Work Text:
El auto frena frente al departamento alquilado y durante unos segundos nadie se mueve, el motor sigue encendido, como si también dudara en apagarse del todo. Punta del Este los recibe con ese aire salado que se te mete en los pulmones sin pedir permiso, con el cielo abierto y una calma engañosa que parece prometer descanso aunque adentro de los cuerpos haya tormenta.
Manuel baja primero, estira las piernas, se pasa una mano por la nuca, mira alrededor, todo parece igual a otras vacaciones, a otros veranos compartidos y sin embargo, nada lo es sabe que hay algo diferente en el aire, algo de lo que aun no ha hablado y que lo tiene impaciente, esperando y sin calma.
Lautaro baja después, más lento, tiene la mochila colgada de un hombro y la campera cerrada hasta el cuello aunque no haga tanto frío, Manuel lo mira de reojo, casi sin darse cuenta, ese gesto le sale solo ahora: comprobar que está ahí, que está bien, que no se desarma, Lautaro habia estado un poco enfermo antes de viajar y no pareciera que estuviera por mejorar.
No hablaron de ellos, no hablaron de Dubai, no hablaron de lo que esta pasando, no hablaron de lo que sienten.
Todo eso va viajando con ellos, apretado en el pecho calando en lo más profundo de sus corazones, robándoles el aire y dificultándoles hasta respirar, pero eligen ignorar, ignorar aquello tan grande que los viene persiguiendo hace un tiempo atrás.
—Che Lautaro, estás bien? —le pregunta Manuel cuando nota que Lautaro se queda quieto mirando a la nada por un segundo y respirando raro
—Sí… creo —contesta y se encoge apenas de hombros
Manuel no insiste, aprende a leer los silencios, aunque esta vez no se anime a traducirlos
Adentro del departamento dejan los bolsos tirados, cada uno ocupa su espacio como puede, Santiago habla, organiza, propone planes, Manuel escucha a medias, tiene los ojos puestos en Lautaro, que se esta parado al borde del sillón y apoyandose con los ojos cerrados.
—Te sentís mal? —pregunta Manuel, ya sin disimular la preocupación.
—Me duele la panza desde ayer.. y tengo un poco de fiebre —admite Lautaro, con esa voz bajita que solo usa cuando está cansado de verdad, esa voz que a Manuel lo desarma y dan ganas de envolver a Lautaro en un cascarón para que nada ni nadie pueda dañarlo.
Manuel se acerca sin pensarlo, sus cuerpos rozándose, sus pies tocándose con una cercanía peligrosa, le apoya la mano en la frente con cuidado, como si temiera romper algo
—Estás re calentito, boludo —dice frunciendo el ceño— deberías recostarte gordo.
Lautaro abre los ojos y lo mira, hay algo en esa cercanía que los descoloca a los dos Manuel se queda un segundo de más con la mano ahí observándolo, viendo detalladamente el rubor en sus mejillas, pensando en lo vulnerable y hermoso que se vee asi, sus dedos apenas le rozan la piel pero se siente una intimidad eléctrica. En un momento Lautaro retrocede un poco y corta con toda la intimidad del momento.
—No te preocupes Manu —murmura Lautaro— Se me va a pasar
Pero Manuel ya está en modo cuidador, le trae agua, le pregunta si comió, le acomoda un almohadón, Lautaro se deja hacer y querer. No porque no pueda solo, sino porque hay algo profundamente reconfortante en que Manuel se ocupe así de él, es algo que siempre ha destacado de Manuel, la forma en como se preocupa de el, como esta atento a cada detalle y siempre ha sido asi, pero desde que volvió, es como si todo se hubiera potenciado mucho más y Manuel viviera preocupado 24/7 de Lautaro.
El primer día pasa lento, afuera el sol cae fuerte, la gente va y viene, la playa llama. Pero Lautaro no se mueve del sillón, tiene náuseas, frío, calor todo junto, Manuel se sienta a su lado, cerca pero no encima, respetando esa distancia nueva que todavía no saben cómo nombrar, es una distancia que inconscientemente pusieron estas ultimas semanas, es como una barrera tratando de separar lo inseparable, tratando de parar aquella corriente que les recorre el cuerpo cada vez que están muy cerca.
—Hoy a la noche querían ir al boliche —dice Manuel más tarde, cuando el resto ya se está preparando—. Querés que me quede?
La pregunta queda suspendida entre ellos, no es solo una pregunta como cualquier otra, es una oferta, es un “te elijo” dicho bajito, entre líneas.
Lautaro lo mira largo, no buscando una respuesta correcta, sino registrándolo, observa cómo Manuel se queda quieto, cómo espera sin presionar, cómo por primera vez no ocupa todo el espacio. Le llama la atención ese gesto mínimo: las cejas apenas fruncidas, la manera en que se inclina un poco hacia él como si ya estuviera dispuesto a quedarse aunque diga que no y algo tibio le crece en el pecho, algo que no empuja ni duele, algo que se parece a sentirse querido
—No… andá —dice al final—. No seas boludo, yo me quedo acá, descanso un poco
—Seguro?
—Seguro.
Se miran, no se tocan, pero hay algo íntimo igual, algo que vibra en ese intercambio silencioso de miradas
—Cualquier cosa te escribo —agrega Manuel
—Dale, pásalo bien— responde Lautaro
Cuando Manuel se va, Lautaro se queda solo en la habitación, tapado con una manta, cierra los ojos, ell cuerpo le duele, pero hay una parte de él que se siente extrañamente cuidada, pensar en Manuel pendiente de si está bien le provoca una mezcla rara de ternura y miedo, son estos pequeños detalles los que lo confunden mas.
En el boliche, Manuel no está del todo, baila, se ríe, toma algo, pero cada tanto saca el celular y le escribe.
“Cómo estás?”
“Te bajó la fiebre?”
“Cualquier cosa vuelvo, solo me avisas”
La noche en el boliche sigue, van pasando las horas y en un momento se cruza con Ian Lucas cerca de la barra, se saludan y charlan por un buen rato, Ian menciona a Lautaro y pregunta mucho por él, Manuel siente una punzada en el estómago que no sabe bien de dónde viene.
—Está medio enfermo — dice, más seco de lo que pretendía
—Uh, pobre decile que mañana lo quiero ver bien, eh —responde Ian, sonriendo
Manuel asiente, medio incómodo, no le gusta esa familiaridad que hay entre Ian y Lautaro, el solo hecho de saber que Ian lo conoce de mucho antes que el le revuelve el estomago, ademas ambos pegaron muy buena onda desde el momento que Lautaro llego y eso tambien lo molesta. Sabe que no tiene derecho a sentirse así, a sentir eso que esta sintiendo, lo sabe y aun así, se permite sentirlo.
Cuando vuelve al departamento, ya es tarde, entra despacio, Lautaro duerme en su habitación, con la cabeza ladeada y la manta caída hasta la cintura, Manuel se queda mirándolo un rato largo. Observa su respiración, la forma en que frunce apenas el ceño incluso dormido, se acerca poco para poder tocar su frente y ver que su temperatura haya bajado, se queda un segundo de mas con su mano en ese lugar, rozando apenas con sus dedos.
—Che.. —le susurra, sin despertarlo— Descansá Lauti.
Se va a su habitación con el pecho apretado y una electricidad que le recorre todo el cuerpo.
El segundo día amanece pesado, el sol entra fuerte por la ventana, Lautaro se despierta mareado, con la garganta seca, Manuel ya está despierto, apenas lo escucha moverse, aparece
—Cómo te sientes hoy?
—Peor —admite Lautaro, sin dramatizar
Manuel suspira, le acerca un vaso de agua, junto a unas pastillas que salió a comprar temprano, se sienta despacio a su lado en la cama observándolo, se acerca un poco mas y termina acariciandole el brazo, despacio y con mucha delicadeza
—Hoy no hacemos nada, gordo? Playa tranqui a la sombra nada de
Lautaro sonríe apenas, realmente no tenia ganas de nada pero un poco de playa no estaría mal.
En la playa se recuestan sobre las toallas, uno al lado del otro, el ruido del mar los envuelve, Manuel le pasa protector solar por el hombro a Lautaro,el roce es mínimo, pero suficiente para que a los dos se les revuelva algo adentro, Manuel observa detenidamente la espalda de Lautaro, observa detalladamente lo escultural que es su cuerpo, lo delgada que es su cintura y un poco mas abajo, lo grande que es su culo. Sale rápidamente de sus pensamientos y se concentra en seguir aplicando el bloqueador.
Lautaro siente el movimiento de Manuel a su lado, el cuidado con el que lo toca, la forma en que se concentra como si ese gesto fuera importante, piensa en lo fácil que sería girar apenas la cabeza y apoyarse en su hombro, en lo natural que se sentiría, no lo hace. Se queda quieto, respirando al mismo ritmo que él guardando ese deseo pequeño y tibio en su corazón.
Nadie se mueve
Están en su mundo, el resto existe alrededor, pero lejos de su burbuja, Manuel se va a bañar a la playa con los demás chicos de vez en cuando, mientras Lautaro los mira a lo lejos, aun se siente bastante mal para soportar las frías aguas del mar en punta del este.
Pasan el resto del dia recostados, descansando, sumergidos en esta extraña burbuja que inconscientemente siempre han creado los dos.
Hasta que Santiago aparece
—Che, vamos que ya está cayendo el sol.
Se levantan, sus manos se rozan una última vez antes de separarse, el contacto es breve, pero deja huella.
De vuelta en el departamento, la tensión sigue ahí, no se dice, no se nombra, pero crece.
Y todavía falta mucho
La noche vuelve a caer sobre Punta del Este con esa mezcla de promesas y cansancio que tienen los días de verano largos, el departamento se llena de movimiento otra vez: duchas rápidas, risas, música de fondo. Afuera, la ciudad empieza a prenderse poco a poco, como cada noche.
Lautaro está sentado en la cama, apoyado contra la pared, una remera grande y el pelo todavía húmedo, la fiebre le bajó apenas, pero el cuerpo le pesa como si llevara días sin dormir bien. Manuel entra y sale de la habitación, inquieto, mirándolo cada dos segundos.
—Che… —dice Manuel, frenando en seco— Seguro que estás bien para quedarte solo de nuevo?
Lautaro levanta la vista, Manuel está parado frente a él ya cambiado, perfume fresco, esa energía suya que siempre parece empujarlo a irse, a moverse, a vivir
—No voy a estar solo —responde Lautaro— Me quedo con Facundito.
Como si lo hubiera invocado, Facundo asoma la cabeza por la puerta con esa sonrisa tranquila que tanto lo caracteriza
—Yo lo cuido —dice—Vos anda andá no mas Manu.
Manuel asiente, pero algo se le tensa en la mandíbula, no dice nada pero su rostro habla por si solo y Lautaro se da cuenta de esto. Se acerca a Lautaro, le acomoda el cabello húmedo casi por instinto.
—Cualquier cosa me escribís —repite
—Dale— responde Lautaro
Antes de irse Manuel lo mira un segundo de más, Lautaro le sostiene la mirada, hay algo ahí, denso, no dicho
—Tan celoso te vas a poner —dice Lautaro de repente, bajito, con una sonrisa pequeña, más mimosa que acusatoria
Manuel se queda duro, con el cuerpo tenso.
—No seas boludo —responde, incómodo— No es eso
Pero Lautaro ya lo leyó, y eso le provoca algo raro: una mezcla de calor en el pecho y un vértigo suave. Poner celoso a Manuel es algo que siempre ha disfrutado pero ahora ultimo es diferente, todo es diferente.
Cuando Manuel se va, Facundo se sienta en la silla frente a la cama y lo observa con atención.
—Che… —empieza— Puedo preguntarte algo sin que te enojes?
Lautaro suspira.
—Decíme
—Qué onda vos y Manuel?
La pregunta cae pesada, Lautaro baja la mirada, se pasa una mano por la cara, cansado
—Nada — dice primero, en automático.
Facundo arquea una ceja.
—Mirá que los conozco hace bastante, sobre todo a Manuel y lo que vi hoy en la playa… no es “nada”
Lautaro se queda en silencio, el ruido lejano de la ciudad se cuela por la ventana.
—No sé —admite al fin—.Es complicado, creo…
—Siempre lo es —dice Facundo— Pero se nota que se quieren, boludo
Lautaro sonríe apenas, triste
—Ese es el problema.
Facundo no lo apura, le da espacio para pensar, para analizar y tantear hacia donde quiere ir, y eso hace que Lautaro se anime un poco más.
—Hace meses que estamos así —continúa— Mirándonos, cuidándonos, evitándonos, es un vaivén de muchas cosas, yo… me cansé de esperar,me cansé de no saber, no saber qué hacer.
—Y él?
—Él… —Lautaro duda— el nunca dice nada, nunca se juega.
Facundo asiente, pensativo.
—A veces la gente necesita que la empujen un poco —dice— O que casi los pierdan.
Lautaro no responde, pero esas palabras se le quedan dando vueltas.
Más tarde, cuando Facundo ya duerme en la otra cama, Lautaro abre Twitter desde la suya, duda, escribe, borra. Vuelve a escribir, al final sube una foto de Manu, el mar de fondo, respondiendo a un tweet que Manuel habia puesto temprano, le estaba diciendo de forma indirecta a Manuel que lo quería.
Cerro la app con el corazón acelerado, la ansiedad no tardo en aparecer y prefiero concentrarse en dormirse.
En el boliche, Manuel ve la notificación, vee la foto, se queda quieto. El ruido alrededor se apaga un poco.
—Qué mirás? —pregunta Balza
—Nada —responde, distraído
Pero vuelve a ver el tweet. Una vez, dos, tres.
Le escribe por privado
“Yo también te quiero, bebote”
Cuando manda el mensaje, se queda mirando la pantalla. No sabe si hizo bien, no sabe qué quiso decir exactamente, solo sabe que era verdad.
Cuando vuelve al departamento, Lautaro duerme, Facundo también. Manuel se queda parado un segundo, mirando la escena, Lautaro en una de las camas, Facundo en la otra al lado, al parecer esta todo bien.
Se va a su habitación sin decir nada, sin antes de dormir recordar la foto que subió Lautaro, de cierta forma lo pone feliz porque el no es de hacer estas cosas.
El tercer día arranca con un sol impecable, el mar está precioso he Ian los esta esperando en el puerto con una sonrisa enorme, se habian mensajeado con Manuel el dia anterior para quedar de acuerdos en juntarse.
—Hoy se rompe todo —anuncia Ian
En el yate, el ambiente es liviano, música, risas, alcohol temprano, Lautaro se siente mejor, el cuerpo todavía cansado, pero la cabeza más clara. Ian se le acerca seguido, le habla cerca, le hace bromas, le toca el brazo y se comporta de una forma que a Manuel no le agrada.
Manuel observa desde lejos, cada gesto le cae como una gota de ácido en el cuerpo.
Pasan el resto del día disfrutando del ambiente, Manuel trata de no darle mucha importancia a las interacciones de Lautaro con Ian, se distrae con sus amigas y amigos, pasa el dia de una forma bastante agradable y reconfortante, si no fuera por como se están comportando Lautaro he Ian.
Al atardecer Ian y Lauti están apoyados en la baranda, charlando, el sol tiñe todo de naranja. Se ríen de algo a lo que Ian se inclina un poco más de la cuenta, invadiendo el esapcio personal de Lautaro mas de lo normal, este gesto lo descoloca.
Manuel no lo piensa, se acerca, le agarra el brazo a Lautaro con más fuerza de la necesaria para sacarlo de ahí.
—Necesito hablar con vos —dice, en un tono bastante serio
Ian frunce el ceño, extraño con la situación
—Todo bien, Manuel?
—Sí —responde Manuel, seco, enojado— No te metas.
Lautaro lo mira, sorprendido.
—¿Qué te pasa? —pregunta, ya molesto.
Manuel no responde, lo lleva unos pasos más allá.
—Por qué te dejás encimar así? —escupe— Te gusta que te estén tirando onda en la cara todo el dia?
Lautaro se zafa.
—Y a vos qué carajo te importa?
Manuel abre la boca, está a punto de decir algo, de decir todo, el “te amo”, el miedo, los celos, el terror a perderlo, de nuevo.
Pero no sale
—Nada —dice al final— Olvidate, déjalo asi, vete con Ian.
Lautaro lo mira, herido y molesto.
—No tenés ningún derecho a reclamarme —responde
Se da media vuelta y se va.
Esa noche no se hablan.
Lautaro se vuelve a quedar en el departamento y Manuel sale con el grupo casi por inercia, como si el cuerpo supiera moverse solo aunque la cabeza esté en otro lado. Toma más de la cuenta, se ríe cuando corresponde, responde cuando le hablan, pero todo le llega tarde, amortiguado, no puede sacarse de encima la imagen de Lautaro mirándolo antes de irse, esa mezcla de herida y bronca que le quedó clavada en el pecho. Piensa en lo fácil que habría sido decirlo, en lo cerca que estuvo de confesar todo lo que le quema por dentro desde hace meses, los celos, el miedo, el amor. Todo eso que eligió tragarse otra vez, cada vaso que baja no lo afloja: lo deja más lúcido, más consciente de que no dijo nada cuando importaba, y eso, más que el alcohol, es lo que lo marea
Cuando vuelve del boliche camina directo a la habitación de Lautaro, casi sin pensarlo, como si el cuerpo ya supiera el camino antes de que la cabeza pudiera frenarlo, abre la puerta despacio, cuidando el ruido y lo ve dormido de costado, la respiración lenta, el pelo rubio desordenado sobre la almohada. Algo en el pecho se le afloja y se le aprieta al mismo tiempo, se queda unos segundos mirándolo, parado, sintiéndose un intruso y a la vez convencido de que ese es el único lugar donde quiere estar.
Se recuesta a su lado con cuidado, sin tocarlo primero, apenas hundiendo el colchón. Pero el movimiento alcanza para despertarlo
—Qué hacés? —murmura Lautaro, todavía entre dormido, girando apenas la cara hacia él.
Manuel lo mira, tiene los ojos vidriosos, no solo por el alcohol, sino por todo lo que viene acumulando desde hace meses, no piensa la frase, no la ordena, no la mide. Se le escapa como un reflejo, como algo que ya estaba dicho hace mucho y recién ahora encuentra salida.
—Te amo
No lo dice fuerte, no es una declaración ni un discurso, es casi un susurro, una verdad chiquita soltada sin defensas, sin explicaciones, sin condiciones. Un primer paso dado a oscuras
Le acaricia la cara con torpeza, los dedos temblándole apenas, Lautaro se queda quieto. No se corre, no responde enseguida, el mundo para los dos se achica hasta ese espacio mínimo entre sus cuerpos, se miran de cerca, demasiado cerca, las respiraciones se mezclan. El silencio no es incómodo, es denso, cargado de algo electrizante.
Manuel no agrega nada más, no explica, no pide, no promete. Lautaro tampoco dice nada, se queda ahí, dejando que ese “te amo” repose entre los dos, sin aplastarlo ni huirle.
Se quedan así hasta que el cansancio los vence, el contacto no avanza, pero tampoco se rompe. Algo se abrió, no del todo, no con palabras grandes, pero lo suficiente como para que ya nada vuelva a estar exactamente igual
Se despiertan sin darse cuenta.
No hay un momento exacto en el que Manuel abre los ojos y entiende dónde está. Es más bien una sensación, calor, peso. Una presencia demasiado cerca como para ignorarla. Respira hondo, todavía medio dormido, y ahí lo siente: el cuerpo de Lautaro contra el suyo, la espalda tibia contra su abdomen, su trasero acunado en su entre pierna, el pelo desordenado rozándole la cara, era todo caos pero perfecto.
Se queda quieto.
No quiere moverse, no quiere romper nada. No quiere que ese instante se convierta en pasado.
La memoria le cae encima de golpe, como una ola fría: la noche anterior, el alcohol, el nudo en el pecho que no lo dejaba respirar, la necesidad urgente de tocarlo, de decir algo antes de que fuera demasiado tarde.
“Te amo”
La palabra le vuelve a vibrar en la boca, ahora sobria, ahora pesada.
Manuel traga saliva
No sabe si Lautaro está despierto, no sabe si se acuerda, no sabe si se arrepiente. Lo único que sabe es que, por primera vez en meses, no se siente solo.
Lautaro abre los ojos despacio.
Lo primero que registra no es la habitación, ni la luz que entra por la ventana, ni el ruido lejano del mar. Es el brazo de Manuel alrededor de su cintura, firme, presente. No como otras veces, donde el contacto parecía un accidente. Esto no es un error, esto es una decisión consiente.
Se le aprieta el pecho
No se mueve enseguida, tiene miedo de que si lo hace, todo se desarme. Que Manuel se despierte del todo y vuelva a ser el de antes. El que se esconde, el que niega, el que no elige.
—Che… —murmura Manuel, con la voz rota de sueño— esta todo bien…?
Lautaro gira apenas, lo justo para mirarlo, están demasiado cerca. Puede contarle las pestañas, observa detenidamente sus pecas y el rubor natural que le quedo por el sol de la playa, ademas puede ver el cansancio, el miedo.
—Sí —responde rápidamente— todo bien.
Manuel se separa apenas, como si necesitara verlo mejor.
—Anoche… —empieza, pero se frena— Perdón.
Lautaro frunce el ceño.
—Por qué?
—Por decir cosas que capaz no debería haber dicho así,
Lautaro lo observa, lo mide, no hay ironía en su mirada, ni reproche. Solo una tristeza antigua que todavía no termina de irse.
—No me arrepiento de escucharlas —dice— Me sorprendí, pero no me arrepiento.
Manuel asiente, se pasa una mano por la cara.
—Lo dije en serio Lauti.
Eso queda flotando entre los dos, con una tensión casi palpable en el aire.
No hacen nada para cortar con ella, no se besan, no se abrazan, no avanzan. Todavía no, porque saben que lo que viene después ya no tiene vuelta atrás.
Un golpe en la puerta los sobresalta.
—¡Vamos, manga de muertos! —grita Liza— Playa en diez.
Silencio incómodo.
—Y… —agrega, con ironía—. Al fin, no? Cagones.
Manuel se incorpora rápido, Lautaro también, la cercanía se rompe de golpe, pero la tensión sigue, vibrando.
—No es lo que parece —dice Manuel, nervioso
Lautaro lo mira de reojo, no dice nada.
En la playa, el mundo sigue como si nada.
Gente riendo, música, chicos jugando, parejas besándose sin miedo. Manuel camina al lado de Lautaro, pero no sabe dónde poner las manos, ni qué distancia es la correcta ahora. Antes era fácil: eran amigos. Ahora… ahora todo está cargado de algo, algo que ni siquiera tiene nombre.
Se sientan cerca del agua, la arena todavía está tibia. El sol empieza a bajar lento.
Manuel no deja de pensar
En la forma en que siempre supo que Lautaro lo miraba distinto y eligió mirar para otro lado.
En lo cómodo que fue no decidir nada.
Capaz ya es tarde, se repite.
Lautaro, en cambio, siente algo raro, no felicidad plena, no alivio total. Pero sí una quietud nueva. Como si, por primera vez, no estuviera peleando consigo mismo.
Mira el mar. Respira.
—Tenemos que hablar —dice, sin mirarlo.
Manuel se tensa. Asiente.
—Sí.
Pero ninguno arranca todavía.
Porque saben que cuando lo hagan, ya no van a poder fingir.
Porque ambos están claros y saben que esta conversación no es sobre los celos, ni sobre la noche anterior, es sobre todo lo que sienten y sobre todo lo que no habían hablado desde que Lautaro se fue a dubai.
El sol baja un poco más.
Lautaro se abraza las rodillas, los brazos rodeándose a sí mismo como si necesitara sostener algo que todavía no se anima a soltar, la postura es pequeña, casi frágil, muy distinta a la templanza con la que viene moviéndose. Manuel lo mira y algo se le acomoda y se le desarma al mismo tiempo. Lo ve distinto, sí pero no invencible. Ve el esfuerzo detrás de esa calma, la tensión de alguien que aprendió a pararse derecho después de haberse roto.
Eso lo asusta más que cualquier reproche.
—Yo no me fui por trabajo —dice Lautaro al fin, la voz baja sin enojo— Me fui porque me estaba rompiendo.
No lo dice para acusarlo, no lo dice llorando, lo dice como quien nombra una verdad que ya aceptó, como si recién ahora pudiera decirla en voz alta sin quebrarse. Baja la mirada, aprieta un poco más las rodillas contra el pecho.
—Porque te quería y no sabía qué hacer con eso —continúa, casi en un murmullo— Porque estaba siempre esperando algo que no llegaba, porque cada vez que te elegía, sentía que vos elegías otra cosa
Manuel traga saliva, no interrumpe, no se mueve. Siente que cualquier gesto brusco podría romper ese momento.
—Me fui para no odiarte —agrega Lautaro—. Y para no odiarme yo por seguir quedándome
El silencio vuelve a instalarse entre los dos, pesado pero honesto. Manuel lo mira y por primera vez entiende que esa distancia no fue abandono, sino supervivencia y esa certeza le aprieta el pecho como ninguna otra cosa antes.
Manuel cierra los ojos.
Y ahí entiende que esto recién empieza
El silencio entre ellos no es incómodo
Es denso.
El mar rompe cerca, constante, como si marcara el tiempo de algo que se está por decir. Manuel tiene los antebrazos apoyados sobre las rodillas, la cabeza gacha. Lautaro sigue mirando al frente, pero cada músculo de su cuerpo está atento, frágil y tenso, como si en cualquier momento tuviera que salir corriendo
—yo sabia que estabas enamorado— dice Manuel de pronto
La frase cae entre ellos como algo que estuvo demasiado tiempo guardado. No hay suavidad, no hay preparación, es una verdad dicha sin anestesia, directa al hueso.
Lautaro parpadea, no lo mira todavía, siente cómo algo se le tensa en la espalda, en la mandíbula. No porque no lo supiera, sino porque escucharlo en voz alta le devuelve, de golpe, todos esos meses en los que amar fue un acto solitario.
—Siempre lo supiste —continúa Manuel, la voz más baja, más áspera— No me lo digas, porque lo vi, en cómo me mirabas cuando creías que no me daba cuenta. En cómo me esperabas aunque yo llegara tarde, en cómo te quedabas… incluso cuando yo ya me había ido hace rato.
Hace una pausa. Se pasa la lengua por los labios, como si le costara seguir.
—Y aun así… —suelta una risa seca, sin humor— Fui un boludo.
La palabra no alivia nada.
A Lautaro se le arma un nudo en la garganta que no quiere soltar, respira hondo antes de hablar, porque si lo hace sin medirlo, sabe que se le va a quebrar la voz.
—No fue solo eso —dice por fin, girando apenas la cabeza para mirarlo— No fue solo que no hiciste nada.
Manuel levanta la vista.
—Fue que hiciste lo contrario.
La frase queda flotando un segundo, cargada.
—Salías con minas —sigue Lautaro, y aunque intenta mantener la voz firme, algo se le rompe por debajo—. No llegabas a casa, me dejabas solo y después… —traga saliva— después me mirabas como si yo estuviera flasheando cuando me dolía.
Aprieta los labios, junta fuerzas.
—Eso fue lo que me rompió, Manuel, no el silencio. Fue sentir que yo estaba de más incluso cuando estaba al lado tuyo.
No hay reproches, no hay escándalo, solo una verdad dicha tarde, con la calma triste de alguien que ya lloró todo lo que tenía que llorar antes.
Manuel traga saliva. Cada palabra es un golpe, pero no se defiende. No puede.
—Tenía miedo —dice—. Miedo de cagarla, de perderte, de que nos miraran distinto, de que todo cambiara.
Lautaro suelta una risa amarga.
—Todo cambió igual, Manu.
Eso le duele más que cualquier reproche.
Manuel se pasa una mano por la cara, los ojos brillosos.
—Cuando te fuiste a Dubai… —empieza, y se le corta— Yo pensé que era el trabajo. Me convencí de eso porque era más fácil, pero sabía, sabía que te estaba perdiendo por no animarme.
Lautaro baja la mirada.
—Yo no quería irme —confiesa— Quería que me eligieras, aunque fuera una vez. Pero no pasó.
El viento levanta un poco la arena. El sol ya está bajo, tiñendo todo de naranja.
—Y después volví —sigue Lautaro— Volví porque todavía te amaba, porque pensé que capaz esta vez… —se encoge de hombros— fuera diferente.
Manuel siente que algo se le rompe adentro.
—Cuando te vi con Ian… —se anima Manuel, después de un silencio largo— me quise morir.
Se ríe apenas, sin humor.
—No tenía ningún derecho a decir nada, lo sé, pero los celos me comían vivo. Te veía reírte con él, inclinarte para escucharlo mejor y yo ahí, sintiendo que me quedaba sin lugar. Quería agarrarte y decirte que sos mío, que siempre lo fuiste. Y no pude, porque nunca te dije por qué.
Lautaro siente un calor extraño en el pecho, no es euforia, no es alivio total. Es algo más hondo. Algo que se acomoda despacio, como si una herida dejara de sangrar por primera vez.
—Yo no necesito que me poseas —dice, con la voz calma pero firme—. Necesito que me elijas, todos los días. Incluso cuando tengas miedo, cuando ambos tengamos miedo.
Manuel asiente. Le comienzan a caer un par de lagrimas sin permiso.
—Te elijo —dice— No perfecto, no sin miedo, pero te elijo Lautaro.
Lautaro respira hondo, el corazón le late fuerte, le golpea en el pecho como si quisiera salir.
—Decilo bien
Manuel levanta la cabeza, esta vez no esquiva. Lo mira de verdad, como no lo hizo en meses
—Te amo, Lautaro —dice— Te amo desde hace meses. Capaz desde siempre, desde el primer
momento que te vi y supe que debías estar a mi lado, desde el momento en que me di cuenta que mi mundo no es perfecto ni completo si no estás tu conmigo.
Lautaro cierra los ojos un segundo, como si necesitara sostenerse. Cuando los abre, hay lágrimas también.
—Yo te amo también Manu —responde— Pero no voy a volver a romperme por vos, si esto es algo, tiene que ser con los dos enteros, mirándonos, eligiéndonos y sosteniéndolos.
Manuel se acerca despacio, como pidiendo permiso con el cuerpo antes que con palabras
—Lo sé —dice— Y voy a hacerme cargo.
Lautaro lo observa unos segundos más. Hay algo en la forma en que Manuel se queda quieto, esperando, que lo desarma, no hay apuro, no hay exigencia. Solo esa presencia temblorosa, honesta, que por fin no huye.
Es él quien acorta la distancia.
Primero es apenas un roce, casi un error: la boca de Lautaro rozando la de Manuel, como probando si sigue ahí, si no se va a desarmar todo al tocarlo. Manuel se queda inmóvil un segundo, conteniendo la respiración, como si cualquier movimiento brusco pudiera romper ese instante.
Después responde.
El beso se arma despacio, no hay hambre, no hay urgencia. Hay cuidado, Manuel apoya la mano en la nuca de Lautaro, sin apretar, como sosteniéndolo, Lautaro cierra los ojos y se permite quedarse ahí, sentir la boca de Manuel sobre la suya sin miedo, sin ese nudo constante de preguntarse qué significa.
Se besan lento, profundo, con una ternura que duele un poco.
Como si cada segundo fuera una forma de decir acá estoy.
Como si el cuerpo entendiera antes que las palabras.
Manuel respira contra su boca, entre beso y beso, y Lautaro siente cómo algo se le afloja en el pecho, una tensión vieja, acumulada, que por fin encuentra dónde descansar. No hay recuerdos que molesten, no hay fantasmas del pasado: solo este presente frágil y real.
Cuando se separan apenas, Manuel apoya la frente contra la de él. Siguen con los ojos cerrados, respiraciones mezcladas, sin necesidad de decir nada más.
El mundo vuelve de a poco. El ruido del mar, el aire salado, el sol terminando de caer.
Pero algo ya cambió y algo nuevo nació.
