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¿No te animas a venir a encontrarme?

Summary:

“Hola, gordo.
Me perdí…¿No te animas a venir a encontrarme?
Te prometo que si lo hacés, vas a recibir una recompensa 😉
Buscá a Balza.
Él siempre parece saberlo todo… después de todo, es nuestro productor.”

Donde Manuel organiza una busqueda del tesoro para Lautaro.

Notes:

(See the end of the work for notes.)

Work Text:

Me desperté con el sol a través de las cortinas blancas del departamento en Punta del Este, un rayo de luz me obligó a entrecerrar los ojos mientras me incorporaba en la cama. El aire salino se colaba por la ventana entreabierta. Mi cuerpo aún nublada por el sueño, buscó la presencia de Manuel a mi lado, pero la cama estaba vacía, las sábanas revueltas solo de mi lado. Un leve desconcierto me invadió; recordé que habíamos llegado juntos la noche anterior, junto con Balza, Santiago y los demás, para pasar unos días de descanso. Me levanté, sintiendo el piso fresco bajo mis pies descalzos, y me dirigí hacia la sala principal, llamándolos en voz baja-

 

El departamento era amplio y moderno, con vistas al mar desde el balcón. No había rastro de nadie en el living ni en las habitaciones. Caminé hacia la cocina, atraído por el aroma de café recién hecho, lo encontré a Balza estaba de pie junto a la mesada. Vestía una camiseta ligera y shorts, con el cabello aún desordenado por el sueño. Al verme entrar, levantó la vista y me recibió con una sonrisa cálida, esa que siempre lograba disipar cualquier tensión.

 

—Buenos días, Lautaro —con su voz serena, extendió una taza humeante hacia mí—. ¿Dormiste bien?

 

Tomé la taza, agradecido por el gesto, y miré alrededor una vez más, confirmando la ausencia de los demás.

 

—Buenas, che…¿No sabes dónde está Manu y Santi? —pregunté, intentando mantener un tono casual, aunque una punzada de inquietud se instalaba en mi pecho.

 

Balza hizo un ademán con la mano, un gesto fluido que indicaba que salieron. No era de muchas palabras por la mañana.

 

—Salieron a comprar comida y recorrer el shopping, no querian despertarte ya que se veía que estabas muy cansado.

 

Asentí, aceptando la explicación sin insistir, me senté en la isla de la cocina frente a él. Preparamos un desayuno sencillo: tostadas con mermelada, frutas frescas cortadas y más café. La conversación fluyó con tranquilidad, hablando de trivialidades como el clima perfecto de Punta del Este en esta época del año y los planes para explorar la ciudad. Era raro no teníamos prisa o algo pendiente que hacer, simplemente disfrutabamos del placer de una mañana, con el sonido del mar como fondo.

 

A medida que avanzaba el día, el sol iluminaba más. Tipo dos la tarde, Balza sugirió que saliéramos a la playa, y accedi. Empacamos una pequeña mochila con toallas, protector solar, algo de agua, y no tardamos en caminar luego de unos minutos directamente en la arena. La playa de Punta del Este era un espectáculo: arena blanca que se extendía hasta donde la vista alcanzaba, el agua azul con olas. Nos instalamos bajo una sombrilla alquilada, extendiendo las toallas nos metimos un rato en el agua. 

 

Cuando el sol calentaba mi piel, luego de salir del agua y acostarme en la reposera. No podía evitar revisar mi teléfono una y otra vez. Solo para encontrar la pantalla vacía de notificaciones. Ningún mensaje de Manuel, ni de Santiago.

 

”¿Por qué no escribían? ¿Habría ocurrido algo? ¿Se enojaron conmigo?” 

 

 Balza notaba mi distracción, pero no comentaba nada; en cambio, me pasaba una botella de agua o iniciaba una charla ligera.

 

En esos momentos donde la inseguridad parecía aparecer seguido, mi mente retrocedía inevitablemente a aquella noche que había cambiado todo entre Manuel y yo. Habíamos sido inseparables por un tiempo, teníamos nuestras peleas y chocábamos bastante, pero al final siempre terminabamos arreglandolo donde uno de los dos terminaba cediendo. No recuerdo en qué momento comencé a desgastarme mentalmente, estaba desorientado tanto en el presente sobre el contenido que hacíamos. Como en el futuro que quería forjar.

 

De eso vino mi decisión impulsiva de huir a Dubái pero en el camino no me di cuenta que estaba rompiendo algo que juré nunca hacer, mis amigos. Si, luego regresé, lleno de arrepentimientos.Y esa noche, en el departamento de Buenos Aires, todo pareció salir a la luz, el verdadero motivo enterrado que no quise ver en su momento. Manuel y yo estábamos solos; él insistía en hablar, y lo que comenzó como una conversación tensa se convirtió en un torrente de emociones. Lloraba, sus hombros temblaban mientras se disculpaba por todos los errores que, según él, habían contribuido a mi partida: las discusiones triviales, los malentendidos no resueltos, las veces en que no había estado lo suficientemente presente. 

 

“—Fui un pelotudo, Lautaro —sollozaba— perdoname por favor. No quiero que te vuelvas a ir—”

 

Esas fueron sus palabras, me disculpe también con un nudo en la garganta, reconociendo que mi elección había sido precipitada, un acto de cobardía que había herido profundamente a las dos personas más importantes en mi vida: El y Santiago. 

 

“—Los lastimé a ambos —admití— y no hay día en que no me arrepienta de haberlos dejado atrás—”

 

Entre lágrimas, Manuel se arrodilló frente a mí, su figura de siempre ser un pibe seguro, fuerte se esfumó para dejarle paso al chico vulnerable y con miedo que poquísimas veces tuve el placer de ver. Intenté levantarlo, mis propias lágrimas rodaban en silencio por mis mejillas, pero él me las detuvo poniéndose de pie, atrapó mi rostro en un gesto suave e íntimo. Sus palmas cálidas contra mi piel me inmovilizaron, y nos miramos a los ojos: el verde de los suyos chocando contra el marrón de los míos, como si en esa mirada se condensara toda nuestra historia compartida.

 

“—No quiero perderte otra vez Lauty —murmuró, su voz ronca por la emoción— Se que me voy a la mierda con lo que te voy a decir, pero si vamos a intentarlo otra vez. Necesitas saber que…que me di cuenta de que me pasan cosas con vos cosas... que no son solo de mejor amigo o amistad, me gustas Lautaro. Y tengo tanto miedo de arruinar la amistad con esto, pero no puedo simplemente ignorarlo y volver a ser como antes. Porque quiero más, mucho más y te juro que si me decis que no queres nada de mi que solo queres volver a hacer amigos lo voy a aceptar, solo voy a necesitar un poco de tiempo para soltarlo, mas prefiero tenerte como vos quieras a perderte—"

 

Lloré, asintiendo a la confesión porque sentía exactamente lo mismo y quería lo mismo que él. Mis manos subieron a su cuello, atrayéndolo hacia mí hasta que nuestras frentes se tocaron, un contacto que nos daba alivio. Nuestras narices se rozaron en un beso esquimal. Sonreímos ambos, con los corazones acelerados, sintiéndonos liberados por fin de la tensión acumulada. 

 

“—Tuve que irme a la punta del culo para que te dieras cuenta, tonto. Quiero Manu, quiero lo mismo que vos en todo los sentidos. A mi también me pasan cosas con vos —” confesé con una sonrisa juguetona, mientras él reía entre sollozos.

 

Desde esa noche, decidimos dejar atrás el término amigos y darnos una oportunidad en esto todo nuevo del amor. Pero no nos habíamos puesto la etiqueta como "novios". Era un territorio nuevo y decidimos llevarlo despacio “chongo” no era, odiaba esa palabra. Teníamos “Algo” punto.

 

Por eso, la ausencia del pelinegro molestaba tanto; anhelaba su regreso, el roce de su mano, la certeza de que lo que habíamos iniciado no se desvanecería. Era una manía que constantemente necesitaba reforzar, saber que lo de ellos en serio se estaba construyendo desde el amor. 

 

El atardecer tiñó el cielo de naranja y rosado. Balza sugirió regresar al departamento. Lo cual acepté porque ya estaba cansado, levantamos nuestras cosas. Mi teléfono permanecía vacío de mensajes. Caminamos de vuelta en silencio.

 


 

Regresamos al departamento cuando el sol ya se estaba escondiendo más, tiñendo el cielo de un violeta profundo. La caminata desde la playa había sido silenciosa; yo cargaba la mochila con las toallas húmedas y Balza silbaba una melodía distraída. Al entrar, el aire acondicionado nos recibió, dejé caer las cosas en el suelo del living con un suspiro cansado.

 

Balza se dirigió directamente a la cocina, abrió la heladera y sacó una botella de agua.

 

—Andá a bañarte tranqui —dijo, sin mirarme—. Esta noche cenamos afuera con los chicos. Nos encontramos directamente allá, me dijeron.

 

Sentí un pinchazo agudo en el estómago, como si alguien hubiera apretado un nudo invisible.

 

—¿Cómo sabés eso? —pregunté, intentando que mi voz sonara neutra.

 

—Me mandaron un mensaje —respondió con naturalidad, encogiéndose de hombros mientras bebía.

 

El pinchazo se convirtió en una piedra en la panza. ¿Por qué a Balza sí y a mí no? Todo el día sin una sola notificación de Manuel o de Santiago, y ahora resultaba que ellos coordinaban dejándome afuera. Tragué saliva, forzando una sonrisa.

 

—Ah, bueno —murmuré, y me encaminé hacia la habitación para no seguir preguntando.

 

Dejé el teléfono sobre la cama, tomé ropa limpia y me metí en el baño. La ducha fría me ayudó a aclarar un poco la cabeza; el agua corría por mi espalda mientras intentaba no darle demasiadas vueltas al asunto. Tal vez Manu había querido una salida con Santiago. 

 

O tal vez salió con una chica

 

No, no quería alimentar inseguridades que apenas empezaba a dejar atrás.

 

Salí del baño. Me puse una remera color crema, unos shorts azules cortos y unas samba blancas. Me afeité con cuidado, peiné, y rocié un poco de perfume en el cuello y las muñecas: esa fragancia cítrica que Manuel siempre decía que le volvía loco.

 

Mientras me abrochaba el reloj, hablé en voz alta hacia el living:

 

—Balza, ¿dónde es que nos encontramos con los chicos?

 

No hubo respuesta. Avancé por el pasillo hacia la cocina, repitiendo la pregunta con tono más alto.

 

La cocina estaba vacía. Balza no estaba. El departamento entero parecía sumido en un silencio absoluto.

 

Lo que llamó mi atención de inmediato fue la isla de la cocina: sobre ella había una bandeja con una merienda completa. Sanguches de miga, scones con mermelada y crema, frutas cortadas, un vaso con jugo de naranja. Y flotando por encima, sujeto por un hilo fino, un globo de helio en forma de estrella dorada se mecía suavemente. De la cinta colgaba una carta doblada y, sujeta con un clip, una fotografía.

 

Me acerqué con el corazón latiendo fuerte, una mezcla de sorpresa y anticipación. Tomé la foto primero: era una Polaroid. En ella aparecíamos Manuel y yo, sonriendo ampliamente frente a la cámara. Fue la primera foto que nos sacamos juntos cuando yo llegué de España para instalarme en Buenos Aires y vivir con él. Sonreí sin poder evitarlo, sintiendo que el pecho se me expandía. Con manos temblorosas abrí la carta. La letra de Manuel, inconfundible, llenaba la hoja:

 

“Hola, gordo.

Me perdí… ¿No te animas a venir a encontrarme?

Te prometo que si lo hacés, vas a recibir una recompensa 😉

Buscá a Balza.

Él siempre parece saberlo todo… después de todo, es nuestro productor.”

 

Reí en voz alta, una risa que liberó toda la tensión acumulada del día.Tomé el globo con cuidado para que no se escapara, aún sonriendo como un tonto, y sentí que el corazón me latía a mil por hora.

 

En ese momento, mi teléfono vibró sobre el bolsillo de mi pantalón. Un mensaje de Manu: era una ubicación en tiempo real compartida. El punto azul parpadeaba… dentro del mismo edificio. Más precisamente, en el piso de abajo.

 

Fruncí el ceño, divertido. ¿Balza estaba en el departamento abajo? No dudé ni un segundo. Agarré las llaves, el teléfono, el globo y salí del departamento cerrando la puerta con suavidad.

 

Bajé las escaleras en lugar de tomar el ascensor, impaciente por seguir el juego que Manuel había armado con tanto cariño. Fuera lo que fuera esa “recompensa”, ya me sentía ganador solo por saber que él había pensado en mí todo el día, que había planeado esto para mí.

 


 

Seguí el punto azul parpadeante en el mapa hasta llegar al final del pasillo del piso inferior. Ahí estaba Balza, de pie en la orilla de la pileta donde nos estábamos hospedando. Me esperaba con esa sonrisa cómplice que lo caracterizaba, sosteniendo en la mano un nuevo globo de helio: Era una copa pistón, que flotaba con gracia por encima de su cabeza.

 

Me acerqué sin prisa, sintiendo cómo la anticipación me aceleraba el pulso. Balza no pronunció palabra alguna; simplemente extendió el globo hacia mí con un gesto suave. Lo tomé con cuidado, notando que de la cinta colgaba otra Polaroid y una carta.

 

Observé la fotografía. Era una selfie tomada en plena calle de Buenos Aires, uno de esos días espontáneos en los que Manuel y yo habíamos salido a caminar sin rumbo fijo. En la imagen, ambos aparecíamos riendo con complicidad, el viento despeinando mi cabello y él rodeándome los hombros con su brazo. El fondo mostraba una avenida conocida, con el sol de la tarde bañándonos en una luz cálida. Recordé ese momento con nitidez: habíamos estado discutiendo sobre una película absurda y terminamos carcajeándonos en medio de la vereda. Sonreí al verla, sintiendo que el calor subía por mi pecho.

 

Con delicadeza abrí la carta:

 

“Este Balza… parece que no tiene idea de dónde estoy. :c

Pero tiene algo importante…

¡Un contacto!

Tal vez ese contacto sí sepa dónde encontrarme.”

 

Levanté la vista hacia Balza, que mantenía su expresión divertida, fiel al juego tecleo algo en su teléfono. En ese preciso instante, mi teléfono vibró en el bolsillo. Lo saqué y vi un nuevo mensaje: provenía del contacto de Balza. Era otra ubicación compartida en tiempo real, esta vez señalando un punto a pocas cuadras del edificio.

 

Sonreí una última vez a mi amigo, agradeciéndole con la mirada por su complicidad en esta aventura que Manuel había orquestado con tanto detalle. Balza inclinó ligeramente la cabeza, como despidiéndome, y yo giré sobre mis talones, sosteniendo ahora dos globos —la estrella y la copa — que se mecían alegremente mientras caminaba fuera de la piscina.




 

Llegué a la entrada principal de una casa con los dos globos flotando a mi lado, el corazón latiendo con una mezcla de curiosidad y euforia contenida. La noche ya había caído por completo sobre Punta del Este, y las luces iluminaban la calle con un resplandor suave. Sin embargo, lo que me detuvo en seco fue la figura que aguardaba junto a la puerta: Zaira Nara, sosteniendo un globo rojo redondo. Estaba preciosa, como siempre: vestida con un conjunto ligero y veraniego que realzaba su silueta, el cabello suelto cayendo en ondas perfectas y una sonrisa enorme que iluminaba su rostro entero.

 

Me acerqué, sorprendido pero encantado por su presencia. La saludé con un beso en la mejilla, sintiendo el aroma de su perfume floral.

 

—¡Zaira! ¿Qué hacés acá? —exclamé, aunque la respuesta ya se intuía en el globo que sostenía.

 

Ella me devolvió el saludo con calidez, riendo suavemente antes de extender el globo hacia mí.

 

—Vine a entregarte esto, por órdenes superiores —dijo con tono juguetón, guiñandome un ojo.

 

Tomé el globo rojo con cuidado, notando que, al igual que los anteriores, llevaba una Polaroid sujeta y una carta doblada. Primero observé la fotografía: éramos los dos—Manuel, y yo— acostados en la amplia cama en la antigua habitación de Man, en aquellos tiempos en que compartimos la vivienda. En el centro, acurrucado entre nosotros, estaba Simón, el perro de Manuel. La imagen capturaba un momento de pura despreocupación: risas congeladas, mantas revueltas y una intimidad fraternal que ahora, al recordarla, me llenaba de nostalgia. Era preciosa, un tesoro de aquellos días en que todo parecía más simple.

 

Con el pulso acelerado, abrí la carta: 

 

“Uy… parece que Zaira tampoco sabe dónde estoy.😅

¿Dónde me metí?

Pero no todo está perdido gordo, paciencia.

Ella conoce a alguien que sí podría decirte exactamente dónde encontrarme.”

 

Reí en voz alta, incapaz de contener la diversión que este juego de búsqueda del tesoro me provocaba. Manuel había involucrado a nuestros amigos más cercanos, tejiendo una red de pistas que me llevaba de uno a otro, como si estuviera reconstruyendo nuestra historia compartida a través de ellos.

 

En ese instante, mi teléfono vibró nuevamente. Zaira, con una sonrisa cómplice, había enviado la nueva ubicación en tiempo real. La abrí de inmediato y fruncí el ceño: el punto marcaba un lugar considerablemente más lejos de lo que esperaba. El problema que teníamos ahora era que no sabía manejar, y la distancia era demasiado grande para ir caminando.

 

Levanté la vista hacia Zaira, buscando alguna indicación, y ella me guiñó un ojo con evidente complicidad. Se movió con gracia hacia un auto negro que estaba estacionado al borde de la acera, con el motor encendido y las luces bajas encendidas. Un chófer uniformado aguardaba al volante.

 

Comprendí al instante: ese vehículo era parte del plan, la forma en que Manuel aseguraba que llegaría a la siguiente pista sin contratiempos. Antes de subir, me giré hacia Zaira y la abracé con fuerza, un gesto de agradecimiento sincero. Ella aceptó el abrazo gustosa, correspondiéndolo con calidez y apretándome brevemente los hombros.

 

—Gracias por ser parte de esto —murmuré contra su oído.

 

—No hay de qué, disfrutalo —respondió ella, soltándome con una sonrisa radiante.

 

Me subí al asiento trasero del auto, sosteniendo los tres globos —la estrella, la copa y ahora el rojo redondo— que se mecían suavemente con el movimiento. Le indiqué la ubicación al chófer, quien asintió con profesionalismo y puso el vehículo en marcha. Salimos a la calle principal, alejándonos del departamento y de la rambla iluminada, internándonos en la noche uruguaya.

 


 

El auto se detuvo en una calle animada y llena de vida, donde la noche de Punta del Este se iluminaba con las luces cálidas de una feria artesanal. Al bajar, el chófer me indicó con un gesto cortés que había llegado a destino, y cerré la puerta mientras observaba el entorno: puestos coloridos alineados a lo largo de la acera, repletos de artesanías, joyería hecha a mano, tejidos y objetos decorativos. La gente recorría el lugar con tranquilidad, deteniéndose a regatear o admirar las piezas, mientras el aroma a comida callejera y el murmullo de conversaciones llenaban el aire.

 

Sosteniendo mis tres globos —que ahora atraían miradas curiosas— avancé entre los puestos, buscando con la vista a la siguiente persona en esta cadena de pistas. Mi corazón latía con expectativa, y pronto una sonrisa se dibujó en mi rostro al distinguirla: 

 

Era Liza, la mejor amiga de Manu, parada junto a una tienda de accesorios con su cabello rubio cayendo en ondas perfectas. Me acerqué con rapidez, y al notarme, ella abrió los brazos sin dudar, envolviéndome en un abrazo efusivo y cálido.

 

—¡Moski! ¡Qué alegría verte! —exclamó, su voz llena de genuina emoción mientras me saludaba.

 

Correspondí el abrazo con afecto. Sin embargo, al separarnos, noté que no llevaba ningún globo ni carta visible. Una decepción involuntaria debió reflejarse en mi expresión, porque Liza la captó de inmediato: soltó una risa ligera, negó con la cabeza y se inclinó hacia el costado de la tienda. De allí sacó un nuevo globo, esta vez en forma de Rayo McQueen —el auto rojo de la película que tanto me gustaba que rozaba a la obsesión—, atado a una carta, una Polaroid y, sorprendentemente, una pequeña bolsita de tul traslúcido.

 

Tomé el globo con cuidado. Primero observé la fotografía: era de Manuel y yo, tomada poco después de mi regreso de Dubái. En ella aparecíamos abrazados, con expresiones de alivio y felicidad contenida, como si el mundo volviera a encajar tras meses de distancia. Era un gesto hermoso, pero también amargo; porque llegaba el recuerdo inmediato del sufrimiento que ambos habíamos atravesado para llegar a ese nuevo inicio, las discusiones no resueltas, la separación dolorosa y la reconciliación que había transformado nuestra amistad en algo más profundo.

 

Con delicadeza abrí la bolsita de tul, dejando caer su contenido en la palma de mi mano. Sonreí al ver un collar dorado delicado, con un dije en forma de brújula. Al darle vuelta al dije, descubrí una serie de números grabados: -39.001744. Fruncí el ceño, intrigado; parecían coordenadas. No entendía su significado, pero decidí que se lo preguntaría cuando lo encontrara.

 

Finalmente, desplegué la carta. La letra de él, cargada de humor y cariño, decía:

 

“¿En serio?

Pensé que Liza, sabría exactamente dónde estoy.

Bueno… último intento, ¿no?

Quién mejor que el Bayo para saber dónde encontrarme”

 

Reí en voz baja, imaginandolo planeando cada detalle con esa mezcla de romanticismo y picardía que lo definía. Liza, observándome con una sonrisa cómplice, sacó su teléfono y me envió la ubicación final. La abrí de inmediato: el punto marcaba un lugar a solo unos minutos caminando, en la dirección de la playa cercana.

 

Me incliné para darle un último abrazo a Liza, apretándola con gratitud.

 

—Gracias por todo esto —murmuré.

 

—Suerte, Lau. Se lo merecen —respondió ella, deseándome lo mejor con una calidez que me reconfortó.

 

Solté el abrazo y seguí mi camino, ahora con cuatro globos flotando a mi lado. La feria quedaba atrás mientras avanzaba hacia la ubicación, el sonido de las olas cada vez más cercano. El corazón me latía con fuerza; esta era la última pista, estaba recontra seguro de eso. Ya pronto lo tendría frente a mí. No importaba el cansancio o las vueltas: iba a encontrarlo.

 


 

Llegué al lugar indicado por la última ubicación, y me encontré frente a una cafetería acogedora en el borde de la zona comercial. El establecimiento mostraba un encanto rústico, con mesas de madera dispuestas en una terraza abierta que daba a la calle, iluminadas por faroles suaves que competían con el resplandor de la luna creciente. El aroma a café recién molido y pasteles horneados se mezclaba con la brisa del mar, creando una atmósfera que invitaba a la pausa. Sin embargo, mi mente no estaba en reposo; buscaba con avidez entre las mesas, escaneando rostros bajo la luz tenue, hasta que lo encontré: Santiago, mi mejor amigo, sentado en una esquina apartada, tomando un café humeante acompañado de facturas.

 

Me acerqué con paso decidido, los cuatro globos flotando a mi lado como testigos mudos de esta odisea romántica. Al verme, Santiago levantó la vista y una sonrisa amplia se dibujó en su rostro, esa expresión que siempre transmitía una mezcla de lealtad inquebrantable y humor sutil. Noté inmediatamente el globo que sostenía: en forma de corazón, con una carta y una Polaroid atadas a su cinta. Él se puso de pie para recibirme, extendiendo el globo hacia mí mientras negaba con la cabeza en un gesto fingidamente resignado.

 

—Estos chicos, todo yo —bromeó con esa voz grave y cálida que siempre lograba aligerar cualquier tensión, como si estuviera renegando de la carga de ser el eterno mediador en nuestras vidas entrelazadas.

 

Acepté el globo con manos temblorosas, sintiendo cómo el peso emocional de esta búsqueda culminaba en este momento. Primero observé la fotografía: era de Manuel y yo en nuestra primera cena solos, un intento deliberado de dar paso al amor que había estado latente entre nosotros. En la imagen, aparecíamos sentados en un restaurante íntimo de Buenos Aires, con velas parpadeantes reflejándose en nuestros ojos. Manuel tenía esa mirada profunda, verde como el bosque, y yo sonreía con una vulnerabilidad que ahora reconocía como el comienzo de algo irreversible. Recordarla me provocó un nudo en la garganta; había sido una noche cargada de confesiones susurradas, toques accidentales que no lo eran tanto, y la promesa implícita de un futuro juntos.

 

Con el corazón agitado, abrí la carta, desplegando el papel con cuidado para no arrugar las palabras que Manuel había escrito con su caligrafía familiar:

 

“¡Sí!

Yo sabía que Santiago iba a saber dónde estaba…

Pero no te veo.

Mejor te espero en la playa.

Vos mandale derecho…

en algún punto me vas a encontrar.

Ah, Lauty… mientras caminás, pensá:

 

¿Qué hubiera pasado si Santiago no estuviera con nosotros?”

 

Las palabras me golpearon con una intensidad inesperada. Mi pecho se contrajo con una emoción abrumadora; lágrimas picaron en mis ojos, pero las contuve, enfocándome en el presente. Santiago, percibiendo mi estado, se acercó y me envolvió en un abrazo firme. Su mano en mi espalda era un recordatorio sólido de nuestra amistad forjada en años de risas, crisis y lealtades inquebrantables.

 

—Andá, Lauty —murmuró, separándose para señalarme la dirección hacia la playa, su voz teñida de complicidad y afecto—. Te está esperando.

 

Asentí, incapaz de articular palabras en ese instante, y me alejé de la cafetería con el corazón latiendo a un ritmo desbocado. Caminé por las calles que se abrían hacia la costa, el sonido de mis zapatillas sobre el pavimento resonando en mis oídos como un tambor de anticipación. Al principio, la oscuridad de la noche me desorientó; la playa se extendía, con el mar susurrando secretos a la orilla. Pero entonces, algo capturó mi atención: flores clavadas en la arena, rosas blancas que formaban un sendero. Mi aliento se cortó; solté un grito de sorpresa ahogado, cubriéndome la boca con la mano mientras contemplaba la escena.

 

Las rosas comenzaron a mezclarse con un precioso camino de luces: velas pequeñas en frascos de vidrio alineadas a lo largo del trayecto. Siguiéndolo, no pude evitar que la emoción me invadiera por completo; cada paso aceleraba mi pulso, haciendo que el aire pareciera escaso en mis pulmones. Dios, Manuel no podía haber hecho semejante trabajo solo para darme una sorpresa; la idea de él plantando flores, encendiendo velas bajo el cielo estrellado, me llenaba de un amor tan profundo que dolía. Lágrimas calientes rodaron por mis mejillas, sino de una gratitud abrumadora por este hombre que había transformado una ausencia en una declaración de devoción.

 

Mientras avanzaba por ese sendero encantado, con los globos meciéndose como compañeros fieles y las olas como banda sonora, mi mente se volvía inevitablemente a la pregunta que Manuel había plantado en la carta: ¿qué hubiera pasado si Santiago no estuviera con nosotros? La interrogante reverberaba en mi interior, pensando en recuerdos y especulaciones. No recordaba una charla específica donde hubiéramos profundizado en eso, pero si Manuel lo mencionaba, debía tener un significado. Pensé en cómo Santiago había sido el puente en nuestra amistad, el que mediaba en desacuerdos, el que nos unía en momentos de duda. Sin él, quizás Manuel y yo nos habríamos distanciado irremediablemente durante mi tiempo en Dubái; quizás la reconciliación no habría sido posible, o el paso hacia algo más romántico se habría truncado por miedos no confrontados. Santiago era el ancla, el tercero en una tríada que equilibraba nuestras intensidades.

 


 

Al rodear una curva suave en el sendero de arena, donde las dunas se elevaban como guardianes silenciosos bajo el cielo estrellado, un nudo se formó en mi garganta, apretando con una intensidad que me dejó sin aliento. No sabía qué hacer; mi cuerpo temblaba por completo, nervios y un amor tan abrumador que amenazaba con desbordarme. Las velas parpadeaban a mis pies.

 

En el final del sendero, el panorama se abrió ante mí como un sueño hecho realidad: un pequeño campamento, íntimo y perfecto, que parecía haber sido extraído de una postal romántica. Una sombrilla blanca grande se erguía como un dosel protector, bajo la cual había una mesa baja de madera rústica cubierta por una manta a cuadros suaves, salpicada de almohadas mullidas en tonos crema y azul marino. Candiles antiguos colgaban de postes improvisados, sus llamas doradas complementadas por cadenas de luces LED que serpenteaban alrededor, creando un resplandor cálido y etéreo que contrastaba con la oscuridad de la playa. Detrás de todo esto, una pequeña carpa blanca, justo del tamaño para dos personas, se alzaba con sus puertas entreabiertas revelando un interior acogedor con sacos de dormir y más almohadas. El esfuerzo detrás de esto era palpable: Manuel debía haber pasado horas armándolo, transportando cada elemento hasta esta sección apartada de la costa, solo para mí. El sonido de las olas rompiendo a lo lejos se mezclaba con una melodía suave que provenía de un altavoz portátil oculto, una canción instrumental que evocaba paz y eternidad.

 

Enfrente de este hermoso campamento, erguido con una postura que irradiaba confianza, había una silueta que me provocó que las primeras lágrimas rodaran por mis mejillas sin control. Era él, por lejisimo; su contorno familiar, alto y atlético, se recortaba contra el horizonte marino. Vestía jeans sueltos negros que caían con gracia sobre sus zapatillas, una camisa blanca desabotonada en los primeros botones, arremangada hasta los codos, dejando ver la piel bronceada de sus antebrazos con tatuajes. En sus manos sostenía un ramo de flores en colores pasteles —rosados suaves, lavandas y blancos cremosos—, que cubría parcialmente su rostro, añadiendo un toque de misterio a la escena.

 

Cuando bajó el ramo lentamente, revelando su rostro, el mundo pareció detenerse. Su cabellera pelinegra estaba peinada con esmero, ondas naturales que caían con perfección sobre su frente, y esos ojos verdes —esos ojos que siempre me habían cautivado— brillaban con una intensidad amplificada por el reflejo de las luces circundantes. Su sonrisa se expandió, abierta y genuina, llena de ese calor que solo él podía transmitir.

 

—Me encontraste, mi amor —dijo con voz suave, extendiendo el ramo ligeramente hacia mí.

 

Sonreí entre lágrimas, aún aferrando los globos como un ancla a la realidad, y asentí con fuerza, incapaz de que me saliera alguna palabra coherente. Mi garganta estaba cerrada, el pecho oprimido por una ola de sentimientos que me abrumaba: gratitud, amor, alivio por haber completado esta búsqueda que había sido mucho más que un juego. Las lágrimas seguían cayendo, trazando surcos en mis mejillas mientras lo observaba, absorbiendo cada detalle de él como si fuera la primera vez.

 

Manuel se acercó atravesando el poco espacio que nos separaba, sus pasos seguros sobre la arena blanda. Cuando lo tuve enfrente, no dudó en tomar mi mano suavemente, entrelazando sus dedos con los míos en un gesto que envió chispas a través de mi piel. Me acercó con delicadeza, como si temiera romper el momento, y el contacto de su piel cálida contra la mía disipó cualquier resto de temblor en mi cuerpo.

 

—Hola gordo —murmuró, su aliento rozando mi frente.

 

—Hola —fue lo único que pude responder, con la voz quebrada y entrecortada, sintiendo que el corazón me explotaba de amor en el pecho, un estallido de emociones que me hacía sentir vivo de una manera que solo él podía provocar.

 

Manuel rió suavemente, un sonido bajo y melodioso que reverberó en mi interior, y dejó un beso tierno en mi sien. Luego, tiró de mí con suavidad, guiándome hacia el mini campamento. Caminamos de la mano, mis globos flotando, y cada paso me llenaba de una paz profunda. El campamento nos envolvió: nos sentamos en la manta, rodeados de las luces y el aroma floral, y en ese instante, con Manu a mi lado.

 


 

Me senté en la manta, aún con el eco de las lágrimas en las mejillas y el corazón latiendo con una intensidad que apenas me permitía respirar con normalidad. Manu se acomodó frente a mí, sobre la arena cubierta por la tela suave, sosteniendo el collar dorado entre sus dedos con delicadeza, como si fuera el objeto más frágil del mundo. La luz de los candiles y las cadenas de luces se reflejaba en el dije en forma de brújula, haciendo que los números grabados parecieran brillar con vida propia.

 

—¿Sabés por qué tiene coordenadas este collar? —repitió en voz baja, sus ojos verdes fijos en los míos—. Negué con la cabeza, incapaz de articular palabra; la emoción me había dejado mudo.

 

—Son mis coordenadas —continuó él, con una sonrisa que temblaba ligeramente por la emoción—. Es en la casa de mi mamá, justamente en mi pieza. Donde todo comenzó, mi amor.

 

El impacto de aquellas palabras fue inmediato. Sentí cómo un nuevo nudo se formaba en mi garganta, más apretado que los anteriores, mientras las imágenes de aquellos años regresaban con nitidez abrumadora: la habitación de Manu en la casa de su madre, con las paredes color crema, la cama desordenada donde pasábamos horas hablando hasta el amanecer, Simón durmiendo entre nosotros, las noches en que compartimos auriculares para escuchar la misma canción. Aquel era el lugar donde nuestra historia había echado raíces, donde la amistad se había convertido en algo tan profundo. El principio de todo.

 

Mis ojos se llenaron de lágrimas otra vez, y esta vez no intenté contenerlas. Rodaron libremente por mis mejillas mientras él se acercaba más, desabrochó el collar con dedos temblorosos —noté que él también estaba al borde del llanto— y lo pasó con cuidado alrededor de mi cuello. El metal frío rozó mi piel cálida, y cuando lo cerró, el dije quedó justo sobre mi pecho.

 

—Esto es para que nunca más te pierdas —susurró, su voz ronca y cargada de emoción—. Para que siempre sepas hacia dónde volver. Porque mi casa, mi pieza, mi vida entera…sos vos bebé y todo eso que somos, tienen estas coordenadas. Vos sos el norte de esa brújula.

 

No pude más. Me incliné hacia adelante y lo abracé con fuerza, escondiendo el rostro en su cuello mientras sollozaba en silencio. Sentí sus brazos rodearme de inmediato, apretándome contra su pecho como si temiera que me desvaneciera. Su camisa blanca se humedeció con mis lágrimas, pero a él no parecía importarle; solo me acariciaba la espalda con movimientos lentos y reconfortantes, dejando besos suaves en mi cabello.

 

—Amor… —logré decir al fin, con la voz quebrada—. No sé qué decir. Esto… vos… todo esto es demasiado.

 

Él se apartó apenas lo suficiente para mirarme a los ojos, sus manos subiendo a tomar mi rostro. Sus pulgares acariciaron mis mejillas, secando las lágrimas con ternura infinita.

 

—¿Te acordás de lo que te dije que pensaras? —preguntó con voz suave, aunque cargada de una expectativa profunda.

 

Lo miré, sincero, mientras intentaba rescatar del torbellino de emociones algún recuerdo concreto.

 

—Lo intenté, Manu, pero no recuerdo que hayamos hablado de eso —respondí, con honestidad absoluta, sintiendo una leve inquietud ante su sonrisa misteriosa.

 

Él sonrió con mayor amplitud, una mezcla de ternura y nerviosismo que le iluminaba el rostro, Se colocó de pie para luego ayudarme a pararme a mi. Luego, con una lentitud deliberada que hizo que mi corazón se acelerara aún más, se arrodilló frente a mí, apoyando una rodilla en la manta.

 

—¡Manu! ¡¿Qué hacés?! —exclamé, alarmado, acercándome de inmediato al pelinegro con el impulso de levantarlo.

 

Pero él, sin perder la calma, sacó su teléfono del bolsillo y buscó algo en la pantalla con dedos rápidos. Cuando lo encontró, tomó mi mano derecha con gentileza y colocó el dispositivo en ella, cerrando mis dedos alrededor de él.

 

—Mirá —murmuró, su voz apenas un susurro por encima del rumor de las olas.

 

Con la otra mano sujeté la suya con fuerza, buscando anclaje en su contacto cálido, y presioné el play en el video que aparecía en pantalla.

 

Era un stream nuestro. En el video, ambos aparecíamos sentados frente a la cámara, riendo con complicidad. La voz de Manuel del pasado resonó clara:

 

“—¿Qué hubiera pasado si Bauleti nunca hubiéramos existido y nos mudáramos vos y yo acá?—”

 

Mi propia voz, segura y confiada respondió:

 

“—Para mí… el setup estaría ahí. Y ya seríamos novios.”

 

Manuel en el video, sonrió sorprendido: 

 

“—No…¿Cómo?—”

 

Yo, con absoluta convicción sonreí y dije: 

 

“—Ya sería oficial.”

 

El video se detuvo allí. No recordaba ese momento; se me había pasado por alto entre tantas transmisiones, tantas bromas y confesiones veladas. Pero ahora, al escucharlo, comprendí su peso: una declaración inconsciente, un deseo expresado sin filtros en un instante de sinceridad absoluta.

 

Cuando levanté la vista del teléfono, me llevé la sorpresa más enorme de mi vida.

 

Detrás de Manuel, en la oscuridad, se habían encendido unas letras de luces neón, con letras blancas y doradas que brillaban contra el cielo estrellado. Las palabras se materializaron ante mis ojos:

 

“¿Me dejarías ser tu novio?”

 

Manuel, aún de rodillas, me miraba con los ojos llenos de lágrimas que ahora caían sin contención por su rostro. Su voz, temblorosa pero firme, rompió el silencio:

 

—Eras un visionario mi amor, se que me tardé mucho y tal vez ni siquiera merezca el intento de tantas cagadas que me mande, pero me gustaría demostrarte, Lautaro Moschini, que yo, Manuel Merlo, quiero hacerte la persona más feliz del planeta y amarte con todo lo que soy por el resto de mi vida. Quiero que puedas elegirme libre de presiones y culpas, porque decidas lo que decidas ahora… igual voy a seguir amándote, igual me vas a tener a tu lado aunque no me necesites más. Lauti No te prometo que vaya a ser fácil, porque nosotros tenemos nuestras diferencias y si. Vamos a discutir, enojarnos con el otro muchas veces. Pero gordo, vos y yo tenemos cancha en esto —bromea a lo último sacándonos una risa a ambos— tampoco va a ser fácil el mundo allá afuera, pero en tanto vos me mires con esos ojitos marrones que me desarman. Te juro que soy capaz de irme contra todo. No quiero que tengamos esa etiqueta de “algo” quiero que me llames tu novio y yo llamarte así, quiero que sea oficial en todo los sentidos posibles. Es por eso que estoy de rodillas, porque no se como honrarte de tal manera, para pedirte a vos Lautaro Moschini ¿Me dejarías ser tu novio?—

 

El mundo se redujo a ese instante. El sonido del mar, el parpadeo de las velas, los globos flotando a nuestro lado… todo se desvaneció ante la vulnerabilidad absoluta de Manuel arrodillado frente a mí, ofreciéndome no solo su corazón, sino su futuro entero, una etiqueta a los nuestro, un nombre a esto que nos pasa a este vínculo. 

 

Las lágrimas me impedían ver con claridad, pero no dude en darle la respuesta que había estado esperando con tanta emoción. Solté su mano solo para atrapar su rostro con las mias, inclinándome hasta que nuestras frentes se tocaron.

 

—Sí —susurré, con la voz quebrada por la emoción—. Sí, Manu. Quiero que seas mi novio. Quiero que seamos nosotros, oficialmente, para siempre.

 

Una sonrisa enorme  iluminó su rostro entre las lágrimas, y se incorporó lo justo para abrazarme con fuerza, levantándome del suelo mientras giraba sobre sus pies. Las enormes risas y gritos al mismo tiempo eran un bálsamo a nuestros corazones, sobre todo a cada herida que nos fuimos haciendo sin querer desde ser amigos hasta ahora. 

 

—Ey... no llores —susurré en cuanto volvió a ponerme en el suelo.

 

Me miró con una profundidad que me envolvió por completo, transmitían un amor tan puro y cálido que sentía como si pudiera calentar el océano entero. Acunó mi rostro entre sus manos grandes y cálidas. 

 

—Es que estoy feliz, muy feliz mi amor. 

 

Entonces, hizo un gesto sutil: se agachó ligeramente para igualar nuestra altura, y nuestras bocas se encontraron en un beso que encapsulaba todo lo que habíamos construido. Fue un contacto lleno de amor profundo, de felicidad desbordante y de una tranquilidad serena que solo surge cuando dos almas se alinean por completo. Nuestros labios se movían con una sincronía natural, explorando el territorio familiar que ahora llevaba el sello de lo oficial. 

 

Éramos novios; esa palabra resonaba en mi mente.

 

Al separarnos después de unos minutos que parecieron eternos, nuestras narices se rozaron en un beso esquimal tierno, un gesto íntimo que sellaba el momento con simplicidad. En ese instante, una brisa repentina del mar agitó los globos que aún flotaban cerca; se elevaron hacia el cielo nocturno. Menos mal que había quitado las fotografías y las cartas previamente, guardándolas con cuidado en mi bolsillo, preservando esos tesoros emocionales.

 

—Te amo gordo —susurró Manuel contra mis labios, su aliento cálido mezclándose con el mío.

 

—Te amo amor —respondí con una sonrisa..

 

Y así, nos besamos nuevamente en ese mini campamento en medio de la playa, bajo un anochecer adornado por un manto de estrellas que parecían celebrar con nosotros. Por fin, éramos novios, libres de miedos y etiquetas ambiguas, listos para encaminarnos juntos hacia un futuro que se extendía tan grande como el océano. En esa noche, con el corazón latiendo al unísono y el mundo reducido a nosotros dos, supe que este era solo el comienzo.

 

Al final si me anime a encontrarte Manuel.

Notes:

Buenasssss, jajaja cuando no yo.

No soy bipolar gente creanme, es tan comico que pase de los mas triste y angustiante a esto. Pero tomemoslo como un caramelo luego de tomar un remedio amargo.

En fin, tenia en mente publicar esta historia justo en año nuevo a la noche pero pues tenia que darle trabajo de correncion, fue una cosa de borrar y escribir constante.

Espero les haya gustado, no duden en dejarme su opinion y un kudo para que mas gente pueda encontrarla. Desde ya muchas gracias.

Feliz comienzo de año como diria mi abuela.

Les mando un abrazo.