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Interferencia Forzada┃RadioSilent Oneshot

Summary:

El plan de Alastor salió mal, los ángeles atacaron y los Vees huyeron por su cuenta.

Y en medio del caos, Alastor termina atrapado en la oficina de Vox.

Husk y Niffty intentan rescatarlo bajo las ordenes de Charlie, pero Alastor sabe que no podrá salir tan fácil.
Para asegurar su propia supervivencia, decide jugar su última carta: dejar de burlarse de Vox y empezar a darle exactamente lo que siempre ha mendigado: atención y reconocimiento.

Ahora, en una habitación a puerta cerrada y las cámaras apagadas, Alastor debe alimentar la obsesión de un Vox al borde del colapso.

¿Podrá Alastor mantener el control... O terminará siendo devorado por el monstruo que él mismo decidió alimentar?

Notes:

Escribí esto como mi ultimo fanfic del año, si tiene apoyo quizas escriba mas fanfics RadioStatic/RadioSilent...

Feliz año nuevo (ノ◕ヮ◕)ノ*:・゚✧

Work Text:

Todo había empezado tan bien…

 

Los habitantes de la Ciudad Pentagrama se encontraban reunidos en un mismo lugar, todos ante el estudio principal de la Torre V que rebosaba de una energía casi cegadora, grandes y brillantes letreros de neón que bañaban el escenario de un tono azul cian enfermizo, este mismo reflejado en cada esquina, escaparate y dispositivo al alcance. Y en el centro de todo, el rostro rectangular de Vox dominaba la vista, justo en la plaza principal donde una pantalla gigante de alta definición reproducía cada uno de sus movimientos, paseándose con una confianza que bordeaba el delirio.

Vox no solo caminaba sobre el escenario, se deslizaba por el con arrogancia, su pantalla proyectando su frenesí de ser una divinidad, sintiéndose el arquitecto de una nueva Genesis.

A sus pies, los pecadores se amontonaban en una marea de rostros hipnotizados por su discurso, mirándolo con anhelación devota, casi religiosa, depositando sus últimas migajas de fe y esperanza en él. Bajo el hechizo de su voz la impotencia que los había estado asfixiando por años parecía transformarse en una chispa de rebeldía, sintiendo que, por primera vez, tenían fuerza con la cual luchar.

—¡Damas, caballeros, pecadores del infierno… Escuchen mis palabras, presten atención a la frecuencia del cambio! —Anuncio ante la multitud, su voz sintiéndose como una onda expansiva que erizaba la piel de todo aquel que lo escuchara —¡Se acabo el vivir con miedo, se terminaron nuestros días de debilidad ante el capricho del cielo! El día de hoy les demostraremos que el infierno ya no aceptara ser silenciado—.

En el epicentro del escenario, Vox extendió sus brazos, sus ojos fundiéndose en dos espirales hipnóticos que giraban frenéticamente mientras su rostro se multiplicaba en millones de pantallas al son de la multitud que lo aplaudía con fulgor.

 

Al fondo de aquel escándalo, aislado en la penumbra Alastor observaba todo el espectáculo desde su silla con una sonrisa que no alcanzaba sus ojos, un espectáculo brillante y ensordecedor que lamentablemente estaba destinado al fracaso, un monumento al ego frágil del Overlord del televisor, sin embargo, si soportar todo aquel circo era la llave para librarse de las cadenas que lo mantenían cautivo, estaba más que dispuesto a asumir su papel como espectador hasta el final del show, aunque eso significara poner a prueba la poca paciencia que todavía creía poseer.

Y todo parecía estar saliendo a la perfección; Vox alimentándose de toda la atención que la multitud llena de desesperación podría brindarle, los pecadores aferrándose a su promesa como si fuera un salvavidas y la atmósfera rebosaba de una seguridad embriagadora, una mentira colectiva que los hacía sentir invulnerables. Y quizás por tan solo un segundo, el miedo al exterminio fue reemplazado por la euforia de un falso amanecer...

O al menos eso fue hasta que hubo un cambio drástico en la estática, un cambio que solo dos de los demonios presentes serían capaces de notar antes que el resto. Mientras la multitud seguía ovacionando, las orejas de Alastor se agacharon sutilmente hacia atrás; el zumbido eléctrico reemplazado por uno agudo y punzante, esto también siendo notado por Vox, un glitch violento en su rostro provocado por la interferencia, congelando la sonrisa de ambos pecadores.

Antes de que pudieran siquiera reaccionar, un rayo de luz dorada atravesó el cielo carmesí del infierno, un estruendo absoluto que partió la transmisión en dos, los pecadores cesaron sus alabanzas, convirtiéndose rápido en un silencio sepulcral.

 

Un desastre.

 

Todo se volvió un jodido desastre en cuestión de minutos…

 

Hubo un crujido estruendoso cuando el techo de la torre V fue atravesado por lanzas de luz dorada, rompiendo la falsa ilusión de seguridad en un instante. Los cristales rotos llovieron sobre el escenario cortando la transmisión y los gritos por igual, los proyectores fueron reducidos a chatarra humeante en cuestión de segundos, y con ellos la violencia de una luz que no emitía sombras los había alcanzado. Aquello no era una advertencia, era un castigo por atreverse a levantar la voz.

—¿Qué... Qué demonios es esto? —Tartamudeó Vox, su pantalla parpadeando con una estática inestable.

Una tropa de ángeles exterminadores descendió como una lluvia de ceniza dorada, todos los demonios presentes convirtiéndose en sus objetivos con Vox en el escenario todavía, dio un paso atrás aturdido, su seguridad esfumándose cuando una lanza angelical impacto a pocos metros de él.

Ya no había nada que hacer; la ceremonia de Vox, su gran obra maestra, se había convertido en una carnicería a cielo abierto donde todos los presentes no eran más que animales esperando el tajo del matadero. Entonces estalló el pánico, la multitud, antes hipnotizada, se transformó en una estampida de gritos ensordecedores donde todos empezaron a huir, a trepar unos sobre otros en un intento fútil por escapar de sus cazadores, rescatando lo que podían de sus vidas miserables mientras la Torre V se caía a pedazos.

Valentino gritó algo sobre sus modelos mientras cubría su rostro con sus alas de polilla, y Velvette ya estaba arrastrando a ambos hacia la salida de emergencia.

—¡Muévanse, malditos idiotas! —Exclamo Velvette furiosa apartándose de los pedazos de cristal rotos que estaban a sus pies. —¡Vox, deja de estar ahí parado como un estúpido y mueve el trasero! ¡Val, deja de llorar por tus modelos! Si no salimos de aquí ahora, nos mataran como cerdos—.

Ambos no perdieron el tiempo, Valentino y Velvette arrancaron a Vox del escenario mientras este permanecía en un estado de Shock catatónico, con su pantalla parpadeando con cuadros de error y sus ojos digitales fijos en las ruinas de su imperio.

Por su lado, Alastor sabía que no podía depender de la piedad de sus captores, aprovechando el caos, convoco las ultimas reservas de su poder a sus sombras debilitadas, estas emergieron del suelo como hilos de humo negro. Con un gruñido ahogado logro abrir un portal errático logrando de alguna manera arrastrarse con todo y silla hacia el borde, pero para su mala suerte, su magia vudú no había pasado desapercibida.

El instinto de posesión de Vox fue mas fuerte que su pánico.

—Oh no, no te vas a ninguna parte—Chillo Vox, su voz recuperando un tono molesto y arrogante. —¡Val, Velvette, allí!— Estos reaccionaron con una rapidez depredadora apenas Vox señalo la grieta de sombras antes de que siquiera Alastor pudiera cruzarla. Guio a los otros dos Overlords hacia él, cruzándolo junto al demonio de la radio justo antes de colapsar en una chispa oscura.

 

 

 

 


 

Más tarde, ya refugiados en uno de los estudios subterráneos de los V’s, donde el frio abundaba, pero el aire ardía con una hostilidad palpable. Velvette, Valentino y Vox tenían una acalorada discusión donde no se contenían en lo más mínimo; sus voces se alzaban sobre las paredes supuestamente aisladas, descargando toda su furia contra un Vox que apenas podía mantenerse en pie.

—¡Mírate, maldita sea! —El grito de Valentino se filtró por los conductos de ventilación, cargado con una ira y decepción abrumantes. —¡Mis modelos están muertas, mis clubes corren peligro y tú estás aquí parpadeando como una lámpara vieja!—.

El plan del Overlord no solo había fallado, se había convertido en una masacre catastrófica. Su poca cordura colapsaba con cada grieta que aparecía en su pantalla, cada una siendo una cicatriz directo a su ego.

—¡Cállate Val! — La voz de Velvette sonó aguda, cargada de un desprecio frío que se acentuaba con cada notificación que estallaba en su teléfono. —¡Tengo tres Overlords en espera y diez millones de seguidores exigiendo ver la cabeza de alguien clavada fuera del estudio! Vox, reacciona ¡Mas te vale solucionarlo cuanto antes o juro que te cancelaré yo misma! —La frustración de la joven Overlord llegó a su límite. Con un gesto violento, estrelló su teléfono sobre la mesa de cristal. Intentó respirar, intentó calmarse, pero falló miserablemente: el aparato aun con la pantalla quebrada seguía emitiendo timbres repetitivos, como si el Infierno entero estuviera en su puerta exigiendo una respuesta con la que ninguno contaba todavía.

Vox intentó articular una respuesta, pero solo un chirrido electrónico escapó de sus altavoces.

Mientras tanto, afuera, los pecadores supervivientes esperaban una señal de su “Líder Revolucionario” sin saber que este estaba a un paso de un apagón total.

—No me toques —Rugió Vox apartándose de Valentino con un movimiento errático, intentaba recuperar su voz y esa fachada de seguridad corporativa que tanto le costaba mantener mientras sufría un colapso mental a la vista de todos. —¡P-Puedo solucionarlo! Solo necesito a-algo de tiempo…—.

—¡No tenemos tiempo! —Sentenció Velvette, su voz cortando el aire como una cuchilla. No había rastro de la complicidad de antes, solo el instinto de una superviviente que ve cómo el barco se hunde. —Esos malditos ángeles van a cortar nuestros jodidos cuellos apenas tengan oportunidad sino encontramos una solución AHORA —.

Valentino soltó un suspiro amargo, una nube de humo escarlata escapando de sus labios mientras miraba a Vox con un desprecio que dolía más que cualquier golpe.

—No vas a hundirnos a nosotros por tu puta ambición ¿Y ahora que, genio? —Protestó Val, dándole la espalda —Si vas a fracasar, hazlo solo. —Dicho eso, salió de la sala sin mirar atrás, Velvette siguiéndolo tras dar un portazo.

Fue en ese momento, bajo el peso de la sentencia de Velvette y el abandono de Valentino, el silencio por fin hizo presencia en la sala, dejando a Vox solo con su miseria.

 

Mientras que, en la oficina superior, Alastor permanecía sumido en una penumbra asfixiante, el eco del portazo de Velvette pareció hacer vibrar los cables que rodeaban sus pies, su sonrisa se mantenía estática mientras su cabeza se llenaba de reproches y cálculos fallidos.

Tan cerca... —Pensó, la estática de su respiración siseó en el aire tenso. —Todo estaba tan fríamente calculado, la ruptura de mis cadenas, mi libertad, el poder recuperar mis poderes… Si tan solo esos malditos ángeles no hubieran llegado tan pronto... — Cerró los ojos con frustración, visualizando la jugada que nunca ocurrió.

Charlie… Ella era la clave, si tan solo le hubieran dado la oportunidad de aparecer en ese maldito escenario... Si tan solo Vox, en su patética arrogancia, hubiera puesto una sola mano sobre ella... —Un espasmo de dolor recorrió su pecho, recordándole la herida que aún supuraba bajo su traje. La frustración le sabía metálica.

Por primera vez en décadas, la duda empezó a carcomer su seguridad, ya no se sentía tan seguro de sus decisiones.

Quizás... Quizás no debí haber hecho el trato —La idea cruzo su mente por un segundo, apostar su propia eternidad a un evento que el destino decidió borrar de un plumazo… Y ahora estaba ahí, aun encadenado a una silla de oficina, pensando en cual seria su siguiente paso, su estrategia, su manera de sobrevivir ahora que se encontraba tan débil.

Sus garras se clavaron en el cuero de los apoyabrazos. La humillación de depender de factores externos era un veneno que no sabía cómo digerir. Ya no le parecía una jugada maestra; ahora, el trato que firmó se sentía como una soga que él mismo se había ayudado a anudar.

El silencio que siguió a sus pensamientos fue interrumpido por el chirrido sordo de la puerta abriéndose lentamente, las orejas de demonio se movieron por instinto, girándose hacia el origen del ruido antes de que su cuerpo pudiera reaccionar tensándose, un tic involuntario que delataba que, a pesar de su debilidad, sus sentidos seguían en alerta máxima.

El olor familiar a licor barato y productos de limpieza lo hizo bajar la guardia por un momento, antes recuperarla segundos después… Ellos no deberían estar aquí, no ahora, no cuando ni siquiera podría asegurar su propia seguridad.

En un movimiento rápido el pelirrojo apretó los dientes con una fuerza que hizo crujir su mandíbula, obligó a su magia a responder una última vez, las cámaras y pantallas que estaban a su alrededor de repente se vieron afectadas por un ruido blanco ensordecedor, un fallo masivo debido a la estática de sus ondas de sonido que se filtraron como un virus en el sistema de Vox. Las imágenes de los monitores se retorcieron en espirales de interferencia y las lentes de vigilancia estallaron en chispas antes de quedar completamente ciegas.

—¡Alastor! —Se escuchó la aguda voz de Niffty acercándose, parando justo frente a él. La pequeña observaba atentamente con su único ojo el desastre en el que se había vuelto el lugar, pero su mirada se desvió rápidamente hacia la figura del demonio de la radio.

—Te ves… Terrible —Exclamó Husk. Sus ojos amarillos recorrieron con crudeza el estado en el que se encontraba el demonio frente a él.

Las heridas de Alastor, aún abiertas y sin recibir cuidado alguno, sus ojeras eran marcas profundas que delataban noches enteras de vigilia; no se había permitido a sí mismo descansar ni un segundo para no bajar la guardia. Su estado era deplorable, su cuerpo se veía más delgado de lo habitual, una consecuencia directa de haberse negado a comer o beber cualquier cosa que Vox le hubiera ofrecido, prefiriendo el hambre antes que la posibilidad de ser envenenado o doblegado por una droga.

Alastor forzó una risa seca, un sonido que salió más como una interferencia de radio rota que como una burla real. Las orejas se le aplastaron levemente contra el cabello, un gesto de fastidio que no pudo ocultar. —Husk... Siempre tan... Encantador —.

—La princesa está teniendo un ataque de pánico en el hotel porque "Su gran plan" no funciono —Continuó Husk, acercándose a la silla con pasos pesados. —Nos imploró que viniéramos a buscarte una vez que te vio en la ceremonia —

—¡Sucio! ¡Este lugar está lleno de cables basura! —Susurró Niffty con desdén, lanzándose sobre los cables esparcidos alrededor del demonio cautivo y empezando a rasgarlos con velocidad.

Alastor enderezó la espalda con un esfuerzo que hizo que la estática de su pecho emitiera un chasquido doloroso, insistiendo en mantener una postura confiada a pesar de su no tan favorable situación.

—Agradezco infinitamente su… "Preocupación" —Siseó, acentuando la palabra con un sarcasmo que chirrió como metal oxidado —Pero no necesito un rescate, tengo toda esta situación bajo mi control —.

Husk le dedico una mirada incrédula, señalando con un gesto brusco la herida que supuraba en su pecho —¿Bajo control? —Repitió con recelo.

—Charlie nos pidió que te salváramos del chico malo —Exclamó Niffty, tirando de la manga de Alastor con su energía habitual —Dijo que estabas en peligro y que debíamos traerte devuelta al hotel, ¡El chico de la caja es muy, muy malo! —.

Alastor cerró los ojos un breve segundo, sintiendo que el poco orgullo que le quedaba se evaporaba ante la mención de la princesa.

—Silencio —Exigió, su tono de Alastor recuperando por un instante su eco de radio. —No se confundan, queridos. Vox no es mi captor, es simplemente un anfitrión mediocre proporcionándome el entretenimiento que buscaba —Se inclinó hacia Husk con una notable rigidez. Aunque sus ojos estaban hundidos y el brillo rojo de sus pupilas parpadeaba como una señal débil, la chispa de amenaza seguía viva detrás de la interferencia.

—Me siento honrado de que hayan traído sus patéticas intenciones de rescate, pero ahora, lo que van a hacer es dar media vuelta y volver al hotel —Una sonrisa más afilada, casi dolorosa, cruzó su rostro mientras miraba a Husk fijamente. —Sería un desperdicio imperdonable que mis propiedades favoritas se perdieran por culpa de un espectáculo mal ejecutado… No es una sugerencia, es una orden… Lárguense. —Ordenó, esta vez dirigiéndose a Niffty, quien lo observaba con una mezcla de lástima y devoción; sus pequeñas manos reposaban sobre las piernas de Alastor mientras lo miraba con ternura, como si sus crueles palabras hubieran sido un discurso heroico. Husk, por el contrario, solo lo miraba con un profundo y amargo fastidio.

Justo cuando Husk abría la boca para mandarlo al diablo y sacarlo de allí a la fuerza, la luz azulada y errática del pasillo inundó la habitación. El sistema de la puerta se activó con un zumbido eléctrico y la entrada se abrió de par en par revelando la silueta errática de Vox.

—¡Escóndanse, ahora! —Ordenó el demonio de la radio en un susurro apenas perceptible, cargado de una estática que erizó el pelaje de Husk.

Vox irrumpió en la habitación como una tormenta eléctrica mal contenida. Al ver la oficina sumida en esa penumbra, soltó un rugido de frustración que hizo vibrar los altavoces de las paredes.

—¿Es en serio, Al? —Gruñó, su voz quebrándose en un glitch agudo mientras caminaba hacia el centro de la sala — ¿Ruido blanco? ¿Luces apagadas? Qué truco tan barato y anticuado, incluso para un fósil como tú —Vox golpeó violentamente el panel de control de su antebrazo, su pantalla parpadeando por el fuerte golpe. Estaba irritado; para Vox, que Alastor hubiera logrado sabotear su tecnología de punta con simple estática era el colmo de la humillación. —¡Reiniciar sistemas, maldita sea! —Le gritó a la nada, hasta que finalmente, con un chasquido eléctrico, las luces del techo parpadearon y regresaron a la vida junto con las cámaras que emitieron pitidos de reconocimiento.

Vox jadeaba, su imagen en pantalla se sacudía por la inestabilidad de su propio sistema. No se dio cuenta de que, entre las sombras aún se hallaban Husk y Niffty que habían quedado resguardados en un pequeño punto ciego.

Alastor, que no había movido ni un músculo, ensanchó su sonrisa mientras sus orejas se mantenían alertas, captando cada movimiento de Vox.

—Vaya, Vox... Parece que tu señal tiene demasiadas interferencias hoy —Comentó con una calma gélida, disfrutando del tic nervioso que sacudía la pantalla del televisor —Deberías cuidar ese temperamento; tanta sobrecarga va a terminar por freír los pocos circuitos que te mantienen... Funcional—.

Vox se detuvo a escasos centímetros de él, la imagen de su rostro se distorsionó en un mosaico de píxeles rojos y negros mientras temblaba con una ira incontrolable.

—¿Crees que esto es un juego? —Siseó Vox, inclinándose sobre Alastor hasta que sus pantallas casi se tocaban—. Estás en mi torre, desangrándote en mi silla y bajo mi vigilancia absoluta. No me importa cuantas de mis cámaras apagues para ocultar tu miedo, aquí no eres más que un formato obsoleto bajo mi dominio —.

Alastor ni siquiera parpadeó ante la cercanía del Overlord. Al contrario, su sonrisa se volvió más pronunciada, casi inhumana, mientras sus orejas detectaban el ligero roce de las botas de Husk contra el metal tras de él. Sabía que Vox estaba demasiado obsesionado con su presencia como para notar que la habitación ya no estaba del todo vacía.

—Qué espectáculo tan patético —Dijo Alastor, escupiendo las palabras con un desprecio absoluto. —Podrías encadenarme mil años y seguirías siendo ese segundón desesperado por validación. Mírate, Vox... Tus circuitos están colapsando, tu imagen se desmorona y esa pantalla rota es el reflejo perfecto de lo inestable que siempre has sido—.

El rostro de Vox se congeló por un microsegundo, procesando el insulto. —¡Maldito... Pedazo de... Basura analógica! —Gritó Vox perdiendo por completo los estribos.

Husk, desde su escondite, contenía la respiración apretando los dientes y sujetando con fuerza a Niffty para que no saltara sobre Vox. Desde su lugar podía ver como la espalda de Alastor se tensaba, sabía que estaba ganando tiempo para que ellos pudieran escapar.

—Dime, Vox… ¿Es la ira lo que te hace actuar de esa forma tan errática? ¿O es el pánico de saber que, incluso en mi peor momento, sigues sin estar a mi altura? —Se burló el demonio de la radio, cruzando las piernas con una elegancia fingida, disfrutando del placer de provocarlo hasta el límite.

El estallido fue inmediato.

¡CIERRA LA BOCA! —Gritó Vox lleno de una furia ciega, asestó un golpe brutal contra su escritorio. Rayos de energía estallaron desde sus puños, golpeando las pantallas a su alrededor; la sobrecarga rebotó hacia las luminarias del techo, provocando que los bombillos explotaran uno tras otro en una rápida sucesión de estallidos vítreos.

La oficina quedó sumida en una oscuridad asfixiante iluminada únicamente por el resplandor estático de los televisores y el neón parpadeante de las paredes.

De pronto, un último bombillo estalló justo encima de ambos secuaces. Un trozo de vidrio caliente cayó sobre la pequeña, quien no pudo evitar soltar un quejido agudo de dolor antes de ser silenciada por la pata de Husk.

Vox levantó la cabeza de inmediato. Sus sensores captaron el sonido y su pantalla parpadeó en un amarillo de alerta. Se quedó inmóvil, procesando si realmente había escuchado algo más en esa habitación, lo que hizo que tanto Husk como Alastor se tensaran hasta el punto de ruptura.

Alastor supo que no tenía margen de error. Si Vox giraba la cabeza ahora, vería a sus acompañantes y el juego se habría acabado. En un intento desesperado por retener su atención, decidió abandonar las burlas directas y tomar un enfoque… Diferente.

—Shhh... tranquilo, Vox —Susurró Alastor. Su voz perdió la estática y se volvió profunda, sedosa, con ese tono condescendiente que usas con una mascota que ha hecho un desastre. —¿Vas a dejar que unos simples cristales rotos te saquen de quicio? No te queda bien ser tan... Explosivo—.

Como sus manos estaban sujetas, Alastor utilizó sus largas piernas y con un movimiento tan lento como provocador enganchó uno de sus zapatos tras la nuca de Vox, obligándolo a inclinarse hacia él hasta que sus rostros quedaron a una distancia peligrosa.

—Debo admitirlo... Me tienes impresionado —Continuó, bajando la voz a un murmullo que vibraba contra la pantalla de su captor. —Tienes a todo el infierno en la palma de tu mano, ¿No es así? ¿Por qué malgastar esa energía enojándote por minucias o enfrascándote con esos socios ingratos que tienes? —.

Vox se quedó rígido. Su pantalla parpadeó en un tono de duda, procesando el cambio. Sus sensores intentaron regresar a la esquina donde Husk se ocultaba, pero Alastor presionó su pierna con más firmeza, reduciendo el espacio hasta que sus narices casi se rozaban.

—Olvídalos a ellos, claramente no entienden el fruto de tu esfuerzo, esos malagradecidos nunca estarían donde están si no fuera por ti… —Ladeó la cabeza coquetamente, dejando que un mechón de cabello rozara el marco de la pantalla frente a él. Su sonrisa se ensanchó de una forma que era, a la vez, una caricia y una burla mordaz, mientras sus ojos rojos brillaban con una intensidad hipnótica. —Tienes el control total, querido... Tienes al infierno en la palma de tu mano, incluso me tienes a mí, justo donde querías, ¿No es lo que siempre soñaste? —.

Vox se quedó mudo por un segundo, sus ventiladores internos se aceleraron mientras sentía como su pantalla se encendía con un calor inusual, produciendo un zumbido de excitación que apenas podía ocultar. La mención de que incluso Alastor estaba bajo su dominio hizo que su ego se inflara hasta el punto de la ceguera.

—Yo... —Vox soltó una risa nerviosa, distorsionada por un glitch. —Por supuesto que lo es. Pero, ¿A qué viene esto ahora? —Preguntó, con una mezcla de sospecha residual y una esperanza patética en su voz. —Hace un minuto me estabas escupiendo insultos. ¿Por qué este cambio de opinión tan... Repentino? —.

Alastor soltó una risita suave, un sonido melodioso que acarició los receptores de audio de Vox. Inclinó un poco más la cabeza, manteniendo la presión de su pierna para no dejar que el televisor se alejara de sus frecuencias de radio.

—Oh, Vox... —Murmuró con una condescendencia deliciosa. —Simplemente pareces necesitar algo de consuelo… Te ves tan alterado, tan al borde del colapso... Que pensé que sería caritativo de mi parte recordarte tu lugar, después de todo, no queremos que te fundas antes de que termine nuestra pequeña velada, ¿No es así? —Vox cerró los ojos absorbiendo la "Caridad" de Alastor como si fuera el mayor de los honores.

Estaba tan embriagado por las palabras dulces que no se percató de que, a pocos metros, Husk desde el punto ciego los observaba con una mezcla de horror y asombro. Sabía que el demonio de la radio era un gran manipulador (no por nada el mismo había caído en sus juegos), pero jamás lo había visto a rebajarse a ese nivel de falsa intimidad, entendió que cada palabra de adulación era tan falsa como una transmisión pregrabada; Alastor no estaba presente en ese coqueteo, era solo un eco vacío usado como distracción, como si de un guion de una mala obra de teatro se tratara, estaba recitando las líneas que Vox quería oír, escupiendo dulces mentiras para comprarles una salida.

Sintiendo la vibración del televisor y su respiración eléctrica sobre su rostro, supo que había caído en el trace de sus ondas de sonido con éxito. Con un esfuerzo desesperado extendió su sombra por el suelo, abriendo un portal silencioso y profundo bajo los pies de sus subordinados.

Husk no perdió el tiempo, sujetó a Niffty con fuerza contra su pecho, pero antes de dejarse caer en el vacío de la sombra, se detuvo un instante. Lanzó una última mirada insegura hacia la espalda de Alastor; por primera vez en años, no vio al tirano que poseía su alma, sino a un hombre herido y encadenado que se estaba “sacrificando” para sacarlos de allí.

El portal se los tragó sin emitir un solo sonido.

Alastor sintió el alivio de la conexión cortándose; ya no estaban en la habitación, ya no había testigos de su humillación. Su sonrisa, que hasta hace un segundo era una caricia seductora, cambió de inmediato. Se volvió algo afilado, frío y vacío.

—¿Y bien? —Murmuró Alastor, rompiendo la cercanía y dejando caer su pierna con indiferencia, como si acabara de tocar algo sucio. —¿Vas a seguir ahí parado con esa señal estática en el rostro, o finalmente vas a hacer algo que valga la pena transmitir? —.

Vox se quedó inmóvil, su reacción ya no siendo la explosión de ira que Alastor esperaba. En lugar de eso, el cabeza de pantalla plana soltó una carcajada baja, distorsionada y casi eufórica.

—Tienes razón... ¿A quién le importan esos dos estorbos? —Dijo Vox, recomponiendo su postura con una confianza renovada y perturbadora. Se ajustó el cuello de la chaqueta, ignorando las alertas de sus sistemas dañados. —Valentino y Velvette no entenderían esto. Ellos solo ven piezas, pero yo... Yo veo el panorama completo, y tú, Alastor, sabes ver mi talento cuando quieres—.

Vox se acercó de nuevo, pero esta vez con una calma posesiva, ignorando los restos de la oficina destrozada. En su cabeza, la validación de Alastor lo había vuelto invencible.

—Si ellos quieren jugar a ser los socios inconformes, que lo hagan. Yo tengo lo que siempre quise —Vox extendió una mano, rozando apenas las cadenas que sujetaban a Alastor, con una mirada que ya no buscaba aprobación, sino control absoluto. —Voy a solucionar este desastre, Alastor. Y cuando termine con los que intentaron pisotear mi imperio, te darás cuenta de que estar a mi lado es el único lugar donde perteneces—.

Alastor mantuvo la sonrisa, aunque por dentro sentía una punzada de auténtico asco. Su plan había funcionado demasiado bien; había despertado a un monstruo mucho más enfocado. Ahora, para sobrevivir y recuperar su propia libertad, no tenía más opción que seguirle la corriente a esa obsesión enfermiza.

—Bueno... —respondió Alastor, su voz cargada de un cinismo. —Parece que finalmente volviste en sí, querido. ¿Por dónde sugiere el gran visionario que empecemos? —Su voz goteaba un sarcasmo que, aparentemente, Vox decidió ignorar por completo.

Vox se irguió, limpiando una mota de polvo inexistente de su hombro. El caos en la oficina ya no molestaba; la luz de sus televisores se estabilizó en un tono azul vibrante y triunfal.

—Primero —Anunció Vox, caminando hacia la consola principal con una energía renovada. Se dejó caer en su silla de mando y, con un chasquido de dedos cargado de electricidad, ordenó a sus cables que actuaran.

Los filamentos negros y brillantes se desenroscaron del techo como serpientes, envolviendo el torso de Alastor y levantándolo de su silla con una fuerza bruta. Antes de que el Demonio de la Radio pudiera recuperar el equilibrio, los cables lo arrojaron con firmeza directamente sobre las piernas de Vox.

El movimiento incomodó terriblemente a Alastor. Sintió el contacto rígido del regazo de Vox y la estática que emanaba de su cuerpo, una sensación que le revolvía el estómago más que cualquier herida abierta. Sus orejas se plegaron hacia atrás instintivamente y su sonrisa se tensó, volviéndose una línea rígida de dientes apretados.

—¿Qué crees que haces? —Preguntó el pelirrojo con notable irritación, luchando mentalmente entre removerse con violencia o quedarse absolutamente quieto para no darle a su captor la satisfacción de verlo afectado. Vox no respondió de inmediato, en su lugar soltó un suspiro cargado de estática que erizó los cabellos de Alastor.

—Voy a sellar este nivel —Continuó por fin, rodeando la cintura de su rival con un brazo mientras con la otra mano operaba los controles holográficos. —No dejaré que Valentino ni Velvette asomen sus narices por aquí. Esto es un asunto... Privado—.

Alastor observó cómo los dedos de Vox volaban sobre los teclados holográficos. Las cerraduras de seguridad de la oficina se activaron con un chasquido metálico pesado. Ahora estaban encerrados, los dos, solos en una oficina sofocante mientras a las afueras se desarrollaba una carnicería, aunque para el pelirrojo no era su principal preocupación del momento.

Vox no se conformó con tenerlo cerca; quería sentir la victoria. El brazo que rodeaba la cintura de Alastor se cerró con una fuerza posesiva, pegando la espalda del ciervo contra el pecho metálico del Overlord. La estática de Vox era un zumbido ensordecedor, una vibración que recorría la columna de Alastor como agujas eléctricas.

—Disfruta del silencio, Alastor… —Susurró Vox, su voz quebrándose en un glitch de deseo oscuro mientras hundía los dedos en la tela del abrigo del ciervo. —Afuera pueden matarse si quieren... Pero aquí dentro, finalmente te tengo en la frecuencia adecuada—.

Alastor no respondió, pero el brillo carmesí de sus ojos fue lo último que resaltó en la penumbra. Estaba atrapado en una red que él mismo ayudó a tejer, viendo cómo su propia estrategia de manipulación lo arrastraba a un terreno donde las palabras dulces ya no servirían de escudo.

Y así, en la penumbra de la oficina sellada, la última luz que se apagó fue el indicador de grabación de una de las cámaras privadas de Vox. Lo que estaba a punto de suceder no era para el público, era el comienzo de una transmisión sin retorno, una interferencia tan violenta que prometía dejar a ambos fuera de servicio...