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Las calles de Nagahama se encontraban despejadas en esa mañana fría, con solo el canturreo de las gaviotas y el sonido ocasional de algún vehículo desplazándose adornando el escenario. Un grupo de tres muchachas acaba de salir de un local de comida, dos de ellas iban por delante, y la más baja se había quedado unos pasos por detrás. Una ligera capa de nieve se acumulaba a su alrededor mientras andaban.
—Qué manera de empezar el año, uf —suspiró Kaede, estirando los brazos—. ¡Y todo fue gratis!
Al saber que todas pasarían el Año Nuevo en la isla, Kaede había insistido en organizar una reunión el primer día de enero. Habían elegido como punto de encuentro un sitio de comida tradicional que había abierto hace pocos meses, y como una especie de tradición, optaron por pedir un menú especial que les daba la posibilidad de no pagar si terminaban toda la comida en una hora.
—Creí que no lo conseguiríamos —comentó Koyuki—. Cuando miré a Konatsu, pensé que podría desplomarse, y solo llevábamos la mitad.
—¡Es el poder de la juventud! —Kaede alzó el puño con vigor—. Hablando de Konatsu-chan… ¿No va un poco lento?
Ambas decidieron girar la cabeza para revisar el estado de la muchacha, y sus miradas se volvieron en una expresión de preocupación cuando vieron que Konatsu casi caminaba dando trompicones y se agarraba un costado con la mano. Junto a la mueca que traía, parecía la imagen de un guerrero que acababa de llegar herido del campo de batalla, al menos eso pensó Kaede.
—Ah… Tal vez le pusimos demasiada presión. —Koyuki ralentizó su paso hasta quedar al lado de Konatsu. Le frotó una mano en la espalda a modo de consuelo.
—¡Buen trabajo, Konacchan! Eres una buena chica. —Kaede imitó el gesto de su senpai, pero le dio palmadas en la cabeza a su amiga.
—¿Por qué me hablas como si fuera un perro? —se quejó Konatsu. Su tono somnoliento hizo que sonara similar a un sollozo.
—No puedo evitarlo —rió.
—Lo siento, Konatsu. ¿Vas a estar bien de salud? —aunque Koyuki preguntó eso intentando sonar relajada, en el fondo se sentía culpable. Lo que menos quería era que Konatsu se enfermara por una de sus payasadas en conjunto.
Konatsu hizo una señal de “alto” con la mano—. No hace falta disculparse, yo acepté venir sabiendo que podría ser demasiado para mi… Pero voy a estar bien, no quiero que esto afecte mi estado de ánimo —dijo con seguridad, alzando un poco el puño para acentuar su discurso. Sin embargo, la indigestión todavía la mareaba.
—No te sobre esfuerces, ¿entendido? —murmuró Koyuki, ahora con una sonrisa.
—Konacchan, si te está costando caminar, puedo cargarte por un rato —ofreció Kaede, señalando su espalda.
—¿Eh? No, puedo caminar por mi cuenta.
—Ow, que no te dé vergüenza. Somos amigas —insistió Kaede, y luego se dirigió a Koyuki como si le pidiera disculpas—. Senpai, ¿no te molesta, cierto?
—No creo que sea yo a quién debas pedirle permiso… —Koyuki sintió arder las mejillas, en especial porque Konatsu también tenía los ojos clavados en ella.
—Se supone que te ofrezcas en mi lugar —murmuró Kaede, dándole un toque con el codo. Cuando vio que Koyuki ya no podía mantener a raya su sonrojo, se dio por satisfecha—. Dios, senpai, deberías ser un poco más galante.
—Nada de eso —renegó la mayor—. No tengo fuerza, así que sería peligroso.
Konatsu no pudo evitar reír al escuchar el intercambio—. Yo tampoco quisiera que te lastimaras intentándolo. ¡Ah!
Para su sorpresa, Konatsu fue levantada del suelo por Kaede, que la sujetaba por las piernas y la espalda baja.
—¡Esto es vergonzoso, bájame! —le pidió Konatsu.
—Solo será hasta que lleguemos al muelle.
—Ni hablar.
Entre risas, Kaede cedió, dejando ir a Konatsu. Esta última inspeccionaba los alrededores, temerosa de que alguien más hubiera visto esa escena. Por otro lado, Koyuki las observaba inmersa en su propia perplejidad; en realidad, admiraba la capacidad de Kaede para acorralar a Konatsu siempre que tenía oportunidad, aunque no era algo que pudiera decir en voz alta.
Tardaron más de la cuenta en llegar hasta el viejo barco de la orilla. El mismo había cobrado un aspecto novedoso al estar cubierto de nieve, parecía sacado de algún relato de piratas náufragos. Subieron con cuidado de no resbalar, y una vez a bordo, Konatsu se asomó por la toldilla para apreciar el paisaje de la playa desierta bajo la lluvia de copos. Extendió una mano, dejando que la nieve se acumulara sobre la palma; el frío le hizo cosquillas. Era una sensación agradable a su manera, al contrario del frío repentino que sintió cuando un cúmulo de nieve le rozó la nuca. Se sacudió la capucha del abrigo, tirando los restos de nieve, y volteó para descubrir a la culpable de la acción: una chica de cabello corto y ojos azules que le sonreía con cariño.
—Atacar por la espalda no es justo…
Konatsu tomó una porción de nieve y formó una bola en su mano. Siguió a Koyuki, que se había echado a correr hacia la playa antes de que pudiera devolverle la broma. Por desgracia, no conseguía acortar lo suficiente la distancia para asegurar un tiro certero, su compañera le había sacado fácil unos dos metros de ventaja durante la carrera. La competencia terminó cuando Konatsu sintió un calambre que la obligó a doblarse.
—¡Konatsu! —Koyuki corrió a asistir a la otra, y al agacharse recibió el impacto de una bola de nieve en el rostro. Empezó a reír mientras se limpiaba los restos con la mano—. Tonta, no me asustes.
—No estaba fingiendo, en realidad me dio un tirón —confesó Konatsu, recibiendo ayuda para erguirse.
—No es buena idea correr así después de comer. —Kaede apareció, hablando con fingida seriedad. En realidad, les había tomado una foto a sus amigas mientras se correteaban; después se las enviaría—. Hm, aquí hay suficiente nieve para hacer un muñeco. ¡Siempre he querido hacer uno!
—Pues… manos a la obra —dijo Konatsu, mirando de manera cómplice a Koyuki. Ella asintió con la cabeza, y Konatsu quiso reírse al notar que tenía la cara enrojecida por el contacto reciente con la nieve.
—¿Deberíamos hacer un muñeco clásico? Con nariz de zanahoria, sombrero… —consideró Kaede.
—No tenemos zanahorias —comentó Koyuki.
—Ugh, es verdad.
—Hay un par de conchas de mar que podemos usar. —Konatsu buscó cerca de la orilla algún objeto que sobresaliera entre la arena.
Continuaron planificando su escultura por un rato, y cuando el trabajo estuvo terminado, se tomaron una foto junto al muñeco de nieve, el cual tenía una sonrisa amplia.
