Actions

Work Header

Rating:
Archive Warning:
Category:
Fandom:
Relationship:
Characters:
Additional Tags:
Language:
Español
Stats:
Published:
2025-12-31
Words:
4,287
Chapters:
1/1
Comments:
2
Kudos:
62
Bookmarks:
4
Hits:
538

PRENSA

Summary:

4 veces en las que lewis defendio a Franco y la ultima fue un poco demasiado obvio.

Notes:

BUENO, ultimo fic del añoo.Me inspire de cosas reales y tambien de mi degenerada y corrupta mente gobernada por el yaoi. Espero que les guste y muy felizzz año, brindo por mucho sexo gaay

Work Text:

2023

El aire en el paddock de Brasil era denso. En Mercedes, Lewis Hamilton terminaba de ajustar los puños de su mono, su mente ya en la pista. Pero un murmullo de la televisión, sintonizada en un canal de deportes en Ingles, le hizo levantar la cabeza.

En la pantalla, aparecía la foto de un chico joven, sonriente, con el casco bajo el brazo: Franco Colapinto. El presentador y un supuesto analista, con gesto despectivo, diseccionaba su temporada en Fórmula 2. Las palabras en Ingles eran técnicas, pero el tono era universal: "Promesa incumplida", "le falta agresividad", "no está a la altura del salto que quiere dar". Criticaban su última salida, un simple error en condiciones cambiantes.

Lewis frunció el ceño. No conocía personalmente a Franco, pero lo había visto. Lo había observado en los pocos paddocks compartidos, siempre con la cabeza alta, trabajando con una seriedad que desmentía su juventud. Recordaba sus ojos, ese fuego concentrado, la misma chispa que él mismo tenía a esa edad, y que tantos se habían apresurado a cuestionar.

Un recuerdo rápido y punzante lo atravesó: sus primeros años en la F1, la prensa dubitativa, los comentarios cargados de condescendencia. "Sólo está aca por marketing", decían algunos. Lewis apretó los puños. No era lo mismo, pero la que también fue juzgado duramente al inicio, ¿qué le dirías a quien duda de su talento?"

 

Al día siguiente, en la pista, mientras Franco se preparaba para su sesión en la F2, vio desde la distancia la caravana de Mercedes pasar. Lewis, bajando de un auto oficial, giró la cabeza. Sus ojos se encontraron por un segundo. No hubo tiempo para palabras, pero no las hacían falta. Lewis le dirigió un breve asentimiento, un gesto casi imperceptible de complicidad. Franco correspondió con la misma seriedad.

 

2024

La habitación del hotel de Las Vegas era silenciosa, salvo por el suave zumbido del aire acondicionado. Lewis, sentado en el sofá con una taza de té ya fría entre las manos, había visto la notificación en su teléfono. Un titular en inglés de una conocida revista sensacionalista del deporte: "¿Un error costoso? Las dudas sobre Colapinto tras su choque en F1." Debajo, una foto del Williams destrozado contra las barreras, y una de Franco, con el rostro ensombrecido bajo la visera levantada.

Lewis no necesitó abrir el artículo. Sabía lo que diría. El mismo guión de siempre, pero aplicado a una cara nueva, a un chico que ahora llevaba el peso de un país y de una legendaria escudería sobre sus hombros. Lo había escuchado en los pasillos del paddock, en tonos bajos pero cargados de esa falsa superioridad de quien nunca ha estado en la cabina: "Demasiado pronto para él", "Williams se ha apresurado", "le falta consistencia".

Pero esta vez, la sensación era diferente. No era la indignación genérica de quien defiende a un colega. Era algo más profundo, más personal. Una punzada aguda en el costado de su conciencia.

Cerró los ojos y la sensación lo invadió.

Era como si, al escuchar esas críticas contra Franco, estuvieran desenterrando un fantasma suyo propio, uno que creía enterrado. No el fantasma de la duda (eso había sido vencido hace mucho), sino el fantasma de la soledad. La soledad específica, aguda, de esos primeros años en McLaren-Mercedes. Recordaba con una nitidez dolorosa el peso de las miradas escépticas, el sabor amargo de los comentarios que minimizaban cada logro y magnificaban cada error. Era una carga que llevabas solo, porque nadie más podía, o quería, entender su verdadero peso.

Y ahora veía ese mismo peso sobre los hombros de Franco. Lo había visto en el paddock después del accidente: la espalda recta, las respuestas cortésmente profesionales, pero una oscuridad pasajera en los ojos que sólo otro que lo hubiera vivido podía reconocer. Era de "estoy bien", cuando por dentro todo es un torbellino de frustración y autocrítica.

Lewis abrió los ojos y miró la imagen en la pantalla. No veía sólo a un piloto joven que había cometido un error. Veía la fragilidad brutal que se esconde bajo el mono. Veía las noches sin dormir repasando los datos, la presión de saber que cada fin de semana es un examen público, la lucha constante por demostrar que mereces estar ahí, que no eres un error de casting.

Un calor familiar, protector y casi paternal, se expandió en su pecho. No podía permitir que arrojaran a Franco a los lobos con la misma facilidad con que lo hicieron con él, y con tantos otros.

Sentía una responsabilidad. No sólo hacia Franco, sino hacia el deporte mismo. Si la F1 devoraba a sus jóvenes promesas con el cinismo de los titulares y la impaciencia de los aficionados de salón, ¿qué futuro tenía?

Al día siguiente, en la rueda de prensa oficial. Lewis se sentó con su tranquila elegancia habitual, pero había una determinación nueva en su mirada. Cuando llegó el turno de preguntas, un periodista levantó la mano.

"Lewis, sobre el incidente de Franco Colapinto en la carrera pasada, algunos están diciendo que evidencia una falta de madurez para la F1. ¿Cuál es su opinión, especialmente después de haberlo apoyado en el pasado?"

Lewis tomó el micrófono. Esta vez no hubo pausa dramática. Su voz salió serena, pero con densidad que hizo que el murmullo de la sala cesara al instante.

Lewis se inclinó hacia el micrófono. Su expresión serena se transformó en una de firmeza absoluta. " Colapinto," dijo Lewis, pronunciando cada sílaba con claridad, haciendo que el nombre resonara en la sala. "Es un piloto con un talento enorme y una cabeza increíblemente madura para su edad." Hizo una pausa, mirando directamente a las cámaras, como si quisiera que sus palabras llegaran más allá de la sala. "He visto su progresión, su dedicación. Es fácil señalar con el dedo desde fuera, pero la gente no ve las horas en el simulador, el trabajo en silencio, la presión que cargan estos chicos."

El murmullo en la sala creció. Lewis no soltaba su mirada intensa.

"La Fórmula 1 no es sólo velocidad. Es resiliencia. Y él la tiene. Criticar un error es no entender el deporte. Todos lo cometemos. Lo importante es cómo te levantas. Y yo lo he visto levantarse una y otra vez, con más fuerza cada vez. Merece respeto, no críticas fáciles."

Sus palabras, calmadas pero cargadas de una autoridad cayeron como sobre la gente. No era solo una opinión; era un respaldo público, potente y claro, proveniente de un siete veces campeón del mundo.

La noticia estalló. En minutos, el clip de Lewis defendiendo a Franco era tendencia global. "HAMILTON DEFIENDE A COLAPINTO", "UN CAMPEÓN APOYA A LA PROMESA".

En la habitación de hotel de Franco, el teléfono estalló. Primero fueron los mensajes de amigos, luego los de familia, y finalmente el de su manager: "Mira la entrevista de Hamilton".

Franco lo pulsó con el corazón acelerado. Mientras escuchaba las palabras de Lewis, la presión en el pecho que había acumulado desde la mañana, esa mezcla de rabia y frustración por las críticas, comenzó a desinflarse. Fue reemplazada por un calor extraño, una oleada de determinación renovada. No eran palabras vacías. Eran un reconocimiento del más alto nivel. Un pase de confianza.

 La presión en el pecho, la misma que Lewis había reconocido desde la distancia, se transformó. Ya no era el peso de la crítica. Era el peso de una fe depositada, de una vara puesta muy alta por alguien a quien admiraba. Y supo, que cualquier duda, que no podía, que no iba a defraudar esa confianza. El campeón no solo lo había defendido. Lo había comprendido. Y en ese entendimiento, Franco encontró una fuerza nueva.

 

2025

Lewis caminaba con su manager hacia el motorhome de Ferrari, el sol filtrándose entre las estructuras, cuando un grupo de periodistas, rodeaba a una figura. No era un piloto. Era Antonio Lobaton conocido periodista de voz estridente y opiniones más estridentes todavía, famoso por sus provocaciones.

Lewis ya iba a pasar de largo, su mente en los ajustes del auto, cuando el nombre lo detuvo en seco, clavándolo en el suelo.

"Colapinto? Ha mostrado destreza, sí, pero hay una cierta… dulzura en su enfoque.” Lo dijo en tono de burla como insinuando algo mas.Una falta de esa hambre despiadada que se necesita para ganar aca. Es un buen chico, sin duda, quizás demasiado blando para el mundo de la F1."

Las palabras, cargadas de condescendencia venenosa, flotaron en el aire caliente. Pero para Lewis, no eran solo palabras. Eran una burla a la verdad que él conocía.

Porque Lewis conocía a Franco ahora. No de vista, no de las pistas. Lo conocía de las charlas tranquilas , del viaje en Barcelona donde Franco, con timidez, le había hablado con ojos brillantes de su abuelo en Argentina. Lo conocía por el gesto espontáneo de Franco, la semana pasada, ayudando a un miembro del personal de pista que se había caído con una caja de herramientas, sin cámaras alrededor, solo porque era lo correcto. Conocía su sonrisa amplia y sincera, la que no era para la prensa, y la ferocidad concentrada, que ardía en sus ojos cuando analizaban datos.

Esa dulzura que el periodista usaba como insulto, para Lewis era su fortaleza más auténtica. Era la esencia de un chico que mantenía su humanidad intacta en medio de la presión más despiadada del mundo. Escucharlo describir eso como una debilidad hizo que una indignación blanca y pura subiera por su pecho, caliente y urgente.

No lo pensó. Se desvió de su camino y se plantó al borde del semicírculo, su presencia silenciosa pero inmediatamente palpable. Lobato, al verlo, se animó, creyendo tener un buen tema de conversación.

"¡Lewis! Justo hablábamos del talento joven. ¿Crees que esa amabilidad natural de Colapinto podría ser un lastre en la pista?"

Lewis no esperó. Su voz, normalmente modulada, salió clara, fría y cortante como el filo de un cuchillo.

"Lo que acabas de decir sobre Franco es una de las cosas más ignorantes y equivocadas que he escuchado en este paddock."

El silencio cayó de golpe. Los otros periodistas contuvieron la respiración. Lobato parpadeó, sorprendido.

"Franco Colapinto tiene una de las mentalidades más fuertes y más auténticamente competitivas que he visto en un piloto joven," continuó Lewis. "Lo que llaman 'dulzura' es respeto. Respeto por el deporte, por su gente, por sus compañeros. Y confundir esa decencia con debilidad demuestra que no entienden nada de lo que realmente se necesita para triunfar a largo plazo. La verdadera fuerza no viene de ser un 'tiburón' despiadado. Viene de la integridad. Y Franco la tiene en cantidades que la mayoría solo puede soñar."

Su mirada no se apartaba de Lobato, y en sus ojos no había lugar para la discusión. 

"Él es fuerte porque es bueno. No a pesar de ello. Y es esa combinación," Lewis añadió "la que le llevará más lejos que a cualquier comentario barato hecho desde la barrera."

En ese momento, en el borde de su campo visual, Lewis percibió un movimiento. Giró ligeramente la cabeza. Allí, a unos metros de distancia, parado junto a una columna y con una botella de agua en la mano, estaba Nico Rosberg. Su antiguo compañero, su rival de batallas Nico no había dicho una palabra. Su expresión era inescrutable, una máscara profesional, pero sus ojos, azules y calculadores, no se apartaban de la escena. No había apoyo en su mirada. No había la complicidad de un viejo compañero de equipo. Había algo más: una observación gélida, un análisis distante, como si estuviera estudiando.Una ligera tensión en su mandíbula, un casi imperceptible fruncimiento de ceño, delataban que lo que estaba presenciando no le agradaba. No le gustaba nada.

Pero Lewis no le prestó más atención. En ese instante, no le importaba la opinión de Nico, ni la de nadie. La indignación protectora que sentía por Franco, ese joven al que había visto crecer no solo como piloto sino como persona, era más fuerte. Dio media vuelta, dejando al periodista helado y a los demás reporteros atónitos, y continuó su camino.

La defensa había salido del lugar donde guardaba el respeto por la buena gente en un mundo difícil. Y si a alguien, incluso Rosberg, no le gustaba la escena, era un problema suyo. Lewis había protegido algo que consideraba precioso en el deporte y se dio cuenta que para el, como persona tambien: un corazón noble. Y no se arrepentiría de eso.

 

2025

El ambiente era gris, no por el cielo, que estaba despejado, sino por la densa niebla de decepción que parecía emanar de Alpine. Lewis Hamilton, camino a una reunión técnica, sintió el peso de esa nube antes de ver su origen. Un grupo de comentaristas y 'expertos' se apiñaba frente a una cámara de una plataforma digital.

"No es solo el coche. Claro, es un triciclo, pero Colapinto no está extrayendo ni lo mínimo. Parece perdido. Se le dio la oportunidad en bandeja de plata y la está dejando pasar."

Lewis se detuvo en seco. No era indignación lo que sintió primero. Fue un dolor sordo, profundo, que se expandió detrás de su pecho hasta hacerlo cerrar los puños. Porque él sí lo sabía. Sabía exactamente lo mal que la estaba pasando Franco.

Lo sabía por los silencios cuando se cruzaban, por las sombras oscuras bajo los ojos del joven. Lo sabía por la manera en que Franco apretaba los puños, no en rabia, sino en una frustración contenida que bullía por dentro. Lo había visto, días antes, salir del simulador con el rostro descompuesto, tras otra sesión donde los números, por mucho que se esforzara, no cuadraba. El Alpine era, el coche más lento de la parrilla. Un pozo sin fondo de problemas de manejo. Y Franco, el chico de sonrisa amplia y determinación feroz, estaba atrapado, luchando no por puntos, sino por no ser el último, por no perder la dignidad a cada vuelta.

Conseguir ese asiento había sido una guerra. Lewis conocía las historias, las negociaciones al filo de la navaja, el peso de las expectativas de un país entero sobre esos hombros que ahora parecían un poco más encorvados. Y ahora, esos mismos que lo aclamaron al firmar, lo devoraban por no hacer milagros con un auto sin magia.

El presentador, al ver a Lewis inmóvil, con la mirada fija en ellos, intentó incorporarlo. "¡Lewis! Justo debatíamos sobre Alpine y su joven piloto. ¿Crees que Colapinto podrá revertir esta situación, o el coche lo está hundiendo?"

Lewis se acercó. Tomó el micrófono que le ofrecían, pero no miró a la cámara. Miró al comentarista que había soltado las palabras más duras.

"¿Sabes qué es lo más difícil en este deporte?", preguntó Lewis, su voz era un susurro grave que obligó a todos a callar. No esperó respuesta. "No es conducir el auto más rápido. Cualquiera con un mínimo de talento puede apretar el acelerador en un Red Bull o Mclaren. Lo más difícil, lo que marca el carácter de un verdadero piloto, es subirse cada fin de semana a un auto que sabes que no tiene solución. Saber que, hagas lo que hagas, el resultado será una humillación pública. Y aun así, subirte. Y dar hasta la última gota de tu alma, vuelta tras vuelta, sabiendo que el mundo te señalará y dirá 'no es suficiente'."

Hubo un silencio incómodo. El comentarista palideció ligeramente.

Su voz, ahora, temblaba ligeramente, no de ira, sino de emoción.

"Criticar a un hombre que está dando absolutamente todo, que se está dejando la piel en un coche que no perdona... es no tener ni idea de lo que hablamos aca. Es cruel. Es innecesario. Y es falso."

En la distancia, desde la entrada del motorhome de Alpine, Franco, que había escuchado fragmentos de la voz familiar alzarse en su defensa, apretó con fuerza el mate que sostenía. No derramó una lágrima. No sonrió. Solo asintió para sí mismo, una vez. El dolor no se iba, el auto seguía siendo lento, la montaña seguía siendo inmensa. Pero en ese instante, ya no se sentía completamente solo. Y a veces, que alguien entienda tu infierno, es el único oxígeno que necesitas para seguir ardiendo.

 

2026

Se había formado un pequeño círculo de prensa alrededor de Lewis Hamilton, la atmósfera era diferente. Pesada. Lewis acababa de terminar tercero, una gran hazaña con el Ferrari que aún no era el mejor, pero su mente no estaba en su propio podio. Estaba a miles de kilómetros de distancia, y a la vez, justo ahí, latiendo en su pecho con un ritmo de orgullo y ternura.

Porque Franco Colapinto había logrado su primer podio en la F1. Su primer podio. Lo había visto en pantalla, conteniendo la respiración en cada curva, sintiendo cada vibración del Alpine (por fin, por fin un poco más competitivo). Lo había visto subir al podio, la bandera argentina ondeando sobre sus hombros, esos ojos que Lewis conocía tan bien, llenos de una emoción tan pura y desbordante que a él se le había hecho un nudo en la garganta. Esa noche, en la intimidad de su habitacion, lejos de miradas, lo había celebrado de la única manera que importaba: en sus brazos, susurrando lo orgulloso que estaba, sintiendo el corazón de Franco acelerado por la adrenalina y la felicidad.

Pero ahora, en Zandvoort, un periodista, soltó la pregunta con una sonrisa en los labios que no llegaba a los ojos.

"Lewis, felicidades por tu resultado. Cambiando de tema, tu… compañero Franco Colapinto por fin subió al podio. Aunque algunos dicen que fue más suerte que otra cosa, especialmente considerando su grave error con Isack Hadjar en la curva 3. Parecía un novato. ¿No crees que eso empaña un poco el logro?"

La palabra "compañero" la dijo con una entonación que pretendía ser neutral, pero que sonaba a burla. Y entonces, la mención al incidente con Hadjar. Un roce, un toque sin consecuencias,del mediocampo. Algo que cualquier piloto tiene en una carrera. Pero dicho así, con ese desprecio, convirtiendo el momento más brillante de Franco en algo sucio, cuestionable.

Lewis estaba cansado de eso y se dio cuenta que con la edad tenía menos paciencia a este tipo comentarios,que en otros momento de su vida simplemente habría ignorado, pero honestamente ya estaba más mayor e irritable. 

No fue la indignación profesional de antes. Esto era más profundo. Era el instinto protector de ver cómo manchaban, con malicia y envidia, el momento más puro de la persona que amaba. Era la rabia de quien había visto las lágrimas de frustración de Franco en las malas, quien había sentido sus temblores de ansiedad, quien conocía el precio en sangre, sudor y lágrimas que ese podio representaba. Y este hombre, con su sonrisa cínica, pretendía reducirlo a "suerte" y a un "error de novato".

Lewis no dijo nada. Su rostro, normalmente un compendio de serenidad controlada, se transformó. Los músculos de su mandíbula se tensaron como acero. Sus ojos, oscuros y profundos, perdieron toda su calma y se llenaron de fuego gélido, peligroso. Un fuego que nadie en la F1 había visto.

"¿Qué… has dicho?" La pregunta de Lewis no fue alta, pero cortó el aire como un látigo.

El periodista, confiado, empezó a repetir. "Que su incidente con Hadjar—"

No terminó la frase.

Lewis se movió con una velocidad felina. No fue un paso, simplemente cerró la distancia. Su mano derecha, se cerró en un agarre alrededor del cuello de la camisa de lino del hombre. No fue un empujón.Más bien un tirón que desequilibró al periodista y lo acercó a su rostro a centímetros de distancia.

El silencio fue absoluto, roto solo por el jadeo ahogado de los presentes y el sonido de la tela estirándose. Las cámaras, atónitas, siguieron rodando. Los flashes se dispararon en un estruendo.

"Escúchame bien," la voz de Lewis era un susurro ronco, cargado de furia contenida que hacía temblar cada palabra. "No tenes ni puta idea de lo que ha pasado él para estar ahí. Ni idea. Hablar de suerte… burlarte de él… después de lo que ha logrado…"

Lewis lo tenía sujeto, y en sus ojos no había lugar para la razón de la prensa, para las relaciones públicas, para la imagen. Solo había un sentimiento salvaje y protector. Era la primera vez en toda su carrera, en toda su vida pública, que la máscara del caballero imperturbable se resquebrajaba por completo, mostrando el núcleo de pasión y lealtad que ardía debajo. Y lo hacía por Franco.

"Una palabra más. Una sola palabra más contra él, y te aseguro que no volves a hacer una pregunta en este paddock nunca más. ¿Está claro?"

El tipo, pálido como la cera, solo pudo asentir con un movimiento espasmódico de la cabeza.

Lewis lo soltó con un empujón seco, como si desechara algo sucio. El periodista tambaleó, arreglándose la camisa destrozada con manos temblorosas.

Sin mirar a nadie más, Lewis se dio la vuelta y se marchó, dejando un círculo de periodistas en shock absoluto. El clip, por supuesto, ya estaba volando por internet. "HAMILTON PIERDE LOS ESTRIBOS", "ATAQUE FÍSICO CONTRA LA PRENSA".

Pero a Lewis no le importaba. En ese momento, solo una cosa importaba. Sacó el teléfono del bolsillo y, con dedos que aún temblaban ligeramente por la adrenalina, tecleó un mensaje rápido. Era para Franco.

"No dejes que nadie, nunca, te robe la luz de lo que lograste.Te amo."

 

La suite del hotel era un refugio de silencio, en contraste absoluto con el huracán mediático en las redes. Lewis estaba de pie junto a la ventana, viendo las luces de la ciudad reflejarse en los canales, pero sin verlas realmente. El hormigueo en los nudillos, el recuerdo de la tela de la camisa del tipo entre sus dedos, aún era tangible. No se arrepentía, pero una parte de él sí, la parte que había cultivado una imagen de imperturbabilidad durante dos décadas, reconocía la magnitud de la grieta que acababa de abrir.

La puerta se abrió con suavidad . No hubo llamada. Franco entró, cerrando tras de sí con el mismo cuidado. Traía consigo el olor frío del aire nocturno y algo más: una mezcla de preocupación y otra cosa que Lewis no pudo identificar al instante.

Se dieron la vuelta al mismo tiempo. Los ojos de Franco, esos ojos claros y expresivos que Lewis podía leer como un libro abierto, recorrían su rostro, buscando algo. Luego bajaron la mirada hacia sus manos, como si pudiera ver el fantasma del agarre en ellas.

Hubo un silencio cargado. Luego, una sonrisa lenta y más firme, comenzó a curvar los labios de Franco.

"Vi el video," dijo Franco, su voz suave, con ese dejo argentino que a Lewis le sonaba a música. No había reproche. No había alarma. Mas bien… una chispa de incredulidad divertida.

Lewis exhaló, un suspiro que le liberó un poco de la tensión atrapada en los hombros. "Supongo que ya está en todos lados."

"En todos. En algunos, le ponen música dramática y lo ponen en cámara lenta. Parece una escena de Crepúsculo, pero con más ira y menos brillo vampírico," bromeó Franco, acercándose.

Una risa, breve pero genuina, escapó de Lewis. La imagen era tan absurda que cortó la tensión. "Ese tipo… dijo cosas. Después de… después del podio.No pude."

"Lo sé," murmuró Franco, ya frente a él, alzando una mano para tocar suavemente la línea de tensión en la mandíbula de Lewis. "Yo tampoco habría podido, si fuera al revés."

Se miraron, y entonces, la sonrisa de Franco se transformó en una expresión de burla traviesa, sus ojos brillando con picardía.

"Pero mi amor" dijo, arrastrando deliberadamente el término de cariño en español, "tenés que disimular un poquito mejor."

Lewis arqueó una ceja, un gesto que en otro contexto habría sido de advertencia, pero ahora solo denotaba curiosidad. "¿Disimular?"

"Sí. Porque si cada vez que un periodista pelotudo dice algo de mí, vas a agarrarlo de la camisa y a mirarlo como si lo fueras a matar…" Franco hizo una pausa dramática, soltando una risa suave y cálida. "... todo el mundo se va a dar cuenta de que somos pareja. En serio. No soy yo el que va a delatarnos con una sonrisa tonta cuando te ve. Sos vos, creo que tu carácter ha empeorado con los años."

A Franco siempre le parecía un poco cómico que el que más insistía en mantener su vida y la relación privada era el que más se mandaba al frente en público. Siempre hablaba de franco, de una forma que, cualquiera que tuviera dos dedos de frente se daría cuenta enseguida, por suerte, mala o buena, el mundo era bastante homofóbico y simplemente ignoraban las claras señales.

La declaración, hecha con tanta naturalidad y humor, desarmó por completo a Lewis. Una carcajada, profunda le brotó del pecho. Era cierto. Su reacción había sido tan personal, que trascendía cualquier defensa profesional entre colegas. Había sido la reacción de un hombre enamorado viendo cómo insultaban al amor de su vida.

"Y fue… increíblemente caliente, para serte sincero. Y aterrador. Pero mayormente hot."

Lewis enterró su rostro en el pelo de Franco.

"Entonces, ¿qué sugieres?" preguntó Lewis, sus labios rozando la oreja de Franco. "¿Que la próxima vez sonría y asienta?"

Franco se separó lo justo para mirarlo, una sonrisa juguetona y llena de cariño en su rostro. "No. Solo sugiere que, si lo vas a hacer otra vez, al menos rompele la cámara también, para que valga más la pena el escándalo. Y después me llamás, y te ayudo a esconder el cuerpo."

La risa de ambos llenó la suite, un sonido privado que borró por completo el resto del alboroto de la cabeza del mayor.