.

 

Sin poner queja alguna, Hiccup siguió al albino hasta la pieza del menor. Una vez el juego regresó a su repisa, Hiccup mantuvo una distancia prudente al quedarse recargado en el umbral de la puerta mientras Jack arropaba bajo las sábanas a su hermano antes de retirarse.

 

— ¡Bueno! Esto sí que fue una reunión divertida —dijo Jack conforme guiaba el camino escaleras abajo.

 

— Esperaba de todo menos tener que pelear, lanzar hachas y... lo que sea que fue lo de las ovejas —contestó Hiccup caminando al lado del chico.

 

Iniciando una nueva conversación fue como el Haddock se despidió de los pocos empleados presentes conforme era acompañado hasta el establo por el Overland.

 

— Pensé que no le caería bien a tu padre... ya sabes, chico enclenque sin un atractivo en particular.

 

— ¿De qué estás hablando? ¡Eres encantador!... ñoño, pero atractivo a tu manera. —Compartiendo risas mientras Jack ayudaba a desatar las riendas de Toothless, finalmente parecía que esa sería la despedida hasta la mañana siguiente.

 

Y lo mejor de todo es que el destino había jugado tanto a su favor que el plan inicial para estar juntos terminó ocurriendo.

 

Entonces... —inició Hiccup, sin querer realmente dar por terminada la noche—, ¿te veo mañana?

 

Una emocionada sonrisa surcó los delgados labios de Jack, quien ya había aceptado en su mente mil y una veces la invitación antes de que el castaño la formulara.

 

— ¿En el lugar de aquella vez? —propuso Jack, recibiendo una afirmativa de inmediato.

 

Fueron unos largos segundos de puro silencio, donde ambos esperaban la iniciativa de cualquier muestra de afecto antes de despedirse de verdad. Tardaron tanto que incluso Gummy le rogaba a Toothless que hiciera algo si ellos no lo iban a hacer. Soltando un suspiro cansado por tanta cursilería, Toothless golpeó con el costado a su jinete, logrando que ambos chicos cortaran distancia hasta fundirse en un beso.

 

"Ya te estabas tardando, ¿ves que no era tan difícil?", reclamó Gummy desde dentro de su cubículo.

 

"Entonces lo hubieras hecho tú, niña presumida", protestó Toothless, intentando ignorar a esos dos que no parecían querer separarse y los indignados gritos ahogados de la yegua ante tal falta de respeto.

 

Mientras ambos equinos peleaban entre bufidos que pasaban desapercibidos, una pequeña roca impactó de lleno sobre la cabeza del albino, finalizando el momento.

 

— ¿Qué pasó? ¿Te encuentras bien? —preguntó preocupado Hiccup, intentando saber qué había sucedido pues solo escuchó el quejido de Jack.

 

— No es nada... Solo un pequeño dolor de cabeza —desvió la atención, pues él sí sabía con exactitud lo que significaba eso. Era momento de actuar.

 

Tras confirmar su integridad, al fin Hiccup subió a la montura de Toothless para alejarse a paso lento mientras el albino los despedía con una amplia sonrisa tras la valla de piedra.

 

— ¡Tengan cuidado con el sin cabeza! —Fue lo último que percibió Hiccup una vez se adentraron en el bosque y su piel se escarapeló de inmediato.

 

Como si hubieran activado una mina, la mente de Hiccup empezó a recapitular todo ese escalofriante relato. Por instinto, lentamente levantó la mirada para observar la posición de la luna. Conteniendo la respiración, asimiló que el astro estaba justo encima de sus cabezas, brillante, mientras ella y las estrellas empezaban a ocultarse tras gigantescos nubarrones.

 

— ¿A qué se supone que le tengamos miedo, amigo? Ese tal f-fan-fantasma no podría con nosotros —Hiccup hablaba consigo mismo; si no fuera por su corcel, se sentiría aún más solitario.

 

Lo único que le dio seguridad fue acelerar el trote, pues Toothless había sido tan engreído aquella tarde que no era capaz de utilizar toda su capacidad con el estómago lleno. Sería un viaje largo. 

 

Silbando esa canción que volverían a bailar en su boda, Hiccup contenía saltos repentinos ante el eco de su propia música.

 

Entre las frondosas arboledas, el aullido de los lobos alimentaba su miedo. Una oscura sombra pareció surcar el rabillo de su visión; la espantosa figura de un viejo árbol le arrancó un grito que alertó a Toothless. Viendo a un par de luciérnagas emerger de lo que creyó eran ojos de un ente, ahora todo parecía tenebroso.

Toothless no podía hacer más que seguir el camino, sintiendo el temblor de su jinete transmitirse por las riendas. 

 

Entre el caos, el repentino ataque de un cuervo lo hizo caer de su caballo ante los bruscos movimientos; el Haddock corrió en dirección contraria en su desesperación. Hiccup no llegó muy lejos, pues sus gritos fueron interrumpidos cuando su rostro impactó contra la tierra tras tropezar con una enorme piedra.

 

Toothless, algo lento por el exceso de avena, lo alcanzó e intentó verificar su estado. Hubo silencio mientras Hiccup recuperaba la respiración, hasta que empezó a reír como desquiciado mientras se aferraba al cuello de su corcel. El caballo realizó ese truco de "sonreír", levantando el labio superior. Parecían partirse de la risa ante la ridícula caída, hasta que ambos se quedaron mudos al percatarse de que ya ninguno de los dos reía.

 

Girando hacia la fuente de esas risas maníacas, su estómago dio un vuelco al darse cuenta de que no había tropezado con una roca, sino con una tumba. Estaban en camposanto, y sobre un caballo de ojos rojos, estaba aquel espectro que Jack había descrito.

Con una afilada espada y una calabaza macabra, el ente arremetió contra ellos. Toothless utilizó toda su fuerza para lanzar al jinete a su espalda antes de huir en un ritmo irregular. El alimento le pasaba factura con espantosos gorgoteos que aumentaban la preocupación de Hiccup.

 

— ¡Vamos, amigo! —gritaba él mientras esquivaba la hoja afilada de puro milagro. De alguna manera, esa cosa lograba alcanzarlos en cada atajo. Ni siquiera un risco fue obstáculo para que el sin cabeza intentara degollarlo.

 

Hiccup intentó cruzar un lago; mala idea, pues le dieron ventaja al espectro al llegar al otro lado. Cuando la luna se despejó, distinguió a lo lejos el puente. ¡Su salvación! Pero a unos metros de cruzar, el malestar de Toothless fue más fuerte y terminó tumbándolo, haciendo que Hiccup cayera estrepitosamente.

 

— ¡Toothless! —gritó aterrorizado, corriendo a auxiliarlo. Con la garganta hecha un nudo, intentaba levantar sin éxito a su compañero mientras escuchaba los galopes acercarse.

 

Cada intento era aumentar el dolor e incluso aquel dolor fantasma que por meses logró dominar había vuelto solo para empeorar la situación; tumbandolo de forma súbita ante el desfarrador dolor.

 

Acariciando entre lágrimas el negro pelaje, Hiccup se resigno en seguir escapando, pues si de adolescente no abandonó a su mejor amigo mucho menor lo haría en ese momento. Con el jinete a centímetros de él, cerró los ojos esperando el golpe final y escuchando a la afilada hoja cortar el viento.

De forma fugaz la imagen de sus padres, Astrid y Goober aparecieron por última vez en su mente junto a un futuro al lado de Jack que nunca vería llegar.

 

En ese momento se preguntaba si ser decapitado era tan rápido como decían los libros, pues en definitiva seguía sintiendo su cabeza. Al abrir los ojos, vio la espada clavada en la tierra y al imponente corcel frente a él, cuyos ojos ahora eran de un marrón miel bajo la luz de la luna. 

Aún cuando aquella calabaza prendida en fuego fue lanzada cerca suyo, Hiccup no podía alejar la mirada del jinete que parecía querer quitarse la capa.

 

¿J-Jack? —lo llamó tembloroso al ver los cabellos albinos.

 

— ¡Bu! —dijo él con una sonrisa traviesa.

 

— ¡Caíste, profesor! —exclamó Jamie emergiendo de los arbustos entre carcajadas.

 

Hiccup intentó decir algo, pero tras la descarga de adrenalina, una arcada provocó que girara para vomitar todo lo que no pudo digerir de la cena. Segundos después, perdió el conocimiento, desplomándose sobre la tierra.

Los gritos de ambos hermanos no se hicieron esperar mientras entraban en pánico, dándose cuenta de que tanto el maestro como el corcel estaban fuera de combate.

 

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Los infinitos susurros resonando entre la oscuridad fue el incentivo perfecto para darle la fuerza suficiente y poder abrir los ojos lentamente. 

La fuerza de la luz del amanecer lo segó de inmediato mientras intentaba recordar el acontecimiento que le causó tanto dolor, equiparable a haber sido atropellado un par de veces por una estampida de vacas.

Ante sus quejidos, una suave voz pidiendo que cerraran las cortinas llamó su atención al ser tan conocida. Juraba estar muerto, después de todo había visto una luz al final del túnel o algo así.

 

¿Jack? — murmuró débil entre la confusión y su borrosa visión que se estaba tardando por volver a la normalidad.

 

— ¡ESTÁ CON VIDA! ¡ESTÁ CON VIDA! — Escuchó celebrar entre lloriqueos al pequeño Jamie a la lejanía.

 

Ese par de brazos que conocía muy bien lo rodearon con tanta delicadeza, sin embargo, aún así no pudo evitar soltar un quejido por el súbito movimiento y el ligero peso de la cabeza ajena sobre su corazón. Dolía, pero podía soportarlo.

 

Dios, pensé que habías muerto por un segundo — dijo Jack con la voz quebrada y sin ninguna intención de querer soltarlo.

 

Yo también lo pensé.

 

Ignorando a las nerviosas sirvientas que lo veían moverse entre quejidos e insistían en mantenerlo totalmente recostado, Hiccup logró sentarse de tal manera que pudiera atraer con todo su cuerpo al asustado albino, quien ni bien pudo sentir el calor del castaño volver a la normalidad; las lágrimas cayeron sin remedio ante el arrepentimiento.

 

Sabía que iba a ser demasiado si fingiamos decapitarte de verdad. Eso fue idea de Jamie. Lo siento tanto... — Lloriqueaba Jack aferrado al castaño.

 

Jamie, quien había escuchado aquella acusación desde el pasillo, rápidamente intentó abogar por su inocencia — y entre lágrimas al igual que su hermano — pidiendo perdón mientras también se unía al abrazo de la pareja.

 

Jack era el que quería hacerte una broma pesada por actuar como un patán... ¡Waa!

 

Ya que realmente no sabía cómo responder, Hiccup optó por el silencio mientras mantenía una sonrisa cansada sin aflojar el abrazo de ninguno.

En cuestión de segundos, el doctor, North, sus padres y el resto entraron corriendo a verificar si era cierto que había cobrado conciencia, Hiccup no borró en ningún momento esa sonrisa al estarse replanteando sus decisiones de vida en completo silencio.

 

— Cuando el joven Jack dijo que habías vomitado, pensamos que fue por algún golpe en la cabeza, ¿Cómo te sientes? — preguntaba el médico conforme se ayudaba de la luz del día para revisar sus ojos.

 

— Bien...creo — admitió al observar nuevamente el panorama, encontrando a ambos hijos siendo consolados por North mientras su madre limpiaba su frente y su padre agradecía a los dioses por haberlo protegido.

 

Tan protegido tampoco se había sentido.

 

— Al menos aún tengo la otra pierna... — bromeó él, rápidamente quedándose en blanco, pues su mente le señaló aquel recuerdo borroso donde su mejor amigo se desplomaba en medio de la persecución. — ¡TOOTHLESS!

 

Aún con la falta de su prótesis, de alguna manera el castaño logró ponerse pie sin perder el equilibrio y si no fuera por sus propios padres que lo retuvieron en su lugar, habría saltado de la ventana para buscar a su corcel.

 

— ¡Él está bien! — anunció Astrid al ver la desesperación del muchacho. — Solo se descompenso un poco por el ejercicio intenso con el estómago lleno.

 

— Le dio dolor de estómago, básicamente. Está en los establos — resumió Goober, logrando que Hiccup volviera a la cama sin dar más pelea.

 

Con la tensión finalmente eliminada y con la certeza de la salud intacta del joven, el médico se retiró del recinto para dejar que el padre de los Saint pudiera darle un escarmiento a ambos muchachos, ¿A quién en su sano juicio se le ocurría que una broma como esa era buena idea? Porque a Jamie y Jack parece que sí.

 

— ¡¿En qué estaban pensando?! — protestó North mientras ambos chicos se mantenían de pie, cabizbajos y frente a la cama del herido.

 

— ¡Hiccup se estaba comportando como un patán y...! ¡Agg! ¡A ti no te debo la explicación! — dejando a su padre con la palabra en la lengua, Jack tomó asiento a un lado de la cama con tal de tener al castaño frente a frente.

 

Aunque algo intimidado por tantos ojos encima suyo, realmente quería esa explicación de inmediato.

 

— Estabas siendo un patán total gracias a los consejos de Snot, ¡Ese no era el Hiccup del que me enamoré! — soltando un suspiro pesado, Jack intento buscar las palabras exactas. — Te encanta hablar de caballos, tus invenciones y datos curiosos que a nadie le interesa.

 

¿A nadie le interesan...?

 

— ¡A mí sí! — "Me interesa escucharte hablar" quería decir. — El punto es que eres un tanto ñoño, pero eso es lo que te hace alguien interesante. No podía soportar que Snotlout y Tuffnut te llenaran con consejos que no encajaban con la persona quien realmente eres, Hiccup.

 

Por más que su respuesta inicial fuera el silencio — pues sino usaría el sarcasmo —, algo le decía que sus latidos desbocados podían ser escuchados por todos los presentes y que esa aura angelical rodeando a Jack era a causa de sus ojos brillando a más no poder ante lo feliz que le hacían escuchar esas palabras venir de él.

 

— Actuabas como un Snotlout 2.0, cabeza hueca y que se jactaba de ser el mejor de todos sin tenerle miedo a nada...

 

— Y por eso me querías decapitar.

 

— La idea inicial solo era asustarte, pero se nos fue un poco de las manos.

 

El fuerte "¡¿Un poco?!" De todos los presentes solo causó que el albino creara una mueca de fastidio dedicandoles una mirada furiosa de reojo que casi hace perder la concentración al castaño por mantener el momento serio.

Negando con la cabeza antes de volver a su conversación, esos ojos azules realmente denotaba arrepentimiento al igual que esa voz tan angelical que salía como una caricia para sus oídos. 

 

— Lo lamento por haber sido un idiota al llevar esa broma al límite, mi intención no era ponerte en peligro, solo darte una cuchara de tu propia medicina y así...quizás te darías cuenta que no debes ser una persona diferente para conquistarme. Ya lo conseguiste, Hiccup.

 

Ante la suave pregunta en busca de su perdón, el castaño no pudo evitar mostrar una sonrisa conforme guardaba silencio solo para añadirle más dramatismo a su respuesta. Al menos su había aprendido la lección: ni pedirle ayuda a Snotlout o a Tuffnut en temas que estuvieran relacionados a Jack.

 

— Ven aquí.

 

Tomando con cuidado la delgada cintura, Hiccup cortó la distancia entre ambos hasta juntar sus labios en un tierno beso que sorprendió a algunos y solo sacó un par de sonrisas a otros por la conclusión de ese incidente.

Una vez ambos se separaron hasta volver a juntar miradas, ambas sonrisas llenaban de calidez sus corazones.

 

— Ustedes ya se conocían de antes, ¿cierto? Es imposible que todo eso haya pasado ayer — Dijo Valka en medio del silencio, manteniendo una sonrisa que ocultaba más que curiosidad e incluso lucía un tanto macabra si pensaba en todas las normas sociales que esos dos habían roto desde sepan los dioses cuando.

 

Guardando silencio con prudencia, fue Hiccup quien se animó a romper el silencio preguntando por el bienestar de su caballo.

 

— ¿Te gustaría ir a verlo? Te acompaño — dijo rápidamente Jack mientras ayudaba a que el muchacho se colocara la prótesis y así ambos fingieran demencia mientras caminaban con tranquilidad hacía la primera planta.

 

— Heather, Astrid. No los dejen solos — indicó sin tapujos North, así mandando a que ambas muchachas aseguraran que los dos no rompieran ninguna otra norma.

 

 

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Al poco tiempo, la boda que nadie de los Haddock creyó ver llegar, al fin se realizaba bajo el agradable clima de primavera.

Ambos vestidos de blanco y con decoraciones doradas, se podía decir que lo más llamativo eran esas largas capas que ambos llevaban. Pues a comparación de aquella reunión donde Hiccup llevaba una pequeña capa de pelaje marrón, ahora era tan larga hasta rozar el suelo y Jack llevaba una igual de color blanco que hacía juego.

 

Toda la aldea fue invitada a la iglesia esa mañana, donde ambos muchachos dieron el sí frente al cura y sellaron sus votos con un beso al unísono de los eufóricos vítores.

Tras la clásica tradición de tirar arroz y champán a los novios mientras se dirigían al carruaje que los llevaría hacia su luna de miel, Jackson finalmente pudo cumplir su sueño de lanzar el ramo con tal de ver quien de todos los presentes peleaban para conseguirlo.

 

— ¡Ja! ¡Lo tengo, idiotas! — escuchó celebrar a Astrid conforme Hiccup lo ayudaba a subir al transporte.

 

Siendo Phil quien dio la señal a Toothless y Gummy para arrancar el transporte, Jack celebró junto a su amiga tras el pequeño ventanal que aún les dejaba ver qué sucedía con los invitados.

 

— ¡Mucha suerte, Heather! — animó Hiccup, siendo reprochado entre risas por su ahora esposo mientras ambos se reían del rostro sonrojado de Heather que se podía observar desde lo lejos.

 

Ya con todos tan lejos que no iba a ser posible seguir despidiéndose, Jack aclaró su garganta conforme sacaba un pequeño mapa de entre sus prendas.

 

— ¿Y eso? — preguntó el castaño, sin ocultar ni un poco que había captado toda su atención.

 

— Mi regalo de bodas para ti — Inició Jack, así mostrando el tamaño real del mapa que en un inicio se veía pequeño. — Dijiste que tu sueño siempre fue viajar, pero no te animabas por tu prótesis... Así que le pedí a Easter que moviera un par de sus influencias para ayudarnos y poder viajar por todo el país sin amenazas y con las prótesis de ambos en mantenimiento.

 

Claro que la reacción del Haddock fue todo menos tranquila, provocando una gran sonrisa iluminando el rostro del albino mientras asentía una y otra vez a las mismas preguntas de "¡¿Lo dices en serio?!" "¡¿De verdad?!" Sin cansarse ni un poco.

En el fondo, sentía que verlo sonreír de esa manera era lo mínimo que podía hacer para reparar la "bromita" que aún pesaba en su conciencia.

 

— Nunca olvidaré nuestra luna de miel. Nunca — Juraba el pecoso mientras sus ojos viajaban de un lado a otro del mapa. Si que Jack se había esmerado en organizar un poco su mente para llevar a cabo eso.

 

— Será la más larga del pueblo también. Según Easter, debería durar unos cuantos meses antes de volver a casa.

 

— ¡Uh! ¿Viajaremos por todo el país? ¡No tendré escuela por meses! — La emocionada vocecilla de Jamie emergió desde lo que ellos creían solo estaban sus equipajes.

 

Antes de siquiera poder llamarlo por su nombre, el pequeño castaño aterrizó a un lado de Phil, quien ya ni se molestaba en decirle que se mantuviera quieto pues mucho tuvo por años con Jack.

 

— ¡¿JAMIE, QUÉ HACES AQUÍ?! — Gritaron en unísono los recién casados, recibiendo un despreocupado "¡Subí cuando papá se distrajo!"

 

Desde la lejanía, varios galopes se hicieron oír mientras los gritos desesperados de North sobre pasaban a los equinos, teniendo a varios del servicio Saint y Haddock persiguiendo el carruaje que Phil no pensaba detener por nada del mundo.

Una luna de miel inolvidable sin duda.

 

 

 

 

— El Fin.

Notes:

Feliz 2026 a todos 🥳✨️