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Si tú me quisieras

Summary:

Enamorarse de un hombre eterno sonaba como una novela casual, esas lecturas que disfrutaba su abuela. Sin embargo, estaba lejos de tener un final feliz.

Notes:

Mi mejor amigo me dio el contexto, me dio las ideas y yo decidí escribirlo (me obligó).
Dedicado a Miguel, gracias por hacerme llorar.
Inspirado en la canción Si Tú Me Quisieras de Mon Laferte, no es una inspiración, la verdad es una adaptación literaria de la canción a fanfic.

Work Text:

¿Por qué era el único afectado? ¿Por qué todo avanzaba pero él seguía estancado ahí? En el recuerdo de su última vez frente a él. No quería esto, se negaba a sufrir de esta manera, pero aunque quisiera arrancar, siempre terminaba frente a él.

 

Enamorarse de un hombre eterno sonaba como una novela casual, esas lecturas que disfrutaba su abuela. Sin embargo, estaba lejos de tener un final feliz.

Su primera interacción no era ideal para nadie, empezaron con el pie izquierdo ¿o derecho? No recordaba, tal como tampoco recordaba él cuando ocurrió toda esa desgracia.

 

El contexto se escondía de él, porque no había un motivo para recordar un secuestro pautado, incluso si había decidido seguirlo voluntariamente para proteger a su abuela. Sinceramente creyó que el capitán convertiría su piel en tiras de carne y le comería las entrañas, tal como su abuela Itztli decía sobre los tipos malos que venían de tierras lejanas. Pero no fue así, jamás fue eso, Capitano era un hombre calmado y amable, una persona agradable y hasta algo blando para esconderse tras esa armadura dura.

Los soldados mostraban profundo respeto, y no hubo noche donde Ororon sintiera que iba a ser devorado hasta los huesos. Tal vez tenía poco instinto de supervivencia, tal vez no notaba que el dolor jamás sería físico.

Genuinamente disfruto ser el chivo expiatorio y conversar sobre sus vegetales y flojistabejas. Incluso notó el interés real de los soldados al explicarle métodos de cosecha amigable y cultivo seguro.

 

Pero Capitano de repente irrumpía la conversación y se lo llevaba a un lado, para tener su atención, para tenerlo para él. Una táctica que creyó como molestía, y luego la descubrió siendo celos del hombre. Y Ororon lo permitía, adoraba esa atención, incluso si no podía ver sus ojos, ahí había una mirada. Intensa sobre él, queriéndolo solo para él.

 

Ifa lo encontró a mitad de algo, regando sus plantas hasta que el agua chapoteaba y formaba barro entre sus pies. El hombre le quitó la regadera y lo miró atentamente. El azabache parpadeó varias veces antes de enfocar la piel morena brillante. Carraspeo un poco y secó el sudor de su frente, provocando que su flequillo humedeciera.

 

“¿Ocurre algo? ¿Tengo que preocuparme, hermano?”, mencionó casualmente, apoyando su trasero contra la cerca de madera. Esa mirada juzgaba la expresión de Ororon porque lo conocía perfectamente.

 

“¿Tendría que pasar algo, hermano?”

 

Intentó no mirarlo, no quiso verlo siquiera, buscó su interés en la tierra húmeda o en las ramas de los tomates, como si de pronto fuera algo extremadamente interesante.

 

“Sé que estás pensando en Capitano.”

 

Oh, ¿por qué se molestaba si alguien más lo mencionaba? No, era un capricho. No quería oír su nombre en la boca de alguien más. Solo quería ser él quién lo llame cada vez que tuviera oportunidad, ¿por qué lo juzgarían por amar?

 

“No sé de qué hablas… Solo me importan mis hortalizas.”

Se deslizó hasta tocar las hojas brillantes de las zanahorias que crecían en la tierra. Luego sujetó la base y jaló con fuerza para sacar un ejemplar bonito y brillante. Era extraño, hoy no oía la vocecita de Cacucú.

 

Uh.

 

Tal vez el ave le quitaba la seriedad a esta intervención.

 

“Deberías hablar con la abuela Itztli, está preocupada. Sabes que él no va a--”

 

“Tranquilo, sé lo que tengo que hacer, hermano. ¿No tienes cosas que hacer?”

 

Y ahí terminaba la conversación.

Ororon se había vuelto complicado y obstinado, algo dentro de él estaba en una negación rotunda. Había algo que dolía como una bala en su pecho, ¿por qué nadie lo entendía? Se sentía tan poco validado…

 

“Ororon, últimamente te veo distraído, ¿alguien te hizo sentir incómodo?”

 

“Claro que no, capitán, son ocurrencias suyas.” Su voz baja, mirando el suelo, tímido de pies a cabeza, tal como un niño pequeño hablando con su celebridad favorita.

 

El hombre deslizó con suavidad esa garra sobre su barbilla y la alzó, mirando fijamente su rostro antes de apartarse y carraspear.

Siempre era lo mismo, siempre era esto, siempre eran roces injustos, miradas furtivas y esa sensación dolorosa de que algo escapaba de sus dedos cuando Capitano se arrepentía.

Frunció levemente los labios y atrapó su mano de manera suave, mirándole con esa inocencia que quería proyectar, con esa sensación de amar por primera vez.

 

“Puede ser que algo me ocurra… Creo que tengo sentimientos por una persona del campamento.”

 

Incluso él se sorprendió de decir lo que dijo, pero aquella reacción era mínima a lo que hizo el Heraldo.

Apartó rápidamente su mano y giró su cabeza para no enfrentarse a esa reacción tan destructiva.

 

“Lamento oír eso, no quisiera que te rompieran el corazón. Lo mejor será que lo olvides y sigas adelante.”

 

Ororon sintió el rechazo con la amargura de un limón mohoso, esa sensación punzante que lo hizo retroceder un poco y sentir las lágrimas amenazando al rechazo, al dolor, al ahogo de sentir tanto que dolía.

Incluso si corriera tras de él, ¿aceptaría huir? Arrancar juntos.

 

Sus dedos se deslizaron por el cuenco caliente y miró su reflejo en el líquido quieto. Citlali parloteaba sobre un montón de cosas, relatando cosas tan banales (ahora) para él. El nombre de Aether y Paimon se repitió un par de veces antes de que la conversación se moviera hacía un libro sobre autoayuda y charlatanerías sobre el luto.

 

“Ifa está preocupado por ti, dice que ya no estás tan animado como antes, ¿quieres hablarle a tu abuela sobre eso?”, su voz acaramelada parecía una broma para Ororon, se sentía como un estúpido niño que nadie validaba.

 

“La verdad estoy bien, solo vine a verte porque sentí que hace mucho no te veía.”

 

“Debes frenar estas emociones intensas, olvídate de él, Ororon, por favor--”, la desesperación quebró a la mujer, secando rápidamente sus lágrimas para no verse realmente afectada, pero no podía. Su nieto estaba delgado, pálido (incluso si trabajaba sobre el sol).

 

“Abuela, por favor, no llores. Estoy bien… O sea, no tan bien… Porque, porque--”

 

Ororon fue sorprendido al ver a Capitano.

El hombre deslizaba una peineta de plata sobre las hebras oscuras, como hilos para tejer. Pero la sorpresa no estaba en ello, sino en su rostro descubierto.

 

Las cicatrices se extendían por su mandíbula y pómulos, uno de sus ojos era celeste brillante, como si hubiera perdido la visión. Brillaba, Capitano brillaba como la noche estrellada.

 

“L-lo lamento, señor”, tal como un niño, tapó su rostro y entre las rendijas de sus dedos veía descuidadamente el rostro del capitán.

 

El hombre pareció vencido por la curiosidad, deslizando sus dedos por el borde del casco antes de dejarlo a un lado y sentarse en un taburete, de espaldas a Ororon.

 

“Está bien, lo siento yo, debió ser algo incómodo de ver”

 

Ororon lentamente deslizó sus manos y se quedó quieto frente a él, avergonzado de sentirse atraído de más.

Entonces tuvo la audacia de tomar la misma peineta y así deslizarla por el cabello oscuro, provocando un respingo por parte del soldado mayor.

 

“Y-yo he visto muchas cosas, demasiadas para mi gusto… Pero su rostro es peculiar, no lo tome a mal… Pero es el hombre más precioso que he visto.”

 

Sus mejillas ardían en verguenza, pero su mano no se detuvo a dejar de deslizarse por el pelo negro y agraciado.

Capitano parecía escondido mirando el suelo, con las mejillas ardiendo y sintiendo la comodidad de sentirse libre con su apariencia. ¿Estaba intimidado o realmente le gustaba? No sabía porque pero aquello lo hizo soltar una leve risa, provocando que Ororon sonriera como tonto y detuviera sus movimientos. Se sentía tan validado.

 

“Ororon, eres un joven totalmente encantador, ¿qué haría sin ti”

Si tuviera una moneda cada vez que él aparecía a atormentarlo, Dioses, sería malditamente millonario. Aunque no había pasado tanto, tal vez un par de meses… Y era ahí cuando se levantaba de su cama y miraba su calendario, jadeando con rabia cuando notaba que el fantasma del pasado estaba arrastrando su nostalgia desde hace un puto maldito año.

Se sentía tan frustrado, tan enojado, quería llorar… Y eso hizo.

 

Soltó un llanto ahogado y se tapó el rostro para comenzar a sollozar con una angustia quebradiza. Sus lágrimas enjuagaron sus pestañas y eso permitió que el frío doliera en sus pómulos.

Lloraba con tanta frustración, sentía el odio y el amor combatir en su corazón para provocar esa angustia profunda. Nadie entendía esto, nadie jamás iba a comprender lo que era esto. Era el egoísmo lo que lo mataba.

 

Pronto se levantó y secó sus lágrimas. Tenía que ir con él, debía decirle lo que había hecho, necesitaba que supiera lo horrible que lo había hecho sentir.

 

Soltó una risita suave, ambos recostados en el suelo mientras Ororon peinaba su cabello oscuro y miraba el rostro adormilado de su capitán.

Ambos habían encontrado una intimidad distinta, no habían confesiones porque simplemente había ocurrido. Capitano buscaba tanto a Ororon porque realmente lo quería, casi podría aceptar que estaría con él para siempre. Ese eterno para siempre que tanto le gustaba a Ororon, un igual al cual amar hasta convertirse en polvo de estrellas.

 

“He pensado que podría dejarlo todo e irme con usted, mi capitán.”

 

Capitano quería algo tan realista a eso. Sabía cuál era su destino, y es por eso que no podía permitirse arrastrar al abismo a Ororon.

 

“No, Ororon. No es lo que quiero para ti.”

 

“Pero-- Esto ya no es sobre mí, sabes que esto no es solo mío, tu también lo sientes. Ambos estamos…”

 

“No confundas las cosas, Ororon. Tu eres de Natlan, este es tu lugar. Yo tengo otra… Prioridades, no puedes ir conmigo”, quería huir, levantándose del suelo para alejarse y evitar la confrontación, pero el menor era igual de veloz que él, interceptándolo del brazo.

 

“Thrain, por favor, no digas eso… No puedes-- No puedo seguir sin ti.”

 

“Esto no se trata de ti, Ororon. No puedo quedarme contigo, jamás podría.”

 

“Pero yo puedo ir, por favor, solo dame una oport--”

 

“No, Ororon, hazle caso a tu capitán y vete a casa.”

 

El dolor hormigueo en los puños del joven, provocando un jadeo antes de sollozar y huir a su hogar. El sentimiento de ser rechazado, de volverse a convertir en un niño abandonado, como si aquel hombre hubiera fingido amarle.

Luego de eso no volvió a verlo. La guerra avanzó con pasos agigantados y no hubo oportunidad de sufrir y llorar, incluso si su corazón se sentía pesado cada vez que lo observaba en las reuniones con Mavuika. Incluso sintió celos por aquella cercanía nueva entre ambos, porque era injusto como una mujer como ella lo hubiera lastimado y ahora fuera impune a la atención de Capitano… En cambio él, quien fue que lo ayudó y se mantuvo fiel… Él solo recibía nada.

 

Tal vez si la guerra terminaba… 

 

Y ese “tal vez” en el tintero cuando realmente terminó.

 

Sabía que las oportunidades podrían existir en el más efímero instante, es por eso que no esperó verlo esa tarde, sin su máscara porque sabía que Ororon prefería verle el rostro a la malla que ocultaba su expresión.

Capitano se deslizó como sombra dentro de su hogar y cerró la puerta tras él para aprisionar a Ororon en un beso tan esperado.

El joven casi podía sollozar de emoción, sentía el pecho llenarse de la alegría drenada. Se permitió amar unos segundos esa eternidad suya, pero al distanciarse… Supo enseguida que esa era una despedida.

 

Como un verdugo llevando a un hombre a la horca, aquel fatui había convencido a Ororon para que lo acompañara hacia donde estaba Citlali, solo para poder finalizar todo este embrollo.

Hubiera deseado haberse negado a ello.

 

Darse cuenta que Capitano y él son diferentes caras de la misma moneda era algo que pensó como un podría ser. Sin embargo, Capitano no estaba ahí por sus ganas de expresar como llevaba consigo almas de sus soldados, él sabía que esto era a lo que se refería cuando lo besó temprano.

 

El hombre le dio una última mirada antes de soltar su mano y caminar por la escalera hacía el descanso eterno, pero Ororon no podía con esto, no podía ceder.

Quiso correr tras de él, quería decirle que no se fuera, que debía quedarse al margen… Pero Aether sostuvo su cintura con fuerza y comenzó a gritar desesperado mientras intentaba escapar.

Y en última instancia, Capitano se despidió de él antes de ceder a la muerte.

 

“Mírate, pareciera que no pasa el tiempo sobre ti, ¿qué hay de mi? No sé, la ropa me queda grande cada vez más. Según la abuela Itztli, estoy a nada de desaparecer…”

 

Inerte, frío y desolado.

Capitano estaba ahí sentado en ese trono de piedra, mirando a la nada, porque él ya no era nada. Un cascarón vacío y cruel, un recuerdo tormentoso de Ororon para decirle que él jamás lo quiso.

 

“Es gracioso todo esto, ¿sabes? Todo hubiera sido diferente si tu me quisieras…”