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Estaciones Robadas

Summary:

El invierno tiene una forma curiosa de congelar el tiempo y derretir corazones.
Para la detective Julia Argent, la persecución de Carmen Sandiego siempre fue una cuestión de lógica, patrones y leyes. Pero desde una complicidad silenciosa en Florencia hasta una promesa bajo los fuegos artificiales de Londres, las líneas del mapa comienzan a borrarse. A través de una serie de encuentros clandestinos durante las festividades invernales —Navidad, Año Nuevo, Reyes y la Candelaria—, la agente y la ladrona descubren que tienen más en común de lo que imaginan.

¿Qué le regalas a la mujer que puede robarlo todo?.
.
.
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Una razón para quedarse.

Notes:

Disclaimer: Los personajes y el universo de Carmen Sandiego no me pertenecen; son propiedad de Netflix y Houghton Mifflin Harcourt. Esta es una obra de ficción realizada por un fan y para fans, sin fines de lucro, creada únicamente por la dinámica Carulia.

Chapter 1: Florencia. La Paradoja de Venus 43.7678° N, 11.2553° E

Chapter Text

Estaciones Robadas 

por A. Avilés

 

Ubicación: Galería Uffizi, Florencia, Italia. 

Coord: 43.7678° N, 11.2553° E 

Objeto de Interés: El Nacimiento de Venus (Sandro Botticelli) y los Archivos "Ángel del Barro".

 

Florencia no dormía; simplemente bajaba la voz para conspirar. A las dos de la madrugada, la niebla se levantaba desde el río Arno, envolviendo el Ponte Vecchio en una atmosfera que olía a algas, piedra mojada y al espresso quemado de los cafés que se negaban cerrar.

Para la mayoría, Florencia era la cuna del Renacimiento, una postal de mármol. Para la Agente Julia Argent, escondida en la penumbra de la Galería Uffizi, la ciudad era una escena del crimen en espera.

Julia estaba de pie en la Sala 10-14. Llevaba tres horas inmóvil, mimetizándose con la sombra proyectada por una columna de pietra serena. Sus piernas protestaban, el frío del museo se filtraba a través de las suelas de sus zapatos, pero su mente estaba en un estado de hiperactividad febril.

Argent, esto es ridículo — con un peculiar acento francés,  Chase Devineaux zumbó en su auricular, arrastrado por el sueño y la irritación—. He revisado los sensores térmicos tres veces. No hay nada. Estás sufriendo el… como dijiste, Síndrome de Stendhal; tanto arte te está haciendo alucinar.

Julia presionó el comunicador, manteniendo la vista fija en la inmensa obra frente a ella: El Nacimiento de Venus de Botticelli. —El Síndrome de Stendhal es una reacción psicosomática a la belleza sublime, Chase. Lo que yo tengo es una deducción basada en datos.

Datos... —bufó Chase—. Llevamos una semana persiguiendo sombras por toda la Toscana. Primero Siena, luego Pisa. ¿Qué te hace estar tan segura ella estará aquí?

Se ajustó las gafas, un tic nervioso que aparecía cuando su intelecto se sentía desafiado. —Porque ella no roba al azar. Carmen Sandiego opera bajo un código, casi poético. —Julia bajó la voz, como si la diosa pintada pudiera escucharla—Según mi investigación en 1966, durante la gran inundación de Florencia, los llamados "Ángeles del Barro" salvaron miles de obras, pero hubo una caja de seguridad, perteneciente a un banco suizo que financiaba la restauración, que se "perdió" en el caos.

¿Y? —Y esa caja contenía códigos de la Guerra Fría. Mi teoría es que nunca salió del museo. Fue emparedada. Detrás de ella. — como si tuviera a Chase a un lado Julia señaló a la Venus—. Es el escondite perfecto. Nadie se atrevería a mover la pintura más famosa del mundo sin una orden papal. VILE quiere esos códigos. Y Sandiego... ella querrá quitárselos antes.

Te doy veinte minutos, Argent. Si no aparece, volvemos a Poitiers y tú redactas el informe de "Gastos Injustificados". Devineaux fuera.

 

El silencio volvió a caer sobre la sala. Julia exhaló, su aliento formando una pequeña nube. Se sentía sola. No solo físicamente, en ACME, ella era la ratón de biblioteca, la que prefería los archivos a las pistolas. Pero después del incidente en el tren, donde Carmen la había engañado apelando a su compasión, algo había cambiado en Julia.

Ya no quería solo resolver el caso. Quería entender al sujeto. Quería ver si la mujer de rojo era una villana, o si era, como la Venus frente a ella, algo nacido del caos para cambiar el mundo.

El sonido no fue un golpe. Fue un desliz de tela. El aire en la sala cambió.

Julia no se movió. No sacó su arma de inmediato. Sabía que si Carmen Sandiego estaba allí, cualquier movimiento brusco la haría desaparecer. Miró hacia arriba, hacia el gran tragaluz que permitía la entrada de la luz lunar.

Una sombra descendió.

No usaba cuerdas toscas. Bajaba por un cable tan fino que parecía invisible, suspendida en el aire con una gracia que desafiaba la gravedad. Llevaba un traje táctico negro ceñido, pero el sombrero... el inconfundible sombrero era un desafío escarlata.

Aterrizó frente a la pintura sin hacer más ruido que el de un pétalo cayendo sobre el agua.

Carmen Sandiego se enderezó. No miró alrededor con paranoia. Miró la pintura. Se tomó un segundo, un segundo precioso y peligroso, para admirar el rostro de la diosa. —Simonetta Vespucci —dijo Carmen en voz alta, su voz suave y aterciopelada rompiendo el silencio—. La mujer más bella del Renacimiento. Murió a los veintitrés años por tuberculosis, pero Botticelli la siguió pintando de memoria el resto de su vida. Incluso pidió ser enterrado a sus pies.

Carmen ladeó la cabeza en su dirección, aun observando la concha sobre la que se paraba Venus. —Es trágico, ¿no crees? Ser amada no por quién eres, sino por la imagen que proyectas. Ser un símbolo, no una persona.

Julia salió de la sombra de la columna. Sus pasos resonaron con autoridad: Clac. Clac. Clac. —El neoplatonismo argumentaría que su belleza física era un reflejo de la belleza celestial, Carmen. No una jaula, sino un puente a lo divino.

Carmen no se sobresaltó. Ni siquiera se giró de inmediato. Sonrió, una sonrisa que Julia pudo ver reflejada en el cristal protector de una vitrina lateral. —Detective Argent. —Carmen se giró lentamente, quitándose una pelusa invisible de la solapa—. Me preguntaba cuándo saldrías de tu rincón. Tienes una respiración muy ruidosa cuando estás pensando demasiado.

—Y tú tienes una tendencia al melodrama —atacó Julia, deteniéndose a cinco metros de distancia. Mantuvo las manos visibles, lejos de su arma—. Entrar por el techo en la Galería Uffizi... es un cliché, incluso para ti.

—Los clásicos son clásicos por una razón, Jules. —Carmen se apoyó relajadamente contra la barandilla de seguridad, como si estuvieran en un cóctel y no en una escena del crimen—. Además, la puerta principal estaba cerrada. Y Chase ronca tan fuerte en la furgoneta de vigilancia que temía despertarlo si forzaba la cerradura.

Julia sintió que el calor subía a sus mejillas. Carmen sabía que estaban allí. Había pasado por encima de Chase. La había estado observando, irónicamente observarla. —Estás atrapada, Carmen. Los sensores de presión del suelo están desactivados, pero he reconfigurado los láseres perimetrales. Si das un paso hacia la pintura, se activará la alarma silenciosa y la Polizia di Stato estará aquí en tres minutos.

Carmen alzó una ceja, impresionada. —Reconfiguraste los láseres. Nada mal, historiadora. Pero... —Carmen señaló el suelo con la punta de su bota—. Asumes que quiero la pintura.

—No quieres la pintura —interrumpió Julia, dando un paso más, invadiendo el espacio personal de la ladrona—. Quieres lo que la restauración del 90 ocultó en el marco de soporte. Los datos de la cuenta "Ángel del Barro".

El rostro de Carmen cambió. La sonrisa burlona desapareció, reemplazada por una mirada de evaluación calculadora. Sus ojos casi grises, inteligentes y fríos, recorrieron a Julia de pies a cabeza. —Vaya. —Carmen dio un paso hacia Julia, ignorando los láseres invisibles—. En el tren pensé que eras inteligente, pero ingenua. Veo que he subestimado tu capacidad de deducción. Has hecho tu tarea, Agente.

Julia sostuvo la mirada, aunque su corazón latía desbocado—. Todo en ti es un patrón. Robas para evitar que VILE robe. Eres una paradoja. Una ladrona que protege la propiedad.

—¿Y eso te confunde? —preguntó Carmen, acercándose más. Estaban a dos metros. Julia podía olerla ahora: una mezcla de lluvia nocturna, cuero caro y algo floral, tal vez jazmín. —Me frustra —admitió Julia—. Porque significa que técnicamente estamos en el mismo bando, pero insistes en operar fuera de la ley. La ley es lo que nos separa del caos.

—La ley es lenta, Julia. —Carmen señaló la pintura—. Si esperara a la ley, VILE ya habría desmantelado este marco, vendido los códigos y financiado un golpe de estado en Europa del Este antes de que tú hubieras llenado el formulario de solicitud de pruebas. A veces, para proteger la historia, tienes que romper el cristal.

 

Carmen se movió. Fue un borrón. No fue hacia Julia. Fue hacia la pintura. Sacó un dispositivo de su cinturón y lo lanzó al aire. El aparato emitió un pulso electromagnético localizado. Zzzzt— Los láseres que Julia había reconfigurado parpadearon y murieron.

—¡No! —gritó Julia.

Julia reaccionó por instinto. No sacó su arma. Sabía, en el fondo, que no dispararía a una mujer desarmada frente a una obra maestra. Se lanzó físicamente para interceptar a Carmen.

Carmen ya estaba manipulando el marco con una herramienta sónica. Al sentir la embestida de Julia, no la golpeó. Simplemente esquivo. Julia pasó de largo, pero logró agarrar la manga del traje táctico de Carmen. La tela era resbaladiza, pero el agarre de Julia era desesperado.

—¡Suéltalo! —jadeó Julia, tirando de ella.

Carmen se vio obligada a apartarse del cuadro. Giró sobre sí misma, usando el impulso para hacer una llave suave a la muñeca de Julia. —No hagas esto, Julia. 

—Soy una agente de ACME, este es mi trabajo —gritó Julia, girando su cuerpo para liberarse de la llave. Logró soltarse y lanzó una patada baja para barrer a Carmen.

Carmen saltó sobre la pierna de Julia con una agilidad felina, aterrizando en cuclillas sobre un banco de mármol. —¡Buena recuperación! —elogió Carmen, genuinamente divertida—. Pero te falta equilibrio. Tu centro de gravedad está muy alto.

Carmen saltó desde el banco para regresar hacia el cuadro. Julia no la persiguió. Anticipó. Julia corrió y empujó un pesado pedestal de terciopelo en el camino de Carmen.

Carmen tuvo que frenar en seco y retroceder para evitar tropezar. Para cuendo se dio cuenta había quedando cara a cara con Julia. Estaban respirando agitadamente. El silencio del museo amplificaba cada jadeo.

—Entrégame el dispositivo —ordenó Julia, extendiendo la mano—. VILE no obtendrá los datos. ACME los asegurará. — Los archivarán —corrigió Carmen—. Y VILE tiene topos en todas partes. Si te doy esto, en una semana estará en manos de los malos. Yo lo destruiré. Esa es la diferencia.

—No puedo dejarte tomar esa decisión. Nadie te eligió a ti como juez y verdugo. — Pero alguien debe hacerlo —dijo Carmen, y por un segundo, la máscara de confianza cayó, revelando una soledad abismal—. Apártate, Julia. Por favor.

Julia negó con la cabeza y se abalanzó de nuevo. Esta vez, Carmen no la esquivó. La recibió. Atrapó los brazos de Julia, bloqueando su intento de placaje. Quedaron trabadas en un abrazo de combate, fuerza contra técnica. Julia era más fuerte de lo que parecía, impulsada por una terquedad moral inquebrantable. Empujó a Carmen contra la pared lateral.

—Te tengo —jadeó Julia, buscando las esposas en su cinturón con una mano mientras mantenía a Carmen inmovilizada con el hombro.

Estaban tan cerca que sus narices casi se tocaban. Julia vio las motas doradas en los ojos de Carmen, ojos de un azul apagado. Sintió el calor de su cuerpo a través del traje táctico.

—Me tienes —susurró Carmen. No sonaba asustada. Sonaba... intrigada—. Pero, ¿puedes mantenerme?

 

Carmen dejó de resistirse por un microsegundo, confundiendo a Julia, y luego usó esa relajación para deslizarse hacia abajo. Hizo una barrida con la pierna. Julia perdió el suelo. Cayó de espaldas, el aire saliendo de sus pulmones con un golpe sordo.

Antes de que Julia pudiera recuperarse, Carmen estaba encima de ella. Pero no la golpeó. Carmen inmovilizó las muñecas de Julia contra el suelo frío de mármol, sujetándolas con una sola mano, mientras con la otra sacaba el pequeño disco duro que había logrado extraer del marco durante la pintura.

Julia forcejeó, arquando la espalda, furiosa. —¡Suéltame! ¡Esto es obstrucción a la justicia! —Es un baile, Jules. Y creo que yo llevo el paso.

Carmen se inclinó sobre ella. Su cabello oscuro cayó, creando una cortina que las aisló del resto de la sala. Por un momento, el tiempo se detuvo. Julia instintivamente miró los labios de Carmen, entreabiertos por el esfuerzo. Carmen miró los de Julia, notando el pequeño corte en el labio inferior que se había hecho al caer.

Había una tensión ahí que no era solo adrenalina. Era reconocimiento. Habían encontrado un oponente digno.

—Tienes una mente hermosa, Detective Argent —susurró Carmen, tan bajo que solo Julia pudo oírla—. Predijiste mi objetivo. Bloqueaste mis salidas. Me obligaste a improvisar. Nadie en ACME había logrado eso.

Julia dejó de luchar un momento, sorprendida por el elogio. —Aún así perdiste —dijo Julia, desafiante. —¿Perdí? —Carmen levantó el pequeño disco duro plateado—. Tengo el objetivo. Y tú estás en el suelo.

Carmen se levantó rápidamente, liberando a Julia. Julia se sentó de golpe, buscando su arma, pero su mano se detuvo esposada al pie de una barandilla, Carmen ya estaba a medio camino del tragaluz, ascendiendo con su gancho.

—¡Espera! —gritó Julia, forcejeando sin resultados.

Carmen se detuvo, colgando a tres metros de altura. Miró hacia abajo. —La próxima vez, Julia... trae zapatillas con mejor agarre. El mármol es traicionero. —¡La próxima vez te pondré las esposas! —prometió Julia, señalándola con un dedo acusador—. No importa a dónde vayas. Praga. El Cairo. Tokio. Te encontraré.

Carmen sonrió. Una sonrisa genuina, brillante. —Praga —repitió Carmen, saboreando la palabra—. Praga en invierno es hermosa. Tienen un mercado navideño excelente. Tal vez... si logras encontrarme allí, te deje invitarme a un vino caliente.

—¿Es un reto?

Carmen soltó el freno de su cable y desapareció en la noche lluviosa de Florencia.  —Es una cita, Detective.

 

Las luces principales del museo se encendieron de golpe. Las puertas de la sala se abrieron con un estruendo. —¡ARGENT! —Chase Devineaux entró corriendo, con el arma desenfundada y el pijama asomando debajo de su gabardina mal abrochada—. ¡Saltaron las alarmas! ¡¿Qué has hecho?!

Julia seguia atrapada frente a El Nacimiento de Venus. Estaba despeinada, le dolía la espalda. El marco de la pintura tenía un pequeño panel abierto. Vacío.

Chase llegó a su lado, mirando el hueco. —Sacrebleu... Tenías razón. Había algo ahí. Chase miró a Julia, esperando verla derrotada. Pero Julia no parecía así, al contrario.

Se tocó la muñeca, donde aún podía sentir la presión fantasma de la mano de Carmen sujetándola contra el suelo. Su corazón seguía latiendo con ese ritmo extraño y sincopado que había comenzado cuando sus miradas se cruzaron a centímetros de distancia.

—Se escapó —dijo Chase, furioso—. ¡Otra vez! ¡Se burló de nosotros! —No —dijo Julia, finalmente liberándose y caminando hacia la salida con una dignidad que su apariencia desmentía—. No se burló, Chase. Jugó.

—¿Jugó? ¿De qué estás hablando? — Julia se detuvo en el umbral. Miró hacia atrás, hacia el tragaluz vacío. —Dijo que Praga es hermosa en invierno.

—¿Y eso qué significa? Julia sonrió, una sonrisa afilada y peligrosa que Chase nunca le había visto antes. —Significa que tengo una fecha límite. Prepara los informes, Chase. Nos vamos a Europa del Este.

Julia salió al pasillo. Ya no era la agente que buscaba aprobación. Era la cazadora que había olido la sangre, y algo más dulce, en el aire. La rivalidad había nacido. Y bajo la mirada de Venus, la diosa del amor y la discordia, Julia Argent aceptó que su vida acababa de complicarse irremediablemente.