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Mientras sus pulmones se hinchaban con todo el aire que pudieran contener para luego comprimirse de una forma dolorosa al exhalar y con los ojos cerrados, Rin movió ligeramente los dedos de la mano izquierda, cuyo respectivo brazo pasaba por el torso del otro varón hacia la espalda, bajando de forma lenta por la curva del cuello de Ryūji hasta cerrarse en el hombro ancho, y relajó la mano diestra para que sus uñas dejaran de rasgar la piel bronceada, levantándola y dejando hilos rojizos de carne sensible.
El medio demonio, sin levantar los parpados, escuchó el silencio de la calle en donde vivía y que siempre estaba así de tranquila por lo lejana que era de la zona central de Tokio, además de que siguió el ritmo agitado de la respiración de Suguro, la cual hacía menear algunos de sus cabellos y rozaba con brusquedad su alargada oreja. Luego, el gemelo deslizó parsimoniosamente la mano diestra hasta la altura de la izquierda para reposar junto a ella, subiendo y bajando por cada inhalación y exhalación del castaño que, con mucho gusto y cansancio, dejaba al otro hacer lo que deseaba.
Los dedos largos y delgados de Okumura volvieron a moverse, descendiendo por la espalda amplia con tanta delicadeza que el más alto no pudo hacer más que suspirar por lo agradable que aquellas caricias se sentían, delineando sus músculos y la hendidura sobre la columna, después, moviéndose despacio hacia los costados del torso, siguiendo la v que se formaba por los huesos de la cadera, y ascendiendo por los abdominales marcados, que se tensaban con cada respiración, abriéndose por los pectorales firmes y perdiéndose detrás del cuello, permitiendo a ambos brazos blancos rodearlo.
A la par de que Ryūji se apartaba lo suficiente como para quedar cara a cara con el nephilim, los ojos azules, brillantes por una capa de lágrimas y aun manchados de lujuria que rápidamente era dominada por amor, se abrieron y se encontraron con los propios, compartiendo algo intenso en el silencio tranquilo antes de cerrarse nuevamente para compartir un beso tierno, seguido de otro y otro, y otro que lentamente se volvía más profundo y voraz. A ambos les gustaba besarse, incluso si no lo hacían como introducción al sexo porque en sí era una actividad que les hacía sentir cientos de cosquillas maravillosas y un calor que se gestaba dentro de sus pechos y se escapaba al resto del cuerpo, por lo que duraron un rato así, besándose conforme Rin acariciaba y jalaba los cabellos cortos y castaños.
Sin embargo, y eventualmente, Suguro se cansó de sostener su propio peso en los antebrazos que descansaban contra el colchón, así que colocó una mano en una pierna y la otra en un lado de la cadera del nephilim para girarlo con él, quedando entonces el más alto boca arriba en la cama y Okumura tumbado encima de él.
Entre beso y beso, las manos grandes comenzaron a desplazarse con un deje de torpeza y una extraña lentitud que solo se veía en Ryūji durante momentos muy específicos como esos, recorriendo con la diestra el muslo pálido, desde la rodilla hacia la cadera para después deslizarse a lo largo de esta última y rodearla con todo el brazo, a la vez que la izquierda subía por la espalda delgada, en diagonal, hasta llegar al pecho, y Rin entonces cayó por completo sobre el cuerpo grande y dejó que su novio le abrazara con tanta fuerza que le consiguió un largo suspiro que se mezcló con satisfacción.
—No lo saques— susurró el menor, acurrucándose contra el rostro del contrario que tembló y frunció las cejas.
—Sh. Arruinas el momento.
Rin no replicó, por el contrario, sonrió cansadamente y rozó la mejilla ajena con los labios en un gesto muy suave, antes de sumirse en silencio, ambos cerrando los ojos y dedicándose únicamente a existir.
La respiración de Suguro era más pausada que la de Okumura, por lo que éste no podía, por mucho que quisiera, acompasar la propia con ésta y se limitó, mejor, a sentir como se distendía y se comprimía de forma aletargada mientras los brazos pesados ejercían presión contra su cuerpo.
Aquella cercanía de sus cuerpos, sus pieles (una tersa como la seda y otra más gruesa y áspera) encontrándose y compartiendo calor al mismo tiempo que escuchaban sus respiraciones y cada uno de sus latidos les provocaba algo que bien podría describirse como júbilo, porque era muy cómodo y satisfactorio poder simplemente estar.
