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La noche calurosa del martes 30 los había llevado a cenar y quedarse en casa, no había ninguna fiesta que les llamara tanto la atención como para salir de allí.
El sol, la arena y la actividad física nadando en el mar los había dejado exhaustos.
Se habían despedido de sus otros amigos después de la merienda y pasaron el resto de la tarde y la noche charlando en el balcón, con unas birras de por medio, haciendo un balance de lo que había sido ese año para ellos, toda la gente nueva que se había sumado y lo que eso significaba para su futuro.
Agustín, Lautaro, Manuel y Santiago eran los cuatro que compartían ese departamento, implícitamente las parejas que compartirían habitación estaban delimitadas desde hacía tiempo.
Manuel y Agustín por un lado y Lautaro y Santiago por el otro.
Antes de que el reloj marcara las doce, dando paso al último día del año, Balzano avisó que se iría con una chica que había conocido en uno de esos días de playa y que no lo esperaran, porque no volvería esa noche.
Los otros tres volvieron a su cotidianeidad, no tenían demasiado de qué hablar, vivían juntos, salían juntos y, ahora, vacacionaban juntos. Era inevitable que, en algún momento, se acabaran los temas de conversación.
Era en esas situaciones donde Santiago siempre tenía algo para decir, esta vez no sería la excepción.
—Ey, no saben lo que me contó Nico — empezó el castaño refiriéndose a un amigo que vacacionaba con ellos —. Dice que en el departamento en el que están ellos escucharon cosas raras. Que anoche cuando se estaba por dormir escuchó que le golpearon la puerta del cuarto, pero fue a ver y no había nadie.
—Una línea menos para la próxima.
Lautaro bromeó al respecto, era la única forma que encontraba para lidiar con ese tipo de historias. Odiaba hablar de cosas paranormales, internamente rogaba para nunca encontrarse en una situación así, porque sabía que la única salida sería morirse de un infarto. Demasiado tenía con las pesadillas que lo acechaban, no soportaría algo tan real como lo que contaba su amigo.
—Dale, tarado, es en serio. Dice que esta mañana cuando estaban desayunando se abrió sola la ducha. Están re cagados.
Cuando Santiago terminó su breve relato inició una conversación entre los tres sobre si esas cosas realmente existían o no, no es que quisieran experimentarlo, pero tenían la duda.
Alrededor de las dos de la mañana, después de tocar todos los temas de conversación que se les ocurrieron, decidieron que ya era suficiente y cada uno fue a su habitación.
Lautaro era el que más inquieto se había quedado, no lo demostraba, como muchas otras cosas, pero por dentro la ansiedad lo corroía.
Intentó dormir, no pudo. Abrió Twitter, lo cerró. Abrió Instagram, lo cerró. Abrió TikTok y también lo cerró después de unos minutos. Nada lo calmaba. Intentó dormir, cerró los ojos, contó hasta cien. Nada.
Trató un par de veces más, perdió la cuenta del número en que iba, pero en algún momento el sueño lo alcanzó.
—¿Manu?
Lautaro estaba en un lugar frío, todo oscuro, ni siquiera veía sus manos. Lo primero que pensó fue en llamar a Manuel, como siempre, él siempre lo salvaría.
Esta vez no.
—Manuel no está. Manuel se fue. Manuel te odia.
Una voz grave, que no había escuchado nunca y tampoco sabía de donde salía, erizó todos los vellos del cuerpo de Lautaro, jamás una simple frase lo había alterado tanto como esa.
¿Cómo que Manuel no estaba? ¿A dónde había ido? ¿Lo odiaba?
Estaba aterrado. Se quedó muy quieto en el lugar que estaba, quería llorar, pero vio una luz a unos metros de él. La adrenalina se disparó por su cuerpo y corrió hacia ella, no sabía lo que era, pero la luz era mejor que la oscuridad que lo consumía.
Cuando llegó a ella, con el corazón desbocado, se dio cuenta que estaba en casa, el departamento que compartía con sus amigos. Sintió el alivio en su pecho, pero no le duró demasiado.
La casa estaba vacía, no había gente, no había muebles, no había nada.
—¡Moski!
Esa era la voz de Manuel. Lautaro corrió desesperado por todos lados. Revisó los cuartos, la cocina, los baños, hasta el balcón, pero no había rastros de su amigo.
—¡¿Dónde estás, Manuel?!
—¡Moski ayudame!
Sonaba angustiado, la voz ahogada, como si hiciera un esfuerzo sobrehumano para llamarlo. Quiso correr otra vez, buscar donde estaba, pero los pies le pesaron demasiado y no pudo hacer ni un paso. Otra vez esa voz.
—Manuel no está, no lo vas a ver nunca más.
Y de repente un cambio de escenario.
Estaba en la casa de la madre de Manuel, en ese cuarto que había sido testigo de sus comienzos juntos, se sintió en casa, a salvo otra vez. Caminó hacia la cama con una sonrisa, se sentó, miró hacia el frente y en ese momento el morocho entró al cuarto. Intentó levantarse, feliz de verlo, pero no pudo.
Sintió miedo, el otro se acercaba a él con una mirada feroz, se paró en frente suyo, pudo ver las lágrimas y el odio en sus ojos. Lautaro no podía hacer nada, estaba desesperado, quería hablar, quería moverse, pero su cuerpo no respondía.
—Te odio, me arruinaste la vida. No quiero verte nunca más.
No entendía nada, ¿cómo que lo odiaba?
Cerró los ojos, los apretó fuerte, rogando a Dios, al universo o a quien sea que pudiera escucharlo que todo sea un sueño.
Entonces despertó.
La respiración agitada, el corazón desbocado, el cuerpo inmóvil. Por favor otra vez no. Imploró mentalmente.
Miró a su alrededor, adecuando sus ojos a la tenue luminosidad del lugar, tomando conciencia de donde estaba, la habitación le resultaba desconocida, miró hacia la puerta, grave error. Una sombra negra, sin rostro, se acercaba lentamente hacia él hasta pararse a su lado en la cama.
Abrió tanto los ojos que le dolieron.
Por favor que sea un sueño. Por favor que sea un sueño.
Cerró los ojos, intentó respirar, sintió el pecho arder. Se repitió como un mantra que estaba bien, que era todo era una pesadilla, que nada era real, que estaba a salvo.
Intentó ser consciente de su cuerpo, de enviar señales a alguna de sus extremidades para que lo ayudaran a moverse. No supo cuánto tiempo estuvo así, hasta que, finalmente, movió una mano y después la otra. Después un brazo y luego el otro.
Sentía sus movimientos de forma robótica hasta que pudo sentarse en la cama. No había nada, solo los ronquidos de su compañero de cuarto. Otra vez su cabeza jugándole una mala pasada.
Inhaló tan fuerte que su nariz dolió y sus pulmones ardieron por el aire repentino.
Transpiraba frío, sus pies y manos los sentía como hielo, la cara caliente, la piel totalmente pálida. Tenía la garganta seca, los ojos con lágrimas.
Miró la hora en su teléfono, solo había pasado media hora desde que se durmió. Ni siquiera treinta minutos pudo su mente estar en paz.
Se levantó como pudo. La mente fija en una sola cosa. En una sola persona. Salió del cuarto desesperado. Santiago ni se inmutó, totalmente ajeno al calvario que estaba atravesando.
Llegó a la puerta del cuarto contiguo al suyo, se debatió si golpear o entrar directamente, se decantó por la segunda opción.
Allí estaba Manuel, desparramado en la cama, abrazando una almohada, alumbrado solo por la luz de la luna que se filtraba por la ventana. Cuando sintió la puerta abrirse levantó la cabeza y abrió un ojo.
La imagen que lo recibió lo asustó. Lautaro estaba estático en la puerta, con medio cuerpo dentro de la habitación, la mirada fija en él.
—Moski — lo llamó, incorporándose en la cama —. ¿Qué pasó? ¿Todo bien?
—¿Puedo dormir con vos?
—Sí, obvio. ¿Querés dormir en la cama de Balza?
—No, con vos.
Manuel no dijo nada, sabía que algo le había pasado. Le hizo un lugar a su lado.
El rubio cerró la puerta, tomó una respiración profunda y se acercó. Se acostó a su lado, boca arriba, mirando un punto fijo en el techo, sabía que si lo miraba rompería a llorar.
—Lauti, estás temblando — habló preocupado —. ¿Qué pasó?
Le puso una mano en el pecho y empezó a acariciar allí, el rubio cerró fuerte los ojos y apretó la mano que lo tocaba. Estaba helado, no sentía frio, pero tiritaba, respiraba fuerte intentando contener las lágrimas que amenazaban con salir bruscamente.
—Estás helado.
Manuel se acomodó mejor, se recostó de lado, el codo apoyado en el colchón y una mano sostenido su cabeza, la otra siendo el apoyo que su amigo necesitaba. Lo había visto así otras veces, no fue muy difícil deducir lo que ocurrió.
—¿Otra parálisis de sueño?
Lautaro no contestó, solo se limitó a asentir.
—Ya está, Lau, estás bien, estás conmigo. No pasa nada, solo fue un mal rato.
Manuel habló con una tranquilidad impropia de él, con una suavidad que desarmaba a cualquiera. Le dejó un suave beso en el hombro.
Mentiría si dijera que no extrañaba tener a Lautaro de esa manera. Deseaba que sea en otra circunstancia, pero eso le valía por el momento.
Desde que habían vuelto a vivir juntos, las cosas habían cambiado, el trato no era el mismo de antes y, aunque, trataba de parecer normal, la realidad era que le dolía.
Le dolía no poder tener el mismo contacto que solían tener. Le dolía no poder acariciarlo sin que Lautaro quisiera escapar. Le dolía no poder darle más besos, más abrazos. Sabía que la había cagado diciendo todo lo que dijo, diciendo que estaba enamorado de él.
Pero era la verdad. Nunca había mentido al respecto.
Cada día que pasaba era una tortura, el recuerdo silencioso de que Lautaro nunca sentiría lo mismo. Que nunca tendrían una vida juntos más allá de la amistad y el trabajo compartido. Que nunca tendrían la casa que en algún momento soñaron. Que no tendrían los hijos que habían fantaseado en momentos felices, ni los perros ni los gatos ni nada.
Todo era imposible ahora.
Lautaro se escapaba, huía de él apenas tenía la posibilidad y no lo diría, pero eso lo mataba por dentro.
Pero también pensaba que eso sería lo mejor, una amistad duraría toda la vida, una relación amorosa no, o tal vez sí, nunca lo sabría.
Sintió el corazón de su amigo calmarse bajo su tacto, el calor volviendo a su cuerpo poco a poco, la respiración ralentizándose. Y en ese momento lo recordó. Recordó cuando había empezado a sentir algo diferente.
Y en realidad había la cosa más sencilla del mundo.
Fue en una madrugada calurosa de enero. Estaban sentados en el balcón de la casa de su mamá. Hacía poco habían vuelto del viaje por Estados Unidos con el que habían alcanzado su pico de audiencia. Hacía una hora habían cortado stream.
La brisa veraniega los acompañaba en la charla que sostenían sobre las cosas que querían hacer ese año. Mudarse a una casa nueva era el objetivo principal, hacer más viajes, probar distinto contenido, ver con qué se sentían más cómodos.
—Yo confío en vos. Creo que nunca confíe tanto en alguien — empezó Lautaro —. Sé que lo que propongas va a tener éxito, porque siempre vas a fondo y no paras hasta que sale como querés.
Manuel lo miró con tanto cariño como nunca había mirado a ninguno de sus otros amigos, ni siquiera a los amigos que tenía desde la infancia.
La luz de la luna pegaba de lleno en el rostro de Lautaro, parecía un ángel, una figura inmaculada, algo tan etéreo que si no lo tratabas con delicadeza podría romperse. La máxima belleza, que había visto jamás, personificada en un hombre. En un hombre que amaba.
Lo amaba, sí, lo sabía. Pero esa noche supo que no era amor fraternal. No sabía cómo definirlo, solo sabía que ese amor lo llevaba a querer fundirse en él y ser uno para siempre.
No quería que nada ni nadie lo lastimara, mataría a cualquiera que se atreviera. Si tuviera que pelearse con todo un país por él, lo haría sin dudar. Se veía tan frágil, tan delicado, tan suave que nadie pensaría que era el más fuerte de los dos.
Nadie sabía que Lautaro lo había salvado de mil maneras posibles, ni siquiera él, se había convertido en su sostén, en su apoyo incondicional. Si alguna vez lo dejaba se llevaría todo con él.
Si alguna vez lo perdía, Manuel sería un cuerpo vacío, sin alma, sin nada.
Fue ahí cuando se dio cuenta que se había enamorado irremediablemente de su mejor amigo.
Esa revelación le aceleró la respiración y el corazón latió tan rápido que tenía miedo de que se escuchara. Un nudo se instaló en su garganta, quería llorar.
Sintió el impulso de tocarlo, le picaba la mano por tocarlo.
Lautaro estaba absorto mirando las estrellas, ajeno totalmente al caos que se acababa de desatar en la vida de Manuel. Ajeno a que se había cruzado un límite del que era imposible volver y solo generaría angustia y dolor.
Estiró la mano y con el dorso inició una caricia en la mejilla, se detuvo, se sintió demasiado vulnerable, expuesto. Cambió ese toque suave por una mano en el pelo rubio logrando despeinarlo. Lautaro rio.
—¿Qué haces? Salí — reclamó dándole un manotazo juguetón.
—Gracias.
—¿Por qué?
—Por confiar tanto en mí. A veces ni yo confío y vos nunca dudaste.
El rubio lo miró con ternura. Se limitó a darle una palmada suave en el hombro.
Una voz lo devolvió al presente, había quedado atrapado en el recuerdo de la noche en que todo cambió para él. Lautaro le contaba lo que había soñado y como eso le había provocado una parálisis del sueño.
Manuel volvió a centrar la vista en él, la luminosidad de la calle y la luna lo iluminaban de forma tenue, cuando vio el brillo de una lagrima caer por su sien la limpió con delicadeza. Una vez que el otro se calmó, se acomodó mejor y apoyó la mejilla en su hombro, escondió la cara en su cuello e inhaló el aroma tan característico que desprendía.
El aroma natural de Lautaro era algo que le encantaba, era suave y se mezclaba con los olores del shampoo y el perfume que usaba, convirtiéndose en uno de sus aromas favoritos.
—Ya pasó, gordo. Fue un mal sueño. Yo nunca te voy a dejar, mucho menos podría odiarte.
—¿Me lo prometes?
—Sí. Igual ya te fuiste, hijo de puta, y no te moriste.
Lautaro sonrió, soltando el aire contenido. Manuel se sintió pleno, quería quedarse en ese momento para siempre. Abrazado a la persona que amaba.
—Mirame — pidió alejándose unos centímetros, Lautaro obedeció y giró el cuerpo, quedando enfrentados —. A mí me cambió la vida con vos, nunca te odiaría y mira que lo intenté.
—¿Cómo que lo intentaste? Nunca me dijiste eso — interrumpió el rubio.
—Porque nunca hablamos del tema, pero cuando te fuiste a Dubái, las primeras semanas estaba triste y, encima, la gente nos puteaba, así que intenté odiarte, creí que así iba a ser más fácil que se me pase la tristeza, pero no pude.
Manuel hablaba tan bajo, casi susurrando, como si no quisiera que su confesión saliera de aquel espacio ínfimo que los separaba. Se sentía protegido con la habitación casi a oscuras.
—Hay un montón de cosas que no hablamos — reflexionó Lautaro.
—Ya sé. Es complicado, pasó de todo.
—¿Te arrepentís de algo?
—De no haberme dado cuenta que estabas mal, de no haberte escuchado.
—Ya pasó eso, Manu, no te castigues más, fue mala comunicación de los tres. — se debatió si seguir preguntando o no, pero se dio cuenta que si no lo hacía en ese momento, no lo haría más —. De todo lo que pasó después, ¿te arrepentís de algo?
Lautaro hablaba igual de bajo que Manuel, no quería romper la burbuja que habían creado. Siempre había sido así, aunque estuvieran en una habitación llena de gente, encontrarían el momento de tener su espacio. Pero esta vez estaban a solas, podía sentirse la tensión crecer en el aire.
—No, de nada. ¿Vos?
—Tampoco.
Desde que había escuchado a Manuel decir que estaba enamorado de él, su percepción de las cosas había cambiado. Empezó a ver de forma distinta situaciones que antes le parecían normales, pero no lo eran, con ningún otro amigo tenía lo que tenía con él.
Volvió esperando hablar el tema. No con la esperanza de que pasara algo más, sabía que ninguno se animaría, pero al menos dejarían las cosas claras. Esperaba que Manuel le dijera que todo había sido para subir los números, que todo era mentira, que nunca se enamoraría de él. Al menos de esa forma no sentiría el cosquilleo en su estómago cada vez que su amigo estaba cerca, cada vez que lo tocaba, lo abrazaba, lo besaba.
Sin embargo, nada de eso pasó y ambos esquivaron el tema, todo se había vuelto raro, no volvieron a tocarse como antes, los movimientos eran medidos, ni siquiera podían sostenerse la mirada.
Eso los estaba matando, pero ninguno tenía el coraje para dar el primer paso.
Hasta esa noche.
—¿Por qué preguntas si me arrepiento de algo?
—Porque se dijeron muchas cosas, no sé si algo te molestó. Hubo mucho revuelo, mucha gente hablando, capaz te arrepentiste de algo que dijiste o hiciste.
Manuel sabía que ya no podía mentir, era decir la verdad y ponerle el pecho a la situación o dejar morir todo. Al menos si hablaba tendría una respuesta concreta.
—No me arrepiento de nada, todo lo que dije es verdad.
Sintió el calor subir por su cuerpo, le dieron ganas de vomitar, sabía hacia donde se dirigía esa conversación y ya no había vuelta a atrás.
—Dijiste que estabas enamorado.
Silencio.
Lautaro contuvo la respiración, no sabía si había arruinado todo, si Manuel lo correría del cuarto o se reiría en su cara, pero eran amigos, de una forma u otra se resolvería. El sueño que había tenido lo hizo darse cuenta de que se moriría si lo perdía. Si Manuel se iba como él lo hizo, no podría continuar. Pero tomó el coraje necesario porque solo necesitaba escuchar algo que lo sacara de la duda eterna en la que vivía desde hacía semanas.
—Sí... eso también era verdad.
Los segundos siguientes fueron una tortura para Manuel, el corazón le latía demasiado rápido, sentía que iba a desmayarse. Estaba teniendo su mayor momento de vulnerabilidad en un cuarto a oscuras, lejos de casa, en una cama ajena, pero con un cuerpo conocido que lo reconfortaba.
—Decí algo, por favor, lo que sea — habló suplicante, casi ahogado, la voz demasiado grave, casi inaudible.
Lautaro no dijo nada.
Esperaba cualquier cosa, pero que Manuel reconociera que estaba enamorado, no era una de ellas. Estaba jugado, solo se había metido allí, ahora no podía echarse para atrás. Sentía que esos ojos verdes que tanto le gustaban lo miraban de una forma que quemaba. Entonces habló, con la verdad.
—Yo también.
—¿Vos también qué?
Las voces estaban cargadas de sentimientos, de miles de palabras no dichas. Los silencios parecían eternos para dos personas que se estaban jugando la vida en ese mismo instante.
Lautaro dejó de pensar y lo besó.
Solo un toque de labios, un pico.
Unos segundos y se separó.
—Perdón.
—¿Te arrepentís?
—No.
Esas palabras fueron suficiente para Manuel.
Lo tomó de la cintura, lo pegó a él y volvió a besarlo.
Al principio fue algo medido, suave, dos bocas que se juntaban por primera vez, pero que sentían conocerse de otras vidas. Los movimientos sutiles duraron poco, tan solo unos segundos después, todo fue a más.
Ambos abrieron la boca dando paso a que sus lenguas jugaran entre ellas, el ambiente se sentía caliente, húmedo, el sonido de los labios degustándose llenaban la habitación.
Lautaro puso una mano en la mejilla de Manuel, que lo tenía atrapado por la cintura. Lo acarició como quería desde hacía semanas, si había algo mejor que eso, no quería saberlo.
Cuando el aire empezó a faltarles se separaron, las frentes aun pegadas, respiraban de forma errática, los pulmones llenándose y vaciándose a una velocidad increíble.
—Era verdad que besabas bien — habló Lautaro, relajado por primera vez en horas —. Creo que me dieron celos.
Manuel carcajeó y lo apretó más contra su cuerpo, le dio un beso corto en los labios.
—No sabes hace cuanto quería hacer esto — el morocho hablaba con una sinceridad pocas veces vista, el rubio lograba desarmarlo por completo.
—Somos dos boludos.
—Sí, pero ya está. Ahora menos te vas a deshacer de mí.
—Que puto que sos, los de Twitter tenían razón.
Lautaro rio y Manuel hizo un sonido que expresaba fingida ofensa y lo atacó con cosquillas, deslizando la yema de sus dedos por todo el lateral del abdomen del rubio. Las carcajadas que emitía lo llenaban completamente, nunca se cansaría de ese sonido. Después de decenas de súplicas para que se detuviera lo hizo, subió su mano al rostro de su amigo y luego a su cabello, tan suave como seda. Lo acarició con demasiada delicadeza.
—Te quiero, Lautaro, como no te das una idea.
Manuel lo miraba a los ojos, esos ojos marrones que lo hacían sentir mil cosas con tan solo posarse en él, los veía brillar y creyó fielmente que nada lo haría sentir tan pleno como ver al rubio feliz.
—Yo también te quiero, Manu.
Se abrazaron y llenaron de besos durante horas, completamente enredados uno con otro y ajenos a lo que pasara fuera de esas cuatro paredes. Finalmente, se habían animado a dar el gran paso que lo cambiaría todo, pero eran ellos, Lautaro y Manuel, estando juntos nada podría salir mal.
Sabían que faltaban mil cosas por decir, mil cosas por hablar, pero por el momento era suficiente con lo dicho y lo vivido.
Pero sobre todo sabían que, de la forma que sea, siempre se tendrían.
Sin darse cuenta se habían convertido, no solo en el sostén del otro, sino también en su lugar de escape y en su lugar seguro. Siempre encontrarían la forma de volver a ellos, porque lo suyo no era solo de esta vida.
Siempre volverían a encontrarse porque ese era su destino.
