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El reflejo de las luces azul neón relucía contra la pantalla del Overlord de la televisión, cuyos circuitos zumbaban con una intensidad errática, sincronizados con el pulso acelerado de su obsesión. Frente a él, múltiples monitores desplegaban cientos de imágenes y videos capturados ese mismo día; una galería de trofeos digitales tomados desde múltiples ángulos y enfoques, todos teniendo un objetivo común: El derrotado Demonio de la Radio.
Aunque la imagen de Alastor aparecía distorsionada en cada cuadro, para Vox eso era irrelevante. Cada captura era un recordatorio glorioso del momento de su caída, un deleite visual que no podía dejar de observar mientras caminaba de un lado a otro; Sus garras metálicas se paseaban por la interfaz holográfica, ampliando y reduciendo las imágenes con la meticulosidad de un fotógrafo profesional. Seleccionando cuidadosamente cuáles serían las joyas de su nueva colección antes de ser publicadas y grabadas a fuego en cada plataforma y red social bajo su dominio.
—¿Crees que esta foto sea demasiado... Cruda? ¿O es exactamente lo que el algoritmo de Sin-stagram necesita para estallar? —Vox ni siquiera se giró para preguntar, su voz salía distorsionada por picos de estática eléctrica. —Mira la forma en que su sombra se retuerce, Velvette. Esto es arte puro—.
Sentada en el sofá de cuero con las piernas cruzadas, Velvette ni siquiera se molestó en apartar la vista de su propio dispositivo, donde sus números explotaban en tiempo real, inundando su pantalla de las jugosas notificaciones que tanto disfrutaba.
—Súbelas todas, Vox. Las borrosas, las nítidas, las que lo hacen parecer un animal herido, el morbo vende y hoy somos tendencia global —Respondió ella, sus labios curvándose en una sonrisa sádica mientras sus ojos se llenaban de una frialdad profesional. —Dale al público lo que quiere ver, el algoritmo va a adorar cada píxel de su humillación—.
Vox se quedó en silencio un segundo, sus pantallas procesando la orden mientras sus garras se detenían sobre una imagen de Alastor con la mirada perdida. La satisfacción de la victoria estaba ahí, sí, pero había algo más, un ruido sordo en su sistema que no podía ignorar.
Sus ojos se dirigieron una vez más a una de las pantallas, específicamente a una que transmitía en tiempo real desde la habitación reforzada. Allí estaba el Demonio de la Radio, atado a su silla, en lo profundo del mismo edificio donde Vox lo había dejado para descansar después de la extenuante jornada de desfiles y shows televisivos. Vox lo observó atentamente, analizando cada píxel de esa figura ahora inmóvil. Alastor estaba solo, despojado de su estatus y totalmente a su merced.
Vox soltó una carcajada seca, un sonido cargado de estática que distorsionó el audio de todos los monitores cercanos. No era solo alegría; era éxtasis puro, un cortocircuito emocional que recorría cada uno de sus cables.
Por fin, después de años de rechazos, de peleas compartidas que terminaron en nada y de una rivalidad que rozaba lo patológico, su sueño se había materializado.
—Es mío... —Susurró finalmente, y la palabra pareció vibrar en el aire como una frecuencia prohibida. —¿Lo ven? El gran Demonio de la Radio, el terror del siglo pasado, reducido a solo un alma más bajo mi poder. He construido un imperio, una reputación, un equipo que domina este agujero infernal... Pensaba que ya lo había dejado atrás, pero ahora que lo tengo en mis manos… Ni siquiera sé hasta dónde soy capaz de llegar para poseerlo por completo— Se giró hacia sus compañeros, sus ojos digitales girando en espirales hipnóticas, buscando en ellos algún tipo de validación para su delirio.
—Podría borrarlo, podría destruirlo pieza por pieza frente a todo el Infierno... O podría quedármelo para siempre—Continuó, su voz subiendo de tono en un frenesí maníaco. —Por fin tengo el control total sobre el único ser que se atrevió a decirme que no. Es mi premio, mi victoria personal, una posesión que solo yo tengo derecho a tener ¡He ganado, maldita sea! ¡He ganado! —.
Velvette y Valentino intercambiaron una mirada rápida, una comunicación silenciosa que habían perfeccionado tras años de compartir la cima. Lejos de intentar traerlo de vuelta a la realidad o pedirle que se calmara, decidieron que un Vox delirante era mucho más fácil de manejar que uno deprimido.
Si su obsesión lo mantenía funcional y productivo, ellos no serían quienes le pusieran un freno.
—Cálmate un poco Vox, estás haciendo que la señal de los servidores fluctúe y tengo un live en diez minutos —Dijo finalmente Velvette, dejando su teléfono a un lado para mirarlo con una sonrisa astuta. —Pero te entiendo. Todos en este edificio tenemos un vicio personal en el que perdernos ¿No? Valentino tiene a su estrellita, yo tengo… Mis propios asuntos... Y ahora tú tienes al juguete que tanto ansiabas—.
Velvette se encogió de hombros, restándole importancia a la moralidad del asunto.
—Si ya lo tienes encadenado, deja de darle vueltas al asunto y simplemente disfruta el trofeo. Haz lo que sea que quieras hacer con él, incluso podrías usar la love potion; ya sabes que los resultados son mucho más... Manejables—.
—Hazle caso a nuestra muñequita, Vox —Intervino Valentino, cuya paciencia parecía estar por quebrarse, había pasado todo el rato mandando mensajes y llamando a su estrella favorita, pero su teléfono volvía a emitir el tono de "llamada perdida" cada vez, con un rugido de frustración, lo estrelló contra la mesa. —¡Esa maldita puta barata sigue sin contestar su jodido teléfono! Sé que está en ese hotelucho de mierda, creyéndose que puede esconderse de mí mientras ignora mis mensajes, ¡Ya va a ver cuándo le ponga las manos encima! —.
Valentino se puso en pie, desprendiendo una ráfaga de humo fucsia tan densa que hizo toser incluso a los asistentes que limpiaban al fondo de la sala.
—Si ese venadito se pone difícil, no pierdas el tiempo. Usa mi humo y ahórrate el drama —Soltó con una risa amarga y cargada de veneno antes de caminar hacia la salida. —El consentimiento nunca fue un problema aquí, no dejes que su orgullo te detenga… Rómpelo si lo ves necesario—.
Sin esperar respuesta, salió de la sala común dando un portazo que hizo vibrar los monitores, dejando tras de sí una estela tóxica de color neón.
El Overlord caminó por el pasillo, con las suelas de sus botas con plataforma resonando en el suelo pulido de la torre mientras dejaba una estela de humo fucsia a su paso. Su furia contra Angel todavía hervía bajo su piel, pero al pasar frente a la pesada puerta reforzada de la suite de seguridad, sus pasos se ralentizaron hasta detenerse.
Se quedó allí, mirando el acero frío que separaba el pasillo del mayor tesoro de Vox. Un pensamiento retorcido cruzó su mente, y una sonrisa ladeada, cargada de una malicia juguetona, se dibujó en su rostro.
—Pobre Vox... Siempre tan desesperado por ser amado, incluso por un cadáver —Murmuró para sí mismo con una risita ahogada. —Vamos a darle un pequeño empujón a su juguete—.
Con un gesto elegante de sus dedos enguantados, Valentino exhaló una última bocanada de humo antes de abrir la pesada puerta de metal y tirar su cigarro dentro de la habitación; El vapor rosado cargado de sus feromonas se extendió por el cuarto con rapidez antinatural, como si tuviera voluntad propia comenzó a serpentear, filtrándose por las rendijas del sistema de ventilación y por el estrecho espacio del suelo, invadiendo cada rincón del santuario de Alastor.
Satisfecho con su "favorcito", Valentino dio unos golpecitos juguetones a la puerta con el puño antes de cerrarla dejando que el veneno hiciera su trabajo en la penumbra, continuando con su camino, riendo entre dientes mientras volvía a marcar el número de su estrella fugitiva.
Dentro de la habitación, un silencio abrumador luchaba contra un débil siseo de estática; era lo único a lo que el Demonio de la Radio podía aferrarse para no decaer, el último vestigio de su identidad en un entorno que intentaba someterlo.
Alastor permanecía sumido en una penumbra densa, una oscuridad que se sentía física y pesada, solo interrumpida por el parpadeo rítmico y mecánico de una luz roja de seguridad en la esquina del techo. Con cada destello, el cuarto se bañaba en un tono carmesí que le recordaba inevitablemente a un matadero. En esos breves instantes de luz roja, las sombras de los muebles se proyectaban largas y deformes sobre las paredes, como si aquellas que solía manipular ahora fueran las que señalaban su fracaso y se burlaban de su inmovilidad.
Sus manos ahora firmemente sujetas a los apoyabrazos de la silla con sus nudillos blancos, sentía el cuero de la silla bajo sus uñas, un material sintético y frío que le recordaba constantemente que no estaba en su hotel, ni en su bosque, ni en su programa.
Su espalda, rígida y orgullosa a pesar de la derrota, se negaba a tocar el respaldo. Era una postura de dignidad casi antinatural, un último acto de rebelión física: si se permitía descansar, si dejaba que su columna se relajara, sentía que estaría aceptando la derrota definitiva.
Tenía los ojos cerrados, pero no por sueño, sino por un esfuerzo desesperado de introspección. En la oscuridad de su mente, intentaba desesperadamente sintonizar una frecuencia de radio interna, buscaba ese siseo familiar, el estático que solía ser su único confidente y su mayor arma, pero solo encontraba un vacío, un "ruido blanco" que no le pertenecía.
Se sentía asfixiado por el peso de la tecnología de Vox, que vibraba en las paredes y en el aire mismo de la habitación, actuando como un inhibidor constante para sus sombras. Era una presión invisible que aplastaba su magia, una frecuencia intrusa que se filtraba en sus pensamientos como un parásito eléctrico. Cada vez que intentaba invocar sus sombras, estas se disolvían antes de materializarse, repelidas por la frecuencia de seguridad de la habitación. Era una tortura psicológica: ser el dueño de la radio y no poder emitir ni un solo sonido.
Debía resistir… Detrás de esa sonrisa fija y la espalda tensa, Alastor aún guardaba los fragmentos de un plan, una última jugada que requería tiempo y, sobre todo, una voluntad inquebrantable.
Cada segundo de humillación era un precio que estaba dispuesto a pagar, siempre y cuando lograra mantener su mente lúcida. Por ahora, solo debía ser fuerte; aguantar el peso de las cadenas y la estática invasiva hasta que la frecuencia fuera la correcta.
Sin embargo, la fortaleza mental poco puede hacer contra la traición física.
Un sonido metálico rompió su concentración. La pesada puerta se entreabrió apenas un centímetro y algo pequeño golpeó el suelo, rodando hasta detenerse cerca de su silla. Alastor abrió los ojos y vio el cigarrillo encendido de Valentino, cuya brasa brillaba como una advertencia en la oscura habitación.
Casi al instante el humo fucsia se filtró por la habitación, expandiéndose con una rapidez antinatural. El aroma era denso, empalagoso, una mezcla de flores dulces y químicos que se le pegó a la garganta.
—Qué falta de clase... —Logró murmurar el demonio, su voz se quebrandose en el intento.
El vapor comenzó a serpentear por sus piernas, subiendo como una enredadera invisible que buscaba sus centros nerviosos. Sus orejas de ciervo se pegaron a su cabeza en un gesto instintivo de rechazo. No era solo humo; era una invasión que forzaba a sus músculos a relajarse y a su mente a nublarse.
Alastor sintió un escalofrío que no nació del frío, sino del pavor. Intentó contener la respiración, apretando los labios hasta que su sonrisa dolió, pero el humo de Valentino no necesitaba permiso para entrar; era una marea química que se filtraba por sus poros, que empañaba sus ojos y embotaba sus sentidos.
—Mierda, no... No puedo —Gruñó entre dientes, sus palabras cargadas de una distorsión eléctrica que chirrió en el aire.
Sus garras se clavaron con tal fuerza en los apoyabrazos que el material sintético comenzó a rasgarse. Luchó por mantener su espalda recta, por no ceder a la pesadez que empezaba a tirar de sus hombros hacia abajo. Pero el veneno de Valentino era experto en desmantelar voluntades; era un calor dulce que le recorría la columna, susurrándole a sus músculos que dejaran de pelear, que se entregaran al letargo. Sus párpados, pesados como el plomo, empezaron a caer, y la luz roja del techo se fundió con el fucsia del humo en un remolino mareante.
La estática en su mente, su último refugio, se convirtió en un ronroneo sedante que le robaba la capacidad de pensar en su plan.
El plan… Su preciado plan, empezó a desdibujarse tras una neblina rosada que prometía un alivio que él no deseaba, pero que su cuerpo, agotado, empezaba a reclamar.
