Chapter Text
Martin
Secreto en el camerino
Habían pasado meses desde que todo comenzó, en un evento de caridad donde Cortis se presentó como invitados especiales. Tú eras parte del staff voluntario, organizando el backstage, asegurándote de que todo fluyera sin problemas.
Martín, el líder carismático del grupo, te había visto entre el caos: con el clipboard en mano, dando órdenes con una determinación que lo intrigó. Al final de la noche, se acercó con una excusa trivial -preguntar por un cable perdido- y terminaron charlando hasta que el lugar se vació.
Desde entonces, los mensajes se volvieron constantes: bromas sobre el estrés de las giras, recomendaciones de canciones que él componía en secreto, confesiones sobre lo agotador que era ser un idol. Tú lo veías no como la estrella que llenaba estadios, sino como el chico vulnerable que anhelaba normalidad.
Los encuentros eran robados: un café en una cafetería escondida, un paseo nocturno por parques vacíos. Pero esa noche, durante el concierto en la ciudad, todo cambió.El mensaje llegó en medio del show:
"Espérame en mi camerino. No tardes".
Y allí estabas, cruzando los pasillos tras bambalinas, el corazón latiendo al ritmo de la adrenalina.
El show había terminado hacía apenas unos minutos, Los gritos de los fans todavía resonaban como un eco lejano, mezclándose con la música que seguía sonando afuera. En los pasillos tras bambalinas, todo era caos: técnicos guardando cables, bailarines riendo, managers dando órdenes apresuradas.
Caminaba nerviosa entre ese torbellino, intentando no llamar la atención. Sabía que no debía estar ahí, pero algo empujaba hacia adelante. Había recibido un mensaje corto y preciso.
Al llegar frente a la puerta marcada con su nombre, dudó unos segundos. Sus manos temblaban, consciente de que un paso en falso podía revelar demasiado. Aun así, empujó la puerta y entró.
El contraste fue inmediato. Adentro reinaba un silencio envolvente. El aire estaba impregnado por el aroma de maquillaje, perfume masculino y cuero. Martin estaba sentado frente al espejo iluminado, todavía con parte del vestuario del show: la camisa negra semiabierta, dejando ver su clavícula húmeda por el sudor, y la chaqueta que aún colgaba de sus hombros.
Al escuchar la puerta, levantó la mirada. Sus ojos se encontraron con los de ella en el reflejo. Una sonrisa leve, casi peligrosa, curvó sus labios.
-Llegaste -murmuró, con voz ronca por haber cantado durante casi dos horas.
Ella cerró la puerta tras de sí, sintiendo el corazón en la garganta.
-No estaba segura de que fuera buena idea... hay demasiada gente afuera.
Martin se levantó lentamente, como un depredador acercándose a su presa.
-Justamente por eso -susurró, caminando hacia ella-. El riesgo lo hace más emocionante.
Cuando estuvo frente a ella, apoyó una mano contra la pared, a centímetros de su rostro, encerrándola en su cercanía. Su respiración todavía agitada por el concierto chocaba con su piel.
-Allá afuera me gritan, me aclaman, me aplauden -continuó él, bajando el tono hasta convertirlo en un susurro que le erizó la piel-. Pero acá... solo quiero esto.
La besó con urgencia, sin dar lugar a más palabras. Fue un beso intenso, cargado de la adrenalina del escenario, como si hubiera estado reprimiendo ese deseo toda la noche. Sus labios se movían con hambre, con necesidad. Una de sus manos se deslizó por su cintura, pegándola más a su cuerpo, mientras la otra se enredaba en su cabello, obligándola a corresponder con la misma pasión.
Ella intentó apartarse apenas un segundo.
-Si alguien entra... nos van a descubrir.
Martin apoyó su frente contra la de ella, sonriendo con descaro.
-Que entren. Que vean. Quiero que el mundo sepa que sos mía, aunque todavía no pueda decirlo en voz alta.
Su voz sonaba grave, cargada de deseo. La besó otra vez, con más intensidad, recorriendo con sus labios la línea de su mandíbula hasta llegar a su cuello, donde dejó un roce húmedo que la hizo estremecer. El contraste entre el ruido lejano de los fans y el silencio íntimo del camerino hacía que cada caricia se sintiera aún más prohibida.
Las luces del espejo iluminaban sus rostros, mostrando la intensidad en los ojos de Martin. Sus dedos jugueteaban con el borde de su camisa, como si quisiera arrancarla de una vez, pero al mismo tiempo disfrutaba del juego lento, de la tensión de saber que cualquier segundo podían ser interrumpidos.
-Nunca pensé que un camerino pudiera sentirse así -susurró ella, temblando entre sus brazos.
-No es el lugar -respondió Martin, acariciando su rostro con ternura antes de volver a besarla-. Sos vos. Siempre sos vos.
La respiración de ambos seguía acelerada, el silencio apenas interrumpido por los besos entrecortados. Martin mantenía a ella contra la pared, su cuerpo pegado al suyo, como si quisiera fundirse en un mismo latido. Sus labios recorrían su cuello con besos urgentes, dejando un rastro de calor en la piel.
Ella apenas podía pensar con claridad; cada roce, cada suspiro de él la hacía temblar. Sus manos se aferraban a la tela de su camisa, arrugándola, como si soltarlo fuera imposible.
De repente, un golpe en la puerta los congeló.
-¡Martin! -se escuchó la voz de uno de los managers-. Necesitamos que firmes unos documentos para la prensa, rápido.
Ambos se miraron con los ojos muy abiertos. El corazón de ella se disparó al doble, no solo por el deseo, sino por el miedo de ser descubiertos. Martin, sin embargo, sonrió con un gesto pícaro.
-Un momento -gritó, sin apartarse de ella.
Ella lo empujó suavemente en el pecho, nerviosa. -¡Estás loco! Si entra alguien...
Martin atrapó su rostro entre sus manos y la besó con una intensidad que borró cualquier protesta.
-Que espere. Un minuto más. Solo necesito un minuto más con vos.
La besó otra vez, más lento ahora, saboreando cada segundo robado. Sus labios se movían con una mezcla de urgencia y ternura, como si supiera que el tiempo estaba en su contra. Su mano acarició su cintura, subiendo apenas lo suficiente para provocar un escalofrío que recorrió todo su cuerpo.
Un nuevo golpe en la puerta. Esta vez más fuerte.
-¡Martin, en serio! ¡El jefe está esperando!
Él se separó a regañadientes, su frente aún pegada a la de ella, su respiración entrecortada.
-Te prometo que cuando termine todo esto... no habrá puertas, ni managers, ni excusas que nos separen.
Ella lo miró, aún temblando, con el corazón a punto de estallar. Martin tomó su mano y la apretó fuerte antes de soltarla y ponerse de pie.
Caminó hacia el espejo, se arregló un poco la camisa y la chaqueta, pero antes de abrir la puerta se giró una última vez.
Sus ojos se encontraron de nuevo, y con una media sonrisa cargada de deseo le dijo:
-Esto recién empieza.
Con eso, abrió la puerta y salió, dejando atrás el eco de su promesa, el perfume de su piel y la sensación de que aquella historia apenas estaba despegando.
La puerta del camerino se cerró tras Martin, y ella se quedó apoyada contra la pared, intentando recuperar el aire. Podía escuchar las voces de los managers y el bullicio del staff, pero todo le parecía distante. Lo único real era el eco de sus labios, el calor de sus manos aún marcando su cintura.
Los minutos siguientes fueron una tortura. saliste del camerino con cuidado, mezclándote con el staff para no levantar sospechas. El backstage se vaciaba lentamente: los miembros de Cortis se despedían entre risas, los técnicos cargaban equipo en camiones, y los fans más persistentes esperaban afuera, gritando nombres.
Te escabulliste por una salida lateral, el pulso aún acelerado, reviviendo cada beso, cada palabra susurrada.
Horas más tarde, mientras caminabas por las calles iluminadas de la ciudad, intentando procesar lo sucedido, un mensaje apareció en tu teléfono:
"Subí al piso 12. Habitación 1207. Nadie nos va a molestar."
El corazón te dio un vuelco. Dudaste unos segundos, mirando la pantalla como si fuera una invitación a un mundo prohibido. Pero el impulso fue más fuerte que la razón.
Tomaste un taxi hasta el hotel donde sabía que el grupo se hospedaba -un lujoso edificio en el centro, con seguridad discreta para evitar paparazzis. En el lobby, evitaste mirar a los ojos del recepcionista, fingiendo confianza mientras tomabas el ascensor. Cada piso que subías hacía que la anticipación creciera, un nudo de nervios y deseo en el estómago.
Cuando la puerta se abrió, Martin ya la estaba esperando en el pasillo, con ropa sencilla: una remera blanca que se ajustaba a su torso tonificado, el cabello húmedo recién lavado, oliendo a shampoo fresco, y una sonrisa cargada de esa misma intensidad de antes. Sin decir una palabra, tomó su mano y la guió hasta el interior de la habitación.
La suite estaba en penumbras, iluminada solo por la ciudad que brillaba a través de los ventanales. El silencio era total, interrumpido únicamente por el sonido lejano de autos en la calle. Era un contraste perfecto con el caos del camerino: aquí, no había riesgos inmediatos, solo espacio para explorarse sin interrupciones.
Apenas cerró la puerta, Martin te atrajo hacia sí, con una urgencia contenida que explotó en un beso más profundo que cualquiera de los anteriores. Ya no había miedo de que alguien entrara; esta vez podían entregarse sin reservas.
Sus labios se fundieron en un ritmo apasionado, sus lenguas danzando con una familiaridad que parecía haber existido siempre. Tú sentiste cómo sus manos, ahora libres de restricciones, recorrían tu espalda con lentitud, marcando cada curva, cada rincón como si quisiera memorizarte para siempre.
Él te guió hasta el borde de la cama, sin dejar de besarte. Te hizo sentarse y se arrodilló al frente , tomándote las manos y mirándo a los ojos. Sus pupilas dilatadas reflejaban las luces de la ciudad, y en ellas veías no solo deseo, sino una vulnerabilidad que pocas personas conocían.
-¿Sabés cuánto tiempo esperé esto? -dijo, su voz ronca y cargada de emoción. Su aliento cálido rozaba tu piel, enviando ondas de calor por todo tu cuerpo.
Ella acarició su rostro, notando la vulnerabilidad escondida detrás de esa mirada intensa. Sus dedos trazaron la línea de su mandíbula, sintiendo la barba incipiente bajo la yema.
-Y yo pensé que nunca iba a pasar... -respondiste, tu voz un susurro tembloroso, llena de la misma emoción acumulada.
Martin sonrió, inclinándose de nuevo hasta rozar sus labios. Sus manos subieron por tus brazos, dejando un rastro a su paso.
-Ahora que pasó... no pienso dejarte escapar.
El beso que siguió fue más lento, más profundo, una mezcla de ternura y fuego. Sus cuerpos se acercaron sin prisa, como si cada segundo fuera un regalo.
Martín te levantó suavemente, atrayéndote hacia el centro de la cama, donde se tumbaron juntos. Sus manos exploraban con delicadeza: deslizándose bajo tu blusa, rozando la piel expuesta de tu abdomen, subiendo hasta tu espalda para desabrochar lo que encontraba en el camino.
Tú respondías con igual pasión, quitándole la remera blanca para revelar su torso marcado por horas de ensayos y gimnasio, besando su clavícula, su cuello, saboreando el sal de su piel.
La habitación se llenó de suspiros y murmullos. Martín susurraba tu nombre como una oración, sus labios bajando por tu hombro, tu pecho, dejando besos húmedos que te hacían arquear la espalda. El deseo que habían reprimido en el camerino ahora fluía libre: sus cuerpos entrelazados, movimientos sincronizados como una danza íntima. No había prisa, pero la intensidad crecía con cada caricia, cada roce que borraba las barreras entre idol y realidad.
En un momento, se detuvo, apoyando su peso en los codos para mirarte fijamente. Su cabello caía desordenado sobre su frente, y su expresión era una mezcla de adoración y fuego.
-Sos lo único real en mi vida -confesó, su voz quebrándose ligeramente-. Las luces, los fans, las giras... todo eso desaparece cuando estoy con vos.
Tú lo atraíste de nuevo, besándolo con una pasión que respondía a sus palabras.
La noche se extendió en un torbellino de sensaciones: risas entre besos cuando algo torpe sucedía, susurros de promesas futuras, y un clímax que los dejó exhaustos, entrelazados bajo las sábanas, con el sudor brillando en sus pieles.
Al amanecer, la luz del sol filtrándose por las cortinas los despertó. Martín estaba a tu lado, con un brazo rodeando tu cintura, su respiración calmada contra tu cuello. Abrió los ojos lentamente, sonriendo al verte.
-Buenos días -murmuró, besando tu hombro con ternura.
-Buenos días -respondiste, girándote para enfrentar su mirada.
La ciudad ya bullía abajo, pero en esa habitación, el tiempo parecía detenido.
Él se incorporó ligeramente, trazando patrones invisibles en tu brazo.
-Sé que esto no es fácil. Las giras, los secretos... pero te prometo que lo haremos funcionar. No quiero perder esto.
Tú asentiste, sabiendo que los desafíos vendrían: rumores, paparazzis, el peso de su fama. Pero en ese momento, con él a tu lado, todo parecía posible.
La noche recién empezaba, y con ella, una historia que ambos sabían que apenas comenzaba. Una historia de amor prohibido, pasión robada y promesas susurradas en la oscuridad, donde Martín no era solo el líder de Cortis, sino el hombre que había encontrado en ti su refugio perfecto.
