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Sueños Hechos de Acero y Azúcar

Summary:

Sara, la letal e imperturbable general de la Comisión Tenryou, dedica cada día a resguardar la paz de Inazuma y cumplir los deseos de su Shogun. Itto, el rebelde y apasionado héroe de las calles, lucha para proteger a los más débiles, desafiando sin miedo las normas que considera injustas. Sus caminos parecen distintos, pero ambos persiguen la misma meta: defender la justicia.

En uno de los momentos más turbulentos y divididos que Inazuma haya enfrentado, sus visiones de justicia se separan hasta volverse incompatibles. Su inevitable cruce desatará un conflicto que pondrá en juego no solo el futuro de su nación, sino también la fortaleza de sus propias convicciones. ¿Será su destino convertirse en enemigos irreconciliables para siempre? ¿O será posible encontrar un sendero donde puedan avanzar juntos hacia un mismo sueño?

(Spin-off de “Volando al Viendo” enfocado en Itto, Sara y el desarrollo de su relación a lo largo de dicha historia, y más allá)

Chapter 1: Capítulo 01. Un tengu y un oni jugaban en el bosque…

Chapter Text

Notas del Autor:

Sean bienvenidos a esta nueva historia, un spin-off (por llamarlo de alguna forma) de mi otro fanfic “Volando al Viento”. Aunque aquella otra historia se centraba principalmente en los personajes de Ayaka y Kazuha, la verdad es que Itto y Sara también han tenido un papel importante, y me quedé con ganas de explorar más a fondo a ambos. De ese deseo nace este otro proyecto derivado: una historia paralela (y un poco posterior) a “Volando al Viento”, enfocada al 100 % en Itto y Sara, tanto en su desarrollo individual como en su relación. Verán algunos sucesos ya mostrados en el otro fanfic, pero desde su perspectiva, además de nuevas escenas centradas en ellos dos.

Con lo anterior podría surgir una pregunta válida: ¿Necesitas leer “Volando al Viento” antes de leer esta historia? No es necesario en lo absoluto, pues esta historia funciona por sí sola. En ella explicaré todo lo necesario que hay que saber sobre los protagonistas. Solo de seguro, si no han leído la otra historia, notarán algunas subtramas ocurriendo de fondo (principalmente de Ayaka y Kazuha), pero no afectan la comprensión de la trama principal de esta.

Y otra duda que pudiera surgir es: Si ya leí “Volando al Viento”, ¿vale la pena leer esta historia? Pues, depende. La verdad, esta historia será más enfocada para aquellos que son fans de Itto, Sara y su dinámica. No añade información “crucial” a la trama principal del otro fanfic, así que si no es de su interés lo antes mencionado, pueden pasar de ella sin preocuparse.

Intentaré mantenerlo todo claro para nuevos y viejos lectores, pero si algo les confunde, pueden preguntar sin problema.

Por último, cabe mencionar que, al igual que en mi otro fanfic, este también funciona como una reinterpretación del arco de Inazuma del juego: una especie de precuela con cambios en sucesos, trasfondos y algunas motivaciones. Mantiene la esencia del canon, pero con libertades creativas que la acercan a un Universo Alterno o Canon Divergente.

Y con eso dicho… ¡comencemos!

Capítulo 01.
Un tengu y un oni jugaban en el bosque…

Extrañamente, todo comenzó y terminó con una caída, aunque en circunstancias muy distintas.

Para el momento en el que sus caminos se cruzaron por primera vez, la pequeña niña tengu ya había estado vagando sin rumbo por las montañas por al menos tres días. Sola, hambrienta y con frío, usaba todas las fuerzas que quedaban en su pequeño cuerpo para buscar comida y refugio que aliviaran las últimas dos, y de momento sin darle mucha importancia a la primera, aunque en el fondo era la que más le dolía.

Avanzaba con paso cauteloso, casi tembloroso, por el terreno irregular del bosque, abrazándose a sí misma para entrar en calor, y de vez en cuando ajustando la máscara roja que cubría gran parte de su rostro, a excepción del área de su boca y mentón. El clima se había ido enfriando cada vez más conforme los días pasaban, y la niña tengu temía que en cualquier momento se fuera a desatar la primera nevada del invierno. Y si eso ocurría…

Prefería mejor no pensar en eso. Debía enfocarse en su necesidad inmediata, justo como su padre le había enseñado. Y dicha necesidad era la comida.

Tras varias horas sin un avance significativo en su búsqueda, y estando ya cerca el ocaso, sus oídos percibieron los pesados pasos de un animal. Rápidamente se ocultó tras un árbol, se agachó y echó un vistazo. La enorme y oscura figura de un jabalí no tardó en aparecer en su rango de visión.

La niña tengu tragó saliva, nerviosa, y acercó su mano derecha hacia su cintura, tomando de esta la daga negra de obsidiana, y apretando fuerte sus dedos contra su mango. Respiró lentamente, intentando calmar los insistentes latidos de su corazón. Sintió como un poco de sudor frío le recorría la espalda, ante la expectativa de lo que tenía que hacer.

No había rencor ni malos sentimientos hacia el jabalí, pero su situación resultaba desesperada. Era él o ella.

Se aproximó con sigilo hacia donde el jabalí se había detenido a oler el pasto, su cuerpo siempre cerca del suelo y su arma bien sujeta a su mano. Se colocó justo detrás de él, tomó aire una última vez y se lanzó hacia el animal con un intenso grito. El animal reaccionó, se agitó e hizo el intento de huir, pero la niña tengu logró alcanzarlo, aferrándose con fuerza contra su lomo. El jabalí chilló y se sacudió con violencia para quitársela de encima, pero la niña se aferró fuerte con su mano libre y sus piernas. Alzó como pudo el cuchillo de obsidiana y lo jaló con rapidez contra el lomo del animal. Sin embargo, se detuvo abruptamente antes de que la peligrosa punta tocara la carne.

Vaciló un instante ante la idea de en verdad tener que hacerle daño, y ese instante fue lo único que necesitó para fallar estripitosamente. El jabalí se sacudió con más fuerza, y la niña tengu inevitablemente se soltó de su agarre. Su pequeño cuerpo cayó de espaldas al suelo, golpeándose con fuerza. Y cuando intentó ponerse de pie, recibió de frente la patada de las patas traseras del jabalí, que mandó su delgado cuerpo por los aires, hasta estrellarse contra un árbol.

La niña tengu gimió ante cada golpe, y luego se quedó quieta cuando se desplomó en el suelo. Se quedó ahí un rato, mientras el jabalí se alejaba trotando entre los árboles. Su cuerpo le dolía intensamente, y lo hizo aún más en cuanto hizo el primer intento de levantarse. Cuando su mente se aclaró lo suficiente, fue consciente de algo que la puso tensa al instante: no estaba viendo a través de los agujeros de su máscara, pues esta había salido volando tras la patada del jabalí. Su rostro, de piel blanca, aunque con manchas de barro en esos momentos, y de profundos ojos dorados, se encontraba expuesto al aire frío.

Gimoteó con miedo y apuro, y comenzó a gatear desesperada por el suelo, buscando su máscara. Por suerte no tardó mucho en dar con ella, pues el color rojo intenso resaltó entre el follaje. La tomó presurosa entre sus manos y se la colocó, de nuevo cubriendo con ella su rostro a excepción de su boca. La ansiedad y la preocupación fueron mitigándose poco a poco, pero a su vez hizo que la presencia del dolor se volviera de nuevo mucho más presente.

Pero nada de eso importaba. Tener su máscara la ayudaba a sentirse segura. Por un lado, claro, por todo lo que su padre le había enseñado sobre ella, pero también porque usarla le hacía recordarlo a él mismo; como si aún estuviera ahí, cuidándola de alguna forma.

Ese día tampoco logró comer nada, y se fue a dormir temprano, esperando que el sueño mitigara su hambre de alguna forma. No lo hizo…

— — — —

La niña tengu se despertó muy temprano al día siguiente, cuando el cielo apenas se teñía de azul. Sin ningún otro remedio, comenzó a avanzar arrastrando los pies, con sus manos aferradas a su adolorido abdomen y su mirada cansada en el camino. Sus movimientos eran débiles y lentos. Sentía en lo hondo de su ser que si no lograba comer algo ese día, quizás no sobreviviría por mucho más. Si no era por el hambre, sería porque su cuerpo estaría tan débil que caería al suelo y ahí se quedaría a esperar el dulce beso de la muerte.

Y la idea, en realidad, no le desagradaba del todo. Quizás sería lo mejor, ponerle fin de una vez a todo ese sufrimiento, en lugar de prolongarlo mucho más. Pero la voz de su padre, repitiéndole que debía ser fuerte y sobrevivir a pesar de cualquier obstáculo, retumbaba tanto en su mente que le impedía detenerse.

Debía continuar, debía esforzarse.

Y entonces hizo algo que muy rara vez hacía: alzó su vista al cielo sobre ella, y susurró en voz baja una plegaria.

—Todopoderosa Shogun Raiden… Si escuchas mi insignificante voz, por favor, te lo suplico… Permíteme seguir viviendo… Si me salvas la vida, te prometo dedicarla a ti. Prometo ser por siempre tu más leal sierva…

Muchas de aquellas palabras eran principalmente alimentadas por la desesperación. Pero si habría algún momento de su vida en el que la desesperación era merecida, de seguro sería ese.

Y unos cuantos pasos más adelante, como si en verdad hubiera sido una respuesta de la Arconte a su plegaria, un milagro se materializó ante ella: un árbol, alto y robusto, que se alzaba en el centro de un claro, iluminado por los rayos del sol como si estos intentaran marcarle el camino. Pero lo más importante fue que sus ramas se encontraban totalmente cargadas de frutas, grandes y suculentas, de colores morados.

Encontrar un árbol frutal como ese, en un bosque tan denso, resultaba toda una odisea; sus días vagando sin rumbo se lo habían dejado claro. Y ahora aparecía uno ante ella. Eso tenía que ser un milagro de la Todopoderosa Shogun; no había otra explicación.

La niña sintió cómo su boca se hacía agua, y un pequeño disparo de energías renovadas le recorrió el cuerpo. Avanzó con rapidez hacia el pie del árbol y desplegó sus alas para elevarse hasta una de sus ramas. El vuelo era una habilidad que su padre no había alcanzado a enseñarle del todo, pero sabía lo suficiente para elevarse y pararse en una de las ramas bajas del árbol. Extendió su mano, sus dedos apretaron uno de esos jugosos frutos, y lo arrancó de su tallo con un jalón.

El corazón de la niña latió con emoción, mientras sujetaba aquel fruto delante de ella. Olía bien, y de seguro su sabor debía ser aún mejor. Comería hasta saciarse. La fruta le daría energía, calmaría su estómago, y entonces podría cazar. Estaría bien; sobreviviría como su padre le indicó.

Abrió su boca bien grande y la aproximó hacia el fruto.

—¡No comas eso! ¡Espera! —aulló de pronto una voz frenética, tan fuerte que casi hizo que el bosque entero temblara.

La niña tengu se estremeció sobre la rama del árbol. Sus agudos reflejos hicieron que una mano se dirigiera a la daga sujeta en su cinturón, mientras la otra seguía aferrada a la fruta. Agachó la mirada, justo para ver cómo entre los arbustos surgía una figura que corría hacia los pies del árbol sobre el que se encontraba, aunque a medio camino se tropezó y terminó con su rostro contra la tierra. Eso igual pareció ser un obstáculo menor, pues de inmediato se paró de nuevo y siguió avanzando frenético, agitando sus brazos en el aire como un loco.

—¡No toques esa fruta! ¡Suéltala! ¡Ahora! —siguió gritando con insistencia aquella persona, que la niña tengu desde su distancia distinguió como un muchacho de cabellos blancos puntiagudos, vestido con un atuendo jinbei morado, algo viejo y raído. Pero todo aquello era irrelevante contra su rasgo más distintivo: dos grandes y largos cuernos rojos que sobresalían de su cabeza entre toda su cabellera blanca.

La mirada de la niña tengu se afiló debajo de su máscara, mientras contemplaba aquellos cuernos; los cuernos de un oni… Y además de todo, un oni de cuernos rojos. Lo reconocía de inmediato gracias a las historias y advertencias de su padre. Y con tan solo echarle un vistazo a aquel chico, se daba cuenta de que era justo como su padre se los había descrito: impulsivos, peligrosos, imprudentes y ruidosos…

—¡Déjame en paz! —gruñó la niña desde las ramas con voz rasposa—. ¡Esta fruta es mía! Si quieres la tuya, ¡búscate otro árbol!

Y lanzada aquella amenaza, abrió de nuevo grande su boca, dispuesta a dar esa anhelada mordida.

Aquello puso aún más en alerta al muchacho bajo el árbol.

—¡No hagas eso! —espetó desesperado. Y sin pensárselo dos veces, se agachó, tomó la primera roca que encontró y se la arrojó con fuerza.

La piedra voló en línea recta, golpeando a la niña tengu directo en un hombro.

—¡Auh! —exclamó en alto, adolorida—. ¡¿Qué haces, idiota?!

El niño de cuernos no respondió ni aguardó, y en su lugar tomó más rocas, comenzando a arrojarle una tras otra. Cada lanzamiento era más acompañado por angustia que por violencia. Una piedra golpeó a la niña tengu en su mano, haciéndola soltar la fruta. Por reflejo, intentó estirarse para atraparla en el aire, en el momento justo en que otra piedra se dirigió hacia ella, y la golpeó en la parte trasera de su cabeza. Eso, sumado a su mala posición, la hizo perder el equilibrio y caer en picada desde las ramas al suelo.

El cambio tan repentino tomó a la niña totalmente por sorpresa. Intentó desplegar sus alas para estabilizarse, pero había reaccionado bastante tarde, y lo más que pudo hacer fue amortiguar un poco el golpe final. Aun así, terminó chocando contra la tierra y rodando un par de metros por la hierba.

El niño oni se estremeció al verla caer, y por el sonido sordo que hizo al chocar. Su mano se abrió soltando la piedra que aún sujetaba, y corrió presuroso hacia ella.

—¡¿Estás bien?! ¡Lo siento! ¡Necesitaba detenerte! —exclamaba con fuerza mientras se dirigía hacia ella. Cuando estuvo a su lado, le extendió una mano para ayudarla a pararse. Sin embargo, los instintos de la niña tengu se despertaron en ese instante.

Rápidamente rodó por el suelo, se alzó de un salto y lo embistió. Asustado, el niño retrocedió, pero el cuerpo de la niña lo empujó hacia el suelo, y se colocó sobre él para someterlo. Con una mano apretaba su daga de obsidiana, y la sujetaba contra el cuello del muchacho. Respiraba con agitación, y su mirada furiosa se asomaba desde detrás de su máscara.

—¡¿Acaso quieres morir?! —le escupió con ferocidad—. Si te atreves a ponerme un dedo encima…

—¡Esa fruta es venenosa! —pronunció el niño en alto para que su voz se hiciera escuchar con claridad.

La tengu retrocedió un poco, y lo miro con desconcierto.

—¿Qué?

—¡Te lo juro! —insistió el oni—. Si le dabas aunque fuera una mordida, habrías terminado vomitando sangre. Mi abuela siempre me dijo que me alejara de ese árbol, porque es muy traicionero. Tienes que creerme, no quería lastimarte.

La niña vaciló. ¿Le estaba diciendo la verdad?, ¿o acaso era algún tipo truco? Alzó su mirada pensativa hacia el árbol, y hacia sus frutas moradas. Le pareció recordar que en efecto su padre le podría haber contado sobre un árbol así; el recuerdo estaba ahí, asomándose entre una neblina de confusión. Si tan solo no tuviera tanta hambre y pudiera pensar con más claridad…

Agachó la mirada de nuevo hacia el rostro del muchacho, que la miraba expectante, quizás esperando a ver cuál sería su siguiente acción. La niña notó entonces las marcas rojas que recorrían su rostro, sus pobladas cejas más oscuras que su cabello, así como el curioso tono carmesí y dorado de sus ojos.

De un momento a otro, el niño oni le sonrió, de una forma bastante bobalicona, que él de seguro pensaba que debía radiar confianza. Sorprendentemente, más o menos tuvo éxito.

La niña suspiró son resignación. Apartó el cuchillo del cuello del chico y se retiró de encima de él, sentándose a un lado en la hierba.

Volvía al inicio. Y el golpe de energía que le había pegado hace un momento, comenzaba a menguar, y la arrolladora hambre volvía a hacerse presente.

—Si tienes hambre, puedes comerte mi comida —escuchó de pronto que aquel extraño muchacho proponía, y eso provocó que la niña girara por completo su atención de regreso hacia él. El niño estaba sentado, y del morral que colgaba de su costado sacó dos objetos: dos perfectas y hermosas bolas de arroz—. Toma, si quieres te las…

La niña tengu ni siquiera esperó a que terminara de hablar. De inmediato estiró sus manos hacia él, tomó las bolas, una en cada mano, y sin detenerse a pensarlo ni un segundo, comenzó a devorarlas con voracidad. El niño oni, más que molesto, parecía contento. Sonreía ampliamente mientras la veía comer de esa forma.

—Me llamo Itto —le informó con voz confiada—. ¿Y tú?

La niña detuvo unos segundos sus voraces mordidas y se giró a mirarlo de reojo a través de los agujeros de su máscara. Sin embargo, no le dio ninguna respuesta.

—¿Qué pasa? —preguntó el niño con curiosidad—. ¿Te llenaste tanto la boca de arroz que no puedes hablar?

El niño oni se inclinó hacia ella instintivamente para intentar ver su rostro de más cerca. La niña tengu reaccionó, retrocediendo rápidamente por el pasto, haciendo distancia entre ambos. Hizo además las bolas de arroz hacia atrás, alejándolas de él.

—Tranquilo, no te las voy a quitar —masculló el chico, presentado como Itto—. ¿Qué tienes?

La niña dejó escapar un agudo gruñido, como si fuera una advertencia.

—Mi padre siempre me dijo que nunca confiara en las demás gentes —musitó con voz ronca y agresiva—. Ni en los humanos ni en otros youkais.

—Pues qué persona tan desconfiada es tu padre —indicó Itto con un ligero dejo de ofensa en su voz. El comentario no le simpatizó ni un poco a la niña tengu—. Si no confías en mí, ¿por qué aceptaste tan rápido mis bolas de arroz? ¿No pensaste que podrían estar envenenadas?

Aquella repentina alusión tomó por sorpresa a la niña tengu, que respingó con miedo. Miró hacia las bolas de arroz en sus manos, temblorosa y asustada.

—¡Pero no lo están! —se apresuró Itto a aclarar—. Oye, si quisiera envenenarte, te hubiera dejado comer la fruta, ¿no crees?

La niña tengu tenía el presentimiento de que había una forma de rebatir esa afirmación, pero de momento su mente cansada no se lo permitió. Igual el hambre podía más que su miedo imaginario al veneno, así que siguió comiendo, aunque con bastante más prudencia.

—Bueno, ¿y dónde está tu papá? —preguntó Itto con curiosidad—. Si voy y hablo con él, se dará cuenta de que no soy un mal chico y te dirá que puedes confiar en mí, ¿no?

Los siguientes segundos se cubrieron de silencio, salvo el apenas apreciable sonido de las mordidas que la niña tengu daba a las bolas de arroz y el de su garganta al pasar bocado.

—No lo sé —confesó tras unos segundos—. Se fue hace algunos días y no ha vuelto…

La sonrisa optimista y amistosa del niño oni se fue desvaneciendo poco a poco al escuchar aquello. Su rostro entero se ensombreció.

—Lo siento —susurró en voz baja, agachando la mirada—. Mis padres… ellos también murieron…

—¡Yo no dije que estuviera muerto! —exclamó la niña tengu con dureza, girándose hacia él con actitud claramente agresiva.

—De acuerdo, de acuerdo —respondió Itto, alzando sus manos delante de él en señal de paz—. Solo digo que yo también… estuve solo, no hace mucho. Hasta que mi abuela me recibió, y ahora vivo con ella en la aldea.

Aquel dato sorprendió bastante a la niña tengu, lo suficiente para que su exabrupto de ira de hace un momento se apagara casi por completo.

—¿Vives en la aldea? —susurró despacio—. ¿Con los humanos?

Itto sonrió, aunque con mayor moderación que antes, y asintió.

—Con mi abuela. Ella hace dulces, los mejores de la región. Y yo le ayudo.

—Pero, ¿los humanos…? —la niña vaciló un momento, antes de poder completar su pregunta—. ¿Ellos no te atacan? ¿No te hacen daño?

—No… bueno, no tanto —respondió el niño de forma ambigua, encogiéndose de hombros—. No son tan malos como crees. No la mayoría al menos.

La niña tengu guardó silencio, pues no tenía en realidad nada que responder a aquello, pues nunca había convivido demasiado con los humanos en realidad. Pero su padre siempre le advirtió, por encima de todo, nunca confiar en ninguno de ellos. Por ello, incluso en su momento de mayor desesperación por buscar comida y refugio, nunca consideró la posibilidad de dejar las montañas y bajar al pueblo.

Bueno, por eso y porque no lo tenía permitido. No hasta que fuera una adulta.

Siguió comiendo de manera distraída mientras pensaba en todo aquello, hasta que de pronto se dio cuenta de que tenía sus manos vacías, pues ya se había terminado las bolas sin darse cuenta.

—Sí que te gustaron, ¿verdad? —comentó Itto con una sonrisa divertida—. La cocina de mi abuela es la mejor. Si quieres, puedo traerte más mañana. ¿A la misma hora, aquí mismo?

La niña se giró a mirarlo con desdén, y rápidamente se puso de pie, extendiendo sus alas.

—¡No te me vuelvas a acercar! —le amenazó—. ¡O te arrepentirás, estúpido oni!

Dicho eso, agitó las alas, elevando su pequeño cuerpo apenas lo suficiente para pararse en la rama de un árbol cercano.

—¡Pues estúpido o no, aquí estaré mañana! —le gritó el niño desde el suelo, usando sus manos para ampliar su voz.

—¡Yo no estaré aquí! —le respondió la niña tengu de mala gana. Y usando sus alas como impulso, se fue alejando moviéndose entre rama y rama, aprovechando las energías repentinas que aquellas bolas de arroz le habían proporcionado.

Itto cumpliría su promesa, y al día siguiente a la misma hora, estaría en ese mismo claro, con su morral lleno de deliciosos platillos que su abuela había cocinado para su nuevo y misterioso amigo de las montañas.

La niña tengu también estaría ahí. Y al día siguiente, y al día siguiente…

— — — —

Desde ese día, Itto regresó una y otra vez al mismo claro en el bosque, para encontrarse con su “Amigo Tengu”, como había comenzado a llamarla. Y siempre que iba, ella estaba ahí esperándolo, al pie del mismo árbol de fruta venenosa en el que se conocieron. Itto se aparecía siempre con panecillos rellenos, frutas (que sí eran comestibles), tiras de carne o más bolas de arroz.

Itto no podía ir todos los días, por supuesto, pero no importaba. Con sus energías renovadas, gracias a todos esos aperitivos que le proporcionaba, la niña tengu logró reponerse lo suficiente para cazar y recolectar por su cuenta. Aun así, sabía bien que sin la ayuda de aquel muchacho, posiblemente habría muerto aquel día, ya fuera por la fruta o por la inanición.

—¿Por qué siempre usas esa máscara? —le preguntó el Itto de pronto un día, sentado en la hierba a su lado, mientras la niña tengu comía el platillo que le había llevado ese día: unos esponjosos rollitos de huevo.

—Todos los tengu usan una máscara roja como esta —le respondió con seriedad—. Nos protege del peligro y de los malos espíritus.

—¿Y tienen que usarla siempre? —preguntó el chico con curiosidad.

—Sí, siempre —le respondió la niña tengu con seriedad, aunque la verdad era que no estaba del todo segura. Su padre no usaba la suya todo el tiempo, pero a ella le había dado la indicación de que siempre la trajera consigo. No sabía si realmente pasaría algo malo si no la tuviera.

Itto no pareció conforme con la respuesta, pero no insistió. En su lugar, preguntó otra cosa; una duda que en realidad no era nueva, pues solía preguntárselo al menos una vez cada tres visitas.

—¿Cuándo me dirás tu nombre? ¿Aún no he demostrado ser lo suficientemente confiable?

La niña tengu guardó silencio un rato, mientras masticaba uno de los últimos bocados del rollo de huevo. Podría negarse a responder o simplemente quedarse callada como había hecho otras veces. Pero en esa ocasión optó por ser honesta con él por primera vez.

—No tengo nombre —confesó de forma repentina, tomando por sorpresa al muchacho.

—¿No tienes nombre?

La niña negó lentamente con la cabeza.

—Solo los tengu que han demostrado ser lo suficientemente capaces para ser considerados adultos reciben un nombre.

Itto inclinó su cabeza hacia un lado, confundido. Aquella le resultó una costumbre bastante difícil de entender.

—¿Y cómo demuestras que eres capaz para ser un adulto? —inquirió mientras miraba al cielo, no muy claro si se lo preguntaba a ella o a sí mismo, pero igual ella le respondió, más o menos.

—Hay una prueba que debes pasar… pero ya no me preguntes más sobre eso —le ordenó con brusquedad, y siguió comiendo del rollo de huevo. Itto acató su petición y la dejó terminar de comer en silencio.

— — — —

Comer y preguntarse cosas no era lo único que hacían, pues el niño oni era muy fan de diferentes tipos de juegos: las escondidas, atraparse, carreras, canicas, entre muchos otros. Pero su obsesión más notoria eran las peleas de escaradiablos, deporte (si es que se podía llamar de esa forma) del que la niña tengu no había escuchado nunca, hasta el día en que Itto apareció en el claro, y además de la comida llevaba consigo otra cosa, o criatura.

—¡Mira lo que encontré! —exclamó el muchacho con emoción, extendiendo hacia ella un insecto grande, morado, y con varias patas que se agitaban en el aire. Y lo peor fue que el oni tuvo la poca delicadeza de colocarlo bastante cerca de su rostro.

—¡Aleja ese insecto de mí! ¡¿Qué te pasa?! —exclamó escandalizada, haciéndolo a un lado de un manotazo.

—No es un insecto, es un escaradiablo —refutó Itto con firmeza.

—Los escaradiablos son insectos.

—Me refiero a que no es solo un insecto. Este que ves aquí es un guerrero, ¡un campeón de la arena de peleas! Míralo, ¿no puedes ver el fuego en sus ojos?

—Ni siquiera sé bien cuáles son sus ojos con exactitud —explicó la niña tengu, reticente.

—Da igual. ¿Quieres que tengamos una pelea? Solo necesitamos encontrar otro escaradiablo que sea tu campeón, y podremos tener un verdadero duelo de titanes.

—No, gracias —respondió la niña tengu con sequedad. Sin embargo, terminaría al final haciéndolo de todas formas.

No era muy fan de los juegos en general. Su padre siempre le enseñó a intentar aprovechar lo mejor posible la luz del día para tareas más productivas. Sin embargo, a cambio de todas las molestias que se tomaba ese chico de ir hasta allá y llevarle comida, sentía que lo mínimo que podía hacer era jugar con él. E incluso en ocasiones, hasta llegaba a divertirse un poco.

Además, en la mayoría de los juegos que Itto le proponía, la niña tengu le ganaba casi siempre, incluso en aquellos que ella desconocía hasta ese momento. No sabría decir si era porque ella tenía un talento natural para dichos juegos, o el muchacho era realmente malo. Como fuera, el resultado fue bastante similar en esa ocasión, aunque la niña tengu no podría darse todo el crédito, pues la verdadera campeona fue el esacaradiablo que había elegido para que peleara por ella.

—¡No puede ser! —exclamó Itto con marcada frustración, tomándose sus cabellos albinos entre los dedos—. ¡Quiero la revancha!

La niña tengu resopló, exasperada. Eso también era bastante usual en él, resistirse a aceptar la derrota por las buenas.

—No seas tan orgulloso —le respondió ella de mala gana.

—No es orgullo —farfulló Itto—. Es perseverancia. Mi abuela siempre me dice que si fallo, lo intente una y otra vez, y tarde o temprano tendré éxito.

—No creo que se refiriera a algo como esto.

—¡Lo dices porque te da miedo enfrentarme! —exclamó Itto con bastante confianza, inflando el pecho.

La niña tengu volvió a resoplar. Si creía en serio que caería en sus tontas provocaciones infantiles… estaba en lo cierto.

Itto tuvo su revancha, pero el resultado terminó siendo el mismo.

— — — —

Aunque al inicio guardaba aún la esperanza de que su padre volviera, conforme fueron pasando los días, y luego las semanas, fue más que evidente para la pequeña tengu que eso no pasaría. No sabía si su padre había muerto o no, pero lo que sí tenía claro era que de ahí en adelante estaba sola.

A excepción de aquel niño oni, que poco a poco logró ganarse su confianza, e incluso un poco más que eso. Entre conversaciones torpes, comida compartida y pacíficos silencios, la niña tengu comenzó a sentir esos pequeños momentos que pasaba con él como lo más cercano a un nuevo hogar.

Pero la realidad era que ambos vivían en mundos muy distintos. Itto vivía allá abajo en la aldea con los humanos, y ella ahí arriba sola en las montañas. Por más esfuerzos que el muchacho hiciera para ir a verla, ambos sabían que tarde o temprano aquello tendría que terminar. Y un día, ese final se anunció.

Notas del Autor:

En juegos tan grandes como Genshin Impact es fácil confundirse entre lo que es canon y lo que es creación de los fans. El pasado compartido entre Itto y Sara es un ejemplo de esto: nunca lo vi explícito en el juego, pero tanta gente lo mencionaba, que por un tiempo pensé que era oficial. Hoy creo que es más un headcanon popular… pero uno que me encanta en lo personal. Y por eso decidí que estos primeros dos capítulos fueran un flashback inspirado en esa idea, combinando elementos que llegué a leer de la comunidad, con detalles propios para así crear mi versión de su infancia.

Seguiremos con este escenario en el siguiente capítulo, pero una vez concluido, ya nos moveremos al presente, y a la historia principal vista desde los ojos de nuestros dos protagonistas. Mientras tanto, hay otro hecho importante del pasado que debemos explorar.