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Language:
Español
Collections:
Piratas de Hamelín
Stats:
Published:
2025-12-30
Words:
1,803
Chapters:
1/1
Comments:
1
Kudos:
3
Hits:
12

Mozo jastas pista?

Work Text:

La primera vez que Finnur vio a Prisha fue durante la Fiesta del Deshielo.

Ilkskattor no celebraba muchas cosas, pero cuando lo hacía, el pueblo entero parecía recordar cómo sonreír. Las antorchas se alineaban a lo largo de la plaza, la música era torpe pero animada y el olor a comida caliente se mezclaba con el del alcohol barato. Por una noche, el frío parecía ceder un poco, como si el mundo aflojara la correa.

Finnur estaba allí con sus vecinos y amigos, apoyado contra una mesa de madera, con una jarra en la mano y las mejillas enrojecidas por la bebida. Reía más de lo habitual, hablaba un poco más alto de lo normal. No porque fuera especialmente valiente, sino porque el alcohol lo ayudaba a olvidar lo pequeño que se sentía casi siempre.

—Si el río aguanta sin helarse del todo antes de la primavera, yo me doy por satisfecho —gruñó uno de los hombres, chocando su jarra contra la de Finnur.

—Eso es pedir demasiado —respondió otro— Con que no se nos haya caído el techo encima este invierno, sobra.

—Vamos, no seáis avariciosos —dijo Finnur— Seguimos vivos. Eso ya cuenta como victoria.

—Habla por ti —replicó una mujer mayor— A mí el invierno ya me mató la espalda hace años.

—Y a mí las manos —añadió otro, flexionando los dedos— Pero mira, aún sujetan la jarra.

Las risas fueron ásperas, sinceras. De esas que nacen más del cansancio compartido que de la alegría. Finnur se sentía cómodo allí, arropado por voces conocidas, por la sensación de pertenecer a algo, aunque fuera pequeño.

Fue entonces cuando alguien dijo:

—¿Y esa?

Finnur alzó la vista.

La forastera acababa de cruzar el arco de entrada a la plaza.

No llevaba capas gruesas como el resto, ni parecía afectada por el frío. Su cabello ondulado rojizo caía suelto sobre los hombros y sus ojos anaranjados reflejaban la luz de las antorchas como si el fuego los reconociera. Caminaba con una seguridad que hacía que el murmullo del pueblo se apagara a su paso.

—No es de aquí —murmuró alguien.

—Quizás es del sur.

—Madre mía… —dijo un hombre con la voz ya espesa por el alcohol— Con esos ojos y esa cara, a nadie le importa de donde venga.

—Tiene que ser de fuera—comentó una mujer—Nadie llega hasta aquí sin haberse perdido.

—Es… como si el fuego mismo la siguiera —susurró un hombre, fascinado.

Finnur frunció el ceño sin darse cuenta. Un calor inesperado subiéndole por el pecho: celos, sin entender muy bien por qué.

—A mí me da igual de donde sea… —dijo el hombre con la voz espesa por el alcohol— Lo que sé es que podría hacerme olvidar el invierno.

El borracho, riendo solo, se separó del grupo y avanzó dando tumbos hacia ella, con la jarra aún en la mano.

—Eh, bombón —balbuceó— ¿Te apetece un trago… o dos? Pero tendrás que tener cuidado... Puedo hacer que te derritas.

Prisha se detuvo. Lo miró una sola vez.

No hubo miedo en su expresión. Ni duda. Solo una calma firme, afilada.

—No —dijo— Da media vuelta.

El hombre soltó una carcajada torpe.

—Venga, no seas así…

Prisha dio un paso hacia él. Solo uno. Bastó.

—He dicho que no.

Su voz no subió. No tembló. Fue clara. Definitiva.

El borracho tragó saliva. Retrocedió, murmurando algo ininteligible antes de desaparecer entre la gente.

Finnur, que había observado todo, contuvo el aire que no sabía que estaba sosteniendo. 

No era solo hermosa, era arrolladora.

El joven sintió que algo se desajustaba en su interior. Trató de apartar la mirada, pero no pudo. Tampoco fue el único.

Prisha avanzó entre la gente con curiosidad tranquila, observando las danzas torpes, los músicos desafinados, los niños correteando entre las mesas. Sonrió, y el gesto pareció empujar el invierno un poco más lejos.

Finnur tragó saliva.

No tenía intención de hablarle. No era de los que se acercaban a forasteras imposibles en medio de fiestas ruidosas. Pero algo —una mezcla de alcohol y un impulso— lo empujó a moverse y cuando quiso darse cuenta, estaba frente a ella.

—Eh… —dijo, y ya supo que había empezado mal.

Prisha se giró hacia él.

No lo miró por encima del hombro ni con aburrimiento. Prisha lo observó con atención abierta, evaluándolo sin prisa. Sus ojos recorrieron su postura algo rígida, su rostro joven, la mirada nerviosa, la jarra apretada entre las manos y la forma en que evitaba invadir su espacio. Hubo en su expresión duda, como si aún estuviera decidiendo si aquel hombre merecía el mismo final que el anterior. La curiosidad, finalmente, ganó terreno a la desconfianza, y cuando habló, lo hizo sin dureza.

—Hola —dijo ella.

Su voz era cálida, profunda.

Finnur se rascó la nuca.

—No… no te había visto antes por aquí. Soy Finnur.

—Prisha —respondió ella, recorriéndolo con la mirada.

Hubo un silencio breve. Expectante.

Fue ella quien habló primero, mirando alrededor.

—¿Qué celebráis?

Finnur se encogió de hombros, con una sonrisa ladeada.

—Que el invierno no nos ha matado... Todavía.

Prisha soltó una carcajada sincera.

Finnur alzó su jarra.

—¿Quieres una? No es gran cosa, pero entra caliente.

—Claro, porque no —dijo Prisha, aceptándola.

Sus dedos se rozaron al pasarle la bebida, y Finnur notó de inmediato la calidez de su piel. Mientras la miraba, no pudo evitar fijarse en su figura, en cómo sus curvas se insinuaban bajo las capas ligeras, en la manera en que su cabello caía sobre los hombros iluminado por las antorchas. Cada detalle lo atraía, pero no era solo su apariencia lo que lo tenía hechizado. 

Hablaron. De cosas pequeñas y de cosas profundas. De caminos, de experiencia y del frío que hacía. Finnur escuchaba más de lo que hablaba, pero cuando lo hacía, lo hacía con una sinceridad que Prisha encontró fascinante. No intentaba impresionarla. No fingía ser alguien distinto. 

—Vaya… —dijo Prisha, tomando un sorbo de la jarra—Así que tú eres de los que sobreviven al invierno contando historias tristes para pasar el rato.

—Bueno… depende de quién escuche —respondió—Algunas historias aburren, otras pueden hacerte reír… o que te caigas al río helado persiguiendo una oca, como me pasó a mí una vez.

Prisha arqueó una ceja, divertida.

—¿Por qué perseguirías una oca? —preguntó, con una mezcla de sorpresa y curiosidad.

—Se había escapado, y habría muerto en la nieve de no haber ido a por ella—dijo Finnur, encogiéndose de hombros—Y tuve que aprender rápido que exagerar las desgracias no ayuda mucho cuando estás congelado hasta los huesos. Pero supongo que ahora me sirve para romper el hielo contigo.

Prisha soltó una carcajada, y por un instante Finnur olvidó el frío, la fiesta, incluso a los vecinos que los observaban. Se centró solo en esa risa, en la manera en que sus ojos brillaban bajo la luz de las antorchas, y en cómo cada palabra de ella lo hacía querer seguir hablando, seguir escuchando.

—Entonces… ¿siempre cuentas tus desastres a las chicas que se cruzan en la plaza? —dijo ella, ladeando la cabeza, con un toque de burla y complicidad.

—Solo a las que parecen saber escuchar de verdad —respondió Finnur, con un hilo de vergüenza y sinceridad que la hizo sonreír aún más.

Prisha se sorprendió al sentir que, bajo esa fachada modesta, Finnur parecía inteligente, atento y hasta gracioso. Su forma de relatar pequeñas historias, la manera torpe pero sincera en que compartía anécdotas, y su risa que nunca sonaba forzada, despertaron en ella una curiosidad que no esperaba. 

Y eso fue lo que hizo que se quedara.

En algún momento, la música cambió. Más lenta. Alguien los empujó suavemente hacia el centro de la plaza.

Prisha le tendió la mano.

—¿Bailas?

Finnur se sonrojó.

—No muy bien.

—No pasa nada —dijo ella— Yo sí.

Él dudó un segundo. Luego tomó su mano.

Finnur no era un buen bailarín. Lo sabía. Pero Prisha lo guio suavemente al ritmo de la música. Sus pies se movían de forma casi perfecta con los suyos, adaptándose sin corregirlo. Finnur se relajó poco a poco, dejando que la música y la cercanía lo llenaran.

Cuando la música terminó, no se separaron enseguida.

—Debería… —empezó Finnur, sin saber muy bien qué decir.

—Sí —respondió Prisha, aunque no dio un paso atrás—. Yo también.

Pero ninguno se movió.

Fue Finnur quien, con una valentía que no supo de dónde salió, inclinó la cabeza y la besó.

Fue un beso inseguro al principio, breve… hasta que Prisha respondió. Su mano se deslizó hasta su nuca, acercándolo más. El beso se volvió más profundo, más decidido. El tímido Finnur desapareció, sustituido por alguien que, por una vez, se permitía no pensar y se limitaba a actuar.

—Mi casa no está lejos —dijo— No es gran cosa, pero… hace menos frío que aquí fuera.

Prisha lo observó durante un segundo largo, como si midiera algo que solo ella podía ver. Luego asintió.

—Claro.

Caminaron juntos por las calles medio a oscuras del pueblo. El ruido de la fiesta quedó atrás, sustituido por el crujir de la nieve bajo sus botas.

Cuando llegaron, la casa era exactamente lo que él había descrito: pequeña, sencilla, con las marcas del uso y del tiempo. Finnur encendió el fuego con manos expertas y se disculpó por las pocas comodidades que podía ofrecer.

—Vives aquí solo —observó Prisha, sin juicio.

—Sí —respondió él— El pueblo me la dejó cuando llegué. Me acogieron cuando no tenía a donde ir.

Se sentaron cerca del hogar. El fuego iluminaba el rostro de Prisha, resaltando algo en ella que Finnur no sabía nombrar. Hablaron en voz baja, como si levantarla pudiera romper el momento.

En algún punto, Prisha apoyó la cabeza en su hombro. Y el, con cuidado, apoyó la suya contra la de ella. El calor del fuego no era nada comparado con el que sentía ahí, en ese contacto sencillo.

Se quedaron así durante horas, hablando poco y escuchándose mucho, con risas suaves y miradas cómplices. Sus manos se rozaban, sus cuerpos se inclinaban uno hacia otro, y cada gesto era un descubrimiento. La noche se hizo, cálida, íntima, y con la nieve golpeando suavemente las ventanas, protegidos del mundo exterior.

No hubo promesas.

No hubo palabras solemnes.

Solo dos personas compartiendo la cercanía de la primera noche juntos, con un deseo que no necesitaba explicarse para ser comprendido.

Cuando, finalmente, la casa quedó en silencio y el fuego reducido a brasas, Finnur sostuvo la mano de Prisha entre las suyas, y ella apoyó la frente contra su hombro, respirando con tranquilidad.

—No quiero que se acabe esta noche —susurró Finnur.

—No tiene por qué acabarse... todavía.

Finnur cerró los ojos y se dejó envolver por el calor, por el tacto, por la certeza de que algo había cambiado para siempre.