Chapter Text
El suave movimiento del tren era especialmente relajante, como una suave melodía cantada por su madre o el olor de una comida recién hecha... Al menos podía imaginar cómo se sentía. El afecto de sus padres nunca fue lo que un niño habría deseado: un amor desenfrenado y violento que terminaba por arrasar con todo lo bueno que había en su corazón. Le gustaba compararlo con una fogata en medio de los bosques de verano; al principio daba calor y comodidad, pero, con el tiempo, terminaría consumiendo el bosque entero si no se la controlaba. Toda la dicha que alguna vez sintió fue segada en el momento en que sus padres lo obligaron a recibir el “don sanador” de Sylvian. Resultaba irónico que la Diosa del Amor pidiera a sus seguidores cometer actos tan despreciables; solo pensar en todos los niños que se vieron sometidos a ello le provocaba arcadas. Al menos la comida era buena, probablemente el único aspecto positivo de esa vida. Muchos de los conocidos de sus padres eran chefs destacados o bartenders excepcionales, y él se deleitaba con las comidas que preparaban después de cada reunión.
La vida en la secta de los Bunnymasks fue la peor etapa de su vida; o, mejor dicho, la segunda peor. Cada día era una rutina que odiaba, no por la monotonía ni por esas nimiedades de las que sus vecinos se quejaban con un esmero casi divino, sino por lo agotadora y desagradable que resultaba. Levantarse, comer —la mejor parte del día para él—, salir al campo con sus padres mientras sostenía sus manos temblorosas, esperar a que terminaran sus “rituales” diarios —orgías que no hacían más que alimentar su enfermiza devoción hacia la Diosa— y luego regresar a casa como si nada hubiera pasado. Repetir el proceso durante semanas hasta que sus padres decidieran mudarse otra vez. Se movían con tanta frecuencia que nunca tenía tiempo para formar relaciones estables con personas ajenas al culto. Un día en Bremen; otro en Rondón, una pésima idea considerando las tensiones políticas de la época. Un mes en los Santuarios del Este; seis más en Bohemia. No se consideraba a sí mismo un políglota, pero conocía lo básico de las lenguas más importantes de Europa. Al menos eso le permitía entablar conversaciones con vecinos o empleados de las tiendas y evitar quedar atrapado en un silencio incómodo, aunque, en realidad, toda su vida era incómoda.
Algo que, ya de mayor, le pareció curioso —por no decir perturbador— era que nunca había aprendido a decir “ayuda” en ningún idioma. Una palabra tan básica, una súplica tan humana, le resultaba tan ajena como el concepto de igualdad para un esclavista. Hubo incontables veces en las que deseó gritarla en medio de la calle, rogarles a los desconocidos que lo sacaran de allí y lo llevaran a sus casas. No le importaba quiénes fueran ni qué hicieran; cualquier cosa era preferible a seguir siendo obligado a recibir una religión tan repugnante como la de sus padres. Pero no podía hacerlo, no sabía cómo.
Miró por la ventana del tren con fastidio, el día estaba brumoso para variar, desde que la guerra había acabado ni un rayo de sol se había asomado de entre las nubes. El mismo gris que rodeaba el tren, absorbía lentamente a Daan. Una broma cruel del cuento que los generales contaban a sus soldados para subir sus ánimos. Casi pudo sentir la voz de su Capitán gritando con el alma, una voz que los impulsaba a no rendirse nunca ante el enemigo y luchar con todas sus fuerzas.
—¡Después de todo esto, el sol nos recibirá con gloria y honor! ¡Hagan sentir orgullosos a sus padres y madres! ¡No hay mayor honor que luchar por su país contra los sucios cerdos de Bremen! ¡Por Rondón!— el grito resonó en su cabeza minutos después, mientras un soldado de élite le disparaba en el muslo. Arteria femoral destrozada y el fémur hecho trizas. El Capitán no tuvo tiempo de gritar más. Murió desangrándose en minutos, arrastrándose hacia Daan, quien solo pudo mirar, impotente, como su general se desvaneció ante sus ojos. Esa noche lo único que pudo hacerlo dormir fueron las cartas de su querida esposa Elise. Un detalle que siempre lograba calmar sus nervios más que cualquier cosa. Preguntaba por su trabajo, cuántos heridos había atendido hoy y qué tal estaban las lesiones. Sus compañeros médicos le decían que no perturbara a su esposa con las escenas tan sangrientas y detalladas que plasmaba en el papel, a lo cual Daan solo respondía con un "Ella me lo pide" antes de reír entre dientes y volver a tomar su pluma.
En el reflejo de la ventana, Daan creyó ver aquellos brillantes ojos amarillos que lo habían acompañado desde su infancia: dos velas persistiendo en la oscuridad. No recordaba cuándo había comenzado a escucharlo, solo esa constante sensación de ser observado, como si una sombra felina acechara su alma desdichada en busca de grietas por las cuales entrar. Aquellos ojos le resultaban casi familiares, como si estuvieran unidos a él por un lazo sanguíneo.
El hombre con máscara de gato se había vuelto especialmente insistente durante la última semana. Era como una herida que, para desconcierto de Daan, no dejaba de reabrirse.
La voz del Pocketcat, aquella criatura que hasta hacía unos años no era más que un cuento para niños, se convirtió en un susurro extremadamente irritante en sus oídos. Aun así, pese al ruido constante, logró cerrar el ojo y dejar que las olas del cansancio lo arrastraran hacia sus sueños y recuerdos...
Dos semanas después de llegar a Rondón, sus padres lo abandonaron como a los perros sarnosos que arrojan a las calles. Eligieron el culto por encima de su propio hijo; el fruto de sus actos, aquel que se suponía debía recibir amor incondicional, fue desechado para que una deidad ocupara su lugar. Un día se marcharon hacia los campos desnudos con sus máscaras de conejo, consumidos por la gloria de su Diosa… y nunca regresaron.
Como era solo un niño y no tenía con qué pagar la renta, no pudo quedarse mucho tiempo en la casa que ocupaban antes de que el casero lo echara a patadas.
—¡Nada de limosneros! —gritó el viejo antes de lanzarle una piedra al frágil niño tendido en el suelo.
Se vió forzado a vivir en la calle las primeras semanas, buscando en los basureros cualquier trozo de comida en buen estado, al menos en un estado decente. Pensó en buscar a sus padres en los bosques, tenía la esperanza de que al verlo salieran del trance y regresaran con su hijo, que le devolvieran la infancia que quemaron hasta los cimientos con su "amor". La idea fue descartada rápidamente cuando, un día en el que se había adentrado entre los árboles, escuchó el aullido de un lobo, por suerte no estaba tan lejos de la ciudad. Desde ese momento no volvió con sus intentos de rescate.
El invierno era implacable, el frío le calaba los huesos y sentía como su garganta y estomago deseaban algo caliente que beber. Se acurrucó en un callejón y dejó que la lluvia lo golpeara, ese era su fin y estaba dispuesto a abrazarlo. Pero en vez de morir bajo las gotas de agua, se despertó en una cama que desconocía, al lado tenía un tazón de comida un vaso con agua. El olor penetrante a alcohol y sudor, combinado con haber estado bajo la lluvia quién sabe cuánto tiempo, le hizo vomitar con intensidad en el cubo de basura al lado de la cama. Cayó como un saco de piedras de vuelta al colchón ahuecado en el centro, sin energías después de prácticamente liberar la mitad de su peso en jugos gástricos y lo que quedaba del desayuno.
Fue adoptado por un burdel de la ciudad, un miembro del culto a Sylvian era muy valorado por las damas de la noche, sobretodo por sus habilidades para curar las heridas que sus clientes más despreciables les propinaba. Esto era lo que quería ¿Verdad? Que alguien fuera del culto lo acogiera y le diera un hogar. Entonces ¿Por qué lloraba cada noche? Incluso de adulto le costaba responder esa pregunta.
Con el paso del tiempo se volvió sorprendentemente hábil con el don de Sylvian, logró ganarse un lugar en el burdel y ser excluido de las labores más mundanas y dedicarse a curar la flagelación de las mujeres de ahí, la sensación de ser validado era extasiante, tener algo que nadie más podía hacer le emocionaba de una forma extraña. Pasó de tener que tocar a la gente a solo hablar para poder curarlas. Pero había un inconveniente, cada vez que usaba su don por mucho tiempo las migrañas aparecían, "No de puede curar sin un precio" decía la Biblia de Sylvian, el único libro que había tocado en su vida y con el que aprendió a leer.
Una noche después de atender a más de cinco mujeres de corrido su cabeza estaba a punto de estallar, al menos así lo sentía él, se había desplomado en la cama sin fuerzas ni para levantar una mano. Pronto el sonido de una voz suave en su oído lo hizo abrir los ojos con urgencia, no había nadie en la habitación más que él. Miró a todos lados en busca de alguna señal de la presencia o de la voz. Estaba solo. Solo él y las dos luciérnagas en la ventana.
—Vaya, vaya, así que el niño doctor tiene dolores de cabeza— la voz aterciopelada río entre dientes antes de que las sombras se movieran para formar en una silla frente a Daan una figura alta si ojos —Oh, esto es vergonzoso ¡Que poco agradable resulta no tener ojos!— la figura volteó y su sonrisa se hizo más grande al ver las luciérnagas —Eso sirvió— aplaudió con entusiasmo y las luciérnagas volaron hacia donde deberían estar los globos oculares del monstruo. Luego Pocketcat le dió una fuerte palmada a las luciérnagas, que quedaron estampadas contra su rostro.
—No es necesario que juegues gato... Sé quien eres. Leí sobre ti en la biblioteca... O al menos eso creo, me quedé dormido en la página tres. Pocketcat, ese es tu nombre ¿Verdad?
—¡Él mismo! Es encantador conocerte— rió con elegancia mientras se cruzaba de piernas en la silla.
—Te dije que no jugaras... ¿De verdad te viene a los niños que capturas?— la mirada del joven analizó la figura con desconfianza, pero también curiosidad.
—¡Así que tengo admiradores! ¡Me halagas, querido!...— Pocketcat se tomó un momento para elegir sus palabras, luego de unos segundos dijo con voz burlona— Respondiendo a tu pregunta, soy el hombre del saco ¿Qué esperabas que hiciera? ¿Llevarlos al cielo?— el hombre con máscara de gato soltó una risa estrepitosa que solo pudo escuchar a Daan.
—Y... ¿Vas a comerme?— Daan miraba los ojos amarillos de la máscara, algo en esa sonrisa y esos bigotes le causaban repulsión, como cuando las hormigas rechazaban las hojas que Daan les ofrecía por aburrimiento, su aspecto no denotaba peligro, pero aún así se rehusaban a tomarlas, tenían miedo de esas hojas. Así mismo con el Pocketcat.
—Oh querido, ese duele— se llevó una mano al pecho con dramatismo— No te comeré, solo hago eso con los niños que se pierden en los bosques. Tú eres más interesante que una criaturita estúpida que salió sola en busca de aventuras...— la nariz del Pocketcat se arrugó por un momento mientras olfateaba el aire— Tienes ese je ne sais quoi ¡Me encanta! Es un aroma tan... No sé cómo explicarlo... Vacío, si eso es. Es fascinate ver a almas tan jóvenes y tan fragmentadas al mismo tiempo— el hombre del saco resopló divertido al ver como Daan apartaba la mirada con un gesto repentino— ¿Toqué una fibra sensible?
—Vete, estoy cansado. Y si no vas a comerme no tienes que estar aquí. Ni siquiera entiendo la mitad de lo que dice—se envolvió en la manta como un escudo protector contra la mirada penetrante del hombre con la máscara. Pero el escudo no pudo protegerlo contra el tacto de su mano. Los músculos del joven se tensaron al instante en cuanto sintió el suave guante de Pocketcat contra su hombro, el aliento pegaba directamente en su oído, como un animal saboteando a su presa— ¿Qué...?
—Veo que te gusta ir al grano. Bien, entonces no hace falta más formalidades ni presentaciones, ni mucho menos la delicadeza que estaba intentando tener contigo. Vine aquí para ofrecerte un trato. Estás pasando por mucho, demasiado para un niño, quiero decir; Demonios, vive literalmente en un sitio lleno de putas. Déjame arreglar eso... Me llevaré todas tus cargas si aceptas mi oferta...
—Deja de hablar en códigos...— su pecho subía y bajaba con un ritmo alarmante, sentía como el corazón podía salir disparado de su pecho en cualquier momento— Todo lo que dices es un sin sentido, si no tienes nada mejor que decir vete ahora... Por favor.
—Lo siento, viejas costumbres no se olvidan fácil— el Pocketcat sacó una máscara y una chaqueta idénticas a las de él— Mi señor mi amor y vida; el Dios embaucador lunar, es muy poderoso sin duda, pero necesita sirvientes nuevos para reemplazar a los viejos de vez en cuando. La magia no puede mantener vivo a alguien por siempre ¿Sabes?
— ¿Qué significa eso? ¿Quieres que me convierta en un cultista?— que amarga jugarreta del destino sería esa, salir de una secta para entrar a una que sonaba mucho peor.
—Así es, bueno, más o menos. Te he escogido a ti para que tomes mi lugar. Sería como morir, pero sin las partes agonizantes ni el dolor, solo la calma de la inexistencia. ¿No es maravilloso~? Todas tus cargas y molestias, todo se iría en un instante, con unas miserables tres palabras.
—Yo...— estuvo a punto de aceptar el trato, pero recordó que tenía mujeres que consideraban sus amigas que dependían de él, eso fue motivación suficiente para resistir— No quiero nada que ver contigo— sintió como la risa de Pocketcat tomaba un tono más divertido mientras le pasaba una mano por debajo de su ojo izquierdo.
—Está bien, no todos están listos para aceptar la felicidad. Pero la oferta sigue en pie. Solo dí las palabras mágicas y ahí estará en un instante— pellizcó suavemente su mejilla, y así como llegó se fue.
Cuándo despertó a la mañana siguiente por el toque de una de las mujeres solo pudo emitir un sonido carrasposo y desalinado. Su sueño había sido intranquilo, lleno de imágenes extrañas de la luna y un gato negro bajo la luz del astro. La mujer lo sacudió con más fuerza
—Te están buscando... Un tal Eihner quiere hablar contigo— la mujer miró divertida como Daan abría lentamente sus ojos, estaba claro que no tenía ganas de nada.
—He repetido mil veces que no soy una prosti y que no voy a coger con viejos por dinero, dile que se vaya al diablo oa un psiquiatra porque si quiere conmigo está enferma, tengo trece— intentó volver a acomodarse en su almohada, pero se despertó casi al instante cuando la palma de la mujer impactó en su mejilla— ¡Ya voy! Por All-mer que carácter tienes— se levantó con dificultad de la cama y se arregló lo mejor que pudo con la ropa que había logrado sacar de la antigua casa.
—Y eso? Nunca habría dicho que eras religioso con esa lengua tuya. Casi diría que eres un chico decente—su voz se transformó en una risita suave que llenaba la habitación.
—Es solo una expresión, nada más. All-mer también se puede ir al diablo—sonriendo de manera astuta y salió de su habitación hacia la planta baja del burdel.
Era temprano por la mañana, por lo tanto no había muchos clientes, solo había un hombre de unos cuarenta años en la sala de estar. Botas altas, chaqueta elegante y sobrero. Si, ese tipo era aristócrata. Daan pudo observar antes de acercarse a él las miradas divertidas de las mujeres a su alrededor, rodó los ojos molestos para luego sacars la lengua de un modo infantil antes de sentarse al lado del hombre de manera definitiva.
—Tú debes ser Daan— dijo el hombre con tono neutral, casi indiferente.
—Y usted debe ser Eihner... Escuche señor si usted está interesado en ese tipo de cosas, no le voy a dar nada.— arqueo una ceja cuando escuchó la risa suave que salió de los labios del hombre.
—Oh no, no, eso sería horrible, un acto abominable digno de la pena más grande. Vengo aquí por otro motivo. Mucho más civilizado que profanar a un alma inocente.— la risa solo se volvió más suave cuando vio como Daan arqueaba una ceja.
¿Y cuáles serían esos motivos civilizados según usted? Está en un burdel si no se ha dado cuenta.
No hay motivo más nobles que la búsqueda de conocimiento. He escuchado sobre tus habilidades con la sanación y estoy interesado en ello.
—Así que no está interesado en esas cosas... Menos mal, me había asustado— Daan rio más relajado—... ¿Cómo se enteró de lo que hago?
—Un don así no pasa desapercibido por mucho. Pensé en mandarte una carta pero temí que alguien más viniera a preguntarte y decidió venir en persona... Quiero conocer tus métodos, la forma en que logras sanar solo con tus palabras— el hombre lucía sincero, tenía un brillo en los ojos de curiosidad y fascinación que Daan solo había visto en niños pequeños cuando exploraba. Aunque la postura tan inmaculada le causaba escalofríos, nunca había conocido a nadie igual. Algo en su aspecto denotaba intenciones ocultas, o tal vez era que el tipo simplemente no pertenecía a ese lugar.
—Oh... ¿Y por qué debería? Nada es gratis en la vida. Todo tiene un precio: se cruzó de brazos a la defensiva. Repitió casi de forma inconsciente las palabras del libro que tanto odiaba.
—Tch, chico difícil ¿Eh? Bien....— Eihner se acercó más a Daan para que la conversación fuera más privada— Los dos sabemos que este no es el mejor lugar para alguien de tu edad, además de que tú no pareces demasiado a gusto en este sitio ¿Verdad?— miró a Daan con una expresión neutral como la del inicio de la conversación— Te ofrezco un trato, tú me enseñas y yo te dejo venir a vivir a mi mansión como mi empleado. Este nido de ratas glorificado no se puede comparar con las comodidades de mi finca.
Daan solo pudo pensar con fastidio: "Genial, otro trato". Pero la idea le resultó tentadora, vivir en una mansión, aunque fuera como mayordomo era una mejora significativa en su estilo de vida. Apreciaba a las mujeres del burdel, pero no lo suficiente como para seguir en ese pozo de miseria toda la vida, sin embargo no pudo evitar sentir una opresión en su pecho al pensar aquello, abandonarlas a su suerte... Se tomó un momento para analizarlo con detención. Sus modales eran refinados y su aspecto era ciertamente como el de cualquier noble que había visto, el olor a vainilla contrastaba casi de manera insufrible con el brandi y el tabaco del burdel. No había ni una sola mancha o arruga en su abrigo. "El trabajo en su casa debe ser exigente", pensó Daan. Con un suspiro largo y exagerado miro a los ojos del hombre.
—Es usted bueno negociando señor Eihner... Pero sinceramente no veo el motivo por el cual confiar en usted. Porque no creo que un señor tan refinado como usted se rebajara a buscar en este, y cito, nido de ratas glorificado.
—Escucha muchacho, te estoy dando la oportunidad de una vida mejor. Muchos matarían por lo que te ofrezco, así que no seas irreverente y toma esto con seriedad.— Eihner se sintió como la mirada de Daan se endurecía y adoptaba una postura defensiva, colocándose las manos en los bolsillos y frunciendo el ceño— Oh disculpa por mi crudeza, pensé que sería más efectivo hablar sin rodeos...
—No se preocupe, estoy acostumbrado. Pues... El trato es atractivo y sería una estupidez rechazarlo... Solo deme tiempo para despedirme.
—Entonces volveré por la tarde para recogerte. Sino estás listo para entonces me iré sin ti... Puedo ver qué siente culpa por dejar atrás a estás mujeres ¿No?
—Solo los insensibles no sentirían culpa por alejarse de las personas que lo ayudaron... ¿Podría pedirle un favor?
—No es necesario que lo digas, sé lo que quieres. Adiós, Daan, las mujeres estarán bien, me encargaré yo mismo de eso—Eihner dió media vuelta y se fue.
Después de la tensa charla con Eihner subió a las habitaciones y se recostó nuevamente en la cama, cerró los ojos contra la almohada y se perdió en sus sueños. No logré dormir ni quince minutos cuando una de las mujeres, la más joven, lo despertó con una suave sacudida. Daan el miro con somnolencia y luego con preocupación cuando una gota de sangre cayó en su mano.
—¿Cliente difícil?— dijo con tono tranquilizador mientras se incorporaba en la cama, usar el don de Sylvian siempre era más fácil cuando ambas partes, el que recibe y el que da, están calmados. La mujer no dijo nada mientras temblaba al borde de las lágrimas—Oye, tranquila. Dame un momento y estarás como si nada— Daan se acercó al oído de la joven y comenzó a susurrar las palabras de un idioma olvidado, pero tenía algo de certeza sobre el significado de los balbuceos, eran en un tono dulce y suave como la seda, igual que una madre hablando con su hijo. Cuando hubo terminado se alejó de ella y se volvió a recostar en la cama— ¿Te sientes mejor?
—Sí... Gracias Daan— la mujer se sentó en la cama junto al cuerpo inmóvil del niño.
—No hay de qué, para eso estoy...— Daan abrió la boca para decir algo más, tenía planeado decirle lo que había visto anoche. La figura alta del gato aún le daba escalofríos. Pero ella lo detuvo..
—Escuché tu conversación con el Barón. No es necesario que me lo cuentes—consideró mal, para variar, lo que Daan pensaba. Aunque hablar de otra cosa le reconfortaba al sectario.
—Asi que es un Barón... Interesante, eso solo hace más gracioso que pisara este lugar. ¿Cuánto apuestas a qué Hilda presumirá de eso en cuanto pueda— Cambió su tono de voz a uno más agudo y estridente— Oj oj oj, el mismísimo Barón Eihner ha venido a nuestro local, otra razón más por la cuáles nosostros somos un mejor establecimiento que el resto de lugares de mala muerte ¡¿Escuchaste eso Collete?!— ambos rieron entre dientes, disfrutando de un momento de calma después de las heridas y la tensión.
—Eres pésimo imitando, tu voz es demasiado áspera como para imitar a Hilda— la joven le dió un codazo juguetón— Te voy a extrañar... Pero también es agradable pensar que te irás.
—Auch eso duele— se llevó una mano al rostro con falsa indignación.— Parece que mi ayuda aquí no es tan apreciada como pensé.
—¡No yeguas tonto! Lo digo porque saldrás de esta vida, sabes que la vida aquí no es la adecuada para un niño.
—Un niño muy maduro debe decir. No olvides que yo soy el que cuida a todos aquí, Mishell.
—Sí, claro. Eres un jovencito muy maduro y responsable—Mishell le dió un pellizco en el brazo—Ahora vé y arregla tus cosas, en pocas horas estarás disfrutando de perfumes y ropa cómoda.
Su llegada a la finca Von Dutch fue diferente de lo que esperaba, no había nadie para recibirlo además del Barón y una niña a su lado, más o menos de la edad de Daan. Creía que si el Barón había bajado personalmente a buscarlo alguien lo suficientemente importante como para merecer una bienvenida más espectacular.
—Ohhhh, así que el pequeño niño se cree especial. Adorable~— la voz de Pocketcat apareció por primera vez desde que ofreció su trato. Estaba claro que aún no había terminado de molestar a Daan.
En el momento en que puso un pie en el camino de tierra de la entrada Eihner sonriendo con elegancia y le dió la bienvenida.
—Espero que hayas tenido tiempo de acabar tus asuntos. Me es especialmente agradable tenerte aquí con nosotros— miró a la niña y me dió una palmada en el hombro, como permitiendo que hablara— Vamos Eli, no te pongas tímida ahora.
—Hola... Soy Elise, la hija del Barón Von Dutch. Me alegra que hayas venido con nosotros. No te imaginas cuánto me aburría todo el tiempo sola aquí ¡Ahora podremos jugar juntos!... Si tú quieres, claro— el saludo de la hija de Eihner fue animoso y lleno de entusiasmo, diferente al de su padre. Este era un sentimiento más genuino.
—Yo soy...— por un momento se perdió en la mirada color café de Elise, todo lo que podía haber dicho en ese momento se había esfumado de su mente, a penas logrando balbucear un intento de presentación— Daan, soy Daan.
La vida de Daan había tomado un giro de ciento ochenta grados. De la bajeza a convivir con la alta clase, incluso si era solo como un empleado el trato era mejor del que recibió. Comida caliente cada día era una novedad agradable, algo que nunca fue una certeza para él.
Cada día era una rutina, pero no una densa como la que vivía, una que le garantizaba la estabilidad que anhelaba durante tanto tiempo. Sus mañanas transcurrían de forma veloz tal como un halcón en picada, entre las clases que le daba al Barón sobre la Diosa del amor y la creación.
—Entonces, si entendí bien ¿Eso significa que a costa de un poco de migraña se pueden curar heridas tan graves como una bala en el abdomen?
—Al menos eso es lo que he experimentado. El dolor depende de la gravedad de la herida—un detalle que Daan no mencionó antes de aceptar el trato es que era un pésimo maestro, no conocía el mecanismo interno del 'don sanador', solo sus resultados.
—No me parece tan descabellado— señaló con un gesto de su mano los bisturíes en la pared y el papel amarillento colgado en la pared: "Diploma de la Escuela de medicina de Vitruvia"— Mi ciencia no es tan diferente a la tuya.
—Ni sé si lo que tengo se pueda considerar ciencia— el comentario le ganó una risa de Eihner
—De todas formas no hay una definición de ciencia exacta— le señala la puerta y su mirada baja a las notas en su escritorio— Puedes retirarte a hacer tus labores, espero que mañana tengas algo más que decir...— se quedó callado un momento, como si considerara algo— Oh, y no olvides jugar con Elise después, no tiene muchos amigos y cuando le dije sobre que te iba a traer prácticamente saltó de felicidad.
—Eso... ¿Eso es cierto?— no pudo evitar sonreír de manera tímida. Antes de que Eihner abriera la boca, Daan pudo escuchar la risa burlona del Pocketcat.
—Absolutamente cierto... ¿Qué haces ahí parado? ¡Anda y trabaja que la vida es corta!— Eihner lo despidió con un gesto de su mano y Daan salió rápidamente de la oficina.
Caminó por los pasillos de la mansión con dudas sobre a dónde ir, la mansión era lo suficientemente grande como para darle gigantofobia. Nadie le había dicho que hacer ni quien le enseñaría, a penas sabía armar su cama y mucho menos cocinar o planchar la ropa (aún tenía puesta la misma ropa que traía desde el burdel). Escuchaba las voces y divagaciones distantes de los demás empleados, pero en su ignorancia y miedo a las represalias decidió no preguntar y arreglárselas por sí mismo.
Salió al patio de la mansión y el aroma a flores frescas y el rocío matutino inundó sus cosas nasales de golpe, la luz se filtraba en los árboles con elegancia, si es que una cosa pudiera tener tal característica, todo estaba tan finamente cuidado que Daan tuvo miedo de ni siquiera pisar el pasto. Cuándo sus ojos se acostumbraron a la luz excesiva pudo distinguir los colores de los pétalos, amarillo; rojo y sobre todo morado. Pero en medio de la saturación colorida pudo distinguir una mancha blanca sentada en el pasto, como una margarita rodeada de lirios y lavanda.
Antes de que pudiera darse cuenta de la vuelta y continuar con su búsqueda de algo que hacer y evitar la ira del Barón, la voz aguda y entonada de Elise lo interrumpió.
—¡Hola! ¡Por aquí!— levantó la mano en señal de saludo, tenía una gran sonrisa en su rostro niveo— ¿Cómo estás?
—Bien... ¿Y tú?— puso las manos en sus bolsillos de forma defensiva. Su mente ya había trazado un plan de escape. Era rematadamente simple; excusarse con alguna frase corta y luego irse a iniciar sus tareas, pero algo en su entusiasmo le obligaba a quedarse.
—Yo estoy bien, gracias por preguntar. Que raro verte por aquí, creí que papá te había dicho solo verme cuando acabaras tus labores— la joven arqueó una ceja al ver como las manos de Daan se movían nerviosamente en sus bolsillos, luego soltó una risa ruidosa y sin contención— ¡Te ves como uno de los personajes de un libro que solía leer!
—No lo sé, nunca he sido un lector muy bueno— se encogió de hombros con la expresión más seria que pudo, ya había olvidado por completo su misión— Las pocas veces que agarré un libro me quedó dormido a los diez minutos, por eso la mayoría de mi sección literaria se basa en las primeras páginas de los libros... O cuentos cortos si estoy especialmente motivado.
—Oh que lástima. Deberías leer más, es divertidísimo cuando no tienes mucho que hacer— Elise agarró un libro que tenía a su lado y se lo mostró con emoción— Este es mi favorito, lo leo cada que puedo— dió unas palmaditas al lugar a su lado para que se sentara.
—¿El pequeño rey? Nunca había oído hablar de él. ¿De qué se trata? ¿Política?— se rió entre dientes mientras tomaba asiento al lado de ella.
—¡No, por All-mer, no! Que aburrido sería eso. No es sobre nada real, es ficción, muchos dicen que es infantil, pero lo encuentro demasiado interesante para darle esa etiqueta, suena como que es un libro estúpido ¿Verdad?— abrió el libro por la primera página y comenzó su lectura.
—Depende del lector, supongo que el libro refleja a quien lo lee.
—Me estás diciendo estúpida?— Elise lo miró con seriedad.
—¡Para nada! Señorita Elise solo estaba intentando sonar inteligente—Daan levantó las manos en señal de inocencia y rendición. Sus musculosos ya estaban preparados para correr de vuelta al burdel en cuanto ella pronunciara una palabra, pero solo se escuchó otra risa.
—¡Estaba bromeando!— la joven se dobló sobre su misma para contener la risa— ¡Ja ja! ¡Deberías haber visto tu cara!— se llevó las manos a la cara y sonrió aún más, mostrando completamente su dentadura casi perfecta— ¡Que gracioso eres cuando he pones nervioso!...Y no me llames 'Señorita Elise', dime Eli, así me dicen todos, incluso la servidumbre. Aunque papá insiste en que debería ser más formal, pero es tan engorroso—arrugó la nariz con molestia mientras seguía sin apartar la mirada de su libro.
—Entiendo, señorita Eli, no volverá a pasar.
—¡Lo estás haciendo justo ahora!
—Ah sí? No me había dado cuenta. Viejas costumbres no mueren fácil ¿Verdad?— chasqueó la lengua mientras se recostaba en el pasto.
El recuerdo de sus padres aún era un sabor amargo, tan absorbidos por el culto que habías perdido completamente su identidad, solo eran "Bunnymasks", no eran ni Hunter, ni Michael, ni Vladimir, ni Polina, Anastasia o Sophia, solo era Bunnymasks.
—Bien, pero solo porque me agradas— resopló con dramatismo y pasó a la siguiente página.
Daan se limitó a sonreír y cerrar los ojos.
