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~Navidad en Honami~

Summary:

La navidad va llegando a Honami como un milagro cumplido. Ahora que el tiempo vuelve a moverse y la ciudad por fin libre, se celebra una de las festividades más queridas por muchos.

Cuando Rover cruza desde Costa Negra para una visita rápida para ver a Chisa, se encuentra con una festividad que nunca antes había oído en este despertar desde su amnesia.

Viendo la inexperiencia del Rover, Chisa ahora a encontrado la oportunidad para devolverle el favor a Rover por su ayuda, mostrándole parte del ambiente navideño que puede calentar el corazón en un ambiente frío.

- Los personajes no me pertenecen, sino son propiedad de KuroGames.

Notes:

Como aviso. Este One-shot es mi primer proyecto o historia de Wuthering Wves, por lo que estoy algo emocionado como nervioso de poder haber traido algo del agrado de todos.

También me gustaría aclarar que, no he llegado aun a la historia de Chisa, por lo que posiblemente algunas cosas no cuadran del todo con lo sucedido o algunos temas. Solo se cosas basicas porque me estoy algo spoileado, pero no importa. Me gustó de igual forma Chisa y que alguien me hiciera un pedido de hacerle una historia, me tiene feliz.

Que disfruten.

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:

En Costa Negra todo estaba tranquilo en los últimos días. No ha habido señales de algo serio y completamente inusual que sea alerta para preocuparse.

Los pasillos seguían oliendo a metal frío y a papel antiguo. Las luces de las salas de monitoreo parpadeaban con la misma frecuencia, como si el tiempo fuera una serie de datos que se ordenaban solos.

Los agentes del lugar caminaba con prisa medida. Siempre ocupados. Siempre atentos.

Todo estaba al menor cuidado para cualquier momento en el que el mundo pudiera cambiar de forma en un descuido.

Rover, llevaba un rato mirando por la ventana alta del corredor principal, donde el cristal devolvía una sombra imperfecta de su rostro.

Había tareas. Había reportes, rutas, inspecciones que terminar. Había una lista de cosas que, objetivamente, debían resolverse antes de pensar en cualquier otra.

Él hacía encargos que eran más como peticiones de alguno de los miembros del lugar que requerían de su ayuda, y él, como buena persona que era por ellos los hacía, aunque había algunas que fueron un poco "curiosas".

Una de ellas fue ayudar a Encore que necesitaba alguien que la acompañe a jugar con sus amigos de siempre y él era su primera opción.

También estaba Alto, el cual era quien Rover tenía menos intención de darle una ayuda. Él no había hecho mucho en sus últimos misiones, según lo que oía y preferiría que hiciera las cosas para que mueva un dedo.

Afortunadamente, Shorekeeper le hizo un favor para hacer que las tareas no fueran tan pesadas para él, ya que sabía que él necesitaba tener un descanso.

Él lo agradeció y después de que fuera ayudando a Alto, lo puso a hacer el resto de las tareas que Rover le habían pedido de ayuda. Shorekeeper también estuvo de acuerdo y lo llevaron a arrastras.

Como un favor que luego ella cobraría, Camellya fue una de las que lo acompañó para asegurarse que haga su trabajo.

Sabe bien que Alto no la pasará muy bien teniendo de cerca a una chica como Camellya, pero eso ya sería problema de él.

Dejando de pensar en ello, Rover aún tenía ciertas preocupaciones que lo llevaban a otro lado de su mente.

Desde pocos días, le venía ocurriendo lo mismo. Le llegaba como una ola de mar, formada de preocupación que le inundaba la cabeza.

Poco después descubrió el origen de sus preocupaciones, llevándolo a dos cosas en particular:

Honami y Chisa.

Aún recordaba todo lo que ella había pasado y la última vez que hablaron, ella había aprendido a sonreír otra vez. Esta vez ella mucho más animada y mucho más relajada luego de que la ciudad de Honami había sido liberada de un bucle sin fin.

Rover había prometido volver, pero ha estado ocupado con muchos encargos de Costa Negra que no le dejaba tener tiempo para eso, pero luego de la ayuda de Shorekeeper, ahora estaba más libre de deberes.

Tomó su chaleco habitual. Revisó el equipo mínimo. Miró la puerta de salida.


El método para ir a Honami no era un simple "viaje". Era una transición. Un cruce de condiciones y resonancias.

Cuando Rover se decidió en irse a la ciudad de Honami por el mismo portal, la sensación fue la misma de siempre: un tirón suave en la conciencia, como si el aire cambiara de densidad. El sonido del lugar pareció doblarse sobre sí mismo; luego, de pronto, se abrió. Y el mundo del otro lado lo recibió con silencio blanco.

— ¿Nieve?

Sorprendentemente para él, jamás se imaginó un cambio de ambiente en Honami, y sobre todo, que estuviera nevando.

No entendía de cuál era la razón de que caía nieve. Copos lentos, limpios, aterrizando sobre las barandas, los anuncios, los bordes de las calles. La luz de Honami parecía distinta bajo ese velo: más suave, menos brillante en un sentido artificial.

Fue una vista increíble, pero también inusual. ¿No sé suponía que eso más o menos serían en las montañas? Nunca lo presenció en Jinzhou o en Rinascita.

Rover dio un paso, y otro, dejando huellas que se marcaban con claridad sobre el suelo. La temperatura era baja, sí, pero no incómoda. Era el tipo de frío que hacía que la respiración se notara, que obligaba a meter las manos en los bolsillos por costumbre aunque no fuera estrictamente necesario.

Alrededor, la ciudad estaba viva.

Gente caminando con bolsas de papel. Parejas bajo paraguas. Niños persiguiendo copos. Grupos hablando en esquinas, planeando cosas que sonaban tan comunes que por un momento resultaban extrañas: cenas, intercambios, visitas, luces.

Rover escuchó fragmentos sueltos sin querer en algunos de los que estaba a la siguiente calle:

—...¿Ya compraste lo del postre para navidad?

—Si no llegamos temprano, es posible que se acabe el pan en las tiendas...

—Este año sí pondremos luces para navidad, te lo juro, amor.

—...Si vuelves a regalarme algo como la otra vez para navidad... te juro que...

— ¡Vamos por las ofertas de...!

Las palabras pasaban por los oídos de Rover como un eco amable. Frunció levemente el ceño, no por molestia, sino por esa sensación de estar leyendo una frase de un idioma que apenas comenzaba a comprender.

Lo que más no entendía fue en aquella palabra que mencionaron aquellas personas:

Navidad.

La gente la decía como si fuera algo natural, como si el mundo hubiera crecido con esa idea.

Posiblemente él si lo sabía, pero ahora no lo recordaba nada relacionado con eso. Pero, aun así, algo dentro de él —no memoria, sino instinto— sintió que se trataba de algo importante.

Siguió avanzando hasta llegar a Honami Crossing. La ruta hasta aquel local de café era clara: incluso con la nieve, los caminos principales estaban despejados por el ir y venir de la gente.

A medida que se acercaba, comenzó a ver decoraciones: guirnaldas improvisadas, estrellas de papel colgadas en postes, luces pequeñas enrolladas alrededor de barandas.

La misma clase de luces que la ciudad se adornaba a sí misma como quien se convence de que merece un ritual.

Cuando el edificio del café apareció, Rover sintió un alivio que no necesitó explicar. No era solo por el lugar. Era por lo que representaba: un refugio que alguna vez había sido improvisación y que ahora, con el tiempo, era un punto estable en el que podía relajarse mucho.

Al entrar, el calor lo envolvió de inmediato. Un aroma a café tostado, pan recién hecho y algo dulce —canela, tal vez— le borró la nieve de los hombros en la mente antes de que pudiera sacudírsela de la ropa.

En el mostrador, Namipon levantó la vista y abrió los ojos con una emoción tan sincera que, por un segundo, el capibara pareció más grande de lo que era.

— ¡Rover! —exclamó, dando un pequeño salto detrás del mostrador como si pudiera atravesarlo de puro entusiasmo—. ¡Rover vino, Rover vino!

En cuanto lo tuvo cerca, Rover no pudo evitar esbozar una sonrisa en ver al pequeño capibara dándole la bienvenida.

—Hola Namipon, es bueno verte.

Había otros pequeños ayudantes moviéndose por allí, llevando bandejas, limpiando mesas, acomodando tazas. El lugar estaba más concurrido de lo habitual, y aun así tenía esa calidez que no dependía de la temperatura.

Namipon agitó una patita.

— ¿Quieres café? ¿Chocolate caliente? ¿Té con miel? Tenemos... —miró hacia una pizarra donde había cosas escritas con tiza— ...Latte de vainilla, Mocha, Café con canela, Pan de jengibre... ¡Ah! También hay leche caliente con especias, la gente la pide mucho hoy.

Rover parpadeó ante la lista. Le resultaba curioso cómo una ciudad recién liberada podía adoptar costumbres tan rápido, o quizá solo las había recuperado con ansias.

Siendo honesto, se moría de probar cada cosa que había en el menú como también las que dijo Namipon. Sonaba delicioso, sin embargo, decidió apartar tales pensamientos.

No era eso por lo que vino.

—Lo siento Namipon. Se ve delicioso todo, pero hoy no estoy como probador. —dijo Rover con ambas manos alzadas en señal de disculpa.

—Oh, entiendo...

Parecía estar un poco decepcionado por la declinación del resonador, pero no pareció afectarle tanto. Se recuperó en seguida con una sonrisa, mostrando su agrado con la presencia de él.

Se formó una sonrisa en su rostro que demostraba una disculpa por las molestias. Rover no le importaba las disculpas, las veía innecesarias cuando el pequeño solo estaba ofreciendo hospitalidad.

Viendo que el ambiente iba para un rumbo un tanto incómodo, decidió en ser directo a sus razones de su presencia hoy:

—Vine a ver a Chisa —dijo, simple.

El pequeño Namipon sonrió. Era una sonrisa particular, de esas que no podían disimularse aunque se intentara su satisfacción.

— ¡Ohhh! —canturreó—. Namipon entiende. Rover vino por Chisa. Eso es bueno, y estoy seguro que ella estará feliz de verte.

Había cierto tono en el pequeño que Rover no entendía, pero también notó que escondía algo. Sin embargo, como era obvio, no detectó malicia en sus palabras.

Eso le hizo cuestionar de la razón por la que remarcaban mucho la buena noticia de que él vino a ver a Chisa.

Para sacar sus dudas, Rover estaba por preguntar de su actitud, pero Namipon fue interviniendo antes que él hablara.

—Chisa está atrás —indicó con un movimiento de cabeza—. Está ayudando con pedidos. Hoy hay muchos clientes. Pero Chisa está bien. Muy bien.

Rover apoyó una mano en el borde del mostrador, inclinándose un poco.

Volvió a remarcar el pequeño, pero está vez fue hacía el estado de Chisa y eso dejó un poco más intrigado a Rover.

— ¿Cómo ha estado? —preguntó. La frase tenía un peso que iba más allá de la curiosidad.

Namipon bajó la voz con la solemnidad, como si fuera alguien a punto de compartir un secreto importante.

—Terapeutas de Costa Negra vinieron varias veces. Chisa hizo ejercicios. Cosas que ayudan para que los efectos de su Overclock. Chisa a veces tuvo dificultades, pero ya no está tan mal como antes. Ya no se pierde en su cabeza. Y... —su mirada brilló— ...Chisa se ríe más.

Rover sintió un nudo suave deshacerse en el pecho. No dijo nada, pero su mano se cerró ligeramente, como confirmándose a sí mismo que esa información importaba.

Saber que Chisa a tenido progreso en su recuperación le alivió. Después de lo sucedido y el estado en el que se encontraba ella cuando la conoció, es bueno saber que estaba mejor.

Namipon lo miró con una expresión casi traviesa.

—Además... —susurró— Chisa está feliz cuando vienes... Muy feliz. Namipon agradece mucho que Rover se preocupe por Chisa... —hizo dos gestos con las patitas juntando y separando— Me agrada verlos juntos de esa forma.

Rover ladeó la cabeza. No entendía muy bien eso último, pero suponía que Namipon estaba feliz que tanto ella como él se hayan vuelto cercanos.

¿Acaso Chisa se le ha dificultado tener más amigos?

De los que conocía en Costa Negra ya habían mencionado ser un poco más comunicativos con Chisa, incluso entablando una buena amistad.

«Supongo que al ser su primer amigo, ella me tenga más confianza.»

Aquel pensamiento indicaba lo mucho que necesitaba que ella debía de abrirse emocionalmente a más gente. Sin embargo, también algo dentro suyo se sentía... ¿feliz?

¿Acaso se sentía feliz al cruzarse a la idea de que ella le tenga más confianza que cualquier otro?

Rover se aclaró la garganta por incomodidad. Había cosas que no sabía de como tomarlas para sí mismo. Una de ellas era su relación con Chisa, no porque no entendiera como relacionarse con ella, pero si que le gustaba estar con ella.

—Voy a verla —dijo, y se encaminó hacia la parte de atrás del lugar.

Caminó tranquilamente, mirando en algunas mesas algunos miembros de Costa Negra y otros que eran meros ciudadanos de Honami que ya habían comenzado a ser concientes de la presencia de este local de café.

En cuanto estuvo más afondo del local, el ambiente era más ruidoso: el sonido de tazas, el roce de platos, voces pidiendo y agradeciendo. Chisa estaba allí, de pie junto a una mesa, sosteniendo una bandeja con dos bebidas humeantes. Tenía las mejillas ligeramente rosadas por el calor, por el trabajo.

Chisa llevaba su uniforme de siempre, mostrando su encanto femenino juvenil, aunque solo en apariencia. Pero ya era algo mayor en edad y seguía siendo perfecto para ella.

Lo que más le llamó la atención fue en el rostro de ella:

Chisa sonreía.

No una sonrisa pequeña. Aquello fue una sonrisa real, abierta, que le iluminaba los ojos como si el mundo por fin se hubiera permitido ser amable con ella.

Rover se quedó quieto un instante. La observó sin acercarse aún, y la idea se le formó clara: Chisa se veía como debía de estar desde el principio.

Se alegró mucho por ella.

Segundos después, Chisa se había acercado a la siguiente mesa. En ella habían dos chicos, recibiendo sus pedidos por parte de ella. Uno le dijo algo con ese tono medido que pretendía sonar casual.

—Gracias, en serio —dijo—. Nos gusta mucho la atención a cliente de este lugar.

El otro rió, apoyándose en la mesa.

—Sí, sí. Y el café sabe mejor cuando lo sirve alguien tan linda como tú.

Chisa parpadeó. Su sonrisa se volvió un poco más educada, más distante. Se inclinó apenas.

—Gracias —respondió con suavidad, sin alimentar el comentario—. En seguida vendré con sus órdenes.

Retrocedió con un paso, lista para entregar la orden para su preparación.

En ese mismo movimiento levantó la vista. En la dirección en la que iba yendo, solo para encontrarse con alguien que no esperaba ver ahora.

Sus ojos captaron a Rover.

Se sorprendió tanto en verlo que le era difícil de creer.

El cerebro de Chisa intentó reaccionar, pero aun así su cuerpo no entendió el mensaje para que detenga sus pasos y tras chocar contra él, se resbaló.

La bandeja con la que ella llevaba en sus manos se le había caído.

Chisa soltó un sonido pequeño, un ahogo de sorpresa. Rover se movió antes de que el susto pudiera convertirse en caída.

La sostuvo con firmeza: tomándola de la cintura baja, justo en la curva de su espalda, la otra en su hombro. La atrajo hacia él por reflejo, para estabilizarla. Y en el proceso, los cuerpos quedaron demasiado cerca, el calor del café y el calor humano mezclándose en un espacio mínimo.

Chisa se quedó inmóvil.

Sus ojos, muy abiertos, buscaron el rostro de Rover. Sus labios se entreabrieron como si quisiera decir algo y no pudiera. Y su piel se tiñó de rojo, empezando por las mejillas y extendiéndose hasta las orejas.

—R... Rover —murmuró. Fue lo único que salió.

— ¿Estás bien? —preguntó él, con la voz baja, cuidadosa.

Chisa asintió, sin poder sostenerle la mirada. Su respiración era un poco más rápida, pero no por miedo. Rover sintió la tensión suave en su cuerpo, el temblor mínimo que a veces quedaba como residuo de los días difíciles.

El tiempo en el que la tenía en sus manos, sintió algo: lo delicada que era la presencia de la chica, su cuerpo tan frágil y delgado. Sentía que en el movimiento más brusco sería suficiente para romperla sin querer.

Sus ojos recorrieron el rostro de ella en un segundo prolongado. La curva de sus pestañas, el rubor, la forma en que mordía apenas el aire como si estuviera conteniendo un pensamiento. Era... linda.

La palabra apareció con una claridad casi incómoda.

Chisa levantó la vista un instante, y sus miradas chocaron. Estaban tan cerca que Rover pudo distinguir pequeñas motas de luz reflejadas en el iris de ella. Le pareció que, en ese reflejo, Honami entera cabía.

Una voz los devolvió al mundo.

Los dos chicos, a un lado, se miraban entre sí con expresión derrotada, como quien entiende que llegó tarde a una historia que ya estaba en marcha.

—Ah... —murmuró uno—. Ya tiene novio, ¿no?

—Sí —respondió el otro en voz baja, con una mezcla de resignación y envidia—. Supongo que no se puede evitar.

Chisa escuchó. Su rostro se encendió más. Sus dedos se posaron en el antebrazo de Rover como si necesitara aferrarse a algo para no desaparecer.

—Yo... —empezó, pero no supo qué decir. La palabra "novio" le pegó en el pecho como una campanada.

Rover, en cambio, no pareció afectado. Su mirada se deslizó apenas hacia los chicos; no había amenaza en sus ojos, solo una quietud que dejaba claro que no le importaban sus opiniones.

Chisa tragó saliva.

— ¿P... Puedes... soltarme...? —pidió en un hilo de voz, más por vergüenza que por incomodidad real.

Rover asintió, con un cuidado que lo delató: la soltó lentamente, como si temiera que el aire frío de la separación pudiera hacerle daño.

Cuando él se apartó, Chisa se enderezó de inmediato, acomodándose con torpeza, como si así pudiera disimular el latido acelerado.


Poco después, los chicos habían recibido sus pedidos y se fueron con sus bebidas, murmurando cosas sobre "mala suerte" y "otra vez será". Chisa los vio marcharse, y solo entonces volvió a mirar a Rover.

—No... no esperaba que vinieras hoy —confesó, todavía roja.

—Tenía tiempo —respondió él, y luego, más suave—. Quería verte.

Esa intención en el joven resonador fue suficiente para que ella vuelva a sentir mariposas en el estómago. Chisa lo sintió como una caricia. Bajó la mirada, sonriendo apenas.

Detrás de ellos, apareció uno de los pequeños capibaras, como si hubiera estado esperando la señal. Luego otro. Y luego Namipon, asomándose por el mostrador con una expresión tan satisfecha.

—Chisa —anunció Namipon con solemnidad—, nosotros podemos en ayudar con el resto. Puedes descansar y estar al día con Rover.

Chisa abrió la boca.

—Pero hay clientes—

—No te preocupes —interrumpió Namipon, levantando el mentón con mucha confianza—. Chisa necesita aire. Rover vino a verte, así que no deberías de hacerlo esperar.

Los capibaras ya estaban ocupando su lugar con eficiencia sorprendente, como si se hubieran trabajado de esto toda la vida. Chisa se quedó un segundo sin saber si reír o protestar.

Al final, su risa ganó, suspirando solo para poner ambas manos en la cintura.

—Está bien... —cedió.

Chisa se mostró contenta como también molesta por el cambio radical de su deber, aunque no es como si odiara este cambio.

Rover asintió.

—Vayamos afuera. —sugirió con una ligera sonrisa.

Chisa no tuvo en contra de la idea, asintiendo para después acompañarlo

Salieron del café y el aire frío los recibió con suavidad. La nieve seguía cayendo, pegándose en el cabello oscuro de Rover y en la bufanda roja de Chisa que ella había traído consigo como parte de su conjunto el día de hoy.

Caminaron unos metros sin hablar, no por falta de tema, sino porque el silencio, entre ellos, era un espacio que podían compartir... uno en el que Chisa sentía que necesitaba hoy.

Rover fue el primero en romperlo.

— ¿Cómo te has sentido? —preguntó, con la misma cautela con la que uno toca una herida que ya está cerrando.

Chisa supo de lo que se estaba refiriendo él. Se tomó un segundo para responder. Miró al frente, como si ordenara sus emociones.

—Me he sentido... bien —dijo al fin con un tono suave—. Fue complicado al comienzo... Pero ahora ya estoy un poco mejor, pero eso no significa que aún no tenga algunas complicaciones.

Apretó sus manos dentro de las mangas, buscando calor.

Rover la miró de reojo, atento.

— ¿Y ahora?

Chisa sonrió, esta vez sin esfuerzo.

—Ahora... estoy feliz. A veces me canso, a veces me mareo. Pero ya son por parte del cansancio normal y no por sentirme tan atrapada como lo estuve antes. Y... —sus ojos brillaron como aquella noche— ...me gusta ver nuevas caras aquí. Me gusta escuchar algunas anécdotas entre la gente y que no sean las mismas de siempre.

Rover soltó una exhalación que pudo haber sido risa.

— ¿Y las sesiones? —preguntó—. ¿Te ayudaron?

Chisa asintió con energía.

—Mucho. Me enseñaron que tengo que ser fuerte todo el tiempo. Que... debo de seguir esforzándome. Todos los que he conocido de Costa Negra me han ayudado.

Rover no respondió de inmediato. La palabra. Estaba absorto en las delicadas y suaves palabras de Chisa mientras se le quedó mirando. Cómo si quisiera recordar cada detalle de las expresiones de ella.

Caminaron un poco, hacia una calle donde las luces colgaban como constelaciones bajas. Había adornos en las ventanas: figuras de papel, estrellas, pequeños muñecos. La nieve les daba un aire de cuento.

Rover señaló una decoración con forma de árbol iluminado.

—He visto muchas cosas así —dijo—. Y la gente habla de "Navidad". ¿Qué es?

Chisa parpadeó, sorprendida.

— ¿No... no la conoces?

Rover negó. No había vergüenza en su gesto, solo sinceridad.

—Ya sabes... Yo... tengo amnesia y muchas de las cosas que debería de saber no las conozco ahora... No sé si ya habré sabido antes del tema de esta "Navidad" que todos hablan.

Chisa se mordió el labio, pensando cómo explicarlo sin sonar demasiado difícil de entender.

—Es... una celebración —empezó en palabras dudosas—. Es un día en el que mucha gente se reúne con los suyos. Se dan regalos... o a veces solo se dan tiempo para estar juntos. Se come algo especial. Se decoran las casas con luces porque...

Ella observó a las personas en frente de una tienda, viendo algunos artículos a través del espejo.

—...se supone que es una manera de hacer el invierno menos triste. Como decirle al frío: "no importa, nosotros seguimos aquí". Es... difícil de explicar el significado de todo, pero todo se simplifica a estar con las personas preciadas para ti.

Rover la escuchó con atención. La idea era entendible y comenzaba a ser más gustoso está tradición navideña.

Observó una vez más a la gente que iba pasando por la calles de la ciudad y unas estaban tan cómodas unas con las otras mientras pasan de lugar a lugar.

Chisa volvió a hablar.

—Yo, antes... no estaba segura de que quisiera celebrarla. Cuando Honami estaba atrapada por El Lamento..., yo apenas ni sabía si volvería a presenciar la navidad y ahora que estoy en ella... sinceramente ya es un alivio que me genera y calienta el corazón.

Rover miró hacia el cielo. Los copos caían en su campo de visión como un lenguaje lento.

— ¿Y tú? —preguntó de pronto—. ¿Quieres celebrarla?

Chisa se quedó tiesa. La pregunta parecía sencilla, pero en su pecho se abrió algo más grande: la posibilidad de un "sí" que incluyera a Rover.

—Sí —admitió con honestidad—. Me gustaría. No. Quiero hacerlo.

Y luego, como si se armara de valor, lo miró directo, poniendo una mano en su pecho.

—Pero... no quiero celebrarla sola.

Las palabras salieron antes de que pudiera arrepentirse. Chisa sintió que el corazón le golpeaba la garganta. Se apresuró a añadir, torpe:

—Osea... no es que esté sola. Namipon está conmigo y ahora también los de Costa Negra... pero... tú entiendes.

Rover la miró un momento. No había burla, ni incomodidad. Solo esa calma que a veces tenía cuando tomaba decisiones importantes.

—Entiendo. —dijo.

La respuesta fue corta, pero a Chisa le aflojó los hombros como si le hubieran quitado una carga. Sonrió, más tranquila.

—Entonces... —empezó, apretando sus manos dentro de las mangas— ¿quieres pasear conmigo? Por la ciudad. Ver las luces. Hacer... cosas de Navidad. Como... Como cuando caminamos la otra vez que lo hicimos y miramos los cerezos.

Rover asintió, y la forma en que lo hizo —sin dudar— fue casi un regalo en sí misma. Uno para ella.

—Sí. No tengo problemas, también me gustaría que me guíes.

Chisa se quedó mirándolo un segundo, como si no creyera que realmente Rover había aceptado su invitación.

Ella de corazón sabia que podía tener una oportunidad de estar con él. Muy adentro suyo quería estar realmente estar a su lado. Ahora. En esta misma noche.

Luego se rió, y su risa salió como vapor en el frío.

Ambos comenzaron a caminar por calles más amplias. Había puestos improvisados donde vendían bebidas calientes y dulces. Chisa compró dos panes con azúcar y uno de esos vasos con chocolate espeso que olía a canela. Le tendió uno a Rover.

—Esto... es algo muy común que se hace en este tiempo. —dijo, como si estuviera compartiendo una reliquia.

Rover lo sostuvo entre ambas manos. El calor le subió a los dedos.

—Vaya, no me lo esperaba. —bromeó, siguiendo el juego. Cómo si nunca hubiera sabido de la existencia del chocolate caliente.

Chisa se rió mientras lo miraba llevando el vaso hacía su boca. Soplando para no quemarse la boca.

Probó un sorbo. Sus cejas se levantaron apenas.

—Está muy delicioso.

—Esa es la idea —respondió Chisa, orgullosa—. Algo de lo que siempre se disfruta de estas fechas es un buen chocolate caliente.

Siguieron caminando, probando cosas, mirando vitrinas decoradas. En una esquina había un grupo tocando música con instrumentos viejos, y la melodía era extrañamente nostálgica, como si la ciudad recordara un tipo de alegría que no necesitaba palabras.

Chisa se detuvo frente a un montón de luces colgantes.

—Mira —señaló—. ¿No te parece todo muy bonito?

—Si..., es muy bonito. —respondió con una sonrisa.

Rover la observó a ella antes que a las luces. El modo en que Chisa hablaba, el modo en que su voz se emocionaba con cosas pequeñas, le parecía más cautivador que cualquier decoración. Era un milagro sencillo: alguien que había estado atrapado en un día repetido ahora se sorprendía con cosas tan pequeñas, o al menos para él eran muy mínimas.

Ese pensamiento le apretó el pecho. No de tristeza, sino de una ternura incómoda, como si no supiera dónde guardarla.

Caminaron hasta una zona donde el viento soplaba, sintiendo un poco más de frío. Chisa tiró de su bufanda, ajustándola.

Se arrepentía de no haberse puesto algo mucho más abrigado que no sea solo su uniforme de siempre.

Observó de reojo a Rover, sintiéndose como una tonta por no haber notado un detalle que recién lo acabó de notar.

— ¿Tienes frío? —preguntó Chisa, mirándolo de arriba abajo. Rover llevaba su ropa habitual, mucho más preparada y hecha para moverse mejor en las peleas que para lucir abrigado.

—No —dijo él—. No tienes que preocuparte por nada. He estado en lugares peores.

Chisa frunció el ceño, como si esa respuesta fuera un insultó a la gente con problemas de frío... Aunque ella no era de esas personas.

—Eso no significa que tengas que actuar como si no te afectara. —dijo ella en un murmuro.

Antes de que Rover pudiera decir algo, Chisa se detuvo en seco y se quitó la bufanda roja.

—Chisa... —empezó él, sorprendido.

Ella se puso de puntillas y se la enrolló alrededor del cuello con un gesto decidido. Su rostro quedó cerca del de él, lo suficiente para que Rover sintiera su respiración tibia.

Chisa no se echó atrás de inmediato. Sus manos ajustaron la bufanda con cuidado, como si estuviera arreglando algo valioso.

—No quiero que te enfermes —dijo, seria—. No es justo que vengas hasta aquí y... —se interrumpió, como si la idea de perderlo, aunque fuera por una gripe, le diera vergüenza— ...solo prométeme que te cuidarás.

Le dio un pequeño golpe con los dedos en la frente, un gesto que parecía regaño y caricia al mismo tiempo.

Rover se quedó quieto. Había tenido gente que lo cuidaba, sí, compañeros, aliados. Pero esto era distinto: era un cuidado personal, íntimo, casi cotidiano.

—L-Lo haré —dijo al fin, y su voz sonó más suave de lo que esperaba—. No es para que me regañes.

Chisa se quedó mirándolo un segundo, y entonces su vergüenza regresó de golpe. Dio un paso atrás, apretándose las manos como si no supiera qué hacer con ellas.

—T-Te lo buscaste... Simplemente no quiero que me hagas preocupar —le miró a los ojos—. ¿Lo prometes?

—Si. Lo prometo.

Chisa sonrió. Vio la sinceridad de él, y con eso le subió el ánimo.

—Ya está —murmuró—. Entonces, sigamos caminando.

Rover tocó la bufanda con la punta de los dedos. Era cálida. Olía ligeramente a café y a jabón, y a algo que solo podía asociar con Chisa.

Claramente era el aroma de ella, y que estuviera envolviendolo alrededor de su cuello, es como si ella lo fuera estando abrazando.

Aquel pensamiento lo dejó un poco rígido mientras sus mejillas se tornaron en un color rosado.


Caminaron de nuevo. El cielo se había oscurecido más, y Honami seguía bañando sus edificios con sus luces tan vigorizantes.

Al otro lado de la calle, Rover notó una pareja caminando. Iban hablando bajo, compartiendo un mismo ritmo. En algún momento, el chico tomó la mano de la chica con naturalidad, como si fuera la cosa más simple del mundo.

Rover miró el gesto. Luego miró a Chisa.

Ella hablaba de algo —una tienda nueva, una receta que Namipon quería intentar—, pero se calló cuando notó su mirada.

Rover no pensó demasiado. Había cosas que no nacían de la memoria, sino de la observación y el deseo.

Se acercó un poco y de un movimiento lento pero seguro, le tomó la mano.

Chisa se quedó en silencio de golpe, como si las palabras se hubieran caído al suelo. Su mano en la de Rover era más pequeña, más tibia. Rover sintió el leve temblor inicial, el reflejo de alguien que aún se sorprende de que le permitan estar cerca de otro.

¿Habrá sido algo brusco?

No le gustaba la idea en la que su acción le halla disgustado a Chisa, y que de pronto ella quiera apartarse por incomodidad.

Pensar en esa posibilidad le hizo un nudo en el pecho que lo mataba por dentro.

— ¿Te molesta? —preguntó Rover, mirandola de frente. Más específico: la miraba directamente a los ojos.

Chisa negó rápidamente, tan rápido que casi se le enredó el cabello en su rostro.

—No —murmuró—. No me molesta.

Sus dedos apretaron el agarre. Luego, con una timidez que parecía un hilo invisible, entrelazó sus dedos con los de él.

Fue un gesto pequeño. Y sin embargo, el mundo se volvió distinto.

Rover sintió una presión agradable en el pecho, como si algo se acomodara en su interior. Chisa caminó más cerca, no pegada, pero lo suficiente para que sus hombros casi se rozaran.

La nieve siguió cayendo, y por un rato, el sonido de sus pasos fue lo único que existió.

—Senpai... —dijo Chisa después de unos minutos, muy bajito.

A Rover le sorprendió por un momento en como Chisa lo llamó. Si mal recordaba, ella decía que decirle así era como declarar que él es alguien arriba de ella en estatus académico.

A él nunca le importaba eso y solo le bastaba en que los dos se tratarán como iguales, pero las costumbres de Honami la obligaban a tener está clase de etiquetas.

Al final, Rover ya no le importaba y dejó que Chisa le llame como más le guste.

— ¿Sí? —la observó.

Chisa dudó. Sus ojos miraron hacia las luces, hacia la calle, hacia cualquier parte menos hacia él.

—Gracias por venir —dijo al fin—. Yo sé que... tienes muchas cosas. Y que Honami ya no es tu responsabilidad. Pero aun así... viniste.

Rover apretó su mano, apenas.

—Honestamente, mi razón de venir a Honami no fue por responsabilidad como tú dices. —respondió.

Chisa levantó la mirada, confundida.

Rover no continuó de inmediato. Parecía buscar las palabras, como si quisiera ser exacto.

—Vine porque... cuando pienso en este lugar —dijo—, pienso en ti. Y quería... comprobar con mis propios ojos que estás bien.

Chisa sintió el rostro calentarse otra vez, pero esta vez el rubor venía con algo más: una alegría suave, limpia.

—Estoy bien —susurró—. Y... estoy mejor cuando estás cerca.

Dijo la frase sin planearla. Cuando se dio cuenta de lo que había confesado, se quedó tiesa, esperando que el mundo se rompiera o que Rover se riera.

Pero Rover solo la miró.

Y en esa mirada no había sorpresa, como si él también lo supiera desde antes de entenderlo.

Caminaron hasta una plaza donde habían colocado un árbol grande, decorado con luces y figuras de papel. No era perfecto; algunas decoraciones estaban torcidas, otras eran claramente improvisadas. Aun así, el árbol tenía una belleza extraña: no la belleza de algo diseñado para impresionar, sino la de algo construido con intención.

Chisa se detuvo frente a él, admirándolo.

— ¿Ves? —dijo—. Es está clase de cosas que la gente suele hacer para una época como está.

Chisa miró por un momento a Rover y después dirigió su mirada al árbol con añoración.

—Antes me daba igual las cosa como estás. Mi forma de ver todo esto era indiferente y pensaba que no era la gran cosa —su mirada siguió clavada en el árbol—. Ahora... no puedo evitar apreciar cada cambio que hay en este lugar. Me siento feliz después de mucho tiempo.

Rover la observó un segundo. Luego miró el árbol.

—Se ve bien. —admitió.

Chisa se rió.

—Eso es un gran cumplido viniendo de ti. —lo miró entre burlas sarcásticas.

—No sé dar cumplidos. —dijo él con honestidad.

—Entonces... aprende —respondió Chisa, con una sonrisa traviesa que rara vez se permitía. Fue un destello de confianza.

Rover la miró, y algo en su interior se inclinó hacia ella, como si su presencia fuera una gravedad nueva.

—Estás... —empezó, y se detuvo.

Chisa lo miró con expectación, conteniendo el aliento.

Rover frunció apenas el ceño, incómodo con su propia falta de vocabulario emocional.

—Estás... más luminosa —terminó, como quien elige una palabra que le pareció correcta.

Chisa abrió los ojos. La frase le pegó directo en el centro del pecho.

— ¿Luminosa? —repitió, como si quisiera saborear la palabra.

Rover asintió.

—Sí. Como... cuando el cielo se baja —añadió, recordando lo que ella había dicho antes.

Chisa se quedó callada. Sus ojos se humedecieron un poco, no de tristeza, sino de esa emoción que aparece cuando alguien te ve de verdad.

—Eso fue... —murmuró—. Gracias.

Rover se aclaró la garganta, incómodo con el agradecimiento. Miró hacia un costado.

—No lo dije para que lloraras.

Chisa soltó una risita ahogada y se limpió la esquina del ojo con el dorso de la mano.

—No estoy llorando —mintió, y luego suspiró—. Solo... me estás haciendo feliz con tu sinceridad.

Rover no respondió, pero su mano, entrelazada con la de ella, apretó un poco más, como si eso fuera su manera de admitir algo que era mutuo entre ambos, aunque no lo sabían.


Poco después, ambos continuaron con su caminata. Visitaron un pequeño puente desde el cual se veía parte de Honami iluminada. La nieve caía sobre el agua oscura, y las luces se reflejaban como estrellas líquidas.

Chisa se apoyó en la baranda, mirando el paisaje con una tranquilidad que hacía meses habría sido imposible.

—A veces —dijo— pienso en lo que pasó. En lo cerca que estuve de... perderme. Y luego miro esto —señaló las luces, la nieve, la gente caminando— y me siento... agradecida.

Rover se apoyó a su lado.

— ¿Te duele recordarlo?

Chisa negó lentamente.

—No como antes. Antes era como si el recuerdo fuera una mano apretándome la garganta. Ahora... es más como una cicatriz. Está, y a veces pica, pero ya no me mata.

Se giró hacia él, y su voz bajó.

—Creo que... parte de que ya no me mata... es porque tú estuviste allí. Cuando estaba atrapada. Cuando tenía miedo. Cuando no sabía si merecía seguir.

Rover la miró, y por primera vez en la noche, su expresión se ablandó por completo.

—Yo no hice tanto. —dijo.

Chisa sonrió, y por una vez, su sonrisa tuvo algo de firmeza.

—No decides tú cuánto fue. Lo decido yo. Y para mí... fue todo.

Rover se quedó callado. La frase le cayó encima como nieve pesada. No sabía cómo responder, porque no quería minimizar lo que ella sentía. Tampoco quería aceptarlo como una medalla, porque no lo había hecho por heroísmo.

Lo había hecho porque... no soportaba verla sufrir.

Y esa verdad, al pensarla, le iluminó algo: tal vez ahí estaba el origen de lo que crecía en su interior.

Chisa respiró hondo. El frío se le subió a la nariz, y se rió.

—Por cierto esa bufanda que traes, te queda bien. —dijo, señalando la roja alrededor del cuello de Rover.

—Pero es tuya.

—Entonces... —Chisa inclinó la cabeza con elegancia—, te queda mucho mejor porque tiene algo de mí.

Rover la miró con una ceja levantada.

— ¿Algo de ti?

Chisa asintió como si fuera obvio.

—Tomalo como un regalo de mi parte y como uno de navidad. Y también tómalo como un regalo de parte de toda Honami por haberla ayudado para volver celebrar estás fechas.

Rover no supo qué decir. Pero la idea de llevar tal peso de confianza y gratitud de parte de Chisa le provocó una calidez inesperada.

—Entonces no me la quitaré. —dijo al fin, serio.

Chisa se rió, y el sonido se mezcló con el viento.


En el camino de regreso, pasaron junto a una tienda donde vendían pequeñas figuras de papel. Chisa se detuvo, mirando un estante con ornamentos: estrellas, copos, campanas.

— ¿Quieres... uno? —preguntó, vacilante.

— ¿Para qué?

Chisa se encogió de hombros.

—Solo preguntaba. Son algo lindos y me gustaría que tuvieras un pequeño recuerdo de la ciudad. Ya sabes, por si te interesa tener algo de Honami en donde sea que duermas al otro lado.

Rover miró los ornamentos. Tomó uno: una pequeña estrella de papel, sencilla, con un hilo dorado.

—Este... Si, creo que este. —dijo.

Chisa lo miró con curiosidad.

— ¿Por qué ese?

Rover sostuvo la estrella con cuidado, como si fuera frágil.

—Porque... parece... Reluciente y es como las estrellas reales —respondió con seriedad—. Ellas se iluminan en la oscuridad. Si la cuelgas donde no haya luz, entonces podrás saber dónde encontrarte, y si haya luz, brillará más.

Chisa lo miró pasmada, como si él acabara de decir algo demasiado importante. Cursi, pero también muy importante que ella entendía muy bien.

Sean cuales fueran las razones de las palabras de Rover, ella le gustaron mientras se rió un poco.

—Tú... siempre dices cosas raras. —murmuró, sonrojándose.

—No es mi intención.

—Ya sé. —respondió ella, sonriendo.

Después de un corto tiempo que se reducía a un minuto o dos, ambos habían comprado la estrella. Aunque más bien, fue Rover quien había pagado para comprarla.

Pagó rápido y salieron en seguida de la tienda.

Chisa se puso contenta de ver a Rover tan a gusto con la compra. Sin embargo, lo que no esperó fue en verlo a él, poniéndose en frente mientras la miraba.

Rover extendió la estrella hacía ella, ofreciéndola mientas la sostenía con las manos.

—Feliz Navidad. —dijo, probando la frase como si fuera nueva.

Chisa sostuvo la estrella.

— ¿Disculpa?

— ¿No es lo que me dijiste? —Rover preguntó con ironía—. Que que en estás fechas es para regalarle un regalo a las personas importantes.

Ante tal declaraciones, Chisa no pudo contener su rubor de su rostro, dejándola muy vulnerable.

—Creí que te lo llevarías. —murmuró con timidez.

Ante la respuesta de las dudas de la chica, Rover señaló con su mano, la pequeña prenda que llevaba en su cuello.

—Ya tengo tu bufanda, así que, no hay problema.

Chisa parpadeó los ojos.

— ¿Piensas llevarte mi bufanda? —le miró curiosa.

— ¿Eh? ¿Acaso no me lo estabas regalando?

La idea cobró sentido en la mente de Chisa. No lo había pensado o tenido tales intenciones, pero la idea ahora empezó a ser algo fuerte en su mente y su sonrojo se hizo mucho más notorio. Ya no solo por el calor de su cuerpo contra el frío, sino por la vergüenza.

El saber que Rover había pensado y aceptado la bufanda como un regalo fue... emocionante.

No sabía que hacer.

— ¿Acaso me vas a dejar inmune contra el frío? —preguntó en un tono bromista, pero sin perder parte de su vergüenza y timidez.

Ahora sí parecía que Rover se lo pensó un poco y realmente comenzó a reconsiderar lo de la bufanda.

Chisa también había pensado lo mismo cuando lo vio, pero rápidamente se le acercó. Le tomó la bufanda para reacomodarla.

—Estaba bromeando, no tengo nada en contra que la tengas —susurró con el rostro muy sonrojado mientras sus ojos brillaban junto a las luces a su alrededor.

Tan pronto como ella se quedó un momento reajustando la bufanda en el cuello de Rover. Ella lo miró a los ojos mientras sus rostros se empañan con el aliento caliente que se expulsaba al suspiro del otro.

—Feliz Navidad. —repitió las mismas palabras con cierta timidez.

Después de eso, ambos se pusieron un poco rígidos ante la cercanía del otro, pero sin perder la calidez que iban sintiendo en el pecho.

No dijeron nada en el resto del camino rumbo a la cafetería.

Chisa simplemente se quedó callada y se dejó llevar por el momento mientras tomaba la mano de Rover como antes. Él la aceptó, brindando ese calor que la bufanda le estaba proporcionando.

Si ella tenía frío, él quería brindarle ese calor.


Cuando llegaron cerca de la cafetería, la noche ya estaba más quieta. Las ventanas del local brillaban con calidez. Se escuchaban risas, y el ruido de tazas. Namipon, seguramente, estaría satisfecho con la clientela.

Chisa se detuvo justo antes de la entrada. Su mano seguía entrelazada con la de Rover, y por un segundo pareció dudar, como si no quisiera que ese momento terminara.

—Gracias —dijo otra vez, bajito—. Por venir. Por caminar conmigo —su voz se quebró un poquito—. Por todo.

Rover la miró. La bufanda roja seguía en su cuello. La nieve caía sobre el cabello de Chisa como si la estuviera coronando con pequeñas estrellas.

—Lo hago porque realmente no quiero que estés sola. —dijo él, con certeza.

Chisa tragó saliva. Levantó la vista, y sus ojos se encontraron. Había un silencio que no era vacío: era un puente.

Rover dio un paso más cerca, despacio, como si no quisiera asustarla. Chisa no retrocedió. De hecho, se quedó. Su respiración tembló, pero su cuerpo no huyó.

—Chisa... —dijo Rover, y su nombre sonó como una promesa.

Chisa se estremeció.

— ¿Sí?

Rover levantó una mano, dudando un segundo antes de tocarle la mejilla con los dedos, apenas. El contacto fue sorprendentemente suave. Aún cuando usaba los guantes, sentía la suave y calida sensación de la piel de Chisa.

El contacto de la mano y la cercanía de Rover le había erizado la piel y una corriente le recorrió todo el cuerpo como un rayo cálido.

—Si no te importa... ¿No tienes un problema con que siga viéndote a ver cómo te sientes?

Ella mantuvo silencio. Oyendo lo que él decía mientras sus ojos se iban agrandando un poco.

—Quiero... seguir viniendo. No solo para comprobar que estés bien. Sino porque... —se detuvo, y por primera vez en la noche, pareció vulnerable ante ella— ...cuando estoy aquí, contigo, me siento mucho más relajado. Y siento que puedo en olvidarme de todo lo demás mientras estoy a tu lado.

Chisa lo miró con ojos grandes, y una emoción dulce le llenó el pecho.

—Yo también —susurró—. Contigo... Ya no siento miedo en pensar en el pasado y solo me inspira a pensar sobre mi futuro... En que pueda en tener uno... y si estás tú en él... sería mucho mejor, senpai.

Rover la sostuvo la mirada un segundo más. Y entonces, como si hubiera tomado una decisión que no necesitaba más análisis, se inclinó.

No fue un beso rápido ni dramático. Fue lento, cuidadoso, preguntando sin palabras.

Chisa cerró los ojos y respondió con la misma suavidad. Sus dedos apretaron los de Rover, y por un instante, todo lo que había sido dolor en Honami se convirtió en algo distinto: en un lugar donde era posible empezar.

Cuando se separaron, Chisa estaba roja otra vez, pero esta vez su rubor venía acompañado de una sonrisa luminosa.

Rover la miró, y sin querer, le devolvió una sonrisa pequeña, rara en él.

— ¿Por qué esa cara? ¿Acaso soy bueno besando? —preguntó, con una seriedad que hizo que Chisa se riera.

—Puede ser —dijo ella—. ¿Y que hay de mí? ¿Yo también lo soy?

Rover asintió, como si esa respuesta fuera suficiente para complacer la curiosidad de Chisa.

Tenía el impulso en volver unir sus labios con los de ella, pero seguía haciendo frío. Él podía soportarlo, pero no Chisa, así que decidió en llevarla adentro del local.

Entraron al café juntos. Namipon los vio desde el mostrador y casi se le cae una taza cuando los vio tan unidos y tomados de la mano. Los capibaras se movieron como si estuvieran celebrando silenciosamente.

Chisa por primera vez en mucho tiempo, sentía que Honami ya no era un lugar tan malo... No cuando tenía a Rover con ella.

Y por primera vez en mucho tiempo, no sabría que volvería a disfrutar de la navidad o del invierno. Sin embargo, está vez no estaría sola.

Tenía a alguien con ella que estaba segura que nunca la dejaría sola.

 

 

 

FIN



 

Notes:

Bueno, con esto ya doy por terminado este One-Shot de Wuthering Waves.

Es mi primer proyecto/historia en este fandom, así que espero que esta pequeña historia haya sido del agrado de muchos.😆

Como dije al principio; no soy tan experto en la historia de WuWa y tampoco voy al día como para estar familiarizado con la historia de Chisa, pero supe lo suficiente para hacer la historia.😗

Cómo era un pedido, tenía que hacer un poquito de investigación para hacerla.🤓

Y sinceramente estoy feliz de haber hecho uno de Chisa. Era de los personajes que MAS me hacía ilusión de tener en el juego. Y cuando regresé después de mucho WuWa (más que nada porque no tenía donde correrlo bien), gané el 50/50 en su banner... Fue una buena bienvenida de vuelta.✨🥺🛐

En fin, espero que les haya gustado. Y puesto que quien me hizo el pedido de este Rover x Chisa, hizo otras sugerencias, pero no podía cubrirlas a todas por mucho trabajo que tengo, así que, les dejo a ustedes escoger si desean cuál les gustaría que sea el siguiente ship que le haga una mini historia. Cualquier sugerencia es valida.

¡Nos leemos hasta la próxima!

¡Sayo!