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Inuyasha se había ido porque, día tras día, el mundo fuera del territorio familiar le recordaba lo que en verdad era: un hanyō. Demasiado demonio para los humanos, demasiado humano para los yōkai. Las miradas cargadas de desprecio, los murmullos a sus espaldas, las provocaciones que siempre escalaban… todo eso había ido calando lentamente en él, erosionando una seguridad que nunca fue sólida.
Y aunque su padre y hermano jamás permitieron que nadie lo tocara bajo su protección, Inuyasha no era ingenuo. Escuchaba. Observaba. Entendía.
Tōga y Sesshomaru jamás le dieron una razón para sentirse menos. Al contrario: lo protegían, lo respaldaban, lo nombraban como parte de la manada sin titubeos.
Pero Inuyasha no necesitaba que se lo dijeran para sentir que no encajaba.
En su cabeza, cada mirada externa era un juicio silencioso hacia ellos también.
Cada insulto dirigido a él, una mancha más sobre el nombre de su padre.
Cada gesto de desprecio, una vergüenza que Sesshomaru tenía que cargar sin haberla elegido.
Y así, convencido de que su sola existencia era una carga, se fue sin avisar.
El lugar donde terminó era un recinto clandestino oculto por sellos antiguos, diseñado para borrar firmas demoníacas y confundir rastreos. Allí se mezclaban criminales, mercenarios, traficantes, peleadores y… un hanyō que no quería ser encontrado. Nadie preguntaba demasiado. Nadie se preocupaba por el origen de nadie.
La jaula de pelea había sido una solución rápida y miserable, pero efectiva.
Un lugar donde no importaba quién eras, solo cuánto resistías y cuántos golpes podías devolver.
El recinto vibraba con gritos y apuestas. El aire estaba cargado de sudor, sangre y energía demoníaca distorsionada.
Inuyasha se mantenía apenas a flote. Dormía en una bodega en el piso superior, comía cuando podía y peleaba cada noche. Y ganaba. Siempre ganaba.
Aquella noche, el último contrincante cayó entre gritos y aplausos. El público rugía, eufórico. Inuyasha alzó los brazos, jadeando, y sonrió con ferocidad. Hizo un gesto de victoria, alentándolos. Durante unos segundos, el ruido ahogó todo lo demás. Allí no era un hanyō fuera de lugar: era fuerte, era útil, era suficiente.
—¡Otra! ¡Otra!
— ¡Vamos! ¡Acaba con él!
—¡El próximo oponente ya está listo! —gritó el presentador.
Inuyasha se dio vuelta con una sonrisa arrogante.
Se quedó helado y su sonrisa se evaporó.
El demonio frente a él no necesitaba presentación. Su sola presencia hacía que el aire pesara. El público, sin saber exactamente por qué, comenzó a inquietarse. La energía que emanaba de ese yōkai era distinta, aplastante, contenida solo por una voluntad colosal.
Su padre lo miraba con una severidad absoluta.
El estómago de Inuyasha dio un vuelco.
No entendía cómo lo había encontrado. Ese lugar estaba diseñado para ocultar energías demoníacas, para borrar rastros, para ser invisible incluso para demonios poderosos.
Pero Tōga no solo era un daiyōkai.
Era un padre que no dejaba asuntos inconclusos.
Y uno muy enojado que ya había entrado a la jaula.
Inuyasha retrocedió de inmediato y se acercó a su proveedor.
—No voy a pelear —dijo en voz baja—. Cancela esta pelea.
Las manos lo sujetaron antes de que pudiera dar un paso más.
—No —le respondieron—. Hay demasiado dinero en juego.
El rugido del público ahogó cualquier protesta.
Sin opción, Inuyasha volvió al centro de la jaula. Se colocó en posición de combate, aunque cada fibra de su cuerpo gritaba que se detuviera. Tōga había apostado una suma obscena; lo suficiente para comprar su libertad… o encadenarlo más.
La pelea comenzó. Inuyasha se movía rápido, esquivando, golpeando sin intención real de dañar. No se atrevía a usar su fuerza completa. Aun así, intentaba ganar terreno, buscar una ventaja imposible. Tōga lo observaba, evaluando cada movimiento.
Tras largos minutos de evasiones inútiles, el daiyōkai perdió la paciencia.
En un solo movimiento, lo desarmó.
Inuyasha fue inmovilizado y llevado al suelo. Sus brazos quedaron atrapados detrás de la espalda, la rodilla de su padre presionando con firmeza calculada, cuidando de no dañarlo, dejando claro que no era una pelea real.
—¿Ya tuvieron suficiente? —preguntó Tōga en voz alta.
El silencio cayó como un golpe.
Cuando Inuyasha dejó de luchar —obligado más que convencido—, el yōki de Tōga explotó. La energía alfa inundó el recinto, desenmascarándose sin reservas. Los gritos se transformaron en pánico.
—Fuera —ordenó.
Nadie discutió.
Quienes intentaron protestar por el dinero perdido fueron silenciados con una amenaza tan feroz que ni siquiera se atrevieron a terminar la frase. —Han explotado a un menor —dijo con frialdad—. Considérense afortunados de salir caminando.
No hubo más resistencia.
Cuando el lugar quedó vacío, Tōga seguía inmovilizando a su hijo. Su yōki no disminuía.
—¿…Papá…? —susurró Inuyasha.
—¿Sucede algo, cachorro? —respondió con dureza.
Inuyasha tragó saliva con fuerza.
—E-estamos solos…
—Soy consciente de eso, Inuyasha.
—¿No piensas soltarme?
—¿Está clara tu posición?
—Sí, señor…
—Tal vez debería asegurarme —gruñó, apretando el agarre—. Fuiste muy insolente al atacarme.
—Lo siento, padre… no quería hacerlo.
El yōki alfa se intensificó.
—Aun así, decidiste hacerlo. No toleraré eso.
Los ojos de Inuyasha se humedecieron. Un gemido lastimero escapó de su garganta. Instintivamente, expuso el cuello, bajó las orejas y cedió. Su energía se volvió sumisa, temblorosa. Otro gemido, apaciguador.
Tōga gruñó, más bajo, desde el pecho, y rodeó su cuello con las mandíbulas, fuerte. Inuyasha gimió, rígido, aceptando el dominio. Solo ahí el padre lo liberó.
Una vez que el daiyōkai lo soltó, el hanyō intentó incorporarse… pero se detuvo ante un ladrido seco. Volvió a adoptar la postura más sumisa que pudo.
—Si piensas huir —advirtió Tōga—, me aseguraré de que lo sientas.
—Lo sé, padre —murmuró—. Y aunque lo intentara, no tendría oportunidad.
Tōga asintió sin que Inuyasha lo viera y se alejó.
—No creas que esto borra tus acciones anteriores.
Inuyasha se puso de pie rápidamente, cabeza gacha.
—Lo sé, señor.
Tōga le levantó el mentón con dos dedos, observándolo con atención. Su expresión se suavizó y la reemplazó con una sonrisa.
—Hijo mío… no tienes idea de cuánto te extrañé.
Lo abrazó con fuerza.
Pasó el tiempo suficiente para que el padre confirmara que su hijo efectivamente estaba seguro en sus brazos cuando volvió a hablar.
—¿Dónde te quedas?
—Arriba…
—¿Aquí? —frunció el ceño—.
—Sí... es un poco incómodo, pero funciona por ahora...
—Empaca. Nos vamos.
—¿A dónde?
—A casa por supuesto
Inuyasha negó.
—No es necesario…he juntado algo de dinero. Me mudaré a un lugar mejor. Ya no es necesario que seamos parte de la misma manada.
—¿Acaso ya no quieres ser parte de ella? —preguntó con dolor.
Inuyasha dudó un segundo.
—Es mejor así… ya no seré una carga y no tendrás que avergonzarte más…
La bofetada fue rápida e inesperada.
Toga frunció aún más el ceño, volviéndose en una mueca feroz—No vuelvas a decir eso jamás—.
—Tengo claro mi lugar —replicó, tenso, mientras se sobaba la mejilla.
Tōga no respondió de inmediato.
El silencio que dejó entre ellos fue peor que cualquier grito. Inuyasha, con la cabeza gacha, sentía el peso de esa espera como una sentencia. El daiyōkai lo observaba con atención clínica, evaluando cada gesto, cada microtemblor en su postura.
—No eres una carga. Eres imprudente. Y eso sí es inaceptable —dijo al fin, con voz baja y firme— ¿De verdad crees que permitiría que sigas viviendo así?
Inuyasha apretó los puños.
—Estoy bien— respondió insolentemente.
—No —corrigió Tōga—. Estás sobreviviendo. Y lo estás haciendo de la forma más irresponsable posible.
Avanzó un paso, obligando a Inuyasha a retroceder hasta chocar con una de las paredes de la bodega. El lugar era estrecho, húmedo, impregnado de olores rancios. El contraste con la presencia del daiyōkai era casi insultante.
—Peleas por dinero frente a desconocidos —continuó—. Permites que te apuesten como si fueras un animal. Te expones. Te degradan. Y aun así tienes el descaro de decirme que “estás bien”.
Inuyasha levantó la vista, desafiante, aunque sus orejas ya se escondían contra su cabeza.
—Es mi vida, no tiene por qué importarte.
El gruñido de Tōga fue inmediato. En dos zancadas estuvo frente a él. Lo tomó del mentón con fuerza suficiente para obligarlo a sostenerle la mirada. —No —dijo con dureza—. Mientras lleves mi sangre, siempre va a importar. Los colmillos del daiyōkai asomaron apenas. Su yōki se filtró en el aire, pesado, dominante, presionando los instintos del hanyō hasta hacerle arder la piel. —Te fuiste sin avisar. Te escondiste. Te pusiste en peligro deliberadamente —enumeró—. Y lo hiciste porque decidiste, por tu cuenta, que sabes mejor que yo qué es lo que te “conviene”. Cambiando rápidamente su agarre lo tomó de la muñeca al segundo siguiente y se dirigió prácticamente arrastrándolo a la silla más cercana, haciendo que Inuyasha quedara recostado en su regazo sin darle tiempo para reaccionar. Este momento Inuyasha lo iba a recordar, quisiera o no.
