Chapter Text
El crepúsculo caía poco a poco sobre el barrio, con una luz tibia, casi dorada, que se deslizaba entre los tejados, teñía las casas de Daitō de un naranja pálido mientras que las nubes comenzaban a adquirir un tono violeta; las hojas de los árboles apenas se movían, y el aire cargaba un aroma húmedo, mezcla de tierra, cesped, arbustos y flores cerrando el día. Hinagiku caminó con pasos medidos por la vereda, como si temiera que el ruido de sus propios zapatos delatara su nerviosismo. En sus manos llevaba una pequeña caja cuidadosamente envuelta: un presente preparado con la misma atención silenciosa con la que siempre hacía las cosas que le importaban demasiado, los mismos detalles que rara vez admitía en voz alta cuando no estaba sola. Se suponía que aquel postre estaba destinado para llegar a las manos de Yanagiba Kazuya, sin embargo, desde el inicio del concurso, Hinagiku tuvo en mente otro destino, por supuesto, todo lo había estado planeando a escondidas de la intuición curiosa de Yuri y Momoko, ninguna de las dos parecía no sospechar nada de su inesperada jugada.
De la florería de su familia venían los últimos destellos color crema de las margaritas que reposaban abrazadas sobre el pecho de la chica, los pétalos blancos parecían absorber el malva del cielo; aún se le pegaba a la ropa el perfume tenue a tierra mojada, había persistido desde que tomo el suficiente valor para decidir salir de la florería y emprender camino hacia un futuro todavía incierto. La banana cubierta de chocolate tibio que había preparado —esa que había visto tantas veces en la sonrisa infantil de Takuro— reposaba sobre un cuadrado de papel, recubierta de virutas de colores que crujían con la luz.
Aún cuando prefería no llamar la atención, esa noche sentía que el peso en el pecho la empujaba a cruzar la calle hasta la casa Amano. No era sólo por la disculpa; era la necesidad de reparar algo que la tenía inquieta. Si había una manera de pedir perdón que no fuera con palabras frías, sería con aquello que sabía que lo consolaba desde la infancia: recordaba con nitidez cómo un simple plátano con chocolate podía ser su postre favorito, y cómo las margaritas que ella misma recogía eran su remedio infalible contra la tristeza.
Cuando Hinagiku se detuvo frente a la puerta de la imponente casa, su corazón martilleaba con una fuerza que le parecía exagerada. No era una visita impulsiva. Había dudado, había retrocedido antes de decidirse, pero la imagen de Takuro —sorprendido, quizá herido— tras el empujón de ese día no la había dejado en paz. Esa sensación de intranquilidad se convirtió en un acto de disculpa, pero también en algo más. Era un intento de conectar con el Takuro que ella conoció de niña, el que ahora se escondía detrás de la fachada arrogante de superioridad y distante, apropiada para aquel que se solía decir en los pasillos ser el genio de toda la secundaria, la misma enciclopedia viviente que había caído al suelo con un golpe sordo, y ella la causante de tal suceso.
Con un profundo suspiro que no logró calmar sus nervios, tocó el timbre. La puerta se abrió al cabo de unos instantes, revelando a una mujer mayor de uniforme, el ama de llaves de la familia la recibió en la puerta esbozando una sonrisa amable, esperando que Hinagiku dijera el motivo de su inesperada visita. La luz del recibidor arrojó un brillo cálido sobre la caja de cartón en sus manos.
—Buenas noches. —Hablo Hinagiku al cabo de unos segundos, su voz apenas un susurro mientras se inclinaba ante el ama de llaves. —Vine aquí por...Bueno yo.. —Balbuceo, aún dudando. —Vengo a ver a Takuro, le he traído un presente.
La mujer la miró de arriba abajo, inspeccionando el inusual conjunto de todo; notando la belleza de la chica, el ramo de flores y el postre, una vista que aprobo de inmediato con un asentimiento e hizo que su sonrisa se ensanchara aún más.
—Oh, qué agradable sorpresa, no tenía idea de que el joven Amano tuviera una amiga tan amable y linda como tú. —Admitió la anciana, con una sonrisa afable que no pasó desapercibida. —Espera un momento, querida. —Con una voz que resonó cómoda y adornada con un poco de picardía amable, llamó hacia el pasillo: ¡Takuro! ¡Tienes una visita muy especial, es una linda chica preguntando por ti! ¡Aparta un poco los ojos de la pantalla de ese computador y no la hagas esperar demasiado!
Hinagiku sintió que su cara se encendía con un rubor apenas perceptible. "¿Especial? ¿Linda chica?"
Desde el piso de arriba, se escuchó el sonido de unos pies apresurándose por las escaleras. La voz de Takuro llegó llena de una inusual prisa y un deje de esperanza que Hinagiku nunca le había escuchado antes.
—Hazla pasar Shyo, debe ser Momoko.
Las palabras cayeron como una piedra en el pecho de Hinagiku "¿Momoko?". Un frío la recorrió, porque sabía que ella no era Momoko...la chica que él esperaba; era en realidad Hinako, un sobrenombre que había sido otorgado con cariño pero ya no se decía entre ellos. Aún así no se movió. Se quedó paralizada en el umbral, con los regalos en mano, mientras una mezcla de desconcierto y una punzada de celos inexplicables la invadía, la hacía sentir extraña porque no era el mismo tipo de sensación al competir con Yuri y Momoko por la atención de Yanagiba. Por supuesto. El carisma y la sonrisa de Momoko..su forma de ser, era lógico que Takuro estuviera interesado, aunque hasta hacía poco no había dado señales notables de ello. Pero entonces: "¿por qué sin pensarlo le había dicho tales comentarios hirientes en el pasillo? ¿Era solo una forma absurda de llamar la atención de Momoko?" Pensó.
Se deshizo de aquellos pensamientos invasores tan pronto como esas dudas comenzaron a amontonarse en su cabeza. Respiró hondo, dejó que las margaritas y el olor a chocolate representaran sus buenas intenciones, y entró. A pesar del nudo que se formaba en su garganta, no se iría ahora sería un acto de cobardía. Había ido a disculparse y lo haría.
Poco después, Takuro apareció al borde del último peldaño con el peinado ligeramente mal acomodado, pues sus manos temblorosas se habían apresurado para atarse su largo cabello, a pesar de la hora del día aún vestía la camisa y el pantalón del uniforme con la pulcritud habitual, aunque el nudo de la corbata estaba apenas flojo, era un chico que aparentaba control hasta en su torpeza. Su cabello grisaceo caía de forma desigual alrededor del rostro, mechones rebeldes que enmarcaban sus gafas. Al verla, sus ojos —siempre atentos, siempre calculando— se abrieron apenas un instante de más. La sorpresa le tensó los hombros y, como si hubiera tragado su orgullo, la sonrisa expectante que tenía destinada a Momoko se desdibujó en un gesto entre la confusión y la vergüenza. Cuando vio las flores y el envoltorio, su rostro se dividió en dos: por un lado, la incomodidad de haber sido descubierto esperando a otra chica, especialmente a una de las amigas de Hinagiku; por otro, el calor de un recuerdo que no supo nombrar. Se detuvo en seco a una distancia considerable, como si hubiera chocado contra una pared invisible.
Hinagiku sintió cómo el nombre de Momoko se le clavaba en lo más profundo del pecho, tal cual las espinas de rosa que solía encajarse en los dedos por accidente. No frunció el ceño ni bajó la cabeza; simplemente apretó un poco más el ramo entre los dedos y dio unos pasos al frente.
—Oh... eres tú, Hinagiku. —Su tono ahora neutro, casi distante. —¿Qué haces aquí tan tarde? Es decir.. No... no esperaba a nadie en especial. —Balbuceó y se ajustó el nudo flojo de la corbata en un intento por calmar su creciente ansiedad. Era una frase torpe, mal colocada, Takuro lo supo en el mismo segundo en que salió de su boca. Había querido mantener el tono indiferente que su timidez y esa pizca de arrogancia le imponían pero solo logró parecer nervioso, casi delator ante su reciente fijación por Momoko Hanasaki.
El "en especial" sonó a cristal quebrandose, y Hinagiku supo que él también se sentía tonto por su comentario anterior. Una pequeña victoria que no le trajo ninguna alegría. Decidiendo ignorar el incidente de "Momoko" para no empeorar las cosas, Hinagiku se aclaró la garganta, había preparado una réplica tranquila para que su voz no temblara, pero la verdad pudo más que la máscara: —Takuro... Es verdad que me molestó lo que le dijiste a Momoko en la escuela, pero lo que más me molesta es saber que pude haberte lastimado y no hice nada para asegurarme de que estuvieras bien. —Un breve silencio parecía abrir más la brecha entre ambos. —Espero que esto lo compense y disculpes mi comportamiento. —Abrió la caja con el mismo gesto entusiasta que usaba para extender las margaritas frente al rostro de un niño triste, un entusiasmo que Takuro podía reconocer aún si tuviera ambos ojos vendados. —Recuerdo que cuando estabas triste, las margaritas eran lo único que lograba levantarte el ánimo... —Hizo una pausa, buscando las palabras correctas, las que vinieran del corazón y no del orgullo. —Presiento que esta noche también será así. —Esbozó una sonrisa leve, casi nostálgica, mientras esperaba que el muchacho frente a ella aceptara su disculpa.
Takuro no respondió de inmediato. Su mirada se fijo en ella más de lo habitual, segundos que parecieron alargarse en minutos y después en horas. Cuando lo juzgo pertinente su enfoque cambió, se quedó mirando el ramo de flores y luego el plátano con chocolate. Sus ojos brillaron ligeramente, como si un recuerdo lejano y casi olvidado hubiera salido a la superficie. Él dudó. Para un chico que destacaba en todo salvo en lo deportivo, lo musical y lo artístico, la torpeza emocional era su talón de Aquiles; aceptar un detalle así le dejaba al descubierto porque implicaba reconocer una parte de sí mismo que había intentado enterrar: que aún quedaban hilos del pasado tensándose entre ellos. Su mano vacilando en el aire antes de aceptar los regalos con cuidado, como si temiera romperlos. El peso ligero del postre en sus manos se sintió extrañamente significativo. Siguió con las flores, dejando las yemas de los dedos rozar los pétalos. Un efluvio puro —ligeramente a hierba, ligeramente a limón— lo alcanzó, lo envolvió y por un instante el tiempo retrocedió a aquellos días simples: un recuerdo de risas y barro en la infancia, de Hinagiku recogiendo margaritas con manos pequeñas.
Sin demorarse en pensarlo más, levantó las margaritas hacia su rostro y las olió de cerca. Un aroma dulce y a césped mojado llenó sus sentidos. Fue ahí, una pequeña y genuina sonrisa se dibujó en la comisura de sus labios sin que pudiera controlarlo, inconsciente, tenue y casi sin permiso. Una sonrisa que no era arrogante ni burlona, sino pura y nostálgica.
Ver esa sonrisa, esa pequeña fractura en su máscara de indiferencia, fue demasiado para Hinagiku. Un rubor intenso y repentino subió de golpe por las mejillas hasta las puntas de sus orejas. No dijo nada más. La vergüenza de ser vista sonrojada por él, la fragilidad de que la coraza de su corazón pudiera haberse descubierto, la fuerza de la culpa y la esperanza: todo eso la empujó a retroceder sin buscar confrontación o respuesta alguna. Antes de que Takuro pudiera articular una sola palabra ella ya había dado media vuelta para salir corriendo de la casa como si un puñado de demonios la persiguieran, dejándolo solo en el marco de la puerta.
Takuro se quedó allí, inmóvil, viendo cómo la figura de Hinagiku se perdía en la oscuridad de la calle, las sombras de la noche tragándose aquel rastro fantasmal del blanco de las margaritas que ella ya no llevaba consigo pero que, de alguna forma era parte de su esencia misma. El eco de sus pasos corriendo se desvaneció en la noche, pero la imagen de Hinagiku huyendo quedó grabada a fuego en la retina del muchacho. Permaneció en el marco de la puerta unos instantes más, un espectro silencioso bajo la luz amarillenta del porche, con el peso de dos objetos inesperados en las manos.
Sus gafas, con su montura fina y redonda, reflejaban la luz, creando pequeños destellos que bailaban en sus ojos. El frío metal del armazón se le pegaba a la piel. Las bajó instintivamente, frotándose el puente de la nariz, pretendiendo que ese gesto podía reordenar el caos que se había instalado en su mente. El mundo sin sus anteojos era borroso, pero sus emociones, normalmente tan bien controladas, se sentían más nítidas, más crudas. Su cerebro, ese órgano que procesaba ecuaciones y fechas históricas con una facilidad insultante, ahora funcionaba a trozos, incapaz de encontrar una variable lógica que explicara la situación.
"Análisis de datos: Sujeto Hinagiku Tamano. Motivación aparente: disculpa por agresión física. Objeto 1: *Musa* paradisiaca (plátano) cubierto con una capa de *Theobroma cacao* (chocolate) y partículas de azúcar coloreadas. Objeto 2: Ramillete de *Bellis perennis* (margaritas)."
Su mente analítica, siempre ávida de datos y patrones, se aferraba a la clasificación, se convirtió en el ancla en medio de una tormenta emocional que no supo cómo apaciguar. Intentaba desesperadamente encajar las piezas del rompecabezas. Pero las partes no encajaban en los lugares donde él había creído que eran los correctos. El gesto de Hinagiku era... ineficiente. Irracional. Para Takuro un simple "lo siento" habría sido la solución óptima, directa, sin ambigüedades. Lo que había hecho era un exceso. Un desborde. Pero las emociones no eran ecuaciones que pudieran resolverse con una simple fórmula. Eran variables impredecibles, caóticas, que se resistían a ser clasificadas.
Se quedó en el umbral hasta que la noche lo obligó a cerrar la puerta. Un suave clic, resonando en el silencio sepulcral de la casa. Se quedó de pie en el hall, la única luz la de una lámpara de pie que proyectaba largas sombras. Levantó por segunda vez el ramo de margaritas. El aroma era la primera realidad que rompió su barrera analítica. No era sólo el olor de una flor; era el olor de la tierra húmeda del jardín de los Tamano, de las tardes de lluvia cuando eran niños, de una promesa de que todo estaría bien. Era un olor que no tenía cabida en sus ecuaciones de lógica y orgullo porque le recordaba a ella.
Se acercó a la cocina, el mármol frío de la encimera le golpeó las manos cuando dejó los regalos sobre la superficie. El plátano con chocolate se veía ridículo, infantil. Las chispas de colores brillaban bajo la luz fluorescente, un arcoíris que a sus quince años le parecía torpe y absurdo. Y sin embargo, una parte de él, una que él mismo había intentado sepultar bajo capas de cinismo y notas sobresalientes, sintió un calor punzante en el pecho.
El pensamiento lo golpeó con la fuerza de un revelador. ¿Cuántos años habían pasado desde que habían salido juntos? ¿Cuántas veces se habían cruzado en los pasillos de la secundaria y él la había ignorado, tratándola como a una extraña más, como alguien inferior y una alborotadora ruidosa? Y ella, ¿todo ese tiempo había guardado estos pequeños e íntimos datos sobre él?
La vergüenza llegó entonces, no como una ola, sino como una marea creciente que le subía por el cuello y le quemaba las mejillas. Se acordó de su propia voz, esa voz estúpida y presuntuosa diciendo "debe ser Momoko". El error de cálculo era monumental. No solo había supuesto mal, sino que había revelado un sentimiento que él mismo todavía no estaba preparado para analizar o dar por sentado. Su atracción por Momoko era una abstracción, un ideal luminoso y simple, nacido de un acto de amabilidad que probablemente él había confundido con otro tipo de interés pero siendo así, todavía quería comprobar dicha hipótesis. Ese impulso de terquedad contrastaba con la presencia de Hinagiku en su puerta, ataviada en un vestido amarillo, con flores y un postre que se tomó el tiempo de preparar pensando sólo en él y nadie más, era compleja, real y abrumadoramente... personal.
Se apoyó en la encimera, las palmas de las manos planas contra el frío. El silencio de la casa era ensordecedor. Siempre había disfrutado de ese silencio, de la paz que le permitía pensar. Ahora era un vacío que le devolvía con fuerza el nombre de ella. "Hinako." La había llamado así en su mente, el apodo de la infancia resurgiendo sin tocar la puerta de su corazón.
Volvió a mirar el plátano. Su estómago se revolvió, no de hambre, sino de una emoción densa y desconocida. Era un gesto de cuidado, un acto que decía "te vi caer y me importó". ¿Cuánto tiempo hacía que alguien se preocupaba por él de una forma tan... fundamental? Momoko lo había hecho pero tras la presencia de Hinagiku lo resintió distinto, sus padres lo hacían, pero era una obligación. Sus escasos amigos del club de ciencias lo admiraban por su inteligencia. Pero Hinagiku... ella lo había visto caer, se había sentido culpable y había ido a arreglarlo con la única moneda que sabía que él aceptaba cuando era niño.
La fragilidad intelectual de la que a menudo se sentía preso, esa incapacidad de entender las sutilezas de los sentimientos, se enfrentaba ahora a su propio orgullo. El orgullo le decía que debía ignorarlo, que era un incidente aislado. Pero la emoción, esa cosa torpe y poderosa que acababa de despertar, le gritaba que era importante. Que la sonrisa que no pudo contener al oler las margaritas era más real que cualquier gesto petulante y engreído provocado por el puntaje más alto que hubiera conseguido jamás.
Takuro se quedó inmóvil en la cocina, el tictac del reloj de pared resonando en sus oídos como un metrónomo implacable. La luz fría de la lámpara de la encimera proyectaba sombras sobre el mármol, creando un juego de luces y formas que parecían burlarse de su confusión interna. El aroma de las margaritas, dulce y terrenal, llenaba el aire, un contraste marcado con el olor a limpio y desinfectante que siempre impregnaba la casa.
Se dio la vuelta, su mirada se posó en el reloj. El tiempo parecía haberse detenido, cada segundo una eternidad. Pero sabía que no podía quedarse ahí, paralizado por sus propios pensamientos. Se acercó a la ventana, mirando hacia el exterior. La noche era oscura, el cielo cubierto de nubes que ocultaban las estrellas pero en la distancia, podía ver la luz de una ventana encendida, un faro en la penumbra. Era la ventana de la habitación de Hinagiku, un recordatorio de que, a pesar de todo, ella estaba ahí, a sólo unas casas de la suya.
Tomó una de las margaritas, sus dedos rozando los pétalos suaves, casi sedosos al tacto. Se los pasó por las huellas dactilares, una y otra vez, como si intentara descifrar un código en su textura. El tacto era reconfortante, un recordatorio de que, a pesar de todo, había cosas que no podían ser explicadas con lógica y razón. Cosas que sólo podían ser sentidas.
—Después de todo... todavía me recuerdas, Hina.
Las palabras salieron en un susurro, un secreto compartido con los utensilios de la cocina. No era una pregunta. Era una conclusión. Y por primera vez en mucho tiempo, Takuro Amano, el genio de la academia Saint Hanazono, no tenía idea de qué hacer con ella.
