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La noche siempre me había gustado. Más que el día. Desde la romanización de la luna en un cielo estrellado hasta lo fácil que resultaba socializar bajo la luz de un candil. No, la noche no me gustaba más porque fuera más segura. Pensarlo de aquel modo era muy ingenuo quizá. Simplemente, en la oscuridad nadie esperaba que fueras nada más. Era más fácil ser uno mismo, sobre todo si no eras una buena persona.
Jester dormía a unos pasos de mí, hecha un ovillo imperfecto, como si incluso al descansar se negara a ocupar poco espacio. Tenía una mano fuera de la manta, los dedos manchados aún de restos de pintura azul que no se había molestado en limpiar del todo. Sonreía. No exagero. Sonreía de verdad, como si incluso sus sueños fueran un lugar amable. Y me pregunté cómo lo hacía.
Ella siempre está ahí, presente. No se mantenía en guardia, no se ocultaba bajo una máscara de circo. Porque hasta cuando era teatral o interpretaba en sus maneras elegantes, ella era real. Daba afecto como quien reparte pan: sin contar rebanadas, sin preguntarse si mañana quedaría algo. Abrazaba, confiaba, hablaba. Amaba. Y no parecía costarle nada. Simplemente se dejaba llevar por lo que sentía sin pensarlo demasiado. Y supongo que ahí estaba el punto, no lo pensaba demasiado. No quiero decir con esto que ella fuera tonta, quizá si ingenua… No lo sé.
Yo, en cambio, llevaba horas despierto sin moverme apenas, con la espalda recta y la mente afilada. La quería como se quiere a una hermana pequeña: con una mezcla incómoda de orgullo, ternura y miedo constante a fallar. Irónicamente, observaba sus logros y los sentía como propios. Probablemente por la naturalidad con la que ella compartía todo. Mientras yo pensaba… Mostrarse de mas es perder. No porque yo me ocultara sistemáticamente, pero si tenía muchas partes de mi guardadas en cajas. Como esas muñecas que una encierra a otra y cada vez son más pequeñas. Probablemente yo era como esas muñecas.
Jester se entregaba al mundo como si el mundo nunca le hubiera dado motivos para desconfiar. Y quizá no los había tenido. O quizá había decidido ignorarlos. No sabía cuál de las dos opciones me daba más vértigo.
Quizá ella no había experimentado aún lo efímero de los vínculos. Alguien que hoy está mañana no. Y no es un drama, solo es. Pero cuando piensas en que quieres ver crecer a alguien y luego ese desaparece, duele. Cuando confías en que esas conversaciones andando por el circo van a ser eternas y esa persona muere… duele. Y no es un dolor mortal. Está claro que no te mata, ni te pierdes en el proceso. Pero una pequeña parte de uno se transforma… ¿Quién era yo antes del circo? Ja.
Lucien apareció en mi mente como una sombra vieja, molesta. No lo invité. Nunca lo hacía. Pero venía igual, trayendo consigo esa certeza amarga de que nada dura si no estás dispuesto a pagar el precio. Jester no parecía temer ese precio. Yo sí.
Oí pasos suaves detrás de mí antes de girarme. Caleb. Siempre caminaba como si pidiera perdón al suelo por tocarlo.
—Te relevo —dijo en voz baja.
Asentí, pero no me levanté de inmediato. Él tampoco me apuró. Se sentó a mi lado, mirando el mismo punto oscuro entre los árboles, como si el silencio fuera una conversación que ambos entendíamos. Si bien en mi interior había crecido afecto por Jester, por Nott… Mis sensaciones con Caleb eran ambivalentes. Podía observar su culpa, su dolor, y todo lo que le pesaba en sus acciones y en cierto modo algo en mi romantizaba ese dolor. Era ridículo, como si una parte de mi desease la ingenuidad de Jester y otra se identificase con la culpa de Caleb.
Quizás se lo pregunté por aquello, o quizá porque estaba cansado. Probablemente solo porque él también parecía de esas personas que pensaban mucho mientras todo el mundo dormía.
—¿Crees que merece la pena entregarse así como hace ella? —dije, apenas un murmullo señalandole con la cabeza a Jester—. A los vínculos, sin medir, solo siendo…
Sonreí sencillo, con cierto afecto. Miré a Jester que seguía dormida. Seguía sonriendo, ajena a todo. Pensé que quizá ese era su secreto: no negar el miedo, pero no dejar que decidiera por ella. Deseaba ser un poco como ella pero jamás habría sido de aquel modo. Yo medía, calculaba, me guardaba siempre un paso atrás. Y aun así… aquí estaba. Velando su sueño. Aquello también era querer de algún modo. A mi manera cobarde, sí, pero sincera.
Me fije entonces en Caleb. Su rostro mostraba cierta incomodidad, por él mismo, por mi pregunta. Su mirada desviada estaba más cercana a Nott que a Jester. Y en cierto modo Nott era parecida, sí. Más desconfiada pero…
—No sé qué decirte — Hubiera pagado por ver qué pasaba por la mente Caleb mientras decía aquello — A veces si, a veces no.
Caleb no me miró cuando respondió. Se quedó observando el bosque, los árboles quietos, como si esperara que alguno le diera una respuesta mejor que la suya.
—A veces sí, a veces no — Solté una risa baja. No burlona. Cansada—.Bonita forma de no decir nada.
Entonces me miró fijamente. Con esa mirada en la que la lucidez se sentía como carga y le agotaba hasta el punto de dolerle físicamente.
— Decir que no sería negarse a uno mismo — dijo siendo lo más transparente que había sido nunca — Pero decir que si, seria…
—Admitir que somos un fraude — empecé a reírme suavemente.
No supe por qué, pero me acerqué un poco más. No lo suficiente como para tocarlo. Solo para reducir el frío entre nosotros. Él no se apartó. Su mirada se intensificó sobre la mía, como preguntándome “¿Qué sabes de mí?”. Bueno Caleb, solo lo que un buen tarotista sabe de todo el mundo, lo que puedo leer de tu lenguaje corporal.
Durante un segundo pensé que iba a decir algo más, pero no dijo nada. El silencio se tensó. No como una cuerda a punto de romperse, sino como algo que sostenía demasiado peso.
Observé sus ojos castaños, atravesados por aquella tristeza que los caracterizaban. Me incliné vagamente y rocé sus labios contra los mis. Deslicé mis dedos por su rostro, sintiendo su barba. Él no se aparató, recibió el beso, como el hambriento de afecto que yo creía que era.
Me aparté al ver que él no reaccionaba de ningún modo. “A veces si, a veces no”. Pero él lo dejaba todo al azar, sin moverse de lugar. No dijo nada, apenas me miró con su mirada rota.
—Descansa —dije, levantándome al fin—. Yo me quedo un rato más.
Él asintió, todavía serio, todavía pensativo.
Me hubiera gustado ahondar más, pero aquel era el punto. Él solo dejaba que las cosas pasasen, en cierto modo igual que yo. Y en algún mundo, en alguna realidad había algún yo que se entregase sin reservas como hacía Jester.
